sábado, 30 de enero de 2010

¿Jazz entre amigos o jazz para todos?

Iba a darle otro título a la entrada, pero no he podido resistir la tentación de homenajear con mis escasas posibilidades a un antiguo programa de televisión, "Jazz entre amigos", que significó toda una época en la difusión del jazz y cuya desaparición dolió a quienes como yo, somos entusiastas de ese género musical.

Me resulta extraño haber tardado tanto en incluir una entrada que tratara sobre el tema musical, pero es que estoy tan fuera de onda de lo que se considera actual, que me parecía más que atrevido escribir sobre el asunto. Sin embargo, nada me impide decir algo de lo que pienso acerca de la posibilidad de que el jazz sea para todos y no solo para los amiguetes de siempre.

Está música comenzó en ambientes poco recomendables, los prostíbulos de Nueva Orleans fueron su lugar de nacimiento como muchos saben, pero pronto fue acogida como la música que indiscutiblemente ponía sonido al siglo XX y así ha sido, aunque es cierto que de manera algo renqueante a finales de la centuria. Hay a mi entender varias causas por las que actualmente este género anda de capa caída. No puede contemplarse su caída de popularidad sin referirse a la caída de todo lo que en música posee calidad.

Si inicialmente era una música popular, tan popular como pueda ser ahora el rock o el pop, su rápida evolución hacia formas y esquemas musicales más complejos hizo que perdiera en adeptos lo que iba ganando en calidad y categoría. No hay que olvidar que una de sus figuras cumbre, Duke Ellington, se declaraba influido por compositores como Debussy y Milhaud. Para mayor distanciamiento, fue surgiendo todo un vocabulario alrededor del género que hacía sentirse como extraños a los que por primera vez se acercaban al jazz, que se apartaban molestos, con la sensación de haber entrado en un club al que no pertenecían. Tampoco es ajeno al cambio la popularización de los discos de vinilo y la transformación de un arte en una industria. Lo cierto es que poco a poco el gran público fue alejándose del jazz y el género pasó a ser esa música de minorías, que una mayoría consiente en escuchar ocasionalmente.

El jazz se volvió una música casi marginal y a quienes la siguen con regularidad, se les considera cuando menos “raritos”. Ha desaparecido prácticamente la afición en su cuna, los EE.UU., y apenas consigue mantenerse en Europa, en donde con frecuencia se llega a etiquetar como jazz a músicas quizás cercanas en cuanto a sus condiciones de nacimiento, pero muy alejadas de su esencia, como le ocurre al flamenco, samba, tango, rai y todas esas músicas, ahora llamadas “étnicas”, con las que se le empareja y a veces se intenta fusionar, por lo general, con limitado éxito artístico y de audiencia.

A mayor extensión y mayor popularización, menor calidad. Ésta es una regla que debe aplicarse a cualquier fenómeno de este tipo, para explicar la posterior reducción de su ámbito o la deformación y adulteración de buena parte de lo que sobrevive. Hablo no sólo del jazz, sino de la música en general. De ahí el tremendo aislamiento en que se desenvuelve actualmente el jazz y la dificultad para que los locales donde se interpreta o los músicos que la interpretan, obtengan una mínima rentabilidad por esa dedicación. El músico que vive por y para el jazz es, ahora, un héroe, que para colmo no es conocido y reconocido más que en su ámbito cercano.

jueves, 28 de enero de 2010

Español para españoles (4)

Según se publicó en su día, la causa del fallecimiento de mi admirado don Fernando Lázaro Carreter fue “una serie de desarreglos generalizados”, que es una forma elegante de decir que murió de viejo, pero deseo que no influyera negativamente en él comprobar que, pese al éxito de venta de su obra “El dardo en la palabra”, en la que hacía una ácida crítica de esos “creadores” lingüísticos que han aparecido en los medios, el resultado práctico de esta crítica ha sido bastante escaso, pues aunque las cifras de venta de esta obra fueran excepcionales, no parece que haya afectado en casi nada al habla de la ciudadanía y en concreto, a los periodistas y políticos a los que atacaba con más que justificada saña. Ya se sabe que los que hacen las cosas mal son “los demás”, no hay sentirse aludido.

¡Quién me iba a decir que recordaría con gusto algo de los tiempos del franquismo! Sin embargo, tengo que mencionar que en aquellos tiempos, al menos eso me contó un familiar que trabajaba en Radio Nacional, si un locutor cometía un error gramatical serio, era sancionado. Si eso se hiciese ahora, habría presentadores de televisión que en vez de recibir su salario a fin de mes tendrían que pagar ellos una cifra elevada.

Hay un error que ha existido siempre, pero que ahora es plaga entre la gente normal y por supuesto, entre los periodistas. Se trata de confundir el verbo “oír” con el verbo “escuchar”, utilizando siempre el segundo. Es inútil explicar al hablante que estos verbos tienen una diferencia entre sí similar a la que existe entre “ver” y “mirar”, puesto que en los dos casos el segundo verbo implica la intervención de la voluntad, mientras que el primero es independiente de lo que quiera el sujeto, que es pasivo. Es cierto que siempre ha existido alguna intromisión de un verbo en el lugar del otro como forma generalmente aceptada: ahí tenemos lo de “ver una película”, pero eso no pasa de ser una excepción y no la norma.

Por ejemplo, ¿cómo es posible que nadie “escuche” unos disparos realizados por unos atracadores? Pues aunque parezca mentira, eso es lo que el otro día contaban los testigos del hecho en un telediario, y no es la única vez. Pero no es ni mucho menos algo infrecuente: todos afirman “escuchar” lo que sea, olvidando que existe el verbo “oír” y condenándolo a la desaparición por desuso. En esos programas donde llaman por teléfono a un espectador es frecuente que el presentador diga eso de “no te escucho bien” refiriéndose a problemas en la conexión. Debería haber alguien que le explicara que si no lo escucha bien es porque no le da la gana, y que otra cosa es que tenga dificultades para oír.

