miércoles, 30 de diciembre de 2009

Aparcar como meta

Hace no mucho tiempo leí, no sé dónde, el relato de alguien que visitaba Suecia y acompañaba a un amigo de esa nacionalidad al trabajo. Este amigo solía llegar con mucha antelación a su empresa y allí, en el aparcamiento para empleados, dejaba el coche en el lugar más alejado de la puerta de entrada al edificio. Cuando el amigo español le preguntó el porqué de esa extraña elección de lugar para dejar el coche, el nativo le contestó que así dejaba libres las plazas más próximas a los que llegaban con el tiempo más justo.

Yo, que soy habitualmente respetuoso en esto de aparcar, quedé alucinado con esa lectura y mi inmediata reflexión fue que en España no corríamos ningún riesgo de tropezar con alguien tan considerado. El español es por lo general incívico y ese incivismo se manifiesta con toda crudeza a la hora de dejar su coche estacionado. No hay lugar que merezca el mínimo respeto y solo los obstáculos físicos y el temor a la multa o a la grúa hace que no se aparque en el primer espacio que se ponga a tiro. Gracias a la eficiencia de nuestra policía municipal, no es raro que haya coches en los sitios más increíbles, porque todos tenemos interiorizado que una sanción nos es impuesta porque “ese día estábamos de mala suerte” y no porque “hemos infringido la ley”.

No es raro oír la declaración de algún conductor que lo dice claramente: si él tiene que aparcar y no encuentra lugar por las buenas, está legitimado para aparcar donde sea. Así de claro y rotundo. Yo tenía un amigo que se ufanaba con una sonrisa pícara de que él siempre encontraba hueco; tengo que aclarar que era así porque invariablemente estacionaba en los pasos de cebra.

Supongo que estos ciudadanos legitiman, por la misma regla de tres, que cuando alguien no tenga coche y lo necesite, robe el primero que le resulte atractivo. O que si le falta dinero para salir con los colegas, simplemente desplume a cualquiera que tenga la desgracia de cruzarse en su camino. Ni hablo del que no tenga qué comer.

Con eso, se realiza el alegre traspaso de un problema propio, a quien le toque en ese desafortunado sorteo. El sujeto descansa y es otro el que se encuentra que no puede mover su coche porque está bloqueado o no puede cruzar por el paso de cebra, o…

Puedo asegurarlo, en mi próxima reencarnación quiero ser sueco, o suizo, u holandés; de cualquier país civilizado de veras, donde se entienda y conjugue el verbo "convivir". No quiero ser tan “mediterráneo”, que es a lo que achacaba –disculpándola- esta indisciplina tan nuestra, una lectora de cierto periódico. Yo mejor diría: ese comportamiento tan de cafres, tan nuestro.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Evangelizando marcianos

Antes de nada, explicar el porqué del título. Escribí hace poco una de estas reflexiones a las que soy aficionado, en la que trataba de exponer alguna de las creencias que muchos humanos han abrazado a través de los tiempos, pero haciéndolo tal y como yo lo llevaría a cabo si mi auditorio estuviera compuesto por marcianos, inexpertos por tanto en asuntos terrícolas, pues explicar algo cuando se da por sentado que ya hay conceptos o prejuicios previos sobre el tema en la mente de los que atienden, me parece como hacer una pintura sobre un lienzo que ya tiene una pintura previa, algo por otra parte a lo que al parecer eran muy aficionados los artistas del pasado, supongo que por aquello del ahorro y reciclado de materiales.

Como desde que el hombre apareció sobre la superficie del planeta, como ser pensante (no todos lo son, claro), se ha ocupado de llenar su cabeza y la de los que le rodeaban con ideas sobre seres superiores, resulta que hay material no para un artículo, sino para mil libros, así que me permitiré escoger para comentar algunos hechos que me parecen especialmente llamativos y que podrían ser ilustrativos para que esos pobres marcianos entiendan cómo están las cosas por aquí. Como soy deslavazado por naturaleza, no tiene nada de particular que empiece con una cosa y termine con otra, pero eso es lo que hay. A quien quiera encontrar profundidad bien estructurada, le recomiendo que lea a Sören Kierkegaard.

Elijo primeramente los propios fundamentos a que se refiere el título: los evangelios. A poco que uno se asome al tema y por supuesto sin ánimo de elaborar un tratado riguroso, que para eso están los estudiosos y eruditos, ya puede encontrarse que la cosa tiene más agujeros que mil cinturones. Nada de particular por otra parte, considerando que los más optimistas estiman que los evangelios se escribieron entre los años 70 y 100 d. C., con lo que los hechos reales estarían más que olvidados y a eso debemos añadir que, según se cuenta, la gran mayoría de los apóstoles –que eran los que en número de doce acompañaron a Jesús en sus andanzas- eran analfabetos; más aún que los periodistas actuales.

