sábado, 18 de marzo de 2017

Hágase influencer

Los de mi generación, cuando éramos niños, solíamos ambicionar ser de mayores policías, soldados del 7º de caballería, indio, bombero o cualquier otra actividad que supusiese heroicidad o al menos asombro y admiración de los demás. Me imagino que otros preferían ser ladrones y por eso de mayores se hicieron incondicionales de ese partido tan popular. Ya en la adolescencia, renunciábamos a esas profesiones para abrazar otras que equivocadamente suponíamos también heroicas, pero mejor remuneradas que la de indio o la de policía, por ejemplo.

Lo cierto es que cuando llegó la hora de la verdad, nos agarramos a lo que veíamos que podía proporcionarnos el sustento y algo más y así se daban incongruencias casi cómicas entre lo estudiado por muchos y el campo en que más tarde encontraban un puesto de trabajo con una remuneración aceptable. Por ejemplo, sé de un ingeniero aeronáutico que ocupa un puesto directivo en Mercadona y de un ingeniero agrónomo que vendía ordenadores.

Quizás sea porque soy cobarde o muy conservador, siempre me ha horrorizado la posibilidad de trabajar en algo que suponga no ya lo inevitable de levantarse temprano cada mañana y trabajar toda la semana, sino vivir casi cada día con la incertidumbre de si al día siguiente vamos a conseguir un trabajo remunerado. Hablo por ejemplo de los escritores o de todos esos que pertenecen al mundo de la farándula en sus modalidades más o menos nobles y por eso aunque admiré y admiro a personajes como Adolfo Marsillach, Fernando Fernán Gómez los hermanos Gutiérrez Caba o José Luis Gómez, ni prometiéndome el éxito que todos ellos consiguieron o consiguen, aceptaría haberme puesto en su pellejo. Decididamente, a efectos de contrato de trabajo −que no de vacaciones− pertenezco al modelo japonés, donde ya se sabe que al menos hasta hace poco, uno empezaba a trabajar en Toyota y se jubilaba en Toyota. Nada de aventuras ni veleidades.

Vi en los premios Goya quejarse a muchos de la escasez de trabajo −y por tanto de ingresos−, no presté mucha atención a las actrices que exigían más papeles femeninos, supongo que piden algo así como que se ruede de nuevo Los últimos de Filipinas pero solamente con mujeres, parece que no se les ocurre la conveniencia de que haya más mujeres guionistas, directoras o productoras. El colmo de esto pude observarlo no hace mucho en una entrevista en la prensa a un actor de raza negra nacionalizado español, que protestaba enérgicamente de que sólo le dieran papeles de inmigrante o de nativo en películas ambientadas en países tropicales, ¿por qué será? Entiendo que resulta fastidioso, pero por más que hago memoria los únicos negros que recuerdo en el pasado de España son el rey Baltasar, Antonio Machín o aquellos que Lope de Aguirre y otros conquistadores colocaban −se asegura− en primera línea durante los combates para asustar a los pobres indios.

El caso es que no me gustan estos trabajos cuya principal característica es la temporalidad, quizás por eso acompaño de corazón en el sentimiento a tantos jóvenes y menos jóvenes que se ven obligados a aceptar trabajos de una temporalidad a veces extrema, cuando los encuentran, que a veces ni eso; recuerdo también que el otro día un ATS masculino se quejaba en la prensa de que había tenido 567 contratos en 17 años. Se suele decir que las leyes laborales son terminantes: con cierto tiempo trabajado el contrato debe volverse fijo. El problema es que los empresarios −con la Administración a la cabeza− también son terminantes: o aceptas esta porquería de contrato de horas o tomo a otro de la larga cola que está esperando lo-que-sea.

Sin embargo, ha habido jóvenes que han encontrado la manera de disfrutar de saneados ingresos casi sin dar un palo al agua: hablo de los llamados influencers incluidos esos subproductos suyos llamados youtubers. Algunos se preguntarán, pero ¿qué es eso de un influencer? Bueno, de momento es un trabajo que se nombra en inglés, como lo de CEO, y eso significa pasta. Para no liarla y ahorrarle el trabajo, busco en Internet la definición de esta profesión y se dice «Un influencer es una persona con influencia y repercusión en las comunidades de los medios en los que se expresa, que moviliza a muchos seguidores en las redes sociales». Ahí es nada, las redes sociales, el rey Midas de la era de las comunicaciones en que nos ha tocado vivir. Es decir, un influencer es el que una forma u otra disfruta de cierta fama y le dice a los vicentes dónde va la gente; la que está on, claro.

Ya sabe, no es rico porque no quiere: hágase influencer.

jueves, 9 de marzo de 2017

Lectores

Aprendí casi a leer antes de ir al colegio a los 5 años, pues sentía gran curiosidad por lo que veía escrito por la calle, incluido anuncios, y obligaba a la persona que me acompañaba a leerme eso que veía y a deletrearme las palabras que contenía. No tengo el mínimo recuerdo de cómo me fue en mis inicios escolares en la clase de párvulos −entonces no existía eso que ahora llamamos kindergarten o jardín de infancia− y no tengo ni idea de si fui un lector destacado ni nada de nada sobre mi conducta de aquella época.

Eran decididamente tiempos muy diferentes de los actuales y no recuerdo que ni de broma se nos sugiriese en el colegio la lectura de ninguna novela. Allí se nos enseñaba ortografía y gramática y se nos introducía como antes se hacían las cosas, de manera que ni transcurridos mil años se nos olvidara casi nada. Curiosamente, la primera portada que recuerdo es la del catecismo Ripalda, con tanta insistencia que ahora, transcurrido más de medio siglo de ateo militante −así me definía un amigo compañero de convicciones hace más de 30 años− soy capaz de recitar aquellas oraciones básicas. En formato preconciliar, por supuesto.

Quede claro que en aquellos tiempos faltos de la mínima libertad éramos libres de leer o no; el que quería leía, el que no quería permanecía virgen de esa práctica, como la gran mayoría de los que ahora terminan la enseñanza media que para evitar que las lecturas obligadas les dejen huella, procuran olvidarlo de inmediato como un mal sueño que la universidad no va a restaurar.

Recuerdo vagamente unos pequeñísimos libritos que se compraban en el kiosco, más bien cuadernitos, que costaban nada menos que 10 céntimos de peseta (por un euro nos darían 1.663 libritos) y que eran aquellos famosos cuentos de Calleja desconocidos actualmente salvo quizás por algunos que siguen diciendo lo de tienes más cuento que Calleja, cuando algún amigo/a le confiesa que está impaciente por acoger un refugiado en casa. Sin embargo, los primeros libros que cayeron en mis manos y que, esos sí, me acuerdo que leí con avidez fueron unos que me prestó un pretendiente de una prima mía, un chaval de unos 18 o 19 años, a quien nunca olvidaré porque fue el que me introdujo en los libros de Guillermo, de la escritora Richmal Crompton, un nombre que entonces imaginaba de hombre porque no se me pasaba por la cabeza que una mujer escribiera algo tan ingenioso. Me leí todos sus libros, me reí mil veces de lo que contaban y todavía hoy los leo muy de vez en cuando en su idioma original. Me imagino la sonrisa despectiva de cierto amigo que desprecia esta lectura porque supongo que él debió empezar leyendo la Crítica de la razón pura, aunque he descubierto que los libros de Guillermo también fueron el inicio de Javier Marías, Fernando Savater y otros mucho más sapientes que yo.

Otra persona mayor me sugirió que si me gustaba el humor me pasase al autor Pelham Grenville Wodehouse, P.G.Wodehouse para los amigos, en el que descubrí un filón abundante y que por sí sólo justifica la buena e inmerecida fama del humor inglés. Por supuesto que todo esto fue mezclado con lecturas de Julio Verne, Emilio Salgari, Zane Grey, José Mallorquí y otros muchos que me introdujeron el virus del amor a la lectura.

Viene todo este tostón a cuento de eso que llaman un barómetro (¿por qué no termómetro?) del CIS acerca de la afición de los españoles a la lectura, con cifras que no acabo de creerme. Me sorprende, por optimista, eso de que sólo un 39,4% no ha leído un solo libro en todo el año 2015, que quienes leen por lo menos una vez a la semana llegan al 47,2% y que el 29,3% lee todos los días. Más creíble resulta que el 65% confiesa que lee al menos una vez al trimestre, no se dice qué clase de lectura, porque para mí no vale el Marca ni Facebook. Rajoy, por ejemplo, no puntúa.

Tampoco me resultan creíbles dos noticias aparecidas en El País en primera página: una referida a los finlandeses que dicen leer de promedio 49 libros al año. Comprendo que allí no hay mucho que hacer y que deben aburrirse más que los bosquimanos, pero no me creo ese promedio por mucho amor que le profesen a Mika Waltari. No me imagino a ese leñador volviendo a casa de su tarea diaria, atravesando aquellos grandiosos bosques, tras confraternizar como es natural con los renos con los que se cruce, y diciéndose angustiado ¡vamos deprisa que si me descuido no llego a los 49!

Como no me creo ni de lejos la otra noticia, que venía acompañada de una gran foto, y en la que podía verse a una señora de raza negra y su pequeña Daliyah de 4 años, residentes en Gainesville (Georgia, EE.UU.), afirmándose que la niña, que aprendió a leer con 2 años, se ha leído ya más de 1.000 libros. Si no me fallan los cálculos, eso supone 1,37 libros al día, incluidos domingos, festivos, cumpleaños y los días en que esté enfermita. ¡¡Eso sí que son faroles!! ¡¡esa señora sí que debe darle la vara a sus compañeros de trabajo con lo de su niña!!

martes, 28 de febrero de 2017

Esa bonita leyenda negra que tanto nos gusta

Somos los españoles −o éramos, ya no sé− una especie de humanos que nos aburriríamos si no pudiéramos hablar mal de nuestro propio país y sólo en especiales circunstancias o cuando estamos en el extranjero podemos sentirnos ofendidos si se ofende a España (con perdón de algunos nacionales periféricos). Disponemos incluso de la modalidad "por partes", en que una zona o región de España resuelve que ellos han sido siempre puros y limpios y que el resto del país es el que está corrompido y lo ha estado siempre desde los iberos y los celtas.