Para terminar, otra expresión de indudable éxito: “a día de hoy”.  La palabra “hoy” empleada en solitario, sin el acompañamiento obligado de “a día de…” ha dejado de interesar a nadie. Tampoco gusta lo de “a fecha de hoy” que es algo correcto y quizás por ello menos atractivo para los hablantes. Algún afrancesado pretendidamente erudito se sacó de la manga lo de “a día de hoy”, cayó en gracia a todos, y actualmente casi nadie se atrevería a pasar por inculto empleando “hoy” de esa forma tan poco lucida, tan huérfana.

domingo, 24 de enero de 2010

Qué es esta cosa llamada jazz

Ayer asistí a un concierto de jazz, animado por unos amigos a los que no disgusta esta música y con los que he compartido otros espectáculos que prometían alta calidad musical, no siempre confirmada por la realidad.

El concierto tenía lugar en el auditorio municipal de unos de esos pueblos ricos que rodean Madrid y que disponen de instalaciones que ya nos gustaría tener a los capitalinos, pues el ayuntamiento que tanto nos quiere y tanto nos cobra, considera que con un par de cosillas para los cuatro millones y pico que poblamos este caos llamado Madrid, ya estamos servidos. Y para colmo, esas instalaciones suelen reservarse para que actúen quienes, debidamente domesticados, frecuentan el pesebre que le ofrece el poder político. Pero ese es otro asunto y mejor dejarlo…

Lo cierto es que la actuación en el concierto cumplió mis peores temores: allí teníamos a los que, sin duda, eran cinco magníficos intérpretes en sus respectivos instrumentos, pero que no habían recibido la inspiración divina precisa sobre lo que es el jazz. Al comienzo ya anunciaron que interpretaban “jazz étnico”, en su variante de "jazz mediterráneo", y con eso ya apreté las mandíbulas, me agarré fuertemente a la butaca y me preparé para lo peor, que efectivamente, no tardó en llegar.

El cabecilla del grupo –se confesó granadino- era la viva estampa de Fu-Manchú, salvo que no llevaba aquel bigotillo tan vistoso, pero sí con su gorrito característico. “El hábito no hace al monje” suele decirse, pero en este caso el hábito era como una maldición que auguraba trampas y escamoteos. Ante el entusiasmo de algunos de los escasos asistentes (apenas había un 30 ó 40% del aforo) y que debían ser familiares o amiguetes suyos, nos fue aclarando que el título de tal melodía –todas estaban “compuestas" por él- estaba en lengua kirundi, o que tal otra le había sido inspirada después de leer la historia de un general romano, nacido en Cádiz, que entró triunfante y laureado en Roma, etc. Todas las inspiraciones eran a cual más erudita –el tipo había estudiado mucho sobre culturas casi ignotas- pero el resultado era las más de las veces un sonido inarmónico interpretado con alguno de los diez instrumentos de viento que utilizaba el líder del grupo, con el pianista tocando también un teclado electrónico y hasta pulsando a mano el arpa del piano de cola…. en fin, casi una pesadilla. Todo ello con un acompañamiento rítmico permanente típico del Magreb. Lamentablemente, cuando la cosa parecía haber finalizado, uno de aquellos amigos o familiares solicitó un bis y los muy desaprensivos lo complacieron, obligándonos a permanecer cuando ya me relamía con la posibilidad de escapar.

Tengo en casa un par de enciclopedias temáticas de jazz y varios libros que tratan sobre el tema y en ninguno de ellos se da una definición clara y terminante de lo que es el jazz, porque realmente no se puede, pero es fácil hacer aproximaciones diciendo lo que no es. “Aquello” de ayer no era jazz y anunciado como eso que han dado en llamar “música étnica” (¿qué demonios es eso?) hubiera sido aceptable para un público no engañado con lo que se le prometía. De esta forma, se ha espantado a los inocentes que han creído que aquello es jazz y se habrán juramentado para no asistir nunca más a nada que se llame así.

Hay un principio básico que dice que cuando a un concepto se le pone apellido, hay que desconfiar del producto. Por eso, aquella pretendida democracia apellidada “orgánica” tenía bien poco de lo que fingía ser. Lo mismo ocurre con el jazz; hay que desconfiar de todo lo que sea etiquetado como “jazz étnico”, “jazz fusión”, “acid jazz”, “free jazz”, “jazz progresivo”, etc. porque la posibilidad de que se trate de una bulla infame es bastante alta. O si prefieren que lo diga de manera más cortés, simplemente se pueden encontrar cualquier cosa, menos jazz.

jueves, 21 de enero de 2010

Español para españoles (3)

Lo siento, aunque no demasiado. En otro de estos textos he dedicado alguna atención a esos personajes, pero es tanto el rechazo que siento hacia su manera de trabajar y tanta la responsabilidad que les atribuyo en el “deslenguaje” que muchos paisanos practican a diario, que no me resisto a la tentación de volver sobre ellos y estoy seguro de que no será la última vez. Estoy refiriéndome a los locutores y presentadores de la televisión (esto incluye, como manda la gramática, a los del sexo masculino y los del femenino, faltaría más).

Tengo que confesar o más bien reconocer -puesto que algunos ya me conocen- que no sé qué decir de los profesionales pertenecientes a los medios en los que se expresa la derecha más rabiosa -casi toda lo es- por eso no puedo opinar sobre quienes se ganan su salario en los canales de televisión del tipo Intereconomía o Libertad Digital, si es que cabe llamarles canales y no canalillos, por su audiencia y por su nivel. Sinceramente, no me interesan.

