sábado, 10 de diciembre de 2016

Catálogo de IKEA

Supongo que yo me lo he buscado y seguramente el origen de todo está en alguna ocasión en que he dado mi nombre en ese establecimiento o, puede ser que simplemente lo depositen en todos los buzones de mi casa sin más motivaciones; el caso es que cada año puntualmente recibimos ese catálogo que tanto gusta a los de Podemos y que cuando lo veo lo cojo con entusiasmo porque es toda una crónica de la vida actual, no sólo como algunos piensan un repertorio de muebles para montar y objetos variados, muy suecos todos ellos. En las fotos familiares suelen incluir un niño negro, porque ¿quién no tiene uno en su casa?

No lo niego, alguna de las cosas que se incluyen son atractivas e incluso útiles, pero hay que saber ver más allá y encontrar que es todo un manual de filosofía moderna. Por ejemplo, en una página se dice «Ahora una comida con amigos no tiene por qué tener lugar en una mesa perfectamente puesta ni que tener sillas. Los días del "debe ser" han pasado. Prueba a compartir la cena en una mesa de centro, sentados en el sofá o en el suelo. Porque da igual el dónde, lo que realmente importa es estar juntos», «...donde esté permitido que la salsa se derrame y puedas poner los codos sobre la mesa». ¡Ah! el quitamanchas no lo venden en Ikea, el que avisa no es traidor.

Edificante. Fíjense que parece más la hoja de publicidad de una secta religiosa tipo amish guarretes que la publicidad de un almacén de muebles y accesorios. Se sugiere que no tiene por qué haber sillas cuando usted invita a unos amigos a comer y desde luego, nada de modales; cuanto más zafios, mejor. Digo yo que no es cuestión de edad, sino de mínimo respeto hacia los demás, hacia ellos y sus espaldas; invitar a comer en el suelo podría ser propio de adolescentes (aunque no conozco a ninguno que organice comidas) y no de personas de las que se esperan que tengan la necesidad y poder adquisitivo como para hacerse con artículos de ese popular comercio.

El catálogo «nos anima a no ponernos metas muy ambiciosas en la cocina, a dejar atrás normas y recetas, a aceptar nuestros defectos y a olvidar esa vocecita interior que nos dice cómo debemos hacer las cosas». Vaya, vaya, con la autoritaria vocecita interior. A mi entender, sugiere comportarse como simios y dejar que la vida natural marque el curso de los acontecimientos. Si le apetece hablar con la boca llena o eructar en la mesa, no se reprima, ¡se acabó la represión! Supongo que también induce a no preparar nada, animar a nuestros amigos a abrir el frigorífico (que no debe estar muy surtido) y a apañárselas por su cuenta. Curiosamente, las ilustraciones muestran unas cocinas de tamaño casi descomunal dotadas de mil aparatos y facilidades, ¿para qué?

No piensen que es sólo la cocina lo que excita la imaginación de los creativos de Ikea. En otro apartado dicen «Nuestra casa es el lugar donde podemos ser nosotros mismos (con pantalón de chándal incluido)». Toda una revelación: usted, pobre imbécil, se pasa el día fingiendo lo que no es de un lado a otro, pero gracias a estos coleguillas −ojo, que no falte el tuteo tan democrático− descubrimos que, en casa, uno puede revelarse en toda su crudeza; eso sí, con su pantaloncito de chándal, para mostrar que es realmente desenfadado y casual y tal. 

Los consejos de Ikea pueden transformar nuestra vivienda en un puesto del Rastro o algo parecido: ¿Que su piso no tiene armarios? Pues «cuelgue su ropa a la vista, en almacenajes abiertos a modo de separadores de ambientes», así mientras cenan sus amigos podrán examinar sus camisas y blusitas (yo evitaría exhibir ropa interior). ¿Quiere darle un toque familiar a la zona de estar? «Instale las literas de sus hijos en el salón y percibirá un cambio radical» (cuesta creerlo, pero no es broma). Por descontado, usted no podrá charlar con amigos o ver la tele a horas avanzadas ni sus hijos podrán dormir, pero de eso se trata: de pervertir el orden natural de las cosas. Eso es lo revolucionario y moderno. Tanto tiempo hablando de privacidad y resulta que lo que mola es la comuna.

Me preguntaba a quiénes va dirigido este catálogo, pero me he respondido de inmediato porque es fácil: a esos que viven mirando su móvil, ensimismados con Facebook (o similares) y que no conciben ver una película sin un enorme cubo de palomitas; a los que se anima a perder los escasos modales que posean, porque al fin eso no sirve para nada y es más bien una rémora que impide la modernidad. Esos parecen ser los clientes que Ikea rastrea y que pretende que se hagan los suecos. Esos que votan a Podemos sin saber muy bien por qué.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Que guarde silencio Rita (la cantaora)

Anda estos día muy revuelto el patio por, primero, la muerte de la insigne Rita Barberá y después por lo acontecido acerca del minuto de silencio solicitado en el Congreso de Diputados a todos los grupos parlamentarios y que aceptaron todos a excepción de Podemos, siempre proclive a guardar poco silencio y a dar la nota todas las veces que pueda, aunque en este caso tenían buen motivo. No hay que pasar por alto que, si bien en el Congreso Podemos se negó a guardar el minuto de rigor, en el Senado sí se sumaron a lo que el resto de los grupos hicieron, es decir, callar durante un minuto.

Ha habido debate porque cuando falleció José Antonio Labordeta en 2010 el PP se negó al minuto de silencio seguramente porque no le han perdonado ni le perdonarán aquella ocasión en 2009 en que este diputado mandó a la mierda a los integrantes de ese partido desde la tribuna de oradores −con esas palabras−, curiosamente porque todos hablaban ruidosamente mientras él estaba en el uso de la palabra. La argumentación oficial de PP para negarse entonces a guardar el minuto de silencio fue que en 2010 Labordeta ya no era diputado en el Congreso. Lo que me sorprende una vez más es la desfachatez de los integrantes del PP, porque Rita Barberá no era ni fue nunca miembro del Congreso, −aunque perteneciera al grupo mixto del Senado, cobrando sin asistir− fuera de cualquier disciplina del Partido Popular gracias a que desde este partido (y no otro) fue inducida a abandonar sus filas. Hasta donde yo sé, es la primera vez que se guarda silencio en el Congreso por la muerte de un senador.

Me cuesta muchísimo trabajo apoyar a Podemos y darles la razón en esta ocasión, pero es que la tiene y pienso que vivimos en un país en el que se considera normal escarnecer a los vivos y aprovechar la muerte del que sea para alardear de respeto a los muertos y sacar a relucir méritos no siempre ciertos del difunto. Así estamos los vivos...

Pues no, señores, desde mi muy modesta opinión −modesta porque no tengo muchos lectores, no crean− no debe hacerse ningún homenaje ni manifestar respeto público a quien tuvo un comportamiento sospechosamente corrupto −esa triquiñuela del PP de decir que ha sido por mil euros es eso, una mentira legal− actualmente estaba siendo juzgada por el Tribunal Supremo, que con motivo de su fallecimiento ha decidido cerrar el proceso, no sé si este proceder es normal en todos los casos similares. De verdad que no comprendo por qué hay que manifestar respeto por alguien que no se ganó −ni de lejos− el respeto en vida y eso de morirse no es una proeza a admirar puesto que está al alcance de cualquiera, hasta el punto de que todos nos vamos a morir (ojo, no todos en un hotel de 5 estrellas).

No suelo alegrarme de la muerte de nadie y este caso no es una excepción, entre otras razones porque lo que me hubiese gustado es que se completase el procesamiento de la difunta, que se hubiesen realizado tantas declaraciones de testigos como fuese preciso, que se probase que no fue por mil euros sino por bastante más y que se dictase sentencia. Está claro en qué sentido me hubiese gustado que fuese esa sentencia. No tengo por qué practicar la hipocresía de otros. Hablo de los miembros del PP que continuando con su táctica de culpar a los demás de lo que sea −ya queda un poco rancio culpar a Zapatero− responsabilizan totalmente de la muerte de la presunta corrupta a esa abstracción que son «los demás» o a los medios, olvidando que, como podemos ver en la hemeroteca de televisión, han sido ellos los que la echaron del partido y se jactaban por eso, ellos quienes se apresuraron a poner en duda su honorabilidad, ellos los que no querían ni hablar de la que fue apartada, para no ensuciarse con su contacto.

De verdad que no acabo de entender todo el revuelo en los medios por un no-silencio que no ha sido excepcional sino todo lo contrario, pero ya decía que en España se parte de la idea de que alguien puede ser un bribón sin paliativos, que a partir de su muerte sólo loas y halagos se le pueden dirigir y por mi parte no estoy de acuerdo. Ampliando el caso, yo no guardaría silencio por la muerte −si se produjese− de Donald Trump, ni Hillary Clinton, ni Eduardo Trillo, ni Susana Díaz, ni por una larga lista de aquellos a los que considero unos rufianes y entiendo que nadie puede obligarme a lo contrario y, aunque yo estuviera errado en mi valoración del difunto de turno, esa libertad debería ser respetada. Exactamente igual que la libertad de la que ha hecho uso Podemos en el Congreso.

Y no creo que los familiares de los 43 fallecidos y 47 heridos en el accidente del metro de Valencia, de los que Rita se burló públicamente, vayan a guardar ningún minuto de silencio.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Virales

No hay día en que no vea en la prensa alguna referencia a un comentario viral o que arrasa en la red, o bien algún personaje cuyas declaraciones o su persona han provocado trillones de retuits o cualquier otro fenómeno de los que vivimos (?) pendientes. Otra posibilidad es esa de las fotos como las de Justina Derroche que incendian la red un día sí y otro también con escotes cada vez más descendentes. Uno va a mirarlas con cierta concupiscencia y resulta que son fotos como las de toda la vida, solo que las ha publicado en la Red y ya se sabe que la red es sagrada y todo lo que circula por ella es lo más y tiene más transcendencia. Además, desde que existen las prótesis mamarias de silicona me ponen más las fotos femeninas anteriores a 1970 que las actuales, porque ahora las que triunfan son las que deciden meterse más silicona donde antes estaban las conocidas como tetas. Me encantan esas fotos de mujeres  con frecuencia prostitutas de aspecto cándido ̶  de los años 10 o 20, del siglo pasado por supuesto, como la que compré en un puesto callejero de Barcelona. Lo que ellas muestran es cien por cien natural.

