domingo, 28 de febrero de 2010

Fama

Cuando yo era niño, se utilizaba con frecuencia el refrán “cría fama y échate a dormir”, lo que me hacía pensar que la fama era algo que decididamente producía sueño, como esas pastillas que algunos nos vemos obligados a consumir para poder dormir. De bastante mayor me di cuenta de que, si acaso, es la fama de algunos la que produce sueño.

Aquí en nuestro país –me refiero a España- somos aficionados a la creación de famas apoyadas en la nada más absoluta y a adjudicar atributos que ni de lejos poseen los beneficiados. Ignoro si ya se perdió este hábito, pero recuerdo que las revistas del corazón proclamaban como integrantes de la jetset a quienes no eran más que unos peludos que, como mucho, volaban en reactores de EasyJet y por descontado en clase turista, faltaría más.

Antes, me refiero a antes de eso de la jetset, la fama se la ganaban a pulso quienes llevaban a cabo alguna acción destacada o si por medio de su arte o un trabajo continuado alcanzaban la popularidad. Por eso eran famosos Conchita Piquer, Sir Edmund Hillary y Manuel Fraga Iribarne por poner sólo tres ejemplos. Este último vistiendo un Meyba, a ser posible. Vamos, la fama era una consecuencia natural de “algo” y se podía presumir de haberla ganado tras hacer “algo”.

Ahora no, ahora una persona gana la fama en primera instancia sin necesidad de acto meritorio alguno o, si acaso, por el mérito de algún otro. Es el caso de Belén Esteban, José María Aznar (versión ex presidente) y esa joya apodada John Cobra. Y que quienes leen esto me perdonen la vulgaridad de conocer a estos personajes, pero es que se me ha hecho imposible evitarlo.

La primera alcanzó la notoriedad gracias a contraer nupcias con un torero que, por cierto, no alcanzó la fama por la calidad de sus maniobras ante el toro, sino porque el público femenino solía arrojarle nada menos que sus “bragas” en los ruedos, ignoro con qué intención o significado. Para mí, que soy escrupuloso en lo relativo a la ropa interior ajena, aquello lo habría valorado como un agravio de juzgado de guardia, pero parece que al mozo le gustaba ese comportamiento y lo cierto es que sirvió para alzarle a la cumbre del arte de Cúchares. Más o menos.

Pues decía que esta “tal” despuntó con su matrimonio, pero a pesar de la escasa duración de la pareja, ella se ocupó de que nadie la olvidara y ha conseguido ser imprescindible en tertulias televisivas de alto nivel, y cuando amainaba la admiración de sus incondicionales, hizo que los cirujanos metieran el bisturí a fondo en sus facciones, convencida de que cualquier cambio sería para mejorar, y efectivamente ha conseguido lo que se proponía: una renovación de su popularidad.

El conocido como José María Aznar, se hizo algo famoso gracias a su permanencia como presidente del gobierno durante nada menos que ocho años, pero más aún por la admiración que sentía por sí mismo y, residualmente, por un presidente americano de funesta memoria, tan repulsivo como él, pero más alto.

Decía que el tal Aznar, que llegó a gastar dos millones de euros del erario público para conseguir –sin éxito- la medalla del Congreso de EE.UU., llegó a la verdadera fama, cuando ya era “ex”, por sus salidas extemporáneas del tipo promoción del alcoholismo o sembrando el rechazo a España en sus viajes al extranjero. Últimamente, se ha superado a sí mismo haciendo en una universidad ese gesto, llamado “peineta” por unos y “peseta” por otros, con lo cual ha ocupado las portadas de los periódicos en las que, por otros méritos, no aparecería.

Para terminar, ese grotesco espécimen llamado John Cobra, de la misma escuela gestual que el personaje anterior,  temo que va a disfrutar una fama menos que efímera, salvo que Telecinco lo contrate para alguno de sus memorables programas culturales. Este energúmeno ha conseguido encumbrarse mediante el procedimiento de agitar ostentosamente su paquete (sus partes, vamos) con ambas manos, mientras empleaba a gritos un vocabulario digno de doña Esperanza, durante la selección del representante en ese triste evento llamado Eurovisión Song Contest. Me consta que ha sido así porque he visto el vídeo.

Creo que queda claro que no exagero si afirmo que actualmente no es la fama algo que acompaña necesariamente a la excepcionalidad y sí algo que, a veces, nace desde lo más profundo de la vulgaridad. De manera sobresaliente en España, el país que me tocó en suerte.

viernes, 26 de febrero de 2010

El nudista en la ciudad (a vueltas con lo de siempre)

Sé que puedo pagar cara esta insistencia y que amigos míos pueden llegar incluso a negarme el saludo, pero confío en el buen juicio de todos para que eso no suceda e interpreten este texto como lo que es: el deseo de que otros compartan estas páginas de manera activa.