Frecuento la mayoría de las cadenas de alcance nacional y por lo tanto a ellos va referido mi comentario. A gran parte de los que presentan las noticias en ellos, a pesar de que en principio cuentan con mi simpatía, me gustaría castigarlos a pan y agua en una nueva cárcel de papel a imitación de aquella que poseía La Codorniz.

¿A quién cabe culpar del uso del sustantivo “efectivo” para referirse a cada uno de los miembros del ejército, fuerzas del orden y de auxilio (bomberos, protección civil) que intervienen en cualquier acción? A ellos, naturalmente, puesto que son ellos a quienes oí por primera vez dislates del tipo “los más de 700 efectivos…”. Meditando sobre la razón de esa distorsión de la palabra, no descarto que se deba a esa memez de nombrar necesariamente a los componentes mencionando su sexo y, por lo tanto, no se les ocurrió nada mejor para sustituir a “soldados” (soldados y soldadas), “fuerzas del orden” (policíos y policías), etc. Me consta que cuando atiendo al telediario yo puedo verlos, pero ellos a mí no, porque de lo contrario se sentirían fulminados por la mirada de odio que les dirijo cuando cometen ese atropello.

Cuando tiene lugar una catástrofe, la primera víctima colateral es la lengua española. Todos, sin excepción (perdón, se salva Iñaki Gabilondo), se empeñan en referirse a “las miles de víctimas…”, olvidando que el artículo es un determinante de “miles” y no de “víctimas”, algo que por descontado les trae sin cuidado, incluso a quienes exhiben ínfulas de intelectuales. La presentadora Ana Blanco -por ejemplo- a quien admiro por tantos años de magnífica profesionalidad, se ensaña siempre que puede con nuestro idioma, insistiendo en ese error.

También tras un desastre natural, se extiende como la sarna esa expresión “catástrofe humanitaria” que parece entusiasmar a estos asesinos gramaticales en serie. ¿Es posible que a ninguno le resulte chocante llamar “humanitaria” a una catástrofe?

sábado, 16 de enero de 2010

Hipócritas

Cuesta establecer la línea divisoria entre educación e hipocresía, aunque para mí tengo que, a poco claras que se tengan las ideas, es posible enumerar las condiciones en que se da la virtud del saber comportarse y el vicio de fingir lo contrario de lo que en realidad pensamos.

Con frecuencia hemos de cerrar la boca, cuando queremos decir algo, para evitar conflictos con los que se encuentran a nuestro alrededor, por pura prudencia, porque sabemos que la expresión de nuestras ideas va a ser inevitablemente conflictiva. Mejor callar.

La hipocresía se definiría, coincidiendo necesariamente con el diccionario, como “el fingimiento de ideas o sentimiento contrarios a los que realmente se sienten”, pero yo añadiría que “obteniendo con ello algún tipo de beneficio, material o inmaterial”. Es decir, la verdadera hipocresía siempre saca ventaja de ese comportamiento, ¿para qué, si no?

De todos los defectos humanos, quizás sea ése uno de los que más repugnancia me produce, pues es imposible mantener siquiera una conversación con semejante ejemplar de falsario. También hay hipócritas más o menos forzados, que deben vivir una vida en permanente disociación con su manera de pensar, porque su situación social o económica no les permite izar la bandera de su propio criterio. Lo entiendo, pero no lo acepto como justificación.

Unos verdaderos maestros en el arte de fingir o aparentar son ciertos cristianos integristas, porque confunden el mandato de amar al prójimo con falsear la apariencia de sus sentimientos. Consideran la sonrisa como una obligación cristiana y de compromiso con su dios, pero ahí acaba todo el esfuerzo, quizás porque eso de amar al prójimo no es para ellos más que una etiqueta, un protocolo, y poco más. Ahí tenemos a los miembros del Opus Dei y el ejemplo del santo patrón de los hipócritas José María Escriba Albás, más conocido como Josemaría Escrivá de Balaguer, que es el nombre que se "compró" poco después de terminada la guerra civil. Todavía puedo recordar el documental que por sorpresa nos colocó TVE, en los primeros años 70 del pasado siglo (en vida del dictador), y el espanto que sentí al ver desenvolverse y responder preguntas –claramente ensayadas- a aquel farsante, siempre con una sonrisa que daban ganas de arrancarle de la cara, aunque fuese con cirugía plástica.

Sin embargo ahí lo tienen; hace pocos años, el Vaticano lo elevó a la categoría de santo, o sea, la Iglesia posee la certeza de que su alma está en el cielo. Como diría él: "todavía hay clases".

martes, 12 de enero de 2010

Español para españoles (2)

El problema no es tanto que no hablemos bien, porque hablar bien, lo que se dice a la perfección, es tan difícil que casi exige profesionalidad. El problema es que actualmente a casi nadie le preocupa cómo habla, si practicando un castellano aceptable o farfullando algo que difícilmente puede entenderse o escuchar sin sentir escalofríos.

Antes existía cierto respeto por quienes se expresaban con riqueza de vocabulario, conjugación acertada de los verbos y en definitiva, con un lenguaje que se percibía superior al del común de los hablantes. Todavía recuerdo el programa que realizaba en TVE, hace quizás 30 ó 40 años, el desaparecido académico Joaquín Calvo Sotelo y a pesar de que era en horario endiablado y había que tener vocación para escucharle, dejaba asombrado porque se presentía que “aquello” sí que era español (o castellano, si prefieren).

Ahora, puede explicársele a alguien que practica un laísmo rabioso, que debería evitar ese error, y le mira a uno como si fuera un tipo peligroso; pueden señalársele errores en las palabras que evidencian una ignorancia feroz, y sólo se consigue una sonrisa piadosa –si no enfado- como la que dirigirían a un alienado. En el mejor de los casos, se apresuran a aclarar que eso de hablar bien o mal les es indiferente.

