jueves, 25 de noviembre de 2010

El cine que se ama

Quizás sea un poco exagerado relacionar cine y el amor a este arte, porque eso supondría que la generalidad siente por esta manifestación artística un sentimiento casi sublime; que lo considera como algo más que un pasatiempo de unos noventa minutos, pasados los cuales se olvida lo que se ha visto y a otra cosa, pero me parece que bien sea en las salas tradicionales, en la televisión frente al sofá o incluso en el propio ordenador, casi todos frecuentan la contemplación de esas obras que si son aceptablemente buenas, nos transportan durante esa hora y media –que ahora suelen ser dos o más a una vida que no es la propia.

Acabo de leer una columna de Javier Marías, y como me ocurre muchas veces –que no todas coincido en buena parte con lo que él postula en su artículo. Habla sobre una encuesta realizada por El País a cien personajes hispanoamericanos –en realidad, la mayoría españoles a secas sobre los cien actores y cien películas que más valoran. Marías se asombra de que el número de españoles de unos y otras sea tan elevado como para quedar en segundo lugar, a corta distancia de los norteamericanos.

No se trata de regatear méritos a unos o a otros, e incluso estoy en franco desacuerdo con la escasa categoría que parece otorgar este escritor a un actor como Fernando Fernán-Gómez para mí de lo mejorcito entre los que ha habido y hay sino de la falta de memoria que padecen estos cineastas opinantes. Habrá que recordar que cuando aquí estábamos haciendo éxitos del mundo mundial como “¿Dónde vas Alfonso XII?” (1958), “Raza” (1942), “La Lola se va a los puertos” (1947) o “La Señora de Fátima” (1951), en los EE.UU. filmaban “Con faldas y a lo loco” (1959), “Casablanca” (1942), “Siete novias para siete hermanos” (1954) o “El mago de Oz” (1939).

Las comparaciones, que no son odiosas sino necesarias, no pueden realizarse con apenas cuatro películas, y habría que repasar las buenísimas obras con las que en tiempos pasados nos obsequiaron los franceses e italianos, por no mencionar a los británicos, suecos, etc. Estoy hablando de esas películas que durante el tiempo que duraba su proyección nos hacían olvidar que existíamos y nos permitían meternos en la piel de sus atrayentes personajes. La verdad es que nunca conseguí ni deseé vivir los papeles de Vicente Parra, Alfredo Mayo o José Luis López Vázquez, por más que este último hiciera películas de indiscutible calidad, pero es que estoy hablando de sueños y si algo le ha faltado al cine español es la capacidad de producir ensoñaciones.

Para remate, guste o no, el cine como tal lo han inventado los norteamericanos y ha funcionado como un sistema realimentado: cuanto más cine de aquella procedencia veíamos, más cine con ese origen queríamos. Nuestra cultura cinematográfica es de manera general norteamericana.

Por el contrario, nuestro cine ha sido tradicionalmente o malo de remate, o de una trascendencia que no siempre apetece soportar. Por eso, nuestros mejores directores han sido Buñuel, Bardem y Saura –y poco más en que para ver sus mejores películas parecía conveniente no encontrarse en estado depresivo, porque con certeza, podríamos morir en el empeño.

Todavía estos días y muchos otros anteriores he disfrutado y disfruto y pienso seguir repasando películas de Fred Astaire, Burt Lancaster, Marilyn Monroe –Stanley Donen, Fred Zinnemann, Henry Hathaway y tantos otros que, esos sí, me trasladaron lejos de una realidad que no era ni es de lo más alentadora.

Por desgracia, el cine de EE.UU. y no digamos el francés e italiano, ha ido volviéndose tan cutre como el mundo real es y eso nos ha puesto fácil alcanzarles y aunque en pequeñas cantidades, hoy se hacen aquí películas que no tienen nada que envidiar a las de otras procedencias. No voy a olvidar una referencia al cine argentino que, a mi parecer, tiene desde hace algún tiempo algunas producciones admirables y gana adeptos a cada nueva película que nos llega.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Lo más

De repente, me di cuenta de que esas clasificaciones de “lo más…” se van multiplicando y no hay asunto que no merezca ser baremado, ¿se han dado cuenta de la profusión de esas listas en la prensa actual? Ya se trate de las elaboradas por un redactor del periódico, por un comité de expertos, mediante votaciones democráticas, etc. no hay día en que al asomarme al periódico no me encuentre una relación ordenada que gentilmente me señala qué es lo que más me tiene que gustar, dónde tengo que viajar, quién es el más listo, la mejor playa, la mejor músdica, la actriz más sexy; lo que se dice todo. Hay quienes velan para darnos todo ya decidido y evitarnos el esfuerzo de pensar por nuestra cuenta. Algo así como el Reader’s Digest, pero para todas las materias.

Da la sensación de que no tenemos criterio propio, y por tanto es preciso que nos tutelen y nos vayan indicando qué es lo que nos conviene en cada caso. Entiendo que esto se lleva a cabo sin ánimo comercial, que es sólo una orientación para evitar descarriados, como si eso fuera posible.

He visto relaciones que obedecen a criterios objetivos: casi no puede discutirse cuando lo dice la revista Forbes que el más rico del mundo es ese mejicano llamado Slim, seguido de cerca por Bill Gates. No es cosa opinable y por tanto es una noticia; tonta, pero noticia.

Sin embargo, ¿qué valor tiene que unos cuántos hayan votado que la playa más bonita de España es una situada en tal lugar?, ¿o que la bandera más bonita del mundo es la de tal país, teniendo en cuenta que eso no aumentará la renta per cápita de sus habitantes?, ¿qué diablos le importa a nadie con dos dedos de frente que la mujer mejor vestida del mundo sea tal señora (por supuesto que de EE.UU.)?,o también ¿alguien piensa de verdad que miss Universo sea la más hermosa del ídem?

Hoy he oído en el telediario algo que más tarde he podido leer y ampliar en la prensa. Resulta que la sesuda revista británica The Lancet (la principal revista médica del Reino Unido) ha facilitado una relación ordenada de las drogas que suponen más peligro para el consumidor y su entorno, puntuando ¡cómo no! esta peligrosidad. Así resulta que la peor, con una puntuación de 72 es el alcohol. Le siguen la heroína (55), el crack (54), cristal (33), cocaína (27), tabaco (26), etc. Cita entre muchos otros un par de productos que, la verdad, me cuesta considerar como drogas: el butano (10) y las setas (5). Se ve que los británicos no tienen muy clara la cosa y lo triste es que en España nos hagamos eco de semejantes necedades.

Ya puestos a decir tonterías, creo que se les ha olvidado mencionar el agua, puesto que en Europa los muertos por su ingestión desmedida –ahogamiento compiten con los fallecidos en accidentes de tráfico o por suicidio. ¿Debemos deducir que tomar un vaso de agua es peligroso?, ¿de verdad están diciendo que es más dañino el efecto de una copa de tinto que un chute de heroína?, ¿no será la manera de beber alcohol por parte de los británicos, buscando sólo emborracharse, lo verdaderamente peligroso?, ¿cuando se refieren al alcohol, estamos hablando del vino o de la cerveza y destilados? Quizás lo sensato sea llegar a la conclusión de que los verdaderamente peligrosos son los británicos.

Pasa con el alcohol y sus supuestos daños, que no hablamos de lo mismo, puesto que lo que en prudentes dosis alarga la vida, mejora el comportamiento del corazón y sin duda induce a contemplar el mundo con ojos más benevolentes, tomado en cantidades inadecuadas es causa de mil males sanitarios y sociales. No es el «qué», sino el «cómo» y «cuánto». Me acuerdo de aquel chiste en el que un oficial reprocha a un soldado su miedo a las balas. El soldado pone un gesto de protesta, saca una bala de su cartuchera y se la pasa por el pecho, la cara, incluso mete en su boca la punta del proyectil y tras ello responde: "No, mi teniente, a mí no me dan miedo las balas. Lo que me da miedo es la velocidad que traen...". 

martes, 26 de octubre de 2010

Noé, rey del bricolaje


Es uno de mis favoritos, Noé, al que ya me referí someramente en otro comentario a propósito de aquella aventura pasada por agua conocida como Diluvio Universal. Lo cierto es que da mucho más de sí este episodio en el que lo asombroso no es el propio diluvio, sino la habilidad constructora de este hombre, capaz de hacer acopio de madera suficiente, de construir un buque del tamaño de un portaaviones –aunque dios le sugiriera una eslora de 300 codos, unos 150 metros y de llevar a cabo el mayor casting de la historia, seleccionando una pareja de cada especie, para lo cual sin duda tuvo que viajar hasta Oceanía y América –por ejemplo para recoger las especies autóctonas y trasladarlas hasta las cercanías del monte Ararat. Según las palabras de Jehová, iba a exterminar a todos los seres vivos, no sólo los humanos, ¿sería que quien escribió el Génesis tenía una visión aldeana del mundo y no veía más allá del horizonte? Dejo a la imaginación de los creyentes la valoración de tanto problema logístico y técnico como debió presentársele a nuestro héroe, el as de los carpinteros de ribera.

No vayan a creer que Jehová avisó a Noé de un día para otro de la llegada del aguacero, ni hablar de eso. Noé estaba más que advertido de que las cosas se estaban poniendo feas, porque dios se estaba calentando en exceso por tanto pecado y aquel hombre justo dispuso de nada menos que de 120 años durante los que avisaba a sus paisanos de la que se les venía encima y ni caso, pero por fin, cuando hacía poco que había cumplido los 600 años –un chaval, vamos comenzó aquel Diluvio tantas veces anunciado.