Para comenzar, hay dos tipos de evangelios: los buenos, que son los que la biblia incluye y “los otros”, llamados con frecuencia “apócrifos”. Es muy fácil saber cuáles son unos y otros. Los guay o “canónicos” son los que la iglesia cristiana decidió que eran tales, unos 150 años después de la muerte de Jesús. Los malos (caca, culo, pis), todos los demás.

No se trata de que unos fueran escritos por personajes conocidos y los otros no, que unos tuvieran faltas de ortografía y otros no, que unos ofrecieran perspectivas de autenticidad y los otros no; sencillamente los cuatro escogidos mantenían una cierta coherencia entre sí respecto de los relatos, que convenía a toda la doctrina que la Iglesia elaboraría basándose en estos evangelios. Algo así como si al recopilar versiones del cuento de Caperucita, sólo admitiéramos aquellas en que el rival fuera un lobo y la historia se desarrollara en un bosque y despreciáramos a todos los que citaran a un zorro o un coyote y tuvieran lugar en la playa o en Moratalaz.

A pesar de esa selección, hay episodios, como por ejemplo la referencia a los hermanos y hermanas* de Jesús, que aparecen en tres de esos cuatro evangelios y que misteriosamente no son del conocimiento popular. Claro que no en vano la Iglesia ha tenido prohibida la lectura de la biblia incluso bajo amenaza de muerte durante siglos y en cuanto a los evangelios, no ha propiciado su lectura, limitando su conocimiento a ciertos pasajes comentados una y otra vez en las prédicas de sus ministros.

Esa división entre evangelios buenos y malos no impide que la Iglesia tomara prestado hechos relatados en los apócrifos y por citar sólo un par de asuntos conocidos por la mayoría, es en esos evangelios donde se relata que Jesús nació en una cueva (ni una palabra sobre eso en los evangelios buenos) o que los padres de María, la madre de Jesús, se llamaban Joaquín y Ana. Por cierto que rápidamente fueron santificados como no podía ser menos, ya que todos los protagonistas de primera línea deben ser, al menos, santos.

En otro momento ya explicaré los distintos métodos para santificar a un personaje o, lo que es lo mismo, darle el título de “santo” que es algo así como un título de nobleza en la corte celestial y que, según me decían en la clase de religión cuando yo era un tierno infante, eran los únicos de los que se podía asegurar que moraban en el cielo tras su muerte. Ahora que lo pienso, qué interés en amargarnos la vida…

Y ya que hablo del cielo, ese lugar de ubicación incierta: siempre se pensó que el cielo estaba “arriba” y el infierno (que es un lugar pésimo, no recomendable) “abajo”. Sin embargo los viajes aéreos y espaciales han dejado esta teoría un poco deshinchada y actualmente se pretende que ese cielo está en un lugar indeterminado, que podría ser incluso una quinta o sexta dimensión….

Aparte de los santos, cuyas almas se encuentra en ese lugar sin lugar a dudas, se encuentran allí otros hombres –y mujeres- justos –justas-. Siempre hablamos de almas, así que no hay miedo a apretones, pues como todo el mundo sabe las almas no ocupan lugar, de manera que podrían estar todos en el espacio que ocupa una cabina de teléfonos. Sin embargo, hay una curiosa excepción: la madre de Jesús, María, ascendió a los cielos en cuerpo y alma –de nuevo eso de ir hacia arriba- con lo que presumiblemente debe encontrarse ligeramente incómoda al tener un cuerpo, algo de lo que no dispone ninguno de los residentes. Y ojo, los creyentes no pueden dudar de ese hecho porque constituye un dogma, es decir, algo que hay que creerse al pie de la letra o… derecho al infierno.

El infierno. Es difícil hacerse una idea de en qué consiste ese lugar para quienes no están formados desde niños en la creencia de su existencia. Se trata de una alternativa al cielo, aunque no la única, a donde van quienes en este mundo no han sido tan buenos como cabría desearse y, fundamentalmente, quienes no han amado a ese dios como él se merece, algo incomprensible teniendo en cuenta eso de que “sólo se ama lo que se conoce” y a dios no lo conoce nadie, salvo situaciones de éxtasis místico de las que mejor no tratar ahora.