Con todo, lo peor a mi entender, es ese redondeo de expresiones o utilización de frases hechas, porque se piensa que se puede soltar un disparate tras otro y que todo queda compensado por esas supuestas erudiciones. Por ejemplo, ¿no se han dado cuenta de que ahora ningún corresponsal de radio o televisión se encuentra en tal o cual lugar, sino “a pie de…” lo que sea? He oído utilizaciones de esa expresión que casi producen carcajadas o llantos: a pie de pozo, a pie de vía, a pie de urna, etc. Hoy mismo (9 de enero), en el telediario y a la misma corresponsal que comentaba la situación en distintos lugares debido a los fuertes temporales de nieve, he tenido la dicha de escucharle que los camiones bloqueados se encontraban “a pie de arcén mientras, no muy lejos de allí, los bañistas osados tomaban un baño a pie de mar”. ¿No es una maravilla la cantidad de usos a que se prestan esas tres palabras? Hace unos años, esas mismas personas hubieran estado junto a un pozo, al lado de la vía, en la puerta del colegio electoral, sobre el arcén o en la orilla del mar… Claro que este uso requería el enorme esfuerzo de seleccionar alguna preposición, un adverbio, quizás un sustantivo o lo que correspondiera, y eso es demasiado pedir, sobre todo teniendo en cuenta que puede solventarse con un “a pie de”.

No hace mucho,  un familiar que me escribía un correo, para referirse a la finalización de no sé qué asunto, escribía que puso “punto y final”. Unos días después hablé con él y le recordé que eso de la “y” en esa expresión era un error malsonante, porque esa conjunción sí se utiliza en “punto y seguido” y  “punto y aparte”, pero que “punto final” era y había sido siempre de esta forma. Fue inútil, porque cariñosamente insistió en que él ponía la “y” porque era un punto y era un final. Abandoné, desmoralizado.

Hace años, recuerdo que algunos productos anunciaban en su envase que al comprarlos se recibía conjuntamente otro artículo del mismo fabricante de manera “gratis total”. Aquello quedó grabado a fuego en las mentes más simples –demasiadas- y hoy es difícil escuchar a alguien capaz de decir la palabra “gratis” sin añadir “total”. No sirve de nada explicar que al decir gratis se ha dicho todo lo preciso para indicar que no hay que efectuar ningún desembolso y que cualquier calificador es reiterativo y, eso sí, gratuito de veras.

Habría que estudiar qué es lo que otorga el éxito a esas expresiones o modismos de éxito tan rotundo y que quedan remachadas en el habla de la mayoría, pero me temo que está relacionado con la publicidad y la televisión. Y por descontado, con un nulo hábito de lectura y desinterés absoluto por la lengua que sirve para que nos entendamos.  

lunes, 11 de enero de 2010

Los católicos españoles

En todo el mundo, los fieles católicos forman comunidades bien diferenciadas de los practicantes de otras religiones, pero quizás sea España una localización en la que, por no haber tenido que enfrentarse a otras confesiones que fueran importantes en número o influencia, los católicos han actuado con una prepotencia y violencia casi desconocida en otros países. Y no hablo sólo de la Santa Inquisición.

La Iglesia católica sirvió para que los reyes españoles se empeñaran en largas guerras de religión por donde, entre otras cosas, se fue escapando el oro que venía de América que, por lo tanto, nunca sirvió para sacar a los habitantes de España de una pobreza de donde prácticamente no han salido hasta finales del siglo XX.

Ya en el pasado siglo, se alió con el golpismo para evitar que se menoscabase su tradicional poderío y, mediante esa mutua protección, medrar y mantener el poder durante 40 años. Una alianza tradicional: la iglesia y los militares. Por eso, en un alarde de desvergüenza e impunidad, se atrevió esa Iglesia a calificar oficialmente de “cruzada” el derribo de un gobierno legal, para implantar una dictadura que, sobre todo en sus primeros años, desconoció no ya la compasión, sino la propia justicia. Con la complicidad y complacencia -o los ojos cerrados- de la jerarquía eclesiástica, se ejecutaron decenas de miles de personas simplemente por no ser afectas al régimen. Pero mejor dejar este asunto…

Esa alianza entre los dos poderes permitió que sistemáticamente y durante siglos, se masacrara (real o figuradamente) a quienes no eran tan creyentes como debieran y que se tachara de no-español a quien no profesara el catolicismo oficial. Todavía hay, en el círculo de mis amigos, quien considera incuestionable que la cruz es el símbolo que, por excelencia, puede representar a Europa. ¿En qué mundo viven?, ¿no comprenden que el conocimiento actual no permite la subsistencia de tanta superchería?

Ya metido en preguntas, ¿no han oído nunca esa expresión “yo soy católico a mi manera”? A mí me produce una mezcla de estupor e ira, porque esos mismos “librepensadores” son los que crucificarían sin reparos a quien se confesara agnóstico o ateo. Mi respuesta es siempre la misma: no hay una manera personal de ser católico, si por tal entendemos la libre interpretación de los dogmas y normas dictadas por quien puede hacerlo. ¿Que no cree en la Inmaculada Concepción?, pues vive en estado de permanente pecado y exclusión de esa Iglesia. ¿Que no asiste a los oficios todas las fiestas de guardar y otros días como es ordenado?, lo mismo. ¿Que no ama al prójimo como a sí mismo (perdón por el chascarrillo)?, justamente condenado. Así hasta repasar todos los mandamientos y lo que papas y encíclicas declaran como de estricto cumplimiento.

Hay ocasiones en que esa actitud resulta patéticamente sorprendente. Conozco a una mujer, cercana a mí, que junto con su marido son inflexibles en asuntos religiosos, hasta el punto de condenar rotundamente cualquier desviación de la ortodoxia. Sin embargo, hace años, ella abortó fuera de España por razones que para mí son absolutamente válidas, pero que de ninguna manera aceptaría esa Iglesia a la que ellos pertenecen. Ella incluso afirma haber obtenido la aprobación de su director espiritual para efectuar este acto, en un intento inútil de conciliar esa fe y su conducta.