Fueron efectivamente 40 días y 40 noches lo que duró aquella lluvia, pero sus consecuencias se extendieron mucho más en el tiempo, puesto que una cosa era que dejara de llover y otra que la inundación permitiera habitar la tierra. No fue hasta pasados siete meses que consiguió varar el arca en el monte –se cuenta y había pasado un año cuando pudieron volver a tierra. Mejor no pensar en el catering de todo este tiempo. Eso sí, al desembarcar podían asentarse donde más les gustara, porque no sólo no quedaba escritura de propiedad alguna, sino que tampoco quedaban posibles propietarios. Teniendo presente la insistente recomendación de Jehová de que procrearan y se multiplicaran, se mantuvo entretenido a Moisés y familia (esposa, hijos y esposas de estos) durante bastante tiempo -no hay que olvidar que Moisés falleció cuando tenía 950 años- pero tuvo tiempo de hacer de todo. Una suerte que no existiera seguridad social, porque las pensiones de aquella gente seguro que hubieran llevado a esa entidad a la quiebra total.

Practicaría muchas actividades porque ocasión tenía, pero la Biblia no hace mención más que de una: el cultivo de vides y la elaboración –y consumo de vino. Precisamente fue esta actividad la que llevó a éste, que fue el único hombre justo sobre la tierra antes del Diluvio, a aficionarse en exceso a estos caldos y tras sufrir una intoxicación etílica tuvo la ocurrencia de desnudarse, antes de caer sin sentido. Sus tres hijos tuvieron la delicadeza de cubrir su desnudez sin más reproche, pero ya se sabe que hay quienes tienen mal vino y el justo de Noé, cuando recuperó el sentido, maldijo a su nieto Canaán y descendencia, que no habían tenido arte ni parte en el suceso. Para ser un hombre justo, se permitía unos arrebatos escasamente justicieros…

Con este suceso, acaba la referencia a Noé en el Antiguo Testamento. Sólo cabe apuntar en el haber de este acontecimiento que Jehová, visto la que había liado con esto del Diluvio, prometió no repetir la jugada. Es de agradecer, porque no está el horno para diluvios, bastante tenemos con la crisis. Además, ya sabemos a quién atribuiría nuestro ínclito líder opositor la responsabilidad del superchaparrón. Es bueno que exista ZP para poder echarle la culpa de todo.

lunes, 11 de octubre de 2010

Miedos infantiles

Puede que algunos de mis coetáneos no estén totalmente de acuerdo con lo que voy a contar, porque no todos hemos tenido la misma infancia ni nos hemos criado en un entorno similar, pero estoy seguro que sí habrá bastante en común, porque era aquella época un tiempo impregnado de ciertas circunstancias ineludibles. Otra cosa es que algunos tengan mala memoria o prefieran no recordar.

Anoche, mientras esperaba que llegara el sueño, me acordaba de alguno de mis miedos infantiles y, desde la perspectiva actual, no podía comprender cómo los que entonces eran nuestros mayores compartían esas creencias y permitían que se nos aterrorizara de aquella manera y cómo, aun contando con nuestra inocencia, podíamos tragarnos aquellas historias. No estoy hablando del hombre del saco ni del famoso coco, por supuesto.

Uno de los asuntos que me obsesionaban era el fin del mundo, que yo imaginaba amenizado por aquellos espantosos cuatro jinetes y toda la desolación posible. Por descontado, todo esto era fruto de lo que nuestro «director espiritual» o el profesor de religión nos iban contando día tras día, por aquello de que el espanto nos arrimara más aún a una religiosidad que ellos pretendían que perdurara toda nuestra vida.

Una de las historietas amedrentadoras para mantenernos en vilo era la de que los nombres de papas «disponibles» eran limitados y, me parece recordar, sólo quedaban entonces media docena más por todo repertorio. De ahí los rezos que dirigíamos para que la vida de cada pontífice fuese bien larga –en aquel entonces era papa Pío XII– tratando de evitar así tener que echar mano de esos pocos nombres papales que quedaban, precipitando por tanto el espantoso final.

Teníamos un consuelo, aunque débil. Dios -según nos contaban- no iba a permitir que en el fin del mundo perecieran inocentes, así que en pintoresca interpretación de aquellos sacerdotes -jesuitas, por cierto-, antes de ese temido final estaríamos unos 7 u 8 años sin que nacieran niños. Se suponía que perdíamos la inocencia a esa edad (y de ahí que fuera en ese momento cuando hacíamos la primera comunión) y por lo tanto ya podíamos participar del espanto. Ni que decir que nos congratulábamos al ver por la calle señoras embarazadas, porque aquello nos garantizaba un número de años de vida que nos parecían –desde nuestra escasa edad- más que suficientes para el desarrollo de nuestra existencia.

No eran las únicas amenazas y, en realidad, los religiosos a los que se encomendaba nuestra educación, se ocupaban de que el miedo estuviera siempre presente en nuestras vidas. Quién no recuerda los castigos que nos prometían si cometíamos «actos impuros»: desde la debilitación de nuestra médula a la interrupción de nuestro desarrollo físico, sin olvidar una segura reserva de plaza en el infierno.

Puedo recordar perfectamente cuál fue la última vez que fui a confesar. Debía tener unos 14 años y como en Madrid no tenía un director espiritual «de plantilla» como en mi ciudad de origen, se me ocurrió entrar a la iglesia de la Concepción, en la calle Goya. Arrodillado en el confesionario, cuando procedía a la relación de mis faltas y llegando a ese pecado, el sacerdote comenzó a dirigirme tales gritos que quienes estaban cercanos miraban asombrados y estoy seguro de que podían oírse hasta en la calle. Despavorido interrumpí mi confesión y salí corriendo. No volví a acercarme a un confesionario jamás, y no hace falta decir que continué pecando, ahora ya con menos temor y más calma…

martes, 29 de junio de 2010

Todo a cien (o más)

Leo hoy en El País un artículo de Paul Krugman (por si alguien no lo conoce, aclararé que es un magnífico economista americano, premio Príncipe de Asturias y premio Nobel) acerca de un tema por el que no le darán ningún premio, porque se limita a repetir lo que continuamente venimos leyendo a diario –quienes nos interesamos por ello– en cualquier medio escrito. Se trata de la estructura que los gobiernos chinos mantienen en cuanto a su política económica y en concreto, en todo lo relativo al comercio de exportación-importación. No hay que ser experto en nada, basta con observar cuál es el método que los chinos siguen tradicionalmente a cualquier escala o en cualquier materia.

¿No les llama la atención los bajos precios de los restaurantes chinos?, ¿y esos bazares, antiguos «Todo a 100»? Pues es lo mismo que hace China entera, perfectamente organizados y dirigidos por su gobierno. La táctica es aprovechar la estupidez occidental y a través de esa estupidez, acabar con occidente sin necesidad de bombas atómicas ni misiles de ninguna clase, simplemente arruinando las economías ajenas, no por maldad, sino por el deseo de alcanzar el propio bienestar de manera rápida y expeditiva. Hablaba de estupidez, aunque más bien habría que señalar la listeza de quienes dominando el comercio mundial propician este estado de cosas, porque ellos sí se están forrando. Como siempre, el beneficio de unos pocos supone la ruina de muchos, pero ¿desde cuándo eso ha importado a los que siempre flotan sobre los demás?

Los chinos trabajan en un clarísimo dumping permanente, aprovechando esa imposición que parte de la Organización Mundial del Comercio y otros organismos que controlan el comercio mundial, y por lo tanto la economía de todos, y que obliga a que –más o menos– cada país pueda colocar sus artículos manufacturados libremente en otro donde exista demanda, pero ¿quién le va a hacer ascos a un chisme que cuesta en origen la cuarta parte de lo que costaría si se fabricara en occidente?

El sistema es elemental y clarísimo hasta para un niño. Se mantiene artificialmente baja la cotización del yuan con lo que se consiguen dos fines: que cualquier producto chino resulte extraordinariamente barato para los demás países, cuyos habitantes disfrutan de un enorme repertorio de artículos baratos –no tanto, porque los importadores y distribuidores se llevan la parte del león– mientras se desmantelan las industrias y manufacturas nacionales. Por poner un ejemplo mínimo del que tuve noticia no hace mucho: la conocida cadena Salvador Bachiller prácticamente no fabrica ya –ni encarga a fabricante españoles– sus artículos de piel ni de ningún otro tipo, porque le resulta más barato traerlos de China. Eso me dijo un dependiente cuando me quejé de la baja calidad actual.

Si a todo esto se le suma la compra masiva de deuda pública de países con apuros económicos, el resultado no es difícil de prever. En estos momentos EE.UU. es casi una "propiedad" china y actualmente están acumulando hasta deuda pública emitida por Grecia. No se regatean esfuerzos para mantener artificialmente baja la cotización del yuan.

Al mismo tiempo, cualquier producto que se importe en China resulta extraordinariamente caro, con lo que se evita que ningún país pueda exportar hacia aquel enorme mercado, pues estos artículos no quedan al alcance de sus ciudadanos. Combínese esto con unos salarios extraordinariamente bajos y tenemos la nueva versión del «gran salto adelante» que buscaba el amigo Mao Tse-Tung, pero esta vez con verdadera astucia y eficacia. Unos años algo apretados, pero después pasarán a ser los reyes del mambo.

