martes, 29 de junio de 2010

Todo a cien (o más)

Leo hoy en El País un artículo de Paul Krugman (por si alguien no lo conoce, aclararé que es un magnífico economista americano, premio Príncipe de Asturias y premio Nobel) acerca de un tema por el que no le darán ningún premio, porque se limita a repetir lo que continuamente venimos leyendo a diario –quienes nos interesamos por ello– en cualquier medio escrito. Se trata de la estructura que los gobiernos chinos mantienen en cuanto a su política económica y en concreto, en todo lo relativo al comercio de exportación-importación. No hay que ser experto en nada, basta con observar cuál es el método que los chinos siguen tradicionalmente a cualquier escala o en cualquier materia.

¿No les llama la atención los bajos precios de los restaurantes chinos?, ¿y esos bazares, antiguos «Todo a 100»? Pues es lo mismo que hace China entera, perfectamente organizados y dirigidos por su gobierno. La táctica es aprovechar la estupidez occidental y a través de esa estupidez, acabar con occidente sin necesidad de bombas atómicas ni misiles de ninguna clase, simplemente arruinando las economías ajenas, no por maldad, sino por el deseo de alcanzar el propio bienestar de manera rápida y expeditiva. Hablaba de estupidez, aunque más bien habría que señalar la listeza de quienes dominando el comercio mundial propician este estado de cosas, porque ellos sí se están forrando. Como siempre, el beneficio de unos pocos supone la ruina de muchos, pero ¿desde cuándo eso ha importado a los que siempre flotan sobre los demás?

Los chinos trabajan en un clarísimo dumping permanente, aprovechando esa imposición que parte de la Organización Mundial del Comercio y otros organismos que controlan el comercio mundial, y por lo tanto la economía de todos, y que obliga a que –más o menos– cada país pueda colocar sus artículos manufacturados libremente en otro donde exista demanda, pero ¿quién le va a hacer ascos a un chisme que cuesta en origen la cuarta parte de lo que costaría si se fabricara en occidente?

El sistema es elemental y clarísimo hasta para un niño. Se mantiene artificialmente baja la cotización del yuan con lo que se consiguen dos fines: que cualquier producto chino resulte extraordinariamente barato para los demás países, cuyos habitantes disfrutan de un enorme repertorio de artículos baratos –no tanto, porque los importadores y distribuidores se llevan la parte del león– mientras se desmantelan las industrias y manufacturas nacionales. Por poner un ejemplo mínimo del que tuve noticia no hace mucho: la conocida cadena Salvador Bachiller prácticamente no fabrica ya –ni encarga a fabricante españoles– sus artículos de piel ni de ningún otro tipo, porque le resulta más barato traerlos de China. Eso me dijo un dependiente cuando me quejé de la baja calidad actual.

Si a todo esto se le suma la compra masiva de deuda pública de países con apuros económicos, el resultado no es difícil de prever. En estos momentos EE.UU. es casi una "propiedad" china y actualmente están acumulando hasta deuda pública emitida por Grecia. No se regatean esfuerzos para mantener artificialmente baja la cotización del yuan.

Al mismo tiempo, cualquier producto que se importe en China resulta extraordinariamente caro, con lo que se evita que ningún país pueda exportar hacia aquel enorme mercado, pues estos artículos no quedan al alcance de sus ciudadanos. Combínese esto con unos salarios extraordinariamente bajos y tenemos la nueva versión del «gran salto adelante» que buscaba el amigo Mao Tse-Tung, pero esta vez con verdadera astucia y eficacia. Unos años algo apretados, pero después pasarán a ser los reyes del mambo.

Esta feo citarse uno mismo, pero éste era un asunto que yo ya trataba en una entrada de hace algún tiempo en este mismo blog. No le damos importancia a todo esto, bien que distraídamente cada vez que compramos algún artículo, electrónico o no, podamos ver que aunque la marca sea española, alemana o de cualquier otro punto, inevitablemente aparece grabado en él lo de «made in China» o «made in PRC», esto último para despistar y no producir agobio y también para evitar esa fama de productos de baja calidad que estos orientales se han ganado a pulso.

