martes, 16 de agosto de 2016

El trágala

De siempre he pensado que la derecha y en especial su manifestación más amada, el fascismo, era especialista en imponer sus preferencias sin contemplaciones a la totalidad de la población, pero últimamente vengo comprobando que es una inclinación de todos los humanos, pues como ya dije en otra entrada, actualmente la izquierda sorprende muchas veces a la hora de fijar objetivos y prioridades.

El otro día leí un artículo en el diario El Mundo, muy querido por la derecha, que precisamente por eso me causó doble sorpresa al tiempo que bastante desagrado. Trataba sobre la conveniencia y casi obligación moral de leer a nuestros hijos pequeños cuentos en los que los protagonistas sean LGTBI o se exalten esas "opciones sexuales", es decir, que los niños deben ser aleccionados desde el comienzo en que los homosexuales en todas sus variantes son recomendables y admirables, porque según se afirmaba "Frente a los argumentos que sostienen que lo natural es la heterosexualidad, los hechos muestran que lo natural es la diversidad sexual". Se refiere, claro está, a todo eso de LGTBI; ¿se preguntan qué significa la innovadora "I" final? Pues según he leído es "intersexual" que no sé lo que quiere decir, pero podría ser ‒imagino yo‒ algo así como ser de un sexo los lunes, miércoles y viernes, del otro los martes, jueves y sábados, y los domingos lo que pida el cuerpo. Espero con impaciencia la aparición de una nueva inicial que se incorpore a la denominación de esos colectivos.

Como ejemplo de ese revolucionario tipo de cuentos (por descontado que se despreciaba explícitamente Blancanieves o Cenicienta; pobres Perrault, Andersen o los hermanos Grimm) se citaba uno titulado Mi primer amor, que cuenta la historia de un niño de 6 años que se prenda (sic) de un compañero. Sumamente recomendable porque forma el carácter del niño y quizás le anime más adelante a adoptar una opción sexual que no tiene por qué ser la suya, pero que se le muestra llena de encanto, rebeldía y glamur.

Despistado de mí, yo he pensado siempre que lo suyo es educar a los hijos alentando su tolerancia hacia lo diferente, a esforzarse en entender lo ajeno y por encima de todo a detestar la violencia, pero está claro que me equivoco; a los hijos hay que aleccionarlos para que sean raritos de mayores y que acudan con entusiasmo al desfile del Día del Orgullo Gay.

Y hablando de ese desfile, hemos podido leer en la prensa que acudieron en Madrid más de millón y medio (trescientos mil según otros) y como se decía en otro medio, eso significa que de ser cierto, ese alarde de chabacanería y mal gusto que incluso muchos homosexuales repudian por tales motivos, atrajo a algo así como 5 o 6 veces las personas que se manifestaron cuando el gobierno puso en práctica esos recortes que estamos sufriendo. Las prioridades son las prioridades y, por ejemplo, poner en su sitio a la Iglesia católica sigue sin ser un propósito con fecha asignada.

Sin olvidar que ha sido la izquierda la que ha apoyado en todo momento el auge de la homosexualidad; fue el gobierno de Zapatero ‒el hombre que fue a la Casa Blanca con sus hijas disfrazadas de góticas‒ uno de los primeros en el mundo en legalizar el matrimonio homosexual con ese nombre, matrimonio. No olvidemos que la derecha muy a regañadientes se ha visto obligada a hacer la vista gorda y hasta el presidente Rajoy acudió a la boda de un lugarteniente suyo con otro hombre.

Da una idea del poderío del lobby LGTBI que hasta mayo de 1990 la OMS clasificara la homosexualidad como una enfermedad, basándose en estudios médicos más o menos acertados, pero en esa fecha, ante la presión del citado lobby, convocó una asamblea general en la que, como estaba previsto, se acordó eliminarlo de la lista de enfermedades. Se revocó democráticamente algo establecido científicamente con anterioridad. Esto me parece bastante similar a aquello que sucedió en el Ateneo de Madrid en 1936, donde se votó democráticamente la existencia o no existencia de dios, (según dicen, ganó el "no" por un voto). Otro caso que es un buen ejemplo de la aplicación inadecuada del procedimiento democrático.

¿Sabían que España es el país del planeta donde existe mayor tolerancia hacia los LGTBI? Supongo que no hace falta que recuerde que si hay un pueblo escasamente tolerante ése es el pueblo español, pero parece que una campaña muy bien manejada por los medios de comunicación ha dado como resultado esa asombrosa actitud tan fuera de nuestra idiosincrasia. Ser una potencia mundial en la materia nos supone que en la actualidad los embajadores de EE.UU. e Italia estén felizmente casados con hombres porque sus gobiernos, a la hora de buscar destino a estos personajes, el primer lugar que se les ocurrió fue la moderna España.

Pueden oírse o leerse frecuentemente defensas acerca de la naturalidad y justicia de la aceptación de la homosexualidad, basándose en su natural existencia en la cultura griega clásica o en el comportamiento de ciertos animales como el ornitorrinco, la hiena o el chimpancé. Acerca de la cultura griega sería bueno empezar a estudiar la legalización de la esclavitud y la pedofilia, en aquel entonces normalizadas ‒ya llegarán junto con el animalismo, no se inquieten‒, y sobre las costumbres sexuales de los animales, prefiero callar.

Asombroso, porque todavía recuerdo mis peleas en el colegio cuando alguno se burlaba de los gaditanos ‒yo no lo soy, pero sí mi familia‒ por aquella injustificada fama de abundancia de homosexuales en aquella ciudad que antes era una creencia extendida, por motivos que conozco pero que no vienen al caso. Aquellos con los que me peleaba, ahora probablemente acuden al desfile del Orgullo. Cosas de la modernidad y de la falta de criterio. Los que antes tachaban de inmediato a un homosexual como maricón, ahora van al desfile a reírles las gracias. Seamos serios: ningún homosexual que se precie acude para participar en el desfile y quizás ni a verlo, porque seguro que se siente abochornado. No todos los heteros somos iguales y los homos, tampoco. Imaginen lo que nos tocaría presenciar en un hipotético Día del Orgullo Viril y las feroces críticas que recibiría.

En fin, para que se entienda: no es que usted deba aceptar que otros sean homosexuales, algo que doy por natural desde siempre, es que tiene que gustarle el asunto o será calificado de homófobo, lo que significa que será marcado como apestado en la sociedad de nuestros días, por esa pintoresca acusación que aquí se ha inventado al calificarlo de delito de odio; me recuerda a aquello de la rebeldía continuada que Franco utilizaba para juzgar a los republicanos tras la guerra. Como decía el otro día Houellebecq en una entrevista, los españoles no se aprecian a sí mismos; creo yo que más bien se desprecian.

Las ciudades luchan entre sí por atraer todas las celebraciones homosexuales, no porque se desvivan para que esos se manifiesten en libertad, sino porque el colectivo parece que gasta más por individuo que una familia tradicional y por lo tanto hay que traerse sus juergas al precio que sea. Sevilla se enorgullecía recientemente de acoger uno de estos eventos y en Barcelona se celebra el Circuit, que consiste en la llegada de 70.000 homosexuales, en su mayor parte extranjeros, para que puedan pasar el día en bañador o exhibirse por las calles. Según la Universidad de California, Sevilla es la ciudad del mundo con mayor porcentaje de homos, un 17%. Antes, eso hubiera supuesto denunciar a esa universidad ante los tribunales por difamación, pero ahora la pasta es la pasta y quién sabe si esa afirmación resulta rentable. Lo cierto es que hasta mi esposa me ha manifestado su extrañeza de que la mayoría de los dependientes de los comercios de ropa de esa ciudad sean exageradamente afeminados, puede que sea un punto a la hora de ser contratados.

Resumiendo: en mi opinión, hasta hace no mucho, el objetivo del lobby era buscar la aceptación general y una vez alcanzado ese hito con pleno éxito, desde hace un tiempo la meta ya no es esa, sino presionar para recibir el aplauso, favoritismo y complicidad de la población. Conmigo que no cuenten, yo en esa materia sigo como en abril de 1990.

sábado, 6 de agosto de 2016

Veraneo

Veo una noticia en El País, sobre las vacaciones de Messi y Cristiano Ronaldo, acompañada de fotos en donde se ve a cada uno de ellos en un lujoso yate. Así son las cosas; estos analfabetos funcionales ‒confiesan que no saben lo que es leer un libro y uno de ellos sólo hace lo que le dice su papá‒ que sólo saben dar patadas a un balón, llevan una vida muy diferente de la del común de los mortales y lo que es peor, muy alejada de la que pueden permitirse quienes de veras son útiles a la humanidad, como los científicos e investigadores y más concretamente personas como Mariano Barbacid, al que cito porque hace pocos días se lamentaba en el mismo diario de que no había dinero para la investigación. Habría que recordar que hace años se lo trajeron desde EE.UU., donde investigaba, prometiéndole todo lo que necesitara para su trabajo (y el pobre se lo creyó).

Es una suerte esa capacidad de nuestra memoria de recordar sólo aspectos positivos borrando los negativos, porque gracias a eso vuelvo un año tras otro al mismo lugar en que me encuentro ahora, convencido por otra parte de que es lo mejor que me puedo proporcionar con mis medios, pero ni de lejos es lo que yo considero unas vacaciones ideales.

Desde hace años voy a la misma playa de la costa de Cádiz, nada que ver con la que conocí cuando era adolescente. Se ha construido una barbaridad, arruinando hermosos pinares y arenales y el encanto de una playa que sólo conocía cierta afluencia los fines de semana, para tratar de conseguir un cierto aire marbellí que no logra, ni falta que le hace.