La representación popular del infierno, es un lugar con el rojo como color dominante, en el que hay fuego y llamas por todas partes, con unos vigilantes/cuidadores llamados demonios, que en sus momentos de ocio se dedican a pinchar a los que allí habitan con unos tridentes, por aquello de que no vayan a imaginar que todo el monte es orégano. Es un auténtico misterio cómo nadie puede quemarse ni ser pinchado con esos instrumentos, si quienes están allí no tienen cuerpo y, al igual que en el cielo, es sólo su alma la que en ese lugar mora.

Un punto muy importante es saber que tanto el cielo como el infierno son lugares en los que se permanece por los siglos de los siglos y más todavía. Con esto resulta fácil traer a colación la tercera alternativa posible, llamada purgatorio. Allí van las almas de los que mueren sin que esté muy claro si han sido buenos buenísimos o malos de maldad insoportable. Si existe poca información sobre la ubicación real del cielo, la de este otro lugar es ya de una incertidumbre loca, así que vamos a dejar de lado este extremo.

Sí se puede afirmar que es un lugar de tránsito, en el que se permanece un tiempo que puede ser hasta de cientos de años, una nimiedad por lo tanto, y no es excesivamente confortable porque, aparte de una serie de incomodidades y malos tratos variados, no se disfruta de la posibilidad de contemplar a dios, algo que en el mejor de los casos debe resultar agotador (digo, contemplarlo), teniendo en cuenta que ni en el cielo ni en el purgatorio hay nada conocido que hacer y tener como única ocupación observar a algo o a alguien debe resultar extenuante. Lo fundamental es que al igual que en el juego de la oca, pasado el tiempo de castigo que un alma haya merecido, pasa al cielo como uno más de los allí residentes.

Antes, y hasta hace no mucho, se disponía de una cuarta opción muy desangelada, que se llamaba limbo. Allí iban, tras su muerte, las almas de los inocentes no bautizados (ignoro hasta qué edad se considera inocente a los humanos). La cuestión es que me parece recordar que hace unos años –no muchos- que ese señor llamado Papa decidió que el limbo no existía y con eso se cerró un lugar que no contaba con muchos inquilinos ni preocupaba en exceso a los creyentes.

Volviendo a aquello de los evangelios de lo que hablaba al comienzo. Existe un libro, llamado Biblia, que en una u otra de sus numerosísimas versiones, es algo así como la base fundacional de la religión llamada judaica –lo llaman Tora- y del cristianismo. En este último caso, cada facción o secta escoge como oficial la versión que más se ajusta a sus propósitos y si no la encuentra, elabora una nueva.

En el caso del cristianismo, este libro está dividido en dos partes: Antiguo y Nuevo Testamento. En el primero de ellos la estrella es dios-padre, al que se supone revelador o inspirador de los textos. El Nuevo Testamento está compuesto principalmente por los evangelios de los que me estoy ocupando y el protagonista indiscutible es dios-hijo. La tercera persona dios-espíritu-santo tiene apariciones fugaces en las dos partes, también llamadas “cameos”.

Lo más curioso es que el contenido del Nuevo contradice con frecuencia lo que se expone o argumenta en el Antiguo, pero se trata de una más de esas contradicciones o asuntos increíbles que hay que aceptar mediante una inducción a cerrar los ojos a la realidad, una supuesta virtud que recibe el nombre de “fe”.

Para que cualquiera pueda entender lo que es esto de la fe: supongamos que alguien pasa por la puerta de un local donde está dando una conferencia algún político de la derechona y entra con curiosidad para conocer de cerca el mensaje que se está transmitiendo. Allí se está prometiendo un futuro mejor y asegurando que el hablante y los suyos van a mover Roma con Santiago para que los trabajadores vivan mejor, para mejorar la sanidad y la enseñanza pública. Ése alguien sale del local escéptico y continua su camino hasta que decide entrar en un templo que encuentra en su camino. Imaginemos que penetra hasta el interior del templo y allí se le acerca el párroco (que es una especie de manager de ese local franquiciado) y le dice: “dios es el que es y viene de donde viene, es uno en esencia y trino en persona”. Nuestro protagonista acepta todo sin más preguntas y ni se le ocurre soltar la carcajada. A eso se le llama fe.

