miércoles, 28 de abril de 2010

Español para españoles (14)

¡La imaginación al poder! Eso parecen pensar quienes aparentan estar encerrados todo el día en un laboratorio ideando frases con chispa y esa legión de seguidores que aguarda ilusionados el nuevo invento, listo para ser empleado una y otra vez, venga o no a cuento.

No sé si pueden imaginarse esos chaparrones intensos que comienzan con apenas unas gotas y que, progresivamente, van incrementando su intensidad hasta terminar en un diluvio. Al comienzo ni nos parece que vaya a requerir el uso del paraguas y al final dan ganas de procurarse una zódiac. Algo parecido sucede con las frases y metáforas que algún creativo pone en circulación; la oigo un día y simplemente me pasa casi desapercibida e, inocentemente, me creo que será flor de un día, que nadie más volverá a repetirla y que seguiremos hablando como siempre, incorporando tan solo aquellas expresiones que de verdad aportan algo al lenguaje o aquellas que se nos ocurran sobre la marcha.

Ha pasado algún tiempo desde que oí por primera vez eso de “negro sobre blanco” para referirse a algo publicado en algún tipo de medio impreso. Volví a escucharla al cabo de algún tiempo y me temí lo peor. Ahora compruebo que ese peor ya ha tenido lugar: se ha vuelto imprescindible para muchos periodistas de prensa y televisión y el pueblo llano no le hace ascos, pues también lo he podido oír en boca de una amiga.

No hay rueda de prensa en la que algún corresponsal pretencioso y enterado no le pregunte al político de turno cuándo vamos a ver “negro sobre blanco” lo que está prometiendo o que le recuerde que eso de lo que habla ya se ha visto “negro sobre blanco”, etc.; el éxito de la expresión es ya una realidad.

Es quizás unos de los últimos descubrimientos lingüísticos, pues otros que también me llaman la atención son ya moneda más que corriente, y es difícil no tropezar con él cada día. Hablo de ese hoja de ruta que, con seguridad todos tenemos ya incorporado a nuestro repertorio.

Desde que en 2002 se elaboró un plan de paz –otro más- para el conflicto palestino-israelí y alguien tuvo la feliz ocurrencia de llamar hoja de ruta al calendario que establecía los pasos a seguir para la consecución de esa paz imposible, ya nadie pierde el tiempo en hacer una lista de tareas o de planes, fijar un calendario, establecer plazos, etc. Hasta la tarea más nimia a realizar en un espacio de tiempo, requiere una hoja de ruta. Ya no tiene excusa para perder el tiempo con tibiezas: cuando la señora de la limpieza llegue a su casa, nada de darle instrucciones de lo que hay que hacer y limpiar, simplemente le elabora una hoja de ruta y todos quedarán encantados por tanta modernidad, erudición y frescura de lenguaje.

domingo, 25 de abril de 2010

Piada brasileira

A continuación transcribo un chiste (piada) brasileño. Lo pongo en versión original porque me parece que tiene más gracia, pero añado la traducción al español para quien encuentre alguna dificultad en la comprensión. La traducción es mía, así que pido disculpas por los fallos que pueda tener.

O AMANTE

O céu estava ficando muito lotado, então São Pedro resolveu baixar um decreto: "Para entrar no céu, a pessoa deveria ter passado por um dia terrível na hora da sua morte". O decreto entrou em vigor imediatamente.

Então, quando a primeira pessoa chegou, São Pedro perguntou:

- Como foi seu dia, como você morreu?

- Já fazia muito tempo que eu estava desconfiando que minha mulher estava me traindo... então, resolvi voltar para casa mais cedo e pegá-la em flagrante. Quando cheguei em meu apartamento, que fica no 25º andar, minha mulher estava enrolada numa toalha, muito nervosa, e agindo de uma forma suspeita.