En los últimos años se está produciendo una llegada de veraneantes que desborda la capacidad real del lugar y a ciertas horas usted puede estar seguro que ir de un punto a otro es más rápido yendo a pie que en su coche, aunque hablemos de distancia de un par de kilómetros, a causa de la desproporción entre el número de vehículos y la escasa capacidad de la vía principal.

Tengo la desgracia de que las piscinas de mi urbanización están situadas delante del apartamento en que me encuentro y eso supone la garantía de que todo el día ‒pero en especial por las tardes cuando la gente se traslada de la playa a la piscina‒, los gritos serán constantes impidiéndome la posibilidad de leer plácidamente en mi terraza o, simplemente, disfrutar de cierta paz.

Se trata de construcciones adosadas de sólo tres apartamentos en altura, formando un rectángulo en cuyo centro se encuentra el recinto de las piscinas. Varios letreros muy visibles repartidos por el interior del rectángulo advierten de la prohibición de alborotar en horas de descanso, jugar al fútbol y pisar los espacios con césped. Los padres se quitan de encima a los hijos que les impiden estar tranquilos y estos, entusiasmados, salen a jugar al fútbol en el césped, mientras dan gritos desaforados... que a veces duran hasta más allá de la una y media de la madrugada. Puro respeto al prójimo y a las normas, al modo carpetovetónico.

Ya se sabe que la construcción moderna en España ha sido una chapuza realizada con malos materiales y sin darse por enterados promotores y arquitectos de que existen los aislamientos sonoro y térmico. Por otro lado, como el precio del alquiler de los apartamentos no es ninguna ganga, es frecuente que se produzca el fenómeno de los apartamentos-patera. En un espacio de unos 60 metros cuadrados que es lo que tiene cada vivienda (dos dormitorios) y que yo ocupo en solitario con mi esposa, otros meten con frecuencia cuatro o cinco adultos ‒dos parejas más la suegra o madre de alguno de ellos, para que trabaje gratis et amore‒ más todos los críos que hayan traído al mundo esas dos parejas. El resultado es que en estos saturados apartamentos se producen ruidos normalmente causados por la superpoblación y los niños saltando o dando carreras, y con ello desaparece uno de los placeres vacacionales, la siesta.

Suele ocurrir que muchos envidian la vida de lujo y placer de sus personajes admirados, como Paquirrín, el pequeño Nicolás, Belén Esteban y otros del mismo pelaje, y confunden su miserable jardín de unos pocos metros cuadrados con la isla griega que no poseen. A causa de esa confusión, invitan a amigos y organizan barbacoas cuyos humos y olores sufrimos los vecinos cercanos, y el asunto ronda la tortura cuando lo que se asa son sardinas. Si no se cierran a cal y canto puertas y ventanas, usted dormirá esa noche sumergido en una deliciosa nube de olor a sardina o carne asada.

No quiero dejar de mencionar al vendedor ambulante de helados que aparece un par de veces a lo largo del día con una especie de motocarro y una ruidosa megafonía por la que invariablemente suena el himno sudista Dixie. Supongo que trata de imitar a sus modelos norteamericanos y a la hora de elegir melodía pensó que era todavía más americano que la insulsa musiquilla de los vendedores a los que imita, según los vemos en el cine o la televisión.

Vaya, se me olvidaba contar que, cuando falta algo más de una hora para la puesta de sol, aparecen esos parapentes a motor que pasan cerca o sobre nuestras cabezas haciendo un ruido endiablado, parecido al que produciría un motocarro aparcado con el motor en marcha en nuestra puerta.

Al llegar la noche, es normal que el grito de los niños jugando se acompañe del ladrido de los perros cercanos, en especial de los chalets vecinos, que combinan perfectamente el coro alternando ladridos y aullidos. En fin, estoy hablando de la zona de la localidad que tiene fama de tranquila y poco bulliciosa, no quiero imaginar lo que será vivir en el resto.

Parece que es un poco absurdo contar todo esto y volver año tras año sabiendo lo que me espera, pero ya saben que la idea de veraneo la tenemos profundamente implantada ‒a mí me gustan los veraneos burgueses‒ y cualquier cosa parece preferible a permanecer en Madrid a temperaturas infernales porque eso sí, esta parte de la costa tiene un clima excelente que los que no la conocen no imaginan en la sudorosa Andalucía.

Lo admito, Messi y Ronaldo me producen una inevitable y sana envidia, no ya por lo que son o hacen, sino por lo que pueden permitirse, el aislamiento que pueden conseguir si quieren. Algo con lo que sueño, porque la convivencia suele significar problemas.

jueves, 28 de julio de 2016

El rechazo a Rajoy

He estado prestando atención durante un rato a lo que se decía en el programa "Los desayunos" de TVE en contra de mi costumbre, pues lo que suele oírse en esos programas de debates o repaso de actualidad suele desagradarme por los disparates que algunos sueltan sin más reparo.

El tema era, cómo no, la investidura de Rajoy y lo que, según los asistentes, debe hacer cada partido del Parlamento. Allí cada uno soltaba lo que le apetecía y uno de los presentes, próximo al PP, afirmó sin ruborizarse que el PSOE era el partido más corrupto de la democracia española, algo que además no era el tema de la conversación.

Habrá quienes apoyarán y aplaudirán esa afirmación, todos esos que se agarran al manto de los ERE de Andalucía para tapar las vergüenzas del PP por toda España, pero sin negar ni de lejos la gravedad de ese asunto, cualquier persona con un mínimo sentido de lo razonable sabe que no hay comparación posible. No hace mucho, ese ejemplo de lo que no debe ser un periodista llamado Eduardo Inda, tuvo que aceptar en el programa La Sexta Noche la reducción de la cifra que se imputa al escándalo de los ERE. Durante mucho tiempo la derecha ha enarbolado la cifra 1.217 millones (más de 3.000 millones, he llegado a leer), como si todo el dinero invertido se lo hubieran llevado a Suiza o las islas Caimán. No hace mucho acusaban al PSOE de llevarse algo más de 600 millones y en el programa de esa noche los asistentes aceptaron la cifra fijada por el propio Ministerio de Economía de 152 millones no justificados.

Sigue siendo una cifra tremenda si se confirma en los tribunales que fue ése el importe del fraude, pero admitamos que está muy alejada de los 1.217 millones iniciales. Por supuesto que sea cual sea la cifra final, los culpables deben pagar duramente el haber manejado con esa alegría y desvergüenza los fondos públicos. Pero... para desgracia del PP, eso no tapa sus numerosísimas trapacerías, incluidos los beneficios obtenidos con la venida a Valencia de su amado Sumo Pontífice.

Ahora estamos en una situación en que todos los días se habla extensamente en la prensa y televisión sobre los problemas aparentemente insolubles para formar gobierno. Muchos se manifiestan escandalizados porque haya partidos que se nieguen a votar a favor o abstenerse en la investidura de Rajoy olvidando aquello de que quien siembra viento, recoge tempestades y que la oposición se llama así por algo. Al menos una vez ha dejado Rajoy a Pedro Sánchez ‒y en otra ocasión a Albert Rivera‒ con la mano extendida sin responder al gesto y estrechársela. Él, el que desconoce el respeto al contrario, cabecilla de una red de corrupción, es el gran obstáculo para una solución.
 
No somos los españoles un pueblo demócrata y toda nuestra historia es una permanente demostración de lo cierto de esa afirmación, aquí cada uno sueña con poseer un instrumento legal con el que hundir a su adversario y en su defecto se recurre a la violencia, golpe de estado incluido. Sin embargo, el gobierno del PP ‒hablo del reciente, mejor no recordar el pasado‒ ha sido un ejemplo de lo que es ignorar la democracia por el hecho de poseer una mayoría absoluta; democracia no es sólo votar y contar los votos y conviene recordar que esa mayoría se obtuvo con tan solo un 30,27% de los votos del censo. 

Rajoy ha gobernado sin escuchar ni una voz que no fuera de los suyos, ha despreciado las peticiones que se le hacían desde los otros partidos y las manifestaciones multitudinarias que pedían un cambio de actitud y, siguiendo su comportamiento habitual, ha insultado con regularidad a sus contrarios en sede parlamentaria; fuera, son incontables los insultos porque es su estilo. Insultó a Zapatero llamándolo bobo inútil, indigno y cobarde, entre otras lindezas, insultó a Rubalcaba e insultó a Pedro Sánchez llegando en una de sus rabietas a pedirle que abandonara el Congreso y no volviera más ‒febrero de 2015‒, olvidando que al menos en teoría el Congreso no es cortijo de su propiedad. Ahora, Rajoy casi exije el apoyo de una u otra forma de ese dirigente, Pedro Sánchez, y ese partido, el PSOE, para su propia investidura con un compromiso adicional que permita una gobernación confortable durante la legislatura. Si el caso fuera inverso, ¿qué respondería el PP al PSOE, aparte de burlas y un chorro de insultos? No es política-ficción, lo hemos contemplado el pasado marzo.

En resumen, Rajoy ha despreciado sistemáticamente a todo y a todos, pero llega el momento de la investidura y pretende que los demás cambien el sentido de su voto para hacerle a él presidente, porque dice que ganó las elecciones. Habría que recordarle que en el sistema electoral español no existe el concepto de candidato ganador. Sí el de lista más votada, que es el caso.

