lunes, 24 de diciembre de 2012

Iglesia y balompié



¿Qué es el fútbol? No me diga que un deporte, eso está muy bien a la hora de asignarle una sección en los medios de comunicación, pero si somos serios no es posible aceptar esa clasificación para referirnos a lo que usted y yo estamos pensando.

Sostengo que no es deporte cuando quienes lo practican son unos mercenarios o profesionales remunerados con exceso, lo mismo que no es igual una persona enamorada que quien practica la prostitución, actividad que por lo demás merece todos mis respetos. Tampoco cabe decir que es aficionado al fútbol el que en el bar o sentado en su sofá mientras saborea unas cervezas, se apasiona y hasta vocifera siguiendo las piruetas y esfuerzos de otros a los que contempla a través de la televisión.

Para no andar con más circunloquios, aceptemos que fútbol es eso que practican algunos sacrificando su tiempo libre y en la mayoría de las veces dándose un madrugón y desplazándose hasta el lugar en el que han conseguido un campo donde enfrentarse con sus amigos a otro equipo que no lo es tanto (amigos, digo), porque lo de patear un balón por las buenas frente a alguien en cualquier lugar no es fútbol, como no es golf golpear cualquier bola o pelota con un palo.

Tiene el fútbol la capacidad de extraer todo lo que de irracional hay en cualquier persona y de ahí el forofismo con el que sin más explicación un hincha sigue a su equipo y lo defiende frente a quien ose dudar de su superioridad, incluso recurriendo a la violencia. La misma violencia que lleva a muchos a destrozar los monumentos y mobiliario urbano para expresar su desacuerdo con un resultado o cuando su equipo gana alguna competición, algo que tristemente pagamos todos: aficionados y no aficionados.

Dije en un comentario anterior que había mucho en común entre las religión católica y el fútbol y fue una ocurrencia a la que me quedé dando vueltas en mi cabeza, al caer en la cuenta de que había en mi afirmación mucha más verdad de la que yo mismo le atribuí en un principio.

Al igual que suele suceder con el fútbol, la adscripción a una religión está basada fundamentalmente en razones geográficas y familiares, son fanáticos del Real Madrid fundamentalmente los nacidos en la capital del país, del Barcelona quienes nacieron o viven en Barcelona en particular o Cataluña en general (ya se sabe: més que un club). Por supuesto, hay seguidores de otras latitudes, pero por aquello de que es fácil apuntarse al caballo ganador; si uno de estos equipos cayera al último puesto en la clasificación habría que ver cuánto le duraban esos seguidores de lejanas latitudes.

De igual manera, quienes nacimos en España somos católicos porque nos tocó y si hubiéramos venido al mundo una media de quinientos kilómetros más al sur o sureste llevaríamos chilaba y querríamos cortarle el cuello a quienes se burlaran de Mahoma. No hay explicación racional para el creyente, y por eso recibe tal nombre y no se le llama razonante. La fe no está basada en realidades, sino que consiste en creer en lo que no se ve –y hay tantas cosas que no son visibles…–, hay que admitir por tanto que no es un alarde de racionalidad. De manera similar, seguir a un equipo no es fruto de una deducción lógica o un razonamiento, sino de algo mucho más básico y primitivo.

Necesita la iglesia de grandes templos o espacios donde los fieles puedan adorar a dios y sus santos, sirviendo lo que allí se dice y la sensación de unión con los demás para entrar en catarsis. De manera semejante, tiene el fútbol esos grandes templos que son los estadios, donde los aficionados se excitan gritando a sus adorados ídolos, que tales son las figuras del balompié a las que tienen más que en un altar. Los dos mundos cuentan con extremistas que, aunque oficialmente parecen ser mantenidos a raya por la autoridad competente, en la intimidad son mimados y alentados: Opus Dei, Kikos, legionarios de Cristo, órdenes religiosas ultras como las clarisas de Lerma, Palmar de Troya, etc. en la iglesia; boixos nois, ultrasur, biris, etc. en el fútbol.

Ambos, iglesia y fútbol, reciben grandes ayudas económicas del Estado, lo que les permite desenvolverse por encima de sus posibilidades reales y mostrar un poderío del que, si no existiesen esas ayudas, carecerían. La iglesia católica recibe descaradamente una cantidad disparatada que no ha sufrido las mermas a las que cualquier otra partida ha sido sometida, con esta fiebre de recortes. De manera más encubierta, el fútbol recibe ayudas económicas en forma de aceptación pasiva de las enormes deudas contraídas con Hacienda y la Seguridad Social, unidas a las frecuentes concesiones en forma de recalificaciones urbanísticas, que permiten a los clubs esos fichajes escandalosos por su cuantía.

Para rematar, la guinda. Como decía, es normal que la celebración del triunfo en cualquier campeonato lleva inexorablemente a la convocatoria de masas y éstas al intento de destruir algún monumento local –Cibeles, fuente de Canaletas, puerta de Jerez– seguido necesariamente de una ceremonia religiosa donde se ofrece el galardón correspondiente a la virgen o cristo local de más prestigio (y se dicen monoteístas). La iglesia católica aprovecha cualquier acontecimiento de masas para mostrar su fuerza –bruta–, sea una manifestación contra cualquier gobierno del PSOE –ni hablar contra el PP, son los suyos–, una visita de su santidad o la dichosa Jornada Mundial de la Juventud en la que personalmente pude presenciar cómo asistentes al evento ponían en peligro monumentos y cómo se bañaban u orinaban sin ningún pudor en las fuentes públicas. Menuda le espera a Río de Janeiro el año que viene...

lunes, 17 de diciembre de 2012

Envejecemos, qué remedio


Estoy seguro de que hay muchos libros donde se habla del proceso de envejecimiento de las personas desde el ángulo que me interesaría, pero la verdad es que yo no conozco ninguno de esos libros y por eso tengo que rellenar el hueco con las reflexiones que día a día voy haciéndome que, por descontado, no son muy originales ni muy profundas, tampoco este espacio da para mucho.

Es lógico que sea un asunto que me preocupa ahora, cuando ya me doy cuenta de que no merece la pena hacer proyectos que no sean a corto plazo porque, como suele decirse, las cosas empiezan a ponerse feas. Sin embargo, no es una preocupación que surja precisamente en esta edad, pues quizás porque ya le vi varias veces las orejas al lobo, fue asunto al que le dedicaba tiempo con frecuencia desde joven, pero ya se sabe, no es lo mismo consultar un horario de trenes que hacer un viaje y es ahora cuando más vueltas le doy al asunto.

