domingo, 29 de diciembre de 2013

Jugar con muñecas

He visto estos días en la prensa un artículo –feminista militante, por supuesto– en el que se afirmaba con rotundidad que las niñas ya no querían jugar con muñecas y que lo adecuado era darles juguetes de otro tipo, tales como cascos de mineros o cinturones para herramientas, desterrando por vejatorias todas las muñecas y elementos que las suelen acompañar.

Cuando mis hijas eran pequeñas, yo tuve una idea algo parecida y por eso les puse por reyes desde una carabina Winchester que disparaba ventosas hasta una caja de herramientas con alicates, destornilladores y todo esos instrumentos de verdad, pero ni de lejos se me ocurrió hacerles prescindir de las muñecas que también me parecían apropiadas para ellas, porque una cosa es que las mujeres deban ser iguales en derechos, pero iguales –a secas, como pretenden algunas– ni hablar.

Cuando yo era niño, digamos desde los 8 a los 12 años, casi convivía con una prima hermana siete años mayor que yo. Ni a ella, ni a mí, ni a mi hermana año y medio menor que yo, nos parecía inadecuado jugar al tejo o a los indios, y a ratos tanto mi prima como mi hermana jugaban juntas a las muñecas; ahí sí que yo me retiraba quizás para jugar con amigos en un estilo más violento. ¿Pueden imaginarse actualmente a una niña de –pongamos– 17 años jugar al tejo? Yo diría que se indignaría desde su indiscutida madurez y se largaría a mandar whatsapps, hacer botellón o ir a la disco, actividades mucho más apropiadas, sensatas y trascendentes que eso de jugar al tejo. Para colmo el tejo es gratis, a ver qué gracia tiene eso.

Hay que tener mucho cuidado cuando se habla de estos asuntos, porque es normal que alguna fanática se arroje al cuello de uno con intenciones asesinas y total convencimiento de que si me elimina, elimina a un enemigo de la humanidad (al menos de su facción femeninamente fanática). Sé que me la juego.

Pero vamos a ver, ¿es que todo el mundo se ha vuelto loco?, ¿por qué traspasan a niños lo que es claramente una cuestión de adultos ya maduros?, ¿será verdad eso de que intentamos realizarnos en ellos, aunque sea al precio de privarles de infancia?, ¿qué prisa hay de que en vez de comportarse como niños normales lo hagan como adultos imposibles?

En el caso del sexo femenino se tropieza con la labor de una serie de enloquecidas feministas deseosas de conseguir que las niñas militen en su histérico posicionamiento, al igual que en África existen esos niños a los que se hace soldados y que actúan con mayor crueldad que sus mayores. Y no es lo único, el mayor mérito de estas activistas es destrozar nuestro idioma para que finalmente sólo queden unos despojos que puedan ser fácilmente digeridos por otras lenguas invasivas.

En otro artículo ese mismo día se trataba acerca de los llamados libros de estilo que han dado en publicar todo tipo de organismos y entidades, desde periódicos a sindicatos, desde gobiernos autonómicos a grandes empresas. Lo más gracioso es que en las instrucciones para el uso de esos libros es normal que se usen los genéricos sin separar masculino y femenino como después aleccionan en el contenido. Lo peor es que estos libros están normalmente escritos por seres totalmente ajenos a la lengua y la gramática, iletrados absolutos, y disponen sobre la materia tan peligrosamente como un mono que jugara con una bomba. Así se entiende que haya quienes sugieran que cada vez que un sustantivo termine con la letra o se sustituya por el signo @ –niñ@, ciudadan@, etc.–, pasando por alto que eso no es una letra y que llevamos siglos utilizando el alfabeto que ahora ellos pretenden cargarse con la mayor alegría e irresponsabilidad del mundo.

Había incluso quien encontraba cierta masculinidad en la palabra juez (¿la z quizá?) y por lo tanto sostenía que cuando se tratara de una mujer se usara necesariamente jueza (¿por qué no también juezo y abandonamos la original por obsoleta?). No quiero caer en la repetición de tópicos, pero me veo obligado a recordar que ni un solo hombre ha propuesto jamás que se diga o escriba policío, dentisto, víctimo, oportunisto, periodisto, etc. cuando hagan referencia a varones. Continuaban en el texto los desatinos diciendo –por ejemplo– que en vez de los habitantes de Soria debería decirse las personas que habitan en Soria, para evitar ese artículo masculino que al parecer ofende a muchos-muchas (personas es femenino, que es de lo que se trata). Claro que después de lo de miembras que proponía aquella ministra que combinaba analfabetismo con feminismo, qué cabe decir. Pena de bozales…

¿Conocen el caso de las fiestas de Irún llamadas “El alarde”? Bueno, ya hablaré sobre eso otro día.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Un cambio de sentido

Lo que voy a contar es real como la vida misma, pero para evitarme esfuerzo dejaré que cada uno le busque, si quiere, la similitud que considere oportuno con la actualidad española.