La soberbia de Rajoy es ilimitada y no es capaz de comprender que no tiene aliados en ninguna parte porque él mismo se ha preocupado de buscarse enemigos, sin olvidar que está más que salpicado por toda la corrupción en que está inmerso el PP, que hace que todos huyan de arrimársele como si de un apestado se tratara. Sabemos que, por desgracia, nada de lo que haga o diga le privará de esos 7 u 8 millones de votantes cómplices, pero debería entender que si en España hubiera unas elecciones para señalar al político más odiado, ahí sí que ganaría por mayoría más que absoluta. La salida a la encerrona en que se encuentra la formación de gobierno se resolvería si diera un paso atrás y permitiera otro candidato de su partido. Pero no lo hará.

sábado, 23 de julio de 2016

Porque tú lo vales

Creo que el título que he escogido corresponde a alguna frase lapidaria de un anuncio ‒con tuteo de coleguilla incluido‒, y como suele ocurrir con esto de los anuncios, me acuerdo del eslogan, pero no del producto. El caso es que la afirmación me parece un magnífico enunciado de lo que desde hace no tantos años se intenta imbuir en las mentes de los ciudadanos.

Me refiero a esa peregrina idea de que todos somos maravillosos y que nos merecemos todo lo del mundo ‒menos un contrato indefinido‒ gracias a nuestras características personales y a lo bien que las gestionamos. En esta época de buenismo desenfrenado parece que no hay nada que merezca la calificación de desagradable ‒salvo los toros y los toreros‒ y por el contrario toda anomalía encuentra su legión de comprensivos.

Hace algún tiempo ya publiqué una entrada sobre los obesos donde hablaba sobre las repentinas tolerancia y estima hacia las personas que poseen un tonelaje excesivo se mire como se mire. Es este tema el que más me llama la atención, sobre todo ahora que con la excusa de la belleza de las mujeres con curvas ‒detesto a esas espátulas con cara de mala leche que llaman modelos‒ pretenden meternos de matute mujeres con un peso que las aleja definitivamente de la consideración de seres normales. Concretamente, leo estos días en la prensa que está barriendo en la red ‒una frikada más de YouTube‒ una mujer que baila uno de esos bailes espasmódicos tan de moda pese a que en balanza da nada menos que 172 kilos. Eso no es una mujer curvy, eso es sin más rodeos una enorme foca que para colmo pretende culpar de su sobrepeso a una dolencia y al tiempo confiesa que come como una fiera.

Todos los seres frikis o peligrosos son constantemente animados a quererse a sí mismos ‒espero que Rajoy no vea esta campaña, sería sobredosis‒ sean como sean y vengan de donde vengan. Ahora todo el mundo, por miserable que sea, merece ser animado a continuar siendo de la misma forma. Es falso que ése sea el auténtico sentir general pero a muchos les hace ilusión decirlo.

Teniendo en cuenta que casi todos los seres humanos consumimos o nos vemos obligados a consumir los mismos productos, no es de extrañar que la publicidad intente atraer a los extravagantes o raros repitiendo machaconamente eso de porque tú lo vales. Da lo mismo que uno sea alto o bajo, débil o fuerte, torpe o ingenioso, la publicidad no quiere dejar a nadie al margen y para eso halaga a quien se le ponga por delante.

Como es natural, esto produce que muchos alcancen el éxito, a veces sin merecerlo y las más de las veces rebosantes de soberbia. Leí una frase del entrenador Mourinho que es ilustrativa de este convencimiento y alarde de la propia valía: No soy el mejor del mundo, pero creo que no hay nadie mejor que yo. Definitivo, ¿no?

Personajes mediocres, pero convencidos de su excepcionalidad, estallan de autocomplacencia en buena parte gracias a los halagos de otros que son todavía más mediocres. Un ejemplo de manual sería José María Aznar, que consiguió encandilar a muchos patriotas españoles y hasta al as mundial de los mediocres, George W. Bush, al que se le veía entusiasmado de ser el primer presidente de los EE.UU. con palanganero europeo propio. Por lo visto exigía cosas que ni el propio Blair aceptaba concederle.

Y hablando de Bush, ¿han visto el vídeo que el otro día salió en la prensa donde el ex presidente, cogido de las manos de su esposa y de Michelle Obama, bailaba en el funeral por los policías asesinados en Dallas, mientras esta última y el propio Obama le miraban temerosos ‒al principio‒ de que se hubiera vuelto loco (vídeo)? Es un consuelo, no somos los únicos en elegir a un presidente tonto de remate, los EE.UU. son nuestro permanente ejemplo y allí ya tienen cierta práctica en escoger lo peorcito. Si lo dudan, esperen a noviembre.

miércoles, 13 de julio de 2016

Cómo se ve a los viejos

Fui a la farmacia hace pocos días y delante de mí estaban una señora, a continuación un joven y luego un señor mayor –como yo, vamos– que era el que estaba siendo atendido en aquel momento. El pobre infeliz estaba cogiendo los medicamentos de su receta electrónica y era un permanente decir “esa no la quiero” para desdecirse a continuación y repetir el diálogo con otro medicamento. Montó un lío enorme con un medicamento  que estaba en la lista pero que ya se había llevado otro día y lo cierto es que quienes estábamos esperando nos desesperábamos, la señora de delante decidió renunciar y se marchó y el joven no paraba de resoplar para mostrar su fastidio, nerviosismo y falta de modales.

Finalmente el hombre acabó y se marchó feliz con sus medicinas, era el turno del joven, pero… volvió la cara y vi que era también un jubilado, aunque estaba muy delgado y  llevaba un gorro de lana, vaqueros muy ceñidos y una cazadora vaquera, todo ello muy gastado, lo que le daba aspecto desmañado y por la espalda engañaba sobre su aparente juventud.

Engañaba su aspecto, que no su comportamiento. Tenía al parecer un corte en la banda magnética de su tarjeta sanitaria y la farmacéutica le advirtió de que aquello impediría la lectura, pero fue inútil, el muy imbécil se empeñó, y pese a que ella lo intentó mil veces poniendo incluso papel celo, la tarjeta no pudo ser leída y el propietario se marchó gruñendo tras hacer perder bastante tiempo a la farmacéutica y a los que esperábamos impacientes.

Es cierto, la edad raramente mejora algo –lo del vino es excepcional y no siempre se cumple, pruebe a mejorar uno de brick– y lo peor es que aflora lo que se mantuvo latente durante toda la vida anterior del individuo. Si era premioso, se vuelve desesperante; si gruñón, insoportable; si era torpe, más torpe se hace, si maleducado... para pegarle. Las cosas van a peor y de ahí que uno de los insultos entre conductores suela ser la acusación de viejo. No hablo de mí porque evidentemente mi autovaloración buena o mala no cuenta, pero la gran mayoría de los talluditos que conozco conducen descuidadamente, sin respetar lo básico y por descontado que sin admitir la menor crítica. Aunque debo recordar que la mayoría no conducía demasiado bien cuando joven.

El repaso a los fallos de los mayores podría ser inacabable, pero no quiero dejar de mencionar un tipo especial que frecuenta las salas de espera de las consultas médicas. Se trata del abuelo o abuela que saca su smartphone en esos lugares y haciendo caso omiso de los letreros que recomiendan guardar silencio, reproducen en el móvil algún vídeo en el que el nieto hace unas gracias que enternecen al abuelo. Con eso aparenta disfrutar como si no lo hubiera visto nunca y de camino busca pegar la hebra con alguno de los que le rodean. Patético.

Leí no hace mucho que las clases sociales han desaparecido, sustituidas por las clases etarias. Algo de cierto hay en eso y he podido ver en los comentarios de las noticias en los diarios digitales, que muchos jóvenes desprecian –es duro pero es así– a los mayores y manifiestan sin apuro su deseo de que se mueran pronto sin dar más lata ni cobrar pensiones –supongo que hay que excluir a los jóvenes que viven de las pensiones de sus padres o abuelos–  o cuando menos que se les retire el carnet de conducir al cumplir los 60. No hace falta que diga que quienes escriben esto son jóvenes que no reflexionan sobre que ellos también serán mayores algún día, está claro que piensan que su juventud es un estado perpetuo.

Es una injusticia evidente ese maltrato a los mayores, ese pasar a engrosar la clase más despreciada, la de los viejos, pero hay que admitir que en muchos casos esa injusticia ha sido provocada por la estupidez de las víctimas. Es verdad que uno transita por la vida y procura disimular sus carencias intelectuales o físicas hasta que al llegar a edades avanzadas se acaba con todo disimulo y se manifiesta sin ninguna hipocresía, para desgracia de quienes les rodean.

Sería de desear que, como en el caso de la farmacia de que hablaba al principio, se trate de no incordiar más de lo preciso. Sus conciudadanos se lo agradecerán y evitaremos inquinas simplemente por ser mayores. Nos guste o no, los mayores tenemos que hacernos perdonar el seguir vivos (o al menos eso es lo que piensan muchos).

miércoles, 29 de junio de 2016

Novelas policiacas

Anoche terminé de leer una novela policiaca de Colin Dexter y tras ello dediqué unos minutos a reflexionar sobre lo leído y, sobre todo, al porqué de mi afición a leer novelas de este género de vez en cuando. No tiene mucha explicación, porque de siempre –puede que más con la edad– no soy capaz de retener los infinitos detalles que el autor va esparciendo para poder argumentar después que usted tiene todas las pistas para identificar al asesino.

Como buena parte de la población que lee, me he atiborrado a lo largo de mi vida de esas novelas de Agatha Christie en las que usted tiene que aprenderse los nombres de un montón de personajes –ninguno se llama Juan Soriano o Rafael Menéndez– y para remate un plano de la vivienda donde el crimen tiene lugar, plano que se reproduce en una página de la novela y en base al cual usted debe recordar cuál es el dormitorio de Mrs. Hermione Wedge, cuál el de Mr. Reginald Wedge, cuál el de su enfermera, cuál el de su cuñado divorciado Mr. Strongfield, cuál el del administrador Mr. Brown, etc. Todo eso porque debe comprender el trasiego de los personajes a través de la trama y en qué momento ha podido entrar el asesino en la habitación de la víctima para acuchillarle o echar veneno en su té, por descontado que uno de esos venenos que no dejan huella (?) tan fáciles de comprar en la droguería de la esquina.