Como ya decía, hasta se nos olvidará cómo se hacen zapatos, porque también nos los venderán ellos, y cuando consideren llegado el momento actuarán como lo que serán y ya casi son: los poseedores del monopolio mundial en la fabricación de bienes de consumo.

viernes, 25 de junio de 2010

Tolerancia

¡Qué palabra más bonita y a qué cantidad de usos e interpretaciones se presta! No me digan –por ejemplo- que no es fantástica esa expresión “casas de tolerancia” como un exquisito eufemismo para evitar decir prostíbulo. Por cierto, y hablando de eufemismo, no resisto la tentación de contar algo que leí en alguna parte. Existía en Murcia una calle llamada de la Mancebía, pueden imaginar por qué. Cuando esa actividad fue prohibida se obligó a cambiar el nombre de la calle y pasó a llamarse… calle de la Magdalena. Gente sutil, ¿no?

Volviendo a lo inicial. Dice el diccionario de la RAE en su principal acepción que tolerancia es «Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias», ¿a que nos parece bien a casi todos? Lo malo es que ahí no dice cuánta hay que tener, cuánto tiempo continuado debe ser mantenida, ni referida a qué materias. Y viene a colación una frase que leí en un artículo no hace mucho: «La tolerancia llevada al extremo deja de ser una virtud».

Por ejemplo, si un ciudadano se encuentra al pie de mi ventana tocando insistentemente el claxon de su coche sin motivo aparente, ¿cuánto tiempo debo soportarlo antes de desearle la muerte repentina?

Si mi vecino de planta es un hortera irrecuperable y la última hazaña que lleva a cabo es colocar ante su puerta un felpudo de color amarillo con grandes letras negras que dicen «Olvide el perro. Cuidado con los niños», ¿debo llamar a su timbre e indicarle que el descansillo común no es lugar para chascarrillos, o resignarme en pro de la convivencia?

A mi edad, hay ciertos hábitos que son inamovibles y casualmente no pienso avergonzarme por ello ni mucho menos. Por ejemplo, si comparto mesa con otras personas, cosa habitual, ¿resulta muy chocante que exija un comportamiento correcto –no remilgado-, una higiene aceptable y una vestimenta adecuada? Pues parece que hay quienes consideran que debo aceptar en la mesa a alguien que no observe una o varias de esas reglas. Sin exagerar, sé de un asunto de esa índole que terminó nada menos que en divorcio.

¿Debo aceptar con indiferencia que en un lugar público, digamos en una playa, una pareja se dedique a la exploración corporal recíproca, hasta el punto de que ruborizarían al propio Hugh Hefner?, ¿y si esa pareja estuviese compuesta por personas del mismo sexo?, ¿y si decidieran quitarse toda la ropa? Sé de quien ha tenido que presenciar esa escena, pero sin ir tan lejos ahí tenemos en la ciudad de Barcelona a quien en uso de un supuesto derecho a la libertad, un perturbado, se pasea completamente desnudo todos los días, ¿es ése su derecho y no el mío reclamar por ese abuso y ese atentado al buen gusto?

Me da lo mismo que mi vecino sea católico, musulmán, ateo o de la iglesia de la cienciología, pero ¿realmente soy un intolerante porque no soporte que la iglesia que edificaron al lado de mi casa, cuando yo llevaba viviendo en el lugar más de 25 años, considere necesario anunciar los oficios religiosos con nada menos que 90 campanadas cada vez -más que fieles que acuden al llamado- pese a las ordenanzas sobre contaminación acústica y a las denuncias presentadas por los vecinos?, ¿debo sentirme culpable por desearle al párroco y a sus amados feligreses que se partan el cuello?

La verdad es que conviene ejercer la tolerancia, más que nada para evitar morir de un infarto u otro tipo de soponcio, pero es verdad también que cuesta mucho resignarse. Salvo que uno sea de los que tocan el claxon, no respeta al vecino, aparca donde le viene en gana, en la mesa tenga modales de cafre o apoye a personajes como el párroco del que hablo, esto último seguramente por simple afinidad doctrinal.

lunes, 21 de junio de 2010

Se nos fue de las manos

Hagamos un pequeño esfuerzo de memoria y tratemos de recordar cómo era la vida, el mundo, allá por 1970, por ejemplo. Por supuesto, hablo de quienes ya estábamos creciditos por esas fechas, no pretendo que nadie recuerde lo que no vivió.

Cuándo queríamos sacar dinero del banco, ¿qué hacíamos? Si no me equivoco íbamos a la agencia bancaria, hacíamos un cheque y nos daban nuestro dinero. Más lento que ahora, pero funcionaba.