Vivo en una calle relativamente corta, apenas 150 metros y mi casa está en un extremo de ella, concretamente por el que se entra en la calle desde otra vía principal. Tanto los que en mi casa vivimos como los que se encuentran en la de al lado debemos soportar la incomodidad de que para ir a la vía principal a la que debemos dirigirnos para ir casi a cualquier lugar debemos dar una vuelta completa a la manzana, con varios pasos de cebra, intersecciones y otras dificultades que hacen perder unos minutos en cada salida en coche.

El caso es que los vecinos de la casa de al lado –como la mía, de diez viviendas– aprovecharon hace años una junta de su comunidad para plantear quiénes entre ellos estaban a favor de solicitar al ayuntamiento un cambio en el sentido de circulación de la calle y el resultado fue positivo por mayoría –que no unanimidad– de los que en esa casa moraban, así que formularon esta petición a la junta municipal apoyándose además en que, según cuentan, antes de ser totalmente edificada la calle –allá por 1969– tenía el sentido que ellos pretendían imponer a todos los demás. Y digo imponer porque lo que para estos vecinos era una ventaja quizás no lo era tanto para los del extremo opuesto de la calle.

Sin más recabar el acuerdo de todos los que habitaban la misma vía, solicitaron del ayuntamiento que llevara a cabo este cambio. Olvidaban que nuestro ayuntamiento tiene por uso y costumbre no escuchar ni atender las peticiones de los ciudadanos y en este caso se daba la carambola de que resultaba lo apropiado, pues hubiera sido un atropello que el capricho de unos –aun en el supuesto de que hubieran contado con una argumentación válida– impusiera una medida a otros vecinos de la misma calle que sólo hubieran sido espectadores en el proceso.

Afortunadamente, nadie había hecho de la cuestión un asunto fundamental en su vida, así que pronto se olvidó y seguimos como siempre, es decir, con el mismo sentido circulatorio y cada día más baches. Por suerte no había líderes dispuestos a provocar una yihad por este asunto del cambio.

Si alguien se hubiera obsesionado con el cambio de sentido, quizás hubiera propuesto una consulta con dos preguntas:

1) ¿Cree que nuestra calle es una vía con circulación frecuente de vehículos?

2) En caso de respuesta positiva, ¿querría que se cambiara el sentido de circulación de la calle? 

Pero me da la sensación de que una consulta realmente democrática, supondría tener en cuenta el parecer de todos los que vivimos en la misma calle y posiblemente las contiguas y además no marear la perdiz con el truco de las dos preguntas.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Aborrezco la Navidad

No se trata de una cuestión religiosa, sino de que cada año al acercarse estas fechas el desagrado que siento es mayor, mayor la depresión que me invade y mayor el deseo de marcharme a algún país en el que esto de la Navidad no penetre inevitablemente (¿el Tibet, Mongolia Exterior, quizás?)

Nunca me han entusiasmado estas celebraciones en las que necesariamente hay que seguir el dictado de lo que se considera normal, y por eso quizás detesto las fiestas locales, el día de-lo-que-sea, y por descontado esa ración enorme, ese empacho llamado navidades.

Tenía exactamente 14 años cuando al director de mi colegio le dio por convocar un ejercicio simultáneo de todo el colegio, que consistió en una redacción sobre el día de la madre, que entonces se celebraba en diciembre (creo que el día 8) y que con posterioridad fue trasladado a mayo porque así se evitaba la cercanía de navidades, y además a los comerciantes les conviene espaciar algo las compulsiones a comprar para que dé tiempo a reponerse el bolsillo y la avidez por el consumo. Ya se sabe, son los comerciantes los que deciden cuándo hay que emocionarse al pensar en la madre propia.

Hice mi redacción y el resultado fue que el director me convocó a su presencia y no precisamente para premiarme. En su despacho y de manera solemne me reprochó mi materialismo y mi descreimiento –ya se me veía venir– porque mi redacción había consistido en un ejercicio de protesta contra una celebración que yo consideraba mercantilizada y patrocinada por Galerías Preciados, que era la que entonces llevaba la batuta de todo este tinglado.

No fue un encuentro muy desagradable porque aquel hombre era buena persona –aunque con un carácter tremendo– y ya en una ocasión yo le había ganado al ajedrez un día en que faltó el profesor y él lo sustituyó con su persona y una improvisada competición de ese juego entre algún alumno voluntario –yo– y él mismo. Existía una especie de respeto mutuo.