No me gustan muchas de las cosas que tengo que ver, entre otras el poderío e importancia de lo que llaman redes sociales, aunque trato de mantenerme un poco al día de las que atrapan a los jóvenes y a muchos que ya no lo son tanto, pero es difícil. Cuando me entero de que existe Facebook, YouTube, Tuenti o Whatsapp, resulta que ya están pasadas y las que molan son Instagram, Telegram, Periscope o alguna de los muchas otras que existen, Twitter, Snapchat, Flickr, Google+, QQ, WeChat, etc. etc., ¿quién se acuerda ya de ICQ?

Hace algún tiempo protestaba yo de que ya resultaba imposible ser ciudadano si no se disponía de Internet y de un smartphone. La cosa no solo no ha mejorado, sino que ha vuelto más preocupante, porque quien no tiene cuenta en Facebook y Twitter, no existe. La cuestión es, ¿para qué sirven las redes sociales?: pues fundamental y lamentablemente para dar resonancia a la voz de los que no tienen nada que decir y a los frikis que gustan de llamar la atención o insultar a los demás. Las redes sociales están sostenidas básicamente por unos imbéciles sin nada que hacer que lanzan una nueva gracia y por los millones que se entusiasman siguiendo esa gracia. Recientes tenemos el numerito de tirarse un cubo de agua helada por encima, otra que consiste en congelar el movimiento de un grupo y grabarlo mannequin challenge o, más reciente, eso de ¡que viene Andy! Andy’s Comming! que no merece la pena ni explicar en qué consiste, si es que usted no lo conoce.

No hace mucho, dos hechos leídos en la prensa me han llamado la atención, ambos relativos a comunicaciones de las redes que hacen evidente su mal uso. El primero, el triunfo de un vídeo de YouTube en el  que una supuesta bailarina de 172 kilos de peso se agita convulsivamente despertando el interés de todos los que no tienen nada mejor en qué pensar y a los que el morbo de la híper-obesa les atrae. El segundo, los disparates que en una u otra red social escribieron quienes merecen más el calificativo de alimañas que de personas, insultando a los allegados del torero Víctor Barrio -fallecido hace algún tiempo y a la memoria del propio torero, aprovechando el anonimato (aunque alguno no se va a salvar de una sanción). Se da la paradoja de que quienes cometen esta fechoría contra seres humanos, se autoconsideran  amantes de los animales y gente de bien.

Más reciente, otro fenómeno del que es difícil que no hayan leído u oído algo en los medios porque se han empeñado en que forme parte de nuestras vidas. Me refiero a ese juego llamado Pokemon Go que parece haber sorbido el poco seso de buena parte de población, y sabemos ya de quienes han cometido allanamientos o invadido comisarías o cuarteles en busca del bichito, de quienes han sido atropellados porque estaban en otro mundo mirando tan solo la pantalla de su móvil y mi hijo me cuenta que ha visto en Madrid a una mujer de unos 40 años que conducía un coche, pararlo en un semáforo, bajarse, y dejarlo abandonado en mitad de la calle con el smartphone en la mano en busca de su víctima virtual. Antes, si un adulto se comportaba como un adolescente procuraba contenerse y no hacer el ridículo; ahora se exhiben, porque son mayoría y se sienten fuertes. El caso es que parece haber aflojado la fiebre de cazar muñequitos, pero no ha desaparecido.

No tengo nada en contra de los juegos, yo mismo me acuerdo cada mucho de que existen y he jugado al comecocos ‒oficialmente Pacman‒ en mi tableta dos o tres veces, pero pueden imaginar que no pierdo por eso el contacto con la realidad (ya sé, es un juego viejuno). Un vídeojuego puede ser divertido si se le dedican unos ratos, pero puede hacer un daño irreparable si se vuelve adicción. Quien vive consagrado a eso es simplemente un idiota sin cerebro y no hace mucho se publicó un artículo en El País en cuyo título, a propósito del jueguecito Pokemon Go, el autor se pregunta si la humanidad puede caer más bajo. Mi respuesta es: más o menos; ahí tuvimos a doña Celia Villalobos jugando al Candy Crush mientras ocupaba su puesto en la mesa del Congreso de Diputados, claro que con el cerebro de esa señora no hay que hacerse ilusiones. Ni con su educación y modales.

Hoy mismo veo en la prensa una foto que según dicen arrasa en la red y que es sólo una foto del lugarteniente de Donald Trump, acompañado de esposa e hija delante de un espejo y que por el ángulo en que ha sido hecha la foto no permite ver reflejada en el espejo la imagen de la hija, lo que asombra a todas esas mentes elementales. Otra foto que dicen que arrasa muestra a un cerdo practicando surf. Me quedo arrasado.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Ayuntamiento de Madrid: eficiente y progresista

O al menos, eso debería ser. En 2007 fue elegido para alcalde de Madrid el muy modosito y atildado Alberto Ruiz-Gallardón Jiménez, hijo de José María Ruiz Gallardón (sin guión; ¿lo pillan?). Pues sí, lo primero que hizo en su vida fue montarse un apellido compuesto con su guioncito y todo, para dar cierta sensación de hidalguía que de origen no poseía. Su padre fue también político durante el franquismo, en un entorno en el que pasaba por progresista. Ya se sabe, en el país de los ciegos... 

El caso es que el nuevo alcalde, al que le gustaba ser recordado, llevó a cabo las obras de soterramiento de la M-30 con un presupuesto inicial cercano a los 1.700 millones, que luego se disparó casi 12.000 millones con interesesy así dejó a Madrid con una deuda de cerca de 8.000 millones, por lo cual es efectivamente recordado aunque no precisamente con cariño. La deuda del ayuntamiento de Madrid era casi la cuarta parte de la deuda de todos los ayuntamientos de España, diez veces la del ayuntamiento de Barcelona y más del doble que la de la Comunidad de Andalucía, pese a lo cual fue reelegido alcalde en las elecciones de mayo de 2011. Ya se sabe que los votantes del PP no son muy exigentes.

Tras ser nombrado por Rajoy ministro de Justicia en diciembre de ese mismo año, deja su cargo como alcalde y pasa a ocuparlo esa joya llamada Ana Botella gracias a que por carambola y por ser la esposa del ínclito Aznar, ella era la siguiente en la lista. Muy parecida a Gallardón en cuanto a actitud y procedencia nacionalcatólica, pero infinitamente más tonta e ignorante.

Aparte de esas ocasiones conocidas de todos en que hizo que quienes vivimos en Madrid nos sonrojáramos por vergüenza ajena, la primera mitad de su mandato no tuvo grandes diferencias con la época de Gallardón. Fue más tarde, cuando comenzó a tener ideas propias y ahí fue la hecatombe: por ejemplo, rebajó el precio de la subasta de limpiezas de Madrid, y la cosa fue definitivamente mal, pues a cambio de resultar menos costoso, dejamos de disfrutar de la limpieza viaria que mantuviera una ciudad con demasiados puercos medianamente adecentada.

Llegaron las elecciones municipales de 2015 y en ellas se produjo el primer resultado desconcertante en cuanto a reparto de los votos de los muchos que vendrían después, gracias a la aparición de nuevos partidos. El PP, impasible el ademán, fue el más votado, pero el segundo fue el PSOE que por evitar que el PP continuase en el ayuntamiento se lo regaló a los chicos de Podemos o como quiera que se llamen. No hay que olvidar que desde entonces la nueva alcaldesa ha proclamado mil veces que ella no milita en Podemos.

No me importó mucho que resultara alcaldesa la ex-juez Manuela Carmena. De una parte, yo era partidario de la unión de las izquierdas y por eso en aquel entonces consideraba que al fin y al cabo el ayuntamiento iba a ser «de los míos». De otro lado, Carmena era de sobras conocida por sus acertadas sentencias y su posicionamiento progresista.

Craso error. Poco a poco he ido descubriendo que los militantes y votantes de Podemos son en general gente poco equilibrada, convencidos de su superioridad a la vez que manifiestan unas carencias culturales penosas. Echo de menos en ellos cierta experiencia vital que no se compensa ni de lejos con personajes como la nueva alcaldesa que, por cierto, no mucho tiempo después de tomar posesión afirmaba estar arrepentida de haberse presentado como candidata.

Desde que Carmena desempeña el cargo, las tonterías y disparates de Ana Botella han quedado en ocasiones eclipsadas por las de la nueva alcaldesa, seguramente engullida por el pelotón de incompetentes que ha tomado las riendas, mientras la ciudad está cada día más sucia, los servicios desatendidos y la eficiencia de los funcionarios municipales, que nunca fue ejemplar, alcanza niveles que se desconocían. Eso sí, el mismo día han aparecido en la prensa dos noticias: de un lado, Carmena trae a Madrid a 21 refugiados sirios enfermos y sus familiares, lo que conociendo el agrupamiento casi tribal de esta gente puede suponer un número ingente; de otro, en Madrid se ha superado el récord histórico en las listas de espera de la seguridad social. Saquen sus conclusiones.

Lógicamente, me desagradan los comentarios que acusan a la alcaldesa de desvaríos a causa de la edad, pero no acabo de encontrar otra explicación a eso de afirmar que admira a quienes saltan la valla de Melilla y que ellos son los mejores, ¡una juez emérita, alcaldesa de la capital de la nación, animando a quienes incumplen las leyes y toman al asalto el país! Claro que recientemente ha descubierto la pólvora afirmando públicamente que el mundo de la democracia representativa se está acabando, ¿se refiere a esa que la ha aupado al puesto que ocupa?

Mientras, el edificio de la junta municipal del distrito en que vivo, tiene a apenas 10 metros una iglesia con una lápida recién restaurada en su fachada y unos nombres de «muertos nacionales» con el consabido ¡Presentes! al final, que los jóvenes leones de Podemos no han sido capaces de eliminar. Según parece pueden conquistar los cielos pero no la acera de enfrente de la sede desde la que gobiernan.