Me estoy refiriendo a la opción de participar  aportando el fruto de sus neuronas como yo lo hago de manera más o menos regular o afortunada, realizando también un esfuerzo para poner en palabras las ideas que con seguridad les pasan por la cabeza a propósito de lo que voy publicando o los acontecimientos diarios, porque desde aquí ofrezco la posibilidad de incluir una entrada con nueva aportación o para rebatirme en lo que sea.

Es ahora cuando entiendo las quejas de los autores de otros blogs que yo leía (y leo), en los que incluso brindan enlaces a programas o músicas que muchos aprovechan, pero sin que casi ningún lector deje una mínima huella de su paso. Ya antes del nacimiento de este blog comencé a dejar mis comentarios en aquellos y sigo haciéndolo. Apoyando lo que se dice o mostrando mi desacuerdo.

No creo que sea sólo la pereza lo que les inmoviliza a la hora de incluir un comentario. Podría tratarse de un pudor o timidez inapropiados y, sobre todo, injusto con los que sí escribimos. Ya sé que escribir es inevitablemente desnudarse un poco, de ahí que el que publica algo, aunque sea en un rincón íntimo como éste, se sienta un poco como ese nudista que al parecer callejea por Barcelona, entre gente debidamente vestida y cubierta, exponiendo sus vergüenzas a los demás que, desde su rincón, pueden optar por disfrutar o mofarse de lo ajeno (o no mirar).

También puede ser que se consideren incapaces de escribir nada o que prefieran contenerse para evitar quedar en evidencia como yo puedo estar quedando ahora mismo. No me vale, estoy convencido de que, mejor o peor, todo el mundo puede escribir sobre lo que se le antoje, y no hablo de posibilidad permisiva, sino de posibilidad intelectual.

Nada justifica el silencio y el apartamiento. Si yo escribo, puede hacerlo también cualquiera con mayor o menor frecuencia, aunque sean dos palabras de crítica. Pero por favor, nada de “clamorosos silencios”, porque me hacen sentir todos estos textos tan inútiles como un strip-tease en mitad del Sahara.

jueves, 25 de febrero de 2010

Español para españoles (8)

Encendamos unos cirios y lloremos, si lo consideramos oportuno, por la irrevocable muerte, en nuestro idioma, de los numerales ordinales. No descarto que pronto en vez de decir “segundo piso” digamos sólo “piso dos” y en vez de “sexto curso” tan solo “curso seis”. Es cierto que, de momento, el numeral ordinal se sigue utilizando nada menos que hasta “décimo”. Aquel gesto que Dominguín  hacía en referencia a sí mismo –el índice alzado, soy el "uno"- no era más que una premonición.

Estamos ya habituados a que todos los medios, radio, televisión, prensa, y cualquiera de los que nos rodean digan “el 33 (treinta y tres) aniversario”, “el 18 (dieciocho) cumpleaños” o “el 25 (veinticinco) festival de cine”. ¿A qué se debe esa desaparición, cuando hasta para escribirlo teníamos esa facilidad de la “o” pequeñita con la raya debajo? Pues me duele decirlo, pero en este caso es el idioma el que, hasta cierto punto, se lo ha buscado o, por delegación, la responsabilidad cabe atribuirla a quienes tienen a su cargo eso de "limpiar, pulir, etc.": la RAE. Sin descartar, desde luego, el habitual desinterés del paisanaje por el buen hablar y el idioma de sus antepasados.

Si no me equivoco (y si lo hago, que me corrijan), el francés, el inglés e incluso el alemán solucionan el problema añadiendo siempre las mismas dos o tres letritas al numeral cardinal, y con eso tienen solucionada la cuestión hasta casi el infinito. Pero el idioma español –y el portugués, por cierto- tenían que complicarse la vida, y sucede que para expresar oralmente el lugar que corresponde a un número elevado (digamos el 1.648º) hay que ser casi un profesional –competente del idioma, porque la cosa se enreda hasta conseguir que se nos haga un nudo en la lengua.

Durante algún tiempo, quienes no se complican la vida decidieron añadir la terminación “avo” al número del que se tratase y de esta manera se conseguía algo que “sonaba”, pero lógicamente se alzaron voces de expertos que reprimieron ese uso porque la terminación empleada servía para expresar partes y no orden. Para asombro y pasmo de todos, se atendió la reclamación, ese sufijo dejó de utilizarse y pasamos directamente al horror actual. ¿No hubiera sido mejor permitir ese uso o inventar otra terminación que nos pusiera las cosas tan fáciles como a los hablantes franceses, ingleses y alemanes? Pues parece que no, que los mismos académicos que tuvieron brillantes ideas como eso de “güisqui” o “yaz” (para esa música que me gusta, llamada jazz), no han tenido tiempo para eso, y mucho me temo que la cosa ya no tenga solución.