Puede que a muchos –sobre todo a los más jóvenes que se creen que lo serán siempre– les sorprenda, pero esto de cumplir años no es algo profesional, sino que está al alcance de cualquiera que no se muera antes de practicarlo y la cosa viene a ser más o menos que –digamos– hoy tiene usted 34 años y todo el mundo le llena los oídos con eso de que es un joven con toda la vida por delante, y al día siguiente se levanta con 50 años y un par de hijos con la carrera terminada o a punto de ello. Pestañea un par de veces y ya está prejubilado por algún ERE y listo para ser pensionista y que pueda faltarle el respeto el primer imbécil con el que se cruce, porque para muchos usted es ya un parásito social. Y con esto ya se acabó la parte más interesante de la película, pues a partir de ese momento deja de ser protagonista activo de su vida para tan sólo contemplar lo que la suerte –mala casi siempre– le vaya deparando.

Hablaba unas líneas más arriba de los viajes en tren, ¿se acuerdan de la sensación que se produce cuando está mirando por la ventanilla de ese tren y contempla durante minutos cómo se acerca lentamente un paisaje y se van ampliando sus detalles, que finalmente se nos presenta delante de nuestras narices, para seguidamente desaparecer donde ya no podemos observarlo? Algo así me ocurre con muchos de los acontecimientos de la vida por la que nos deslizamos, y eso se vuelve notable –al menos para mí– y fácil de entender en el caso de los actores de cine, un buen ejemplo para que sepan a lo que me estoy refiriendo. Al acercarme a la adolescencia había un grupo de actores de cine –casi todos americanos– a los que yo consideraba inamovibles: Gary Cooper, Burt Lancaster, Cary Grant, Tony Curtis, Kirk Douglas, etc. (todos varones, las mujeres eran mucho más volátiles), pero resulta que para mi sorpresa ellos desaparecieron, muchos ya murieron, dejándome desconcertado acerca de la que yo presumía que era una presencia perenne. Bueno, me resigné y di la bienvenida a otra generación, a veces compuesta por hijos de la anterior, todos esos Michael Douglas, Robert de Niro, Donald Sutherland, Michael Caine…; pero ahora resulta que estos también desaparecieron y con eso se trastocó para mí el orden establecido, tengo que acostumbrarme a otra nueva oleada y cuando lo haga ya habrá llegado su fecha de caducidad… o la mía.

Mientras, me observo a mí mismo y veo cambios físicos que no me gustan nada. Fue no hace mucho cuando tomé consciencia de mi edad. Inevitablemente, uno se ve a sí mismo como un joven que cumple años –uno cada año– hasta que un día se da cuenta de que ha caído en lo que otros llaman con soltura ancianidad; todavía recuerdo que hace exactamente 10 años alguien en un periódico llamaba anciano a Harrison Ford –coetáneo mío– cuando acababa de cumplir 60. Sin que nos demos cuenta en el mismo instante, para los demás pasamos de seres humanos a objetos muebles –sin paradas intermedias–, sólo útiles como posibles dejadores de una herencia o como acogedores de descendientes sin medios económicos a los que alimentamos y sostenemos con nuestras pensiones. Resignación; esto es lo que hay.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Mira cómo sufro



No gana uno para pesares. Primero, he pasado una temporada angustiado porque, al parecer, un jugador de fútbol llamado Cristiano Ronaldo estaba disgustado por qué-sé-yo-qué motivos, pero de algo muy grave debía tratarse cuando la prensa estuvo pendiente de su estado de ánimo durante semanas y casi todos los españoles andaban preguntándose noche y día por qué la princesa estaba triste.

Después, me tuvieron en un sinvivir porque otro jugador, que mantiene relaciones sexuales y de las otras con la cantante Shakira, seguidas día a día por toda la nación, andaba también con angustias acrecentadas porque al parecer están construyéndose una nueva casa y ya se sabe cómo estresa tal cosa, aun no siendo el dinero motivo de preocupación que intervenga en este caso, como nos sucedería al resto de los mortales.

Ahora, desde los telediarios me andan torturando porque resulta que el fino y delicado espíritu de un tal Mourinho anda enormemente afectado por no sé qué motivos y como corresponde a semejante personajillo, pretende quitarnos las ganas de comer por los tormentos que padece por vaya-usted-a-saber qué causas, abundando en poses de víctima y frases lapidarias, satisfecho íntimamente por saber que tiene a un país casi entero pendiente de sus gestos.

En realidad soy un poco hipócrita, porque tengo un corazón de piedra y todos los sufrimientos de estos personajes me traen literalmente sin cuidado, es más, ojalá los parta un rayo. A ellos y a los responsables de que en esta sociedad –por si no tuviéramos bastante con los verdaderos motivos de preocupación– anden presentándonos esta especie de gran hermano de los dolientes integrantes del balompié, que no sólo deben dar saltitos y carreras cada vez que se les ordene, sino que además deben vigilar bien sus inversiones de capital para asegurar que en el futuro no les falte de nada a ellos ni a sus allegados y descendientes. Para asegurarse –como le sucede al primero de ellos– de que consigue colocar su destrozado Ferrari, que originalmente le supuso un desembolso de 250.000€,  a algún zoquete adinerado que lo compre por 50.000 por aquello de que las sagradas manos de su ídolo –¿no eran los pies?– se posaron sobre el volante del vehículo en bastantes ocasiones antes de dejarlo para chatarra.

Es raro el día en que no leo protestas en la prensa de lectores a los que atormentan –no les falta razón– los ingresos que perciben los directivos de grandes empresa, no digamos lo referente a los ingresos de los políticos. Sin embargo, me resulta llamativo que no he leído ni una sola vez protestas por lo que perciben estos jugadores. Ni siquiera oigo protestas porque el fútbol nos cueste dinero, directa o indirectamente, a todos los españoles. No hay más que ver las enormes deudas de los clubs con Hacienda y la seguridad social, y los grandes favores urbanísticos que obtienen de los ayuntamientos. Las dos contribuciones forzadas que me repugnan son ésta del fútbol y la de la iglesia católica, dos grupos de presión con los que no mantengo relación voluntaria alguna y que tienen mucho más en común de lo que se piensa.

Me hizo sonreír el cálculo que en cierto periódico se hacía hace ya tiempo sobre el precio al que resultaba el kilo de biquini de marca. De manera similar, me gustaría que alguno de los entusiastas seguidores de estos ases deportivos dividiera el dinero que estos perciben cada temporada por el número de patadas que dan en el mismo periodo. Seguro que quedarían maravillados al conocer el precio de cada puntapié.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Deslocalización



Écheme una mano: haga memoria y trate de recordar (si es que tiene la edad precisa), si hace unos 15 años alguien le habla de deslocalización, ¿qué significado le habría dado a la palabreja?, ¿quizás pensaría que se refería a alguien que no sabía ni dónde se encontraba?, ¿alguien que estuviera en un exilio más o menos forzado? Casi seguro que ahora sí sabe a lo que se refiere, pues hasta la Real Academia le ha dado entrada oficial en nuestro vocabulario.