El experimento municipal de Podemos y sus extrañas alianzas es a mi parecer un sonado fracaso y no hay más que mirar a sus principales conquistas: Madrid, Barcelona y Cádiz. Creo que lo percibirán en las próximas elecciones municipales, aunque todavía queda mucho y los electores tienen mala memoria.

sábado, 22 de octubre de 2016

Venga a nos la ultraderecha

Alto ahí, mal pensado. Parece una plegaria para que la ultraderecha se instale entre nosotros, pero lo que quiero decir es justamente lo contrario. Es la izquierda la que irresponsablemente deja a la población con el sentimiento de que nadie defiende su causa y así sus votantes caen en brazos de quienes aparentemente satisfacen esa carencia.

Poco a poco los habitantes y la clase política de los países de Europa van lanzando exclamaciones de sorpresa, ¡hay un partido de ultraderecha! ¡y la gente lo vota! Esto ya ha ocurrido en Francia, Italia, Alemania, Suecia, Reino Unido, Hungría, etc. etc. En España tenemos al PP que es tan de derechas que sirve como dique y barrera de contención eficaz −de momento− que impide la formación de partidos como los de esos países. Pero no nos confiemos.

Es cierto, van apareciendo esos partidos y lo que es peor, día a día van consiguiendo un número de votos que les permite gobernar o participar en el gobierno. ¿Cómo es posible, si tal o cual país ha sido siempre socialdemócrata o socialista? Lo que habría que recordar antes de nada es cuándo emergen los partidos radicales de derechas y qué tiene que ocurrir para que consigan tocar poder. ¿Cuál era la situación de Europa tras la Primera Guerra Mundial, en los años 20 y 30? Estaban en pleno auge también los partidos marxistas, pero los fascismos ofrecían y a veces cumplían temporalmente acabar con lo que los pueblos detestaban: la pobreza y las amenazas internas y externas.

Los partidos de izquierdas actuales van perdiendo peso y preeminencia entre los electorados europeos porque no son capaces de responder a lo que la gente reclama y precisa. De una parte, hay una desmovilización de la población que se ha vuelto desganada y apática y espera que todo se lo den hecho, de ahí la agonía de los partidos de izquierdas y los sindicatos de clase. De otra parte, los europeos ven peligrar su modo de vida y la conservación de sus costumbres; están hartos de la globalización y de que no se les escuche, pero ¿cuál es el principal problema en el que se ve reflejado ese peligro? Para mí está claro: la inmigración masiva de musulmanes y la convivencia con ellos. Peligro por su fanatismo religioso y peligro porque el Islam abarca desde África occidental hasta el sureste asiático, según leo son casi mil cuatrocientos millones de fieles con un nivel de seguimiento de sus normas −mejor lo llamamos fanatismo− muy superior incluso al de los católicos de hace un par de siglos. Y no olvidemos que actualmente en España ellos son más de un millón y en Francia más de seis, por poner sólo un par de ejemplos.

Todo esto está agravado porque los numerosos atentados son siempre islamistas −no existe en este momento otro peligro visible y cercano− y se tiende razonablemente a identificar una cosa con la otra. Tenga presente que si cuando va a tomar un vuelo a usted le toca quitarse el cinturón y los zapatos y dejarse registrar hasta la extenuación es gracias a los atentados perpetrados por musulmanes radicales. Por descontado, ni de lejos todos los islamistas son terroristas, pero no puede negarse que surgen de entre ellos y que hay que mantener unos caros y agobiantes servicios de inteligencia que vigilen entre otros lugares las mezquitas y locales de reunión de los musulmanes para detectar lo antes posible cualquier radicalización, lo que no es infrecuente gracias a la ola de extremismo que recorre los países islámicos y que con los medios de comunicación actuales tienen su efecto inmediato en Europa.

En otra ocasión ya he criticado el alejamiento de los partidos de izquierdas del sentir de sus votantes, porque una cosa es buscar la justicia y otra dedicar el grueso de los esfuerzos a asuntos que no interesan o contrarían a una mayoría y sobre todo a favorecer y proteger la venida de eso que han dado en llamar refugiados y que en su gran mayoría no son más que inmigrantes económicos. Si siguen amparando la inmigración esos partidos desaparecerán del mapa y serán sustituidos por partidos de extrema-derecha.

Varios ejemplos recientes de comportamiento inadecuado se me vienen a la cabeza: según parece, desde hace años, se organiza en Mataró una paella popular a la que acude buena parte de sus habitantes. Este año, los musulmanes locales han exigido que esa paella no contenga cerdo, un ingrediente infrecuente en la paella pero normal por allí. La asociación de vecinos que colabora en el festejo ha puesto como condición para el patrocinio que la paella se elabore sin cerdo y que no haya bebidas alcohólicas, para no ofender a los musulmanes, una petición sorprendente y fuera de lugar porque lógicamente ofende e incomoda a todos los demás.

Es reciente el caso muy comentado de la alumna de un instituto valenciano que asistía a clase con el hiyab y que fue apercibida de que, según el reglamento interno, no se permitía acudir con ninguna prenda en la cabeza. De inmediato la alumna ha acudido a SOS Racismo, que ha presionado al gobierno valenciano para que se derogue la prohibición, que es lo que se ha hecho, ya se sabe quiénes gobiernan con mayoría allí. Los buenistas están de enhorabuena, ¿se imaginan un país musulmán cambiando sus normas para complacer a un cristiano? No, no me vale eso de que nosotros somos diferentes y mejores. Hay grandes diferencias entre un español y un danés, por ejemplo, pero esas diferencias son mínimas si comprobamos las que existen entre cualquier europeo y un musulmán; son mundos distintos y antagónicos.

Y cabe esperar el enfado de los habitantes de siempre, porque es obligación del extraño esforzarse y no lo contrario. La ministra noruega de Integración acaba de decir «Creo que aquellos que vienen a Noruega tienen que adaptarse a nuestra sociedad. Aquí comemos cerdo, bebemos alcohol y mostramos el rostro. Quien viene aquí debe cumplir los valores, leyes y regulaciones noruegos». El problema es que los que llegan exigen derechos sin estar mínimamente dispuestos a integrarse, entre otras razones porque es imposible, ¿cómo van a integrarse aquellos a los que su fe les dice que las mujeres no tienen lugar en su paraíso y que a los varones les corresponden no sé cuántas vírgenes?

Leyendo los comentarios en los periódicos digitales tengo la sensación de que son muchos, la mayoría, los que están en contra de la venida masiva de inmigrantes musulmanes, porque se intuye que eso terminará en conflictos graves como ya los tienen otros países de Europa. ¿Nos negamos a aprender de la experiencia ajena? Pues iremos al desastre, aparición de la ultraderecha incluida.

miércoles, 5 de octubre de 2016

PSOE: la madre de todas las catástrofes

Desde que tuvieron lugar las elecciones de junio he venido siguiendo los acontecimientos y conteniéndome las ganas de escribir algo sobre lo que voy observando, porque parece que ya se ha dicho y comentado todo y porque el asunto es tan complejo que puede abordarse desde muchos ángulos: desde el daño que para España puede significar estar sin gobierno un año −o más− a la comprometida situación en que las circunstancias han colocado al PSOE con el reparto de fuerzas entre los partidos actuales, la difícil salida para Pedro Sánchez cuando ninguna salida es conveniente, la confortable cerrazón de Podemos cuyos votantes la ven como natural e indiscutible, la acostumbrada práctica del PP de echar la culpa de lo que sea a los demás, etc.

La parte más dramática se inicia tras la fallida investidura de Pedro Sánchez el día 4 del pasado marzo. Tras votar en contra, el PP adoptó ese estilo de política tan gallega que consiste en quedarse sentado sin hacer nada, a la espera de que el tiempo por sí solo vaya solventándole la situación. Para la aplicación de este modus galaicum (sí, es latín macarrónico) es imprescindible contar con lo que cuenta el PP, es decir, un electorado al que no asusta la corrupción y que incluso se regodea en ella a sabiendas de que eso les da una ventaja casi sobrenatural sobre los demás partidos. Cualquier otro partido está siendo observado por sus militantes y votantes, mientras que el PP es una fortaleza que apenas si sufre vaivenes y sus seguidores se refugian en él sin importarles los más mínimo que ese refugio apeste.

Es imprescindible para entender el desastre que supuso la fallida investidura de marzo que, hay que suponer que por razones diferentes pero a semejanza del PP, Podemos votó también en contra de Sánchez, quien contaba en esa fecha con sus propios escaños más los brindados por el acuerdo con Ciudadanos y la incorporación final del solitario voto de Coalición Canaria que le permitieron alcanzar la insuficiente cifra de 131 votos a favor.

El caso de Ciudadanos es el que más comentarios provoca de uno y otro lado, según el momento. Para mí, que me siento de izquierdas, se trataba de asumir que el PSOE había perdido claramente las elecciones y que por tanto debía despedirse de aplicar lo que llamaríamos su programa máximo, así que al sumar a Ciudadanos era inevitable aceptar medidas que repugnaban al PSOE y a cualquier votante de izquierdas, pero es un mal trago necesario cuando no se ganan las elecciones ni de lejos. Lo que sea antes que un gobierno del PP y Rajoy.

Llegan las segundas elecciones que supusieron un aumento en los escaños del PP y de su habitual soberbia, diciendo a todas horas que habían ganado las elecciones y que su candidato era el claro ganador. Hasta en eso se trata de engañar a los españoles, porque según la Constitución Española y las leyes electorales, nadie puede considerarse ganador puesto que ganador es, salvo los casos de mayoría absoluta, el que forma gobierno y esto significa conseguir el mayor número de apoyos en el Congreso. Resumiendo: esto no es EE.UU. y por lo tanto no existe el candidato ganador, no tenemos un sistema presidencialista sino parlamentarista.

