viernes, 2 de diciembre de 2011

El mal español

Según cuentan, allá por los siglos XVI y XVII, en algunos lugares de Europa se llamó mal español a esa enfermedad terrible de nombre real sífilis, que arrasó medio mundo y que en aquel entonces cada país procuraba asociar con su enemigo habitual, casi siempre aquel con el que se estaba en situación de guerra permanente o simplemente con el país vecino, porque sabido es que las relaciones vecinales no suelen desenvolverse en un ambiente de cariño y afabilidad.

Sin embargo, con el tiempo se demostró que esas identificaciones eran erróneas y que resultaba imposible asociar el origen de esa enfermedad a una nacionalidad concreta. Podrían haberse evitado la molestia de demostrar nada, porque es notorio que si hay algo que quepa identificar como mal español es el ruido, esa afición tan hispana, tan castiza, en la que es difícil que nos supere ningún pueblo medianamente civilizado.

El extranjero que visita España suele mostrar un temeroso asombro porque, para comenzar, el tono y nivel sonoro de la conversación entre españoles en locales públicos como son los bares les sugiere más el inicio de una bronca que una charla entre amigos que comentan asuntos no trascendentes. Aquí todo se trata entre gritos y si hay algo que resulte disuasorio cuando elegimos mesa en un restaurante, es percibir que alguna mesa está preparada para seis o más comensales, porque sabemos que en su cercanía no podremos oír ni nuestra propia voz. En los hoteles españoles es frecuente que a horas avanzadas quienes se retiran a sus habitaciones mantengan por los pasillos conversaciones en tono tan elevado que despiertan a los huéspedes cercanos, sin que los causantes del escándalo sientan la menor inquietud. Estos alborotadores son españoles en estado normal o extranjeros rebosantes de alcohol.

Es lógico que un pueblo que se relaciona constantemente a gritos abrace con entusiasmo el uso de todo artefacto generador de ruido, capaz de alterar el sistema nervioso de cualquier persona sensible. Me estoy refiriendo -por ejemplo- a las motocicletas a las que su propietario manipula el mal llamado silenciador ante la indiferencia de las autoridades; a ese permanente hacer y deshacer en las calzadas con la intervención de martillos neumáticos y otras maquinarias de percusión; al instrumento de tortura que es ese trasto soplador con el que quienes realizan tareas de limpieza en zonas públicas pasean de un lado a otro la suciedad y las hojas caídas de los árboles, sin importarles el sosiego ajeno ni la polvareda que los caminantes se ven obligados a respirar; a tantas formas y medios de conseguir que vivamos en medio del permanente caos sonoro. 

¿Cuántas veces han entrado en un bar en el que el televisor está puesto a un nivel atronador sin que ninguno de los presentes le dirija siquiera una mirada, porque ese ruido es sólo para dar ambiente?

Todos mis amigos me han oído protestar porque tras la edificación de un templo hace pocos años, a escasos metros de mi vivienda, se colocó una torreta-campanario en la que mediante un dispositivo eléctrico se aporrea una campana nada menos que noventa veces con ocasión de cualquier oficio o ceremonia que vaya a celebrarse en este templo. Curiosamente, a esa escandalosa llamada acuden menos fieles que campanadas se dan, lo que hace dudar algo de la eficacia del método y meditar mucho sobre la obsolescencia de la institución apostólico-romana.

Ha sido inútil que varios vecinos hayamos presentado denuncia por este innecesario tormento, que se le sugiera al piadoso párroco que al menos reduzca las campanadas a un número razonable… estamos en un país en el que se adora al ruido y cuando éste tiene un origen religioso pasa a ser doblemente sagrado.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Español para españoles (17)

Hace bastante tiempo que este blog padece de un casi total abandono por mi parte y diría que de cualquiera, pues por razones que ignoro, pero que atribuyo a que dejó de aparecer publicitado en algún lugar que desconozco, de aquella afluencia diaria -siempre modesta- de lectores mudó a una soledad casi permanente.

Si el blog está abandonado, no digamos aquella serie de entradas que titulé como ésta misma y que llegó hasta el número 16 sin más problemas. La razón para su no continuación es, en buena parte, el desbordamiento que sufre cualquiera que intente dar testimonio de los maltratos a que los hablantes someten al idioma y el convencimiento de que es imposible conseguir que alguien corrija sus vicios de lenguaje simplemente desde una palestra tan poco notoria como ésta. Más aún cuando el buen hablar sufre de notable desprestigio y por el contrario, expresarse como un patán facilita la integración social. Quizás sea por eso que la Real Academia admite cada día vocablos innecesarios y disparatados y modifica la gramática para acercarla a esa masa cada día mayor de ignorantes satisfechos de serlo.

Empero, hay ciertas expresiones tan absurdas como extendidas y no puedo resistir la tentación de referirme a alguna de ellas.

Por ejemplo, creo que quedan días para que todos los españoles incorporen a su lenguaje eso de “poner en valor” que tanto entusiasma a los políticos –y a los presentadores de televisión, of course– para sustituir a verbos de toda la vida como pueden ser “resaltar”, “valorar”, "dar importancia", etc.