Por suerte, la editorial española de esta escritora tenía la amabilidad de poner un índice de personajes al comienzo de la novela y de esa manera usted se pasaba el tiempo teniendo que acudir a ese índice para identificar los personajes cada vez que aparecían en escena y se habían desvanecido de su memoria.

He leído más de una de las escritas por Raymond Chandler en las que el protagonista es ese intrépido y arrojado Philip Marlowe, que en la pantalla suele adoptar la cara de Humphrey Bogart. No me digan que no es difícil aprenderse el nombre de todas las mujeres atractivas con las que se cruza y que intentan llevárselo al huerto (no se puede ser guapo, oiga). Para compensar, una de esas mujeres suele tener el rostro de Lauren Bacall y eso hace más fácil la identificación, aunque no demasiado, porque llueven personajes durante toda la trama.

No me creo que no hayan leído nunca nada de Conan Doyle y su personaje mundialmente famoso Sherlock Holmes. Yo sí he picado y no acabo de entender el porqué, puesto que me parece un pedante insoportable –y encima drogadicto– y ya me gustaría verle deducir por mi aspecto que yo había estado de compras con mi mujer en Hipercor y que allí habíamos comprado un queso manchego y me había atendido una cajera con acento boliviano. Los ingleses no sólo tuvieron una suerte inmerecida con la Armada Invencible, sino que sorprendentemente todo el mundo parece dispuesto a soportar y admirar lo que produzcan –sea lo que sea– y a establecerlo como mito mundial. Claro que un país que tiene personajes como los beefeaters con una indumentaria tradicional que produce escalofríos (no olviden prestar atención al sombrerito y los zapatos) necesariamente hace que la atención se fije en todo lo suyo.

La novela que acabo de terminar, del escritor Colin Dexter como he dicho al principio, y que es la segunda del mismo autor que leo, me ha desconcertado de manera especial porque al terminar no sólo no sabía quién era el asesino, sino que tampoco estaba muy seguro de quién era el asesinado. De esa inseguridad se ha ocupado el autor a lo largo de su desarrollo dando por finado a quien después aparecía vivito y coleando –alive and kicking en este caso– y el detective Morse elabora a lo largo de la novela una decena de detalladas teorías sobre los acontecimientos y el homicida que usted se traga sin pestañear, y que cada vez que descubre un nuevo hecho es desmontada y vuelta a montar con protagonistas diferentes y cargándole a otro el sambenito. Me he hecho el propósito de releer las últimas 30 páginas cuando tenga un rato, a ver si así me entero del desenlace.

Caray, si hasta me he leído una policiaca escrita por un entrenador de fútbol inglés, de cuyo nombre no puedo acordarme, y que me compré porque se desarrollaba nada menos que en el castillo de Sancti Petri, en Chiclana de la Frontera. Al menos era original y mejor de lo que me esperaba de uno de esos profesionales del fútbol, en cuyos intelectos no confío demasiado.

domingo, 19 de junio de 2016

Fobias

Siento decirlo, pero no soporto las sardinas asadas ni, por supuesto, su olor. Más de una vez he sido el aguafiesta de algún festín, pues aunque no se me ocurre pedirle a nadie que se prive de tan apestoso placer, parece que a los demás participantes les fastidiaba que hubiera alguien que no se sumara. Una explicación podría ser que no soy un entusiasta consumidor de pescado, que la sardina al asarla es pestilente –a muchas personas les gusta, pero no existe el Eau de sardine– y respecto de los establecimientos en que se vende, procuro mantenerme alejado tanto como puedo. No obstante, quiero insistir en que quienes disfrutan del consumo de estas sardinas, sean asadas en barbacoas o en los famosos espetos, cuentan con todo mi respeto, con tal de que la preparación de ese pescado no tenga lugar literalmente bajo mis narices, léase en la terraza o jardín del vecino. Quizás por eso, nunca ha sido asunto motivador de conflictos serios y no he sido calificado de sardinófobo.   

Lo saben todos los que me conocen, pero desde siempre me ha disgustado el fútbol como espectáculo a contemplar, que no como deporte a practicar. La explicación que me doy a mí mismo de semejante rechazo es, de una parte, que cuando muy niño –tanto que no podía expresar mi desagrado– mi padre tenía el abono de un palco en el estadio de cierto equipo de primera y allí me llevaba un domingo sí y otro no, aunque cayeran rayos y truenos. Ya de adulto, mi desagrado fue consecuencia de observar el fanatismo desagradable de tantos y no digamos cuando hacia los años 80 del siglo pasado el fútbol comenzó a ser la ocupación permanente de buena parte del cerebro y el tiempo de nuestros ciudadanos. Incluyendo a nuestro actual presidente en funciones, del que es conocida su intelectual pasión por la lectura del diario Marca.

Nunca he comprendido que los torneos futbolísticos lleguen a dominar de tal forma las actividades de la población hasta el punto de perturbar seriamente todas las demás, atropellando derechos de aficionados y no aficionados y hasta absorbiendo los pensamientos de individuos que yo calificaría como de extremadamente inteligentes, pero que cuando se trata del fútbol pierden toda mesura y equilibrio.

Recientemente, un conocido afirmaba orgulloso que él no era de esos que veían películas como Robocop, sintiendo el hombre que quizás eso lo elevaba sobre el común de los mortales, lo que me parecía asombroso viniendo de alguien que presencia y se apasiona ante el espectáculo de partidos de fútbol en los que se juegan una de las muchas copas que hoy se disputan. No lo entendí, porque aunque no soy entusiasta de aquel tipo de películas, me cuesta admitir que sean de un nivel intelectual inferior al de un encuentro de fútbol, en el que uno se encuentra espiritualmente acompañado por el fervor de tanto fanático y descerebrado, con cierta frecuencia violentos, o de pintorescos personajes que se pintan el rostro a la manera de los pieles rojas, pero con los colores de su equipo o como ese tal Manolo el del bombo que quizás no hace daño a nadie, pero que no es un ejemplo de finura racional. 

Conste que sólo unas pocas veces he deseado que caiga una bomba atómica sobre los que en Cibeles o Neptuno intentan destrozar esas fuentes con conjuntos escultóricos para conmemorar un triunfo futbolístico. El caso es que no me importa lo más mínimo lo que otros contemplen y la pasión que pongan, con tal de que el volumen de sus televisores no alteren más de la cuenta mi tranquilidad ni sus gritos y pataleos apasionados me impidan hacer mi vida. En fin, está claro que eso del balompié no es lo mío, pero nunca he sido llamado futbolófobo.

Aunque la mayoría de los españoles parecen ignorarlo o padecen una amnesia selectiva grave, hasta el año 1990 la Organización Mundial de la Salud calificaba a la homosexualidad como una enfermedad o alteración patológica de la conducta sexual, dictamen basado en anteriores estudios médicos y psicológicos. Uno de los mayores insultos que se le podía lanzar a un hombre era dudar de su hombría, pero después de esa fecha y con una velocidad asombrosa para algo que sin duda significa un profundo cambio cultural, la homosexualidad pasó a ser no ya algo a respetar, sino respetable en sí misma. Ser lo que antes llamábamos maricas es ahora un asunto que produce admiración y el que sale del armario despierta un asombro y respeto mayor del que podrían merecer Hernán Cortés o Ramón y Cajal. No es que yo lo diga, es que hasta hay películas en las que el protagonista finge ser homosexual porque con ello aumenta sus probabilidades de triunfo profesional o social.

Reconozco que no soy tan cambiante en criterios como en lo político es Pablo Iglesias, así que sigue sin producirme gran entusiasmo la homosexualidad, aunque lo mismo que en los años 80 había uno de ellos entre mi pandilla y que los he tenido como compañeros de trabajo, sin que yo les dispensara el menor desprecio o desagrado, debo admitir que llevo mal ese empeño en permanecer día tras día, por un motivo u otro, en la primera página de los diarios y que me desagradan profundamente las efusiones de parejas en público y no lo oculto aunque tampoco lo manifieste gratuitamente, ya lo he dejado claro en entradas anteriores de este blog y siento señalarlo: aunque la OMS haya cambiado de criterio sin más explicaciones científicas –la decisión se tomó en una asamblea general–, los 26 años transcurridos desde entonces no bastan para que yo vea como recomendable lo que antes era propio de enfermos. Otra cosa es que acepte que se agreda a los homosexuales por el hecho de serlo, las preferencias personales no pueden ni deben expresarse mediante violencia.

Supongo que, ya lo imaginan, soy por todo lo que antecede merecedor del calificativo de homófobo y por lo tanto de una severa condena social, pese a que hasta hace menos de un año en el DRAE se definiera la homofobia como «Aversión obsesiva hacia las personas homosexuales», pero hace sólo unos pocos meses, seguramente sometida a la presión del lobby, la Real Academia ha eliminado el adjetivo «obsesiva» de la definición, así que puede aplicárseme sin problema porque ya se sabe, hay que ser entusiasta de la homosexualidad o le llueven a uno las tortas. Amén.

martes, 31 de mayo de 2016

San Martín y el mendigo

Pobres y rumbosos
Hay un cuadro de El Greco no muy conocido en España porque, ignoro cómo, ha ido a parar a los EE.UU., y en el que puede verse a un caballero con rica armadura y montado en un imponente caballo blanco, en el momento en el que, cumpliendo lo que la leyenda cuenta, le cede a un mendigo la mitad de su capa.