- Comecei a procurar em todos os cantos da casa, debaixo da cama, dentro do guarda-roupa, etc., mas não encontrei ninguém. Eu já estava desistindo de procurar, quando olhei para a sacada e vi o safado pendurado no corrimão. Transtornado, peguei a vassoura e comecei a bater na mão dele, até que ele se soltou e caiu do 25º andar. Mas por infelicidade minha, ele caiu sobre um toldo que amorteceu a queda e não morreu. Fiquei com tanta raiva que peguei o que tinha de mais pesado dentro de casa, que era a geladeira, e joguei em cima dele. Só que eu me emocionei tanto que tive um ataque do coração e morri.

- Realmente seu dia foi terrível! disse São Pedro. Pode entrar.

Cinco minutos depois chegou o segundo candidato à entrada ao céu. E São Pedro perguntou:

- Como foi seu dia, como você morreu?

- Bem, eu estava fazendo meus exercícios diários na varanda do meu apartamento no 26º andar, quando escorreguei e caí. Por sorte, consegui me segurar no corrimão do apartamento abaixo do meu, no 25º andar. Já estava quase conseguindo me levantar, quando apareceu uma mulher enrolada em uma toalha e um maluco começou a bater nas minhas mãos com um cabo de vassoura, então caí. Mas como um toldo amorteceu minha queda, não morri. E lá estava eu todo dolorido tentando me levantar, quando o mesmo maluco jogou uma geladeira em cima de mim.

São Pedro começou a rir e disse:

- Já entendi tudo. Pode entrar!

Depois de mais cinco minutos, chegou o terceiro candidato. E como de costume, São Pedro lhe perguntou:

- Como foi seu dia, como você morreu?

E o rapaz, meio tonto, respondeu:

- Olha, o senhor não vai acreditar... mas eu estava pelado dentro de uma geladeira, e até agora não entendi o que aconteceu.

********************

EL AMANTE

El cielo estaba quedando demasiado lleno, así que San Pedro decidió publicar un decreto: “Para entrar en el cielo, la persona debería haber pasado un día terrible al llegar la hora de su muerte”. El decreto entró en vigor de inmediato.

Cuando la primera persona llegó, San Pedro le preguntó:
-¿Cómo fue su día, cómo murió usted?

-Ya hacía tiempo que yo presentía que mi mujer me estaba traicionando… así que decidí volver a casa más temprano y pillarla in fraganti. Cuando llegué a mi piso, que queda en la planta 25, mi mujer estaba envuelta en una toalla, muy nerviosa, actuando de una manera sospechosa.

-Comencé a buscar en todos los rincones de la casa, debajo de la cama, dentro del armario, etc., pero no encontré a nadie. Ya iba a desistir en mi búsqueda, cuando miré para la terraza y vi al sinvergüenza colgado de la barandilla por fuera. Trastornado, cogí la escoba y comencé a golpear las manos del tipo, hasta que se soltó y cayó desde la planta 25 a la calle. Mas para mi desgracia, cayó sobre un toldo que amortiguó la caída y por eso no murió. Quedé con tanta rabia que cogí lo más pesado que encontré en la casa, que era el frigorífico, y lo arrojé encima de él. Sin embargo, me alteré tanto que tuve un ataque de corazón y morí.

-Realmente su día fue terrible –dijo San Pedro- Puede entrar.

Cinco minutos después llegó el segundo candidato a la entrada del cielo. San Pedro preguntó:

-¿Cómo fue su día, cómo murió?

Pues, resulta que estaba haciendo mis ejercicios diarios en la terraza de mi piso, en la planta 26, cuando me escurrí y caí por fuera. Por suerte, conseguí sujetarme en la barandilla de la terraza del piso de abajo del mío, en la planta 25. Ya estaba casi consiguiendo auparme, cuando aparecen una mujer envuelta en una toalla y un chalado que comenzó a golpearme las manos con el palo de una escoba, entonces me caí. Sucedió que un toldo amortiguó mi caída, no morí. Estaba allí todo dolorido intentando levantarme, cuando el mismo chalado arrojó un frigorífico sobre mí.

San Pedro comenzó a reír y dijo:

-Ya lo entendí todo. ¡Puede entrar!

Después de otros cinco minutos, llegó el tercer candidato. Como de costumbre, San Pedro le preguntó:

¿Cómo fue su día, cómo murió?