Esta feo citarse uno mismo, pero éste era un asunto que yo ya trataba en una entrada de hace algún tiempo en este mismo blog. No le damos importancia a todo esto, bien que distraídamente cada vez que compramos algún artículo, electrónico o no, podamos ver que aunque la marca sea española, alemana o de cualquier otro punto, inevitablemente aparece grabado en él lo de «made in China» o «made in PRC», esto último para despistar y no producir agobio y también para evitar esa fama de productos de baja calidad que estos orientales se han ganado a pulso.

Como ya decía, hasta se nos olvidará cómo se hacen zapatos, porque también nos los venderán ellos, y cuando consideren llegado el momento actuarán como lo que serán y ya casi son: los poseedores del monopolio mundial en la fabricación de bienes de consumo.

viernes, 25 de junio de 2010

Tolerancia

¡Qué palabra más bonita y a qué cantidad de usos e interpretaciones se presta! No me digan –por ejemplo- que no es fantástica esa expresión “casas de tolerancia” como un exquisito eufemismo para evitar decir prostíbulo. Por cierto, y hablando de eufemismo, no resisto la tentación de contar algo que leí en alguna parte. Existía en Murcia una calle llamada de la Mancebía, pueden imaginar por qué. Cuando esa actividad fue prohibida se obligó a cambiar el nombre de la calle y pasó a llamarse… calle de la Magdalena. Gente sutil, ¿no?

Volviendo a lo inicial. Dice el diccionario de la RAE en su principal acepción que tolerancia es «Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias», ¿a que nos parece bien a casi todos? Lo malo es que ahí no dice cuánta hay que tener, cuánto tiempo continuado debe ser mantenida, ni referida a qué materias. Y viene a colación una frase que leí en un artículo no hace mucho: «La tolerancia llevada al extremo deja de ser una virtud».

Por ejemplo, si un ciudadano se encuentra al pie de mi ventana tocando insistentemente el claxon de su coche sin motivo aparente, ¿cuánto tiempo debo soportarlo antes de desearle la muerte repentina?

Si mi vecino de planta es un hortera irrecuperable y la última hazaña que lleva a cabo es colocar ante su puerta un felpudo de color amarillo con grandes letras negras que dicen «Olvide el perro. Cuidado con los niños», ¿debo llamar a su timbre e indicarle que el descansillo común no es lugar para chascarrillos, o resignarme en pro de la convivencia?

A mi edad, hay ciertos hábitos que son inamovibles y casualmente no pienso avergonzarme por ello ni mucho menos. Por ejemplo, si comparto mesa con otras personas, cosa habitual, ¿resulta muy chocante que exija un comportamiento correcto –no remilgado-, una higiene aceptable y una vestimenta adecuada? Pues parece que hay quienes consideran que debo aceptar en la mesa a alguien que no observe una o varias de esas reglas. Sin exagerar, sé de un asunto de esa índole que terminó nada menos que en divorcio.

¿Debo aceptar con indiferencia que en un lugar público, digamos en una playa, una pareja se dedique a la exploración corporal recíproca, hasta el punto de que ruborizarían al propio Hugh Hefner?, ¿y si esa pareja estuviese compuesta por personas del mismo sexo?, ¿y si decidieran quitarse toda la ropa? Sé de quien ha tenido que presenciar esa escena, pero sin ir tan lejos ahí tenemos en la ciudad de Barcelona a quien en uso de un supuesto derecho a la libertad, un perturbado, se pasea completamente desnudo todos los días, ¿es ése su derecho y no el mío reclamar por ese abuso y ese atentado al buen gusto?

Me da lo mismo que mi vecino sea católico, musulmán, ateo o de la iglesia de la cienciología, pero ¿realmente soy un intolerante porque no soporte que la iglesia que edificaron al lado de mi casa, cuando yo llevaba viviendo en el lugar más de 25 años, considere necesario anunciar los oficios religiosos con nada menos que 90 campanadas cada vez -más que fieles que acuden al llamado- pese a las ordenanzas sobre contaminación acústica y a las denuncias presentadas por los vecinos?, ¿debo sentirme culpable por desearle al párroco y a sus amados feligreses que se partan el cuello?

La verdad es que conviene ejercer la tolerancia, más que nada para evitar morir de un infarto u otro tipo de soponcio, pero es verdad también que cuesta mucho resignarse. Salvo que uno sea de los que tocan el claxon, no respeta al vecino, aparca donde le viene en gana, en la mesa tenga modales de cafre o apoye a personajes como el párroco del que hablo, esto último seguramente por simple afinidad doctrinal.

lunes, 21 de junio de 2010

Se nos fue de las manos

Hagamos un pequeño esfuerzo de memoria y tratemos de recordar cómo era la vida, el mundo, allá por 1970, por ejemplo. Por supuesto, hablo de quienes ya estábamos creciditos por esas fechas, no pretendo que nadie recuerde lo que no vivió.

Cuándo queríamos sacar dinero del banco, ¿qué hacíamos? Si no me equivoco íbamos a la agencia bancaria, hacíamos un cheque y nos daban nuestro dinero. Más lento que ahora, pero funcionaba.

¿Recuerdan cómo entrábamos en el autobús? Pues por la puerta que había en la parte de atrás y cruzando el lugar donde el cobrador nos daba un papelito a cambio del dinero que pagábamos por el trayecto. Ahora, casi todos llevamos un cartoncito que introducimos en un aparatito al entrar por delante, mientras el conductor vigila de reojo.

¿Cómo se fabricaban los coches? Podíamos ver en la televisión o el Nodo que un enjambre de operarios se afanaban como hormigas en fabricar aquellos Seat, mientras que ahora lo que vemos son unos robots que soltando chispazos se encargan de buena parte de las tareas que antes se realizaban manualmente.

¿De qué manera se hacían los periódicos? No sé mucho sobre la materia, pero tengo entendido que con aquellas linotipias, tipos de plomo y las rotativas que salían en las películas en blanco y negro. Todo precisando un montón de personas que manejaran y controlaran el proceso.

Desaparecieron los cobradores a domicilio, las telefonistas, los repartidores de telegramas y casi los carteros, las modistas, etc.

No son los más importantes ni los más significativos, pero sí los primeros ejemplos que se me vienen a la cabeza cuando trato de recordar aquella época. 

Era entonces la esperanza de muchos, apoyada por cierta literatura de futurismo social, que con el advenimiento de la mecanización e informatización de las empresas, esos robots pasarían a trabajar por y para nosotros, eliminando las tareas más penosas y permitiendo disponer de más tiempo libre, bien reduciendo las horas de jornada, bien los día laborables. Algo así como lo que ocurrió tras la primera revolución industrial, en que se pasó de jornadas de 12 horas diarias y sin días libres, a otras de 48 horas semanales y con días de descanso. Era un tema que cuando jóvenes nos fascinaba y casi podíamos imaginar un futuro en el que nos veíamos tumbados leyendo o contemplando las nubes y bebiendo algo refrescante, mientras las máquinas trabajaban por nosotros.

Ninguno de esos cambios positivos ha tenido lugar, sino que aunando el despiadado sentido empresarial de la producción con el estúpido deseo general de un aumento del consumo personal, ese trabajo ejecutado por robots –y considero también robots a todas las herramientas informáticas- sólo sirvió para que desaparecieran puestos de trabajo y aumentara el número de personas que viven del subsidio de desempleo, o ni siquiera eso. Si siempre el equilibrio de la sociedad capitalista fue precario, con los mimbres que se han ido aportando, el equilibrio ha pasado a ser de una inestabilidad portentosa, porque a poco que un pequeño engranaje falle, se derrumba todo el sistema y se producen desastres como el que llevamos viviendo desde hace un par de años.

Cierto, hay países que no llegan al nivel de paro que en España tenemos, pero es que con esta estructura económica global siempre habrá países –muy pocos- que se salvarán de la quema (los de siempre y alguno más) y otros que serán quemados. Es como aquella costumbre en la mili, de arrestar al que llegara el último a la compañía tras la instrucción o alguna otra actividad castrense: siempre habrá un último. El problema es que en economía los castigados no se limitan a ese último, sino a todos los que no estén en el pelotón de cabeza.

¿En qué momento “cambiamos de agujas” y pasamos de desear un mundo aceptablemente feliz para todos a otro tan competitivo como el actual, que abandona en la cuneta a los menos afortunados?, ¿en qué momento colocamos como objetivo primordial de nuestra vida tener un buen coche y viajar en avión a lugares lejanos?, ¿cómo no nos dimos cuenta de que el trabajo de las máquinas no se iba a utilizar para proporcionar más descanso y bienestar a todos, sino para esclavizarnos y ponernos la zanahoria gigante delante de los ojos?

Ya no tiene remedio y salvo que se produzca una nueva revolución que de verdad dé la vuelta al sistema y a las personas –y lo veo imposible- es por esta senda que seguiremos, y apostaría que la disminución del bienestar general está asegurada. Para siempre.

jueves, 17 de junio de 2010

Ese acoso llamado fútbol

Sé que lo que voy a decir va a ser una sorpresa para muchos y que no le darán la más mínima credibilidad, pero por extraño que parezca, hay en el mundo personas a las que no les gusta el fútbol; diría más, hay incluso a quienes desagrada profundamente: yo soy uno de esos ejemplares. Ya lo sé que eso supone ser asocial, enemigo público, transgresor, snob, etc., pero lo cierto es que cuanto más me agobian con la permanente presencia del espectáculo, más me desagrada.