Hay además una posible amenaza: podría ocurrir, si es que no ha ocurrido ya que alguien, en algún país, tuviera una idea de bombero para solucionar la cuestión y como ahora la RAE anda aceptando lo que las "academias de la lengua" de otros países le solicita, por aquello de contentar a todos, nos encontremos con un remedio bastante peor que la enfermedad.

martes, 23 de febrero de 2010

Algo cambia y todo sigue igual

Creé este blog un día en que me hallaba repleto de santa indignación y santa era por lo tanto la voluntad que pretendía expresar más o menos regularmente en este medio. Ahora ese título me parece demasiado rotundo y brusco y tras el gesto clamoroso del bigotudo personajillo no quiero mantener ese título, pese a que se supone que un nombre lo es para siempre.

Soy más modesto en mi expresión, pido disculpas a los dos o tres lectores que pueda tener y expongo mis puntos de vista bajo un rótulo más sosegado.

lunes, 22 de febrero de 2010

Privatizaciones

Se inició en el Reino Unido con pequeños golpes de efecto y, hasta donde yo recuerdo, con aquel azote de los ciudadanos que se llamó –se llama aún- Margaret Thatcher. Como gente miserable hay en todas partes, se le unió de inmediato el flamante presidente de EE.UU., Ronald Reagan, un actor semianalfabeto utilizado como mascarón de proa por los lobbies de aquel país. Poco a poco, se privatizaron empresas y organismos que nunca se nos hubiera pasado por la cabeza que fueran susceptibles de privatización. En el Reino Unido, la etapa de gobierno de aquella mal llamada “dama de hierro” destruyó en pocos años lo que el esfuerzo de años había conseguido para el estado del bienestar. Dejaron de funcionar correctamente los servicios públicos y las protestas fueron arreciando.

Discípulos surgieron alrededor de todo el mundo, pues con la coartada proporcionada por aquellos líderes, todos los que podían hacer negocios muy privados se atrevieron a iniciar aquellos procesos y gradualmente fueron pasando a manos privadas lo inimaginable pocos años antes.

España no fue una excepción. Daba igual qué partido gobernara el país –sólo cambiaba el grado de osadía- fueron pasando a manos privadas empresas energéticas, ferroviarias, automovilísticas, telefónicas, líneas aéreas…

En los EE.UU. se llegó a privatizar parcialmente el ejército en operaciones exteriores. Todo el mundo sabe que en Iraq han intervenido tropas “privadas” con efectivos de miles de soldados, en su mayoría pertenecientes a las empresas Blackwater, Triple Canopy o Combat Support, de cuya propiedad formaban parte en ocasiones, de manera más o menos oculta, quienes componían el propio gobierno del país.

Es sabido y público que la “reconstrucción“ de Iraq fue adjudicada -a dedo- a las privadísimas manos de la empresa Halliburton, durante el reinado del presidente Bush, y que dicha empresa de la que era accionista y directivo el entonces vicepresidente, había recibido del gobierno de ese país, ya en 2006,  la modesta cifra de 16.000 millones de dólares, según una auditoría federal.

En España tratamos de estar en vanguardia al menos en lo peor y por eso se va privatizando todo lo que se puede, aunque apenas queden ya grandes botines. Es conocida la recomendación de algún anterior gobernante de que quien quisiera disponer de seguridad se la pagara con medios privados. Estos días ha podido verse en la televisión cómo se manifestaban, protestando, los bomberos privatizados de algunas poblaciones.

Queda no obstante algún gran negocio por engullir y a por ellos van los tiburones de la política y sus amigos. Se habla ya de la privatización de los aeropuertos. La sanidad pública está siendo acosada en ciertas comunidades autónomas donde la iniciativa privada ya se ha hecho con buenas parcelas del negocio, con la correspondiente pérdida de calidad en el servicio.