¿Casuística? Por supuesto, muchos pensarán que un caso no puede retratar el comportamiento de todos, pero ¿de verdad es tan extraordinario lo que cuento? Desde luego que no, lo que ocurre es que esto del aborto no es asunto que las mujeres vayan proclamando a gritos, aunque conozco más casos. Y por descontado, de eso que citaba al principio sobre interpretación personal del catolicismo, todos conocemos casos cercanos. Otra cosa es que prefiramos no darnos por enterados…

Actualmente, la iglesia católica vive en un pulso permanente con el gobierno. No consienten que el gobierno gobierne, porque eso lo consideran un ataque frontal contra sus tradicionales prerrogativas. No permiten leyes que vayan contra su ideario, porque no entienden que sus fieles hacen bien en guiarse por la doctrina de la Iglesia, pero los demás no tenemos por qué estar sometidos a esas normas.

No me agrada el aborto y no creo que sea algo que nadie pueda contemplar con complacencia, por lo que supone de violencia y daño en la mujer que se somete a ello, pero ¿quiénes son los que componen la Iglesia para oponerse a que alguien haga uso de ese derecho?, ¿tienen miedo de que cristianos fervientes recurran al aborto cuando lo consideren preciso? Qué falta de confianza en sus fieles…

Y hacen bien. Recuerdo que cuando se promulgó la ley del divorcio en España, poco tardaron en hacer cola ante los tribunales para romper el vínculo matrimonial. Ése mismo que la Iglesia anula por dinero.

Recuerdo una frase atribuida a Voltaire que contenía mi libro de religión en el bachillerato, y que era aportada como supuesta prueba de que, hasta los ateos, en realidad son creyentes. La frase era (no se me ha olvidado): “si yo fuera amo, no consentiría a mi lado criados sin religión”. Aparte de la veracidad o falsedad sobre la atribución de esta frase, para mí es simplemente una prueba de cínico realismo. Es cierto que a personas carentes de una formación moral sólida, no les viene mal una guía religiosa que permita su inserción social sin más problemas. Por tanto, si yo dispusiese de servicio doméstico, valoraría que profesasen alguna religión, si es que por desgracia careciesen de lo otro; pero seguiría prefiriendo una persona con una moral firme y estructurada; laica por supuesto.

viernes, 8 de enero de 2010

Español para españoles (1)

Nada más lejos de mi intención que un tratado gramatical, y no porque no me apetezca, sino porque mis conocimientos no dan para tanto. Quede esto claro para que no se me dispare a matar sin entender antes mi propósito.

Lo que voy a hacer es dar un breve repaso a ciertos modos que abundan en el habla diaria, tarea a la que dedicó bastante tiempo el ilustre don Fernando Lázaro Carreter, permitiéndome la licencia de citar algunos casos que, por su similitud, tengo que pensar que él incluiría en su famoso “dardo”, aunque por descontado, con una maestría que yo no poseo.

Son en buena parte expresiones incorporadas casi siempre por lo que podríamos llamar “periodistas creativos”, ya sean de prensa escrita o televisión y que, vaya usted a saber por qué, han tenido una acogida extraordinaria en la ciudadanía, seguramente porque ya se sabe que salvo contadas excepciones, los españoles sólo leen Millennium y el Marca y son por tanto terreno propicio para las malas hierbas lingüísticas (por lo segundo; lo primero es efímero).

Hay quienes argumentan que la lengua la elaboran y la hacen evolucionar precisamente el conjunto de los hablantes, pero sostengo que eso era antes, pues el tremendo potencial de los medios de comunicación y sobre todo de la televisión, hace que un mindundi iletrado que habla en el telediario o escribe en la prensa, tenga el poder de implantar en la mente de todos los que le leen o escuchan, una expresión que en vez de enriquecer el lenguaje lo vuelve estúpido, vulgar y destrozón. Si en San Millán de la Cogolla en vez de frailes hubiera habido periodistas, hoy chamullaríamos una jerga infame, y hacia eso vamos.

Lo peor es que está muy extendida la creencia de que la palabra impresa es siempre fiable, a la manera de aquellos mandamientos cincelados en piedra, así que en alguna ocasión en la que señalé el error a alguien a quien oía una de estas perlas, la justificación inmediata era que lo habían leído en el periódico u oído en la televisión, como si eso fuera un certificado de denominación de origen que justificara su validez.

Concretando. Voy a empezar –y terminar por hoy- con una expresión que he tenido que escuchar tres veces en el telediario del mediodía, haciéndome brincar en la silla. Se trata de “todos y cada uno…”. Esa expresión no es en sí incorrecta, pues parece válido que en ocasiones quiera remarcarse que lo que se va a añadir es referido, señaladamente, a cada uno de los integrantes de un conjunto; lo que no es aceptable es que actualmente sea posible predecir que a la palabra “todos” va a seguir fatalmente “y cada uno…”, porque la gente ha interiorizado que con la palabra “todos” no basta, que es de aquel modo como hay que decirlo y que además añade, como ocurre en la mayoría de las expresiones que tengo in mente, un cierto plus de erudición al que habla. Por descontado, se trata de una expresión tomada del inglés, como tantas otras.

Un ejemplo: si yo digo “todos los conductores están obligados a respetar la ley de circulación”, ¿de verdad se piensa que modifica en algo el colectivo afectado o el grado de afección si en vez de eso, digo “todos y cada uno de los conductores…?