El chaval, medio atontado, respondió:

-Oiga, usted no me va a creer… yo estaba desnudo dentro de un frigorífico, y todavía ahora sigo sin entender lo que ocurrió después.

martes, 20 de abril de 2010

Dichosos incrédulos...

¿Han visto alguna vez esos apretones que tienen lugar a la salida de unos de esos espectáculos de grandes masas? Piensen en las puertas de un estadio tras uno de esos partidos del siglo que tienen lugar cada poco, todos quieren salir al tiempo y esa salida se torna un forcejeo de unos con otros para salir antes. Algo así me ocurre con las palabras cuando pienso en las razones para el escepticismo en materia religiosa, y no porque sea un experto ni considere que sé algo de teología o filosofía. ¿Acaso beber agua para apagar la sed, requiere conocer sus componentes químicos o su peso molecular?

Todo viene a propósito de uno de esos correos que envían los amigos “reenviadores” y que trae la imagen que sirve de ilustración a esta entrada. El texto dice “Voy a crear un hombre y una mujer con pecado original. Después voy a dejar una mujer embarazada de mí mismo como su hijo y así podré nacer. Cuando esté vivo, me mataré a mí mismo como sacrificio a mí mismo. Para salvaros así a todos del pecado original al que yo mismo os condené. ¡¡¡Tachán!!!”.

Está claro que el redactor no ganará el Nobel de literatura –posiblemente el Planeta-, pero tiene el mérito de expresar de manera condensada el estupor que siente el que, sin prejuicios, dedica unos minutos a meditar sobre los grandes misterios del cristianismo, porque lo que el texto dice forma parte fundamental de todo aquello que los cristianos digieren sin plantearse mayores dudas ni sentir la más mínima acidez estomacal. 

Con escasa habilidad, todo hay que decirlo, el autor relata una serie de hechos ciertos… o al menos hechos que la iglesia cristiana hace pasar como tales. Seguro que los teólogos tienen respuesta para todo, pero yo creo que es bueno que repasemos bajo la luz de la razón del ciudadano normal ese relato. Me parece una buena opción, salvo para aquellos que pertenecen a la misma escuela de fe que el famoso carbonero.

Eso de nacer con un pecado sin haber tenido arte ni parte, de verdad que tiene que sonar chocante a cualquiera. A ver, ¿cómo es posible que alguien que llega al mundo, sin siquiera haber abierto los ojos, pueda haber pecado ya?, ¿cómo puede ofender a dios el que ni siquiera sabe controlar sus esfínteres? Para cualquiera, debería tener toda la apariencia de un invento cuyo fin es poder extorsionar a los creyentes desde el primer momento y hacerles sentir culpables, que es sin lugar a dudas lo que la religión cristiana busca conseguir en cada uno desde que nos situamos bajo su dominio. Ése es el secreto del control, el sentimiento de culpa.

Se relata después un episodio altamente extraño y casi inédito (parece que hay similitudes en otras religiones). Dios deja embarazada a una virgen para tener un hijo que es él mismo. Aparte de lo alambicado del hecho, no cabe duda de que se trata de una especie de super-incesto, pues no de otra forma cabe calificar a quien mantiene relaciones con la que va a ser su propia madre. Puede argumentarse que esas "relaciones" son metafísicas, así que el incesto pasaría a ser también de orden metafísico.

Claro que el fruto de ese embarazo lo explica todo: se trata de alguien cuya venida a la tierra está justificada por la posibilidad de redimirnos y librarnos de aquel nefando pecado en cuya comisión no hemos tomado parte. La idea viene a ser “yo te lo pongo y yo te lo quito, pero me debes una”. A mí toda esa cantinela de “he venido a redimiros etc. etc.” me resulta cargante, ¿quién ha dicho que yo necesito ser redimido por alguien que ni siquiera me ha sido presentado?, ¿y de qué?

Entre el nacimiento y la muerte, el creyente cristiano debe arrastrar el sentimiento de una culpa y el agradecimiento por el perdón, sin olvidar que este último lleva emparejada la inscripción como miembro de esa iglesia, cuya baja resulta mucho más complicada –por no decir inalcanzable- de lo que muchos creen.

martes, 13 de abril de 2010

Deportes

No, no voy a tratar de los deportes sino de eso que en los noticiarios o periódicos llaman noticias deportivas o, sencillamente, lo enuncian como “deportes” aunque todos sepan que no va precisamente de eso. Las noticias deportivas son al deporte lo que las películas porno son a la relación sexual.