Hace años, estaba pasando unos días en casa de alguien que poseía el pertrecho completo de todo buen aficionado, a saber, bufanda, trompeta acoplada a un envase metálico de aire comprimido, etc. Incluso en alguna ocasión llegó a usar esa trompeta en su domicilio tras marcar “su” equipo un gol, mientras contemplaba un partido por la televisión. Es difícil creerlo, pero llegué a presenciar cómo ponía dos televisores, uno encima del otro, para contemplar los dos partidos que cierto día transmitían simultáneamente.

El caso es que se me ocurrió ver un concierto de Manhattan Transfer en la televisión y como él me preguntara que cómo podía gustarme aquello, cogí su trompeta -la del fútbol- y al final de una melodía que me gustó especialmente, la hice sonar. De inmediato me la arrebató al tiempo que me preguntaba si estaba loco. Lógicamente le respondí que el loco era él, no yo. No hay que añadir que al día siguiente me marché de aquel lugar finalizando mi estancia en su casa y también nuestra relación; hasta ahora. Y ya hace bastantes años...

Puede que se trate de un caso extremo, pero ni mucho menos tan alejado de lo que se considera normal. Hay, infelizmente, un bar junto a mi domicilio y, cada día que se retransmite un partido por televisión –y no digamos si es un «partido del siglo»-, los bramidos de los clientes-espectadores traspasan mis ventanas dotadas de vidrio aislante, impidiendo concentrarme en nada que pretenda hacer. Esos bramidos no eran -no son- precisamente la resonancia de la racionalidad.

Vivo estos días con la misma sensación que deben sentir quienes están cercados por fieras salvajes en estado de excitación; me siento acosado. No se oyen conversaciones que no sean sobre fútbol, me llegan los gritos del vecindario que presencia los encuentros, hago zapping en la televisión y varios canales retransmiten partidos, los telediarios están más tiempo hablando de ese pretendido deporte que de otros asuntos de mayor importancia o trascendencia.

Me gustaría que algunos de esos aficionados apasionados intentasen imaginar esa sensación: es parecida a la de un asmático tratando de respirar en el interior de una discoteca o uno de esos bares donde se continúa fumando intensivamente gracias al patrocinio de nuestra presidente autonómica.

Leo que para este campeonato mundial, se ha inventado –o extendido su uso, igual da- un instrumento productor de ruido llamado vuvuzela. Según la prensa, puede producir daños irreversibles en el sistema auditivo de quienes se encuentren cerca mientras suena. Advertencia inútil, ya he visto que hay profusión de ellas en los estadios. Sólo me queda desear que la predicción de los expertos se cumpla precisamente con quienes utilizan el artilugio. Y lamento que la excusa del «apoyo a los colores nacionales» haga que sucumban a la contemplación de ese espanto personas a las que considero dotadas de inteligencia racional.

domingo, 13 de junio de 2010

Moisés, el superhéroe


Estoy convencido de que todos conocemos más o menos a estos personajes y  lo más sonado de sus andanzas, pero precisamente por haber oído hablar tanto de sus proezas, no nos hemos detenido ni un minuto a meditar sobre lo portentoso de tanta hazaña. Estoy refiriéndome a esos personajes de la Biblia que siguen siendo, en teoría, ejemplos a seguir o al menos a admirar, puesto que no han sido apeados por nadie de su categoría ejemplar y la prensa y televisión no les prestan atención para alabar ni desmentir lo que se les atribuye. Son los antecesores de Superman y todos esos superhéroes con los que los americanos del norte tienen a bien inundarnos.

¿Será un pájaro, será un avión? No, es Moisés, quizás el autor de proezas bíblicas más al estilo de ese superhombre del calzoncillo rojo por encima del pantalón, hacedor de maravillas que ni siquiera encajan en las limitadas dimensiones de los milagros y deben ser catalogadas en el más puro estilo Superman, bien entendido que todo lo que Moisés lleva a cabo lo es con la ayuda y complicidad de Yahvéh, Jehová o Dios Padre, como queramos llamarlo. Lo más sorprendente de todo es que no hay ni una sola prueba de la existencia de Moisés; nada de sábana con su rostro impreso, ninguna astilla de su cama, ni una partícula de las tablas de la Ley, es más, aunque muchos historiadores sostenían que escribió los  cinco libros del Pentateuco y actualmente se mantiene así en la religión judía, estudiosos posteriores niegan esta posibilidad, debido a la diferencia de estilos y otras razones que desmienten la contemporaneidad entre esos textos.

Hay que abandonar la tesis de la valía de Moisés como escritor y conviene ir dejando atrás asimismo su fama como orador. Todos los testimonios apuntan a que era tartamudo y, siendo sincero, no parece que eso facilite una oratoria convincente. Para colmo, algunas tradiciones afirman que de niño se introdujo en la boca un carbón ardiendo, lo que no ayudaría a la mejora de la dicción y no proporciona grandes perspectivas sobre su sagacidad.

En lo que sin duda era un fenómeno es en las obras hidráulicas. Aquello de separar el Mar Rojo para que pasaran sus paisanos y cerrarlo repentinamente para atrapar a quienes les perseguían está en la línea del moderno Superman.

Tristemente, otros sucesos demuestran que este hombre tenía algún que otro fallo e incluso que lo que se cuenta contiene puntos escasamente veraces. Por ejemplo, cuando su pueblo tenía sed y Jehová le recomendó que golpease la roca con su vara para hacer manar agua, parece que como el agua no aparecía por ninguna parte se puso nervioso y rompió la vara a golpes contra la roca. Terminó brotando agua, pero Jehová castigó su impaciencia e hizo muy bien, porque si alguien te ayuda a hacer esa maravilla de separar las aguas de un mar, tras haberte apoyado con todo aquello de las plagas, lo menos que merece es un poco de confianza en lo que dice, ¿no?

Y eso que su dios tenía una paciencia infinita con Moisés. Resulta que después de pasar nada menos que 40 días en el monte -ahora dicen que no era el Sinaí, a saber- mano a mano con el Señor, que le entregó las muy famosas tablas de La Ley -parece que eran 613 mandamientos- al bajar y llegar a donde se encontraba su pueblo y descubrir que estaban adorando al famosísimo becerro de oro, le dio un ataque de ira, rompió las tablas y quemó el becerro.

Lo de romper las tablas es bastante reprochable, porque obligó a Jehová a facilitarle una copia y aquellas piedras no eran tan fáciles de hacer como las fotocopias de hoy en día, por eso dios le pidió que le subiese las piedras ya preparadas, y como no debía haber guardado un backup, esos 613 mandamientos quedaron en 10. De otro lado, lo de quemar el becerro suena más a truco de escamoteo que a otra cosa. ¿Cómo va a quemar una imagen hecha en oro, un material cuyo punto de fusión es superior a los mil grados?, ¿quien se quedó con el material fundido?

Ya se sabe que los lectores despistados de libros sagrados tienden a poner en duda todo lo que no tenga evidencia de ser cierto, por eso ahora circula el rumor de que por no ser, Moisés ni siquiera era judío, sino puro egipcio, lo que tiraría por tierra todo eso del pueblo elegido salvado por uno de los suyos. Sea de donde sea, poco importa su lugar de origen teniendo en cuenta que lo más probable es que nunca existiera, aunque los que mantienen lo contrario no sólo porfían sobre su existencia, sino que añaden que murió a los 120 años, edad que para aquellos tiempos no estaba nada mal, salvo que lo comparemos con otros colegas de la Biblia, cuyas vidas oscilaron en muchos casos entre los 500 y los más de 950 años. Todo eso en un tiempo en que no existía seguridad social… 

miércoles, 9 de junio de 2010

Español para españoles (16)

Tengo casi la certeza de que, contando ya de inicio con la escasa lectura de la que estas páginas disfrutan, estos textos o entradas que tratan sobre el lenguaje son los menos leídos. Se me aparecen varias razones para que sea así: casi nadie acepta que otro se erija en maestro de nada y menos aún si carece de un título en la materia que lo respalde. Tampoco hay mucho interés por aprender lo relativo al lenguaje, porque existe poco cariño por la lengua que hablamos y la creencia extendida de que mientras el interlocutor nos comprenda… Bien es cierto que si esto lo firmara Lázaro Carreter atraería más lectores, y sería justo, pero lamentablemente él no está ya entre nosotros y esto es lo que hay. Aprovecho para recomendar nuevamente los dos tomos publicados de su «El dardo en la palabra», porque además de resultar ameno e incisivo, verdaderamente ayuda a no cometer errores lingüísticos que no dicen mucho de bueno sobre el orador o escritor.

El caso es que puedo afirmar que pongo bastante interés para que la objetividad predomine sobre lo que por aquí voy dejando y aseguro que, antes de incluir un tema, procuro cerciorarme de que se trata verdaderamente de un error o abuso generalizado y no de un fenómeno o hábito lingüístico exclusivo de mi entorno.