Buscando en el diccionario, encontrará que el significado real es “traslado de  una producción industrial de una región a otra o de un país a otro, normalmente buscando menores costes empresariales”, ¿lo ha entendido bien? Por si acaso se lo voy a aclarar: deslocalización es el eufemismo utilizado para definir lo que los sinvergüenzas propietarios de industrias han llevado a cabo para incrementar sus ganancias y deshacerse de sus trabajadores –esos golfos que están deseando quedar en el paro y cobrar el subsidio de desempleo– dejando que todo el trabajo de producción se lo den hecho a precio de saldo.

Entre en cualquier establecimiento, da igual cual sea, pero mejor en nuestros grandes almacenes por excelencia, por aquello de que allí hay de todo. Pruebe por ejemplo en electrodomésticos y pida un tostador. Yo lo he hecho y he visto no menos de una docena de marcas españolas, alemanas, francesas o del patito loco, da lo mismo. Pero todos esos aparatos están fabricados en China, porque los propietarios de esas marcas han deslocalizado la producción para ahorrar costes. ¿Y cuánto bajaron los precios desde esa deslocalización? No sea tonto, hombre, la deslocalización es para que los empresarios ganen más, no para que usted pague menos.

Mire en esos grandes almacenes y trate de comprar una camisa, unos calcetines, unos pantalones. Antes de que se lo envuelvan mire las etiquetas para saber dónde están fabricadas estas prendas: Marruecos, Madagascar, Pakistán, India, Bangladesh, etc. Nada está hecho aquí, pero ¿notó usted cuando todo esto comenzó, una bajada brutal en el precio de las camisas, los calcetines, los pantalones? Me temo que no y más bien lo contrario, porque como ya dije, la deslocalización es para que las empresas obtengan mayores beneficios, no para que usted ahorre dinero.

Y observe, ¿es la calidad igual que antes? Pues siento comunicarle que no, que en la mayoría de los casos los tejidos son malos y la confección infame, como corresponde a países en donde la mano de obra trabaja en condiciones de semiesclavitud y quienes los explotan directamente en aquellos países les pagan sueldos de miseria en jornadas extenuantes, empleando además materias primas de escasa calidad, algo necesario para mantener los precios tirados.

Hoy salí con el firme propósito de comprarme un pantalón fabricado en España –incluidas regiones díscolas– y finalmente lo he conseguido tras mucho trabajo: mis pantalones están fabricados en Quintanar de la Orden, provincia de Toledo. Una auténtica proeza que ni Indiana Jones llevaría a cabo sin esfuerzo.

No es todo esto el único mal, sino que según he podido oír en el telediario hay empresas que en su día se deslocalizaron y que ahora están volviendo a España su producción. ¿Acaso los propietarios han tenido remordimientos de conciencia? Ni lo sueñe, lo que sucede es que con motivo de la crisis los salarios están bajando y no me extrañaría que dentro de no mucho tiempo a los españoles se nos ponga cara de chinos, pues salarios y jornadas serán similares a los de aquel gran país donde los derechos laborales casi no existen y donde sobrevivir con un salario es un milagro. El milagro chino.

No ya por patriotismo, sino por aportar su granito de arena en la lucha contra el paro, pida que lo que compre esté fabricado en España o, al menos, deje constancia de que le hubiera gustado que así fuera. Si este comportamiento se extendiera algo podría cambiarse esa tendencia actual, en la que los puestos de trabajo desaparecen de aquí para aflorar misteriosamente en países lejanos.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Catafornia



Encontré en el disco duro de mi PC este apunte, que escribí en 2007 y publiqué en otro blog allá por 2009. No es gran cosa, pero es curioso que podría escribirse hoy mismo por idénticos motivos.

Existe un bello territorio de unos 32.000 Km2 en el que habitan casi 8 millones de habitantes, llamado Catafornia. Sus habitantes hablan actualmente el idioma inglés, aunque hasta hace unos 160 años el idioma predominante era el cataforés y más remotamente, quizás alguna otra lengua indígena.

Buena parte de estos habitantes lo primero que hacen cada mañana al mirarse al espejo es agarrarse un berrinche porque recuerdan que hace casi tres siglos unos violentos enemigos les arrebataron ciertos derechos. El hecho de que actualmente no quede huella de aquel arrebato no importa. Como diría el bolero “parece que fue ayer…”.

En este lugar llamado Catafornia, parte de sus habitantes en vez de preocuparse por generar una riqueza que les colocaría como potencia económica mundial, puntera en cultura, ciencia y tecnología, lo que hacen es dar la vara todos los días porque quieren segregarse del país con el que se han hecho grandes: Estados Juntados de Occidente. Insisten en que quieren hablar en exclusiva esos idiomas indígenas o si acaso el español, pero sobre todo abandonar el inglés, que al fin, solo lo hablan cuatro gatos. De momento, su principal preocupación es que su selección nacional de balonvolea pueda jugar de igual a igual con otros países importantes como Filipinas o Jamaica. Hay habitantes que anuncian incluso que no cejarán en su lucha hasta conseguir esa reivindicación fundamental insisten para la vida de todos sus conciudadanos.

Muchos casi se desvanecen de placer al imaginar a sus jugadores vestidos con los colores de su bandera nacional. Sienten escalofríos de satisfacción al pensar en un glorioso partido entre su selección nacional y la de Surinam y el prestigio mundial que les proporcionaría un triunfo contra ellos. 

Cualquier acontecimiento, por nimio que sea, es buena excusa para que saquen a relucir su bandera, canten su himno y bailen su danza nacional, algo que a nadie molesta, pero curiosamente miran con desprecio y tachan de folclóricos y casposos al resto de sus compatriotas si osan hacer lo mismo con los símbolos equivalentes de todo el estado.   

El hecho de que la mayoría de los productos que produce Catafornia sean vendidos habitualmente al resto de los Estados Juntados –su cliente cautivono tiene importancia, como tampoco lo tiene que el inicio histórico de su industrialización tuviera como pilar básico las inversiones del resto de los Estados Juntados y la concesión del monopolio de ciertos comercios con las entonces colonias. Tampoco vamos a tener en cuenta ¡menuda tontería! que los lazos de sangre, económicos, culturales, humanos, que les unen con el resto del país sean intensos.

Mirar su propio ombligo es un hábito muy extendido por el lugar y el victimismo una constante en su actitud, hasta el punto de que los habitantes del resto de los Estados Juntados están tan hartos de escuchar quejas que más de uno enciende velas para que consigan su propósito de apartarse del destino común y de esta manera facilitar que sus lamentos vayan a otra parte. 

Mientras, los servicios públicos están hechos una auténtica pena, la antes floreciente situación económica de los ciudadanos se ha venido abajo, están de corrupción hasta las cejas, pero los hábiles políticos catafornianos han encontrado la solución: echar la culpa a los demás. Y seguir a lo suyo, eso de la selección de balonvolea.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Español para españoles (21)



Sé que es muy probable que quienes me lean me consideren un desequilibrado, si es que no me tienen por tal desde hace tiempo, pero me preocupa el lenguaje, porque soy de la opinión de que el lenguaje es un buen escaparate del cerebro que está detrás.