Tras esas segundas elecciones, la disminución de escaños conseguidos por el PSOE y el aumento del PP, comenzó a oírse, fundamentalmente desde Andalucía, cómo empezaban a afilarse los cuchillos de los que tenían intención de saltar al cuello de Pedro Sánchez. Ahí estaba la tal Susana −política de profesión y nada más−, persona de escasa talla moral y cultural, animando a sus iguales de otras comunidades a seguirla en el asalto a la secretaría general. Se oían, débiles aún, las voces de los más derechistas de los llamados barones: García-Page y Fernández Vara −presidentes de sus comunidades por pura chiripa−, encantados de acabar de una vez con el peligro que suponía Sánchez para ese PSOE de centro-derecha que tanto les gusta. El País mediante sus editoriales o artículos de opinión, repletos de insultos y descalificaciones hacia Sánchez, portavoz también del mercachifle y mercenario Felipe González, sirvió de aglutinador y así llegamos a la desagradable jornada del 1º de octubre, por cierto el día en que durante la dictadura se celebraba el Día del Caudillo, en este año coincidente con el 80º aniversario de la exaltación de Francisco Franco, otro gallego, a la Jefatura del Estado.

Como cabía esperar, no pasó nada cuando Rajoy votó en contra de Sánchez el 4 de marzo, nadie dijo nada, nadie se rasgó las vestiduras. Sin embargo, cuando Pedro Sánchez hace lo mismo contra Rajoy el pasado septiembre, casi todo el mundo, la sociedad casi entera, se vuelca contra Sánchez acusándolo de hundir España y de mirar sólo por sus propios intereses. Buena campaña en este sentido del PP, El País y TVE, aparte de otros muchos medios. Y escaso criterio de quienes permiten que piensen y decidan por ellos.

En contra de Pedro Sánchez puedo decir −y quizás sea ése un sentir general− que no acababa de verse claro qué meta perseguía con sus tomas de posición, sus alianzas y sus pronunciamientos. A su favor que, por primera vez desde que yo recuerdo, un líder del PSOE mantiene la palabra dada contra viento y marea y conviene recordar que su designación fue llevada a cabo por las bases que fueron también las que le dieron el encargo de no facilitar la investidura de Rajoy con una abstención. Justamente lo que quienes le sustituyen van a incumplir llamándolo como sea, incluso eso que he oído de «abstención técnica» que no sé muy bien lo que es, sobre todo teniendo en cuenta que el PP exigirá apoyo permanente para poder gobernar.

Resulta cansino reproducir las conversaciones e incidentes que en esa fecha tuvieron lugar en la sede de Ferraz, bastante machacados hemos quedado con la reproducción permanente en los medios, sólo destacar el papel miserable de quienes estaban aguardando la mínima oportunidad para echar abajo al secretario general. Esperados: Susana Díaz, Emiliano García-Page, Guillermo Fernández Vara, Javier Lambán y otros. Para mí han sido tristes sorpresas la vergonzosas actitudes de Eduardo Madina y Carme Chacón, de quienes esperaba más coherencia y dignidad. Mientras, TVE proporcionaba la información sesgada como acostumbra y El País afirmaba en portada que quienes se agolpaban a las puertas de Ferraz eran militantes de Podemos.  

Por encima de todo, si he de señalar algo, destacar el horror que me ha producido comprobar la escasísima calidad de bastantes de los actuales cuadros del PSOE −¡esa Verónica Pérez, que no sabe ni hablar!−, no me cabe duda de que ese partido no irá a ninguna parte con esa gente.

Desde las alturas, complaciente y pasivo, Mariano Rajoy contempla lo que sucede, mientras lee el Marca, supongo. Porque, desde luego, no se va a preocupar de «ese complot contra el PP llamado Gürtel». (aquí el vídeo)

lunes, 26 de septiembre de 2016

Turistas por millones

Playas españolas
Me acuerdo de una horrible canción de hace muchísimos años, que empezaba «el turista un millón novecientos noventa y nueve mil...» en el que triunfalmente se citaba el número de visitantes que, esa es la verdad, sirvieron para forzar la tolerancia del franquismo e iniciar el despegue económico que nos sacó de la pobreza de tantos siglos.

No es que haya llovido mucho desde entonces, es que ha diluviado y han cambiado su curso los ríos y ahora cada año se mide el aumento de visitantes en millones. No son sólo las bondades del sol-y-playa nacionales, sino que los países ribereños del Mediterráneo, al sur y al este, andan tan revueltos y poco fiables para el turista internacional −por desgracia para nosotros− que, fatalmente, ha fijado sus ojos en nuestras costas y para acá se viene huyendo del sol enfermizo de su país y de sus bonitas playas en las que uno no puede bañarse salvo que quiera sufrir una hipotermia.

Hay ciudades ‒como París, Barcelona, Florencia o Venecia‒ que ya han caído en la cuenta de que el crecimiento del turismo no puede ser ilimitado y por eso van ideando medidas, como esa de la tasa turística, que casi siempre redunda en beneficio económico de las Administraciones y apenas espanta la venida de turistas. Hay más ciudades, como es el caso de Estambul, que tienen implantada esa tasa desde hace años, cuando pagamos el hotel ya va incluida, pero el efecto disuasivo es escaso o nulo.

¿Hace falta recordar que buena parte del turismo es ése que llamamos turismo de borrachera, que no deja dinero en las arcas públicas y sí supone un gasto en mantenimiento del orden y limpieza y restauración de lo que ensucian y destrozan?, ¿se imaginan qué clase de personajes nos visitan que hay que vigilarlos para que no salten de sus balcones y se maten?

No ha calado todavía la idea de que debe actuarse enérgicamente para reducir el turismo en las ciudades, pese a que los vecinos protestan hartos de encontrar sus barrios saturados y espacios turísticos como la Sagrada Familia o La Rambla están ya, la primera, como una sucursal de Disneyland y la segunda, como pura congestión que hasta impide caminar y que sólo beneficia a los rateros. Los barceloneses han perdido el control de su ciudad y poco a poco la convivencia se hará imposible, por eso en una encuesta reciente realizada por el ayuntamiento de la ciudad entre la población, el turismo es la segunda preocupación por detrás sólo del paro.

Pintada en Barcelona
Y tiene que acabar lo de soportar cada año ese contar triunfante del número de turistas que vienen a España, para acabar proclamando que han aumentado un no-sé-cuánto por ciento y que el total se eleva a una cifra disparatada, al tiempo que se reconoce que el turista cada día gasta menos. A cambio cada día tenemos menos espacio para nosotros mismos y es imposible visitar nada que hace unos años visitábamos tranquilamente y ahora debe ser en olor de multitudes.

El turismo es la primera industria del país y eso es cierto que supone un elevado aporte de riqueza, pero no es menos cierto que eso mismo nos ha hecho un país de servicios y que aquí la gran mayoría de lo que llaman emprendedores se limitan a poner un bar o un chiringuito, ahogando la posibilidad de iniciativas más deseables. Somos un país de servicios y sirvientes.

Yo creo de verdad que no hay casi nadie que haya caído en la cuenta de que el turismo no puede incrementarse indefinidamente. Actualmente vienen casi un 50% más de turistas que habitantes hay en España (estado español que dirían los rebeldes sin causa), y suponen ya un agobio para la población residente. A esto se suma la construcción en la costa, que gracias a las leyes promulgadas por el PP (aunque ningún gobierno se salva) avanza constante e inconteniblemente construyendo en primera línea a un ritmo que, pese a las crisis, ha supuesto un incremento del 33% en el tiempo transcurrido desde finales de los 80 hasta nuestros días. Los casos más graves son los de las provincias de Málaga y Valencia; la primera ya tiene un 81% de su primera línea de costa construida y la segunda alcanzó el 67%. ¿Qué vamos a hacer cuando la costa ya esté totalmente edificada, y todo se encuentre saturado y sea propiedad en buena parte de los extranjeros que nos invaden? Cualquiera sabe que en Mallorca, comunidad valenciana y el sureste, existen poblaciones cuyos habitantes son en su mayoría extranjeros y donde ni siquiera se habla español. Incluso la única bandera que puede verse izada es la del país predominante, en unos casos Alemania y en otras Reino Unido.

Por supuesto que el dinero que viene redunda en beneficios para la totalidad, pero hay que pensar cuánto nos beneficia y cuánto nos daña. A quien de verdad le supone ganancia indiscutible es a la hostelería. A usted y a mí, nos perjudica más de lo que nos beneficia, hasta los puestos de trabajo que crea son efímeros. Recuérdelo.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Escuche bien

Adivine quién no escucha a quién (aunque le oye)
Estaba hace unos días atendiendo al telediario de TVE de las 15:00 y más concretamente lo referente al terremoto que había tenido lugar en Amatrice (Italia), cuando algo que dijo la corresponsal me quitó las ganas de continuar y apagué el televisor. Describía las peripecias y esfuerzos de quienes intentaban rescatar a los enterrados bajo las casas desplomadas, y aclaró que «la búsqueda la hacían en silencio para poder escuchar cualquier sonido producido por los sepultados».

¿Le ha llamado la atención algo de lo que he escrito en cursiva? Si no es así, usted también ha sido poseido por el mismo problema que la mayoría padece y que en buena parte nos ha sido contagiado por los hablantes de otras latitudes y los más ignorantes de los españoles: la imprecisión en el habla. He escrito allí  poder escuchar y eso es algo que usted y cualquiera pueden hacer en cualquier lugar y circunstancia, puesto que escuchar es según la Real Academia de Lengua −porque así ha sido desde siempre− «Prestar atención a lo que se oye» o si lo prefiere «Aplicar el oído para oír algo» y así lo usábamos todo el mundo hasta no hace tantos años, aunque la mayoría lo ha olvidado. Fíjese que de ninguna manera para hacer eso se requiere estar en silencio, puesto que escuchar no es más que activar una capacidad de nuestra voluntad para hacer uso el sentido del oído. Otra cosa es que el ruido circundante le impida oír nada y por lo tanto pida silencio.

Ocurre algo peor con la frase tan repetida en los telediarios donde se afirma que alguien "escuchó" un disparo. Está muy claro, si no sabía que el disparo se iba a producir no podía prestar atención y por tanto lo más que podía hacer era "oír", porque escuchar sólo sería posible, en el mejor de los casos, a partir del segundo disparo.