Pelillos a la mar si hay constancia de que quienes manejaban el comercio de esclavos eran los que ahora acusan a los demás españoles de robarles, justamente los mismos que, más que otros, se beneficiaron económicamente de la explotación de las colonias y en los finales del imperio tenían el monopolio del comercio con Cuba y más recientemente quienes eran los propietarios fácticos de Guinea Ecuatorial.  

Según afirman quienes entienden, la leyenda negra fue iniciada en el siglo XVI, por ingleses y holandeses fundamentalmente, como parte de lo que hoy llamaríamos guerra psicológica. Su éxito en todo el entorno centroeuropeo fue enorme, pero ni comparación con el éxito entre los propios españoles, que por cierto cooperaron en la creación y fomento de esta leyenda, a veces por despecho como ocurrió con Antonio Pérez, cuando dejó de ser secretario de Felipe II.

La realidad es que quienes hablan más y más a gusto de la leyenda negra somos precisamente nosotros; nos encanta autoflagelarnos, despreciarnos, considerarnos escoria frente a la enorme categoría moral de otros europeos o vaya usted a saber de dónde, hasta el punto de hacer exclamar a extranjeros su asombro por la baja valoración que hacemos de nosotros mismos. Eso es precisamente lo que quizás nos hace inferiores.

Aparte de hacer un relato catastrófico de la actuación de aquellos españoles por Europa, esta leyenda se ensañó con la conquista y colonización española de América, donde se afirma que cometimos un genocidio que acabó con los nativos. Y los primeros que se creen este infundio son los propios españoles que olvidan o no saben que en los casos más sonados en suelo europeo no intervino la Inquisición Española: a Miguel Servet lo quemaron los calvinistas en Ginebra, a Giordano Bruno los italianos en Roma y a Juana de Arco los ingleses en Rouen. «La Inquisición sentenció a muerte a 1.300 personas en 140 años. En solo 20 años, Calvino quemó a 500 personas» (El País 27/2/17).

No sé si usted ha viajado alguna vez a Hispanoamérica (un nombre que no les entusiasma, les gusta más el que les puso Napoleón III). Se quedará sorprendido al caminar por las calles porque se cruza constantemente con personas cuyo rostro deja bien a las claras su ascendencia india y no es de extrañar, porque pese a esas supuestas matanzas, desde Tierra de Fuego hasta la frontera con EE.UU. entre el 80 y el 90% de la población es amerindia o mestiza; en realidad basta con que observe a los inmigrantes que aquí han venido desde la América hispana, ¿tienen aspecto europeo? Cruce la frontera de EE.UU. y fíjese con cuántos indios se cruza usted: no quedan ni para hacer películas, porque apenas sobrevivieron unos cuantos que hoy malviven mayoritariamente en las reservas y no son muchos los que se aventuran a llevar una vida normal fuera de aquellas. He leído que entre indios y mestizos, desde el Río Bravo hasta Canadá apenas alcanzan el 1,5% de la población, ¿es allí donde la colonización anglosajona fue ejemplar y respetuosa? Así la calificaba una amiga irlandesa al compararla con la española.

Algo parecido ocurre con la explotación de las riquezas, que juzgamos con la misma óptica con que juzgamos la actual explotación del tercer mundo por parte de algunos países entre los que normalmente no se encuentra España. En aquel tiempo, la conquista de nuevos territorios llevaba aparejada la apropiación de las riquezas locales, ¿o es que Inglaterra ocupó tanto territorio en América, Oceanía, África y Asia sólo para extender su iglesia? Creo que sería buena idea llevar a quienes nos reprochan algo a visitar las ruinas de Numancia, para que sepan lo que eran matanzas y a Las Médulas para que comprueben que apoderarse del oro de territorios conquistados no es algo que inventamos los españoles. ¿Alguien ha oído alguna vez un reproche dirigido aquí a los conquistadores romanos?

Los anglosajones han sabido hacer las cosas mucho mejor que nosotros y cada acción buena o mala que llevaron a cabo, era de inmediato maquillada si era preciso y difundida por todos los medios disponibles en cada momento. Hay un ejemplo con bastantes similitudes en sus hechos y una diferencia abismal en cuanto a lo que la gente sabe sobre ello en la actualidad, gracias a la habilidad anglosajona en retocar la realidad. ¿Conoce el caso de Pocahontas (Matoaka)? ¿y el de doña Marina (Malinche)? Pues le diré: Pocahontas era hija del jefe de una tribu india asentada en lo que ahora es Virginia (EE.UU.), una mujer que fue expropiada primeramente por John Smith y posteriormente por John Rolfe, y tras casar con ella tuvieron un hijo, ayudando Pocahontas en todo momento a los conquistadores ingleses.

Doña Marina era hija del jefe de una tribu india mejicana, una mujer que fue expropiada primeramente por Alonso Hernández y posteriormente por Hernán Cortés, y tras unirse con ella tuvieron un hijo que fue legitimado posteriormente, ayudando doña Marina en todo momento a los conquistadores españoles.

¿Diferencias? Pues en términos generales pocas, aparte de que doña Marina nació unos 100 años antes. Pocahontas llegó a visitar Inglaterra, lo que le costó la vida a los 21 años al contraer una enfermedad en su viaje de vuelta y doña Marina no vino nunca a España y pudo tener una vida un poco más larga, no hay datos. Sin embargo, Pocahontas es glorificada en su lugar de origen por los colonizadores, ya que indios quedaron pocos. Doña Marina, es tachada de traidora, vilipendiada y menospreciada por sus herederos, los actuales pobladores de Méjico, muchos de los cuales disfrutan injuriando a quienes les quitaron la costumbre de comerse unos a otros. Sobre las dos mujeres se han escrito bastantes libros, pero de lo que realmente cala en la gente, las películas, sólo Pocahontas tiene algunas sobre su vida, en especial la de dibujos animados que es la que de verdad le dio la fama. En España, casi nadie sabe quién fue doña Marina (Malinche). Reivindico por tanto su memoria y, si eso la hace más atractiva, la llamamos Muchahontas.

sábado, 18 de febrero de 2017

Tres cosas hay en la vida

Solución final
Si es usted joven, no conocerá una canción argentina que fue muy popular hace bastantes años y de la que se hicieron muchas versiones. La canción hacía referencia y tenía por título Salud, dinero y amor y recomendaba cuidar todo ello, porque eran los tres puntales de la vida.

Parece que más o menos podríamos coincidir todos en que, aunque con un reparto de importancia diferente, vienen a ser lo que en esencia nos preocupa a lo largo de nuestra vida. Eso a las personas, porque a los partidos que se autoconsideran de izquierdas ya no les quita el sueño que haya trabajo para todos, que la paga sea suficiente para vivir, que la seguridad social funcione, que las pensiones de jubilación sean decentes, que no haya lo que llamábamos lumpen o, si lo prefieren desposeídos totales, hasta de la dignidad y voluntad de vivir. Hoy las obsesiones de esos partidos son tres bien diferentes, con mayor acento cuanto más pintorescos y extraviados sean sus líderes, y lo malo es que inevitablemente arrastran a las demás fuerzas políticas que no pueden quedarse al margen de esas demandas para no perder votos.

Esas tres cosas a las que me refiero son: feminismo, inmigración y homosexualidad. Muy loable todo, pero en una época en que la juventud anda desorientada como nunca y un manto de buenismo se extiende sobre buena parte de la población, corren el peligro de transformarse en obsesión abandonando lo que deberían ser sus preocupaciones fundamentales.

En todos los sitios hay desquiciados y desde luego el feminismo no es una excepción, más bien yo diría que es un caso que puede iluminar lo que no se debe hacer en otros ámbitos. Tengo la suerte de no conocer a una feminista (o un feministo) radical, porque estoy convencido de que no son tantos y como suele suceder, es una minoría la que arrastra a una gran masa sin criterio a posturas ridículamente radicales. Por poner un par de ejemplos, ahí tienen a una pandilla de feministas en la Puerta del Sol de Madrid haciendo huelga de hambrecita para exigir no sé qué más, pues ya la ley es lo contrario de lo que debe ser y trata a los varones con discriminación.

Es hasta cómico que en ese congreso/asamblea de Podemos fuese habitual que algún ponente masculino se dirigiera a la TOTALIDAD de los asistentes diciendo nosotras o compañeras como genéricos o esa Universidad de Granada que ha editado un calendario −calendaria− con los nombres de los meses puestos en lo que imaginan que es femenino: enera, febrera, marza, etc. Parecen empeñados en acabar con el idioma español. Creíamos que aquello de miembras era insuperable, pero ya conocen esa frase de Einstein: «Dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana; y no estoy seguro sobre lo del universo».

Tenemos la cifra de algo menos de 50 mujeres muertas por sus parejas cada año, la menor de Europa en proporción. Es una tragedia, cierto, y hay que perseguir esa violencia con firmeza, pero cuidado con el método elegido, pues para mí que aunque implanten la guillotina «sólo para hombres» el resultado va a ser más o menos el mismo, y la prueba la tienen en que muchos hombres se suicidan tras cometer el crimen, así que no va a ser el miedo al castigo lo que lo remedie.