Frente a todo, los ciudadanos no deberían adoptar por sistema el criterio-consigna del partido político del que son adictos o votantes y sí pensar por su propia cuenta. La cosa es sencilla: si algo es privado, el móvil legítimo de la empresa será la obtención de beneficios económicos y no el servicio a la comunidad y esos beneficios van a bolsillos privados y no a las arcas del estado, ¿es que no está claro?

jueves, 18 de febrero de 2010

Español para españoles (7)

Hay muchas palabras de origen extranjero en nuestra lengua, pero pocas adoptadas con tanto entusiasmo como el sustantivo “saga”, empleado ahora con profusión para referirse a varias generaciones de una misma familia, y así pueden escucharse lindezas como “la saga de los Rivera” para referirse al difunto Paquirri, sus dos esposas e hijos; o “la saga de los Flores” para citar a Lola Flores, su esposo y su gloriosa descendencia, olvidando que saga es un relato más o menos novelesco de una familia o estirpe y no las personas que las componen. Vamos, que los sinónimos de la palabra son más bien fábula, leyenda, cuento u odisea, y no dinastía, como se pretende.

Creo recordar que la adopción de esta palabra con sentido erróneo tuvo lugar a raíz del pase por televisión hace bastantes años de una serie llamada “La saga de los Forsyte”, de gran impacto en aquel entonces, que nos dejó como herencia otro uso gramatical poco acertado, gracias al reducido intelecto de muchos periodistas.

Hay dos expresiones gramaticales en los entornos deportivos que me producen acidez: uno está incluso aceptado por la RAE (espero que a regañadientes), aunque al aceptarlo olvidaron la coherencia. Se trata de expresiones del tipo “el Levante sentenció la Liga…”. Dieron por buena esa opción del verbo “sentenciar”, pero han olvidado que sentenciar es, literalmente, dictar sentencia y ninguna acepción de sentencia hace referencia a resultados de un encuentro deportivo.

El otro palabro, ya inevitablemente extendido, es el de "equipación", para referirse, creo, a todo lo que los jugadores llevan encima o utilizan durante su práctica deportiva, y ya es normal encontrar en grandes almacenes una sección de “equipación”. En este caso, lo que me gustaría es que alguien me explicara para qué existe la palabra equipamiento, salvo que se pretenda crear un vocabulario de aplicación y uso exclusivo en el mundo deportivo.

Y ya en el terreno deportivo, una expresión muy apropiada para ignorantes: estoy hablando de esa unidad de superficie empleada en la actualidad llamada “campos de fútbol” o “estadios de fútbol”. Como se presupone que la mayoría de la población ignora lo que es una hectárea o un kilómetro cuadrado, y con el aparente deseo de que esa ignorancia se mantenga o acreciente, cualquier referencia al tamaño de una superficie se realiza con esa extraña medida. Es en esa unidad que se relacionan las superficies quemadas en los incendios forestales o el tamaño de un parque inaugurado en la ciudad. Hoy, al pasar la hoja del calendario que la caja de ahorros local obsequia a amigos y clientes, he podido leer que “Obra Social Caja Madrid ha plantado....árboles en una superficie equivalente a 3.000 estadios de fútbol”, ¿no es fantástico?

Supongo que después de esto pasaremos a considerar al balón de fútbol una unidad de peso y será normal escuchar en la frutería a una señora decir al dependiente “déme cinco balones de tomates”.

lunes, 15 de febrero de 2010

SEVILLA

He leído lo que un amigo escribe sobre Barcelona, la ciudad en la que transcurrió una parte de su infancia. A semejanza, me apetece hacerlo sobre Sevilla aunque, si aquel texto estaba en clave de alegría y optimismo por el brillante presente de la capital catalana, en mi caso el tono tiene que ser menos entusiasta. Yo diría que con la protesta y la nostalgia como referente.

Aunque hace un tiempo en que por rabia he decidido renunciar a mi "sevillanidad" y hasta, en el perfil que tengo en el blog, me declaro ubicado en Gerona (no se me ocurre una capital más lejana de Sevilla, dentro de la península), lo cierto es que nací en esta ciudad y en ella permanecí hasta los 13 años, edad en la que me trajeron a esta otra en la que, sin mucha convicción, permanezco.

Desde entonces, casi cada año, he vuelto a la capital andaluza para visitarla al menos por unos días y no puede decirse que su evolución me sorprenda, si no es porque ha cambiado enormemente mi percepción ante los cambios que va sufriendo y la forma en que me afectan.