Escribo esto porque viene a cuento de lo que estos días viene sucediendo en nuestro entorno. Qué digo, no estos días sino meses llevamos hablando de los archifamosos refugiados y de la necesidad de acoger a todos los que sea necesario, faltaría más. Hacemos honor a esa historia del hidalgo que no tiene para comer, pero que se reparte unas migajas por su barba para aparentar abundancia y alegre descuido. Y cito lo del hidalgo porque eso me parece la hazaña de importar pobres, cuando si de algo estamos sobrados es de menesterosos y si acaso son muchos los españoles que deberían ser acogidos en otros países europeos más afortunados.  

El pasado 24 de mayo por la tarde tuve la ocurrencia de leer la versión digital de El País y pude maravillarme al ver compartir portada del periódico a la noticia sobre el penoso número de personas necesitadas en España o al borde de la pobreza, junto con otra noticia (pinchando en la imagen lo verá mejor) que hablaba de la llegada ese mismo día y siguientes de los ansiados refugiados. Si no fuera porque en este país reside el mayor número de desquiciados por metro cuadrado, todos los que vean esa portada deberían reflexionar sobre qué hace un país que no tiene para mantenerse a sí mismo, acogiendo a quienes muchas veces son aventureros que simplemente desean establecerse en Europa, bastantes de esas veces desertores que hasta el día antes han estado participando o alentando esa violencia de la que dicen huir, como le sucedió al personaje de la zancadilla en Hungría que con su familia fue acogido de urgencia en Getafe y que el día antes de su huída tenía un perfil de Internet en su país de origen que dejaba clara su pertenencia a Al Nusra, la franquicia de Al Qaeda en Siria.

Junto a la noticia de que un 28,6% de los españoles están en riesgo de pobreza, otro titular se pregunta ¿cuántas familias no pueden comer carne o calentar la casa? Parece que la respuesta no importa, cuando a su derecha se incluye la noticia con fotografía de la llegada a España de un nuevo contingente de refugiados. Según he leído, son multitud los españoles que se ofrecen a acoger a algunos de esos refugiados  ̶ ¿por cuánto tiempo?, ¿les proporcionarán trabajo o los costearán indefinidamente? ̶  pero mucho me temo que quienes claman por la venida de refugiados son, de un lado quienes en su ignorancia creen que el Estado puede fabricar cuanto dinero desee y de otro lado quienes perteneciendo al restante 71,4% no tienen problemas para llegar a fin de mes.

Sean quienes sean, la sensación que transmiten es de absoluta indiferencia por los necesitados que ya residen aquí y un apasionado amor por los pobres de importación. Dese un paseo por las calles y no hace falta que se lo diga, podrá ver pobres y necesitados en cantidad suficiente como para satisfacer su deseo de practicar la cristiana virtud de la caridad.

En cualquier caso, está claro que quienes desean compartir su capa con los pobres, al igual que San Martín, no caen en la cuenta o les da lo mismo que la capa que comparten no les pertenece, puesto que si los recursos económicos para la atención a los refugiados son extraídos, naturalmente, de los fondos estatales, autonómicos o municipales, están disponiendo del dinero que nos pertenece a todos, entre los que  ̶ puedo asegurarlo ̶  hay muchos, bastantes, que están ̶ estamos ̶  en contra de ese arrojarnos migas en las barbas cuando no tenemos ni para pan; aunque nos obligue Angela Merkel, que para algo es hija de un pastor protestante.

Lamento tener que decirlo tan claro, pero cuando jóvenes que conozco tienen que trabajar 8 horas por la noche y hasta el amanecer, en un trabajo conseguido a través de la ETT Adecco, y el salario que perciben es de nada menos que 6 euros la hora, me dan ganas de abofetear a todos los integrantes de esas ONG consagradas a los menesterosos de los que estoy hablando y lo mismo para todos los que irreflexivamente las apoyan. Es bueno y justo practicar la compasión y la caridad cuando podemos permitirnos privarnos siquiera de una moneda, pero es un disparate hacerlo cuando las monedas que tenemos no dan ni para cubrir las necesidades básicas propias.

Sin contar con que es posible que algunos si no todos esos refugiados, apenas vean el panorama local salgan corriendo hacia Alemania o Suecia como ya han hecho aquellos acogidos por el ayuntamiento de Valladolid, que desaparecieron sin explicaciones. Parece que soy yo el que inventó el refrán que dice «la caridad bien entendida, empieza por uno mismo» y parece que soy de los pocos que ven claramente que los refugiados  ̶no precisamente sirios, sino de muchos países ̶  sólo quieren ser acogidos en aquellos dos países que nombraba antes, porque con ese fin han invertido su tiempo y dinero. 

Por cierto: puede ser casualidad, pero la portada de El País cambió de inmediato a otras noticias, duró apenas un rato. Casualidades, como lo es que no haya conseguido ver en portada de ninguno de los grandes diarios referencia a la fianza de 1,2 millones que el juez ha pedido al PP para no embargar su sede central. Que el partido más votado, como tal partido, esté encausado por numerosos delitos económicos, no parece ser noticiable.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Cambalache

Allá por los años 30 del siglo pasado se hizo popular  ̶ todavía hoy se oye de vez en cuando ̶  un tango bautizado como Cambalache, donde el autor se lamentaba de la maldad reinante en la sociedad de ese siglo, del que entonces apenas había transcurrido un tercio. Y le faltaba presenciar esa infamia que fue la Guerra Civil Española seguida de la 2ª Guerra Mundial y tantos otros desastres, sin embargo el autor ignoraba que el siglo XX iba a vivir más adelante, tras esa guerra, los que quizás hayan sido los años más esperanzadores en la historia europea.

Fue la época en que todos íbamos a más porque así lo demandaba la sociedad y las conquistas sociales eran incuestionables, aunque en la España de la dictadura llegáramos tarde a ese bienestar y a las libertades que ya disfrutaban en otros países. No hemos sido nunca un país con buena suerte, siempre llegamos tarde y mal a los avances y ésta vez no fue una excepción. Aun así, enloquecimos de placer y todos nos lanzamos a comprar y a consumir como si el mundo se fuera a acabar al día siguiente. Todos queríamos nuestra vivienda en propiedad, algo que en países más ricos no tenían, y por descontado queríamos todo lo que el bienestar podía proporcionar; nos entrampamos hasta las cejas y hasta cierto punto era lógico, dejábamos atrás siglos de privaciones, porque los españoles no vivimos con un mínimo acomodo ni siquiera en tiempos del imperio, más bien lo contrario, porque el dinero que venía de América se gastaba en guerras de religión; a nuestros reyes nunca les hemos importado demasiado y les preocupaba mucho más que los holandeses fueran a misa. El caso es que aunque bastantes quedaron fuera de aquella época de bienestar, fueron muchos los que se lanzaron a la compra del piso, del coche confortable y en bastantes casos hasta del apartamento o la casita en la playa.

Ha durado poco la ensoñación y hace años que ya no vamos a más, poco a poco se instaura un régimen casi feudal y el objetivo es que los ricos lo sean cada vez más, los demás vayan volviéndose cada vez menos afortunados y la inseguridad sea la característica dominante en sus vidas. No tengo ganas de buscar la fecha exacta, pero hace ya años que en este mismo blog publiqué una entrada en la que sostenía que, a mi juicio, el nombre de crisis aplicado a lo que estábamos viviendo no era lo más apropiado y que yo lo presentía más como un cambio de régimen, la involución hacia un sistema feudal actualizado donde los ricos serán cada día muchísimo más ricos y los demás irán hundiéndose en un empobrecimiento del que no saldrán.

No me he equivocado mucho y los frutos están a la vista; el paro alcanza cifras inimaginables y  ̶ por más que el señor Rajoy esté orgulloso de sus logros ̶  seguimos estando a la cabeza de Europa en lo que a desempleo se refiere. A poco que miremos, veremos que la cosa es aún peor, que el paro juvenil supera el 50% y que en capitales de Andalucía alcanza hasta el 70%. Un futuro prometedor e ilusionante.

Yo miro alrededor y la verdad es que me deprime comprobar que las esperanza de remontar son escasas, porque Europa está mejor que nosotros, pero no mucho mejor y estoy convencido de que tras el entusiasmo por la venida de refugiados e inmigrantes de todos los pelajes, subyace el interés de quienes nos gobiernan de tirar abajo salarios y que tengamos que competir con esos venidos de fuera por ganar lo que nos dé apenas para comer y poco más. Ya hace tiempo que han florecido los contratos no ya temporales, sino por horas. Es normal contratar a alguien por unas horas y si tiene trabajo para más días debe firmar un nuevo contrato para cada jornada, los empresarios no están dispuestos a que nadie se les quede enganchado en esa maldición  ̶ para ellos ̶  que recibe el nombre de contrato indefinido. Y esos contratos por días u horas ofrecen salarios que hace 10 años habría despreciado el más desesperado; a la mala situación no es ajeno que las máquinas que iban a quitarnos trabajo nos han quitado EL trabajo.

Excepto los inamovibles siete millones de votantes de cierto partido, todos éramos conscientes de que la situación es horrible y con escasos visos de mejorar, pero hasta ahora quienes mandan disimulaban insistiendo en que cada día había más trabajo y que la olla con monedas de oro estaba ya casi al alcance de nuestras manos.

Pero a los poderosos no les parecía bien que la gente tuviera esperanzas y por eso, uno de sus principales representantes, ese presidente de la CEOE de aspecto prepotente y nombre Juan Rosell, ha querido dejarlo claro, quizás para divertirse observando la agonía del populacho. Estoy hablando del Rosell consejero de Gas Natural ̶ como hasta hace poco lo fue el desvergonzado Felipe González ̶  al que han subido su salario un 64% el pasado febrero. Ha dicho que «el trabajo fijo y seguro es cosa del siglo XIX», así, a las claras, para que no perdamos el tiempo soñando con lo que no vamos a tener. Y que no olvidemos que no somos iguales en derechos, que vivimos en realidades diferentes.