*Como algún amigo se ha extrañado de esta referencia a la familia, quiero señalar dónde pueden encontrarlas: San Mateo 12, San Marcos 3 y San Lucas 8.

sábado, 26 de diciembre de 2009

El salto a la libertad

Cada día, al coger el periódico, ya sé que tengo que soportar lo que por frecuencia y extensión podría ser una sección fija: tabarra de turno de los independentistas de alguna parte que siguen encontrando sus raíces diferenciadoras tras mucho rebuscar en hechos acontecidos hace siglos.

¿Y qué me dicen de las raíces identificadoras? Porque ocurre que precisamente en los últimos siglos se han ido formando unas tramas humanas, económicas, culturales, industriales, etc. que hacen muy difícil separar una parte del conjunto. También me pregunto, ¿dónde empezamos y dónde terminamos?

Por poner un ejemplo distante de Cataluña; es sabido que los vecinos suelen llevarse mal y esto es realmente cierto en el caso de Sevilla y Cádiz, que incluso conozco naturales de allí empeñados en marcar diferencias entre las dos provincias. Muy bien: independicemos una de otra (República de Hispalis y República de Gades), pero ahora aparece otro problema, pues existe rivalidad entre la capital Cádiz y Jerez de la Frontera, así que demos la independencia a Jerez (“de la frontera”, como su propio nombre indica).

Bueno, la sierra de Cádiz tiene una idiosincrasia bien diferente del resto, así que no podemos mantener esa falta de libertad y autodeterminación, concedamos la independencia a la sierra de Cádiz y fijemos su capital en... ¿Grazalema? Va a haber problemas con eso... pero ya se arreglará. Tampoco hay que olvidar que en esa sierra hay pueblos más ricos y otros tirando a pobres, ¡anda y que a los pobres los parta un rayo!, ¡ya fundaremos ONGs para ayuda a los pueblos centro-africanos, y así demostrar nuestra rebosante solidaridad! Y otra cosa, ¿qué es eso de que haya pueblos bebiendo y duchándose con agua de un embalse situado en otro municipio?, ¡el que quiera agua y no la tenga que la pinte!, estaría bueno…

En fin, está claro que los españoles tendemos a la tribalización, seguramente porque no tenemos otra cosa mejor en que perder el tiempo (el fútbol no lo llena todo y ahí tenemos el ejemplo de ese líder político-futbolístico surgido de un estadio), así que para regocijo de Francia, EE.UU. y otras potencias hagamos no cuatro, sino 74 naciones diferentes en lo que hoy venimos llamando España. Bueno, los lumbreras lo llaman "estado español" que casualmente es el nombre que impuso el régimen de Franco.

Lo que sí me gustaría –lo juro- es acabar de una vez con este chantaje diario, con esta memez cotidiana, con este berrinche al desayunar, terminemos de una vez con toda esta murga, para poder leer en paz las otras tonterías que vienen en los periódicos, pero que no son tan pegajosas como ésta de los independentismos. Hay que aceptar la independencia de todo el que la pida y así acabamos con ese desagradable sonsonete.

Me imagino la escena doméstica en algún hogar de uno de esos nuevos estados. Por la mañana el marido se levanta primero, se ausenta del dormitorio, vuelve agitado para despertar a su esposa y le grita “¡Montse, la niña está con 39º de fiebre!, ¡también estamos sin electricidad en casa!, ¡acaban de llamar de mi oficina y dicen que estoy despedido!, ¡no sé qué puede estar pasando!” Ella continúa ensoñadora y plácidamente en la cama, y casi susurrando le contesta: “qué importa Jaume, somos una nación con estado propio…¡¡¡hasta tenemos selección propia de fútbol!!!”.
 

viernes, 25 de diciembre de 2009

Mitos y credulidad


Al menos en los tiempos en que yo estudié bachillerato, a todos nos daban un repaso –bastante ligero– sobre la mitología griega y romana, y tanto el profesor como los sufridos alumnos no podíamos evitar una distraída sonrisa al pensar en lo tontos que debían ser aquellos greco-romanos para tragarse semejante colección de disparates y adorar a aquellos seres de existencia improbable o imposible.

Pongamos como ejemplo a Minerva, una diosa de la mitología romana, nombre que quizás nos resulte más familiar que Atenea, su equivalente griega. Esta diosa de la sabiduría, las artes e incluso de la guerra tuvo un origen que podríamos llamar sorprendente, pues según parece su padre Júpiter estaba sufriendo grandes dolores de cabeza y pidió a Vulcano que le aplicase un remedio para aliviarle. Vulcano, sin encomendarse a nadie pues para eso era un dios, le encajó un hachazo en mitad de la frente y de ahí surgió Minerva como hija no concebida, e incluso malas lenguas aseguran que nació ya mayorcita y con el casco con el que suele representarse. Se ignora si los dolores de cabeza de Júpiter desaparecieron con este extraño alumbramiento, pero sí se sabe que Minerva permaneció siempre virgen, situación que parece provocar admiración entre la gente sencilla.