¿Recuerdan cómo entrábamos en el autobús? Pues por la puerta que había en la parte de atrás y cruzando el lugar donde el cobrador nos daba un papelito a cambio del dinero que pagábamos por el trayecto. Ahora, casi todos llevamos un cartoncito que introducimos en un aparatito al entrar por delante, mientras el conductor vigila de reojo.

¿Cómo se fabricaban los coches? Podíamos ver en la televisión o el Nodo que un enjambre de operarios se afanaban como hormigas en fabricar aquellos Seat, mientras que ahora lo que vemos son unos robots que soltando chispazos se encargan de buena parte de las tareas que antes se realizaban manualmente.

¿De qué manera se hacían los periódicos? No sé mucho sobre la materia, pero tengo entendido que con aquellas linotipias, tipos de plomo y las rotativas que salían en las películas en blanco y negro. Todo precisando un montón de personas que manejaran y controlaran el proceso.

Desaparecieron los cobradores a domicilio, las telefonistas, los repartidores de telegramas y casi los carteros, las modistas, etc.

No son los más importantes ni los más significativos, pero sí los primeros ejemplos que se me vienen a la cabeza cuando trato de recordar aquella época. 

Era entonces la esperanza de muchos, apoyada por cierta literatura de futurismo social, que con el advenimiento de la mecanización e informatización de las empresas, esos robots pasarían a trabajar por y para nosotros, eliminando las tareas más penosas y permitiendo disponer de más tiempo libre, bien reduciendo las horas de jornada, bien los día laborables. Algo así como lo que ocurrió tras la primera revolución industrial, en que se pasó de jornadas de 12 horas diarias y sin días libres, a otras de 48 horas semanales y con días de descanso. Era un tema que cuando jóvenes nos fascinaba y casi podíamos imaginar un futuro en el que nos veíamos tumbados leyendo o contemplando las nubes y bebiendo algo refrescante, mientras las máquinas trabajaban por nosotros.

Ninguno de esos cambios positivos ha tenido lugar, sino que aunando el despiadado sentido empresarial de la producción con el estúpido deseo general de un aumento del consumo personal, ese trabajo ejecutado por robots –y considero también robots a todas las herramientas informáticas- sólo sirvió para que desaparecieran puestos de trabajo y aumentara el número de personas que viven del subsidio de desempleo, o ni siquiera eso. Si siempre el equilibrio de la sociedad capitalista fue precario, con los mimbres que se han ido aportando, el equilibrio ha pasado a ser de una inestabilidad portentosa, porque a poco que un pequeño engranaje falle, se derrumba todo el sistema y se producen desastres como el que llevamos viviendo desde hace un par de años.

Cierto, hay países que no llegan al nivel de paro que en España tenemos, pero es que con esta estructura económica global siempre habrá países –muy pocos- que se salvarán de la quema (los de siempre y alguno más) y otros que serán quemados. Es como aquella costumbre en la mili, de arrestar al que llegara el último a la compañía tras la instrucción o alguna otra actividad castrense: siempre habrá un último. El problema es que en economía los castigados no se limitan a ese último, sino a todos los que no estén en el pelotón de cabeza.

¿En qué momento “cambiamos de agujas” y pasamos de desear un mundo aceptablemente feliz para todos a otro tan competitivo como el actual, que abandona en la cuneta a los menos afortunados?, ¿en qué momento colocamos como objetivo primordial de nuestra vida tener un buen coche y viajar en avión a lugares lejanos?, ¿cómo no nos dimos cuenta de que el trabajo de las máquinas no se iba a utilizar para proporcionar más descanso y bienestar a todos, sino para esclavizarnos y ponernos la zanahoria gigante delante de los ojos?

Ya no tiene remedio y salvo que se produzca una nueva revolución que de verdad dé la vuelta al sistema y a las personas –y lo veo imposible- es por esta senda que seguiremos, y apostaría que la disminución del bienestar general está asegurada. Para siempre.

jueves, 17 de junio de 2010

Ese acoso llamado fútbol

Sé que lo que voy a decir va a ser una sorpresa para muchos y que no le darán la más mínima credibilidad, pero por extraño que parezca, hay en el mundo personas a las que no les gusta el fútbol; diría más, hay incluso a quienes desagrada profundamente: yo soy uno de esos ejemplares. Ya lo sé que eso supone ser asocial, enemigo público, transgresor, snob, etc., pero lo cierto es que cuanto más me agobian con la permanente presencia del espectáculo, más me desagrada.