Tras ver el telediario de hoy, en la cadena de televisión en la que me parecen más interesantes y veraces (esto descarta a Telemadrid), me he quedado pensando sobre el contenido de estas noticias e inevitablemente lo he comparado con el de las noticias referentes a un asunto que me interesa mucho más: la música.

No voy a negar que soy parcial, pero no obstante me gustaría que quien leyera esto reflexionara sobre si lo que voy a decir es exagerado o falso y tenga en cuenta el hecho de que al no ser apasionado por el deporte ni tampoco su enemigo, algo de frialdad en el análisis puede que yo posea.

El deporte o, mejor dicho, el espectáculo deportivo, ha resultado ser una auténtica mina para los que viven de él, hablo no solo de los “practicantes”; también y principalmente de todos los que se mueven en su órbita y sacan una importante tajada a costa de ello. Como decía antes, a lo largo del tiempo he tenido que oír en el noticiario infinidad de declaraciones de entrenadores, seleccionadores, managers y directores técnicos que, en el caso de muchos deportes, de verdad que no sé bien a qué tareas se encuentran entregados.

Ahí se han contado cosas que incluso nada tenían que ver con el deporte o los deportistas, pero debido a que se celebra una competición internacional de motociclismo, se han prodigado las descripciones sobre tipos de neumáticos, motores, vehículos, curvas del circuito y todo lo que quepa imaginarse. Me pregunto, ¿de verdad hay un número importante de aficionados que se interesan por esos detalles? No dudo de que, como hay gente para todo, en algunos lugares hay gente bebiendo cada una de las palabras que describen esos extremos, pero ¿son tantos como para justificar su emisión en el noticiario de las tres de la tarde?, ¿no sería más lógico reservar su difusión a un programa especializado, en otro momento?

Por establecer un paralelo, me pongo a pensar en el mundo de la música, en la que hay apasionados e incluso algún fanático que otro; recuerdo que alguna vez en un concierto se ha sentado a mi lado alguien que llevaba la partitura de la composición y la iba siguiendo según se interpretaba. ¿Alguno de ellos siente interés por cómo es o cómo se llama la esposa del director de la sinfónica de turno?, ¿sabe alguien si esa esposa mantiene relaciones adúlteras con el primer violín o el contrafagot? Hablando del primer violín, ¿alguien conoce a su madre o a su hermana por algún anuncio de esos que salen en la tele?, ¿cuántas personas conocen el nombre o aspecto de las esposas de Plácido Domingo o Daniel Barenboim?

Para qué hablar del hardware de la música. Por ejemplo, ¿alguna vez alguien ha oído en la retransmisión de un concierto algo así como “el saxofonista barítono, que utiliza un instrumento dorado de la marca Selmer…”? Podría ser también algo como “el clarinetista que utiliza un instrumento con afinación en Si bemol…” ¿Alguna vez el director de una orquesta ha aparecido vestido como un payaso, con todo el traje cubierto de marcas comerciales?

Sé que esto resulta aburrido, pero ¿pueden suponer el hastío que representa toda esa pornoinformación deportiva para el que no siente mayor interés por el tema? Y no me digan que se puede apagar el televisor al llegar a esa sección. Desde hace algunos años, todos los noticiarios de televisión presentan en el avance del comienzo un amplio adelanto de las apasionantes noticias deportivas que nos servirán, aún con más detalle, cuando llegue su momento.

El lado positivo de todo esto es que esta saturación de noticias y retransmisiones deportivas, me ha alejado de la televisión hasta el punto de que actualmente es para mí, casi de modo exclusivo, una pantalla para el cine que veo en casa.

domingo, 11 de abril de 2010

¡Policía!, ¡esto no es jazz!