Son muchas y variadas las hazañas que se le atribuyen, pero baste decir que estuvo presente en episodios muy sonados, el más conocido de todos la guerra de Troya. De verdad asombroso y muy vistoso aunque un poco rebuscado, pero es que los griegos eran así.

Pasemos ahora a considerar el cristianismo, una fe en la que seguramente se han criado todos o casi todos los que me han rodeado en mi vida. Eso sí que son historias bien vertebradas y creíbles sin gran esfuerzo.

Resulta que el dios es uno, aunque son tres, pero en realidad es uno. Sencillo, ¿no? Pues verán, el padre -llamado con frecuencia Jehová– suele ser representado mediante un triángulo a veces isósceles y a veces equilátero, y si el representador tiene su día artístico añade un ojo en el centro de este triángulo para hacerlo más real, puesto que todo buen triángulo debe disponer de su correspondiente ojo central; también se representa a Jehová como un señor mayor de largas barbas y mirada penetrante, con el consabido triángulo tras la cabeza. Por lo que se cuenta de él tiene un carácter fuerte, lanza rayos a la primera de cambio contra el que le desaira u ofende, en ocasiones padece falta de seguridad en sí mismo y caprichos extraños que le llevan a pedir a sus creyentes el sacrificio de su hijo para demostrar que le ama como debe ser, etc. Es muy fácil diagnosticarle cierta megalomanía combinada con un estado maníaco-depresivo.

Algunas de las travesuras atribuidas a este dios-padre son extraordinariamente amenas y pintorescas. En una ocasión le dio por inundar la Tierra entera como castigo a la maldad de la raza humana y por ello encargó la construcción de una enorme nave –llamada “arca”– a nada menos que el único hombre justo de todo el planeta, un tal Noé, quien además debería ocuparse de buscar e introducir en la nave una pareja de cada especie de ser vivo (aparte de su propia familia), tarea evidentemente sencilla de llevar a cabo aprovechando las vacaciones de Noé y su necesario conocimiento del bricolaje, aunque se especula que debió de contar con la ayuda de sus tres hijos, entre otras cosas porque a este único-hombre-justo-del-planeta le gustaba en exceso el tintorro. Muy bien debió de hacerlo todo porque, efectivamente, a nuestros días han llegado infinidad de especies. Nada se ha escrito sobre las toneladas de piensos compuestos que debió cargar en el arca para alimentar a tanto bicho durante los 40 días que duró la aventura más qué sé yo cuántos esperando que se secaran un poco los charcos, pero no vamos a detenernos en menudencias. En la actualidad muchos aventureros e investigadores dedican su tiempo a buscar los restos de esta arca, lo que dadas sus obligadas dimensiones debería ser tarea bastante sencilla de llevar a cabo, me parece a mí, pues su tamaño debería ser algo así como toda la provincia de Álava.

Esta “primera persona” deja de manifestarse y pasa a segundo plano cuando aparece en escena la llamada “segunda persona” de esa trinidad a la que me refería al principio. Esta segunda persona se llama “el hijo” o familiarmente Jesús, Cristo, Jesucristo, Nazareno, etc.

Es la manifestación más compleja de esos tres que en realidad son uno. Nace, pero había existido siempre, como cualquier dios que pretenda ser tomado en serio. Su nacimiento tiene lugar en una familia peculiar.

Su madre, llamada María, contrae matrimonio con un señor llamado José, de profesión carpintero, y se supone que tras la boda y al llegar la noche, cuando sin más dilación el matrimonio suele consumarse, mantendría una conversación con el llamado José más o menos en los siguientes términos: “mira, José, tú y yo hemos contraído matrimonio pero esto no es más que un paripé, así que ni se te ocurra ponerme la mano encima porque, aunque todavía no he recibido comunicación oficial, parece que transcurrido cierto tiempo voy a ser fecundada de manera especial y mi hijo será dios”. José entiende a la primera lo que le explica –¡un tipo agudo!– y con viril laconismo debió de contestar algo así como “vale, me parece perfecto”.