Hoy voy a dejar a un lado la crítica del «neolenguaje Lego» -por aquello de que se construye con piezas premoldeadas- y querría, o quizás debo, hablar sobre las «palabras en vía de extinción» o, como muy bien se las denomina en el texto al que voy a referirme más adelante, palabras obsolescentes.

Encontré una página sobre la lengua española, en la que se animaba a apadrinar palabras amenazadas de desaparición y mi sorpresa fue encontrar allí a personajes conocidos, incluidos políticos. En concreto, Rajoy apadrinó «avatares», a saber por qué, Zapatero «andancio», una palabra leonesa que significa algo así como enfermedad epidémica leve y Llamazares «coloniales», antigua denominación de las tiendas de alimentación.

El caso es que esa campaña de apadrinamiento ya terminó, pero me pareció una magnífica idea, como modesto esfuerzo para evitar la desaparición de términos como “empero, bochinche, alféizar, zaguán, alcancía…” y tantas otras que formaban parte de nuestras vidas y que abandonamos en el camino para adoptar otras más cortas, más fáciles de pronunciar o, simplemente, porque ni sabemos ya lo que significaban. Un párrafo de esa campaña decía:

Queremos que nos ayudes a salvar el mayor número posible de esas palabras amenazadas por la pobreza léxica, barridas por el lenguaje políticamente correcto, sustituidas por una tecnocracia lingüística que convierte en "técnicos de superficie" a los barrenderos de toda la vida o perseguidas por extranjerismos furtivos que nos fuerzan a hacer 'outsourcing' de recursos en lugar de subcontratar gente.

Seamos egoístas, conservemos lo nuestro, y evitemos ese empobrecimiento del lenguaje que cada día nos hace más simples, más homogéneos. Vi hace algún tiempo un anuncio de un local de tatuajes que estúpidamente pedía «¡Personalice su cuerpo!». Yo recomendaría más bien -y esto sí que es urgente- que personalicemos nuestra mente.

Se me olvidaba: para quien tenga curiosidad por dar un vistazo, la página es http://www.reservadepalabras.org/ y los promotores están coordinados con otra página similar en catalán. Un idioma que infelizmente desconozco –no lo hablo ni en la intimidad-, pero cuya sonoridad me resulta grata…

sábado, 5 de junio de 2010

Temas delicados

Hay cosas de las que no se debe hablar. Esto es una doctrina fielmente seguida por la gran mayoría, que rehuye emitir una opinión que comprometa y prefiere limitarse a asuntos donde no se vislumbre la “trastienda” del orador. A ese enorme colectivo pertenecía, con seguridad, el primero que dijo aquello de que no se debería discutir de política ni religión. De qué hablamos entonces, ¿de fútbol?, ¿del tiempo? La respuesta parece ser que sí.

Es seguro que hago mal al no seguir esa norma, pero afirmo de todo corazón que me aburren buena parte de las conversaciones habituales y, por esa razón, en este blog trato de cosas sobre las que, sin ánimo de pontificar, emito mi juicio tal y como yo lo veo y por descontado que admitiendo opiniones contrarias, aunque en la práctica esas opiniones no aparezcan por ningún lado. Me siento satisfecho de que me guste tratar sobre política, religión y otros temas delicados. Puedo equivocarme al opinar, pero lo que sí es cierto es que con ello demuestro más honradez que quienes silencian sus propias ideas, quizás, porque en lo profundo de su ser no les parezcan muy defendibles o sea difícil catalogarlo como “ideas”. Y se aprende más y se abre más la mente discutiendo sobre un tema que callándolo.  

Desde que en 1990 la Organización Mundial de la Salud excluyó la homosexualidad de la lista de enfermedades, la consideración de la gente, las leyes y las actitudes han cambiado radicalmente hacia quienes poseen esas inclinaciones sexuales. ¿Es eso real o producto de cierto adoctrinamiento? Pasamos en poco tiempo del rechazo rotundo a la aceptación entusiasta. Sin embargo, es fácil detectar que no se ha dado tiempo a la sociedad a asimilar de manera natural la nueva actitud respecto de los homosexuales, después de siglos de desprecio o persecución, y como en tantas cosas, me parece que la prisa o la desmesura son poco aconsejables.

Hace tan solo 20 ó 30 años la homosexualidad era una vergüenza y como tal se ocultaba, aunque en muchos casos no pasara desapercibida y todos sabíamos de murmuraciones al respecto sobre éste o aquel personaje público. Al hombre con esa orientación se le llamaba como poco marica y a la mujer tortillera. Recuerdo que en mi grupo de amigos de aquella época había uno de ellos y la verdad es que el trato que recibía no era discriminatorio ni él debía percibir prejuicio alguno, puesto que continuaba acompañándonos en las salidas del grupo, y yo me sentía bien porque encontrara un espacio amigable entre nosotros. Como era muy amanerado, provocaba a veces algunas sonrisas, pero nada serio.

Cambiaron las cosas, y ahora ser homosexual ha pasado a ser un título equiparable a la ingeniería o medicina y he tenido oportunidad de ver en la televisión a una madre confesarse orgullosa porque su hija era lesbiana, con el mismo tono que si la joven se hubiera graduado cum laude en alguna difícil carrera. Ojo, quiero aclarar que puedo entender que esa madre quiera y apoye a su hija sea cual sea su inclinación sexual, eso es lo justo. Empero lo otro, simplemente me deja estupefacto. Hemos pasado de un nefasto extremo del péndulo (rechazo a los homosexuales) al otro nefasto extremo (ser homosexual es lo mejor).

Hablando de orgullo, tenemos hasta una celebración del “Día del Orgullo Gay” para la que el ayuntamiento de la capital aporta más de cien mil euros cada año. Mucho más de lo que dedica al fomento de muchas artes y no digamos a la provisión de camas de tipo hospitalario –a título de préstamo- para quienes están enfermos o impedidos en su hogar. Lo sé porque he sufrido de cerca esa situación. Claro está que hay muchos más homosexuales votantes que impedidos votantes, razón última del comportamiento de ciertos políticos.

Continuando con la tradición nacional de acoso al idioma, el asunto se aborda gramaticalmente cometiendo atropellos con el lenguaje, por eso denominan “gay” a los homosexuales de origen masculino y “lesbianas” a las femeninas, obviando que “gay” es una palabra extranjera que no añade nada a las que ya existen en nuestro idioma y que en su idioma original, esa palabra se refiere tanto a unos como a otras. Por otro lado, si la palabra que teníamos de antes era peyorativa, lo que se debería es despojarla de esa cualidad. ¿Acaso ha mejorado el prestigio del artilugio porque en vez de “retrete” lo llamemos “water”?

viernes, 4 de junio de 2010

Sarna con gusto sigue siendo sarna

Hace ya algún tiempo, en mi comentario ESPAÑOL PARA ESPAÑOLES (7), criticaba el uso de esa extraña unidad de medida de superficie llamada «campos de fútbol» y la incultura generalizada que presuponía, puesto que al evitar medidas reales como la hectárea o el kilómetro cuadrado se evidenciaba que casi nadie es capaz de hacerse una idea de lo que estas unidades son y representan.

Ayer, en el telediario de mediodía de la primera cadena de TVE parecía que querían certificar mi queja y no una, sino dos veces, se usó la balompédica unidad. La primera, al comentar la entrega a la Armada de la nueva unidad BPE «Juan Carlos I», el buque de mayor tonelaje de toda su historia, se apresuraron a señalar que la cubierta tenía el tamaño de «2 campos de fútbol». Pocos minutos después, en otra noticia, al comentar la superficie quemada en incendios forestales durante el año 2009, se estimó que eran unos «100.000 campos de fútbol». Pido disculpas si alguna de las cifras no coincide exactamente con la facilitada, pero no tomé apuntes y cito de memoria.

Mis felicitaciones a la emisora de televisión por su contribución a la cultura y las hago extensivas a todos los que permanecen indiferentes ante este atropello que se ha hecho norma. Comprendo que es materia sin importancia y que lo que debe causarnos desvelos es el fichaje de fulanito por parte de tal o cual club de fútbol o el estado del césped en el campo en que se va a celebrar el partido que monopoliza nuestra mente durante este intervalo.

martes, 1 de junio de 2010

Ponga una biblia en su vida

Si alguien pone sus ojos en esto que escribo, hay una posibilidad muy elevada de que sea cristiano, en grado más o menos intenso. Pienso por tanto que no puede molestarle lo que aquí pueda decir, puesto que aunque exprese mi pasmo por algunas de las cosas de la fe cristiana, puedo asegurar que trato de no ofender a nadie. Se entiende que hablo de ofensas objetivas, ya que abundan quienes ni tienen sentido del humor ni el más mínimo interés por conocer en qué se basa su fe y por lo tanto si yo digo que –por ejemplo- lo del diluvio universal me parece un pelín increíble –y eso no es una ofensa- ya están echando mano a la pistola o mandando al infierno a éste, su responsable autor.

Vamos a ver, ¿quien lee esto, sabría explicar qué es la Biblia para él? Para José Saramago, la Biblia es un manual de malas costumbres, un catálogo de crueldad y de lo peor de la naturaleza humana. Por ejemplo, para mí, -además de lo anterior- se trata de una mezcla de normas del club al que pertenecen quienes creen en lo que se cuenta, un manual de uso de la religión correspondiente y sobre todo un montón de historias de las que se supone que el creyente -"creyente", no "razonante"- debe extraer ejemplos o conclusiones. ¿Me equivoco?, ¿a qué, entonces, ese rechazo a tratar sobre el «libro de los libros»?