El paso del tiempo no ha mejorado mis malísimos deseos hacia estas fiestas y desde luego que las circunstancias personales no han ayudado a hacerme cambiar. Cuando niño además la cosa era bastante diferente, pues primaba la parte familiar y religiosa sobre ese imperio del gasto y el regalo que es ahora y eso hacía que la aceptación fuera más fácil.

No puedo evitar sentir envidia de esos años del siglo XVII en que la celebración de la Navidad fue prohibida en Inglaterra y aquellos primitivos EE.UU. por considerarla frívola. Si aquella gente no se hubiera acobardado y aceptado su restauración, ahora la segunda quincena de diciembre sería una época de tranquilidad, reposo y contemplación, nada que ver con la desagradable realidad actual.

viernes, 20 de diciembre de 2013

El mundo contra España (se van a enterar)

No hace falta que recuerde los hechos del quinquenio más terrible y agresivo del que yo tengo memoria –y ya cumplí unos años–, sabemos que al abrir el periódico vamos a encontrarnos inevitablemente con noticias desagradables y más todavía desde que el actual equipo de salvadores de este gobierno se hizo cargo de la tarea prometiendo poner orden.

No hay día en que no sepamos del hundimiento de algún banco –pillando en el derrumbre a nuestro dinero–, la quiebra de alguna gran empresa que creíamos a salvo de vaivenes, bajadas salariales de sectores completos, congelación de pensiones –subidas del 0,25% lo llama el PP–, subida del gas y electricidad, eliminación de beneficios sociales, éxito arrollador del libro de Belén Esteban, etc. No hay nada fuera del alcance de esta catástrofe sin precedentes, y los españoles hemos dado prueba de ser los más mansurrones del mundo occidental, parece que nada nos hará reaccionar violentamente –el único lenguaje que algunos entienden– ante tanto atropello, casi un genocidio. 

El gobierno continúa tirando de dinero del Fondo de Reserva de las pensiones y a finales de diciembre sacó 5.000 millones para pagar la extra de los pensionistas, el 20 de diciembre han sido otros 428 –una fruslería– y van en total 23.631 millones sisados desde que ocuparon el poder. Conviene recordar que Zapatero congeló una vez las pensiones para no verse obligado a retirar 1.000 millones de ese fondo, nada que ver con la alegría con que estos malhechores meten mano en la caja, algo que para ellos es normal porque les es familiar ese modo de actuar.

Hemos permitido sin pestañear que el gobierno entregue más de 60.000 millones a la banca para su recuperación al tiempo que aseguraba que a los ciudadanos no nos costaría un duro –palabra de Rajoy– y acabamos de saber que de los 9.000 millones entregados a Novagalicia Banco ya se dan por perdidos más de 8.000. Nada de esto nos hace perder la calma, nada de esto pone límite a nuestra cobardía y ahí tenemos a las encuestas que nos dicen –¡vivan las caenas!– que una gran mayoría de los que les votaron en las últimas elecciones volvería a dar su voto al PP.

Sin embargo puedo ver que al fin vamos a poner límite a tanto abuso: la UE se ha atrevido a atacar a lo que consideramos más sagrado, el fútbol, y ahí tenemos a los directivos de varios clubs encabezados por el Barcelona y el Real Madrid afirmando sin rubor que todo esto no es más que una confabulación contra España (y Cataluña) y los españoles (y catalanes). Que todos hayamos podido ver desde hace muchísimos años que se les consiente a los clubes de fútbol todo tipo de fechorías económicas, que se les permiten deudas escandalosas con la seguridad social y Hacienda, que a la vista de todos realicen operaciones urbanísticas que avergonzarían hasta a la Cosa Nostra, no importa; se trata del fútbol y el fútbol está más blindado a la hora de presentar cuentas que el propio rey. Estos canallas de la UE encabezados por ese mal español llamado Almunia –¡vasco tenía que ser!– no saben lo que se van a encontrar, pues por esta causa estamos dispuestos a derramar hasta la última gota de sangre.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Incongruencias

Una de las ventajas de hacerse mayor es que se ven las cosas con mejor perspectiva –al tiempo que se pierde vista– y lo que a uno le mortificaba cuando era más joven es contemplado con mayor estoicismo o, por decirlo llanamente, se pasa. La sangre ya no hierve como antes y es posible observar los acontecimientos con cierta ironía y hasta indiferencia, porque en resumidas cuentas, se es más inteligente, se sabe que no se puede cambiar la realidad.

Esto es lo que suele ocurrir, pero tengo la mala suerte de que nada de esto se cumple en mi caso, pues cada día soporto peor la estupidez generalizada y percibir eso me hace pensar que no me he vuelto más templado con la edad o que los años no pasan por mí (y sí que pasan, caramba).