El oído ya es otra cosa, y oír sí que requiere la suspensión de cualquier otro ruido para poder escuchar lo que nos interesa. Por decirlo de otra forma, yo puedo intentar escuchar lo que se dice u ocurre en Amatrice, pero el resultado será nulo porque estoy a mil quinientos kilómetros de distancia. Si estuviera allí, solicitaría el silencio de todos para poder oír cualquier sonido emitido por un hipotético superviviente. Por lo tanto, lo que la ignorante corresponsal de TVE debería haber dicho es que «la búsqueda la hacían en silencio para poder oír cualquier sonido producido por los sepultados».

Suelen compararse los verbos «oír» y «escuchar» con los equivalentes del sentido de la vista, «ver» y «mirar», en cuyo uso poco a poco y por desgracia se va imponiendo el mismo error. Por hacer una comparación paralela y volviendo al caso de inicio, imaginemos que hubiera una densa nube de humo que impidiera a la corresponsal ver los daños producidos en las edificaciones de Amatrice y ella dijera que el humo no le permitía «mirar». Está claro que mirar puede hacerlo todo lo que quiera, pero para ver necesita eliminar obstáculos, como el que supondría ese humo.

Si usted es una de las escasas personas que no comete ese error de decir «escuchar» cuando lo que quiere decir es «oír», debo pensar que lee esto impulsado por la curiosidad de lo que digo y cómo lo digo. Si pertenece a la gran mayoría que comete el error a diario, me gustaría que lo que explico le ayude a no soltar ese disparate que deja en mal lugar al hablante. Recomiendo la lectura del libro «Guía práctica del neoespañol» de Ana Durante (es un pseudónimo) en especial el capítulo 2, donde se señalan los numerosos errores que escuchamos a diario y los peligros que acechan a la supervivencia del español, incluyendo esta lamentable sustitución del verbo oír por escuchar.

¿Que le da lo mismo todo esto o que lo importante es que se le entienda? Bueno, puede darle lo mismo si usted es de esos a los que no importa que el idioma que habla se vaya degradando día a día y que dentro de algún tiempo ya ni nos entendamos, porque la capacidad de expresar algo mediante el lenguaje se habrá hecho imposible. Será quizás una regresión al Homo neanderthalensis que, según parece, se comunicaba por gruñidos; eso sí, ahora sería a través de smartphones. Qué más da.

martes, 16 de agosto de 2016

El trágala

De siempre he pensado que la derecha y en especial su manifestación más amada, el fascismo, era especialista en imponer sus preferencias sin contemplaciones a la totalidad de la población, pero últimamente vengo comprobando que es una inclinación de todos los humanos, pues como ya dije en otra entrada, actualmente la izquierda sorprende muchas veces a la hora de fijar objetivos y prioridades.

El otro día leí un artículo en el diario El Mundo, muy querido por la derecha, que precisamente por eso me causó doble sorpresa al tiempo que bastante desagrado. Trataba sobre la conveniencia y casi obligación moral de leer a nuestros hijos pequeños cuentos en los que los protagonistas sean LGTBI o se exalten esas "opciones sexuales", es decir, que los niños deben ser aleccionados desde el comienzo en que los homosexuales en todas sus variantes son recomendables y admirables, porque según se afirmaba "Frente a los argumentos que sostienen que lo natural es la heterosexualidad, los hechos muestran que lo natural es la diversidad sexual". Se refiere, claro está, a todo eso de LGTBI; ¿se preguntan qué significa la innovadora "I" final? Pues según he leído es "intersexual" que no sé lo que quiere decir, pero podría ser ‒imagino yo‒ algo así como ser de un sexo los lunes, miércoles y viernes, del otro los martes, jueves y sábados, y los domingos lo que pida el cuerpo. Espero con impaciencia la aparición de una nueva inicial que se incorpore a la denominación de esos colectivos.

Como ejemplo de ese revolucionario tipo de cuentos (por descontado que se despreciaba explícitamente Blancanieves o Cenicienta; pobres Perrault, Andersen o los hermanos Grimm) se citaba uno titulado Mi primer amor, que cuenta la historia de un niño de 6 años que se prenda (sic) de un compañero. Sumamente recomendable porque forma el carácter del niño y quizás le anime más adelante a adoptar una opción sexual que no tiene por qué ser la suya, pero que se le muestra llena de encanto, rebeldía y glamur.

Despistado de mí, yo he pensado siempre que lo suyo es educar a los hijos alentando su tolerancia hacia lo diferente, a esforzarse en entender lo ajeno y por encima de todo a detestar la violencia, pero está claro que me equivoco; a los hijos hay que aleccionarlos para que sean raritos de mayores y que acudan con entusiasmo al desfile del Día del Orgullo Gay.

Y hablando de ese desfile, hemos podido leer en la prensa que acudieron en Madrid más de millón y medio (trescientos mil según otros) y como se decía en otro medio, eso significa que de ser cierto, ese alarde de chabacanería y mal gusto que incluso muchos homosexuales repudian por tales motivos, atrajo a algo así como 5 o 6 veces las personas que se manifestaron cuando el gobierno puso en práctica esos recortes que estamos sufriendo. Las prioridades son las prioridades y, por ejemplo, poner en su sitio a la Iglesia católica sigue sin ser un propósito con fecha asignada.

Sin olvidar que ha sido la izquierda la que ha apoyado en todo momento el auge de la homosexualidad; fue el gobierno de Zapatero ‒el hombre que fue a la Casa Blanca con sus hijas disfrazadas de góticas‒ uno de los primeros en el mundo en legalizar el matrimonio homosexual con ese nombre, matrimonio. No olvidemos que la derecha muy a regañadientes se ha visto obligada a hacer la vista gorda y hasta el presidente Rajoy acudió a la boda de un lugarteniente suyo con otro hombre.

Da una idea del poderío del lobby LGTBI que hasta mayo de 1990 la OMS clasificara la homosexualidad como una enfermedad, basándose en estudios médicos más o menos acertados, pero en esa fecha, ante la presión del citado lobby y de la APA (American Psychological Association), convocó una asamblea general en la que, como estaba previsto, se acordó eliminarlo de la lista de enfermedades. Se revocó democráticamente algo establecido científicamente con anterioridad. Esto me parece bastante similar a aquello que sucedió en el Ateneo de Madrid en 1936, donde se votó democráticamente la existencia o no existencia de dios, (según dicen, ganó el "no" por un voto). Otro caso que es un buen ejemplo de la aplicación inadecuada del procedimiento democrático.

¿Sabían que España es el país del planeta donde existe mayor compresión y tolerancia hacia los LGTBI? Supongo que no hace falta que recuerde que si hay un pueblo escasamente tolerante ése es el pueblo español, pero parece que una campaña muy bien manejada por los medios de comunicación ha dado como resultado esa asombrosa actitud tan fuera de nuestra idiosincrasia. Ser una potencia mundial en la materia nos supone que en la actualidad los embajadores de EE.UU. e Italia estén felizmente casados con hombres porque sus gobiernos, a la hora de buscar destino a estos personajes, el primer lugar que se les ocurrió fue la moderna España.

Pueden oírse o leerse frecuentemente defensas acerca de la naturalidad y justicia de la aceptación de la homosexualidad, basándose en su natural existencia en la cultura griega clásica o en el comportamiento de ciertos animales como el ornitorrinco, la hiena o el chimpancé. Acerca de la cultura griega sería bueno empezar a estudiar la legalización de la esclavitud y la pedofilia, en aquel entonces normalizadas ‒ya llegarán junto con el animalismo, no se inquieten‒, y sobre las costumbres sexuales de los animales, prefiero callar.

Asombroso, porque todavía recuerdo mis peleas en el colegio cuando alguno se burlaba de los gaditanos ‒yo no lo soy, pero sí mi familia‒ por aquella injustificada fama de abundancia de homosexuales en aquella ciudad que antes era una creencia extendida, por motivos que conozco pero que no vienen al caso. Aquellos con los que me peleaba, ahora probablemente acuden al desfile del Orgullo. Cosas de la modernidad y de la falta de criterio. Los que antes tachaban de inmediato a un homosexual como maricón, ahora van al desfile a reírles las gracias. Seamos serios: ningún homosexual que se precie acude para participar en el desfile y quizás ni a verlo, porque seguro que se siente abochornado. No todos los heteros somos iguales y los homos, tampoco. Imaginen lo que nos tocaría presenciar en un hipotético Día del Orgullo Viril y las feroces críticas que recibiría, porque en este caso sí que habría libertad para hacerlo.

En fin, para que se entienda: no es que usted deba aceptar que otros sean homosexuales, algo que doy por natural desde siempre, es que tiene que gustarle el asunto o será calificado de homófobo, lo que significa que será marcado como apestado en la sociedad de nuestros días, por esa pintoresca acusación que aquí se ha inventado al calificarlo de delito de odio; me recuerda a aquello de la rebeldía continuada que Franco utilizaba para juzgar a los republicanos tras la guerra. Como decía el otro día Houellebecq en una entrevista, los españoles no se aprecian a sí mismos; creo yo que más bien se desprecian.

Las ciudades luchan entre sí por atraer todas las celebraciones homosexuales, no porque se desvivan para que esos se manifiesten en libertad, sino porque el colectivo parece que gasta más por individuo que una familia tradicional y por lo tanto hay que traerse sus juergas al precio que sea. Sevilla se enorgullecía recientemente de acoger uno de estos eventos y en Barcelona se celebra el Circuit, que consiste en la llegada de 70.000 homosexuales, en su mayor parte extranjeros, para que puedan pasar el día en bañador o exhibirse por las calles. Según la Universidad de California, Sevilla es la ciudad del mundo con mayor porcentaje de homos, un 17%. Antes, eso hubiera supuesto denunciar a esa universidad ante los tribunales por difamación, pero ahora la pasta es la pasta y quién sabe si esa afirmación resulta rentable. Lo cierto es que hasta mi esposa me ha manifestado su extrañeza de que la mayoría de los dependientes de los comercios de ropa de esa ciudad sean exageradamente afeminados, puede que sea un punto a la hora de ser contratados.