Algo parecido sucede con otra expresión de uso habitual en esos dos tipos de especímenes –políticos y presentadores– que es “como no podía ser de otra manera”, para evitar que la cosa quede tan sencilla como lo sería empleando tan solo el adverbio “necesariamente” u otro similar.

Se trata de la antigua maña, antes reservada a los charlatanes de feria, de envolver un mensaje vacuo con un montón de palabras superfluas, que hagan olvidar que se está intentando colocar mercancía sin valor.

Por último, otra expresión de éxito que ya ha alcanzado la dudosa gloria de ser empleada por buena parte de la población. Estoy hablando de “hacer los deberes”, para hacer referencia al cumplimiento de las obligaciones que cualquiera tiene que afrontar a diario, sea el sujeto un gobierno -o alguna de las estructuras de la administración, o sus integrantes- o un individuo cualquiera que hace décadas que finalizó su vida como colegial. Lo que en sus primeras utilizaciones podía ser una ingeniosa ocurrencia, por reiteración pasa a ser una demostración de simpleza y pobreza lingüística.

Lo curioso es que estas florituras verbales contrastan con una tendencia general a hablar lo más parecido posible a esos SMS, que han conseguido lo que antes parecía imposible: que varias generaciones –las de menos edad– reduzcan su vocabulario a un repertorio mínimo que antes parecía ser patrimonio exclusivo de quienes, como los pastores, vivían en soledad casi permanente y por tanto sin mucho contacto con otros humanos que pudiesen aportar una cierta riqueza a su lenguaje.

domingo, 14 de agosto de 2011

Gente respetable

Para que nadie se engañe, desde ya, anticipo que voy a hacer una crítica de eso que se conoce como gente respetable. Por supuesto que yo también me considero incluido en esa categoría, pero porque soy coherente con lo que el adjetivo significa y no pertenezco, por supuesto, a esos que piensan que la respetabilidad consiste tan solo en no robarle la cartera al vecino o en fingir adecuadamente lo que uno no es.

Estoy más que harto de todos esos que piensan que ser respetable es ir a misa –no necesariamente cada fiesta de guardar– y marcar la casilla de la iglesia católica en la declaración de Hacienda, pero tratan por todos los medios a su alcance de engañar a esa misma Hacienda, ocultando ingresos o haciendo valoraciones a la baja y otros truquillos propios de la gente respetable.

Estoy harto de quienes presumen de prudentes por respetar los límites de velocidad establecidos en la conducción de automóviles, pero cabalgan con desparpajo sobre la línea continua, aunque esté prohibido pisarla siquiera y no perciban que ponen en grave peligro las vidas ajenas, mientras sufren un empacho de autocomplacencia al pensar lo buenos y prudentes conductores que son.

Estoy harto de quienes se declaran católicos practicantes, pero se niegan tozudamente a leer el antiguo o el nuevo testamento o las encíclicas, porque en lo profundo de su ser saben que su pertenencia a la iglesia católica es más una cuestión visceral, geográfica o política que de auténtica religiosidad. Claro que por algo se les llama «creyentes» y no «razonantes». Vargas Llosa pone en boca de uno de los personajes de su obra El sueño del celta la frase «En lo que se refiere a Dios hay que creer, no razonar. Si razonas, Dios se esfuma como una bocanada de humo».

Estoy harto de quienes de manera incoherente y cerril dan su voto en las elecciones al partido al que se consideran cercanos sin preocuparse siquiera de conocer su programa político o las propuestas que ése, su partido, hace o deja de hacer a lo largo de la legislatura. Eso sí, criticando el resto del tiempo cosas que están siendo llevadas a cabo por esos mismos políticos. Los antifranquistas más furibundos, tras la muerte del dictador pasaron a ser sus defensores más radicales.

Estoy harto de quienes consideran que una persona respetable es la que asume una postura de súbdito y por tanto no mantienen una actitud crítica hacia los poderes, porque les parece que quien reclama una mejora en lo que sea es simplemente un inadaptado irredento y no alguien que quiere colaborar con su crítica a la mejora de los derechos o, al menos, a conservar su nivel actual.

No hace mucho tiempo, en un viaje con unos amigos a los que quiero pero con los que no siempre coincido, manifesté mi intención de presentar una reclamación por escrito por un atropello del que habíamos sido víctimas ellos y yo. Sus palabras fueron un exponente de los preceptos por los que se rigen. Unos de ellos me espetó: «si ya no puedes beneficiarte de un cambio que evite este atropello y de tu reclamación sólo se aprovecharán los que vengan después, ¿por qué te molestas?». Me pareció toda una declaración de principios o, mejor dicho, de falta de principios.

domingo, 26 de junio de 2011

Demencia senil

He leído en la prensa acerca del fallecimiento, a los 84 años, del actor Peter Falk, aquél que durante muchos años interpretó al desaliñado detective Colombo. Sin embargo, no ha sido sólo la evidencia de ver cómo desaparece otro de los personajes que decoraron mi existencia lo que me produce tristeza, sino comprobar que, como otros muchos, el actor padecía -según cuentan en la noticia- demencia senil desde hace bastante tiempo.