Hace años, estaba pasando unos días en casa de alguien que poseía el pertrecho completo de todo buen aficionado, a saber, bufanda, trompeta acoplada a un envase metálico de aire comprimido, etc. Incluso en alguna ocasión llegó a usar esa trompeta en su domicilio tras marcar “su” equipo un gol, mientras contemplaba un partido por la televisión. Es difícil creerlo, pero llegué a presenciar cómo ponía dos televisores, uno encima del otro, para contemplar los dos partidos que cierto día transmitían simultáneamente.

El caso es que se me ocurrió ver un concierto de Manhattan Transfer en la televisión y como él me preguntara que cómo podía gustarme aquello, cogí su trompeta -la del fútbol- y al final de una melodía que me gustó especialmente, la hice sonar. De inmediato me la arrebató al tiempo que me preguntaba si estaba loco. Lógicamente le respondí que el loco era él, no yo. No hay que añadir que al día siguiente me marché de aquel lugar finalizando mi estancia en su casa y también nuestra relación; hasta ahora. Y ya hace bastantes años...

Puede que se trate de un caso extremo, pero ni mucho menos tan alejado de lo que se considera normal. Hay, infelizmente, un bar junto a mi domicilio y, cada día que se retransmite un partido por televisión –y no digamos si es un «partido del siglo»-, los bramidos de los clientes-espectadores traspasan mis ventanas dotadas de vidrio aislante, impidiendo concentrarme en nada que pretenda hacer. Esos bramidos no eran -no son- precisamente la resonancia de la racionalidad.

Vivo estos días con la misma sensación que deben sentir quienes están cercados por fieras salvajes en estado de excitación; me siento acosado. No se oyen conversaciones que no sean sobre fútbol, me llegan los gritos del vecindario que presencia los encuentros, hago zapping en la televisión y varios canales retransmiten partidos, los telediarios están más tiempo hablando de ese pretendido deporte que de otros asuntos de mayor importancia o trascendencia.

Me gustaría que algunos de esos aficionados apasionados intentasen imaginar esa sensación: es parecida a la de un asmático tratando de respirar en el interior de una discoteca o uno de esos bares donde se continúa fumando intensivamente gracias al patrocinio de nuestra presidente autonómica.

Leo que para este campeonato mundial, se ha inventado –o extendido su uso, igual da- un instrumento productor de ruido llamado vuvuzela. Según la prensa, puede producir daños irreversibles en el sistema auditivo de quienes se encuentren cerca mientras suena. Advertencia inútil, ya he visto que hay profusión de ellas en los estadios. Sólo me queda desear que la predicción de los expertos se cumpla precisamente con quienes utilizan el artilugio. Y lamento que la excusa del «apoyo a los colores nacionales» haga que sucumban a la contemplación de ese espanto personas a las que considero dotadas de inteligencia racional.

domingo, 13 de junio de 2010

Moisés, el superhéroe


Estoy convencido de que todos conocemos más o menos a estos personajes y  lo más sonado de sus andanzas, pero precisamente por haber oído hablar tanto de sus proezas, no nos hemos detenido ni un minuto a meditar sobre lo portentoso de tanta hazaña. Estoy refiriéndome a esos personajes de la Biblia que siguen siendo, en teoría, ejemplos a seguir o al menos a admirar, puesto que no han sido apeados por nadie de su categoría ejemplar y la prensa y televisión no les prestan atención para alabar ni desmentir lo que se les atribuye. Son los antecesores de Superman y todos esos superhéroes con los que los americanos del norte tienen a bien inundarnos.

¿Será un pájaro, será un avión? No, es Moisés, quizás el autor de proezas bíblicas más al estilo de ese superhombre del calzoncillo rojo por encima del pantalón, hacedor de maravillas que ni siquiera encajan en las limitadas dimensiones de los milagros y deben ser catalogadas en el más puro estilo Superman, bien entendido que todo lo que Moisés lleva a cabo lo es con la ayuda y complicidad de Yahvéh, Jehová o Dios Padre, como queramos llamarlo. Lo más sorprendente de todo es que no hay ni una sola prueba de la existencia de Moisés; nada de sábana con su rostro impreso, ninguna astilla de su cama, ni una partícula de las tablas de la Ley, es más, aunque muchos historiadores sostenían que escribió los  cinco libros del Pentateuco y actualmente se mantiene así en la religión judía, estudiosos posteriores niegan esta posibilidad, debido a la diferencia de estilos y otras razones que desmienten la contemporaneidad entre esos textos.