Resumiendo: en mi opinión, hasta hace no mucho, el objetivo del lobby era buscar la aceptación general y una vez alcanzado ese hito con pleno éxito, desde hace un tiempo la meta ya no es esa, sino presionar para recibir el aplauso, favoritismo y complicidad de la población. Conmigo que no cuenten, yo en esa materia sigo como en abril de 1990.

sábado, 6 de agosto de 2016

Veraneo

Veo una noticia en El País, sobre las vacaciones de Messi y Cristiano Ronaldo, acompañada de fotos en donde se ve a cada uno de ellos en un lujoso yate. Así son las cosas; estos analfabetos funcionales ‒confiesan que no saben lo que es leer un libro y uno de ellos sólo hace lo que le dice su papá‒ que sólo saben dar patadas a un balón, llevan una vida muy diferente de la del común de los mortales y lo que es peor, muy alejada de la que pueden permitirse quienes de veras son útiles a la humanidad, como los científicos e investigadores y más concretamente personas como Mariano Barbacid, al que cito porque hace pocos días se lamentaba en el mismo diario de que no había dinero para la investigación. Habría que recordar que hace años se lo trajeron desde EE.UU., donde investigaba, prometiéndole todo lo que necesitara para su trabajo (y el pobre se lo creyó).

Es una suerte esa capacidad de nuestra memoria de recordar sólo aspectos positivos borrando los negativos, porque gracias a eso vuelvo un año tras otro al mismo lugar en que me encuentro ahora, convencido por otra parte de que es lo mejor que me puedo proporcionar con mis medios, pero ni de lejos es lo que yo considero unas vacaciones ideales.

Desde hace años voy a la misma playa de la costa de Cádiz, nada que ver con la que conocí cuando era adolescente. Se ha construido una barbaridad, arruinando hermosos pinares y arenales y el encanto de una playa que sólo conocía cierta afluencia los fines de semana, para tratar de conseguir un cierto aire marbellí que no logra, ni falta que le hace.

En los últimos años se está produciendo una llegada de veraneantes que desborda la capacidad real del lugar y a ciertas horas usted puede estar seguro que ir de un punto a otro es más rápido yendo a pie que en su coche, aunque hablemos de distancia de un par de kilómetros, a causa de la desproporción entre el número de vehículos y la escasa capacidad de la vía principal.

Tengo la desgracia de que las piscinas de mi urbanización están situadas delante del apartamento en que me encuentro y eso supone la garantía de que todo el día ‒pero en especial por las tardes cuando la gente se traslada de la playa a la piscina‒, los gritos serán constantes impidiéndome la posibilidad de leer plácidamente en mi terraza o, simplemente, disfrutar de cierta paz.

Se trata de construcciones adosadas de sólo tres apartamentos en altura, formando un rectángulo en cuyo centro se encuentra el recinto de las piscinas. Varios letreros muy visibles repartidos por el interior del rectángulo advierten de la prohibición de alborotar en horas de descanso, jugar al fútbol y pisar los espacios con césped. Los padres se quitan de encima a los hijos que les impiden estar tranquilos y estos, entusiasmados, salen a jugar al fútbol en el césped, mientras dan gritos desaforados... que a veces duran hasta más allá de la una y media de la madrugada. Puro respeto al prójimo y a las normas, al modo carpetovetónico.

Ya se sabe que la construcción moderna en España ha sido una chapuza realizada con malos materiales y sin darse por enterados promotores y arquitectos de que existen los aislamientos sonoro y térmico. Por otro lado, como el precio del alquiler de los apartamentos no es ninguna ganga, es frecuente que se produzca el fenómeno de los apartamentos-patera. En un espacio de unos 60 metros cuadrados que es lo que tiene cada vivienda (dos dormitorios) y que yo ocupo en solitario con mi esposa, otros meten con frecuencia cuatro o cinco adultos ‒dos parejas más la suegra o madre de alguno de ellos, para que trabaje gratis et amore‒ más todos los críos que hayan traído al mundo esas dos parejas. El resultado es que en estos saturados apartamentos se producen ruidos normalmente causados por la superpoblación y los niños saltando o dando carreras, y con ello desaparecen algunos de los placeres vacacionales, como la tranquilidad y la siesta.

Suele ocurrir que muchos envidian la vida de lujo y placer de sus personajes admirados, como Paquirrín, el pequeño Nicolás, Belén Esteban y otros del mismo pelaje, y confunden su miserable jardín de unos pocos metros cuadrados con la isla griega que no poseen. A causa de esa confusión, invitan a amigos y organizan barbacoas cuyos humos y olores sufrimos los vecinos cercanos, y el asunto ronda la tortura cuando lo que se asa son sardinas. Si no se cierran a cal y canto puertas y ventanas, usted dormirá esa noche sumergido en una deliciosa nube de olor a sardina o carne asada.

No quiero dejar de mencionar al vendedor ambulante de helados que aparece un par de veces a lo largo del día con una especie de motocarro y una ruidosa megafonía por la que invariablemente suena el himno sudista Dixie. Supongo que trata de imitar a sus modelos norteamericanos y a la hora de elegir melodía pensó que era todavía más americano que la insulsa musiquilla de los vendedores a los que imita, según los vemos en el cine o la televisión.

Vaya, se me olvidaba contar que, cuando falta algo más de una hora para la puesta de sol, aparecen esos parapentes a motor que pasan cerca o sobre nuestras cabezas haciendo un ruido endiablado, parecido al que produciría un motocarro aparcado con el motor en marcha en nuestra puerta.

Al llegar la noche, es normal que el grito de los niños jugando se acompañe del ladrido de los perros cercanos, en especial de los chalets vecinos, que combinan perfectamente el coro alternando ladridos y aullidos. En fin, estoy hablando de la zona de la localidad que tiene fama de tranquila y poco bulliciosa, no quiero imaginar lo que será vivir en el resto.

Parece que es un poco absurdo contar todo esto y volver año tras año sabiendo lo que me espera, pero ya saben que la idea de veraneo la tenemos profundamente implantada ‒a mí me gustan los veraneos burgueses‒ y cualquier cosa parece preferible a permanecer en Madrid a temperaturas infernales porque eso sí, esta parte de la costa tiene un clima excelente que los que no la conocen no imaginan en la sudorosa Andalucía.

Lo admito, Messi y Ronaldo me producen una inevitable y sana envidia, no ya por lo que son o hacen, sino por lo que pueden permitirse, el aislamiento que pueden conseguir si quieren. Algo con lo que sueño, porque la convivencia suele significar problemas.

jueves, 28 de julio de 2016

El rechazo a Rajoy

He estado prestando atención durante un rato a lo que se decía en el programa "Los desayunos" de TVE en contra de mi costumbre, pues lo que suele oírse en esos programas de debates o repaso de actualidad suele desagradarme por los disparates que algunos sueltan sin más reparo.

El tema era, cómo no, la investidura de Rajoy y lo que, según los asistentes, debe hacer cada partido del Parlamento. Allí cada uno soltaba lo que le apetecía y uno de los presentes, próximo al PP, afirmó sin ruborizarse que el PSOE era el partido más corrupto de la democracia española, algo que además no era el tema de la conversación.

Habrá quienes apoyarán y aplaudirán esa afirmación, todos esos que se agarran al manto de los ERE de Andalucía para tapar las vergüenzas del PP por toda España, pero sin negar ni de lejos la gravedad de ese asunto, cualquier persona con un mínimo sentido de lo razonable sabe que no hay comparación posible. No hace mucho, ese ejemplo de lo que no debe ser un periodista llamado Eduardo Inda, tuvo que aceptar en el programa La Sexta Noche la reducción de la cifra que se imputa al escándalo de los ERE. Durante mucho tiempo la derecha ha enarbolado la cifra 1.217 millones (más de 3.000 millones, he llegado a leer), como si todo el dinero invertido se lo hubieran llevado a Suiza o las islas Caimán. No hace mucho acusaban al PSOE de llevarse algo más de 600 millones y en el programa de esa noche los asistentes aceptaron la cifra fijada por el propio Ministerio de Economía de 152 millones no justificados, malversados.

Sigue siendo una cifra tremenda si se confirma en los tribunales que fue ése el importe del fraude, pero admitamos que está muy alejada de los 1.217 millones iniciales. Por supuesto que sea cual sea la cifra final, los culpables deben pagar duramente el haber manejado con esa alegría y desvergüenza los fondos públicos. Pero... para desgracia del PP, eso no tapa sus numerosísimas trapacerías, incluidos los beneficios obtenidos con la venida a Valencia de su amado Sumo Pontífice.

Ahora estamos en una situación en que todos los días se habla extensamente en la prensa y televisión sobre los problemas aparentemente insolubles para formar gobierno. Muchos se manifiestan escandalizados porque haya partidos que se nieguen a votar a favor o abstenerse en la investidura de Rajoy olvidando aquello de que quien siembra viento, recoge tempestades y que la oposición se llama así por algo. Al menos una vez ha dejado Rajoy a Pedro Sánchez ‒y en otra ocasión a Albert Rivera‒ con la mano extendida sin responder al gesto y estrechársela. Él, el que desconoce el respeto al contrario, cabecilla de una red de corrupción, es el gran obstáculo para una solución.
 
No somos los españoles un pueblo demócrata y toda nuestra historia es una permanente demostración de lo cierto de esa afirmación, aquí cada uno sueña con poseer un instrumento legal con el que hundir a su adversario y en su defecto se recurre a la violencia, golpe de estado incluido. Sin embargo, el gobierno del PP ‒hablo del reciente, mejor no recordar el pasado‒ ha sido un ejemplo de lo que es ignorar la democracia por el hecho de poseer una mayoría absoluta; democracia no es sólo votar y contar los votos y conviene recordar que esa mayoría se obtuvo con tan solo un 30,27% de los votos del censo. 