Otra pregunta, ¿a quién va dirigida la Biblia?: ¿a los teólogos?, ¿a las jerarquías de la iglesia?, ¿quizás a los creyentes? Pues me parece que en buena lógica, fundamentalmente a estos últimos, así que no hay nada de qué asustarse.

Es sabido que la iglesia católica ha prohibido durante siglos la lectura de la Biblia y cuando ya no es así, desrecomienda su lectura o trata de disuadir de acometer esa barbaridad. Creo que la Biblia casi no la leen más que los ateos y esas confesiones o sectas como los “testigos de Jehová”, “adventistas del séptimo día”, “iglesia de los santos de los últimos días”, etc. Recuerdo que hace años se multiplicaron en la prensa las peticiones de quienes querían que, al igual que ocurre en EE.UU., todos los hoteles de España tuvieran en la mesilla de noche de cada habitación un ejemplar del libro. Nuestra jerarquía eclesiástica debió temblar y pasar de inmediato a la prensa (entonces más receptiva a su autoridad) instrucciones para que se dejaran de tonterías; y dejó de hablarse de aquella idea, claramente inspirada por los masones y los sin-dios.

Yo recomiendo firmemente a quienes creen en algo, en el dios de los cristianos en este caso, que se interesen, que lean los textos sobre los que se asienta su fe. Profesar una religión no puede vivirse con la misma vacuidad y superficialidad con que se es socio de un club de fútbol. Cierto, puede ocurrir que se les despierte la vena crítica y salgan huyendo de la religión como de la peste, lo que vendría a demostrar que no eran precisamente poseedores de una fe firme como una pirámide, y eso mejor descubrirlo cuanto antes. Si por el contrario, leen con placer todo ello y se reconfortan y reafirman en sus creencias, podrán mantener frente a los demás y ante sí mismos que son auténticos cristianos y tienen idea de lo que dicen y hacen. Las dos opciones me parecen honrosas, lo que me produce risa es que haya quienes declarándose integrantes de la Iglesia, teman profundizar en algún tema religioso, porque con eso sólo evidencian que son creyentes de escasa fiabilidad. Que temen saber.

Hace un par de días charlaba con una amiga sobre la religión y como cabía esperar de ella, que es asistente habitual a los oficios religiosos, afirmaba que cada uno de los suyos era católico, pero que por supuesto reservándose el derecho de admitir o no tal norma (incluso dictada por el Papa) o de aceptar o no tal dogma. De verdad, podrá decirse lo que se quiera de los creyentes españoles, pero no que les falte un peculiar sentido del humor, o quizás una pintoresca heterodoxia, guiada exclusivamente por la comodidad y las convenciones sociales.

viernes, 28 de mayo de 2010

Español para españoles (15)

Una persona no es un suceso ni un acontecimiento; una persona es una persona. ¿Piensan que se trata de una evidencia? Pues resulta que no lo es siempre tanto y que muchos hemos cometido la torpeza gramatical –estupidez, más bien- de confundir lo uno y lo otro.

Hace ya bastantes años, tuve la ocurrencia de experimentar una de esas frases que se suponen extremadamente ingeniosas. Ha pasado el tiempo, pero no el bochorno de haber hecho el ridículo de manera atroz con semejante memez. A cierta mujer con quien mantenía una relación sentimental, un día en que esa relación hacía agua, le dije que “ella era lo mejor que me había ocurrido en años”. Pensé que con ello me incorporaba a lo último en el lenguaje y que ella sabría apreciar mi esfuerzo, mi sensibilidad y mis conocimientos. No fue de esa manera, y su respuesta fue algo así como “…¿qué tontería estás diciendo?”. Con eso me quitó las ganas de hacer más experimentos oratorios, destrozó mi estrategia y dejó por los suelos las posibilidades de darme a valer por vía del lenguaje. A cambio, hizo subir varios puntos la valoración que yo tenía de la inteligencia de esta fémina y lamenté no haberme dado cuenta antes.

No es, ni mucho menos, la única mamarrachada que puede emplearse en conversaciones de este estilo. Hay una que me produce hasta escalofríos: es eso de “una cabeza bien amueblada”. Como en tantas otras similares, quien la empleó por primera vez puede que dejara extasiado a su oyente por su capacidad para definir gráficamente la capacidad cerebral de un tercero, su madurez, su comportamiento adecuado a toda situación o su equilibrio emocional. A partir de aquel momento, sólo los escasos de neuronas pueden hacer uso de una imagen que, definitivamente, no debería ser utilizada de manera habitual como se hace, pero es que hay que contar con la falta de capacidad de expresión de los hablantes y su entusiasmo a la hora de emplear frases –de otros- que les parecen el colmo del ingenio.  

La primera de las frases que he citado es de uso restringido a charlas más bien íntimas, pero la segunda es de tipo “universal unisex” y por lo tanto no hay político, presentador de televisión o torpe de nuestro entorno que no la emplee, y lo entiendo, porque es una verdadera tentación apropiársela para airear la desenvoltura de nuestro lenguaje.

Si quien lee esto considera que la frase es recomendable, pese a todo, mis excusas. Si por el contrario, estima que no es para tanto, le propondré que la busque en Google: me aparecen 56.400 ocurrencias. Creo que no está nada mal.

martes, 25 de mayo de 2010

Técnica del golpe de estado

Me siento obligado a asumir un papel que ni me corresponde ni lo vivo con la intensidad que cabría esperar, porque para sumarse a una causa hay que estar más o menos entusiasmado por esa causa –depende del grado de implicación que se nos exija- y no es mi caso, puesto que no he votado en las dos elecciones generales al actual presidente del gobierno ni lo votaría, salvo en caso de lo que podríamos llamar “emergencia democrática”, pero es que me temo que hemos llegado o estamos llegando precipitadamente a esa situación.

Con las debidas distancias, podría corresponderse –insisto, de lejos– con la actitud de muchos españoles que vivieron la II República, cuando al producirse el golpe militar dudaban si sumarse a ese bando, porque no era aquella la república que habían deseado, pero que por decencia permanecieron fieles al régimen legal, democráticamente establecido por los ciudadanos. Había que tener un estómago especial para ponerse del lado de aquel hombrecillo intrigante y cobarde que encabezó a última hora la rebelión, cuando otros ya habían dado la cara que él escondía, mientras juraba lealtad a la república.

Bien, todo esto viene a cuento del escándalo que los senadores de la oposición le han montado hoy al presidente en esa cámara y de los insultos que la honrada y elegante alcaldesa de Valencia le ha dirigido, uniéndolo a la amenaza de un levantamiento fiscal contra el gobierno central.

Cosas como esas son las que me hacen desear haber nacido en otro país, lejos de aquí, porque es admisible cualquier ideología o posicionamiento político no agresivo, pero lo que no es válido –ni se da en países respetables– es ese permanente recurrir a lo que sea para acceder al poder cuando toca estar en la oposición. No puedo olvidar, ni quiero, que éste es el país en que en un tiempo se hizo popular el grito de «¡vivan las cadenas!». Cuando leo en la prensa la cantidad de personas dispuestas a entregar su voto a estos facinerosos, me quedo horrorizado al comprobar con qué clase de ciudadanos comparto espacio.

No hace falta recurrir a los libros de historia para tener presente el golpe del 36, pero es que esta gente sigue empleando métodos violentos para quitar de en medio a quien gobierna, cuando no les gusta cómo lo hace. Creo que todos nos acordamos de aquel «Váyase, señor González» que machaconamente repetían, porque no podían esperar a las siguientes elecciones para acceder a ese poder que consideran suyo. Y aquel eslogan caló en la gente –aunque muchos ni sabían qué había hecho mal aquel presidente– hasta hacerse una cantinela general.

Ahora siguen en las las mismas. Al comienzo de la primera legislatura ya bautizaron al nuevo presidente como "bambi", queríendo extender la idea de que quizás era buena persona, pero un simple demasiado cándido para gobernar. Más tarde se esforzaron para que aquello del «talante» fuera ridiculizado y motivo de escarnio, arma arrojadiza de todos los limpios de corazón –y cerebro– que componían su extenso coro. Después utilizaron a aquel bufón maligno de la AVT para desgastar al presidente con aquello de su pretendida complicidad con ETA. Ya no era ni buena persona, sino la encarnación del mal y la traición. En fin, no ha habido momento en que se limitaran a ejercer una legítima oposición, sino que su trabajo ha sido y es calumniar y desestabilizar al gobierno.

Ya hace algún tiempo, aprovechando una crisis económica cuyo origen está fuera de España –casi todos olvidan o quieren olvidar que las crisis mundiales de los últimos años han coincidido fatalmente con la llegada de los socialistas al poder en nuestro país–, han entrado como auténticas hienas a destrozar al presidente y su gobierno, aprovechando que las circunstancias no le son lo que se dice muy favorables y sabedores de que el número de carroñeros y esa debilidad innegable del actual poder político les permite lanzar un mensaje a los espectadores de su cuerda, “¡aprovechen, que somos muchos!”. Se esgrime ahora que el presidente es una mezcla de pérfido conspirador y un imbécil sin remedio y además tratan de que sea una verdad inamovible que todos den por sentado.