El pasado diciembre tuvo lugar un incidente que para la gran mayoría, en la que me incluyo, pasó completamente desapercibido. Algo completamente normal, pese a su repercusión en bastantes periódicos nacionales y extranjeros, teniendo en cuenta que no fue más allá de una simple anécdota y que, para mayor escarnio, no había ninguna pelota o bola de por medio, que es lo que en nuestro país otorga trascendencia histórica a un acontecimiento.

En esa fecha se celebraba en Sigüenza un festival de Jazz –nada menos que en su quinta ocurrencia- del que yo hasta la fecha no tenía noticia y que, según declaraciones de los munícipes organizadores, busca intencionadamente la vanguardia musical.

El caso es que ese día era el turno de un tal Larry Ochs, del que se dice que es un músico con muchísima experiencia, más de 30 años en el tajo, y a poco del comienzo un espectador llamó a la policía (eso dice alguna prensa, en realidad se trataba de la guardia civil) porque consideraba que “aquello” que estaba sonando no tenía nada que ver con el jazz, sino que era lo que se denomina “música contemporánea”, algo que tenía médicamente contraindicado el denunciante. Acudió una pareja de agentes y uno de ellos -que se declaró aficionado al jazz- opinó que, a su entender, aquello no era lo que pretendía ser. Y se lió una buena.

Por partes. De entrada, a mi juicio, ya es meritorio que alguien llegue a apasionarse de esa manera por algo de tan escasa valoración general como la música, hasta el punto de llamar a los agentes del orden, sabiendo que en España esos profesionales no soportan ningún tipo de bromas, y la verdad, este incidente aparenta ser más una indignada humorada que un acontecimiento serio.

En contra de la opinión expresada en casi todos los comentarios que he leído sobre la noticia, quiero decir que me parece un signo esperanzador que un guardia civil se atreva a emitir un dictamen –por supuesto que sin consecuencias- sobre un tipo de música como ésta; hasta ahora, se suponía que la casi totalidad de la guardia civil no sabe ni cómo se escribe la palabra jazz. Y permítaseme unirme al dictamen de la benemérita, porque he podido escuchar un fragmento del dichoso concierto y aquello parecía más un guirigay que la música que me es tan familiar. Yo mismo me he sentido tentado por esa posibilidad de llamar a la policía en más de un concierto, sobre el último de los cuales trato en otra entrada de este blog. Me gusta aclarar -fundamentalmente para quienes sean aficionados al jazz- que la idea que Larry Ochs tiene de un quinteto es la de un pianista en estado catatónico, un trompeta y un saxo enzarzados en una bronca, cada cual tratando de superar en nivel sonoro al otro y dos baterías aporreando a destajo. Puede contemplarse en YouTube.

Por encima de toda la historia planea, a mi entender, el asunto de las vanguardias artísticas y su etiquetado. ¿Quién no se ha sentido indeciso entre la risa o el llanto, al contemplar cierto tipo de "obra de arte" en una exposición o museo? Tengo la certeza de que para Arnold Schönberg y sus composiciones dodecafónicas la cosa no debió resultar fácil. Y ya ha llovido desde entonces…

Mantengo la idea de que un arte para cuyo goce es preciso ser profesional de ese arte y poseer amplios conocimientos de filosofía, no es precisamente una manifestación artística que me interese, aunque creo –faltaría más- que todo “artista” tiene el derecho a expresarse como le venga en gana. Lo que no admito –y no es que eso signifique mucho- es que con una alegría irresponsable, se clasifique a esa manifestación como le parezca al autor. Estoy conforme en que no es posible definir lo que es jazz, pero no hay que aprovecharse de esa imposibilidad para encuadrar una obra en ese género con total impunidad.

Afirmaba alguien con quien mantuve una controversia sobre este suceso, que ahora la palabra jazz no es más que un paraguas bajo el que pueden refugiarse muchos tipos de música. Estoy en total desacuerdo, y pensar que llevo más de 50 años dedicando bastante tiempo a escuchar algo que termina siendo considerado un paraguas, no entra dentro de mis -limitadas- capacidades. Por descontado, dudo mucho de que los espectadores que en Sigüenza asistían al concierto de Larry Ochs –nada menos que casi 200- disfrutasen de lo que escuchaban o entendiesen mínimamente de qué iba la cosa (¿hay muchos aficionados capaces de disfrutar la armonía atonal?). No abundan los entusiastas de la buena música, pero son legión los que consumen modernidad como si fuese agua mineral. Comprendo que ser o sentirse actual puede producir satisfacción, pero si el precio a pagar es aguantar ese estruendo desagradable, que no cuenten conmigo.