Creo que hace treinta o más años este rufián habría ido a la cárcel por terrorismo social, pero como ahora los que mandan están envalentonados y disfrutan quitándose las caretas que a duras penas mantuvieron durante años, ese personaje permanece impune y seguro de que él pertenecerá a los nuevos señores feudales. De un plumazo ha hecho como que el siglo XX no ha existido y ha saltado del siglo XIX al XXI, no por ignorante  ̶ que lo es ̶ , sino porque en su fervor y sensación de poder sabe que hasta puede cargarse un siglo sin que le pase nada ni le digan nada. No tendremos la suerte de que pronto vaya a acompañar a su antecesor en el cargo, ese que está entre rejas.

El tango que cité al principio afirmaba que «el siglo XX es un derroche de maldad insolente», ¿y qué les parece el siglo XXI?

martes, 17 de mayo de 2016

Qué será, será

Mirando al futuro con desazón
Que sera, sera,
Whatever will be, will be
The future's not ours, to see
Que sera, sera
What will be, will be

Todos esperamos en el fondo de nuestros corazones que en las próximas elecciones del 26 de junio las cosas cambien, en un sentido o en otro, porque nuestro vecino y el de enfrente cambiarán su voto. Nosotros no, por supuesto.

Hemos asistido al espectáculo de un PP y su candidato Rajoy empeñados en gritar a los cuatro vientos que ellos ganaron las elecciones, como si las elecciones se ganaran como se gana eso de los concursos: uno gana y todos los demás pierden. De ahí el uso de esa expresión, tan querida para ellos, de coalición de perdedores refiriéndose a quienes intentan formar gobierno, olvidando  que en un sistema parlamentario lo que importa es quienes consiguen suficientes apoyos en el Parlamento y esos son los que ganan. Por lo tanto y sin duda alguna, el PP ha ganado con la misma rotundidad con que ha ganado el Partido Animalista, nada de nada. Lo único que han ganado es la certeza de que hagan lo que hagan ahí tienen a más de 7 millones de súbditos fieles. En ningún momento han parecido percibir que nadie quiere arrimarse a Rajoy, porque es lo mismo que arrimarse a un apestado. Nadie quiere pactar con él, pero eso no impide que el muy lerdo insista una y otra vez en aquello que tanto desea de la gran coalición al modo de Alemania, como si las circunstancias fueran mínimamente parecidas.

Éramos muchos los que esperábamos que el voto a Podemos fuera un voto a la izquierda, pero la realidad ha tirado abajo esa esperanza porque lo que Podemos pretende es ser el abanderado y valedor de toda la izquierda, sin olvidar su cacareada transversalidad, que nadie sabe muy bien qué significa en la práctica. Si no gana a todos los otros partidos progresistas, lo que espera es engullirlos, de ahí las actuales negociaciones con el infeliz candidato de IU que, si llegan a buen –desastroso– fin, significarán la desaparición de Izquierda Unida y de todo lo que en años pasados han ido luchando, bien es cierto que no siempre con éxito, pero currículum tienen.

Por descontado que las motivaciones nunca son sencillas y siempre están compuestas por una mezcla de propósitos, pero creo que tanto Rivera como Sánchez fueron conscientes desde el primer momento de que ellos no habían ganado y en consecuencia había que renunciar a sus respectivos programas máximos al formar coalición. Me desagrada que un partido de izquierdas –con todas las dudas que ese apelativo pueda sugerir en este caso– como el PSOE se vea obligado a desistir de objetivos que se habían fijado inicialmente, pero es lo que hay cuando una propuesta no consigue suficiente apoyo. Quizás Pedro Sánchez se equivocó pensando que Pablo Iglesias se uniría a esta coalición, si no, cuesta entender qué se proponía.

El PSOE está pasando por uno de los peores momentos de su historia y a eso no es ajeno el canibalismo de alguno de sus dirigentes, atento más que nada a caer sobre el probable derrotado poniendo en práctica aquello de quítate tú para ponerme yo. Guste o no, el actual secretario general resulta ser el mejor que han podido encontrar y por lo tanto sobra ese acoso de Susana Díaz que, encandilada por sus aduladores y en estado de levitación, no comprende que su lugar no puede ser el de cabeza de ese partido y aspirante por tanto a la presidencia del gobierno de la nación. Ella no debe sobrepasar su ámbito actual, porque no da para más, por mucha que sea su astucia o socarronería.

De Pablo Iglesias, tengo que decir que nunca me entusiasmó porque es mucho su parecido con un charlatán de feria y posee un ego que podría compararse con el del felizmente casi desaparecido Aznar. No quiere comprender que sus propuestas oscilantes no encuentran su mejor equilibrio con el empeño actual de brindar el derecho a la independencia a Cataluña o el País Vasco. Eso sin duda le dará muchos votos en esos territorios, pero al tiempo le hará perder en el resto de España donde, sensatamente, se piensa que dividir no supone una mejora para nadie. Andar con propuestas inviables o hacerse el abanderado de esa pamplina de que España es una nación de naciones no va a ser un buen negocio, sobre todo ahora, cuando los independentistas vascos están en horas bajas y los catalanes (excepto Anna Gabriel) van recuperando el seny que siempre se les supuso. España no es Yugoslavia ni debe empeñarse en serlo y seguir ese camino sólo puede conducir al desastre. Por supuesto que cada parte de España tiene sus peculiaridades, pero ¿piensan que son iguales un natural de Texas y otro de New Hampshire?, ¿son iguales uno de la Picardía y otro del Languedoc?, ¿uno de Huelva y otro de Almería?, ¿han arreglado sus problemas los habitantes de Sudán por dividir el país en dos?

A comienzos de enero ya dije en una entrada de este blog que a mi entender íbamos hacia unas nuevas elecciones, no porque yo posea la clarividencia o una bola de cristal, sino porque desde el primer momento la cosa pintaba tan mal que no se veía otro resultado que el sobrevenido.

Y no es que eso vaya a arreglar nada, puesto que si, como está previsto, la mayoría de los votantes se mantiene en sus trece, no habrá grandes cambios en los resultados y por tanto nos veremos de nuevo en la misma situación, salvo que los partidos aborden las negociaciones con otro espíritu, algo difícil pues por sus declaraciones parece que, al igual que los votantes no cambian el sentido de su voto, los partidos también continuarán encastillados en sus postulados. Aquí no soy capaz de predicción alguna, porque ignoro quién tiene que decidir qué hacer ni cómo puede buscarse una salida a este laberinto cuando volvamos a quedar bloqueados. Hay que tener muy presente que hay más de 7 millones de votantes que no se moverán porque son inasequibles al desaliento. El único movimiento importante es la posible coalición del PP con Ciudadanos, aunque no será tan fácil porque eso también supondría la muerte del partido de Rivera. No sé, como no nos adelante algo el tal Rappel…

lunes, 9 de mayo de 2016

Paraísos fiscales

Aunque hace años que la expresión del título ya nos era familiar, hay que admitir que llevamos una temporada en que nos levantamos y nos acostamos con ella, así nos bombardean desde la televisión y prensa, dándonos cada día un nuevo nombre que añadir a los canallas anteriores gracias a a los cuales los impuestos en España no son ni de lejos lo que debieran y son soportados en su mayor parte por los asalariados, que somos perseguidos por Hacienda si se nos olvida decir que ganamos 43 euros con la venta de una bicicleta vieja. Ya sabe aquello recientemente enunciado de que Hacienda somos todos, según y cómo.

A fin de cuentas, ¿qué es un paraíso fiscal?

Pues para empezar es la expresión de la ignorancia de un traductor indocumentado. Resulta que en inglés, que es como se inventó la expresión, la cosa se dice haven tax, que literalmente significa lo que es, un «refugio fiscal», pero llegó ese torpe al que me refería y confundió haven (refugio) con heaven (cielo, paraíso) y de ahí vino la actual denominación española, otro fruto más de una torpeza periodística o del listillo de turno.

Lo llamemos como lo llamemos, se trata de un país o territorio donde escasean las riquezas más o menos naturales, pero para compensar, abundan los que están dispuestos a sacar provecho de lo que sea, sin muchos escrúpulos absurdos que no llevan ninguna parte. Entonces, con la aquiescencia y complacencia de los países donde se mueve la pasta, deciden legislar una serie de beneficios fiscales que vuelve atractivo el lugar para los sinvergüenzas, porque resulta que el dinero depositado allí casi no tributa y lo mismo las empresas que tienen allí su domicilio fiscal. Al mismo tiempo y debido a sus delicados sentimientos y pudor social, se encubre hasta donde sea posible el nombre real de los propietarios o titulares de esos bienes. El resultado es que esos tímidos acaudalados corren con sus bienes para depositarlos en esos refugios paradisíacos y quedan listos para padecer a continuación una grave amnesia que les impide recordar lo que han hecho, permitiéndoles declarar con toda la sinceridad del mundo que ellos no tienen nada que ver con toda esa golfería; estamos refiriéndonos a especímenes que pueden ser desde pertenecientes a la familia real a protagonistas de un serial  televisivo de éxito; desde cantantes a deportistas de fama; todos juegan al bonito juego del fraude fiscal.