A ver, ¿cómo voy a confiar, cómo voy a valorar a un ministro que se expresa como un patán? ¿cómo voy a creerme que alguien tiene conocimiento para sacarnos de la crisis, si no sabe hablar y su discurso está lleno de disparates, tópicos y todo tipo de aberraciones? Hace pocos días vi en el telediario al ministro Montoro y aparte de espantarme con sus mentiras, tan evidentes que todos diputados las han valorado como tales salvo sus cómplices de partido, me ha dejado gramaticalmente apenado tras escucharle eso de “poner en valor” y “como no podía ser de otra manera”, que son de los estribillos más utilizados por los iletrados, hasta Forges tiene chistes sobre el uso de estas frases hechas. ¿pero es que este tipo no fue al colegio cuando niño y en casa sus papás en vez de hablar chamullaban?

No es de extrañar por supuesto que la importación de frases del inglés que mal se traducen sean frecuentes, porque se juntan la manía de hacerse el moderno con el desconocimiento del idioma extranjero del que se pretende hacer ostentación y, naturalmente, de la propia lengua española.

Un ejemplo notable es eso de tienda de conveniencia, traducido directamente de convenience store, cuando da la casualidad de que “convenience” significa “comodidad” y no “conveniencia”, como “confidence” es “confianza” y no “confidencia” y “sensible” es “sensato” y no lo que aparenta, ¿es que no han oído hablar de los falsos amigos?. Hasta los países hispanos se han saltado esa traducción macarrónica y en varios de ellos llaman a esos establecimientos bodegas, mini super y otras denominaciones acertadas.

¿Cuántas veces oímos por televisión y a quienes nos rodean la enternecedora expresión seres queridos?, ¿no es relamido y artificial? Pues sí que lo es, porque se trata de una traslación del inglés loved ones, una expresión completamente innecesaria porque en español tenemos la palabra allegados que significa eso, claro que no era tan moderna ni tan cursi… Lo más curioso es que personas de cierta edad que jamás habían oído o utilizado lo de seres queridos lo han incorporado a su vocabulario con toda naturalidad, sin atragantarse ni ruborizarse al usarlo. 

Hablando de traducciones chapuza, hay un caso que me escuece porque hasta la RAE lo ha aceptado por inevitable y se trata de una auténtica aberración; sé de lo que hablo porque estoy relacionado con la informática desde sus primeros tiempos, cuando el IBM 1401 se consideraba  una joya tecnológica, y en verdad lo era. Me refiero a la palabra justificar utilizada para referirse al ajuste de los márgenes de escritura. Había una traducción lógica y correcta a la expresión inglesa “justified right” (o left) que era “ajustado a la derecha” (o a la izquierda), pero eso era demasiado complicado para algunos cerebros y la palabra justificar pasó a poseer un significado que no tenía nada que ver con el que originalmente le correspondía, ¿qué tiene que ver justificar con ajustar?

Espero que al menos no terminemos celebrando el “4 de julio” o el “Thanksgiving Day” como cosas nuestras y además tan torpemente como todo lo que copiamos. Recuerdo a propósito lo que me contaron unos amigos de Puerto Rico cuando visité aquellas tierras hace años: me relataban que se había dado el caso de algunos puertorriqueños ¡por favor, no digan portorriqueños! poco ilustrados que habían puesto a sus hijos el pintoresco nombre de Guivin, porque tal y como ellos interpretaban el sonido en inglés de “Día de Acción de Gracias”, les parecía que era la celebración del día de San Guivin. Pues para eso mismo vamos, queridos Yéremi, Yónatan, Yénifer…

martes, 13 de noviembre de 2012

Juventud, divino desdoro



Me resistía a escribir sobre un tema demasiado espinoso como es el de la juventud, pero me he dado cuenta de que las posibilidades de que alguno de ellos lea este blog vienen a ser las mismas de que Rita Barberá tome conciencia de su zafiedad y rufianiería e ingrese en un convento como carmelita descalza, así que voy a soltar lo que me apetezca sobre el asunto aunque en la seguridad de que será incompleto, porque el tema da para mucho.

Todo viene a cuento de que ayer un familiar con el que mantengo una afectuosa relación, me pidió que tratase de conseguirle para su hija mayor, de 24 años, el libro Breaking Dawn (Crepúsculo) así, en inglés y en formato electrónico. Traté de complacerle al tiempo que me apenaba comprobar que una joven, a la que considero bastante inteligente, forma parte de esa masa de adolescentes deslumbrados por lo que los medios llaman “una saga” y yo "un folletón intragable" (acepto que no lo he leído, claro, no soy un catavenenos).

De ahí pasé a reflexionar sobre cómo veo yo a la juventud actual, entendiendo arbitrariamente como tal la que va desde los 16 a los 24 años, más o menos. No es nuevo contemplar a las nuevas generaciones desde la distancia de la madurez o la vejez como un conjunto de irresponsables, tampoco es mía la frase “la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo”, pero creo que es muy cierto que las transformaciones sociales que los jóvenes han asimilado han sido vertiginosas y rotundas, principales víctimas de la revolución tecnológica y del espíritu de nuevos ricos que los españoles padecimos hasta llegar a la situación de ruina actual, de la que muchos no han tomado conciencia todavía.

No son especialmente aficionados a la lectura, pero cuando lo hacen se limitan a novelas gráficas o best-sellers y no precisamente a los escritos por Ken Follet o Ruiz Zafón, por poner algún ejemplo. Lo que les importa es poseer el último smartphone, y recibir mediante esos trastos toda la información que a diario digieren, principalmente a través de lo que llaman “redes sociales”.

Hemos tenido un ejemplo de la conducta gregaria actual en los tristes sucesos del Madrid Arena (por cierto que vaya nombrecito, también de importación). Cuando yo andaba por esas franja etaria, había quienes se iban a locales del tipo La Tuna o Consulado en Argüelles para asistir a Jam Sessions en la primera o a la “gran” discoteca segunda, situada a no muchos metros de aquel local, nada que ver con estas aglomeraciones actuales en las que, aparte del comportamiento irresponsable y exclusivamente mercantil de los organizadores de eventos, quienes acuden no ponen reparos a reunirse bajo un mismo techo en número superior a los quince mil, bailando y saltando a un tiempo, ensordecidos por el estruendo ambiental. Bueno, y algunos haciendo otras cosas menos recomendables.