He tenido la curiosidad de seguir el rastro de esta noticia en Internet y son infinidad los comentarios sobre ella. El denominador común de todos ellos es la descalificación del guardia civil por atreverse a opinar siendo su profesión la que es, la petición de un espíritu más abierto en los oyentes y la adjetivación de quienes como yo piensan como casposos, reaccionarios, intolerantes e ignorantes. Es significativo que nadie se haya planteado si el guardia civil y los discrepantes también merecen esa tolerancia que se reclama para otras partes.

También es significativo que en casi todos los comentarios de los supuestos expertos en lo que es jazz, se omita un hecho importante: Wynton Marsalis, quizás uno de los mejores trompetistas de jazz -y de música clásica- de los últimos 20 ó 25 años y defensor de las esencias de este género, ha tenido noticia del incidente de Sigüenza, tras lo cual ha enviado su discografía completa dedicada al autor de la denuncia y protagonista del caso. ¿Incluimos también a este intérprete entre los casposos, ignorantes, etc.?, ¡¡Venga ya...!!

jueves, 8 de abril de 2010

Español para españoles (13)

Cuando hago alguna crítica acerca del vocabulario o modismos de los hispano-hablantes americanos, un buen amigo mío salta enseguida protestando y argumentando que la lengua española, el castellano, es patrimonio de todos. Tengo que aclararle enseguida que estoy de acuerdo con él y que incluso entiendo que ellos no van a tener puesta la oreja a ver cómo optamos en España sobre las aportaciones que la lengua va requiriendo para su adaptación a los tiempos, pero entiendo que cierta homogeneidad sería deseable y que, lamentablemente, ellos están todavía más presionados por la omnipresencia del inglés de lo que aquí ya lo estamos, que no es poco, gracias fundamentalmente a esos periodistas incapaces de aportar nada, pero ávidos de falsa modernidad.

Sospecho, por comprobaciones que he podido hacer en alguna ocasión, que muchos de los barbarismos procedentes del inglés, no son importados por nosotros directamente desde EE.UU. (Gran Bretaña no cuenta para nada en el inglés que nos llega), sino a través de los países hispanos y, posiblemente, algunos de los vicios extranjerizantes que por allí han sentado plaza han sido re-exportados desde esta tierra de Cervantes, en donde previamente les hemos dado acogida.

La verdad, no sé quién es el responsable primero de la expresión “violencia de género”, pero aunque puedo equivocarme, veo muy probable que puesto que el asunto es actualidad periodística y social en España, haya sido aquí donde se ha optado por el barbarismo.

Es inútil que expertos en léxico y académicos hayan insistido mil veces en que las personas no tienen género, sólo las cosas, y que por tanto debe emplearse en su lugar “violencia de sexo”, pero quizás la inflamada imaginación de muchos les ha hecho pensar que esta expresión, la correcta, parece aludir más bien a violencia ejercida utilizando el miembro viril, algo realmente pintoresco.

Sea cual sea la razón, lo de “violencia de género” ha venido para quedarse y es la expresión que, sin excepción, se emplea en los medios de comunicación, en el gobierno y hasta en los procesos judiciales consecuencia de los casos que casi a diario se producen y hacen público. Otro caso más de “violencia lingüística” que queda impune, porque no cuenta con una abogada defensora como la llamada Bibiana Aído, que más bien pertenece al grupo de los asesinos lingüísticos en serie.

Es lamentable, pero al desconocimiento y atropello del idioma no sólo no se le otorga ninguna importancia, sino que quien comete esos atropellos se contonea, porque considera que esa falta de preocupación por la gramática le acredita como un espíritu libre e independiente.

domingo, 4 de abril de 2010

Refundación

Creo que fue en 2008 (aunque parezca que hace 10 años) cuando saltó estrepitosamente todo este asunto de la crisis mundial, y al año siguiente se hizo parte de la realidad de todos, aunque pienso que aquel nombre es poco explícito y más bien debería denominarse "crisis bancaria mundial y sus consecuencias pagadas por todos, menos –precisamente- los que la habían provocado".