Hay decenas de estos paraísos, pero los españoles tienen sus preferencias que según creo son Delaware (USA) –donde el Banco de Santander y más de 400 compañías españolas se complacen en acomodarse–, Luxemburgo, Irlanda (aunque estos países insisten en que no son lo que son), Andorra, Suiza, Gibraltar, Jersey, Islas Vírgenes, Isla de Man, Islas Caimán, Bahamas, Panamá, etc. Como datos ilustrativos, solamente en Delaware hay más de 200.000 empresas radicadas (y ese estado tiene como superficie menos de un tercio de la provincia de Cáceres) y Gibraltar supera las 80.000 empresas pese a que cuenta con menos de 29.000 habitantes y su superficie habitable es de chiste. Gente emprendedora, de casta les viene.

Miremos por ejemplo Panamá, ¿cómo es que ha llegado a esta situación? Pues resulta que ese país es fruto de una historia convulsa sobrevolada por Inglaterra y sobre todo por los EE.UU., que de siempre estuvieron interesados en su independencia de Colombia (1903) porque eso facilitaba su intervención. Su riqueza estaba constituida casi en su totalidad por el Canal, que hasta el 31 de diciembre de 1999 fue propiedad de EE.UU., así que se encontraba en condiciones inmejorables para buscarse la vida transformándose en paraíso fiscal o centro financiero internacional, que es como les gusta a piratas como estos titularse. Y lo de pirata viene bien teniendo en cuenta que Panamá posee teóricamente una de las mayores flotas del mundo, si atendemos a quienes por conveniencia abanderan allí sus barcos.

Cuesta creer que un estado de EE.UU. (Delaware) o países miembros de la UE (Irlanda, Luxemburgo) sean territorios que se dedican a hacer trampas a quienes teóricamente son sus aliados o colegas en alguna entidad supranacional, pretendidamente compuesta por socios que actúan entre ellos con un mínimo fair play. Bueno, creo que no hace falta ser linces para darse cuenta de que, de una parte, hablamos de países o territorios que están protegidos por alguna poderosa nación y además, ¿hay que añadir que los que pueden evitar su existencia están directamente interesados en que sigan con su labor asistencial?

Pues nada, sigamos atendiendo las noticias para ir descubriendo que los únicos pardillos que no tenemos dinero en un paraíso somos los que no tenemos dinero en ninguna parte o los que todavía no se han enterado de qué va la cosa. Sin olvidar nunca que los mayores sinvergüenzas no son estos paraísos o refugios, sino quienes deberían eliminarlos y no lo hacen y quienes llevan allí su dinero estafando a sus conciudadanos.

viernes, 29 de abril de 2016

Libertad de expresión, libertad de prensa

Circulaba un chascarrillo durante el franquismo que afirmaba que en España había libertad de prensa porque uno podía comprar el ABC, o El Alcázar, o el YA, o el Pueblo, o La Vanguardia Española, o el Arriba, o cualquier otro de los que se publicaban. Quienes hacían el chiste eran plenamente conscientes de que la libertad de prensa no consistía en eso y se trataba precisamente de una burla sobre esa libertad tan ausente.

Me sería imposible hacer un relato exhaustivo de en qué consistían los periódicos de entonces, porque mi memoria no da para tanto, pero era cosa aceptada que todos éramos conscientes de esa falta de libertad y teníamos interiorizado el miedo a cualquier salida de tono de la prensa, que alguna hubo. Hay dos cosas que recuerdo perfectamente: el día en que leí acerca de un accidente ferroviario y otro posterior en que la prensa criticaba la existencia de demasiados baches en las calles de Madrid; temí que fueran a encarcelar a los autores de los textos. Por mucho que cueste creerlo ahora, eran dos tipos de asuntos que estaban totalmente prohibido publicar y fue precisamente una manifestación de que el régimen andaba aflojando ligeramente las riendas –ya en eso que llaman tardofranquismo– al permitir la publicación de noticias de ese tipo, creo que a finales de los 60. Con anterioridad y como ejemplo, de un accidente ferroviario muy grave –entre 200 y 500 muertos– que tuvo lugar en la provincia de León en 1944 apenas supieron los españoles sino por los rumores que se extendieron mediante el boca a boca. El régimen contó poco sobre el asunto, cuando no tuvo más remedio, y los muertos eran muchos menos, no más de 75.

Pero murió el dictador –en la cama, ya saben– y lentamente pudimos ir diciendo lo que nos apetecía, aunque la gran prioridad fue sacar en tetas a todas las figuras femeninas del cine nacional. Lo primero es lo primero.

Pero la felicidad no existe y hace años que empezó a invadirnos una grave epidemia de «corrección política» y se acabó la libertad de expresión, los periódicos tuvieron serios problemas financieros y cayeron en manos de quienes nunca deberían poseer capacidad de mando sobre un periódico. Ahí tienen el ejemplo de El País; empezó como una empresa ilusionante, al mismo tiempo que la democracia –en estos días se cumplen 40 años de su fundación–, y como prueba de esa ilusión eran accionistas fundadores personajes tan dispares como Ramón Tamames, Julián Marías o Manuel Fraga. No era un periódico de izquierdas, como muchos creían, pero sí era un periódico libre, y llevarlo bajo el brazo identificaba a su portador como persona de ideas progresistas. Durante bastante tiempo, en países como Brasil e incluso otros de habla hispana, se utilizaba para la enseñanza del español. Actualmente es propiedad de eso que ha dado en llamarse «fondos buitre» y su línea editorial oscila entre los puros intereses de sus propietarios y la derechona más repugnante; lo compran y leen quienes detestaban su línea original y han desaparecido de su plantilla señalados periodistas por mantenerse fieles a sus principios. En su versión digital permite que los lectores incluyan comentarios en la mayoría de las noticias, pero esos comentarios, además de cumplir –lógicamente– unas normas éticas y legales, deben pasar por el filtro no declarado del censor, lo que asegura que nada parecido a un comentario que les moleste va a ser publicado. Por descontado, no se permite crítica a las numerosísimas faltas gramaticales que el texto contiene habitualmente, fruto de la escasa preparación de los actuales periodistas, de ordinario sometidos a contratos precarios, mal pagados, y por tanto de escasa profesionalidad.

Juan Luis Cebrián presidente de Prisa, la matriz de El País, anda ahora utilizando a este periódico para perseguir a sus enemigos personales o los despide de empresas del grupo como la SER, en pura represalia por publicar su conexión con los papeles de Panamá. El País es ahora la viva representación de aquello contra lo que luchaba al nacer: la arbitrariedad y la opacidad.

¿La libertad de expresión? Ya no nos queda casi nada de eso, las leyes promulgadas por el PP, las nuevas líneas editoriales y, sobre todo, la autocensura, han hecho que numerosas expresiones queden excluídas y numerosos vocablos hayan desaparecido del repertorio de uso habitual y hasta vetados en los medios, todo español es ahora un censor en potencia.

Recuerdo que una de las sevillanas clásicas más conocidas empezaban «me casé con un enano, salerito, por hartarme de reír»; hoy, su autor iría a prisión y por supuesto que la sevillana ha dejado de oírse y pasado a la clandestinidad. Puedo asegurarles que los enanos, cuando esta sevillana era popular, no sufrían especialmente al oírla, como no sufrían los que se ganaban la vida trabajando precisamente gracias a su corta estatura, trabajos que curiosamente ahora están prohibidos por considerarse humillantes; parece que es menos humillante no encontrar trabajo para ganarse la vida. Por supuesto que aquella canción suena ahora hiriente, pero entonces no teníamos la piel tan fina y las preocupaciones de la gente giraban en torno de asuntos más serios.      

martes, 19 de abril de 2016

No es culpa de Zapatero, sino de la RAE

Leí el otro día algo que me impactó y al tiempo me hizo ver con claridad la razón de la decadencia de nuestro país, incluidas regiones díscolas con arrebatadora y diferenciada personalidad. Se trataba de una regla establecida por la RAE a comienzos del siglo XX –creo recordar que sobre 1911, aunque esa laxitud venía de más antiguo– que liberaba a los españoles de todo esfuerzo por pronunciar de manera diferenciada la «v» y la «b», la «ll» y la «y» (cuando actúa como semiconsonante, claro). Alguien me asegura que ahora también se permite pronunciar estremo por extremo, esigente por exigente, escusa por excusa, etc. etc. Horrible.

De ser así, ya veo todo con claridad y percibo que la decadencia de España no sobrevino con lo del 98 –ya saben, Cuba, Puerto Rico, Filipinas y todo eso– sino con la infiltración en la RAE de agentes de alguna potencia tradicionalmente enemiga –¿la pérfida Albión?– deseosa de acabar con nuestras capacidades alentando y fomentando la ignorancia y la pereza mental desde el mismo momento en que nuestros infantes comienzan a dar sus primeros pasos. Porque no se trata de otra cosa al desaparecer de nuestra lengua pronunciaciones que facilitaban escribir sin faltas de ortografía y hablar pensando en cómo pronunciamos, no farfullando un extraño ruido con el que en la actualidad nos entendemos –mal– los unos con los otros.

Con frecuencia se oye hablar elogiosamente del idioma alemán por su complejidad y porque sin duda esa complejidad favorece el desarrollo de la mente y por lo tanto de la elaboración de ideas. Un conocido profesor de inglés de radio y televisión se queja con frecuencia de la inexistencia de diferencias fonéticas que en inglés sí existen y que aquí se extinguen, y pone como ejemplo la cantidad de personas que dicen «tasi» para detener alguno de esos vehículos de alquiler con conductor, o Estremadura para referirse a la cuna de casi todos los conquistadores. Si usted lee habitualmente diarios en formato papel o digital, podrá encontrar que en numerosas ocasiones el que redacta inserta un escusa por excusa, pero por extraña compensación escriben frecuentemente exclavo por esclavo.