Hay que abandonar la tesis de la valía de Moisés como escritor y conviene ir dejando atrás asimismo su fama como orador. Todos los testimonios apuntan a que era tartamudo y, siendo sincero, no parece que eso facilite una oratoria convincente. Para colmo, algunas tradiciones afirman que de niño se introdujo en la boca un carbón ardiendo, lo que no ayudaría a la mejora de la dicción y no proporciona grandes perspectivas sobre su sagacidad.

En lo que sin duda era un fenómeno es en las obras hidráulicas. Aquello de separar el Mar Rojo para que pasaran sus paisanos y cerrarlo repentinamente para atrapar a quienes les perseguían está en la línea del moderno Superman.

Tristemente, otros sucesos demuestran que este hombre tenía algún que otro fallo e incluso que lo que se cuenta contiene puntos escasamente veraces. Por ejemplo, cuando su pueblo tenía sed y Jehová le recomendó que golpease la roca con su vara para hacer manar agua, parece que como el agua no aparecía por ninguna parte se puso nervioso y rompió la vara a golpes contra la roca. Terminó brotando agua, pero Jehová castigó su impaciencia e hizo muy bien, porque si alguien te ayuda a hacer esa maravilla de separar las aguas de un mar, tras haberte apoyado con todo aquello de las plagas, lo menos que merece es un poco de confianza en lo que dice, ¿no?

Y eso que su dios tenía una paciencia infinita con Moisés. Resulta que después de pasar nada menos que 40 días en el monte -ahora dicen que no era el Sinaí, a saber- mano a mano con el Señor, que le entregó las muy famosas tablas de La Ley -parece que eran 613 mandamientos- al bajar y llegar a donde se encontraba su pueblo y descubrir que estaban adorando al famosísimo becerro de oro, le dio un ataque de ira, rompió las tablas y quemó el becerro.

Lo de romper las tablas es bastante reprochable, porque obligó a Jehová a facilitarle una copia y aquellas piedras no eran tan fáciles de hacer como las fotocopias de hoy en día, por eso dios le pidió que le subiese las piedras ya preparadas, y como no debía haber guardado un backup, esos 613 mandamientos quedaron en 10. De otro lado, lo de quemar el becerro suena más a truco de escamoteo que a otra cosa. ¿Cómo va a quemar una imagen hecha en oro, un material cuyo punto de fusión es superior a los mil grados?, ¿quien se quedó con el material fundido?

Ya se sabe que los lectores despistados de libros sagrados tienden a poner en duda todo lo que no tenga evidencia de ser cierto, por eso ahora circula el rumor de que por no ser, Moisés ni siquiera era judío, sino puro egipcio, lo que tiraría por tierra todo eso del pueblo elegido salvado por uno de los suyos. Sea de donde sea, poco importa su lugar de origen teniendo en cuenta que lo más probable es que nunca existiera, aunque los que mantienen lo contrario no sólo porfían sobre su existencia, sino que añaden que murió a los 120 años, edad que para aquellos tiempos no estaba nada mal, salvo que lo comparemos con otros colegas de la Biblia, cuyas vidas oscilaron en muchos casos entre los 500 y los más de 950 años. Todo eso en un tiempo en que no existía seguridad social… 

miércoles, 9 de junio de 2010

Español para españoles (16)

Tengo casi la certeza de que, contando ya de inicio con la escasa lectura de la que estas páginas disfrutan, estos textos o entradas que tratan sobre el lenguaje son los menos leídos. Se me aparecen varias razones para que sea así: casi nadie acepta que otro se erija en maestro de nada y menos aún si carece de un título en la materia que lo respalde. Tampoco hay mucho interés por aprender lo relativo al lenguaje, porque existe poco cariño por la lengua que hablamos y la creencia extendida de que mientras el interlocutor nos comprenda… Bien es cierto que si esto lo firmara Lázaro Carreter atraería más lectores, y sería justo, pero lamentablemente él no está ya entre nosotros y esto es lo que hay. Aprovecho para recomendar nuevamente los dos tomos publicados de su «El dardo en la palabra», porque además de resultar ameno e incisivo, verdaderamente ayuda a no cometer errores lingüísticos que no dicen mucho de bueno sobre el orador o escritor.