Yo, que ya tengo una barbaridad de años y que a estas alturas además de saber que los reyes son los padres, sé que la vejez es una enfermedad inevitable, menos para los que mueren prematuramente, me he preguntado si dentro de no mucho tiempo –¿o quizás ya comenzó?– padeceré ese mal y si llegado el momento percibiré mi estado y qué tipo de actos perpetraré.

Ignoro si será un síntoma, pero el caso es que admito que desde hace años soy bastante gruñón, aunque yo lo achaco al contraste con la pasividad e indiferencia de los demás –yo soy un «indignado» precoz– y quizás también a los tremendos acontecimientos que me ha tocado sufrir a lo largo de mi existencia, me parece que bastante por encima de la media.

La cuestión es que soy incapaz de permanecer callado ante las injusticias y atropellos, sean otros o yo el afectado, pero eso por desgracia me acarrea el rechazo de muchos y hasta de los que dicen ser mis amigos, que han llegado a reprenderme con el cívico y cristiano argumento de que «si yo no voy a beneficiarme de la protesta, ¿qué me importan los que vengan después?».

Pues esa clase de personas son las cabales personas que nos rodean, esos reclamantes de tertulia, incapaces de mover un dedo para que las cosas funcionen mejor. En muchos casos son cristianos de los de golpe de pecho, de esos que ponen en peligro su propio esternón.

Visto el penoso material de que estamos hechos los humanos («a imagen y semejanza...», pero con materiales de desguace), inevitablemente pasan preguntas por mi cabeza: ¿quién será el primero en detectar que mis neuronas se pusieron a patinar?, ¿quién querrá animarme –en su momento– a que yo acuda a los profesionales que pueden frenar o desacelerar el padecimiento?, ¿quién, cuando el mal llegue a un grado avanzado, tendrá el coraje de ayudarme a desaparecer de entre los vivos?

El primer amigo que tuve en mi vida, allá por los cinco años, en la clase que se llamaba de párvulos, y cuya amistad he mantenido hasta ahora, se encuentra en una residencia en la que lo han internado sus hijos –los mismos que están disfrutando de los abundantes bienes que les cedió en vida–, aparentemente afectado por este mal y cada vez que hablo por teléfono con él se despide lloriqueando, tras haberme causado espanto durante la conversación por el lamentable estado de su cerebro, tan brillante en otros tiempos. En cuanto a sus hijos, actúan casi como si no existiera, en parte olvidados de él –sin duda lo más práctico– y produciéndole más dolor del que ya padece.

Esperemos que la suerte, que ya se ocupó de mí tantas veces para hundirme, decida pasarme por alto y dejarme llegar a mi último momento sin más sufrimientos que los imprescindibles.

viernes, 24 de junio de 2011

Liberalismo cañí

Procuro evitar citar de manera nominal a ningún político, pero se me hace imposible tratar del tema sobre el que hoy quiero escribir, sin hacer referencias directas.

Decía Esperanza Aguirre durante la primera legislatura de Zapatero, cuando el desempleo estuvo más bajo que nunca: «Vale la pena citar el caso de Irlanda: hace sólo 25 años, Irlanda era uno de los países más pobres de la Unión Europea. Sin embargo, hoy, en 2006, Irlanda es el país más rico de la Unión Europea, tras Luxemburgo. Hasta el punto de que Irlanda, que desde el siglo XIX siempre había sido un país de emigrantes, se ha convertido en país de acogida de inmigrantes. Y este milagro económico tuvo su origen en políticas liberales. Es decir, en las bajadas de impuestos, en los recortes del gasto público, en el equilibrio presupuestario, en la liberalización de la economía y en la apertura a las inversiones extranjeras y al comercio internacional.»

Bueno, no he visto un recuerdo de ese discursito en la voz de su amo, también conocida como Telemadrid, pero ahí están las hemerotecas de uno y otro lado para respaldar que esto fue dicho no una sino mil veces por Aguirre.
 
Y por cierto, creo que todos sabemos en qué acabó la aventura del llamado «tigre celta», de esa Irlanda que lanzada a la carrera del boom económico, se ha visto obligada a recurrir precipitadamente al rescate económico de la UE. Curiosamente, durante ese tremendo éxito tan bruscamente interrumpido, no tuvieron tiempo ni ganas de invertir en infraestructuras y hoy Irlanda –lo sé porque he estado de visita la semana pasada– apenas dispone de algo que merezca ser llamado «red de carreteras», consecuencia natural de la falta de interés por lo público.  

Sin embargo, aquí tenemos a la abanderada del liberalismo culpando al gobierno central del desastre que supone el elevado número de desempleados, olvidando que si ella se colgaba las medallas cuando las cosas iban bien y mejoraba el empleo, sería deseable y consecuente que también se autoinculpe cuando las cosas van mal.