Era la Sevilla en mis primeros años una ciudad familiar en la que, al menos dentro de una misma capa social, todo el mundo se conocía. Pobre como toda España lo era en aquella época, todavía tengo grabadas algunas escenas que permanecen en mi mente pese al tiempo: las mujeres que en La Campana vendían pan blanco de “estraperlo” dentro de unos cestos colgados al brazo y a las que vi perseguidas porra en mano por la “policía armada”, ya que eran evidentemente elementos de gran peligrosidad social; el tranvía de color amarillo en que nos desplazábamos a los jardines del Cristina y al que era posible detener fuera de la parada, con solo levantar la mano; el olor de las “moñas” de jazmines que mi tata colocaba en su pelo al llegar la primavera y que es responsable de que ahora, cuando huelo jazmín intenso, me sienta trasladado a aquel lugar, a aquella edad, a aquella compañía de mi tata Manuela por la que tanto cariño sentía…

Ninguna ciudad permanece igual pasado medio siglo y, nostalgias aparte, es lógico que Sevilla no sea la que era. La cuestión es si los cambios producidos han sido los razonables y han sido para bien o, por el contrario, se ha practicado demasiadas veces una política de expolio y beneficio -aparente- inmediato.

Es cierto, cosas positivas han ocurrido desde entonces en Sevilla. Ese AVE pionero, esa recuperación de las márgenes del río para el paseo y el ocio, algunas obras acertadas, como la transformación del cuartel de la Maestranza en teatro de ópera y auditorio, la recuperación como universidad de la antigua fábrica de tabacos (con uso anterior también como cuartel), los nuevos puentes sobre el río… pero con anterioridad se han cometido crímenes urbanísticos infames e irreparables: han desaparecido los teatros y cines emblemáticos de la ciudad (San Fernando, Cervantes, Álvarez-Quintero, Llorens donde se proyectó la primera película sonora que llegó a Sevilla, Coliseo España transformado en oficinas), se han derribado edificios proyectados por el genio de Aníbal González (autor de la plaza de España y la plaza de América en el parque de María Luisa, entre otras muchas obras), se han derribado palacios, uno de ellos el de la familia Sánchez-Dalp en la plaza del Duque (en la imagen) ¡para sustituirlo por El Corte Inglés!

Para rematar, en las calles de Tetuán y Sierpes, quintaesencia de esa Sevilla intemporal, han sustituido casi la totalidad de los antiguos comercios y bares por locales de esas franquicias que podemos encontrar en cualquier ocurrencia clónica de galería comercial. La plaza de la Magdalena, antaño rodeada de mansiones y edificios singulares, es actualmente casi un patio interior de El Corte Inglés. Y estoy hablando sólo de lo que era mi entorno cuando vivía allí.

Puede que algunos llamen a eso la huella del progreso, pero creo que podría haberse hecho de otra manera. Sevilla es ahora, en buena parte, una parodia de Sevilla.

sábado, 13 de febrero de 2010

Música, maestro

Si se le pregunta a alguien si le gusta la música, puede tenerse casi la seguridad de que la respuesta será afirmativa y eso, en mi inmodesta opinión, se corresponde mayoritariamente con una inexactitud. La música no gusta a todos, como no puede gustar a todos la escultura u otra de las bellas artes. Una cosa es que de buena fe quien responde así lo piense, pero no es lo mismo que guste porque incita al contoneo o a mover los pies, porque hace agradable un ambiente con su sonido de fondo o porque hay tal canción o tal pieza que nos produce agrado y llegamos a tararearla en la ducha.

Me acuerdo de un chiste de La Codorniz en que se veían dos hombres y uno le preguntaba al otro “¿tú eres una buena persona?” y el otro contestaba “hombre, me molestaría que al hijo del vecino se lo comiera un lobo”. Pues de manera similar, no es lo mismo oír con agrado una melodía mientras conducimos aburridamente, que sentir verdadera atracción por la música.

Gustar de la música es otra cosa y es natural que no llegue a todos, como ya digo que no llega a todos la pintura, aunque curiosamente la percepción que la gente en general tiene sobre la materia se diferencia bastante de las relativas a otros asuntos. Usted puede observar a alguien mientras juega al tenis o realiza bricolaje en casa y, tras ello, decirle en su cara que no vale para el tenis o el bricolaje. Si tiene confianza para eso, claro. Quien recibe la valoración no se sentirá entusiasmado, porque a nadie le gusta que le consideren desprovisto de tal o cual aptitud –pretendemos que lo abarcamos todo- pero lo aceptará sin darle mayor importancia, salvo que en esas actividades tuviera depositados sus proyectos de desarrollo personal.

Intente sin embargo decirle a esa misma persona que no tiene oído musical: tiene muchas posibilidades de haberse buscado un enemigo o de que le responda bruscamente para desmentir esa creencia. ¿Por qué es así? Pues yo creo que porque mientras que un partido de tenis o una tarea de bricolaje el final da un resultado evidente, de clara evaluación, no hay manera de medir de manera indiscutible el oído de nadie y, precisamente, cuanto menos oído tenga el sujeto, menos concordará con el dictamen que recibe. Y porque además, la música es ahora una industria cuya producción la gente consume, lo que hace que se sienta parte.