Muchos citan a García Márquez y otros escritores, partidarios acérrimos de eliminar esas diferencias cargándose directamente la consonante cuyo sonido no se respeta, y también hay quienes son partidarios de eliminar totalmente los signos de puntuación. Me he leído toda la obra conocida del colombiano y muchas de autores hispanoaméricanos en general, pero me pregunto en qué extraño dialecto habrían escrito si aquellas propuestas se hubieran incluido dos siglos antes. Parece mentira que tan buenos escritores caigan en tales simplezas, pues un idioma culto no lo es por casualidad ni es fruto de reciente invención como el klingon (¿les suena?), los idiomas latinos como su nombre indica tienen su origen en el latín y su desarrollo ha tenido lugar en buena parte en los monasterios, por supuesto que manteniendo el oído atento a lo que el pueblo decía. Por suerte, en aquel entonces no existía en el monasterio de Yuso nada parecido a la televisión.

Estaba muy extendida la convicción de que las personas de Valladolid mantenían una pronunciación correcta del castellano y por lo tanto decían «Valencia» y no «Balencia», «lluvia» y no «yubia». La verdad es que yo no conozco ninguna de aquella zona o cualquiera otra que pronuncie bien, excepto cierta aragonesa amiga mía que habla impecablemente y también los hablantes de portugués, que no han caído en nuestra desgana fonética y distinguen muy señaladamente al pronunciar las consonantes.

En fin, aunque tengo la certeza de que la decadencia del castellano es atribuida por algunos a la presidencia de Rodríguez Zapatero al igual que se le atribuye la pérdida de Cuba, estoy en condiciones de asegurar que no es suya la responsabilidad; pese a quien pese. La responsabilidad es de quienes pronuncian mal y son indiferentes a estos males, porque lo fundamental es ahorrar el tremendo esfuerzo que supone una consonante labiodental.

lunes, 11 de abril de 2016

Todo cambia

Si no me equivoco, era un tal Heráclito el que afirmaba que todo cambia y nada permanece y si no él mismo algún colega suyo decía eso otro de que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río. Vi anoche por segunda vez –la primera debió ser hace unos cien años– la película Apocalypse Now Redux, que es más o menos como la primera que vi, pero con media hora más (¿Redux?), por ser montaje del director. Ya se sabe que los directores son unos personajes insatisfechos con el montaje de sus películas y apenas les dejan hacen una versión mucho más larga. Demasiado, más de dos horas y media me parece excesivo para exponer lo que parecía la idea que quería plasmar.

Tengo una vaga idea de que cuando la vi por primera vez me dejó en un estado bastante confuso, no entendía muy bien el final, salvo ese sabor residual a pesadilla. Es en esta película donde dicen eso de que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río justificándolo por el fluir de las aguas. Yo diría que también porque en cada instante cambiamos de cuerpo, aunque sea mínimamente, y por supuesto que de mente. Sin ir más lejos, yo me he bañado de joven en ríos en los que ahora no metería un pie, ni aunque me pagaran.

El caso es que me ha dejado casi tan perplejo como la primera vez y necesitaría que alguien verdaderamente experto en cine me explicara qué es lo que ha querido decir el señor Coppola, aparte de lo evidente: que las guerras no son ni mucho menos un lugar para pasarlo bien, como más o menos manifestaba en la prensa hace unos días una miss italiana, que aseguraba que le hubiera gustado vivir cuando la segunda guerra mundial. Eso sí que son emociones fuertes. No recuerdo si la moza estaba de buen ver, pero evidentemente si su cerebro fuera hilo de seda no daría ni para tejer los calzoncillos de un jilguero.

Todo cambia. Ya que hablo de cine, voy a aprovechar para poner aquí algo que no he oído decir a nadie, una pamplina, aunque está claro que todo el mundo lo ve y a nadie se le ocurre señalarlo. Me refiero a que antes, cuando empezaba la proyección de una película, salía rugiendo ese león de la Metro, o los focos futuristas de la 20th Century, o la montaña de Paramount, el cachas del gong o lo que fuera y de inmediato empezaban a aparecer los nombres de los actores. Ahora no; ahora usted no se libra de que aparezcan las ingeniosas presentaciones de al menos media docena de productoras y entran ganas de decir como los niños en los viajes ¿cuánto falta?, ¿cuánto falta? Parece que actualmente las películas son tan caras que para financiarlas hacen falta esa cantidad de participantes económicos, y total, para hacer un remake de un remake o algo basado en un tebeo.

Algo parecido ocurre con los discos. Antes un disco era de tal o cual sello; esta tarde casualmente he estado mirando uno de una cantante que en tiempos admiraba y por detrás, en el lugar reservado al editor, había nada menos que cinco: primero, tenía un círculo y en su interior un sol y escrito Chinese Dragon Music, al lado una flor de lis como logo de otra editora, después un círculo en el que estaban inscritos los signos de apertura y cierre de exclamación (el primero es ése que nadie usa ahora en español), tras eso otro círculo encerrando las letras gp y finalmente lo único que me resultaba conocido, la marca Verve inscrita en un círculo.

De verdad señor Coppola: está bien lo del Apocalypse, pero me gustaron más las de El Padrino, I, II y hasta la denostada III.

viernes, 1 de abril de 2016

¿Por qué?

¿Por qué las modelos de pasarela tienen siempre caras de estar cabreadas?, ¿de verdad creen que eso les otorga más atractivo o es debido al hambre que pasan para estar tan esqueléticas? He leído en la prensa una explicación que parece verosímil: ellas son escogidas y lanzadas a la fama por personas a las que no les gustan las mujeres, ¿lo cogen?

¿Por qué quienes en España cruzan por un paso de cebra lo hacen con la parsimonia de quienes pasean por el parque y a veces con un aire desafiante? Ya les dejaba hacerlo así por un paso de cebra en Roma o París, por citar sólo un par de ciudades donde se les echarían encima, y me parecería muy bien. Yo, al cruzar andando acelero mi paso como cortesía hacia el conductor que espera. Porque también soy conductor.

¿Por qué ese juego de mesa tan antiguo –ahora un poco abandonado porque con tanto especulador es como nombrar la soga en casa del ahorcado– que se llamó durante 30 ó 40 años El Palé, pasó a llamarse Monopoly, pronunciado y acentuado como si fuera español? No vale salir con aquello de que es su nombre original, haberse acordado antes.

¿Por qué la natación sincronizada ha pasado del estilo suave y armonioso de Esther Williams al actual de convulsiones espasmódicas? Resultaba relajante ver los movimientos sincronizados de las nadadoras; ahora, al menos a mí, me resulta crispante y desagradable y temo que enmascare un ataque epiléptico.

¿Por qué han desaparecido aquellos escobones de los barrenderos y se han sustituido por esos escandalosos sopladores que montan un ruido insoportable y producen una polvareda que ensucia todo y afecta a las personas con dolencias respiratorias? Usted va por la calle y se encuentra de repente con los operarios de estos artefactos y no puede evitar que le dejen los pulmones para el arrastre.

¿Por qué los españoles han abrazado con pasión esa costumbre americana de poner los títulos de canciones, libros, películas, etc. con mayúscula en la primera letra de cada palabra? En España nunca se hizo así y no hay necesidad de cambiar, es fastidioso ese afán de copiarlo todo.

¿Por qué se permite que haya coches con la bola trasera para remolques sin más protección en el mejor de los casos que una bola de tenis vieja como funda? Son el terror de los parachoques ajenos. Sé de alguien que la puso, sin usar nunca remolque, según él para protegerse de los que aparcan «de oído». Si a eso le unimos que actualmente los parachoques o defensas más que tales parecen parabesos

¿Por qué ha desaparecido la palabra barato para que todo lo que no es especialmente caro pase a llamarse low cost, desde unos calzoncillos, a un juguete, un gimnasio o un hotel? Tenemos tantas o más expresiones para designar eso que el inglés, pero no, hay que copiarlo porque parece más mundano y quien lo importó debe pensar que pasará a la posteridad.

¿Por qué muchos nos lanzamos frenéticamente hace tiempo a la compra de bombillas de bajo consumo, regocijándonos con la idea de que íbamos a pagar bastante menos en el recibo, si de inmediato las eléctricas, con el visto bueno del gobierno, han elevado eso que llaman «término fijo» –y lo no fijo, también–, que no es más que un impuesto revolucionario, casi terrorista? Lo que han debido reírse viendo al consumidor hacerse con esas carísimas bombillas pensando que iba a poder ahorrar en la electricidad...

¿Por qué las televisiones escogen como corresponsales –y a veces como presentadores– a las personas menos indicadas para ello por su incultura o dicción? Son con frecuencia analfabetos confesos y en ocasiones especialmente desaconsejados para el trabajo, como le sucede al corresponsal de TVE en Andalucía, que tiene el curioso nombre de Diego Velázquez y aparenta padecer un problema parecido a los pólipos por lo que habla algo gangoso. Otros muchos entonan con un soniquete más propio de tómbola de feria que de un presentador televisivo, ¿quiénes los seleccionan y contratan?, ¿ya no tienen que ser, como antes, personas con estudios y una dicción correcta?

¿Por qué en los calendarios americanos la semana comienza en domingo y termina en sábado si son ellos los que inventaron la expresión weekend para referirse a lo que todo sabemos, incluyendo el domingo, precisamente como final de esas pequeñas vacaciones? (si pinchan en el día que aparece arriba en la columna de la derecha aparecerá el calendario "americano" porque no conseguí el español).

¿Por qué abundando quienes no hacen uso habitual del acento gráfico, también llamado tilde, e incluso despreciando su uso, se empeñan en acentuar el pronombre «ti» contra viento y marea? Sospecho que algo tiene que ver que la palabrita suele pronunciarse con cierto énfasis.