Da la casualidad de que la responsabilidad de ese número de parados no es en realidad culpa de Esperanza Aguirre ni de Zapatero, sino de los patrones y protectores del liberalismo que han hecho posible la catástrofe de la crisis mundial que venimos padeciendo desde 2008. Según está documentado y más que sabido –aunque no suficientemente aireado– esta crisis ha tenido lugar porque en su momento los lobbies bancarios norteamericanos se opusieron rotundamente a la creación de controles financieros que impidieran que llegáramos a esta situación.

Claro está que Esperanza Aguirre calla todo esto que sabe más que de sobra, porque la palabra liberalismo sigue disfrutando de un prestigio que no merece en absoluto, puesto que el liberalismo del que ella se considera integrante sólo persigue el beneficio de los muy privilegiados a costa del empobrecimiento de quien se ponga por delante; por decirlo claramente: de la gran mayoría de la población. Es fácil entender el deseo de riquezas, pero difícil de aceptar cuando se alcanzan cifras que van muy allá de lo que quien las posee puede precisar para él y varias generaciones de sus descendientes. En realidad es el poder y esa sensación de que millones de seres están sujetos a nuestro capricho. Quizás sea sentirse "dios".

Pues nada, continuemos maldiciendo la crisis, echando la culpa al que nos pille más cerca y alentando simultáneamente –dándoles nuestro voto a los que la producen y extienden, que vamos de cabeza al agujero de la pobreza general, con la desaparición de los beneficios sociales conseguidos durante muchísimos años de luchas y forcejeos. Mientras, contemplemos cómo las diferencias económicas entre pobres y ricos van aumentando... 

domingo, 12 de junio de 2011

Sobre qué escribir

Una de las grandes ventajas que adicionalmente encontré al poner en segundo plano y congelar este blog al que iban a parar mis reflexiones -va ya para un año de eso-, es que me liberó de la presión que inevitablemente sentía y que me obligaba a escribir comentarios-artículos-entradas a cierto ritmo de producción como para alimentar a este lugar que, a fin de cuentas, no tenía ni tiene lo que podría calificarse de un público numeroso y entusiasta.

Ahora vuelvo a lo que era mi actividad anterior. Un día se me ocurre que quiero escribir sobre alguna materia y lo hago, de lo contrario, no escribo nada y me limito a leer libros, lo que evidentemente resulta muy provechoso. En el otro platillo de la balanza está que escribir a sabiendas de que nadie lo va a leer resta mucho interés a eso de dejar por escrito lo que va pasando por nuestra mente al presenciar o conocer lo que a diario va aconteciendo.

En el periodo en que el blog estuvo verdaderamente activo y me dedicaba a pedir inútilmente a mi hija, mi mujer y un par de amigos, que le echaran un vistazo, mi hija me dio una respuesta que es todo un monumento a la estulticia. Le parecía mal que mis comentarios fueran casi invariablemente una crítica a algo o alguien y decía que eso le desagradaba. Confirmé lo que ya me temía: mi hija pertenecía de pleno derecho a esa generación buenista, de escasa formación cultural y baja dotación neuronal, que sólo critican lo que les molesta en un momento muy concreto y tienen un cerebro atento a lo muy-muy inmediato; lo demás les es indiferente. Nada de poner a caer de un burro a Zapatero, a Rajoy o al FMI, salvo que al interesado le afecte en ese instante la subida de la gasolina, el aumento del IVA o de la cuota de la hipoteca. Se trata sólo de dar un manotazo si una mosca se nos posa en la nariz, el resto del tiempo dejemos que las moscas proliferen.

Yo, de otra generación y convencido además de que lo correcto es denunciar aquello que no funciona como debiera, me quedo asombrado ante tanta banalidad y, en definitiva, tanta actitud insolidaria. Esa falta de ilusión en un mundo mejorable, en definitiva.

Por supuesto, algo que sea bueno o funcione bien de manera permanente merece comentarios, más que nada por lo inédito de la ocurrencia, pero ¿de verdad puede encontrarse algo que sea posible enmarcar dentro de esa categoría de “estado satisfactorio de las cosas”? Por más que me rasco la cabeza, no encuentro ni un solo ejemplo de esos mirlos blancos sobre los que mi crítica descendiente quería que fijara mi atención, ni cuando se lo pedí supo ponerme un solo ejemplo. Sin ir más lejos, en el último mes no recuerdo ningún acontecimiento positivo mencionable, pero sin embargo percibo a diario la escasa calidad –y va a peor– de la prensa, el comportamiento casi delictivo de muchos con los que nos cruzamos a diario, la casi inexistente atención de las grandes compañías a las reclamaciones de sus usuarios, la escasa inteligencia de la mayoría de los políticos, la nula inteligencia de la mayoría de los ciudadanos, la opresiva omnipresencia de la jerarquía católica y sus palmeros, etc. etc. Todo ello bien merecedor de comentarios o mucho más que eso.