He conocido personas, que han cursado estudios de música, que tienen lo que se suele calificar de “una oreja enfrente de la otra” y sin embargo son los que más fácilmente admiten sus limitaciones, si las tienen, precisamente porque esos estudios le permiten enfrentarse a su real capacidad musical y valorarla acertadamente.

Admitámoslo: no todos tenemos verdadera afición a la música o un oído aceptable, igual que muchos tenemos carnet de conducir, pero distamos de ser capaces de competir en una carrera de Fórmula 1 o en el Dakar y eso no es malo, siempre que no pretendamos emular a Ayrton Senna o Carlos Sáinz.

jueves, 11 de febrero de 2010

Español para españoles (6)

¿Cuál era mi propia actitud ante las cuestiones idiomáticas hace 20 ó 30 años? Pues posiblemente la misma que la del noventa y nueve por ciento de las personas en este momento. La siguiente pregunta que me hago es ¿por qué modifiqué mi actitud y actualmente cada barbaridad que tengo que oír me ofende casi como una agresión personal? Supongo que sin duda la edad es determinante, pero también la toma de conciencia que la suele acompañar, quizás por influencia de quienes poseían más conocimiento que yo y, definitivamente, por esos dos libros recopilatorios en los que el académico Lázaro Carreter criticaba burlona y duramente tanta burricie como se comete con la lengua de todos. Conmigo consiguió lo que pretendía.

Por ejemplo, ¿cómo es que no está penado ese genocidio gramatical que consiste en la supresión del artículo en las expresiones partitivas? Me refiero a las que son del tipo “la mayoría de los españoles”, “el resto de los asistentes”, “el 90% de los votantes”, etc. Son expresiones que podemos oír permanentemente en la radio y televisión, leer en eso que hoy llamamos periódicos y hasta, hace pocos días, pude escuchar a un niño de no más de ocho años cometiendo ese error. Es inútil que la RAE y otros organismos recomienden abandonar ese hábito, el daño está hecho. 

¿Sabe alguien la razón de esa supresión tan exitosa entre todos los hablantes?, ¿tanto trabajo da decir, por ejemplo, “la mayoría de LOS españoles”? Tengo que confesar que no tengo la certeza de nada, pero sospecho que fue importada sin licencia por alguien o algunos que querían imitar la expresión similar en lengua inglesa, dando a entender con eso que estaban tan sumergidos en esa otra lengua que hasta contagiaban una de la otra. En realidad da igual, el caso es que triunfó entre los hablantes que, dominados al parecer por la pereza, respiraron aliviados al comprobar que podían evitarse nada menos que un artículo. Pese a lo que alguien pueda pensar, “eso” no es evolución natural del lenguaje.  

Hablando de contagio, hay otra palabra que poco a poco se está asentando en nuestro idioma con un sentido erróneo que sí es acertado en inglés. ¿No recuerdan aquello de “se colapsaron las Torres Gemelas…”? Fue uno de los daños colaterales de aquel atentado terrorista, provocado por un traductor cretino, y ahora es normal que los telediarios, cuando quieren expresar que un edificio se derrumbó, lo hagan echando mano de ese barbarismo y repitan como papagayos “el edificio colapsó”, porque ahora, para los medios, las cosas no se derrumban, sino que colapsan, olvidando que en castellano ese verbo indica fundamentalmente paralización.

sábado, 6 de febrero de 2010

La vuelta al mundo en 80 prendas

Recuerdo que hace años, al que más y al que menos le gustaba  presumir de corbata hecha en Italia con seda elaborada por auténticos gusanos italo-chinos. Era sin duda un signo de distinción y buen gusto (bueno, no todas las corbatas lo eran) y el toque exótico en nuestra vestimenta.

Ahora lo exótico sería -es- llevar un jersey de la Alcarria o un abrigo hecho en Palencia, porque lo cierto es que si nos molestamos en mirar las etiquetas indicadoras de su lugar de fabricación, descubrimos que somos un puro muestrario de la industria textil allende los mares.

Cuento todo esto porque esta mañana descubrí que la camisa que llevaba estaba hecha nada menos que en Isla Mauricio. He ido examinando las demás y resulta que todas son de Madagascar, Vietnam, Bangladesh, Marruecos, Portugal, etc. Mis jerséis son fabricados en sitios tan dispares como Escocia, Madagascar y Portugal y también hay alguno, un tanto despistado, que parece haber sido confeccionado en este país. Tengo trajes de Italia, Portugal, Inglaterra y Marruecos, pero confieso que mis calzoncillos son de origen imposible de identificar, porque al comprarlos tengo la costumbre de cortarles las etiquetas para evitar que dañen mi delicada piel.