Indigno, no se me ocurre otro calificativo. Hasta la oposición en Portugal ha cerrado filas con el gobierno –también socialista– para hacer frente a la crisis. No sé si los portugueses son mejores que los españoles, lo que está claro es que nosotros somos peores que ellos.

¡Ah!, y que Malaparte me perdone por haberle cogido prestado el título para esta entrada.

lunes, 24 de mayo de 2010

La épica del fútbol

Llevo décadas haciendo burla de esa épica grandilocuente y rimbombante que rodea en España todo lo relativo al fútbol y veo con pena que no sólo no se trataba de una fiebre temporal, sino que el asunto va a más, ha contagiado a otros deportes –todos más modestos- e, inevitablemente, ha contagiado a toda la vida nacional, que si de algo no estaba sobrada era de toma de conciencia sobre las obligaciones de todos y de la necesidad de tomarse en serio lo que es serio, relegando a su justo lugar un divertimento como el fútbol, porque guste o no es sólo eso, un pasatiempo.

Hace pocos días, en un titular de primera página de un periódico de alcance nacional, leí la declaración del entrenador de un club de fútbol de primera división que no voy a citar, y que decía nada menos que “si hay que morir, moriremos de pie”. De verdad, impresionante.

¿Cómo puede ser que nadie en su sano juicio diga cosas como ésas, una frase que no sorprendería en boca del general Custer o Millán Astray, pero que demuestran una cretinez inconmensurable en boca de un profesional del balón? Y no es lo único, sólo hay que mirar cualquier día las páginas de "deportes" de un periódico, para encontrarse frases épicas más propias de la guerra de Troya que de un juego de 22 individuos con una pelota.

Y es que las cosas no se improvisan de un día para otro. Hace tiempo que viene calificándose de histórico cualquier encuentro deportivo que destaque mínimamente de los habituales y desde hace mucho repito el mismo chiste a los amigos y conocidos, cuando les pregunto por “el partido del siglo de esta semana” (y seguro que muchos no lo captan).

Lo natural es que si hay tanto acontecimiento histórico alrededor de una pelota, terminemos creyendo que quienes participan en él son héroes, líderes de masas, y no están lejanos a cierta extraña realidad, puesto que realmente arrastran a las masas en el sentido literal de la palabra. Hay incluso algún club que alardea de ser més que lo evidente, lo que debería ser, y el personajillo que lo dirige aspira a un puesto de primera línea en la política. De ahí a repercutir en todo el acontecer nacional no queda ni un paso, por eso es cosa aceptada por todos -casi todos- que los ayuntamientos y hasta comunidades autónomas tengan “deferencias” muy especiales con los clubes de fútbol, se les permita que sus seguidores dañen monumentos que pertenecen a la totalidad de la ciudadanía y hasta se consientan deudas a la seguridad social e irregularidades económico-fiscales de muchos, muchísimos millones, para favorecer a los clubes, ¿quién se va a atrever a poner fin a todo eso teniendo en cuenta la enorme pérdida de votos que acarrearía? Por poner sólo un par de ejemplos, en Madrid se construyó el estadio de uno de los dos equipos principales sin licencia de obras y apropiándose de una vía pública. Al otro se le autorizó un centro comercial en terreno calificado como destinado a instalaciones deportivas, años después se le recalificó nuevamente un terreno de uso deportivo para la construcción de rascacielos, etc. Caramba, si hasta la iglesia mete la cuchara en ese potaje y lo primero que hacen los jugadores de un equipo tras conseguir un trofeo de lo que sea, es correr a ofrecérselo al santo patrón o patrona que corresponda, con gran complacencia de los mitrados locales. Ya se sabe por las sagradas escrituras cómo la corte celestial se entusiasma por el fútbol, ¿no?

Por eso, y sólo por eso, pueden tomarse medidas económicas e impositivas que afectan a todos los ciudadanos, sin mayores consecuencias, aunque tengan un cierto coste electoral, pero ni pensar en tocar lo intocable: el fútbol. Hasta ahí podíamos llegar… Los españoles sabemos defender, hasta nuestro último aliento, lo que de verdad es sagrado.

jueves, 20 de mayo de 2010

El libro de los libros


Una más, de las muchas cosas que me alejan de cualquier religión, es la certeza de que «mi dios» está condicionado por las coordenadas geográficas. Nací en Sevilla, pero resulta que si el acontecimiento hubiera tenido lugar doscientos kilómetros más al sur, consideraría natural postrarme varias veces al día con mi trasero en dirección contraria a La Meca. Sin embargo, como vine al mundo en un espacio de preeminencia católica, fui bautizado, tuve que hacer la primera comunión, asistir a mil misas con el librito de «Mi Jesús» en las manos y otras actividades que prefiero no mencionar. Tuve que orientar mi fe a los que sostienen, entre otras muchas cosas pintorescas, que un señor mayor que vive en Roma, elegido por otros señores mayores, todos ellos padeciendo cierto aislamiento de la vida real y víctimas por tanto de cierto desquiciamiento, es el representante legal de un montaje que tiene la tremenda desfachatez -entre otras muchas- de considerar el Nuevo Testamento una continuidad natural del Antiguo Testamento, cuando resulta que éste es antagónico de aquél y está compuesto por una colección de disparates que en su mayor parte ponen los pelos de punta, al recordar que ese contenido tiene vigencia para muchos creyentes, cristianos o judíos. Claro que por eso la religión católica ha puesto y pone buen cuidado en que sus fieles ni se asomen a esas páginas, para evitar sofocos, desmayos y, quizás, hasta deserciones masivas.

¿Cuántos católicos se han tomado la molestia de abrir una Biblia y echar un vistazo al contenido? En realidad, ¿tienen siquiera una Biblia en casa? Yo tengo un precioso ejemplar que me regalaron hace muchos años y lo conservo con cierto cariño, por aquello de la ocasión en que me fue regalado.

Recomiendo abrirlo al azar –el Antiguo Testamento- y salvo que tenga la suerte de que la casualidad ponga ante sus ojos el Cantar de los Cantares o algún fragmento de otro libro en su parte bondadosa, sentirá que se le hiela la sangre en las venas, bien por la cantidad de amenazas y horrores que relata o promete, bien porque entenderá que se trata tan solo de un libro hecho por y para judíos, donde sólo interesa su historia y la relación de virtudes especiales que adornan a estos humanos de primerísima división, pueblo elegido por ese dios al que se le atribuye –entre otras virtudes- ser infinitamente justo. Algo que debería chocar a los pueblos no-elegidos.

Acabo de hacer esto que aconsejo y me encuentro –se trata del Deuteronomio- con una relación de alimentos de origen animal que pueden o no pueden comerse, supongo que atendiendo a misteriosas razones. Sin ir más lejos, parecen estar prohibidos los calamares, el conejo y el avestruz, por poner sólo un ejemplo de cada entorno. Del cerdo, ya sabemos de qué va la cosa, ni siquiera los andares. La relación de animales prohibidos no es exhaustiva, pero las pistas que proporciona dan una idea de la estabilidad mental del autor de la parrafada. He leído ayer en la prensa que el actor Nicolas Cage ha declarado que «sólo come carne de animales que copulan con dignidad y que por eso no come cerdo y por eso come pescados, que practican el sexo dignamente», ¿lo de la Biblia tendrá la misma motivación? La verdad es que no quiero ni pensar cómo se lo montarán los calamares…

La ley del Talión no es como la conocemos, sino más completita y sanguinaria: «Vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie». Vamos, es como la que siempre citamos, pero sin dejar resquicio para la duda. Lo de poner la otra mejilla fue sólo una licencia poética de dios-hijo, un día en que le dio hippy.

Leo algunas otras perlas. La posibilidad de que después de tomar esposa, descubramos en ella «algo que nos desagrade», se remedia simplemente redactando un «libelo de repudio», poniéndolo en la mano de ella y «despidiéndola» sin más de casa. Esto debería entusiasmar al colectivo feminista que ahora nos tiene en un puño, pero si hay mujeres en el Opus Dei, ¿qué nos puede extrañar ya?

¿Tenían la idea de que dios era infinitamente misericordioso? Pues atiendan lo que en este libro de la Biblia se avisa que le sucederá al que no cumpla sus preceptos: «Maldito serás en la ciudad y en el campo. Maldito el fruto de tus entrañas y el fruto de tu suelo, los partos de tus vacas y las crías de tus ovejas», lo que se dice la ruina total; pero por si les ha sabido a poco, hay más: «Yahvéh hará que se te pegue la peste… te herirá de tisis, de fiebre, de inflamación, de gangrena… te herirá con tumores, sarna y tiña de las que no podrás sanar», etc. etc. Todo esto por no seguir sus preceptos. Se ve que le pillaron en un mal día y no estaba por ejercer esa misericordia infinita que se le atribuye.

También prohíbe los esclavos... que sean compatriotas, o sea, israelíes; con los de otro origen no hay problema, pueden tenerse sin más escrúpulos. No me extraña el comportamiento del estado de Israel con los palestinos. Teniendo a este dios como ejemplo y guía, ¿quién va a sentir nostalgia de Hitler, Stalin o Pol Pot?

En serio, practiquen el bonito deporte de leer algunos párrafos, tras abrir la Biblia al azar, y verán cómo sus ratos de ocio se enriquecen como nunca imaginaron.

domingo, 16 de mayo de 2010

Estado de ánimo económico


Estamos leyendo tanto y tan diverso sobre la situación económica de España, que no entiendo cómo hay quienes son capaces de formarse una idea completa sobre el estado de la economía y utilizar esa idea como doctrina a enfrentar con la de otros o como guía para actuar en la propia vida económica.