Entiendo que esos grandes columnistas, de colaboración regular con algún periódico, tengan días con artículos extraordinarios y otros en los que se percibe que, como decía Serrat, las musas han “pasao” de ellos, pero no sé por qué tengo la sensación de que va a ser inútil esperar el día en que pasen al bando de los buenistas y se dediquen a resaltar el bonito mundo de chupilandia en el que muchos piensan que vivimos. Ése en el que muchos residen.

lunes, 23 de mayo de 2011

Entre todos lo mataron...

Repetía mi madre, cuando venía a colación, un dicho bastante popular allá por Cádiz, su tierra: Entre todos lo mataron y él solito se murió. A mí siempre me encantó la frase, me parece de lo más expresiva y hoy tengo la ocasión perfecta para utilizarla, en referencia a lo ocurrido en las elecciones de ayer, 22 de mayo.

Teníamos un PP cuyo mantra de “Zapatero es el responsable de todo” ha sido repetido tantas veces que, estoy seguro, hasta la propia madre del presidente debe haber llegado al convencimiento de que su vástago es el autor de los tsunamis asiáticos e incluso el responsable de la muerte del mismísimo Manolete. Sin embargo, las pocas veces que he conseguido que alguien concrete las acusaciones hacia el presidente –soslayando la simpleza de que ha hundido España, etc. etc.– lo que han hecho ha sido responsabilizarle tópicamente de la crisis económica y el paro, como si todo eso de los CDOs, Lehmans Brothers y amiguetes (véase el documental Inside Job) fuera una pesadilla de otros con la que no tenemos nada que ver o como si la deficiente estructura económica de España, basada en la construcción y el turismo, hubiera sido un invento del hombre del talante y no una apuesta lanzada en firme por el incalificable Aznar durante su sultanato.

Teníamos unos revolucionarios "modelo Facebook" –con los que por cierto coincido en muchas cosas– acampados en las plazas de las ciudades jugando con fuego y hablando de propuestas que no ofrecían alternativas sino ensoñaciones y ahí siguen esperando no sé exactamente qué, pero mucho me temo que con la fecha de consumo preferente a punto de vencer.

Teníamos un PSOE cometiendo más torpezas de las deseables –aunque no tantas como le imputan– y sin saber explicar a la calle la dura realidad, quizás por una mal entendida lealtad institucional hacia sus adversarios políticos, pues para explicar cómo están las cosas habría que entrar duro contra esos hipócritas que fingen escandalizarse con los recortes sociales, cuando si algo tienen esos recortes, es que a la oposición le parecen cortos.

Me he hartado de recordar a quienes pedían una nueva revolución de octubre que para eso hace falta un respaldo sin fisuras a quien lidera y estar dispuestos a llegar hasta donde sea preciso, algo que no se vislumbraba en los que mantenían esta exigencia.

Al final, tras mucho quejarnos por el bipartidismo y como dice un comentarista de cierto periódico, hemos conseguido acabar con ese sistema y en la práctica casi hemos implantado en España el sistema de partido único, que no es sostenido precisamente por un peligroso grupo marxista, sino por un partido impregnado de corrupción hasta las trancas, con unas prácticas y unas doctrinas neocons estremecedoras. El PSOE ha quedado lo que se dice aplastado y necesitará mucho tiempo para salir del agujero, si es que alguna vez sale. En todas partes, aparte los casos de Cataluña y el País Vasco, las otras opciones han quedado en poco más que una broma, aunque sus dirigentes saquen pecho y afirmen –como de costumbre– que lo suyo es un triunfo espectacular. Es un hecho sin discusión que la victoria del PP ha sido arrolladora y ahí están todas las capitales de provincia de Andalucía y tantas otras con mayoría absoluta de ese partido y un mapa autonómico casi totalmente teñido por –de nuevo– más mayorías absolutas de los mismos.

Que el PSOE no sigue la línea que debiera y traiciona a sus votantes, es algo indudable, aunque quizás sea más exacto afirmar que por querer contentar a la izquierda y a la derecha terminan fastidiando a todos y perdiendo a sus propios votantes, sin ganarse a ninguno de los contrarios. Que quienes afirman que PP y PSOE son lo mismo, van a tener ocasión de comprobar lo equivocados que estaban, indudable también.

Si yo tuviera ahora 30 ó 40 años, tomaría lo sucedido en estas elecciones como un escarmiento merecido para quienes no han sabido administrar sus posibilidades y las esperanzas depositadas en ellos y me sentaría a contemplar si los del movimiento 15M llegan a alguna conclusión –que me temo que no–, pero resulta que tengo bastantes más años y esperar al menos ocho o nueve a que la política española se enderece se me hace muy duro, por no decir que hasta quizás esté fuera de mi alcance. Sin contar con que en ese plazo el partido dominante va a privatizar –sin marcha atrás– hasta los bancos de los parques.  

Pues eso, a apretar los dientes y que el último apague la luz y cierre la puerta.

domingo, 15 de mayo de 2011

Esa memoria...

