martes, 26 de octubre de 2010

Noé, rey del bricolaje


Es uno de mis favoritos, Noé, al que ya me referí someramente en otro comentario a propósito de aquella aventura pasada por agua conocida como Diluvio Universal. Lo cierto es que da mucho más de sí este episodio en el que lo asombroso no es el propio diluvio, sino la habilidad constructora de este hombre, capaz de hacer acopio de madera suficiente, de construir un buque del tamaño de un portaaviones –aunque dios le sugiriera una eslora de 300 codos, unos 150 metros y de llevar a cabo el mayor casting de la historia, seleccionando una pareja de cada especie, para lo cual sin duda tuvo que viajar hasta Oceanía y América –por ejemplo para recoger las especies autóctonas y trasladarlas hasta las cercanías del monte Ararat. Según las palabras de Jehová, iba a exterminar a todos los seres vivos, no sólo los humanos, ¿sería que quien escribió el Génesis tenía una visión aldeana del mundo y no veía más allá del horizonte? Dejo a la imaginación de los creyentes la valoración de tanto problema logístico y técnico como debió presentársele a nuestro héroe, el as de los carpinteros de ribera.

No vayan a creer que Jehová avisó a Noé de un día para otro de la llegada del aguacero, ni hablar de eso. Noé estaba más que advertido de que las cosas se estaban poniendo feas, porque dios se estaba calentando en exceso por tanto pecado y aquel hombre justo dispuso de nada menos que de 120 años durante los que avisaba a sus paisanos de la que se les venía encima y ni caso, pero por fin, cuando hacía poco que había cumplido los 600 años –un chaval, vamos comenzó aquel Diluvio tantas veces anunciado.

Fueron efectivamente 40 días y 40 noches lo que duró aquella lluvia, pero sus consecuencias se extendieron mucho más en el tiempo, puesto que una cosa era que dejara de llover y otra que la inundación permitiera habitar la tierra. No fue hasta pasados siete meses que consiguió varar el arca en el monte –se cuenta y había pasado un año cuando pudieron volver a tierra. Mejor no pensar en el catering de todo este tiempo. Eso sí, al desembarcar podían asentarse donde más les gustara, porque no sólo no quedaba escritura de propiedad alguna, sino que tampoco quedaban posibles propietarios. Teniendo presente la insistente recomendación de Jehová de que procrearan y se multiplicaran, se mantuvo entretenido a Moisés y familia (esposa, hijos y esposas de estos) durante bastante tiempo -no hay que olvidar que Moisés falleció cuando tenía 950 años- pero tuvo tiempo de hacer de todo. Una suerte que no existiera seguridad social, porque las pensiones de aquella gente seguro que hubieran llevado a esa entidad a la quiebra total.

Practicaría muchas actividades porque ocasión tenía, pero la Biblia no hace mención más que de una: el cultivo de vides y la elaboración –y consumo de vino. Precisamente fue esta actividad la que llevó a éste, que fue el único hombre justo sobre la tierra antes del Diluvio, a aficionarse en exceso a estos caldos y tras sufrir una intoxicación etílica tuvo la ocurrencia de desnudarse, antes de caer sin sentido. Sus tres hijos tuvieron la delicadeza de cubrir su desnudez sin más reproche, pero ya se sabe que hay quienes tienen mal vino y el justo de Noé, cuando recuperó el sentido, maldijo a su nieto Canaán y descendencia, que no habían tenido arte ni parte en el suceso. Para ser un hombre justo, se permitía unos arrebatos escasamente justicieros…

Con este suceso, acaba la referencia a Noé en el Antiguo Testamento. Sólo cabe apuntar en el haber de este acontecimiento que Jehová, visto la que había liado con esto del Diluvio, prometió no repetir la jugada. Es de agradecer, porque no está el horno para diluvios, bastante tenemos con la crisis. Además, ya sabemos a quién atribuiría nuestro ínclito líder opositor la responsabilidad del superchaparrón. Es bueno que exista ZP para poder echarle la culpa de todo.

lunes, 11 de octubre de 2010

Miedos infantiles

Puede que algunos de mis coetáneos no estén totalmente de acuerdo con lo que voy a contar, porque no todos hemos tenido la misma infancia ni nos hemos criado en un entorno similar, pero estoy seguro que sí habrá bastante en común, porque era aquella época un tiempo impregnado de ciertas circunstancias ineludibles. Otra cosa es que algunos tengan mala memoria o prefieran no recordar.

Anoche, mientras esperaba que llegara el sueño, me acordaba de alguno de mis miedos infantiles y, desde la perspectiva actual, no podía comprender cómo los que entonces eran nuestros mayores compartían esas creencias y permitían que se nos aterrorizara de aquella manera y cómo, aun contando con nuestra inocencia, podíamos tragarnos aquellas historias. No estoy hablando del hombre del saco ni del famoso coco, por supuesto.

Uno de los asuntos que me obsesionaban era el fin del mundo, que yo imaginaba amenizado por aquellos espantosos cuatro jinetes y toda la desolación posible. Por descontado, todo esto era fruto de lo que nuestro «director espiritual» o el profesor de religión nos iban contando día tras día, por aquello de que el espanto nos arrimara más aún a una religiosidad que ellos pretendían que perdurara toda nuestra vida.

Una de las historietas amedrentadoras para mantenernos en vilo era la de que los nombres de papas «disponibles» eran limitados y, me parece recordar, sólo quedaban entonces media docena más por todo repertorio. De ahí los rezos que dirigíamos para que la vida de cada pontífice fuese bien larga –en aquel entonces era papa Pío XII– tratando de evitar así tener que echar mano de esos pocos nombres papales que quedaban, precipitando por tanto el espantoso final.

Teníamos un consuelo, aunque débil. Dios -según nos contaban- no iba a permitir que en el fin del mundo perecieran inocentes, así que en pintoresca interpretación de aquellos sacerdotes -jesuitas, por cierto-, antes de ese temido final estaríamos unos 7 u 8 años sin que nacieran niños. Se suponía que perdíamos la inocencia a esa edad (y de ahí que fuera en ese momento cuando hacíamos la primera comunión) y por lo tanto ya podíamos participar del espanto. Ni que decir que nos congratulábamos al ver por la calle señoras embarazadas, porque aquello nos garantizaba un número de años de vida que nos parecían –desde nuestra escasa edad- más que suficientes para el desarrollo de nuestra existencia.

No eran las únicas amenazas y, en realidad, los religiosos a los que se encomendaba nuestra educación, se ocupaban de que el miedo estuviera siempre presente en nuestras vidas. Quién no recuerda los castigos que nos prometían si cometíamos «actos impuros»: desde la debilitación de nuestra médula a la interrupción de nuestro desarrollo físico, sin olvidar una segura reserva de plaza en el infierno.

Puedo recordar perfectamente cuál fue la última vez que fui a confesar. Debía tener unos 14 años y como en Madrid no tenía un director espiritual «de plantilla» como en mi ciudad de origen, se me ocurrió entrar a la iglesia de la Concepción, en la calle Goya. Arrodillado en el confesionario, cuando procedía a la relación de mis faltas y llegando a ese pecado, el sacerdote comenzó a dirigirme tales gritos que quienes estaban cercanos miraban asombrados y estoy seguro de que podían oírse hasta en la calle. Despavorido interrumpí mi confesión y salí corriendo. No volví a acercarme a un confesionario jamás, y no hace falta decir que continué pecando, ahora ya con menos temor y más calma…