Efectivamente, transcurre algún tiempo (en realidad no se tiene certeza de cuánto) y a María, virgen como ninguna casada, se le aparece un arcángel, que es un señor que no tiene sexo -como los madelman– y va vestido con túnica blanca muy difícil de confeccionar, pues el tal tiene unas grandes alas en la espalda que le impiden, por ejemplo, usar camisetas normales; por cierto que estas alas son sólo un farol inútil pues los arcángeles no vuelan, simplemente “se aparecen”. Confirma a María lo que ella ya advirtió a José, casi simultáneamente se presenta en el mismo lugar una paloma (tranquilos, al final hablo más de ella) y ¡tatacháaan!, María está embarazada. Hay mujeres que se quejan a sus maridos de la velocidad con la que se “relacionan” con ellas, pero esto debió ser bastante peor. Se supone que tras el episodio ella le transmite a José, su marido, la buena nueva de que una paloma la ha dejado en estado de buena esperanza y él probablemente, hecho a todo, le contesta comme d’habitude aquello de, “vale, me parece perfecto”.

No hay que dar por sentado que José fuera vocacionalmente un consentidor; cuenta el cronista que en algún momento este señor, un tanto mosca, se planteó repudiar a su virgen esposa, pero alguna presión en contra debió recibir porque lo cierto es que desistió de su empeño.

Permítaseme un paréntesis para explicar algo fundamental sobre este respecto. Al cabo de unos siglos de estos acontecimientos, la Iglesia que posee la franquicia de todo este montaje decidió que lo de la paloma fecundadora y la virginidad era cosa de dogma, es decir, que quien no se lo creyera ya podía darse de baja –es un decir– y contar con que va a quemarse en el fuego eterno. Esto del fuego eterno es un argumento muy trabajado por esta Iglesia, porque permite que los creyentes vivan permanentemente acongojados por la que les puede caer encima. De hecho su poder se basa en buena parte en esta amenaza.

Aunque no se cita, es fácil imaginar que es tras nueve meses que finalmente nace ese niño que es dios, en forma de su segunda persona del singular (y tan singular). Se relatan episodios confusos sobre viajes para empadronarse, problemas con la reserva de alojamiento, reyes magos que vienen a felicitar el acontecimiento, etc. etc.; pero mejor no gastar palabras en todo eso porque es materia muy conocida. El caso es que aunque el arcángel había dicho que al niño se le llamase Emmanuel, por razones que desconozco y no descarto que fuera por imposición de algún familiar, se terminó llamando Jesús, que pasado el tiempo sería llamado Cristo o Jesucristo, para mayor confusión.

Suele decirse que los niños al nacer traen un pan bajo el brazo. En este caso lo que trajo fue el más terrible gafe para todos los niños nacidos por aquellas fechas pues el rey local, llamado Herodes, cogió un berrinche espectacular por el advenimiento de Jesús y mandó decapitar a todos los nacidos recientes, pero justamente quien dio lugar a aquella matanza –Jesús– se salvó porque el marido de su madre –José– recibió un chivatazo y salieron corriendo para Egipto sin decir palabra a nadie. Pelillos a la mar; se cree que los padres de los infantes masacrados por Herodes se convirtieron de inmediato al cristianismo, en agradecimiento por los bienes recibidos, eso que ahora se denominaría "daños colaterales".

En Egipto los canteros no conocían el paro, pero no había mucha tarea para un carpintero, así que pasado un tiempo y una vez que la cosa se enfrió, la familia regresó a su tierra y, para que a la criaturita pudiera llamársele en el futuro aquello de “nazareno”, decidieron instalarse en Nazaret. Nada se sabe de Jesús en bastantes años, salvo que todavía niño, a veces se presentaba en los templos y les soltaba unos discursos impresionantes a los sacerdotes, y estos se llenaban de asombro y alababan tanta sabiduría. Imaginen qué pasaría hoy si en la misa de doce un niño se va a donde está el sacerdote, le interrumpe y empieza a soltar frases geniales. Qué se le va a hacer, las cosas no son lo que eran y tienen razón quienes dicen que ahora faltan oportunidades.

Transcurre un periodo durante el que se cuenta que Jesús se dedicó a cosas tan naturales como transformar unos pocos panes y peces en tal cantidad como para alimentar a una multitud de miles de personas. También caminaba sobre las aguas, resucitaba algún muerto, etc., lo normal si uno quiere adquirir cierto renombre entre el pueblo llano. También gustaba de referirse con frecuencia a su padre, que no era el tal José (del que nunca más se supo después del papelón que le tocó desempeñar), sino dios en la primera persona, aquella del triángulo y el ojo. La gente oía aquello del “padre”, cada vez que lo citaba, con cierta actitud de cachondeo, pero debían de pensar que dadas sus habilidades y puesto que entretenía a la concurrencia, merecía que se le permitiera alguna excentricidad.