No voy a negar que me inquieto, y mucho, cada vez que no recuerdo dónde dejé las gafas, qué comí el día anterior o de qué iba la película que vi por la noche. Me inquieto porque no sé si es una manifestación más de la vejez rotunda que se me viene encima, con la inquietante amenaza de la demencia senil, o un despiste más de los que la mayoría de las personas tienen a diario y con los que se acostumbran a convivir. Ya se sabe: si uno tropieza cuando tiene 20 años, es un patoso momentáneo; si lo hace con 60 años, es que –necesariamente– está decrépito.

Pesa mucho en mi preocupación aquello que hace pocos años leí de que “no hay inteligencia sin memoria” y a mí, que sentía cierto desprecio por la memoria como atributo, me desconcertó, porque tengo que pensar que no soy el único que pretende dar cobijo a cierta inteligencia, cuanta más mejor.

El caso es que hoy, mientras atendía el telediario del mediodía, he visto al llamado líder de la oposición –aunque la mayoría de la oposición más que sentirse liderada, lo deteste– afirmar una vez más los maravillosos resultados que traerá a todos los ciudadanos su elevación a presidente del gobierno de la nación.

Para mi alivio de un lado y desazón por otro, he vuelto a ser consciente de que no existe la memoria como virtud generalizada –aunque algunos puedan aprenderse el código civil completo– y prueba de ello es que a pesar de todo lo vivido, seguimos acudiendo a votar en cada convocatoria de elecciones y hasta a ilusionarnos –cada vez menos, es verdad– por las promesas que los candidatos nos hacen de un mundo mejor si optamos por la papeleta donde figura su nombre o partido.

No dudo de que en la política haya personas cuya motivación sea aportar su esfuerzo para lograr el bienestar general, pero también tengo la certeza de que en esos partidos se refugian quienes tienen como única meta el enriquecimiento personal y el disfrute del poder. No hay más que recordar esa grabación tan conocida donde uno de ellos confesaba a un amigo que “…estoy en la política para forrarme”.   

Bueno, no hay que pasar por alto que Hitler –por ejemplo– tenía quizás como objetivo favorecer a sus compatriotas, aunque los medios no resultaron los más humanitarios ni eficaces. Pero no es de eso de lo que quiero ocuparme.

Volviendo al telediario de hoy, mi asombro es que este personaje de escaso carisma y menor intelecto, olvida que durante los anteriores gobiernos de su partido no fue el interés de todos los ciudadanos lo que guiaba los actos de gobierno del entonces presidente, sino el de «algunos» ciudadanos privilegiados y, por supuesto, procurando en todo momento para sí disfrutar de la sensación de poder y relacionarse con poderosos para asegurarse –él sí– un futuro aún mejor.

¿Desde cuándo y dónde ha sido la derecha la que ha mejorado el nivel de vida de todos? No son precisamente trigo limpio los partidos de izquierda, pero si efectuamos la comparación con sus contrincantes, no hay color. ¿Quiénes son los que instauraron el estado de bienestar en los países de la Europa democrática? Pues esa pregunta sólo tiene una respuesta: los partidos de izquierda o socialdemócratas. Incluso son ellos los inventores del concepto. La derecha sólo ha aportado algunas bajadas de impuestos y reducción de prestaciones sociales, que es lo único que aquellas rebajas aportan. No hay más que recordar cómo quedó el Reino Unido tras el paso de la dama de hierro. Arrasada en lo que se refería a los avances sociales y servicios públicos, pero eso sí, con la gloria de una minúscula guerra –la de las Malvinas– ganada gracias a la ayuda logística de su primo mayor, los EE.UU, todo hay que decirlo.

Uno puede optar por quedarse en casa el día de las elecciones –sin olvidar que la derecha siempre va a votar, ya sabemos que es inasequible al desaliento y no suele sentir escrúpulos si hay que votar a un inmoral– o votar a la izquierda más o menos auténtica, pero lo que nunca hay que olvidar es qué es y a qué intereses representa la opción contraria.  Olvidarlo es sólo una oportunidad cierta para aprender con la realidad diaria lo que se ha olvidado. Y eso sí, contar con cuatro largos años –por lo menos– para refrescar la memoria.

Votemos, aunque cada vez más, lo hagamos no a favor de algún partido, sino en contra de otro. Y durante todo el tiempo, en los periodos entre elecciones, seamos pesados e insistentes en reclamar lo que nos corresponde, eso que hasta esa izquierda tan tibia nos escamotea.

viernes, 15 de abril de 2011

Mentirijillas y confusiones


Hace mucho tiempo, diría que más de 50 años, que me hago preguntas sobre el nombre de ese continente que conocemos como América y sobre sus habitantes. He ido descubriendo que casi todas las denominaciones son fruto de errores, manipulaciones y conveniencias políticas.