Rajoy ha gobernado sin escuchar ni una voz que no fuera de los suyos, ha despreciado las peticiones que se le hacían desde los otros partidos y las manifestaciones multitudinarias que pedían un cambio de actitud y, siguiendo su comportamiento habitual, ha insultado con regularidad a sus contrarios en sede parlamentaria; fuera, son incontables los insultos porque es su estilo. Insultó a Zapatero llamándolo bobo inútil, indigno y cobarde, entre otras lindezas, insultó a Rubalcaba e insultó a Pedro Sánchez llegando en una de sus rabietas a pedirle que abandonara el Congreso y no volviera más ‒febrero de 2015‒, olvidando que al menos en teoría el Congreso no es cortijo de su propiedad. Ahora, Rajoy casi exije el apoyo de una u otra forma de ese dirigente, Pedro Sánchez, y ese partido, el PSOE, para su propia investidura con un compromiso adicional que permita una gobernación confortable durante la legislatura. Si el caso fuera inverso, ¿qué respondería el PP al PSOE, aparte de burlas y un chorro de insultos? No es política-ficción, lo hemos contemplado el pasado marzo.

En resumen, Rajoy ha despreciado sistemáticamente a todo y a todos, pero llega el momento de la investidura y pretende que los demás cambien el sentido de su voto para hacerle a él presidente, porque dice que ganó las elecciones. Habría que recordarle que en el sistema electoral español no existe el concepto de candidato ganador. Sí el de lista más votada, que es el caso.

La soberbia de Rajoy es ilimitada y no es capaz de comprender que no tiene aliados en ninguna parte porque él mismo se ha preocupado de buscarse enemigos, sin olvidar que está más que salpicado por toda la corrupción en que está inmerso el PP, que hace que todos huyan de arrimársele como si de un apestado se tratara. Sabemos que, por desgracia, nada de lo que haga o diga le privará de esos 7 u 8 millones de votantes cómplices, pero debería entender que si en España hubiera unas elecciones para señalar al político más odiado, ahí sí que ganaría por mayoría más que absoluta. La salida a la encerrona en que se encuentra la formación de gobierno se resolvería si diera un paso atrás y permitiera otro candidato de su partido. Pero no lo hará.

sábado, 23 de julio de 2016

Porque tú lo vales

Creo que el título que he escogido corresponde a alguna frase lapidaria de un anuncio ‒con tuteo de coleguilla incluido‒, y como suele ocurrir con esto de los anuncios, me acuerdo del eslogan, pero no del producto. El caso es que la afirmación me parece un magnífico enunciado de lo que desde hace no tantos años se intenta imbuir en las mentes de los ciudadanos.

Me refiero a esa peregrina idea de que todos somos maravillosos y que nos merecemos todo lo del mundo ‒menos un contrato indefinido‒ gracias a nuestras características personales y a lo bien que las gestionamos. En esta época de buenismo desenfrenado parece que no hay nada que merezca la calificación de desagradable ‒salvo los toros y los toreros‒ y por el contrario toda anomalía encuentra su legión de comprensivos.

Hace algún tiempo ya publiqué una entrada sobre los obesos donde hablaba sobre las repentinas tolerancia y estima hacia las personas que poseen un tonelaje excesivo se mire como se mire. Es este tema el que más me llama la atención, sobre todo ahora que con la excusa de la belleza de las mujeres con curvas ‒detesto a esas espátulas con cara de mala leche que llaman modelos‒ pretenden meternos de matute mujeres con un peso que las aleja definitivamente de la consideración de seres normales. Concretamente, leo estos días en la prensa que está barriendo en la red ‒una frikada más de YouTube‒ una mujer que baila uno de esos bailes espasmódicos tan de moda pese a que en balanza da nada menos que 172 kilos. Eso no es una mujer curvy, eso es sin más rodeos una enorme foca que para colmo pretende culpar de su sobrepeso a una dolencia y al tiempo confiesa que come como una fiera.

Todos los seres frikis o peligrosos son constantemente animados a quererse a sí mismos ‒espero que Rajoy no vea esta campaña, sería sobredosis‒ sean como sean y vengan de donde vengan. Ahora todo el mundo, por miserable que sea, merece ser animado a continuar siendo de la misma forma. Es falso que ése sea el auténtico sentir general pero a muchos les hace ilusión decirlo.

Teniendo en cuenta que casi todos los seres humanos consumimos o nos vemos obligados a consumir los mismos productos, no es de extrañar que la publicidad intente atraer a los extravagantes o raros repitiendo machaconamente eso de porque tú lo vales. Da lo mismo que uno sea alto o bajo, débil o fuerte, torpe o ingenioso, la publicidad no quiere dejar a nadie al margen y para eso halaga a quien se le ponga por delante.

Como es natural, esto produce que muchos alcancen el éxito, a veces sin merecerlo y las más de las veces rebosantes de soberbia. Leí una frase del entrenador Mourinho que es ilustrativa de este convencimiento y alarde de la propia valía: No soy el mejor del mundo, pero creo que no hay nadie mejor que yo. Definitivo, ¿no?

Personajes mediocres, pero convencidos de su excepcionalidad, estallan de autocomplacencia en buena parte gracias a los halagos de otros que son todavía más mediocres. Un ejemplo de manual sería José María Aznar, que consiguió encandilar a muchos patriotas españoles y hasta al as mundial de los mediocres, George W. Bush, al que se le veía entusiasmado de ser el primer presidente de los EE.UU. con palanganero europeo propio. Por lo visto exigía cosas que ni el propio Blair aceptaba concederle.

Y hablando de Bush, ¿han visto el vídeo que el otro día salió en la prensa donde el ex presidente, cogido de las manos de su esposa y de Michelle Obama, bailaba en el funeral por los policías asesinados en Dallas, mientras esta última y el propio Obama le miraban temerosos ‒al principio‒ de que se hubiera vuelto loco (vídeo)? Es un consuelo, no somos los únicos en elegir a un presidente tonto de remate, los EE.UU. son nuestro permanente ejemplo y allí ya tienen cierta práctica en escoger lo peorcito. Si lo dudan, esperen a noviembre.

miércoles, 13 de julio de 2016

Cómo se ve a los viejos

Fui a la farmacia hace pocos días y delante de mí estaban una señora, a continuación un joven y luego un señor mayor –como yo, vamos– que era el que estaba siendo atendido en aquel momento. El pobre infeliz estaba cogiendo los medicamentos de su receta electrónica y era un permanente decir “esa no la quiero” para desdecirse a continuación y repetir el diálogo con otro medicamento. Montó un lío enorme con un medicamento  que estaba en la lista pero que ya se había llevado otro día y lo cierto es que quienes estábamos esperando nos desesperábamos, la señora de delante decidió renunciar y se marchó y el joven no paraba de resoplar para mostrar su fastidio, nerviosismo y falta de modales.

Finalmente el hombre acabó y se marchó feliz con sus medicinas, era el turno del joven, pero… volvió la cara y vi que era también un jubilado, aunque estaba muy delgado y  llevaba un gorro de lana, vaqueros muy ceñidos y una cazadora vaquera, todo ello muy gastado, lo que le daba aspecto desmañado y por la espalda engañaba sobre su aparente juventud.

Engañaba su aspecto, que no su comportamiento. Tenía al parecer un corte en la banda magnética de su tarjeta sanitaria y la farmacéutica le advirtió de que aquello impediría la lectura, pero fue inútil, el muy imbécil se empeñó, y pese a que ella lo intentó mil veces poniendo incluso papel celo, la tarjeta no pudo ser leída y el propietario se marchó gruñendo tras hacer perder bastante tiempo a la farmacéutica y a los que esperábamos impacientes.

Es cierto, la edad raramente mejora algo –lo del vino es excepcional y no siempre se cumple, pruebe a mejorar uno de brick– y lo peor es que aflora lo que se mantuvo latente durante toda la vida anterior del individuo. Si era premioso, se vuelve desesperante; si gruñón, insoportable; si era torpe, más torpe se hace, si maleducado... para pegarle. Las cosas van a peor y de ahí que uno de los insultos entre conductores suela ser la acusación de viejo. No hablo de mí porque evidentemente mi autovaloración buena o mala no cuenta, pero la gran mayoría de los talluditos que conozco conducen descuidadamente, sin respetar lo básico y por descontado que sin admitir la menor crítica. Aunque debo recordar que la mayoría no conducía demasiado bien cuando joven.

El repaso a los fallos de los mayores podría ser inacabable, pero no quiero dejar de mencionar un tipo especial que frecuenta las salas de espera de las consultas médicas. Se trata del abuelo o abuela que saca su smartphone en esos lugares y haciendo caso omiso de los letreros que recomiendan guardar silencio, reproducen en el móvil algún vídeo en el que el nieto hace unas gracias que enternecen al abuelo. Con eso aparenta disfrutar como si no lo hubiera visto nunca y de camino busca pegar la hebra con alguno de los que le rodean. Patético.

Leí no hace mucho que las clases sociales han desaparecido, sustituidas por las clases etarias. Algo de cierto hay en eso y he podido ver en los comentarios de las noticias en los diarios digitales, que muchos jóvenes desprecian –es duro pero es así– a los mayores y manifiestan sin apuro su deseo de que se mueran pronto sin dar más lata ni cobrar pensiones –supongo que hay que excluir a los jóvenes que viven de las pensiones de sus padres o abuelos–  o cuando menos que se les retire el carnet de conducir al cumplir los 60 ó 65. No hace falta que diga que quienes escriben esto son jóvenes que no reflexionan sobre que ellos también serán mayores algún día, está claro que en su cortedad piensan que la juventud es un estado perpetuo.

Es una injusticia evidente ese maltrato a los mayores, ese pasar a engrosar la clase más despreciada, la de los viejos, pero hay que admitir que en muchos casos esa injusticia ha sido provocada por la estupidez de las víctimas. Es verdad que uno transita por la vida y procura disimular sus carencias intelectuales o físicas hasta que al llegar a edades avanzadas se acaba con todo disimulo y se manifiesta sin ninguna hipocresía, para desgracia de quienes les rodean.

Sería de desear que, como en el caso de la farmacia de que hablaba al principio, se trate de no incordiar más de lo preciso. Sus conciudadanos se lo agradecerán y evitaremos inquinas simplemente por ser mayores. Nos guste o no, los mayores tenemos que hacernos perdonar el seguir vivos (o al menos eso es lo que piensan muchos).

miércoles, 29 de junio de 2016

Novelas policiacas

Anoche terminé de leer una novela policiaca de Colin Dexter y tras ello dediqué unos minutos a reflexionar sobre lo leído y, sobre todo, al porqué de mi afición a leer novelas de este género de vez en cuando. No tiene mucha explicación, porque de siempre –puede que más con la edad– no soy capaz de retener los infinitos detalles que el autor va esparciendo para poder argumentar después que usted tiene todas las pistas para identificar al asesino.