Hablando de suicidio, en España se suicidan más de 3.500 personas al año, siendo el suicidio como es un alteración grave de la condición humana que persigue por encima de todo la supervivencia, un instinto natural. Sólo en la Guardia Civil se suicidan al año una media de 15 agentes y desde 1982 han sido casi 800 los que se han quitado la vida, ¿eso no importa o es aceptable? ¿no hacemos nada?

Respecto de la inmigración, se ha publicado estos días en El País una encuesta, hecha en toda Europa por una institución británica, para saber los sentimientos de la población acerca de la acogida de inmigrantes, para contrastarlo con la política de Trump. España es la más predispuesta con un 32% de la población a favor, muy lejos de la menos dispuesta que es Polonia con un 9% (hay que contar con la hipocresía y la generosidad de boquilla de nuestros paisanos a los que encanta disparar con pólvora del rey). Siempre resultan ser una minoría, pero eso no importa −pese a sus aspavientos democráticos− a los que insisten en meternos inmigrantes/refugiados por encima de la voluntad de la gente y esto vale para los ayuntamientos deseosos de traerlos −abandonando las tareas para las que fueron elegidos− y para esas entidades que viven de nuestros impuestos, llamadas ONG; esas que celebran que hoy se hayan colado en Ceuta 500 africanos, ¿saben lo que nos van a costar tanto si se quedan como si los deportan?

Habitualmente lo que dice la jerarquía eclesiástica ni me suena, porque sé que son un hatajo de hipócritas que han perdido el contacto con la realidad, algo parecido a lo de muchos de nuestros políticos, pero ahora me pregunto si tras las risas por lo que decía cierto obispo sobre que hay una conspiración para volver homosexual a buena parte de la población no habrá algo menos disparatado de lo que aparenta ser. Raro es el día en que la prensa no trae en primera página una noticia o artículo laudatorio sobre la homosexualidad. Parece que ese porcentaje minoritario de la población importa más que el resto y muchas veces esas noticias parecen más proselitismo que información de un suceso.

La Asamblea de Madrid ha declarado a la ciudad y comunidad autónoma gay friendly (con esa misma ridícula expresión), pero la anécdota de estos días es que el ayuntamiento de San Fernando (Cádiz) ha puesto en los semáforos de peatones, en vez del típico muñeco, una pareja de hombres o de mujeres cogidos de la mano y con un corazón en medio de la pareja. ¿De verdad que eso ayuda a la integración de los homosexuales? ¿no tiene ese ayuntamiento −uno de los de mayor paro de España− problemas más acuciantes de los que ocuparse y en los que gastar el dinero de los ciudadanos? ¿están al día en la ayuda a los dependientes?

Lo siento mucho, pero mientras los partidos de izquierda sigan empeñados en esas tres prioridades que no cuenten conmigo. Cierto que yo soy tan solo uno, pero deberían meditar sobre por qué, contra toda lógica, los partidos de ultraderecha están desplazando a los de izquierda por toda Europa.

viernes, 10 de febrero de 2017

Curiosidades

¿A usted no le resulta curioso que Cristina Cifuentes fuera delegada del gobierno en Madrid y nadie supiera su nombre ni reconociera su cara, y que consiguiera la fama y auparse a la presidencia de la Comunidad por partirse los huesos y casi matarse al hacer un giro sin mirar, en una motocicleta que no tenía pasada la ITV? Ahora, esa trepa se dedica a sembrar la discordia entre españoles («Los madrileños pagan la salud y la educación de los andaluces»), como si no tuviéramos bastante con los independentistas nordestinos.

¿Puede usted entender que haya un tremendo número de españoles que apoyan el uso en cualquier entorno de esos modernos cubrimientos musulmanes −del hiyab al burka sin olvidar el burkini, claro−, siempre en nombre de lo que ellos entienden por libertad, y sin embargo vomitan insultos contra la española que en festividades religiosas tienen la ocurrencia de colocarse una peineta con un velo semitransparente que sólo le tapa el cabello?

Va usted al médico y éste le manda un medicamento cuyas características no le explica, porque cuenta con que usted, tras comprarlo, va a estudiar detalladamente la extensa literatura que lo acompaña en la que quizás le avise de que el producto puede producirle hemorragias, ceguera o alguna otra lindeza. Extrae usted el folleto distraídamente del envase y cuando va a devolverlo a su lugar tras leerlo descubre que parece no caber y es imposible reproducir el plegado original. La pregunta es: ¿a quién se le ha ocurrido esa manera de plegar los prospectos para que el usuario no pueda jamás repetir el proceso?, ¿es acaso una forma de obligarnos a hacer un máster en papiroflexia?, ¿o una venganza por haber leído las contraindicaciones?

Posiblemente se ha dado cuenta de que no quedan prácticamente especímenes a los que llamar niños, como hacíamos antes. Si usted se dirige a un preadolescente con la palabra maldita, niño, obtendrá una respuesta cortante y posiblemente agresiva. Antes, no hace tanto tiempo, existía la expresión niño de pecho o niño de cría para referirse a lo que ahora llamamos bebés en un alarde muy actual de cursilería. Por lo tanto, apenas si disponemos de cuatro o cinco años para usar ese nombre de niños sin meternos en un lío. Y repito, ni se le ocurra llamar niño a un espécimen de 14 o 15 años, porque puede acuchillarle.

Toda la vida ha habido gordos, obesos si prefiere llamarlos así, pero ahora gracias a esa epidemia de buenismo, que se puede resumir en el indiscriminado "porque tú lo vales", hay que superdignificar a esos gordos o, mejor dicho, a esas gordas, porque los hombres quedan fuera del esfuerzo. Me refiero a esa moda de llamar curvy a la mujer descomunalmente gorda, como esa que viene hoy en El Mundo que pesa 186 kilos. Por dios, eso no es una mujer con curvas, eso es una vaca.

Posiblemente usted sepa que en EE.UU. votar en las elecciones no es tan fácil como en Europa, porque hay que estar registrado previamente, pero quizás no sepa que en el impreso de registro generalmente hay que señalar si uno es demócrata, republicano o independiente, ¿no es una maravilla de transparencia? Si uno cambia de bando, ¿hay que avisar?

¿Cuántos de los que leen esto son conscientes de la desaparición o relegación de la palabra «honradez»? Poco a poco, la influencia del inglés (que sólo tiene honest y derivados) unida a la ignorancia de la mayoría, ha ido dejando de lado la palabra honradez sustituyéndola en todos los casos por honestidad, olvidando que de siempre en castellano la palabra honestidad se refería a asuntos de la entrepierna, mientras que honradez era el vocablo utilizado en todo lo relativo a fiabilidad en lo económico, integridad en general, ¿es que no conocen la historia de "José el honesto" que está en el Génesis? Por supuesto, el diccionario de la RAE recoge desde hace un tiempo las dos palabras como sinónimos, manteniendo su política actual de actuar sólo como un notario de usos. Los políticos han acogido con entusiasmo lo de honestidad, porque les suena como más moderno que aquello tan antiguo de honradez.

¿Se han dado cuenta del éxito entre idiotas de la expresión choque de trenes? Apenas hay un conflicto entre partes se echa mano de esa imagen que si bien pudo ser muy gráfica y original una primera vez, su repetición permanente sirve para detectar a los escasos mentales. Ayer vi en la televisión una entrevista a Carolina Bescansa, de Podemos, y en dos minutos la empleó nada menos que cuatro veces, cuatro, para referirse al conflicto entre Errejón e Iglesias, aquellos que llamaban casta a lo que ellos son ahora.

Y para terminar, algo que no me puedo callar. ¿Sabían que la piel del prepucio de Jesús, obtenida tras su circuncisión, está depositada en relicarios en varias iglesias que reivindican que el suyo es el de verdad? Seguramente, si unieran todos los trozos de piel, habría para hacer un tambor. Y luego dicen que la Iglesia no tiene sentido del humor y que es mojigata...

miércoles, 1 de febrero de 2017

Fronteras

Estaba atento a una obra musical que daban por la radio y al terminar el locutor dijo esa frase típica de «han escuchado ustedes…» y nombró una obra de un muy conocido compositor francés. De ahí pasé a pensar que me fastidiaba no poder sentirme compatriota del autor y por tanto partícipe en una mínima fracción de su gloria; ocurría eso, ya pueden imaginarlo, porque yo soy español y pertenezco, para mi desgracia, a un país que casi no ha producido grandes compositores, porque a la iglesia católica nunca le gustó la música, por considerarla un arma del demonio. A punto estuvimos de abandonar ese casticismo que tanto daño nos ha causado, cuando reinó en España José Bonaparte que podía haber traído la cultura y, quién sabe, la unión con Francia, con lo que todos seríamos compatriotas de tantos músico notables y como propina, de Pasteur, del matrimonio Curie, de Gay-Lussac y tantos otros que Francia produjo mientras aquí se empleaba el tiempo en rezar. Nada positivo salió de tanto rezo −lo contrario sí que hubiera sido milagroso−, pero quedamos muy rezagados de esa Europa que componía, estudiaba e investigaba.

No hay manera, por mucho que no empeñemos en airear a Miguel Servet o Santiago Ramón y Cajal −ya sé que hay alguno más− la realidad es que el saber nunca tuvo aquí excesiva preeminencia y todo lo más se importaba un artista italiano para que hiciera lo que al rey le apetecía (alternativa de ese estilo herreriano austero, sobrio, seco, ¡un horror!). No tenemos afán investigador y al que lo tiene la realidad nacional se ocupa de eliminárselo o de empujarlo al exilio. Hay un personaje al que se trajo de vuelta de EE.UU. para que investigara aquí sobre el cáncer y al que se le ofreció de todo −hablo de Mariano Barbacid− y que ahora anda pidiendo dinero para investigar casi por caridad.