El reducto patriótico está en el calzado, de origen riojano y valenciano en su gran mayoría,  aunque tengo que confesar que tengo varios pares fabricados en EE.UU. y mis deportivas son de Vietnam o Tailandia. ¡¡Mi vestimenta ha viajado más que yo!! 

No hay que ser muy listo para darse cuenta de que, salvo en el caso de prendas de EE.UU. o Inglaterra, el resto no está fabricado en lejanas latitudes por pura casualidad o especial calidad, sino porque con ello nuestros honrados y eficientes empresarios (capitaneados por el Corleone nacional) se ahorran un dineral pagando mano de obra a precios muy inferiores a los que se verían obligados a pagar aquí.

¿Alguno de ustedes percibió una bajada en los precios que se correspondiera con esta rebaja en los costes?, ¿bajó el precio de una camisa o por el contrario se ha incrementado más del 50% en los años recientes? Mucho me temo que no, que esta mano de obra extranjera sólo ha beneficiado a esos comerciantes que ya se han acostumbrado a forrarse a costa de unos lejanos trabajadores explotados y de los ciudadanos de un país –el nuestro- que consienten pagar por su vestido más de lo que se debería e incluso más que en otros países de nuestro entorno. El remordimiento por esa explotación distante, si lo tenemos, también se carga en nuestra cuenta.

Al mismo tiempo, sé de fábricas textiles de España que cierran porque evidentemente no pueden competir con los precios de la mano de obra esclava o semi-esclava, y fingen indignación por ese hecho los demás empresarios y determinados políticos, y lloran lágrimas de cocodrilo por el aumento del paro. Son las ventajas de eso que se ha dado en llamar "deslocalización", aunque su nombre de antes era otro.

Por descontado, si mañana desaparecieran esas factorías de mano de obra barata, cosa casi imposible porque siempre habrá miseria para explotar, el aumento de costes se reflejaría de inmediato repercutiéndolo en el precio de las prendas, porque ya se han acostumbrados a unos márgenes de ganancia a los que no van a renunciar. ¿Acaso es una casualidad que el hombre más rico de España –con mucho- sea un empresario textil?

¿Cómo llamamos a esto?, ¿capitalismo o desvergüenza? Elijan, viene a ser lo mismo.

(más información en   http://www.rebelion.org/noticias/2005/5/14841.pdf)

jueves, 4 de febrero de 2010

Español para españoles (5)

¿Hay algo más placentero que no pensar? Esta actitud está incluida en la base de aquel exabrupto tan conocido, ¡que inventen ellos! Ya no somos personas, ni siquiera ciudadanos, tan solo consumidores, así que limitémonos a vegetar y consumir.

Esto debe ser lo que muchos tienen grabado en su mente e, inevitablemente, ese sentir se manifiesta de manera llamativa en la forma de hablar. No es falta, ni mucho menos, utilizar ocasionalmente frases hechas, porque a veces ilustran adecuadamente lo que se quiere decir y facilitan el entendimiento con el interlocutor, PERO no puede ser que una y otra vez utilicemos la misma frase para evitar decir con nuestras propias palabras algo que queremos expresar o, como muchos llegan a hacer, trufando el habla de esas frases hasta el punto de que no se emite más que una serie de expresiones ya prefabricadas. Una especie de Lego lingüístico.

Desde que hace unos años un político tuvo la ocurrencia de utilizar la expresión “mover ficha” para indicar que le tocaba a cierto país reaccionar tras las medidas que él había aplicado, esa frase se ha quedado grabada a fuego en el recinto neuronal de muchos y no hay manera de que cuando se espera que otro actúe se diga otra cosa que la bendita frase. Desapareció aquello de “es el turno…” o “ahora le toca actuar a…”, etc.; lo que uno se encuentra obligado hacer es “mover ficha”. Es el legado de un genio de la política.

Lo mismo ocurre con eso de “pasar página”, otra frase que no se despega de los labios de muchas personas y, necesariamente una delicatesse para los presentadores de telediarios a los que les encanta la originalidad y frescura de la parejita de palabras que, por cierto y según he podido leer, es una adaptación hispana del original inglés. A nadie con un mínimo de elegancia se le ocurre decir ya “he olvidado aquel episodio” o “ahora estoy ocupándome de otras cosas”, hay que decir que “he pasado página”. Bonito y barato, aunque quizás no tan bueno.

No podía citar esas dos frases sin traer una tercera por aquello de la magia del número tres. Se trata de otra joya, “dar otra vuelta de tuerca”, sustituyendo a “reiterar”, “insistir” o similar. Esta expresión tiene como usuarios preferentes a los políticos, que consideran que cualquier acción encaminada a la mejora o beneficio de los ciudadanos es, sin lugar a dudas, “una vuelta de tuerca más” en tal o cual empeño.