Pues bien, la difusión de esas hazañas permitieron que cuando comenzó lo que podríamos llamar el fin de su estancia en este perro mundo, al presentarse en Jerusalén cuando ya había cumplido los 33 años, hubiera una multitud de personas festejando su llegada (más de cien mil según los organizadores, ochocientos doce según la prefectura), muchas de ellas agitando grandes ramas de palmera, costumbre muy común en aquel entonces para manifestar alegría y contento.

Hay que confesarlo: a muchos su llegada les debió de coger de malas, porque si no es imposible comprender cómo al poco tiempo lo cogieron preso y a petición de los mismos que habían agitado aquellas ramas de palmera a su llegada, fue condenado a muerte. Quiso la suerte que se decidiera darle muerte mediante la crucifixión, lo que proporcionó un magnífico símbolo-logotipo a la Iglesia que se fundaría para adorar a aquel dios, pues esta Iglesia, para concentrar esfuerzos, se dedicó preferentemente a Jesús y dejó de lado a la primera persona y también a la tercera, a la que ahora me referiré. No quiero ni pensar cómo habría ido la cosa sin en vez de la cruz hubieran usado la guillotina, por ejemplo. Imagínense una guillotina presidiendo cualquier tumba. No se presta a ser colocada en ninguna parte colgada de la pared ni a representaciones a pequeña escala y además resulta incoherente representar a un señor en este artefacto con la cabeza todavía unida al tronco; pero a lo que íbamos…

Esta tercera persona llamada “espíritu santo” es también dios, pero poco, pues sus papeles son siempre secundarios. Solía manifestarse en forma de paloma y ocasionalmente en forma de lengua de fuego (algo realmente extravagante). El caso es que no acaba de tener un papel claro en toda esta historia y más bien debería llamarse “El Encargado de tareas complementarias y efectos especiales”. Lo importante es que desde que desapareció de escena el hijo –Jesús–, desapareció también esta tercera persona y hasta donde yo sé no ha vuelto a vérsela por ninguna parte, incluso puedo afirmar con seguridad que cuando alguien se encomienda a dios, ni se le pasa por la cabeza que quien atienda su llamada sea la divina paloma. Tan solo trabaja de manera permanente como asesor del representante de este dios en la Tierra, un tipo llamado Papa, que para evitar que le ocurra lo mismo que a su representado, vive en un palacio grandioso bien protegido e incluso posee un ejército propio en el que sus miembros son todos de nacionalidad suiza, vaya usted a saber por qué. Digo yo que quizás sea en agradecimiento por aquello del secreto bancario.

De hecho la religión surgida tras la muerte de Jesús, llamada cristianismo o –en su secta más fanática– catolicismo, abandonó el merchandising de dios-padre y de dios-espíritu-santo (su propio nombre ya apunta esa intencionalidad) y se consagró a dios-hijo y a otra cuasi deidad que es la llamada Virgen María, su madre biológica. De ésta hay cientos de manifestaciones, lo que permite practicar un politeísmo camuflado, muy bien acogido por sus adoradores, porque facilita lo que podríamos llamar el localteísmo, de gran éxito sobre todo en pueblos de fácil fanatismo y escasa cultura. Es mucho más gratificante creer en una Virgen que se apareció en un olivo del mismo pueblo donde se mora, que andar ocupándose de personajes pamplineros procedentes de oriente. Por cierto que para hacer más creíble toda la historia, la Virgen ascendió en cuerpo y alma a los cielos lo que, teniendo en cuenta que allí todos son espíritus puros, debe producir grandísimos problemas de espacio y compatibilidad.

Bien, ya sé que me he extendido mucho más con este dios –que son tres, pero en realidad uno– que con Minerva, pero es que este dios me toca más de cerca y además, mientras que no se conocen creyentes adoradores actuales de aquellos dioses, llamados “paganos” por nuestros contemporáneos, resulta que quienes creen en Jesús y la totalidad del trío son todavía legión, bien es cierto que con una fe un tanto alicaída, para justificar lo cual presentan excusas poco consistentes: que si las jerarquías, que si la afición del clero al manoseo de niños, que si el acaparamiento de riquezas…

No hay quien entienda a la gente. Puede encontrarse lógico y natural que rechacen por imposible todo aquel entramado de los dioses residentes en el Olimpo, pero ¿acaso le falta verosimilitud al cristianismo-catolicismo?, ¿qué es lo que quieren entonces?

miércoles, 23 de diciembre de 2009

PRESENTACIÓN

Durante mucho tiempo he sido lector ocasional de los blogs de otros, aun con la idea previa de que si algo falta son lectores y si algo sobra son escritores. Hoy todo el mundo está convencido de que tiene algo que decir al universo y lo más curioso es que ese convencimiento llega al extremo de pensar que hay algo que pueda decirse que no esté dicho ya.