Ya conté en este mismo blog que presencié un episodio que no olvidaré en mi vida porque entonces me produjo escalofríos, en el que el protagonista pasivo fue este investigador. Estaba Barbacid en un corrillo tomando una copa cuando alguien le dijo lo que seguramente consideraba una gracia memorable; le soltó a bocajarro ¡menos investigar y más follar! En fin...

Decía que soy de esos que lamentan profundamente que Napoleón no triunfara en España y que su hermano tuviera que dejar el trono a ese rufián incalificable: Fernando VII. José Bonaparte hubiera supuesto la puesta al día de nuestra intelectualidad y nuestra incorporación a Europa, por más que sepamos que los franceses también trajeron a España ruina, destrucción y miseria, pero eso no fue obra del rey José. Una vez asentado este rey, nuestra mejora habría sido más que probable, el estado y la religión habrían dejado de ser una unidad de destino en lo universal y parafraseando al ineficaz Alfonso Guerra, a España no la habría reconocido ni la madre que la parió.

La realidad es que este país siguió siendo muy reconocible y salvo algunos limitados avances, la cosa siguió exactamente igual, y aquí estamos. Peleando entre nosotros todo el tiempo y esforzándonos por impedir cualquier cambio que no sea meramente cosmético. Eso sí, con un desmontaje de todo lo que suponga idealismo e ideología que nos ha llevado a estar a la cabeza de Europa en el desinterés por el propio país. Somos el país más asqueado de sí mismo y en este momento sólo puede excluirse de ese sentimiento a los catalanes porque han encontrado lo que como buenos españoles es lo único que les galvaniza, que les da fuerzas; un enemigo -aunque sea inventado-: el resto de los españoles. Dentro de algún tiempo se les habrá pasado y volverán a ser como todos.

Pero seamos realistas −que no monárquicos−, quienes triunfaron aquí y aquí siguen fueron los de ¡vivan las caenas!, y los que desprecian el saber porque corromper, especular, robar y rezar les resulta mucho más provechoso y rentable; a ellos. Seguimos viviendo entre fanáticos partidarios de Fernando VII.

sábado, 28 de enero de 2017

La, la, land: postdata

Estaba claro que el éxito de esta película dependía totalmente de lo que dijeran los llamados influencers. Si estos se inclinaban a favor de la película la suerte de ésta estaba echada, pues vivimos una época en la que la gran mayoría espera a ver qué dicen sus ídolos en las redes sociales sobre un asunto y si es favorable se hacen fanáticos del asunto. La gran campaña publicitaria ha tenido su efecto y, pese a los reparos de muchos, entre los que me encuentro, la película va disparada hacia buena parte de esos 14 Oscar a los que ha sido propuesta. El pobre de Paulo Coelho −un autor que en verdad no me interesa− ha tenido la ocurrencia de decir que la película es un petardo y en todos los países han sido unánimes en injuriarlo e insultarlo, ¡estaría bueno!

Yo me reitero en lo que dije: la película no vale nada. Los demás que piensen lo que quieran, no es casualidad que en español to be/to live in la-la land significa estar en Babia o si lo prefieren, estar en las nubes.

sábado, 21 de enero de 2017

La, la, land (La ciudad de las estrellas)

Desde que empecé a oír hablar de esta película se mezclaron dos sentimientos en mí: de una parte, la alegría por la vuelta −aunque sea puntual, como se dice ahora− del cine musical, que me entusiasma. De otra, cierto miedo porque la realidad no correspondiese a las expectativas despertadas, máximas teniendo en cuenta que las críticas son en general unánimes, se trata casi de una obra maestra, se va a forrar a Oscars, dicen.

No sobra recordar a quien me lee el título de este blog, para que así se entienda que no soy crítico de cine y soy perfectamente consciente de ello. Simplemente he visto la película y doy mi opinión sobre ella, sin pretender que se coloque una lápida que celebre mi ocurrencia.

No entiendo nada de cine, pero sí soy buen aficionado y, en el caso de los musicales, sin duda estoy entre las personas que más disfrutan o han disfrutado con su contemplación, hasta el punto de que procuro tener en uno u otro soporte todas las películas de este género que me han gustado, desde las interpretadas por el inigualable Fred Astaire −anteriores en realidad a mi época− hasta las últimas del género, es decir, las de hace ya bastantes años. De los últimos tiempos, sólo calificaría como musical a Chicago, de 2002.

Por supuesto, el cine musical tuvo su época dorada como muchos sabemos, y a mi parecer duró desde poco después de la aparición del cine sonoro −puesto que lo más señalado que el sonido aportaba era la música− hasta quizás finales de los 50. Después se hicieron algunos filmes que eran más experimentos que otra cosa y que carecían de la frescura y espontaneidad que a mi parecer son casi imprescindibles en este tipo de cine. Típicos ejemplos de esto último son West Side Story de 1961 y Pennies From Heaven (Dinero caído del cielo) de 1981, casi desconocida para una mayoría. Sin olvidar la maravillosa Les parapluies de Cherbourg fuera de toda norma salvo una música perfecta y unos intérpretes bendecidos por el dios de los musicales... especiales.

Pienso que la causa de la desaparición del cine musical no es una sino muchas. Primero, la desaparición del cine de géneros, western (antes llamadas películas del oeste) incluyendo su variante de indios, musicales, suspense, policiaco, comedias y otros. Segundo, lógicamente, el cambio en el gusto del público cada vez más alejado de la música de calidad y más cercano al ruido o al tipo de cine que casi es un género en sí mismo: hablo de Star Wars de lo que van ya nada menos que siete películas, cada vez peores, hasta donde yo sé todas ellas con bandas sonoras de un magnífico compositor como John Williams. Tercero y fundamental, la desaparición de los grandes compositores de música popular, que sin duda vivieron una época estelar y que se extinguieron igual que aparecieron. Hablo de Irving Berlin, George Gershwin, Richard Rodgers, Cole Porter, Jerome Kern y muchos más. Ojo, no me refiero a compositores de temas o bandas sonoras de películas como El padrino, Indiana Jones, etc., sino a autores de musicales

El musical estándar precisa a mi modesto entender de dos elementos fundamentales además de un buen director: un compositor de la categoría de los que acabo de citar y unos intérpretes que canten o bailen profesionalmente. En general, no me vale ni de lejos coger a una buena actriz como Meryl Streep y ponerla a cantar y bailar. Leí una vez que para que Julia Roberts consiguiera cantar una canción en el film de Woody Allen Everyone Says I Love You −una joya por cierto− pasaron días grabando hasta conseguirlo. No se puede imaginar cómo se me encogió el ombligo el otro día al leer en la prensa que se clasificaba como «cine musical» obras como Moulin Rouge de 2001 y como compositor de cine a Alejandro Amenábar. Va a resultar que Nicole Kidman es la nueva Ginger Rogers.

Ayer fui a ver la película que da nombre a esta entrada y, ya se puede imaginar, me llevé una desilusión, pese al dinero invertido en la producción, por eso no tengo mucho que decir sobre ella. Puede que sea una buena película, pero no es un buen musical. Para empezar, la música es casi vulgar, incluyendo el tema del film, musiquilla la llamaría pese a los buenos arreglos, al sonido envolvente y una calidad de grabación que antes no podía ni soñarse. Los intérpretes aceptables y no son ni de lejos intérpretes de musical, aunque se hayan aprendido unos cuantos pasitos. Lo que me pareció más acertado era lo que en ella se decía sobre la situación actual del jazz, muerto irremisiblemente −como el musical− y sólo amado en estos días por unos pocos carcamales, pura nostalgia. Da pena escuchar lo que el protagonista dice a su pareja cuando ella le anuncia que va a viajar a París, él le contesta que es una suerte porque allí sí que hay buen jazz. Es como si se dijera que para escuchar buen flamenco hay que ir a Tokio (y es casi verdad).  

jueves, 12 de enero de 2017

El circo extensivo

Como de niño el circo era un espectáculo al que iba al menos un par de veces al año y me gustaba tanto, lamenté su ocaso y me dolió cuando en Madrid hace mil años desapareció el circo Price original que, para remate, estaba en un lugar céntrico al que no suponía una aventura ir. Siempre achaqué su desaparición a la desaparición de la pobreza, porque no me digan que andar en carromatos o camiones de un lado a otro como ocurría con sus artistas, no es una vida poco atractiva para cualquiera, pertenezca o no a ese mundillo y eso que tuve ocasión de visitar unos de esos modernos y lujosos remolques que utilizaba −o utiliza− el Circo Mundial... para sus propietarios. Si a eso le añadimos la prohibición de utilizar animales y la extinción de los payasos −¿saben de alguno de estos que haya sobrevivido a aquella época?− estos espectáculos se hacen prácticamente inviables.

Ayer leía un artículo en la prensa acerca de las películas que van a gustar en 2017 y de repente caí en la cuenta de que el circo, como espectáculo insólito propicio a sobrecoger de miedo o de risa no ha desaparecido, sino que ha cambiado de ubicación y de protagonistas. Ahora se ha diluido en la sociedad y en cualquier momento y lugar podemos disfrutar de un espectáculo circense, aunque sea de escasa calidad.

Esas películas de éxito casi asegurado en el año que nos llega son en su mayor parte auténticos alardes de efectos especiales, de gran aceptación en mentes infantiles o bien secuelas o remakes de películas de éxito previas. Ya no existe un Hitchcock, ni un Billy Wilder y lo que resta de Woody Allen es una sombra de lo que fue. De hecho ya ni se nombran los directores al hacer publicidad de las películas, todo lo más se dice «del director de...» citando un éxito anterior, por si sirve de gancho. El cine es ahora mayoritariamente un circo de efectos digitales y no precisamente de geniales autores.