Se supone que todos partimos de unas ideas ciertas sobre el origen de la crisis. Ciertas, aunque quienes son incapaces de articular un pensamiento por su cuenta se limitan a recibir las consignas de sus admirados oráculos y las adoptan sin más reflexión o evaluación. Pero son una clara minoría y por cierto la más iletrada.

Decía que casi todas las personas en todos los países aceptan como incuestionable que el origen de la crisis se encuentra en los EE.UU. y sus bonos basura, fundamentalmente los creados a partir de esas hipotecas concedidas a insolventes y vendidas más tarde en paquetes a la banca del resto de los países, que seguramente sospechaban de la bondad del producto, pero que se tapaban la nariz y compraban hechizados por los grandes beneficios que se prometían y con una elevada esperanza de que a lo mejor, no sucedería nada.

Pues bueno, sí que sucedió, quizás facilitado por esa necesidad que posee el capitalismo de sufrir una quiebra cada cierto número de años –y cada vez son menos años- para después fingir que es un sistema sin tacha y, desde luego, porque esos paquetes basados en hipotecas “alegres” pincharon de manera estrepitosa.

Con esa explosión salió a la luz en cada país sus aciertos y sus deficiencias estructurales. En nuestro caso la famosa burbuja inmobiliaria o progreso económico basado en la construcción y la evidencia de un déficit endémico entre exportación e importación, porque lo que manufacturamos no posee valor añadido y por el contrario y debido a la persistencia de ese «que inventen ellos», hay que pagar licencia por la mayoría de lo que fabricamos. Somos un país de torpes sin imaginación, incapaces de investigar y descubrir, o quizás el mundo empresarial prefiere comprar licencias y obtener beneficio inmediato que hacer las cosas bien, invirtiendo en investigación y recogiendo a medio plazo los beneficios de esa iniciativa. No hay que olvidar que –otra más- estamos a la cola en Europa por número de patentes registradas anualmente. Y por favor, que nadie mencione la fregona o el chupa-chups.

Nos llega –nos llegó- el tsunami de esa crisis mundial tras el terremoto de inicio y no tenemos energía ni para recoger los restos que se amontonan en la orilla. Surgen los políticos y economistas que poseen la varita mágica capaz de transformar una economía parásita, basada en la construcción y el turismo de masas, en una economía boyante y con iniciativa. Dudo de que exista la varita mágica y dudo de que esos políticos que tanto vociferan sepan cómo cambiar las tornas.

En ese momento, y llevados de esas voces, todos giran la cabeza hacia el gobierno de turno y, simplemente porque está ahí, se decide culparle de todo y hasta del inquietante volcán islandés. No tengo interés en defender al gobierno actual, porque no sé si las medidas que toma son las acertadas (yo sí sé que no entiendo de economía), pero tengo que mirar con irritación a quienes parecen no tener otro propósito que hundir la -más bien escasa- buena fama de nuestro país en el extranjero y de propiciar la depresión de los ciudadanos propios.

Eso que se mide y publica de vez en cuando y que se llama “confianza del consumidor” debe estar por los suelos y esa confianza es un estado de ánimo que con toda certeza repercute en la situación económica y en la capacidad de que nos recuperemos a buen ritmo. Las medidas de austeridad que acaban de publicarse, congelación de pensiones y bajada de salarios a los funcionarios, son desde luego un mazazo en esa confianza y sobre todo si van acompañadas de las voces apocalípticas de siempre: los que por encima de todo procuran la vuelta de la tortilla, más que el bienestar de todos.

En Europa se nos mira con desconfianza -¿cómo se va a confiar en un país que desconfía de sí mismo y lo proclama?- y vuelve a circular aquella especie de que «África empieza en los Pirineos», como si el límite de un continente pudiera desplazarse a capricho y como si la pertenencia a uno u otro continente marcara un destino.

Lo más triste es que quienes son los verdaderos culpables de nuestra crisis permanecen impunes y a salvo. Ya sean los bancos estadounidenses que vendieron a los demás esos bonos envenenados, ya los bancos españoles que los compraron “inocentemente”, ya quienes en España fijaron esa política de economía subsidiaria (llevamos siglos en ello), ya quienes se creyeron que la construcción sería la panacea que transformaría a España en la 6ª o 7ª economía mundial (hemos estado más de una década en esas). Un sueño que se aleja, y esta vez definitivamente, porque esas que se llaman economías emergentes van a ocupar a medio plazo el puesto al que tienen derecho a aspirar por su tamaño y pujanza.  

Lo refiero en otro comentario anterior. Las diez personas (ciudadanos norteamericanos) a las que se considera responsables del desastre desencadenante de todo lo demás continúan a lo suyo, y entre todas han obtenido el pasado 2009 –con crisis galopante- unos beneficios superiores a los 25.300 millones de dólares, lo decía el Wall Street Journal el pasado abril. Mientras, en otros países, y concretamente en el nuestro, los funcionarios, los pensionistas y tantos otros tenemos que apretarnos el cinturón y no sirve de nada protestar, porque no hay otra salida. Al menos, perteneciendo a este «mundo occidental» que tiene todo irremisiblemente «atado y bien atado».

jueves, 13 de mayo de 2010

Elogio de lo intemporal

Acabo de estar leyendo el suplemento dominical del periódico y me invade la misma sensación que otras veces: no sólo tengo un montón de años, sino que soy declaradamente viejo, puesto que no entiendo casi nada de lo que se dice y se propone, pero eso es cosa sabida por mí y a la que estoy acostumbrado ya que, al parecer, llevo más de cincuenta años siendo viejo. Debo ser un profesional de la vejez.

Eso sí, mis neuronas dan para entender que la tesis que planea sobre el conjunto de la revista y, en realidad, de toda la sociedad, es que nada que no sea actual merece la pena. Es cierto, el enfado –por decirlo suavemente- me invade cada vez que oigo los argumentos que se dan para descartar algo. Simplemente ese algo es antiguo –o pasado de moda- y por lo tanto se acabó, no existe, a otra cosa.

Me inicié en la lectura como hábito a los 9 ó 10 años, con unos libros que me recomendaba un amigo de mi prima favorita, un “anciano” –para mí- de 18 ó 20 años. Se trataba de aquellos “libros de Guillermo”, escritos por Richmal Crompton, cuya acción se desarrollaba en los años veinte del pasado siglo y que ya eran antiguos cuando yo los leí, aunque para mí fueron todo un descubrimiento que conformaron mis gustos por la literatura de humor y que continué leyendo con cierta regularidad hasta más de treinta años después. De hecho, todavía hoy les doy algún repaso de vez en cuando, aunque admito que no me hacen reír como antes, en parte porque me los sé de memoria y en parte porque no cuento ya con la inocencia y buen humor de otros tiempos.

En cuanto a la música, aunque yo torpemente cantase –según parece- alguna canción de moda entonces, de aquellas del trío Calaveras o Antonio Machín, también llegó de manera intensa a mi vida de la mano de Frank Sinatra, un cantante que ya entonces iba declinando en su fama, aunque disfrutara de algunas remontadas gracias a sus interpretaciones cinematográficas y a algún éxito discográfico ocasional. En la actualidad, creo que debo tener unos sesenta de este intérprete y sigo escuchándolos como si el tiempo no pasara por ellos (que casi no pasa).

Es muy probable que si me preguntasen qué me llevaría a una isla desierta en materia de lectura y música, escogiera aquellos libros y estos discos -entre otros-, para horror y espanto de quienes piensan que la calidad está en lo novedoso y que a eso hay que orientar las preferencias. Soy tan antiguo y tan anciano que no comprendo el reproche fundamental que a estos gustos se les dirige: ya no se llevan y quien insista en declararse su admirador no es más que un inadaptado, un apestado que no sabe mantenerse a flote en el mundo actual.

No voy a hacer una defensa de mis gustos, en primer lugar porque sé que es inútil intentar defender lo que a los ojos de otros es indefendible y en segundo lugar porque siento que ofendería la calidad incuestionable de lo que amo. Soy de los que piensa que si algo es bueno en literatura o música, sigue siéndolo por más que el tiempo pase y nadie me va a convencer para dejar de lado aquellos libros, de escuchar a Sinatra, de conmoverme hasta llorar con Bill Evans o Mozart.

Dejo para otros la admiración sin límites por Harry Potter, Lady Gaga o David Bisbal y, la verdad, creo que sí es cierto que una persona se define por sus gustos y sus no-gustos. Esa frase de «para gustos se hicieron los colores» se inventó para engaño y consuelo de mediocres.

Que nadie piense que esto que digo supone un desprecio por todo lo actual, ni mucho menos. El abanico de lo admirable es muchísimo más amplio que un cantante o un personaje literario de épocas distantes. Evidentemente se trata sólo de un par de ejemplos y no voy a revelar aquí mis gustos por tal o cual elemento de moda, pero es un hecho difícil de rebatir que hace bastantes años, quien sobresalía lo hacía por méritos propios, reales. Hoy basta una campaña publicitaria adecuada para que cualquiera venda sus libritos o sus gorgoritos. Hay un exceso de producción, que hace francamente difícil el descubrimiento de lo realmente bueno.