Como experiencia inmediata, hay cerca de mi casa un centro de formación profesional que podríamos clasificar de élite por el tipo de enseñanzas especializadas que imparten. Es habitual que algunos de sus jóvenes alumnos en los ratos libres penetren en el interior de mi urbanización algo prohibido mediante letreros, pero no tenemos guardias de seguridad que lo impidan y ya se sabe: no se respetan normas si no existe castigo severo e inmediato, formando un grupo que se refugia bajo la protección de una cornisa. Allí orinan contra la pared, delante incluso de las compañeras del sexo femenino mientras charlan con ellas y a la vista del vecindario; consumen comidas y bebidas cuyos restos arrojan al suelo sin más contemplaciones y allí proceden al ritual grupal de liarse unos porros que también liquidan con el mayor desparpajo; si tengo la ventana abierta puedo disfrutar de un colocón gratuito. No tengo nada que oponer a esas actividades si les place, pero ¿es mucho pedir que tengan el decoro de hacerlo en sus casas? Y no sirve de nada llamar a la policía municipal, porque ya se sabe que esos perezosos funcionarios están al servicio exclusivo de los munícipes con cargo.

Disponen estos jóvenes de unos medios económicos de los que no podíamos ni soñar antes, aun teniendo en cuenta el cambio de los tiempos y, en muchos de esos casos si no la mayoría, el dinero les ha sido proporcionado por los padres –unos pringaos, ya se sabe– entre otras razones porque el paro juvenil llega al cincuenta por ciento. Me pregunto, ¿alguno de estos angelitos sabe lo que es jugar al parchís o las damas?

Con las debidas excepciones, les da igual quien gobierne o las leyes que se promulguen, pues su hedonismo les impide ver algo más allá de lo inmediato y de lo que no sea pasarlo bien. ¿Solidarios? Puede que algunos, pero el otro día pude comprobar hasta qué punto; un bárbaro golpeó mi coche que estaba aparcado y cuando pedí a un grupo de jóvenes, que se encontraba a menos de dos metros apoyados contra el escaparate de un comercio, que contaran a la policía avisada por mí– lo que habían presenciado, no conseguí arrancarles ni una palabra y sí sonrisas de burla. 

Sé de lo que hablo, porque convivo con un ejemplar de 21 años, que ciertamente es una de las mejores personas que conozco, pero aun así no se libra de la maldición generacional. También tengo sobrinos, hijos de amigos, etc. y si bien eso no me autoriza a emitir generalizaciones, admitamos que tenemos –a través de los medios– suficiente información como para saber sobradamente con quiénes nos jugamos los cuartos.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Forofismo político



No sé si se lo he leído a alguien por algún lado o he sido yo el que lo ha dicho en otro comentario. Da lo mismo, porque no es ningún secreto y cualquiera sabe que se trata de una verdad casi absoluta (sí que existen).  Me refiero a que cuando hay que acudir a depositar el voto en alguna de las convocatorias electorales, una buena mayoría escoge por puro forofismo, igual que escogería a su equipo de fútbol porque es aquel en el que ha depositado sus eternos sentimientos de amor y fidelidad.

Nada de leer el programa con el que un partido político se presenta, nada de repasar con espíritu crítico las últimas hazañas de ese partido, sea desde el gobierno o desde la oposición.

Acepto que todos tenemos sobre más o menos un comportamiento similar, pero en ese “más o menos” radican ciertas diferencias éticas muy importantes y a la vista está el descenso tremendo en el número de votos al PSOE y el escasísimo o nulo desgaste en los del PP. Todos damos por sentado que los que votan a los partidos cercanos a nuestros ideales son inteligentes y despiertos, lo contrario a los que apoyan a esos partidos tan lejanos a nuestro sentir, pero… hay más verdad de la que parece en ese supuesto contemplado desde la izquierda y en sus consecuencias; los votantes de derechas no castigan la corrupción, la ineptitud y la indecencia en sus políticos. Estamos en desventaja y por eso el PP ganó las elecciones generales con mayoría absoluta con menos de un 1% de incremento en sus votantes, mientras que el PSOE perdió casi un 40% de ellos y se hundió. Se trata de cifras comprobables. En las elecciones gallegas, el PP ha sacado 3 escaños más que en las anteriores, pese a un descenso significativo en los votos conseguidos, ¿seguimos jugando a la abstención?

Llevamos días oyendo a los mandamases del partido en el gobierno decir que sus medidas restrictivas están avaladas por el respaldo que le han dado en las recientes elecciones gallegas, lo que implica la presunción –no se lo creen ni ellos– de que todos nos identificamos con el sentir de los gallegos y me temo que no es así –yo desde luego, no soy ni me siento gallego–, allí el incalificable Mario Conde ha conseguido casi 16.000 votos, ¿cómo puede ser que nadie quiera que ese indeseable le represente? Hay más descerebrados de lo que nos imaginamos, en todas partes.

Y estamos condenados a que siempre nos gobierne el PP, porque los votantes de izquierda poseen –lo siento, pero los hechos cantan– un espíritu crítico que los de derecha ni olfatean, por eso se castiga merecidamente al PSOE por tantas mentiras, por tantas torpezas a las que nos ha sometido cuando gobernaba. Desde aquella entrada vergonzante en la OTAN después de años diciendo lo contrario, al incumplimiento de las medidas respecto a la iglesia que incluían en su programa de 2008, hay una larga lista de falsedades, engaños y complicidades con quien no correspondía…

El resultado está a la vista: no solamente tenemos al PP con casi tanto poder en sus manos como el que tenía su añorado caudillo en sus mejores tiempos, sino que esto no tiene trazas de acabar nunca, pues el PP conserva su mayoría en la intención de los votantes –es decir, de los que piensan seguir votando– aunque nos estén masacrando con sus políticas.

¿Cuál es la solución, el 15-M, el 25-S? Pues mientras que eso no cristalice en algo concreto –y me temo que nunca lo hagan– seguiremos igual. Y a ver quién puede en el futuro dar marcha atrás a –por ejemplo– las numerosas privatizaciones que están llevando a cabo entregando todo a sus amiguetes. Un recorte puede enmendarse, pero una privatización o una ley –no digamos si es orgánica tiene difícil remedio.

Hay que castigar al PSOE, cierto, pero eso me recuerda aquello de que se fastidie el sargento, que hoy no como rancho. Yo diría que hay que votar a algún partido de izquierdas, el que sea, aunque no sintamos gran entusiasmo por él, pero en contra de lo que piensan quienes se quedan en casa los días de elecciones, esta actitud pasiva equivale –ya lo ven– a un apoyo explícito a quienes quieren eliminarnos del mapa.

¿Por qué ese rechazo generalizado al PSOE y ese apoyo más generalizado todavía al PP? Lo digo porque quienes sostienen que PP y PSOE son la misma cosa están equivocados. Los del PSOE han traicionado a sus votantes muchas veces, demasiadas, pero el PP no necesita ni traicionarnos, les basta ser fieles a su falta de principios y tirar adelante con sus adeptos. Recuerden, la derecha nunca se queda en casa cuando hay elecciones, son –ya lo dicen– inasequibles al desaliento.

*En la foto, E.Aguirre en postura mosaica mostrando las tablas de la ley del "donde dije digo...". 

martes, 30 de octubre de 2012

¡Halloween! (Jalo...¿qué?)