Han muerto con 24 horas de diferencia Carrie Fisher y su madre Debbie Reynols; la primera conocida por su simpático papel de princesa en Star Wars; dejó buen recuerdo pese a su peinado de fallera mayor; la segunda, intérprete de numerosas películas, pero sobre todo de la maravillosa Cantando bajo la lluvia («Bailando bajo la lluvia» dijeron en un telediario). Sólo esta película vale cien veces toda la filmografía de la otra, pero ha sido la muerte de la primera la que más ha trascendido y se ha sentido, al fin hizo aquellas películas-tebeo con mucho rayo láser y eso es lo que importa y gusta hoy.

Qué decir de la música. Ya no hay cantantes que canten −entre otras razones porque no hay compositores− y la gente va a verlos a sus mal llamados «conciertos», dispuesta a presenciar un alarde de vatios, rayos láser, luces de todo tipo o, si son intérpretes femeninas, tetas y nalgas... un circo donde lo de menos es el cantante y lo que importa es el derroche de medios técnicos y la fraternización entre todos los asistentes que sienten que forman parte de la misma escogida secta de elevada sensibilidad, esa que además dispone de un montón de euros para pagar la entrada. De eso siguen viviendo abueletes como los Rolling Stones, que dicen que son de lo mejorcito que van quedando como profesionales del circo; nada que ver con la música.

En la televisión, los programas de más éxito siguen siendo los circenses, pues no es otra cosa todo eso de Gran Hermano, Sálvame, MasterChef y demás subentretenimientos, pero como ahora está prohibido utilizar animales para regocijo de los humanos, los protagonistas son esa especie de humanos que se prestan a los juegos y humillaciones que tanto divierten a muchos que son más o menos como ellos.

Un ejemplo de animal de circo es la popular Kim Kardashian, que tiene un programa de televisión en EE.UU. donde exhibe su presencia y la de su familia como hace muchos años en España veíamos a Pompoff y Thedy, Nabuconodosorcito y Zampabollos, abuelos y padres de los que más tarde fueron conocidos aquí como Los payasos de la tele. Claro que estos últimos tenían mucha más gracia que las Kardashian, pero también es cierto que no poseían los atributos carnales de estas últimas y ya sabemos que cualquier espectáculo de éxito actual debe incluir erotismo o no cala. ¡Si hasta las hay que ahorran en tejido para retransmitir las campanadas de fin de año a 0ºC! 

Me llama la atención que casi el único espectáculo que mantiene el nombre de circo en su denominación −Circo del Sol o Cirque du Soleil− sea justamente el que cada día tiene menos de circo y más de espectáculo donde todo está calculado al milímetro; un negocio con inversores, accionistas, franquicias, etc. Grato de ver, pero quizás poco de circo.

Después de publicada esta entrada, leo en la prensa que se cierra el Circo Ringling, el más antiguo del mundo (casi 150 años), por la presión de los animalistas. Son estos a mi parecer una panda de fascistas que usan métodos fascistas para triunfar en sus fines. Es fascista eso de cargarse la función de un pequeño circo como han hecho en España recientemente −ha podido verse hoy en los noticiarios−, es fascista arrojar un bote de pintura a la señora que lleva un abrigo de pieles; es fascista negar la libertad a los demás con métodos violentos o coercitivos. Es admirable defender a los animales, pero no comportándose como animal.

domingo, 1 de enero de 2017

No se evaporan

Leo hoy un artículo en la prensa donde se dan cifras que a mí al menos me producen escalofríos. Resulta que en 2015 −que es el último año del que se tienen cifras concretas− han entrado irregularmente en Europa un millón y pico de los conocidos como refugiados o inmigrantes o invasores, depende del talante con que cada uno quiera contemplarlos. Los llamemos como los llamemos son personas que vienen desde países desestructurados, fallidos, y que viene aquí a aportar su desconocimiento sobre cómo convivir sin guerras y con ese caos social al que están habituados. Conviene recordar que las leyes de asilo a las que algunos aluden −elaboradas cuando las migraciones no tenían estas cifras−, obligan a los países fronterizos de los que se exilian, así que sería recomendable que al menos se dirigieran a países más cercanos a ellos y sobre todo, de cultura parecida a la suya, ¿qué pintan los naturales de Eritrea, Costa de Marfil, Nigeria, Gambia, etc. en Europa? ¿por qué no se dirigen a Arabia Saudí, Indonesia, Irán, Qatar, etc., todos ellos hermanos suyos de religión?

De ese millón y pico, más de la mitad han sido aceptados por Alemania −menos mal− en su gran mayoría y por otros países del norte de Europa. Pese al afán de las progresistas alcaldesas de Barcelona y Madrid, traer para un país que tiene un 20% de parados más indigentes todavía, sólo cabe interpretarlo como que detestan a los españoles y que desean tirar aún más hacia abajo los salarios que sufrimos, para alegría de empresarios en general y de Juan Rosell, presidente de la CEOE, en particular. De verdad que no consigo comprender ese producto híbrido de Pasionaria y Teresa de Calcuta que son Carmena y Colau, esta última con el añadido de una porción de Francesc Maciá.

Se ha dictado orden de expulsión para 530.000 de los llegados, pero los gobiernos confiesan que sólo han conseguido hacer efectivas las expulsiones en un 36% de los casos, es decir, tenemos por Europa el 64% restante −lo que supone 339.200, que se sepa, tan solo de 2015− deambulando indocumentados por aquí y allá, rumiando su indignación y odio por no haber sido aceptados y teniendo que comer cada día como todo el mundo gusta de hacer.

No es para tomárselo a broma, pues esas personas no se han evaporado; trate de imaginar a esos 339.200 inmigrantes irregulares sin medios de vida, aparte de apostarse en la puerta de algún supermercado pidiendo limosna o vender cosas expuestas sobre una manta. Aunque fueran auténticos benditos, las posibilidades de que por necesidad decidan dedicarse al robo son elevadas y de ahí que no sea casual el aumento de la delincuencia y violencia en todos los países de la Unión Europea. 

Hasta parece previsible que muchos de ellos se radicalicen −teniendo en cuenta que la casi totalidad profesan la religión musulmana− y se vayan a luchar con el Daesh o simplemente agarren un camión y lo conduzcan introduciéndolo en una vía concurrida con la sana intención de causar una mortandad entre la multitud, culpables para ellos de su situación de exclusión y pobreza.

Según dicen hay varias razones para que sea tan elevado el número de los deportados que finalmente no lo han sido. Buena parte cuando les comunican que van a ser deportados, simplemente se desvanecen, se pierde su pista. Otros no son aceptados en sus países de origen, porque esos países prefieren tenerlos fuera, ya que aunque pasen miserias, siempre enviarán algo de dinero allí, donde desean divisas con avidez y no tener una boca más que alimentar. Por añadidura, esos países prefieren chantajear económicamente a los europeos a cambio de aceptar el retorno de sus nacionales.

Es aburrida esa insistencia de muchos en que ellos vienen huyendo de la guerra y de las persecuciones, cuando lo que de verdad vienen buscando es una vida resuelta por los que llevamos tantos años para levantar nuestros propios países. Por supuesto que allí hay guerras, pero son las causadas por los que después huyen cuando se cansan, porque no entienden vivir sin matarse entre ellos. De otra parte, hoy se habla elogiosamente en portada de El País de un sirio que cuando lo reclutaron se vino con su familia, ¿acaso antes esos no se llamaban desertores? Ha habido 70.000 en Siria el último año.

Esa es la Europa que estamos dejando a nuestros hijos, gracias a la incompetencia de muchos y al buenismo de bastantes más. Estos buenistas irreflexivos prefieren ignorar que la gran mayoría de la población está en contra de la acogida de extranjeros, no hay más que leer los comentarios tras cualquiera de estas noticias en los diarios digitales, en los que la proporción viene a ser más o menos de un 90-95% en contra. Puedo equivocarme, pero siempre queda el recurso previsto en la Constitución: un referéndum sobre la acogida; son fáciles de organizar y si no, que les pregunten a los catalanes.

Todo menos seguir así: las ONG y los buenistas con cargos políticos metiéndonos de matute los inmigrantes sin importales una higa el sentir general; y Merkel (hija de un pastor protestante) apoyando todo eso.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Amigos

Es un tema sobre el que he meditado mucho, quizás porque me preocupa bastante y porque a lo largo de mi vida y mis muchas peripecias vitales he tenido que sufrir vaivenes que inevitablemente afectaban a mi círculo de amigos. Supongo que las experiencias son diferentes según haya sido la vida del sujeto, pero lógicamente no voy a tratar sobre experiencias ajenas que no conozco o apenas sé de ellas por fragmentos de relatos.

Hasta donde yo he vivido, puedo asegurar en primer lugar que las amistades se fraguan en general durante la adolescencia, gracias al colegio, y más tarde en los primeros años tras contraer matrimonio, con lo que eso supone de cambio de ambiente, hábitos y relaciones. Pasada esas épocas es dificilísimo establecer amistades y, al menos en mi caso, después de  muchos años trabajando en una misma empresa y en el mismo centro de trabajo con cientos de compañeros, sólo he conservado la amistad de dos de ellos, un matrimonio originado allí.

Ni hablar de hacer amigos tras la jubilación ni en edades avanzadas, porque entiendo que la amistad requiere originalmente de una cierta inocencia y una entrega de la que todos vamos siendo despojados según transcurren los años. Después, es posible establecer relaciones, pero no amistades. Insisto en que escribo sobre mi experiencia personal y que no pretendo extrapolar esto a la totalidad de la humanidad, aunque evidentemente lo que presencio y aquello de lo que oigo hablar no está muy lejano de mi propio caso. Otra cosa es que los episodios que cada uno vive, sobre todo si son extremos, crean variantes que no son aplicables a otros.   