Para empezar, el propio nombre del continente no es más que fruto de una circunstancia no del todo esclarecida y sin mucha lógica. Según parece, un cartógrafo alemán de difícil apellido realizó a comienzos del siglo XVI un mapa de las nuevas tierras y, por propia iniciativa, le puso como nombre América, feminizando el nombre de Américo Vespucio, un mentiroso aventurero al servicio de la corona de Castilla que poco había colaborado al descubrimiento –porque descubrimiento fue para los europeos de todo aquello, pero que se encontró de este modo inmortalizado sin excesivo mérito para ello, salvo el de saber arrebatar para sí la gloria que pertenecía a otros. El cartógrafo igual podría haber dado a aquellas tierras el nombre de Columba o Colombia en honor al descubridor Colón –como propugnaba Simón Bolívar siglos más tarde o, tomando en serio el pretendido descubrimiento anterior por parte de los vikingos, llamarlas Ericsson –que dicen que era el marino que allí llegó o Vinland que es el nombre que él supuestamente le dio.

El caso es que con justicia o si ella, el nombre de América resultó un éxito y me temo que con él se ha quedado para siempre. Pero…

Resulta que EE.UU., no contento con la apropiación física de buena parte del territorio de otros países, mediante anexión, conquista, compra o lo que fuera preciso, decidió apropiarse del nombre en exclusiva, expulsando de la denominación a los habitantes del resto de los países del continente. No hay más que escuchar esas canciones patrióticas yanquis –en especial “America The Beautiful” (América la bella) en la que puedo asegurarles que la letra no se refiere en ningún momento a las bellezas innegables de las tierras de Brasil o Nicaragua, por poner un par de ejemplos. Lo peor es que se trata de algo aceptado por los expulsados de la denominación; ayer he leído en un periódico de Brasil un titular que decía :"Aparece muerto un americano en su habitación del hotel". No hace falta aclarar cuál era la nacionalidad del fallecido...

En España –debe ser caso único en todos los idiomas llamamos a los habitantes de EE.UU. de tres diferentes formas: norteamericanos, estadounidenses o simplemente americanos. Medite un momento; si alguien le dice que es norteamericano o simplemente americano, ¿Qué origen le atribuye? Porque ese es el error que cometí hace muchísimos años cuando alguien a quien conocí se identificó como “norteamericano”, dejándome desconcertado, porque la verdad es que me parecía que hablaba como Cantinflas. Fue entonces cuando me enteré de que Méjico también era Norteamérica, tanto como lo es ese país muchas veces olvidado llamado Canadá. Los habitantes de los tres tienen por tanto el mismo derecho a denominarse norteamericanos.

Para acabar de afianzar el entuerto, parece ser que Napoleón III, deseoso de minimizar hasta donde pudiera la presencia de los británicos en el Nuevo Mundo –aunque fuera sólo gramaticalmente– y de camino subirse al carro colonizador de España y Portugal, inventó el término América Latina que, como los otros atropellos en las nominaciones, arraigó con éxito innegable.

Cuando tropiezo con un nativo de aquellos países hispanos y me dice que es “latinoamericano”, tengo que reprimirme para no preguntarle con brusquedad dónde está su latinidad. Según parece, el argumento fundamental para aplicar esa denominación de latinoamericano es que hablan lenguas romances procedentes del latín, como el español, portugués o francés. Puesto que hay provincias de habla francesa en Canadá, ¿debemos llamar latinoamericano al habitante de –por ejemplo Quebec?, ¿negamos esa denominación a quienes utilizan regular o exclusivamente lenguas autóctonas como el guaraní, tupí, maya, etc.?, ¿hay alguna razón válida para que no denominemos África Latina o Latinoáfrica al conjunto de Angola, Mozambique y la pequeña Guinea Ecuatorial, más los países francófonos de la zona?

Creo que el rechazo al término iberoamericano, que es el que me parece más adecuado, viene del deseo de minimizar la presencia colonizadora ibérica y desde luego al peso de la colonia italiana –muy numerosa en Argentina y Brasil y la francesa, llegados fundamentalmente en los siglos XIX y XX, y que con esa denominación quieren «salir en la foto», olvidando que en la conquista y colonización de América, no hubo presencia italiana como tal y que su lengua no se habla en ningún lugar del continente. De ahí ese empeño en afirmar que Colón era italiano –genovés, dicen– cuando hay un total desconocimiento sobre el origen de este señor y cualquiera ha podido leer textos que le atribuyen origen gallego, genovés, balear, catalán, portugués, andaluz, croata, etc., ¿es que a nadie le extraña que pusiera a sus hijos nombres “tan” italianos como Diego y Hernando?, ¿que haya constancia de que no hablaba ni escribía el italiano? No olvidemos que en Nueva York, la festividad del descubrimiento de América, era organizada por la colonia italiana y las únicas banderas que allí se exhibían eran las italianas. Aun suponiendo que Colón fuera genovés –que ya es mucho suponer– es como si los alemanes festejaran como propia la llegada del hombre a la luna, porque fue el alemán Wernher Von Braun quien dirigió el desarrollo de los cohetes que permitieron llegan a los americanos a nuestro satélite. Pero ya se sabe, una vez muerto el personaje, no cuesta nada atribuirse su origen y siempre da lustre...