Creo que es bueno pensar lo que se dice y prestar atención a cómo se dice. Hagamos un intento.

martes, 5 de enero de 2010

Todos pecadores

Es norma que las iglesias, no satisfechas con imponer sus reglas de conducta, orientadas como fin último a la salvación del alma del creyente, desde siempre contemplen la posibilidad de hacerse con el poder político, bien sea haciendo que sus leyes sean las que gobiernen la nación, caso de los países teocráticos, o pretendiendo que las leyes civiles que se promulguen estén debidamente orientadas hacia sus intereses, adheridas como una piel que recubre todo el cuerpo legal de un país; caso de la religión católica en los lugares donde tiene presencia mayoritaria con respecto a otras religiones. Mención aparte merece España, donde el ejercicio del poder político ha sido una constante anhelada y perseguida por estos ministros de dios, al precio que sea, y ciertamente que con muy buenos resultados prácticos.

La cuestión es que, al igual que contravenir las leyes civiles se considera delito, la iglesia entiende que quien desobedece sus leyes ha cometido pecado y eso se le apunta en una especie de carnet por puntos. Si uno tiene la ocurrencia de morirse cuando tiene alguna de estas faltas –las graves- apuntada en su cuenta, no se salva del infierno, salvo con un recurso –suponiendo que se disponga de tiempo para ello- que ya explicaré más adelante. Lo importante es saber que hay tres clases de pecados y que de la primera clase, sólo existe una ocurrencia, mientras que de los otros dos puede haber y hay mil y una variantes.

El primero, lo miremos como lo miremos, es el pecado original: es original (en cuanto que pertenece al origen del hombre), según decidieron llamarlo en su día. Al tiempo es poco original, porque antes de que la historia de este pecado fuera incluida en el Génesis (Antiguo Testamento) ya se lo habían inventado otras religiones y culturas, como los hindúes, asirios y acadios, entre otros muchos. Lo que ocurre es que dado el éxito de la idea y puesto que da muy buen resultado poder chantajear a los creyentes, el judaísmo lo dio por bueno y como era de esperar el cristianismo-catolicismo también lo incluyó en su bagaje de amenazas.

La idea viene a ser que aquellos a los que –graciosamente- llaman nuestros primeros padres, Adán y Eva (con perdón de Darwin), vivían a todo lujo en un lugar ideal llamado Edén, que los más atrevidos llegan a situar entre los ríos Tigris y Eúfrates, pero con la prohibición expresa de comer el fruto de cierto árbol. Teniendo en cuenta que todas las culturas conocidas estaban situadas en aquella zona, no es de extrañar esa ubicación, pero si el Génesis se escribiera hoy en día y lo escribiera un bilbaíno, es posible que eligiera como ubicación la orilla del Nervión, por poner un ejemplo.


Como cabía esperar, aquello no podía durar y fueron inducidos al delito nada menos que por una serpiente satánica y por si era poco, la mujer –Eva- prácticamente obligó al pobre de Adán a comer de ese fruto, que resultó ser el del árbol del conocimiento. Observen que la mujer ya empezaba a dar señales de lo que caracterizaría su manera de ser en adelante, una organizadora de líos.

Aunque este relato se encuentre en un momento de gran tensión, tengo que hacer una pausa para decir unas palabras sobre eso que llaman el árbol del conocimiento, porque no se trataba de un árbol cualquiera. Tras comer el fruto, de repente, se dieron cuenta de que estaban desnudos, algo sorprendente, pues es evidente que al levantarse por las mañanas no se ponían nada y eso ellos tenían que notarlo. No se sabe nada del aspecto y origen del tal árbol, pero sería interesante contemplar la posibilidad de su cultivo extensivo, para que sus frutos proporcionaran a los humanos lo que miles y miles de escuelas no son capaces de poner al alcance de tanto zoquete.

Todo se les vino abajo, pues aparte de su expulsión de aquel parque temático llamado Edén, no hay cosa que a dios-padre (el que llevaba esto del paraíso terrenal) se le ocurriera quitarles que no lo hiciera efectivo, pese a que se le atribuye nada menos que ser infinitamente misericordioso: tras aquello, Adán y Eva pasaron también a ser mortales, algo de agradecer pues no quiero pensar cómo serían los niveles de ocupación del planeta si nadie se muriera.

Otro castigo más, quizás el más terrible: en adelante, esta pareja y todos sus descendientes, tendrían que ganarse el pan con el sudor de su frente, o dicho sin paráfrasis, se les condenaba a trabajar para proporcionar plusvalías al capitalista de turno o a sufrir todavía más escasez si se encontraban en el paro (de este castigo se encuentran excluidos el hijo de Tita Cervera, el de Isabel Pantoja y algunos más).

De todos modos, lo que resultó más terrible es que todo aquel desastre, consecuencia del pecado-delito cometido por un par de irresponsables, iba a condicionar el futuro de toda la humanidad e incluso a que los recién nacidos tuvieran que ser liberados de aquella culpa pues, contraviniendo un principio básico del derecho, que dice que todo el mundo es inocente hasta que no se demuestre lo contrario, en este caso todo el mundo es culpable aun sin tener ni idea de qué va la cosa.

Una pregunta debe estar en la mente de algunos de los que me lean: ¿los marcianos también nacen con el pecado original, o esto sólo afecta a los terrícolas? Pues es un misterio, y nadie en toda la historia de la iglesia se ha preocupado por averiguar este extremo, cuya respuesta provocaría –fuera la que fuera- todavía más interrogantes. Es una incógnita qué actitud adoptarán sobre este pecado nuestros futuros visitantes del espacio el día en que desembarquen. Cae dentro de lo posible que exterminen el planeta por acusarles de una falta en la que no han participado. Ellos son así, pero es una idea tan estúpida y absurda como que al nacer tuviéramos una multa de aparcamiento.