Ciñéndome a mi experiencia, lo que digo es rotundamente como lo cuento. A mi avanzada edad tengo que decir que los amigos más importantes son aquellos que hice en el colegio y durante la adolescencia, los demás han sido episódicos y por tanto transitorios. Hubo una época tras mi matrimonio en que tenía más amigos de los que podía atender, y en eso influía de manera fundamental que mi mujer era una persona enormemente agradable, amigable y sin hipocresías, y como es natural sus amistades quedaban incorporadas de inmediato como mías. Precisamente el matrimonio, que supuso la aparición de nuevas amistades implicó al mismo tiempo la desaparición de algunos amigos con los que hasta entonces compartía actividades y afectos.

La cuestión es que pasaba el tiempo y la tragedia que me tocó vivir fue enfriando esas amistades posmatrimoniales hasta desaparecer por completo; unos por el propio episodio, otros porque se trasladaron a otra ciudad y alguno simplemente porque falleció.

El primer amigo que tuve lo hice cuando estaba en párvulos y duró hasta hace tres o cuatro años en que falleció tras una terrible enfermedad que lo fue transformando en una sombra de lo que fue, un hombre de inteligencia excepcional y sobresaliente en su actividad. Era sin duda la persona más inteligente que he conocido aunque no me entusiasmara su carácter al cien por cien, algo a lo que tampoco debe aspirarse.

Otro es el caso del que quizás haya sido mi mejor amigo, por duración y constancia de su amistad, pues duró desde mi adolescencia hasta hace bien poco; contrajo en febrero pasado una terrible enfermedad que no se supo diagnosticar en su primer periodo, pero que ha acabado con él a principios de este mes de diciembre. No soy de los que creen en otra vida ni nada por el estilo, pero por si me equivoco y puede verme desde donde esté, quiero mandarle el fuerte abrazo que por lamentables circunstancias no le pude dar en los últimos tiempos. Hasta pronto, José Luis.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Catálogo de IKEA

Supongo que yo me lo he buscado y seguramente el origen de todo está en alguna ocasión en que he dado mi nombre en ese establecimiento o, puede ser que simplemente lo depositen en todos los buzones de mi casa sin más motivaciones; el caso es que cada año puntualmente recibimos ese catálogo que tanto gusta a los de Podemos y que cuando lo veo lo cojo con entusiasmo porque es toda una crónica de la vida actual, no sólo como algunos piensan un repertorio de muebles para montar y objetos variados, muy suecos todos ellos. En las fotos familiares suelen incluir un niño negro, porque ¿quién no tiene uno en su casa?

No lo niego, alguna de las cosas que se incluyen son atractivas e incluso útiles, pero hay que saber ver más allá y encontrar que es todo un manual de filosofía moderna. Por ejemplo, en una página se dice «Ahora una comida con amigos no tiene por qué tener lugar en una mesa perfectamente puesta ni que tener sillas. Los días del "debe ser" han pasado. Prueba a compartir la cena en una mesa de centro, sentados en el sofá o en el suelo. Porque da igual el dónde, lo que realmente importa es estar juntos», «...donde esté permitido que la salsa se derrame y puedas poner los codos sobre la mesa». ¡Ah! el quitamanchas no lo venden en Ikea, el que avisa no es traidor.

Edificante. Fíjense que parece más la hoja de publicidad de una secta religiosa tipo amish guarretes que la publicidad de un almacén de muebles y accesorios. Se sugiere que no tiene por qué haber sillas cuando usted invita a unos amigos a comer y desde luego, nada de modales; cuanto más zafios, mejor. Digo yo que no es cuestión de edad, sino de mínimo respeto hacia los demás, hacia ellos y sus espaldas; invitar a comer en el suelo podría ser propio de adolescentes (aunque no conozco a ninguno que organice comidas) y no de personas de las que se esperan que tengan la necesidad y poder adquisitivo como para hacerse con artículos de ese popular comercio.

El catálogo «nos anima a no ponernos metas muy ambiciosas en la cocina, a dejar atrás normas y recetas, a aceptar nuestros defectos y a olvidar esa vocecita interior que nos dice cómo debemos hacer las cosas». Vaya, vaya, con la autoritaria vocecita interior. A mi entender, lo que se sugiere es comportarse como simios y dejar que la vida natural marque el curso de los acontecimientos. Si le apetece hablar con la boca llena o eructar en la mesa, no se contenga, ¡se acabó la represión! Supongo que también induce a no preparar nada, animar a nuestros amigos a abrir el frigorífico (que no debe estar muy surtido) y a apañárselas por su cuenta. Curiosamente, las ilustraciones muestran unas cocinas de tamaño casi descomunal dotadas de mil aparatos y facilidades, ¿para qué?

No piensen que es sólo la cocina lo que excita la imaginación de los creativos de Ikea. En otro apartado dicen «Nuestra casa es el lugar donde podemos ser nosotros mismos (con pantalón de chándal incluido)». Toda una revelación: usted, pobre imbécil, se pasa el día fingiendo lo que no es de un lado a otro, pero gracias a estos coleguillas −ojo, que no falte el tuteo tan democrático− descubrimos que, en casa, uno puede revelarse en toda su crudeza; eso sí, con su pantaloncito de chándal, para mostrar que es realmente desenfadado y casual y tal. 

Los consejos de Ikea pueden transformar nuestra vivienda en un puesto del Rastro o algo parecido: ¿Que su piso no tiene armarios? Pues «cuelgue su ropa a la vista, en almacenajes abiertos a modo de separadores de ambientes», así mientras cena con sus amigos podrán examinar sus camisas y blusitas (yo evitaría exhibir ropa interior). ¿Quiere darle un toque familiar a la zona de estar? «Instale las literas de sus hijos en el salón y percibirá un cambio radical» (cuesta creerlo, pero no es broma). Por descontado, usted no podrá charlar con amigos o ver la tele a horas avanzadas ni sus hijos podrán dormir, pero de eso se trata: de pervertir el orden natural de las cosas. Eso es lo revolucionario y moderno. Tanto tiempo hablando de privacidad y resulta que lo que mola es la comuna.

Me preguntaba a quiénes va dirigido este catálogo, pero me he respondido de inmediato porque es fácil: a esos que viven mirando su móvil, ensimismados con Facebook (o similares) y que no conciben ver una película sin un enorme cubo de palomitas; a los que se anima a perder los escasos modales que posean, porque al fin eso no sirve para nada y es más bien una rémora que impide la modernidad. Esos parecen ser los clientes que Ikea rastrea y que pretende que se hagan los suecos. Esos que votan a Podemos sin saber muy bien por qué.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Que guarde silencio Rita (la cantaora)

Anda estos día muy revuelto el patio por, primero, la muerte de la insigne Rita Barberá y después por lo acontecido acerca del minuto de silencio solicitado en el Congreso de Diputados a todos los grupos parlamentarios y que aceptaron todos a excepción de Podemos, siempre proclive a guardar poco silencio y a dar la nota todas las veces que pueda, aunque en este caso tenían buen motivo. No hay que pasar por alto que, si bien en el Congreso Podemos se negó a guardar el minuto de rigor, en el Senado sí se sumaron a lo que el resto de los grupos hicieron, es decir, callar durante un minuto.

Ha habido debate porque cuando falleció José Antonio Labordeta en 2010 el PP se negó al minuto de silencio seguramente porque no le han perdonado ni le perdonarán aquella ocasión en 2009 en que este diputado mandó a la mierda a los integrantes de ese partido desde la tribuna de oradores −con esas palabras−, curiosamente porque todos hablaban ruidosamente mientras él estaba en el uso de la palabra. La argumentación oficial del PP para negarse entonces a guardar el minuto de silencio fue que en 2010 Labordeta ya no era diputado en el Congreso. Lo que me sorprende una vez más es la desfachatez de los integrantes del PP, porque Rita Barberá no era ni fue nunca miembro del Congreso, −aunque perteneciera al grupo mixto del Senado, cobrando sin asistir− fuera de cualquier disciplina del Partido Popular gracias a que desde este partido (y no otro) fue inducida a abandonar sus filas. Hasta donde yo sé, es la primera vez que se guarda silencio en el Congreso por la muerte de un senador.

Me cuesta muchísimo trabajo apoyar a Podemos y darles la razón en esta ocasión, pero es que la tiene y pienso que vivimos en un país en el que se considera normal escarnecer a los vivos y aprovechar la muerte del que sea para alardear de respeto a los muertos y sacar a relucir méritos no siempre ciertos del difunto. Así estamos los vivos...

Pues no, señores, desde mi muy modesta opinión −modesta porque no tengo muchos lectores, no crean− no debe hacerse ningún homenaje ni manifestar respeto público a quien tuvo un comportamiento sospechosamente corrupto −esa triquiñuela del PP de decir que ha sido por mil euros es eso, una mentira legal− actualmente estaba siendo juzgada por el Tribunal Supremo, que con motivo de su fallecimiento ha decidido cerrar el proceso, no sé si este proceder es normal en todos los casos similares. De verdad que no comprendo por qué hay que manifestar respeto por alguien que no se ganó −ni de lejos− el respeto en vida y eso de morirse no es una proeza a admirar puesto que está al alcance de cualquiera, hasta el punto de que todos nos vamos a morir (ojo, no todos en un hotel de 5 estrellas).