Al final, la conclusión es que se trata de remarcar las bondades de la presencia francesa e italiana en el subcontinente y dar tratamiento de colegas de segunda clase a los portugueses y españoles, que casualmente son los que de verdad se batieron el cobre por allí. Aunque recordar eso no sea del agrado de algunos.  

lunes, 3 de enero de 2011

Lo correcto

Estamos hartos de escuchar o leer continuamente referencias a “lo correcto” o más concretamente a “lo políticamente correcto”. En la búsqueda de ese supuesto respeto a todo bicho viviente, los políticos y sindicalistas se precipitan en la suprema burricie al decir eso de “españolas y españoles”, “trabajadores y trabajadoras”, etc., porque la moda requiere que se ponga la máxima atención en complacer la ignorancia y los bajos instintos de ciertas feministas que en su –en principio justo– afán reivindicativo, olvidan que el idioma y su gramática existen hace mucho y que por lo tanto no es posible forzarlo o rehacerlo a capricho de nadie. 

En realidad no son sólo esos servidores públicos los que intentan complacer a todos al precio que sea, sino que conozco a bastantes personas aparentemente normales que han abrazado la causa y se han sumado a la práctica de esos despropósitos con un empeño que sería de agradecer en otras tareas.

No es ni muchísimo menos el feminismo el único asunto sobre el que se aplica el esfuerzo de lo políticamente correcto y, aunque habitualmente no nos paremos a pensarlo, hay infinidad de temas que requieren andarse con pies de plomo, porque hemos pasado de la más absoluta falta de consideración hacia lo excepcional, al empeño en igualarlo y tratarlo como si fuese lo más normal del mundo. Lo cierto es que no hay cuestión que no sea objeto de “rediseño” al hablar de ello.

Por ejemplo, hace tiempo que los porteros de fincas ya no se llaman así y reciben la denominación de “empleados de finca urbana”, como si eso modificase el hecho de que tienen que sacar los cubos de la basura y aguantar las impertinencias del vecino del 3º izquierda. Las asistentas –un nombre al que no le veo sentido peyorativo alguno son ahora “empleadas domésticas” sin que por supuesto eso signifique que no deban limpiar el polvo o los suelos de la vivienda a la que acuden a trabajar. Me pregunto cuánto tardarán los tres reyes magos en ser los tres mandatarios y mandatarias magos y magas.

Los maricas son ahora “gays”, que es más o menos lo mismo, pero en extranjero, lo que según parece, suena mucho mejor. Los enanos son “personas de talla reducida” con lo cual es de suponer que ya acceden a cualquier puesto de trabajo o a las relaciones sentimentales –por poner dos ejemplos como cualquier otro mortal. Se persigue con saña cualquier tarea que desempeñen por ser como son, y pese a sus protestas –he podido leerlas en la prensa se empeñan en eliminar los espectáculos donde antes podían trabajar. Por supuesto, esa sevillana cuya letra decía “me casé con un enano, salerito…” queda borrada del repertorio y ¡ay! de aquel que se atreva a cantarla.

Los refranes y expresiones deben ser eliminados y olvidados, porque decir eso de “trabajar como un negro”, “engañarle como a un chino”, “hacer el indio”, etc. es claramente racista y por lo tanto, si usted se permite la cita queda expuesto a una demanda judicial. Sigue siendo válido lo de "hacerse el sueco", porque los de esa nacionalidad están fuera de toda sospecha como víctimas de racismo.

No hace mucho sentí nostalgia de los tiempos de mi niñez y me empeñé en encontrar las películas de Walt Disney de su primera época, antes de que la aparición de los ordenadores en la animación diese lugar a la producción en serie, y dicho sea de paso, sin alma. Enseguida me di cuenta de que los doblajes no se correspondían a los que yo recordaba y busqué una y otra vez aquellas versiones, porque me parecían mucho más apropiadas. Al fin, en una página web encontré la explicación de esa misteriosa desaparición: resulta que las canciones y argumentos de esas películas son considerados extremadamente machistas y por lo tanto se modifican las letras, se elimina lo que se puede y se procura extender un manto de olvido sobre aquellas historias. Pensemos; en Blancanieves… ella limpia la casa, hace las camas y la comida y aguarda la vuelta del trabajo de los enanitos ¿¿dije enanos?? que son los que trabajan fuera de casa y eso resulta un insulto para la mujer actual. En Cenicienta, ella debe esperar sumisamente a que el príncipe la saque de su situación de inferioridad social y maltrato familiar. En La Bella Durmiente, idem de idem, etc. etc.

Hay que reescribir la historia y los cuentos y con ellos puede que por un corto periodo llevemos la tranquilidad al ánimo de tanto memo –y mema que se empeña en que las cosas no son como fueron, olvidando que salvo en la novela “1984”, el pasado no se puede rehacer.