Como no era cosa de fastidiar en exceso y sí de vender el quitapecados, la iglesia se inventó el bautismo, que es una especie de “todo-en-uno” virtual, pues con tan solo verter un poco de agua sobre el pecador o proceder a su inmersión (esto, en algunas variantes) le produce efectos múltiples: elimina éste y otros pecados que pudiera tener y lo deja como nuevo (aunque lo de vivir del cuento y no trabajar, como Adán y Eva, parece que nada de nada) y de paso lo inscribe como miembro de la iglesia. Teniendo en cuenta que este bautismo suele llevarse a cabo en un plazo corto tras el nacimiento del sujeto, da la sensación de que su opinión no pesa mucho a la hora de inscribirle en el club, pero es que el parecer de esos seres, a los que tanto ama este dios y su iglesia, nunca ha contado mucho. Precisamente quien esto escribe ha intentado por diversos medios darse de baja, aunque ha resultado imposible, pero esa es otra historia. Todo el mundo sabe que el vínculo entre esta iglesia y sus creyentes es aún más indisoluble que el que existe entre una operadora telefónica y sus abonados.

De este pecado, como he dicho, no se libra nadie, aunque hay alguna excepción. La Virgen María -¡cómo no!- nació sin esta mancha y por supuesto Jesús tampoco, aunque hay un aspecto misterioso en éste último: por supuesto que dios-hijo, aunque no fuera más que por parentesco con dios-padre, no podía estar marcado por ningún pecado, pero lo cierto es que ya mayorcito decidió bautizarse como cualquiera, aunque no hay que darle mayor importancia y probablemente fuera sólo por dárselas de demócrata.

La siguiente categoría de pecado, por orden de gravedad, es el llamado “mortal”. Cometen esta falta quienes faltan a alguno de los diez preceptos llamados “mandamientos” que, según sostienen, fueron entregados por dios-padre a un tipo llamado Moisés, en lo alto de un monte y escritos sobre una piedra plana de gran tamaño. Si uno muere con uno de estos en el curriculum está perdido y va de cabeza al infierno.

No hay que hacerse ilusiones porque sean sólo un número tan exiguo como diez, pues de las interpretaciones que la iglesia hace de ellos, da para reprimir casi todo. Lo único que parece no estar penado es que “una mujer desee el marido de su prójima”, pero tampoco hay que fiarse en exceso, pues algo se les ocurrirá. Hay alguno de estos mandamientos que aparenta ser muy fácil de seguir si se tiene algo de interés, pues por ejemplo, el quinto ordena no matar y, aunque a veces cueste contenerse, es cuestión generalmente aceptada que hay que poseer muy mal carácter para cargarse a alguien. Sin embargo el primero, se me hace que debe ser complicado de cumplir, y de hecho no conozco a nadie que lo siga con fidelidad. Se trata de “amar a dios sobre todas las cosas” lo que, aparte de un alarde ególatra por parte de dios-padre (autor del decálogo), me parece mucho exigir a quienes no le conocen más que de oídas.

En su afán de corregir o complementar a dios (algo específicamente prohibido por el ser supremo), la iglesia promulgó la lista de unos pecados llamados capitales, en número de siete, pero requeriría tanto espacio tratar sobre ellos que mejor lo dejo. Hay incluso libros donde se trata jocosamente sobre ellos y yo no lo voy a mejorar.


Hay otros mandamientos cuyo incumplimiento es también un pecado grave. Se trata de los “mandamientos de la iglesia”, que son otros cinco y que resultan tratar asuntos casi administrativos y concretos, como es la realización de tal o cual acto cada cierto tiempo. Debo señalar que cuando tuve la ocasión de aprender de memoria estos cinco mandamientos, con pocos añitos cumplidos, el quinto decía literalmente “Pagar diezmos y primicias a la iglesia de dios”. Como el texto resultaba bastante esotérico (¿qué es eso de primicias?), actualmente ha cambiado y dice “Ayudar a la iglesia en sus necesidades económicas” lo que debe interpretarse algo así como “soltar dinero en metálico al acudir a oficios religiosos y, desde luego, marcar la casilla en la Declaración de Hacienda”. Aunque he buscado y hasta encontrado en Internet una supuesta edición del catecismo de 1957, la redacción tal y como yo la conocía ha desaparecido, gracias a la manipulación de los interesados en ello. Si alguien tiene un Ripalda de aquella época, que me lo diga.

No merece la pena hablar mucho sobre la tercera categoría del pecado, llamados “veniales” o exactamente “pecata minuta”. No conozco una relación exhaustiva de ellos ni la hay que yo sepa, pero si no recuerdo mal, abarcan la casi totalidad de actitudes u obras posibles, de manera que mejor no moverse. A su favor cabe decir que si se muere con alguno de estos, en vez de al infierno, se va al purgatorio. Un chollo. No quiero dejar de mencionar que el purgatorio es un lugar totalmente inventado por la jerarquía de la iglesia, puesto que en ninguna parte de la Biblia se habla de ello.

Y ahora la gran pregunta: ¿cómo se arregla todo este lío y se borra el curriculum? La respuesta es: con el arrepentimiento y la confesión. Esto permite que cualquiera se levante por la mañana decidido a cometer toda clase de atropellos, pero por la tarde se pasa por el confesionario del templo más cercano y lo arregla todo. Puede fornicar, robar, matar, etc. sin problemas, porque basta con pasar por el confesionario y con unas oraciones “tout pardonné”.

Hablan también sobre las dos formas del arrepentimiento, que son llamadas “contrición” y “atrición”. Para quienes no estén versados en este asunto, le aclararé que la primera consiste en arrepentirse por haber ofendido a dios. Suena maravilloso, pero ya me dirán quiénes son capaces sinceramente de ese sentimiento y si hay alguien tan virtuoso, que me explique por favor si se ha arrepentido una sola vez en la vida o es algo que realice con habitualidad, porque en este último caso –la repetición frecuente- no cuela y hay que aplicarle la segunda opción, que es la conocida como “atrición”. Ésta suena más real, pues se trata de arrepentirse por puro miedo al castigo del infierno, esa amenaza que la iglesia usa permanentemente. Es probable que con ese tipo de arrepentimiento, si se tiene la mala suerte de morir, se vaya al purgatorio por algunos siglos, pero ya se sabe que no se hacen tortillas sin romper huevos.