No suelo alegrarme de la muerte de nadie y este caso no es una excepción, entre otras razones porque lo que me hubiese gustado es que se completase el procesamiento de la difunta, que se hubiesen realizado tantas declaraciones de testigos como fuese preciso, que se probase que no fue por mil euros sino por bastante más y que se dictase sentencia. Está claro en qué sentido me hubiese gustado que fuese esa sentencia. No tengo por qué practicar la hipocresía de otros. Hablo de los miembros del PP que continuando con su táctica de culpar a los demás de lo que sea −ya queda un poco rancio culpar a Zapatero− responsabilizan totalmente de la muerte de la presunta corrupta a esa abstracción que son «los demás» o a los medios, olvidando que, como podemos ver en la hemeroteca de televisión, han sido ellos los que la echaron del partido y se jactaban por eso, ellos quienes se apresuraron a poner en duda su honorabilidad, ellos los que no querían ni hablar de la que fue apartada, para no ensuciarse con su contacto.

De verdad que no acabo de entender todo el revuelo en los medios por un no-silencio que no ha sido excepcional sino todo lo contrario, pero ya decía que en España se parte de la idea de que alguien puede ser un bribón sin paliativos, que a partir de su muerte sólo loas y halagos se le pueden dirigir y por mi parte no estoy de acuerdo. Ampliando el caso, yo no guardaría silencio por la muerte −si se produjese− de Donald Trump, ni Hillary Clinton, ni Eduardo Trillo, ni Susana Díaz, ni por una larga lista de aquellos a los que considero unos rufianes y entiendo que nadie puede obligarme a lo contrario y, aunque yo estuviera errado en mi valoración del difunto de turno, esa libertad debería ser respetada. Exactamente igual que la libertad de la que ha hecho uso Podemos en el Congreso.

Y no creo que los familiares de los 43 fallecidos y 47 heridos en el accidente del metro de Valencia, de los que Rita se burló públicamente, vayan a guardar ningún minuto de silencio.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Virales

No hay día en que no vea en la prensa alguna referencia a un comentario viral o que arrasa en la red, o bien algún personaje cuyas declaraciones o su persona han provocado trillones de retuits o cualquier otro fenómeno de los que vivimos (?) pendientes. Otra posibilidad es esa de las fotos como las de Justina Derroche que incendian la red un día sí y otro también con escotes cada vez más descendentes. Uno va a mirarlas con cierta concupiscencia y resulta que son fotos como las de toda la vida, solo que las ha publicado en la Red y ya se sabe que la red es sagrada y todo lo que circula por ella es lo más y tiene más transcendencia. Además, desde que existen las prótesis mamarias de silicona me ponen más las fotos femeninas anteriores a 1970 que las actuales, porque ahora las que triunfan son las que deciden meterse más silicona donde antes estaban las conocidas como tetas. Me encantan esas fotos de mujeres  con frecuencia prostitutas de aspecto cándido ̶  de los años 10 o 20, del siglo pasado por supuesto, como la que compré en un puesto callejero de Barcelona. Lo que ellas muestran es cien por cien natural.

No me gustan muchas de las cosas que tengo que ver, entre otras el poderío e importancia de lo que llaman redes sociales, aunque trato de mantenerme un poco al día de las que atrapan a los jóvenes y a muchos que ya no lo son tanto, pero es difícil. Cuando me entero de que existe Facebook, YouTube, Tuenti o Whatsapp, resulta que ya están pasadas y las que molan son Instagram, Telegram, Periscope o alguna de los muchas otras que existen, Twitter, Snapchat, Flickr, Google+, QQ, WeChat, etc. etc., ¿quién se acuerda ya de ICQ?

Hace algún tiempo protestaba yo de que ya resultaba imposible ser ciudadano si no se disponía de Internet y de un smartphone. La cosa no solo no ha mejorado, sino que ha vuelto más preocupante, porque quien no tiene cuenta en Facebook y Twitter, no existe. La cuestión es, ¿para qué sirven las redes sociales?: pues fundamental y lamentablemente para dar resonancia a la voz de los que no tienen nada que decir y a los frikis que gustan de llamar la atención o insultar a los demás. Las redes sociales están sostenidas básicamente por unos imbéciles sin nada que hacer que lanzan una nueva gracia y por los millones que se entusiasman siguiendo esa gracia. Recientes tenemos el numerito de tirarse un cubo de agua helada por encima, otra que consiste en congelar el movimiento de un grupo y grabarlo mannequin challenge o, más reciente, eso de ¡que viene Andy! Andy’s Comming! que no merece la pena ni explicar en qué consiste, si es que usted no lo conoce.

No hace mucho, dos hechos leídos en la prensa me han llamado la atención, ambos relativos a comunicaciones de las redes que hacen evidente su mal uso. El primero, el triunfo de un vídeo de YouTube en el  que una supuesta bailarina de 172 kilos de peso se agita convulsivamente despertando el interés de todos los que no tienen nada mejor en qué pensar y a los que el morbo de la híper-obesa les atrae. El segundo, los disparates que en una u otra red social escribieron quienes merecen más el calificativo de alimañas que de personas, insultando a los allegados del torero Víctor Barrio fallecido hace algún tiempo y a la memoria del propio torero, aprovechando el anonimato (aunque alguno no se va a salvar de una sanción). Se da la paradoja de que quienes cometen esta fechoría contra seres humanos, se autoconsideran  amantes de los animales y gente de bien.

Más reciente, otro fenómeno del que es difícil que no hayan leído u oído algo en los medios porque se han empeñado en que forme parte de nuestras vidas. Me refiero a ese juego llamado Pokemon Go que parece haber sorbido el poco seso de buena parte de población, y sabemos ya de quienes han cometido allanamientos o invadido comisarías o cuarteles en busca del bichito, de quienes han sido atropellados porque estaban en otro mundo mirando tan solo la pantalla de su móvil y mi hijo me cuenta que ha visto en Madrid a una mujer de unos 40 años que conducía un coche, pararlo en un semáforo, bajarse, y dejarlo abandonado en mitad de la calle con el smartphone en la mano en busca de su víctima virtual. Antes, si un adulto se comportaba como un adolescente procuraba contenerse y no hacer el ridículo; ahora se exhiben, porque son mayoría y se sienten fuertes. El caso es que parece haber aflojado la fiebre de cazar muñequitos, pero no ha desaparecido.

No tengo nada en contra de los juegos, yo mismo me acuerdo cada mucho de que existen y he jugado al comecocos ‒oficialmente Pacman‒ en mi tableta dos o tres veces, pero pueden imaginar que no pierdo por eso el contacto con la realidad (ya sé, es un juego de viejos). Un vídeojuego puede ser divertido si se le dedican unos ratos, pero puede hacer un daño irreparable si se vuelve adicción. Quien vive consagrado a eso es simplemente un idiota sin cerebro y no hace mucho se publicó un artículo en El País en cuyo título, a propósito del jueguecito Pokemon Go, el autor se pregunta si la humanidad puede caer más bajo. Mi respuesta es: más o menos; ahí tuvimos a doña Celia Villalobos jugando al Candy Crush mientras ocupaba su puesto en la mesa del Congreso de Diputados, claro que con el cerebro de esa señora no hay que hacerse ilusiones. Ni con su educación y modales.

Hoy mismo veo en la prensa una foto que según dicen arrasa en la red y que es sólo una foto del lugarteniente de Donald Trump, acompañado de esposa e hija delante de un espejo y que por el ángulo en que ha sido hecha la foto no permite ver reflejada en el espejo la imagen de la hija, lo que asombra a todas esas mentes elementales. Otra foto que dicen que arrasa muestra a un cerdo practicando surf. Me quedo arrasado.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Ayuntamiento de Madrid: eficiente y progresista

O al menos, eso debería ser. En 2007 fue elegido para alcalde de Madrid el muy modosito y atildado Alberto Ruiz-Gallardón Jiménez, hijo de José María Ruiz Gallardón (sin guión; ¿lo pillan?). Pues sí, lo primero que hizo en su vida fue montarse un apellido compuesto con su guioncito y todo, para dar cierta sensación de hidalguía que de origen no poseía. Su padre fue también político durante el franquismo, en un entorno en el que pasaba por progresista. Ya se sabe, en el país de los ciegos... 

El caso es que el nuevo alcalde, al que le gustaba ser recordado, llevó a cabo las obras de soterramiento de la M-30 con un presupuesto inicial cercano a los 1.700 millones, que luego se disparó casi 12.000 millones con interesesy así dejó a Madrid con una deuda de cerca de 8.000 millones, por lo cual es efectivamente recordado aunque no precisamente con cariño. La deuda del ayuntamiento de Madrid era casi la cuarta parte de la deuda de todos los ayuntamientos de España, diez veces la del ayuntamiento de Barcelona y más del doble que la de la Comunidad de Andalucía, pese a lo cual fue reelegido alcalde en las elecciones de mayo de 2011. Ya se sabe que los votantes del PP no son muy exigentes.

Tras ser nombrado por Rajoy ministro de Justicia en diciembre de ese mismo año, deja su cargo como alcalde y pasa a ocuparlo esa joya llamada Ana Botella gracias a que por carambola y por ser la esposa del ínclito Aznar, ella era la siguiente en la lista. Muy parecida a Gallardón en cuanto a actitud y procedencia nacionalcatólica, pero infinitamente más tonta e ignorante.

Aparte de esas ocasiones conocidas de todos en que hizo que quienes vivimos en Madrid nos sonrojáramos por vergüenza ajena, la primera mitad de su mandato no tuvo grandes diferencias con la época de Gallardón. Fue más tarde, cuando comenzó a tener ideas propias y ahí fue la hecatombe: por ejemplo, rebajó el precio de la subasta de limpiezas de Madrid, y la cosa fue definitivamente mal, pues a cambio de resultar menos costoso, dejamos de disfrutar de la limpieza viaria que mantuviera una ciudad con demasiados puercos medianamente adecentada.