Lamentablemente, en el 99,99 % de los casos no es así y yo soy un ejemplo de lo que digo. Entonces, ¿a qué viene crear un blog?

Pues resulta que hace más o menos una semana fui encargado de crear otro blog en el que el propietario no fuera uno, como es común, sino la totalidad de los componentes de un grupo de amigos que nos reunimos con frecuencia en una tertulia que finaliza con almuerzo en algún restaurante. Al principio me resistí por principios y porque para remate, no tenía ni idea de cómo se hacía esto, pero la idea era atractiva y un buen amigo me pedía que la pusiera en práctica, aunque yo recelaba de ella porque soy viejo y sé que muchas buenas ideas terminan mal si es que deben contar con todo un grupo de personas, no ya porque su maldad sea notable, sino porque como se suele decir, cada uno somos de nuestro padre y de nuestra madre o, lo que es lo mismo, que de la infinidad de posturas ante todos los asuntos que conforman y definen el entorno de cada persona, deriva que las posibilidades de fricción sean, también, casi infinitas.

Pronto he descubierto que hasta el título de aquel blog podía ser motivo de controversia y rechazo por parte de alguno de los integrantes. Alguien sin sentido del ridículo interpreta que, desde su punto de vista, el título que escogí "In XXX We Trust" (en el que XXX es el nombre del lugar de reunión) es una burla que falta a su dios. Deseo con toda intensidad que quienes son como él, pero están con la media luna, esos que andan buscando a Salman Rushdie para hacer paté con él, no den con el blog de marras, pues me temo que si se ve una referencia a "dios" y no especifico cuál, pueden darse por aludidos los adoradores del dios de los cristianos y también los de Alá, Visnú, etc. etc.

Ya puedo imaginar lo que ocurriría si se me ocurre publicar allí sobre religión y política, lo que me impide incluir en ese blog las ocurrencias que de vez en cuando pongo por escrito y, en consecuencia, debo limitarme a tratar sobre la cría del caracol en granjas o del tiempo meteorológico en Dakota del Norte y ni eso, porque la misma persona ya ha señalado la inconveniencia de que se inserten entradas hablando de cosas "que ya están en las enciclopedias". Esto imposibilita, por ejemplo, que nadie escriba sobre Napoleón si no ha hecho la mili con él, ¿no es descacharrante?.

Como no es eso lo que me place, creo este blog de carácter absolutamente onanista, es decir, el único destinatario soy yo mismo; sin perjuicio de que más adelante facilite a alguien entrar en él pero advirtiendo que nadie tendrá derecho a sentirse agraviado por lo que aquí vea o lea.

Pondré aquí entradas que versarán sobre lo que en cada momento yo -y solo yo- considere oportuno. Podrá ser ese tratado sobre la cría del caracol en granjas del Médoc francés, una burla no disimulada sobre cualquier asunto serio, un chiste de leperos o una profunda reflexión sobre cualquier materia (si es que soy capaz de esto último). Se tratará siempre de expresar lo que me sale del teclado sin ninguna cortapisa.

Estoy convencido de que lo que yo escriba no lo leerá casi nadie, por diferentes razones: unos, son alérgicos a la lectura de cualquier tipo; otros piensan que nunca voy a escribir algo que merezca la pena y puede que no anden descaminados; los hay que por su edad o su actitud ante los avances técnicos, consideran que esto de Internet no es asunto que vaya con ellos; sé de algunos que detestan lo que ya conocen de mis ideas y no quieren dos tazones de lo mismo; con certeza, los hay que sólo se interesan por los acontecimientos que se desarrollan en su propio ombligo y no están por perder el tiempo con las pamplinas que yo, o algún otro, pueda ir escribiendo. Todos ellos tienen buenas razones para no asomarse a estos comentarios y la verdad es que, en parte, puedo darles la razón. Diría que lo único que podría justificar la pérdida de tiempo de leerme, es que nunca se sabe dónde se va a encontrar algo que nos puede interesar.  

Eso es todo. Salud.