Para terminar por esta vez y ya que hablo de políticos, otra expresión que entusiasma a todos por igual, políticos y presentadores de telediarios: me estoy refiriendo a lo del “pistoletazo de salida”. Se acabó aquello de poner la primera piedra, de comenzar un proyecto, inaugurar un acto, etc.; ahora todo es un pistoletazo de salida y utilizar palabras propias para expresar que algo se está iniciando, sería inimaginable en estos torpes papagayos.

POST DATA: unos días después de publicada esta entrada fui testigo de un uso de esta última frasecita que resultó especialmente tragicómica. Se trataba de la corresponsal de TVE en la inauguración del Congreso de Víctimas del Terrorismo en Salamanca. En un alarde de oportunidad, relataba que el príncipe de Asturias se había personado en la ciudad para dar el "pistoletazo de salida" al congreso. Teniendo en cuenta el tipo de acontecimiento, no parecía lo mejor dar un pistoletazo, pero es que la estupidez y la escasez de neuronas no tiene límites.

lunes, 1 de febrero de 2010

No es cosa de broma

Hace unos días, en una reunión de amigos, salió a relucir como tema secundario del principal sobre el que charlábamos, el asunto del reciclado de basuras o residuos, como ahora se le llama con más delicadeza que antes. Conté que en mi casa hacemos unas ocho o diez divisiones de esos residuos para conseguir que cada uno vaya a parar a donde debe.

El caso es que no soy un fanático de la ecología, ni siquiera pertenezco a alguna ONG de esas que tienen como objetivo salvar el planeta de los bárbaros que lo poblamos actualmente, para que en un futuro otros bárbaros puedan ocupar nuestro lugar y, entre otras cosas, no puedan decir aquello de “¡vaya tela, cómo habéis dejado esto!”.

Las reacciones de los presentes en la tertulia fueron de varios tipos: desde quien consideró que aquello no merecía mayor atención, los que declaraban entregar para el reciclado parte de los residuos que se generaba en su casa, hasta quien comentó con cierto tonillo de cachondeo
era el chistoso de siempre el hecho de que alguien perdiera su tiempo en hacer tantos apartados con aquellas porquerías. Desde luego, no pareció que nadie se molestase habitualmente en separar cada resto como se debiera.

Recuerdo que en 1991 hice un viaje a San Francisco (EE.UU.) donde permanecí casi mes y medio como huésped de una familia local. Allí me quedé asombrado al descubrir que, en la cocina, aquella familia tenía una especie de estructura metálica con ruedas, en la que estaban colocados horizontalmente en filas de dos, unos ocho o diez recipientes de plástico de distintos colores con tapas colocadas en bisel, algo parecido a lo que había aquí en las pastelerías para contener los caramelos, pero con un uso bien diferente; constantemente, a lo largo del día, se iban depositando en el recipiente correspondiente la basura orgánica (poca, ya se sabe que los americanos no se complican la vida al cocinar), las latas, las pilas, los envases, plásticos, etc. Por supuesto, mi actitud fue un tanto burlona, convencido de que “los americanos son como niños” y que aquella especie de histeria lo evidenciaba. Resulta que ahora, en España, las autoridades van saliendo del limbo y recomiendan que se haga la separación con esos mismos criterios, aunque es cierto que con poco interés y escasa fe en el seguimiento de esas recomendaciones, ya se sabe que los hispanos somos muy individualistas.

Yo entonces tenía casi 19 años menos y el mundo tenía una aproximación a la concienciación que podríamos estimar en unos 50 años menos, pues si lo piensan, la velocidad a la que el problema se nos ha echado encima está muy por encima del tempo habitual. 

No puedo evitar un escalofrío al pensar que una simple pila de botón puede contaminar no sé cuántos –muchísimos
metros cúbicos de agua, que depositar el papel y el cartón en los contenedores evita la tala de muchos árboles, que los componentes electrónicos de los aparatos pueden ser reciclados, impidiendo la explotación desaforada de los limitados recursos del planeta, etc.

Tengo que pensar que si esa indiferencia tiene lugar entre gente de nivel cultural superior a la media, ¿cómo será la cosa en Villar del Río (por ejemplo)?, ¿y en Agadir?, ¿y en Bombay o Tegucigalpa? Parece increíble que la misma especie que ha producido seres capaces de creaciones artísticas o científicas asombrosas, sea en su conjunto capaz de destruir el único lugar donde pueden habitar las generaciones presentes y venideras.