Por supuesto esto no es más que una cuestión muy personal, porque no simpatizo con la "colonización cultural”, pero me gustaría que alguien me convenciese de que mi rechazo no está justificado.

Me estoy refiriendo a esa fiestecita llamada Halloween que se nos ha metido en las entretelas de nuestras tradiciones gracias a la debilidad con que aceptamos todo lo que viene del mundo anglosajón y la facilidad con que permitimos que nuestros hijos lo adopten como si fueran usos que ya practicara Don Pelayo.

Para empezar, se trata de una fiesta que no tiene nada que ver con nuestras costumbres –iba a decir cultura, qué iluso–  y como suele ocurrir, lo hacemos siguiendo puntada a puntada lo que se hace en los EE.UU.; pero mal. Padres y abuelos inducen a sus retoños a disfrazarse y repetir como cotorras lo de truco o trato convencidos de que con eso contribuyen a su felicidad y que se trata sólo de una muestra de modernidad que no hace ningún daño, nadie se para a pensar que se está contribuyendo a idiotizar a las siguientes generaciones y a que en el futuro fijen su meta principal en consumir todo lo que se les ponga por delante, que al paso que vamos no será mucho.

Ahí tenemos la famosa frase “truco o trato” que se supone que los tiernos y aleccionados infantes repiten al llamar a una casa para pedir golosinas, ¿alguien le encuentra alguna lógica a la gracieja?, ¿alguien cree que significa lo que pretende? Esa expresión no es más que la traducción directa hecha por un descerebrado de su original “trick or treat”. Si usted coge un diccionario y toma la primera acepción que encuentre para cada palabra, la traducción total resultará ser eso de “truco o trato”, pero si consulta con alguien que hable inglés correctamente o con un norteamericano que sepa expresarse en español, le explicará que “trick” ademas de "truco" es también “broma, travesura, (mala) faena, diablura…” que es lo aplicable en este caso. En cuanto a “treat” es aún peor: lo inmediato es pensar que significa “trato”, pero ese hablante de inglés o ese norteamericano al que me refería, le aclarará que coloquialmente también es “chuchería, golosina…”. De esta manera, los infantiles extorsionadores conquistados por los usos de los paisanos de John Dillinger, lo que en realidad tendrían que decir sería algo así como “travesura o chuches”, nada que ver con lo que estamos acostumbrados a ver y oír. Claro está que eso impediría el alarde de modernidad que supone poder escribir “truko o trato” (lo he visto en un supermercado), porque ya se sabe que el empleo de la “k” mola mazo.

La travesura con la que los americanitos amenazan a sus vecinos parece ser que va desde tirar unos huevos más o menos podridos contra la casa del que se niega a la donación, a medidas más radicales como romper o ensuciar alguna parte de la casa que esté al alcance de los extorsionadores. Hablamos básicamente de esas casitas con la cerca blanca de madera que, según parece, tanto abundan en las ciudades americanas.

Otro asunto: ¿piensan que alguno de los niños que aquí se disfrazan para dar la lata la noche del 31 de octubre –y en muchos casos, equivocadamente, el día 1– sabe lo que es una calabaza o la ha visto alguna vez en la vida real?, ¿cabe mayor espanto que esas calabazas de plástico que venden en cualquier comercio? Vale... no permitamos que la realidad estropee una tontería de importación, al fin y al cabo anima el comercio por estas fechas. 

En cualquier caso y digan lo que digan, si algún angelito se atreve a llamar a mi puerta y soltar eso de “truco o trato”, lo que seguro que se lleva es un capón, algo que no contemplan las alternativas que ofrecen.

Digo yo, ¿de verdad nuestros hijos o nietos precisan esa clase de mamarrachadas?

viernes, 26 de octubre de 2012

Los ejércitos


Ni siquiera cuando era un niño pequeño pasó por mi cabeza la idea de ser militar, bombero, policía o alguna de esas profesiones que suelen entusiasmar a los tiernos infantes, pero desde que soy adulto tengo muy claro la necesidad y el papel que deben desempeñar estas instituciones en una sociedad debidamente estructurada.

Se ha puesto de moda desde hace algún tiempo entre ciertos ácratas de salón o botellón abominar de los ejércitos, protestar por los gastos que requieren y pedir su desaparición, algo que cualquiera suscribiría si fuese una iniciativa puesta en práctica por todos los países del mundo de manera simultánea, pero lamentablemente se trata de una posibilidad que ni siquiera llega a la categoría de utopía.

Estos desinformados pacifistas deberían echar un vistazo a ese experimento de un nuevo tipo de sociedad que fueron los EE.UU. en su fundación como nación allá por 1776. Habían llegado desde Europa emigrantes de todos sus países, que huyeron hartos del mundo en el que habían estado viviendo hasta entonces. Por eso en aquel territorio hubo intentos de implantar desde el socialismo utópico hasta una sociedad sin estado, desde el más puro liberalismo a la organización social en comunas y hasta una nueva religión basada en el cristianismo del que casi todos procedían, pero libre de la corrupción y la maldad de las iglesias que estaban instaladas por el viejo continente. Lógicamente también hubo quienes propusieron la desaparición del ejército como tal y admitían, si acaso, mantener unas milicias civiles para defenderse –decían– de improbables agresiones exteriores, puesto que el no-intervencionismo iba a ser una constante a mantener por la nueva nación.

No hace falta decir en qué quedó todo aquello y más concretamente en lo referente al ejército: desde hace décadas EE.UU. posee el ejército más poderoso de la historia y sus intervenciones en otros países actuando como aparente gendarme mundial, o descaradamente en su propio provecho, son constantes desde hace más de cien años. Teniendo en cuenta la condición humana, no es posible un país respetado si no está respaldado por unas fuerzas armadas aceptablemente potentes. Es más, si la población del planeta consume masivamente ese mejunje empalagoso llamado Coca-Cola, es consecuencia directa de la potencia del ejército norteamericano.

El perfil de los estados que no poseen ejército es el de pequeños territorios o islas, casi siempre paraísos fiscales, tutelados por alguna potencia que casi inevitablemente son los EE.UU. Hasta donde yo recuerdo sólo un país de cierta extensión territorial ha abolido el ejército, Costa Rica, y eso a costa de reforzar sus fuerzas policiales y sin duda contando también con la protección de los EE.UU. en caso de necesidad. No puedo evitar la carcajada cuando oigo decir al actual presidente de la generalitat catalana que, cuando consigan la independencia, renunciarán a tener ejército. No es que no vaya a ser así, que por supuesto que no, es que ni siquiera es cierto que en ningún momento haya sido esa su intención.

España no es un país militarista ni agresivo, pero es evidente que su situación geográfica no es precisamente tranquilizadora, de ahí que en un momento u otro de la historia hayamos sido invadidos por todos aquellos que no encontraban nada mejor que hacer. Desde los vikingos, que llegaron a arrasar Sevilla y buena parte de las poblaciones costeras gallegas, a los últimos invasores árabes, hemos sido víctimas de las apetencias de quienes militarmente eran más fuertes y osados.