El caso es que puedo afirmar que pongo bastante interés para que la objetividad predomine sobre lo que por aquí voy dejando y aseguro que, antes de incluir un tema, procuro cerciorarme de que se trata verdaderamente de un error o abuso generalizado y no de un fenómeno o hábito lingüístico exclusivo de mi entorno.

Hoy voy a dejar a un lado la crítica del «neolenguaje Lego» -por aquello de que se construye con piezas premoldeadas- y querría, o quizás debo, hablar sobre las «palabras en vía de extinción» o, como muy bien se las denomina en el texto al que voy a referirme más adelante, palabras obsolescentes.

Encontré una página sobre la lengua española, en la que se animaba a apadrinar palabras amenazadas de desaparición y mi sorpresa fue encontrar allí a personajes conocidos, incluidos políticos. En concreto, Rajoy apadrinó «avatares», a saber por qué, Zapatero «andancio», una palabra leonesa que significa algo así como enfermedad epidémica leve y Llamazares «coloniales», antigua denominación de las tiendas de alimentación.

El caso es que esa campaña de apadrinamiento ya terminó, pero me pareció una magnífica idea, como modesto esfuerzo para evitar la desaparición de términos como “empero, bochinche, alféizar, zaguán, alcancía…” y tantas otras que formaban parte de nuestras vidas y que abandonamos en el camino para adoptar otras más cortas, más fáciles de pronunciar o, simplemente, porque ni sabemos ya lo que significaban. Un párrafo de esa campaña decía:

Queremos que nos ayudes a salvar el mayor número posible de esas palabras amenazadas por la pobreza léxica, barridas por el lenguaje políticamente correcto, sustituidas por una tecnocracia lingüística que convierte en "técnicos de superficie" a los barrenderos de toda la vida o perseguidas por extranjerismos furtivos que nos fuerzan a hacer 'outsourcing' de recursos en lugar de subcontratar gente.

Seamos egoístas, conservemos lo nuestro, y evitemos ese empobrecimiento del lenguaje que cada día nos hace más simples, más homogéneos. Vi hace algún tiempo un anuncio de un local de tatuajes que estúpidamente pedía «¡Personalice su cuerpo!». Yo recomendaría más bien -y esto sí que es urgente- que personalicemos nuestra mente.

Se me olvidaba: para quien tenga curiosidad por dar un vistazo, la página es http://www.reservadepalabras.org/ y los promotores están coordinados con otra página similar en catalán. Un idioma que infelizmente desconozco –no lo hablo ni en la intimidad-, pero cuya sonoridad me resulta grata…

sábado, 5 de junio de 2010

Temas delicados

Hay cosas de las que no se debe hablar. Esto es una doctrina fielmente seguida por la gran mayoría, que rehuye emitir una opinión que comprometa y prefiere limitarse a asuntos donde no se vislumbre la “trastienda” del orador. A ese enorme colectivo pertenecía, con seguridad, el primero que dijo aquello de que no se debería discutir de política ni religión. De qué hablamos entonces, ¿de fútbol?, ¿del tiempo? La respuesta parece ser que sí.

Es seguro que hago mal al no seguir esa norma, pero afirmo de todo corazón que me aburren buena parte de las conversaciones habituales y, por esa razón, en este blog trato de cosas sobre las que, sin ánimo de pontificar, emito mi juicio tal y como yo lo veo y por descontado que admitiendo opiniones contrarias, aunque en la práctica esas opiniones no aparezcan por ningún lado. Me siento satisfecho de que me guste tratar sobre política, religión y otros temas delicados. Puedo equivocarme al opinar, pero lo que sí es cierto es que con ello demuestro más honradez que quienes silencian sus propias ideas, quizás, porque en lo profundo de su ser no les parezcan muy defendibles o sea difícil catalogarlo como “ideas”. Y se aprende más y se abre más la mente discutiendo sobre un tema que callándolo.  