Llegaron las elecciones municipales de 2015 y en ellas se produjo el primer resultado desconcertante en cuanto a reparto de los votos de los muchos que vendrían después, gracias a la aparición de nuevos partidos. El PP, impasible el ademán, fue el más votado, pero el segundo fue el PSOE que por evitar que el PP continuase en el ayuntamiento se lo regaló a los chicos de Podemos o como quiera que se llamen. No hay que olvidar que desde entonces la nueva alcaldesa ha proclamado mil veces que ella no milita en Podemos.

No me importó mucho que resultara alcaldesa la ex-juez Manuela Carmena. De una parte, yo era partidario de la unión de las izquierdas y por eso en aquel entonces consideraba que al fin y al cabo el ayuntamiento iba a ser «de los míos». De otro lado, Carmena era de sobras conocida por sus acertadas sentencias y su posicionamiento progresista.

Craso error. Poco a poco he ido descubriendo que los militantes y votantes de Podemos son en general gente poco equilibrada, convencidos de su superioridad a la vez que manifiestan unas carencias culturales penosas. Echo de menos en ellos cierta experiencia vital que no se compensa ni de lejos con personajes como la nueva alcaldesa que, por cierto, no mucho tiempo después de tomar posesión afirmaba estar arrepentida de haberse presentado como candidata.

Desde que Carmena desempeña el cargo, las tonterías y disparates de Ana Botella han quedado en ocasiones eclipsadas por las de la nueva alcaldesa, seguramente engullida por el pelotón de incompetentes que ha tomado las riendas, mientras la ciudad está cada día más sucia, los servicios desatendidos y la eficiencia de los funcionarios municipales, que nunca fue ejemplar, alcanza niveles que se desconocían. Eso sí, el mismo día han aparecido en la prensa dos noticias: de un lado, Carmena trae a Madrid a 21 refugiados sirios enfermos y sus familiares, lo que conociendo el agrupamiento casi tribal de esta gente puede suponer un número ingente; de otro, en Madrid se ha superado el récord histórico en las listas de espera de la seguridad social. Saquen sus conclusiones.

Lógicamente, me desagradan los comentarios que acusan a la alcaldesa de desvaríos a causa de la edad, pero no acabo de encontrar otra explicación a eso de afirmar que admira a quienes saltan la valla de Melilla y que ellos son los mejores, ¡una juez emérita, alcaldesa de la capital de la nación, animando a quienes incumplen las leyes y toman al asalto el país! Claro que recientemente ha descubierto la pólvora afirmando públicamente que el mundo de la democracia representativa se está acabando, ¿se refiere a esa que la ha aupado al puesto que ocupa?

Mientras, el edificio de la junta municipal del distrito en que vivo, tiene a apenas 10 metros una iglesia con una lápida recién restaurada en su fachada y unos nombres de «muertos nacionales» con el consabido ¡Presentes! al final, que los jóvenes leones de Podemos no han sido capaces de eliminar. Según parece pueden conquistar los cielos pero no la acera de enfrente de la sede desde la que gobiernan.

El experimento municipal de Podemos y sus extrañas alianzas es a mi parecer un sonado fracaso y no hay más que mirar a sus principales conquistas: Madrid, Barcelona y Cádiz. Creo que lo percibirán en las próximas elecciones municipales, aunque todavía queda mucho y los electores tienen mala memoria.

sábado, 22 de octubre de 2016

Venga a nos la ultraderecha

Alto ahí, mal pensado. Parece una plegaria para que la ultraderecha se instale entre nosotros, pero lo que quiero decir es justamente lo contrario. Es la izquierda la que irresponsablemente deja a la población con el sentimiento de que nadie defiende su causa y así sus votantes caen en brazos de quienes aparentemente satisfacen esa carencia.

Poco a poco los habitantes y la clase política de los países de Europa van lanzando exclamaciones de sorpresa: ¡hay un partido de ultraderecha! ¡y la gente lo vota! Esto ya ha ocurrido en Francia, Italia, Alemania, Suecia, Reino Unido, Hungría, etc. etc. En España tenemos al PP que es tan de derechas que sirve como dique y barrera de contención eficaz −de momento− que impide la formación de partidos como los de esos países. Pero no nos confiemos.

Es cierto, van apareciendo esos partidos y lo que es peor, día a día van consiguiendo un número de votos que les permite gobernar o participar en el gobierno. ¿Cómo es posible, si tal o cual país ha sido siempre socialdemócrata o socialista? Lo que habría que recordar antes de nada es cuándo emergen los partidos radicales de derechas y qué tiene que ocurrir para que consigan tocar poder. ¿Cuál era la situación de Europa tras la Primera Guerra Mundial, en los años 20 y 30? Estaban en pleno auge también los partidos marxistas, pero los fascismos ofrecían y a veces cumplían temporalmente acabar con lo que los pueblos detestaban: la pobreza y las amenazas internas y externas.

Los partidos de izquierdas actuales van perdiendo peso y preeminencia entre los electorados europeos porque no son capaces de responder a lo que la gente reclama y precisa. De una parte, hay una desmovilización de la población que se ha vuelto desganada y apática y espera que todo se lo den hecho, de ahí la agonía de los partidos de izquierdas y los sindicatos de clase. De otra parte, los europeos ven peligrar su modo de vida y la conservación de sus costumbres; están hartos de la globalización y de que no se les escuche, pero ¿cuál es el principal problema en el que se ve reflejado ese peligro? Para mí está claro: la inmigración masiva de musulmanes y la convivencia con ellos. Peligro por su fanatismo religioso y peligro porque el Islam abarca desde África occidental hasta el sureste asiático, según leo son casi mil cuatrocientos millones de fieles con un nivel de seguimiento de sus normas −mejor lo llamamos fanatismo− muy superior incluso al de los católicos de hace un par de siglos. Y no olvidemos que actualmente en España ellos son más de un millón y en Francia más de seis, por poner sólo un par de ejemplos.

Todo esto está agravado porque los numerosos atentados son siempre islamistas −no existe en este momento otro peligro visible y cercano− y se tiende razonablemente a identificar una cosa con la otra. Tenga presente que si cuando va a tomar un vuelo a usted le toca quitarse el cinturón y los zapatos y dejarse registrar hasta la extenuación es gracias a los atentados perpetrados por musulmanes radicales. Por descontado, ni de lejos todos los islamistas son terroristas, pero no puede negarse que surgen de entre ellos y que hay que mantener unos caros y agobiantes servicios de inteligencia que vigilen entre otros lugares las mezquitas y locales de reunión de los musulmanes para detectar lo antes posible cualquier radicalización, lo que no es infrecuente gracias a la ola de extremismo que recorre los países islámicos y que con los medios de comunicación actuales tienen su efecto inmediato en Europa.

En otra ocasión ya he criticado el alejamiento de los partidos de izquierdas del sentir de sus votantes, porque una cosa es buscar la justicia y otra dedicar el grueso de los esfuerzos a asuntos que no interesan o contrarían a una mayoría y sobre todo a favorecer y proteger la venida de eso que han dado en llamar refugiados y que en su gran mayoría no son más que inmigrantes económicos. Si siguen amparando la inmigración esos partidos desaparecerán del mapa y serán sustituidos por partidos de extrema-derecha.

Varios ejemplos recientes de comportamiento inadecuado se me vienen a la cabeza: según parece, desde hace años, se organiza en Mataró una paella popular a la que acude buena parte de sus habitantes. Este año, los musulmanes locales han exigido que esa paella no contenga cerdo, un ingrediente infrecuente en la paella pero normal por allí. La asociación de vecinos que colabora en el festejo ha puesto como condición para el patrocinio que la paella se elabore sin cerdo y que no haya bebidas alcohólicas, para no ofender a los musulmanes, una petición sorprendente y fuera de lugar porque lógicamente ofende e incomoda a todos los demás.

Es reciente el caso muy comentado de la alumna de un instituto valenciano que asistía a clase con el hiyab y que fue apercibida de que, según el reglamento interno, no se permitía acudir con ninguna prenda en la cabeza. De inmediato la alumna ha acudido a SOS Racismo, que ha presionado al gobierno valenciano para que se derogue la prohibición, que es lo que se ha hecho, ya se sabe quiénes gobiernan con mayoría allí. Los buenistas están de enhorabuena, ¿se imaginan un país musulmán cambiando sus normas para complacer a un cristiano? No, no me vale eso de que nosotros somos diferentes y mejores. Hay grandes diferencias entre un español y un danés, por ejemplo, pero esas diferencias son mínimas si comprobamos las que existen entre cualquier europeo y un musulmán; son mundos distintos y antagónicos.

Y cabe esperar el enfado de los habitantes de siempre, porque es obligación del extraño esforzarse y no lo contrario. La ministra noruega de Integración acaba de decir «Creo que aquellos que vienen a Noruega tienen que adaptarse a nuestra sociedad. Aquí comemos cerdo, bebemos alcohol y mostramos el rostro. Quien viene aquí debe cumplir los valores, leyes y regulaciones noruegos». El problema es que los que llegan exigen derechos sin estar mínimamente dispuestos a integrarse, entre otras razones porque es imposible, ¿cómo van a integrarse aquellos a los que su fe les dice que las mujeres no tienen lugar en su paraíso y que a los varones les corresponden no sé cuántas vírgenes?

Leyendo los comentarios en los periódicos digitales tengo la sensación de que son muchos, la mayoría, los que están en contra de la venida masiva de inmigrantes musulmanes, porque se intuye que eso terminará en conflictos graves como ya los tienen otros países de Europa. ¿Nos negamos a aprender de la experiencia ajena? Pues iremos al desastre, aparición de la ultraderecha incluida.