Recordemos que cada vez que España se ha mostrado vulnerable, otros han aprovechado el momento para sacar provecho y además han sido rápidos y contundentes. Desde la toma de Gibraltar por los ingleses durante la Guerra de Sucesión, hasta el apoderamiento del Sahara por Marruecos aprovechando la parálisis política motivada por la agonía del dictador en 1975. Por cierto que es significativo comparar los casos de Gibraltar&Malvinas, Hong-Kong y Macao (mejor no acordarse de Goa), que responden a la capacidad militar de los países reclamantes y de los reclamados. Gibraltar&Malvinas siguen en manos británicas y no creo que ninguno de los que ahora habitamos este planeta lleguemos a ver un cambio significativo en sus status, aunque la ONU los tenga actualmente clasificados como territorios a descolonizar. Hong-Kong fue objeto de largas negociaciones entre el Reino Unido y China, ambas grandes potencias, pero en el caso del Reino Unido en plena decadencia mientras que, por el contrario, China en claro y rápido ascenso, así que irremisiblemente se optó por descolonizar. En cuanto a Macao, China prácticamente se limitó a comunicar a Portugal cómo y cuándo tenía que efectuarse la devolución; y punto. 

Hay quienes argumentan que si una gran potencia decide atacarnos, nuestro ejército no podría hacer frente a esta contingencia y que de poco valdrían las tropas y materiales de que disponemos; todo eso es cierto, pero es que el peligro grave para nuestro país vendría desde el sur y es para eso para lo que debemos estar preparados, porque no hay que contar con la hipotética ayuda de nuestros “aliados”. Observemos también el porcentaje del PIB que España dedica a defensa, uno de los más bajos de los países de nuestro entorno. La “pacífica” Suiza, puede poner en pie de guerra 200.000 soldados perfectamente equipados y motivados sin demora alguna; España no llega ni a la tercera parte de esa cifra en su ejército profesional y no quiero ni imaginar lo que ocurriría si hubiera que acudir de nuevo al reclutamiento forzoso.

Nadie puede negar que produce dolor ver que tantas necesidades de la población quedan sin atender, mientras sabemos que el coste de un solo caza o un carro de combate bastaría para cubrir muchos de los servicios que se niegan a los ciudadanos, más aún si cabe cuando sabemos que esos trastos terminarán siendo chatarra en unos años precisando de nuevo su sustitución; pero pensemos que precisamente la posesión de esos artefactos es lo que evita tener que utilizarlos. ¿Hace falta que recuerde aquello de Si vis pacem…?

viernes, 19 de octubre de 2012

¡Qué más da!



No llevo la cuenta de cuántas veces he oído o leído una frase que en cualquiera de sus variantes viene a decir “Si los demás me entienden, para qué voy a preocuparme de conocer la ortografía, la gramática o el propio vocabulario de mi idioma”, olvidando que también los simios se entienden unos a otros con unos pocos sonidos, porque no precisan transmitir ninguna idea. Iba a decir que el lenguaje ha caído en el más profundo de los desprecios, pero sé que no es eso, lo que ha caído en el más absoluto desinterés es el deseo de conocer, de manejar con soltura los rudimentos de nuestra gramática que, al menos en teoría, aprendimos en el colegio. Hoy en día lo que importa es saber manejar el iPhone o cualquier otro aparatito de moda y poquito más. Por descontado, hay que formar parte de eso que llaman “redes sociales”, donde abundan todo tipo de memeces cuyos autores son lógicamente un alarde de banalidad e ignorancia.

Ya he dicho en otra entrada que leí una vez, dicho por un estudioso de la materia,  que el lenguaje de los pastores –esos que ya casi no existen– no solía llegar a las mil palabras y que rara vez superaba las setecientas u ochocientas. ¿Cuál es hoy el bagaje de la mayoría de los jóvenes y de muchos que no lo son tanto? Yo diría que la cifra está por ahí o poco más, por eso son incapaces de comunicarse y su conversación está plagada de imágenes como eso de “mover ficha”, “pasar página”, “pistoletazo de salida”, "la prueba del algodón", "ponerse las pilas"… imágenes todas ellas difundidas por los medios de comunicación, que a su vez están repletos de supuestos profesionales que no saben ni hablar. De ahí que, por ejemplo, los adjetivos aplicables a TODO sean casi siempre complicado e importante. Si se habla del tiempo, se dice que los próximos días van a ser complicados y que las precipitaciones serán importantes. Si se trata del tráfico, se prevé que habrá retenciones importantes y que desplazarse será complicado. Si habla el corresponsal en cualquier país con conflicto bélico, ya se sabe que la situación es complicada y que ha habido enfrentamientos importantes. Si la noticia es acerca de la actualidad económica del país, afirmarán que es complicada¿sigo? Como diría cualquiera de esos asnos que tanto abundan: el hecho es que se entiende, ¿no?

Hagan la prueba de prestar atención a cualquier noticiario de televisión o a la charla de quienes le rodean y verá que han desaparecido adjetivos como pavoroso, terrible, grandioso, enorme, admirable, magnífico, copioso, conflictivo, violento, etc. etc. Cualquiera le dirá que salirse de aquel repertorio de dos o tres adjetivos es simplemente una muestra de pedantería.

Moléstense en mirar los comentarios que acompañan a las noticias en los diarios digitales: produce espanto la colección de disparates gramaticales o faltas de ortografía de la mayoría. Y atrévase a mandar un comentario señalando esas faltas, conseguirá que quienes discutían entre sí a través de esos comentarios se unan para insultarle por ocuparse de asuntos que no tienen la menor importancia, ¡habrase visto!

No hay nada que hacer, es batalla perdida. El sistema educativo español abandonó hace bastantes años la enseñanza del lenguaje y de casi todo– así que hoy son mayoría quienes ignoran lo que dicen y lo que escriben y para colmo se ufanan de ello. Y no puedo olvidarme de esos zoquetes que se piensan el colmo de la modernidad porque han sustituido la letra “q” y la “c” con sonido fuerte por la “k”, cuando no se empeñan en escribir donde sea y lo que sea como si de un SMS se tratara…

domingo, 23 de septiembre de 2012

Nuestros políticos, nuestros ciudadanos



No es una moda, porque en realidad es una costumbre implantada entre los españoles desde tiempo inmemorial –aquello de ¡qué buen vasallo si hubiese buen señor! – salvando quizás momentos históricos excepcionales. Se trata de la descalificación de los políticos por el simple hecho de serlo; no se arremete contra tal o cual de ellos por su actuación, sino que la conducta de uno u otro produce el desprecio hacia la clase política en su totalidad y es una de esas valoraciones que si en un principio no era verdadera al cien por cien, su reiteración termina haciéndola cierta, porque verdaderamente hay que ser muy tonto –o heroico– para dedicarse a una actividad que supone entrar automáticamente en el estamento de los más despreciables y despreciados del país. Naturalmente, quienes más valen, suelen huir de la política como del fuego, porque no resulta muy atractivo entrar en un círculo al que acompaña el desprestigio y que en sí no supone enriquecimiento, salvo que uno posea escasos reparos a la corrupción y la prevaricación y tenga muy claro cómo enriquecerse, como Eduardo Zaplana. Hay excepciones, pero muy pocas, y éste es el método de selección natural que termina imponiéndose. 