Desde que en 1990 la Organización Mundial de la Salud excluyó la homosexualidad de la lista de enfermedades, la consideración de la gente, las leyes y las actitudes han cambiado radicalmente hacia quienes poseen esas inclinaciones sexuales. ¿Es eso real o producto de cierto adoctrinamiento? Pasamos en poco tiempo del rechazo rotundo a la aceptación entusiasta. Sin embargo, es fácil detectar que no se ha dado tiempo a la sociedad a asimilar de manera natural la nueva actitud respecto de los homosexuales, después de siglos de desprecio o persecución, y como en tantas cosas, me parece que la prisa o la desmesura son poco aconsejables.

Hace tan solo 20 ó 30 años la homosexualidad era una vergüenza y como tal se ocultaba, aunque en muchos casos no pasara desapercibida y todos sabíamos de murmuraciones al respecto sobre éste o aquel personaje público. Al hombre con esa orientación se le llamaba como poco marica y a la mujer tortillera. Recuerdo que en mi grupo de amigos de aquella época había uno de ellos y la verdad es que el trato que recibía no era discriminatorio ni él debía percibir prejuicio alguno, puesto que continuaba acompañándonos en las salidas del grupo, y yo me sentía bien porque encontrara un espacio amigable entre nosotros. Como era muy amanerado, provocaba a veces algunas sonrisas, pero nada serio.

Cambiaron las cosas, y ahora ser homosexual ha pasado a ser un título equiparable a la ingeniería o medicina y he tenido oportunidad de ver en la televisión a una madre confesarse orgullosa porque su hija era lesbiana, con el mismo tono que si la joven se hubiera graduado cum laude en alguna difícil carrera. Ojo, quiero aclarar que puedo entender que esa madre quiera y apoye a su hija sea cual sea su inclinación sexual, eso es lo justo. Empero lo otro, simplemente me deja estupefacto. Hemos pasado de un nefasto extremo del péndulo (rechazo a los homosexuales) al otro nefasto extremo (ser homosexual es lo mejor).

Hablando de orgullo, tenemos hasta una celebración del “Día del Orgullo Gay” para la que el ayuntamiento de la capital aporta más de cien mil euros cada año. Mucho más de lo que dedica al fomento de muchas artes y no digamos a la provisión de camas de tipo hospitalario –a título de préstamo- para quienes están enfermos o impedidos en su hogar. Lo sé porque he sufrido de cerca esa situación. Claro está que hay muchos más homosexuales votantes que impedidos votantes, razón última del comportamiento de ciertos políticos.

Continuando con la tradición nacional de acoso al idioma, el asunto se aborda gramaticalmente cometiendo atropellos con el lenguaje, por eso denominan “gay” a los homosexuales de origen masculino y “lesbianas” a las femeninas, obviando que “gay” es una palabra extranjera que no añade nada a las que ya existen en nuestro idioma y que en su idioma original, esa palabra se refiere tanto a unos como a otras. Por otro lado, si la palabra que teníamos de antes era peyorativa, lo que se debería es despojarla de esa cualidad. ¿Acaso ha mejorado el prestigio del artilugio porque en vez de “retrete” lo llamemos “water”?

viernes, 4 de junio de 2010

Sarna con gusto sigue siendo sarna

Hace ya algún tiempo, en mi comentario ESPAÑOL PARA ESPAÑOLES (7), criticaba el uso de esa extraña unidad de medida de superficie llamada «campos de fútbol» y la incultura generalizada que presuponía, puesto que al evitar medidas reales como la hectárea o el kilómetro cuadrado se evidenciaba que casi nadie es capaz de hacerse una idea de lo que estas unidades son y representan.

Ayer, en el telediario de mediodía de la primera cadena de TVE parecía que querían certificar mi queja y no una, sino dos veces, se usó la balompédica unidad. La primera, al comentar la entrega a la Armada de la nueva unidad BPE «Juan Carlos I», el buque de mayor tonelaje de toda su historia, se apresuraron a señalar que la cubierta tenía el tamaño de «2 campos de fútbol». Pocos minutos después, en otra noticia, al comentar la superficie quemada en incendios forestales durante el año 2009, se estimó que eran unos «100.000 campos de fútbol». Pido disculpas si alguna de las cifras no coincide exactamente con la facilitada, pero no tomé apuntes y cito de memoria.