Recuerdo una historieta de mis iniciales tiempos de colegial. Parece que Jesús dijo en alguna ocasión que “es mas difícil que un rico entre en el reino de los cielos que un camello pase por el ojo de una aguja”. Aquello debía tener bastante molestos a quienes poseían su capitalito, que al fin eran los que sostenían a la iglesia -en todos los sentidos- y ya en los años posteriores del bachillerato se nos aclaraba en los textos que “Jesús se refería a una pequeña puerta existente en la muralla de Jerusalén, en la que los camellos tenían que arrodillarse y arrastrarse para poder pasar”. A eso se le llama tener remedio para todo, y digo yo, ¿cómo no se le ocurrió al prefecto de Jerusalén (o a quien llevase las obras públicas) ampliar un poco la altura de aquella puerta?

En fin, la cosa es que una vez sin pecados en la cuenta, lo suyo es recibir la comunión, que consiste en ir a la iglesia y recibir en la boca un pequeño círculo de oblea hecho con harina de trigo –llamado hostia- y con ello tenemos a Cristo en nuestro interior. Cuando yo era jovencito, si esa hostia rozaba, siquiera fuese un poco, un diente o una muela, uno estaba perdido e iba al infierno, así que se aprendía a hacer todo tipo de contorsiones con la lengua para colocarla en el cielo de la boca (estoy seguro de que muchos se iniciaron así en habilidades linguales que emplearían de adultos) y esperar pacientemente de este modo hasta que se disolviera. Ahora se la entregan en mano al comulgante y que él se apañe. Cómo cambian las cosas…

Cuando yo era niño, y me creía todo lo que me contaban, y participaba en esas ceremonias, había que estar sin beber ni comer desde las doce de la noche anterior hasta que se recibía la comunión a la mañana siguiente, con lo que las posibilidades de ver apariciones por pura debilidad física eran elevadas, pero las cosas han cambiado y ahora tengo entendido que, atendiendo a la dureza de los tiempos actuales, han puesto el sacramento mucho más accesible.

Forma parte de esas facilidades que la iglesia va instaurando para frenar la sangría de fieles que viene sufriendo las últimas décadas, pero es inútil. Los españoles en su gran mayoría ya no son católicos; ahora sólo queda que vayan dándose cuenta. A coisa ficou dura.

viernes, 1 de enero de 2010

China y los chinos

Cuando yo era niño ya se hablaba del peligro amarillo, sin concretar demasiado sobre la esencia de ese peligro, y para ilustrar cómo veíamos los niños ese peligro, recuerdo que un compañero de colegio decía que los chinos no precisaban de la bomba atómica, pues con la enorme población de ese país, bastaba que cada uno cogiera una alpargata y liándose a alpargatazos con los occidentales, acabarían con nosotros.

Afortunadamente la cosa no ha sido así, pero desgraciadamente poseen la bomba atómica al igual que otros países agresivos e insensatos, aunque de momento no han hecho uso de esa arma.

De todas formas, aquel peligro remoto y casi de cuento chino, se ha transformando en un peligro cercano y real. El otro día fui a comprar un tostador y vistas mis experiencias anteriores con un ejemplar de marca holandesa, pero de fabricación oriental, le pedí al vendedor que me señalara un modelo o marca que no fuera fabricado por orientales. Como ni el propio vendedor tenía certeza de nada, fuimos examinando uno a uno los 15 ó 20 ejemplares expuestos en el comercio de marcas holandesas, alemanas, francesas y españolas. Todos estaban fabricados en China, así que me resigné y me traje otra vez un producto de ese país.

Todos aceptamos con naturalidad que lo que consumimos en aparatos de electricidad y electrónica sea de manufactura oriental, pero ¿han meditados sobre la dependencia que eso supone? Algunos dirán “bueno, ellos fabrican, pero la tecnología es occidental”. Falso. Ellos “de momento” continúan colocando las etiquetas de marcas occidentales porque “de momento” facilita sus ventas, pero pronto abandonarán esa simulación y, siendo los amos del mercado, impondrán sus propias marcas. ¿Han leído la noticia reciente sobre un tren de alta velocidad, el más rápido del mundo? Pues es chino, de arriba abajo, Occidente ha facilitado a China tecnología como para que hagan lo que les parezca y dada su indiscutible laboriosidad fórmica, llegarán a donde se propongan.

Esto en sí no es una mala noticia, aunque sí apunta lo que será el futuro no muy lejano. Si el centro del mundo ha sido durante muchos siglos Europa, esa imagen se va a desplazar y desde luego nuestro continente (o esta parte del mundo, como prefieran) va a pasar a ocupar un lugar secundario en el escenario mundial, algo merecido por no haber sido capaces de formar la unidad que se vislumbró en los comienzos de la UE.

Un amigo, citaba despavorido ciertas predicciones que apuntaban a que, a mediados de este siglo, Europa iba a ser musulmana. Esto requiere una reflexión acerca de si eso va a ser tan terrible como aparenta o si por el contrario supondría una mejora para el mundo, pero creo más relevante e importante tener en cuenta que, sea la que sea la religión dominante en Europa, los amos culturales no van a ser los europeos.

No olvidemos que China y EE.UU. son los países más contaminantes del planeta y ambos se niegan a realizar una reducción eficaz de las emisiones. También ambos países son entusiastas de la pena de muerte, aunque con clara ventaja numérica para China. Vamos, que China comienza su apuntar como primera potencia con los mismos modos chulescos y desconsiderados que su modelo norteamericano.

Pues eso es lo que hay y lo que va a haber. Ahí está el peligro amarillo.