Puede parecer de un atrevimiento supino que alguien que no tiene ni idea de economía se atreva a escribir una línea enjuiciando un acontecimiento de una complejidad terrorífica, pero entiendo que el asunto ha trascendido lo meramente financiero para anidar, como los piojos, en las costuras de nuestra propia estructura social.

A estas alturas, todos sabemos o deberíamos saber que la crisis se originó en EE.UU. y que fue la falta de moralidad y escrúpulos de los actores bancarios lo que provocó su extensión hasta el último rincón del planeta. Sabemos cuál fue la causa y cuáles sus consecuencias inmediatas, pero quizás por hartazgo no sabemos o no nos ocupamos de sus consecuencias últimas o de lo que deberían haberlo sido.

Cuando estalló la crisis todos los dirigentes mundiales se apresuraron a denunciar vivamente a los causantes. Como segundo paso, corrieron a tapar de una u otra forma los agujeros que se habían abierto en los sistemas bancarios y para justificar la utilización de medios que eran públicos, se llenaron la boca de vocablos como “refundación capitalista”, “control del movimiento de capitales”, “eliminación de los paraísos fiscales”, etc. etc. ¿En qué ha quedado todo esto?

Es triste, pero previsible: en nada, lo que se dice en nada de nada. Y el caso es que estaba claro, imaginemos una crisis en la Mafia por excesivo número de cadáveres o por escasez de beneficios. Si se hablase entonces de “refundación mafiosa”, ¿alguien consideraría posible que ese término se estuviera refiriendo a la desaparición de una organización tan dañina como la Mafia?, ¿iba esa Mafia a autoinmolarse para mejorar el mundo? Desde luego que no. De igual manera, es inconcebible que la crisis capitalista trajese como consecuencia la reorganización de la economía mundial, con la desaparición de aquellos que una y otra vez llevan al mundo al desastre, exclusivamente por buscar no ya un lucro aceptable, sino por practicar la rapiña compulsiva sin importarles las seguras consecuencias (para los demás).

En el mundo de hace un par de siglos, por ejemplo, la justicia o la ciudadanía habría degollado a los causantes y, al menos por unos años, el miedo a lo ocurrido habría paralizado a los aficionados a lo ajeno. También, puede que se le hubiera declarado la guerra al país culpable -los EE.UU.-, exigido indemnizaciones y dictado un embargo comercial extremo, manteniendo a ese país apartado como si estuviera apestado.

Ahora no, ahora estamos mucho más civilizados y por lo tanto salvo un par de personajes casi pintorescos que han ido a la cárcel para que pensemos que se hace justicia, los demás se han quedado de rositas y continúan robando como si nada hubiese ocurrido. Este jueves pasado, publicaba el New York Times la noticia de que las personas responsables de la crisis (apenas una decena, con nombres y apellidos) se han embolsado en 2009 -en pleno caos financiero- unos beneficios de 25.300 millones de dólares, ¿más claro?

Quedó en nada eso de la refundación capitalista, salvo algún tirón de orejas a los altos ejecutivos bancarios, más que nada para que actúen con cierta discreción. Quedó en nada el prometido control del movimiento de capitales. Hasta los paraísos fiscales permanecieron impunes porque, al fin y al cabo, son imprescindibles para quienes roban a manos llenas en los infiernos fiscales.

Poco a poco se va restableciendo el “orden”, aunque eso sí, con un aumento del número de parados que asegura la mansedumbre de los que sí tienen un puesto de trabajo. Y ni siquiera cambiaron algo -por aquello del disimulo- para permitir que todo continuara igual.

Aquí en España estamos de puente, que es lo que importa. Ah, ¿y cuándo dices que es el próximo partido del siglo?