Mis felicitaciones a la emisora de televisión por su contribución a la cultura y las hago extensivas a todos los que permanecen indiferentes ante este atropello que se ha hecho norma. Comprendo que es materia sin importancia y que lo que debe causarnos desvelos es el fichaje de fulanito por parte de tal o cual club de fútbol o el estado del césped en el campo en que se va a celebrar el partido que monopoliza nuestra mente durante este intervalo.

martes, 1 de junio de 2010

Ponga una biblia en su vida

Si alguien pone sus ojos en esto que escribo, hay una posibilidad muy elevada de que sea cristiano, en grado más o menos intenso. Pienso por tanto que no puede molestarle lo que aquí pueda decir, puesto que aunque exprese mi pasmo por algunas de las cosas de la fe cristiana, puedo asegurar que trato de no ofender a nadie. Se entiende que hablo de ofensas objetivas, ya que abundan quienes ni tienen sentido del humor ni el más mínimo interés por conocer en qué se basa su fe y por lo tanto si yo digo que –por ejemplo- lo del diluvio universal me parece un pelín increíble –y eso no es una ofensa- ya están echando mano a la pistola o mandando al infierno a éste, su responsable autor.

Vamos a ver, ¿quien lee esto, sabría explicar qué es la Biblia para él? Para José Saramago, la Biblia es un manual de malas costumbres, un catálogo de crueldad y de lo peor de la naturaleza humana. Por ejemplo, para mí, -además de lo anterior- se trata de una mezcla de normas del club al que pertenecen quienes creen en lo que se cuenta, un manual de uso de la religión correspondiente y sobre todo un montón de historias de las que se supone que el creyente -"creyente", no "razonante"- debe extraer ejemplos o conclusiones. ¿Me equivoco?, ¿a qué, entonces, ese rechazo a tratar sobre el «libro de los libros»?

Otra pregunta, ¿a quién va dirigida la Biblia?: ¿a los teólogos?, ¿a las jerarquías de la iglesia?, ¿quizás a los creyentes? Pues me parece que en buena lógica, fundamentalmente a estos últimos, así que no hay nada de qué asustarse.

Es sabido que la iglesia católica ha prohibido durante siglos la lectura de la Biblia y cuando ya no es así, desrecomienda su lectura o trata de disuadir de acometer esa barbaridad. Creo que la Biblia casi no la leen más que los ateos y esas confesiones o sectas como los “testigos de Jehová”, “adventistas del séptimo día”, “iglesia de los santos de los últimos días”, etc. Recuerdo que hace años se multiplicaron en la prensa las peticiones de quienes querían que, al igual que ocurre en EE.UU., todos los hoteles de España tuvieran en la mesilla de noche de cada habitación un ejemplar del libro. Nuestra jerarquía eclesiástica debió temblar y pasar de inmediato a la prensa (entonces más receptiva a su autoridad) instrucciones para que se dejaran de tonterías; y dejó de hablarse de aquella idea, claramente inspirada por los masones y los sin-dios.

Yo recomiendo firmemente a quienes creen en algo, en el dios de los cristianos en este caso, que se interesen, que lean los textos sobre los que se asienta su fe. Profesar una religión no puede vivirse con la misma vacuidad y superficialidad con que se es socio de un club de fútbol. Cierto, puede ocurrir que se les despierte la vena crítica y salgan huyendo de la religión como de la peste, lo que vendría a demostrar que no eran precisamente poseedores de una fe firme como una pirámide, y eso mejor descubrirlo cuanto antes. Si por el contrario, leen con placer todo ello y se reconfortan y reafirman en sus creencias, podrán mantener frente a los demás y ante sí mismos que son auténticos cristianos y tienen idea de lo que dicen y hacen. Las dos opciones me parecen honrosas, lo que me produce risa es que haya quienes declarándose integrantes de la Iglesia, teman profundizar en algún tema religioso, porque con eso sólo evidencian que son creyentes de escasa fiabilidad. Que temen saber.

Hace un par de días charlaba con una amiga sobre la religión y como cabía esperar de ella, que es asistente habitual a los oficios religiosos, afirmaba que cada uno de los suyos era católico, pero que por supuesto reservándose el derecho de admitir o no tal norma (incluso dictada por el Papa) o de aceptar o no tal dogma. De verdad, podrá decirse lo que se quiera de los creyentes españoles, pero no que les falte un peculiar sentido del humor, o quizás una pintoresca heterodoxia, guiada exclusivamente por la comodidad y las convenciones sociales.