Como buena parte de la población que lee, me he atiborrado a lo largo de mi vida de esas novelas de Agatha Christie en las que usted tiene que aprenderse los nombres de un montón de personajes –ninguno se llama Juan Soriano o Rafael Menéndez– y para remate un plano de la vivienda donde el crimen tiene lugar, plano que se reproduce en una página de la novela y en base al cual usted debe recordar cuál es el dormitorio de Mrs. Hermione Wedge, cuál el de Mr. Reginald Wedge, cuál el de su enfermera, cuál el de su cuñado divorciado Mr. Strongfield, cuál el del administrador Mr. Brown, etc. Todo eso porque debe comprender el trasiego de los personajes a través de la trama y en qué momento ha podido entrar el asesino en la habitación de la víctima para acuchillarle o echar veneno en su té, por descontado que uno de esos venenos que no dejan huella (?) tan fáciles de comprar en la droguería de la esquina.

Por suerte, la editorial española de esta escritora tenía la amabilidad de poner un índice de personajes al comienzo de la novela y de esa manera usted se pasaba el tiempo teniendo que acudir a ese índice para identificar los personajes cada vez que aparecían en escena y se habían desvanecido de su memoria.

He leído más de una de las escritas por Raymond Chandler en las que el protagonista es ese intrépido y arrojado Philip Marlowe, que en la pantalla suele adoptar la cara de Humphrey Bogart. No me digan que no es difícil aprenderse el nombre de todas las mujeres atractivas con las que se cruza y que intentan llevárselo al huerto (no se puede ser guapo, oiga). Para compensar, una de esas mujeres suele tener el rostro de Lauren Bacall y eso hace más fácil la identificación, aunque no demasiado, porque llueven personajes durante toda la trama.

No me creo que no hayan leído nunca nada de Conan Doyle y su personaje mundialmente famoso Sherlock Holmes. Yo sí he picado y no acabo de entender el porqué, puesto que me parece un pedante insoportable –y encima drogadicto– y ya me gustaría verle deducir por mi aspecto que yo había estado de compras con mi mujer en Hipercor y que allí habíamos comprado un queso manchego y me había atendido una cajera con acento boliviano. Los ingleses no sólo tuvieron una suerte inmerecida con la Armada Invencible, sino que sorprendentemente todo el mundo parece dispuesto a soportar y admirar lo que produzcan –sea lo que sea– y a establecerlo como mito mundial. Claro que un país que tiene personajes como los beefeaters con una indumentaria tradicional que produce escalofríos (no olviden mirar atentamente el sombrerito y los zapatos) necesariamente hace que la atención se fije en todo lo suyo.

La novela que acabo de terminar, del escritor Colin Dexter como he dicho al principio, y que es la segunda del mismo autor que leo, me ha desconcertado de manera especial porque al terminar no sólo no sabía quién era el asesino, sino que tampoco estaba muy seguro de quién era el asesinado. De esa inseguridad se ha ocupado el autor a lo largo de su desarrollo dando por finado a quien después aparecía vivito y coleando –alive and kicking en este caso– y el detective Morse elabora a lo largo de la novela una decena de detalladas teorías sobre los acontecimientos y el homicida que usted se traga sin pestañear, y que cada vez que descubre un nuevo hecho es desmontada y vuelta a montar con protagonistas diferentes y cargándole a otro el sambenito. Me he hecho el propósito de releer las últimas 30 páginas cuando tenga un rato, a ver si así me entero del desenlace.

Caray, si hasta me he leído una policiaca escrita por un entrenador de fútbol inglés, de cuyo nombre no puedo acordarme, y que me compré porque se desarrollaba nada menos que en el castillo de Sancti Petri, en Chiclana de la Frontera. Al menos era original y mejor de lo que me esperaba de uno de esos profesionales del fútbol, en cuyos intelectos no confío demasiado.

domingo, 19 de junio de 2016

Fobias

Siento decirlo, pero no soporto las sardinas asadas ni, por supuesto, su olor. Más de una vez he sido el aguafiesta de algún festín, pues aunque no se me ocurre pedirle a nadie que se prive de tan apestoso placer, parece que a los demás participantes les fastidiaba que hubiera alguien que no se sumara. Una explicación podría ser que no soy un entusiasta consumidor de pescado, que la sardina al asarla es pestilente –a muchas personas les gusta, pero no existe el Eau de sardine– y respecto de los establecimientos en que se vende, procuro mantenerme alejado tanto como puedo. No obstante, quiero insistir en que quienes disfrutan del consumo de estas sardinas, sean asadas en barbacoas o en los famosos espetos, cuentan con todo mi respeto, con tal de que la preparación de ese pescado no tenga lugar literalmente bajo mis narices, léase en la terraza o jardín del vecino. Quizás por eso, nunca ha sido asunto motivador de conflictos serios y no he sido calificado de sardinófobo.   

Lo saben todos los que me conocen, pero desde siempre me ha disgustado el fútbol como espectáculo a contemplar, que no como deporte a practicar. La explicación que me doy a mí mismo de semejante rechazo es, de una parte, que cuando muy niño –tanto que no podía expresar mi desagrado– mi padre tenía el abono de un palco en el estadio de cierto equipo de primera y allí me llevaba un domingo sí y otro no, aunque cayeran rayos y truenos. Ya de adulto, mi desagrado fue consecuencia de observar el fanatismo desagradable de tantos y no digamos cuando hacia los años 80 del siglo pasado el fútbol comenzó a ser la ocupación permanente de buena parte del cerebro y el tiempo de nuestros ciudadanos. Incluyendo a nuestro actual presidente en funciones, del que es conocida su intelectual pasión por la lectura del diario Marca.

Nunca he comprendido que los torneos futbolísticos lleguen a dominar de tal forma las actividades de la población hasta el punto de perturbar seriamente todas las demás, atropellando derechos de aficionados y no aficionados y hasta absorbiendo los pensamientos de individuos que yo calificaría como de extremadamente inteligentes, pero que cuando se trata del fútbol pierden toda mesura y equilibrio.

Recientemente, un conocido afirmaba orgulloso que él no era de esos que veían películas como Robocop, sintiendo el hombre que quizás eso lo elevaba sobre el común de los mortales, lo que me parecía asombroso viniendo de alguien que presencia y se apasiona ante el espectáculo de partidos de fútbol en los que se juegan una de las muchas copas que hoy se disputan. No lo entendí, porque aunque no soy entusiasta de aquel tipo de películas, me cuesta admitir que sean de un nivel intelectual inferior al de un encuentro de fútbol, en el que uno se encuentra espiritualmente acompañado por el fervor de tanto fanático y descerebrado, con cierta frecuencia violentos, o de pintorescos personajes que se pintan el rostro a la manera de los pieles rojas, pero con los colores de su equipo o como ese tal Manolo el del bombo que quizás no hace daño a nadie, pero que no es un ejemplo de finura racional. 

Conste que sólo unas pocas veces he deseado que caiga una bomba atómica sobre los que en Cibeles o Neptuno intentan destrozar esas fuentes con conjuntos escultóricos para conmemorar un triunfo futbolístico. El caso es que no me importa lo más mínimo lo que otros contemplen y la pasión que pongan, con tal de que el volumen de sus televisores no alteren más de la cuenta mi tranquilidad ni sus gritos y pataleos apasionados me impidan hacer mi vida. En fin, está claro que eso del balompié no es lo mío, pero nunca he sido llamado futbolófobo.

Aunque la mayoría de los españoles parecen ignorarlo o padecen una amnesia selectiva grave, hasta el año 1990 la Organización Mundial de la Salud calificaba a la homosexualidad como una enfermedad o alteración patológica de la conducta sexual, dictamen basado en anteriores estudios médicos y psicológicos. Uno de los mayores insultos que se le podía lanzar a un hombre era dudar de su hombría, pero después de esa fecha y con una velocidad asombrosa para algo que sin duda significa un profundo cambio cultural, la homosexualidad pasó a ser no ya algo a respetar, sino respetable en sí misma. Ser lo que antes llamábamos maricas es ahora un asunto que produce admiración y el que sale del armario despierta un asombro y respeto mayor del que podrían merecer Hernán Cortés o Ramón y Cajal. No es que yo lo diga, es que hasta hay películas en las que el protagonista finge ser homosexual porque con ello aumenta sus probabilidades de triunfo profesional o social.

Reconozco que no soy tan cambiante en criterios como en lo político es Pablo Iglesias, así que sigue sin producirme gran entusiasmo la homosexualidad, aunque lo mismo que en los años 80 había uno de ellos entre mi pandilla y que los he tenido como compañeros de trabajo, sin que yo les dispensara el menor desprecio o desagrado, debo admitir que llevo mal ese empeño en permanecer día tras día, por un motivo u otro, en la primera página de los diarios y que me desagradan profundamente las efusiones de parejas en público y no lo oculto aunque tampoco lo manifieste gratuitamente, ya lo he dejado claro en entradas anteriores de este blog y siento señalarlo: aunque la OMS haya cambiado de criterio sin más explicaciones científicas –la decisión se tomó en una asamblea general–, los 26 años transcurridos desde entonces no bastan para que yo vea como recomendable lo que antes era propio de enfermos. Otra cosa es que acepte que se agreda a los homosexuales por el hecho de serlo, las preferencias personales no pueden ni deben expresarse mediante violencia.

Supongo que, ya lo imaginan, soy por todo lo que antecede merecedor del calificativo de homófobo y por lo tanto de una severa condena social, pese a que hasta hace menos de un año en el DRAE se definiera la homofobia como «Aversión obsesiva hacia las personas homosexuales», pero hace sólo unos pocos meses, seguramente sometida a la presión del lobby, la Real Academia ha eliminado el adjetivo «obsesiva» de la definición, así que puede aplicárseme sin problema porque ya se sabe, hay que ser entusiasta de la homosexualidad o le llueven a uno las tortas. Amén.