Nadie se para a pensar que si los políticos son como son, es porque los ciudadanos somos como somos o, dicho de otra forma, la escasa afición de los españoles por los conceptos abstractos (honradez, justicia, rectitud) hace que cuando un político comete un delito no sea señalado de inmediato con reprobación por cada ciudadano, salvo que ese político milite en el bando contrario. De ahí la inmunidad de tantos presidentes de comunidad, de alcaldes, de cargos de relevancia. Lo malo no es que se corrompan, cualquier ser humano puede ser tentado, es cuestión de precio; lo terrible es que las leyes no actúen de inmediato contra los corruptos, y que la sociedad al completo no les señale sean del partido que sean, ni se les aplique un castigo ejemplar.

Observemos el actual gobierno del PP. El presidente, Mariano Rajoy, ese personaje de ojillos extraviados y pronunciación alienígena, pasará a la historia por ser el mayor mentiroso de cuantos en la historia de España han llegado a ocupar ese cargo, lo que resulta doblemente desvergonzado, pues ahora contamos con las videotecas que dejan testimonio imborrable de esa trayectoria de farsante. Leer el programa con el que se presentó a las elecciones y lo realizado en estos nueve meses de gobierno puede dañar la salud, mucho más que el tabaco. Para colmo, hace más de 30 años que es titular del Registro de la Propiedad de Santa Pola (Alicante), cargo supuestamente incompatible con su actividad política y que se calcula le ha proporcionado hasta la fecha unas ganancias superiores a los 20 millones de euros. Llamativo es aquello de las rayas rojas en sanidad y educación que nunca se traspasarían y que por el contrario ha mostrado especial entusiasmo en pisotear y ultratraspasar. Era aquel hombre que decía tener la solución a la crisis y lo increíble es que hubo muchos que le creyeron. Resulta que lo único que debe tener es el número de móvil de Angela Merkel.

Qué decir de sus ministros. La vicepresidenta, ministra de la Presidencia y portavoz del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, posee un currículum del que cabe destacar su afición a los puestos en la administración pública, algo muy común en políticos del PP, su empeño en buscar un buen trabajo a su marido –nada menos que en Telefónica, ese nidito de amor de los amigos del partido– y el posado para una cuantas fotos publicadas por El Mundo, vistiendo una especie de camisón, en lo que se supone que era una manifestación de sensualidad. Desempeña su trabajo con un fanatismo en el que no hay asomo de equilibrio y se ríe bobamente cuando le recuerdan las barbaridades que decía en sus tiempos de la oposición.

Tenemos a José Ignacio Wert, ministro de Educación, Cultura y Deporte. No tengo noticias sobre su actividad y conocimientos deportivos, pero su desconocimiento acerca de la Educación –en todas sus facetas– es llamativo y notorio, no posee modales y parece empeñado en acabar con colegios, universidades y manifestaciones culturales del tipo que sean. Su mayor éxito ha sido colocar a su esposa como tertuliana en TVE (antes lo era en Intereconomía), aprovechando la cantidad de despedidos por no ser afines. En cuanto a la Cultura, su propio papel como tertuliano en la televisión ya dejó al descubierto las grandísimas carencias de este personaje.

La lenguaraz ministra de Trabajo, Fátima Báñez, aparte de mostrar una ignorancia llamativa en todas sus intervenciones públicas y que lo más cerca que ha estado en toda su vida de trabajar ha sido como consejera de la radiotelevisión andaluza, ha llegado al extremo de encomendar a la vírgen del Rocío la salida de la crisis en la que estamos inmersos. No parece que los resultados animen a ir a la romería en agradecimiento…

Tenemos la suerte de contar con Ana Mato como ministra de Sanidad, cuyo apellido –un presente de indicativoya adelanta su intención hacia los españoles y el propósito de despojarnos a todos de la sanidad pública que tanto costó montar. Su ignorancia y frescura se hacen notorios en sus ruedas de prensa y ya antes de ocupar el cargo alcanzó cierta fama al afirmar, cuando su marido de entonces estaba envuelto en la trama Gürtel, que nunca se había dado cuenta de que en “su” garaje había un automóvil marca Jaguar, regalo precisamente de los cabecillas de esta trama. Javier Marías la califica de “pava”, pero yo preferiría no ofender a los animales domésticos y si hay que limitarse al reino animal llamarla como se merece, ese otro espécimen no doméstico que es el terror de las gallinas.

Podemos estar orgullosos de nuestro ministro de Economía y Competitividad, Luis de Guindos, director que fue para España de Lehman Brothers, ese banco con buena parte de la responsabilidad de la crisis mundial; un incompetente que en 2008 afirmaba que lo sucedido en EE.UU. no repercutiría en la economía española. Todo un profeta, a pesar de que estaba en un observatorio inmejorable. Bien es cierto que su aspecto de tosco rufián no impulsa a esperar grandes cosas de él.
En fin, la falta de espacio me impide extenderme sobre los méritos de Alberto Ruiz Gallardón, ministro de Justicia (?), ese beato integrista y trepa descarado; de Miguel Arias Cañete, ministro de Agricultura, cargo muy adecuado puesto que pertenece a una familia de terratenientes andaluces; José Manuel Soria, ministro de Industria, Energía y Turismo (un "vaina" según Javier Marías) al que no se le ocurre nada mejor para inducir a los españoles a practicar sólamente turismo nacional que decir que "en el extranjero hay mosquitos", etc., pero no quiero omitir un pequeño detalle sobre Dolores Cospedal, que aunque no ocupa cargo en el gobierno de la nación está presente permanentemente en los medios por ser la segunda cabeza visible del PP, presidente de Castilla-La Mancha y una de las mayores defensoras de los recortes, la austeridad y la desaparición del estado de mini-bienestar que disfrutábamos. En sus consejos de gobierno, y reuniones de cualquier tipo (poseo más fotos que la de arriba), se consume agua mineral Numen, un producto de lujo con un precio de 4,53€ la botella de litro, algo sin importancia para quien posee una mansión valorada en 2,3 millones de euros en Marbella. Un agua (www.aguanumen.com) que se promociona con párrafos como “se ha creado para satisfacer a las personas que valoran los pequeños placeres de la vida y disfrutan con la combinación del lujo y la salud” y que en su presentación en sociedad en diciembre pasado, obsequió a los numerosos vips invitados con viajes en globo entre otras cosas, supongo que por proporcionar la única experiencia vital que a algunos podía faltarle.