Ya se sabe, todo es perfecto en el mejor de los mundos posibles.

jueves, 1 de abril de 2010

Ante las elecciones

Parece un poco anticipado el título, pero pienso que ni mucho menos; por varias razones. En primer lugar, ocurre que en estos sistemas democráticos normalizados, a los ciudadanos se nos pregunta una vez cada cuatro años qué gobierno queremos para la nación y, pasado el momento de depositar la papeleta de voto, ninguno de los que acceden al poder vuelve a preocuparse por el sentir ciudadano, si no es mediante esas encuestas, en las que con preguntar a unas mil personas sobre su intención de voto u opinión sobre la situación del momento, los gobernantes ya dicen saber lo que pensamos y lo que esperamos de ellos el conjunto de la ciudadanía.

Con todos los respetos para los profesionales de la estadística, y aunque insistan en que el muestreo es realmente representativo del sentir popular -dicen que con un ±1,2% de posible error- a mí me parece un solemne timo.

Estamos en este momento en lo que llaman “el ecuador de la legislatura” y decía que dada la escasez de consultas, y al igual que los niños están atentos todo el año a la próxima venida de los reyes magos, hay quienes, yo entre ellos, esperamos impacientes la oportunidad de expresar nuestra opinión con repercusiones visibles. Claro que con una ilusión bastante disminuida a la vista de las opciones posibles y las reglas del juego. No puedo negar que me reduce enormemente el entusiasmo saber que los partidos a los que puedo votar son, a la postre, tan solo dos (salvo nacionalistas, donde sea posible). Si cometo el dislate de prestar mi apoyo a otro partido que no sea uno de los mayoritarios, debo asumir que mi voto tiene un valor que es apenas una fracción -más o menos, un séptimo- del valor del voto del que, con una fe de carbonero (o realmente satisfecho del estado de las cosas), sigue apoyando sin dudar a los dos partidos principales.

Con el advenimiento de la democracia, tras la muerte del dictador, todos teníamos miedo a que la cosa terminara mal, pues no cayó en saco roto esa insistencia de muchos años sobre la propensión de los españoles a la dispersión política y a la resolución de enfrentamientos mediante la violencia. De esta manera, aceptamos sin rechistar esa argucia antidemocrática llamada ley d’Hondt, que con toda desvergüenza distorsiona el sentir de los ciudadanos. Lo que a duras penas podía ser aceptable en un momento de incertidumbre, resulta ahora llamativamente inmoral y propiciador de partidos populistas como ése que acaudilla la “trepa” por excelencia.

Que nadie me diga tampoco que es justo que el voto de un habitante de Soria –por ejemplo- tenga un peso específico muy superior al mío. Eso forma parte también del repertorio de trucos para falsear esta democracia que tanto tardó en llegarnos.

No hay que olvidar que España es un país en el que, ya en el siglo XIX, Cánovas del Castillo junto con Sagasta, instauraron aquello del “turno de partidos” acordado en el Pacto de El Pardo, que consistía fundamentalmente en repartirse el pastel en el tiempo, de manera que tras una temporadita en el poder, el partido gobernante cedía los trastos –disimuladamente- al partido rival, en la seguridad de que de esta manera nada cambiaría y que serían los únicos en repartirse el botín. ¿Les suena de algo ese funcionamiento?

No me hago ilusiones de que quienes se benefician de este estado de cosas, los dos partidos mayoritarios, cambien la ley electoral como muchos demandan y deje de confundirse la estabilidad con el falseamiento de la voluntad popular. ¿Llegaremos a ver un cambio de esa ley? Lo dudo. De hecho, y tras dos años de estudios sobre el asunto, llevados a cabo por una subcomisión del Congreso, han llegado el pasado marzo a dos conclusiones: una, certificar lo que todos sabemos, lo mismo que ya digo más arriba sobre el diferente valor del voto. Dos, que eso va a seguir así. ¿Por qué iba a ser de otra forma si eso conviene a los dos partidos de los que depende la resolución final? Practiquemos el JuanPalomismo -se dicen-, que esto nos va muy bien.

Una pena, porque ya me planteo -como muchísimos otros- que, llegado ese día de las elecciones, quizás lo mejor que puedo hacer es quedarme en casa. No merecen más ni nosotros menos.