¿Cuál es el idioma que se habla en España y que debería servir para que nos entendamos los unos y los otros?: ¡premio!, es el llamado por unos español y por otros castellano, me da lo mismo. Entonces, ¿por qué tenemos que estar sujetos al capricho y chantaje de las lenguas no comunes y decir y escribir Girona (pronúnciese yirona) en vez de Gerona?, ¿desde cuándo en nuestra lengua la “g” ha tenido ese sonido?; algo parecido sucede con A Coruña (en vez de La Coruña, no olvidemos que en castellano la a es una preposición que indica dirección o sentido), de manera que si queremos decir voy a A Coruña se produce una cacofonía desagradable y un absurdo lingüístico. Desconozco la gramática gallega, pero en portugués –que es el idioma en el que se mira el gallego–  esas dos aes se contraen en una sola à (a craseada se llama) y se dice vou à Corunha así, con acento grave en la a y variando ligeramente su pronunciación, porque es una contracción como nuestros al o del, pero claro está, como nuestra gramática es diferente nosotros tenemos que soportar topónimos y grafías extrañas al castellano y aplicar nuestras reglas, no otras.

Pero estos no son los únicos casos. Con Catalunya, Lleida, Euzkadi, Ourense, Gipuzkoa (sin u tras la g, sin c y sin acento, ahí queda eso) entre otros muchísimos topónimos, estamos siendo obligados a sustituir los nombres de toda la vida como Cataluña, Gerona, Lérida, Orense, Guipúzcoa, Vascongadas o País Vasco, etc., en un país en el que buena parte de sus habitantes se maneja mal con la gramática. Y no me vengan con eso del respeto a los nombres originales, porque en catalán dicen y escriben Aragó por Aragón, Terol por Teruel y Saragossa por Zaragoza, por poner sólo unos ejemplos con los que se evidencia que allí no se respeta la toponimia en castellano. Viene a cuento esa otra paradoja de que si alguien saca la bandera española en algún acto es casposo, si la bandera es de alguna de las autoproclamadas nacionalidades históricas es un progresista amante de sus raíces. Y conste que no me interesa ninguna bandera, pero es que hace falta tener desparpajo.

Hace muchísimos años conocía a una –entonces– simpática chica gallega, maestra en su tierra, que ya dio problemas en su momento negándose a dar las clases en castellano y que rompía las tradicionales buenas maneras lingüísticas de los gallegos, que hablaban en castellano cuando en la conversación participaba alguien que no hablaba gallego. Ella siempre usaba el gallego fuera con quien fuera y en su pueblo de Orense la miraban con cierta tierna condescendencia porque la consideraban medio perturbada. Ahora sería una heroína. El caso es que no me importaba, porque entonces yo estaba lleno de buena voluntad y el gallego se entiende tan fácilmente… Sí es cierto que sorprendía entonces porque externalizaba un rechazo hacia todo lo castellano que era difícil de comprender, sobre todo teniendo en cuenta que era su tierra la que había obsequiado a toda España con ese bienhechor de la humanidad llamado Francisco Franco Bahamonde.

Si alguien ha llegado hasta aquí leyendo esta entrada es bastante probable que se esté diciendo: ¿cómo es que este inútil se preocupa de estas cosas en vez de otras verdaderamente importantes, como por ejemplo, quién se llevará el próximo balón de oro?

¿Lo ve?, por eso me hierve la sangre.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Somos como hablamos

Ahora está de moda afirmar todo eso de que somos lo que comemos, pero nadie puede negar que resulta complicado conocernos simplemente porque nos comamos un huevo frito con patatas o una paella mixta. Lo verdaderamente fundamental a la hora de identificarnos y saber de qué vamos es la forma en que nos expresamos, la riqueza o pobreza de nuestro lenguaje.

Supongo que son mayoría quienes han leído Pigmalión de Bernard Shaw o visto su versión musical, la película My Fair Lady. En ambas, un tal Mr. Higgins sostiene que es posible adivinar el entorno social de una persona y la zona de la que proviene simplemente oyéndole hablar y que con tan solo mejorar esa manera de hablar puede ampliar sus horizontes al permitirle codearse con gente de más noble linaje.

Parece que en Inglaterra no es tan disparatado como pueda parecer, al menos en tiempos pasados, y hasta diría que con bastante aproximación en nuestro propio país es posible saber mucho de una persona por su manera de expresarse, no es tan difícil saber de dónde procede alguien simplemente por su acento o carencia de él. En cuanto a la riqueza de léxico, aunque va resultando cada día más difícil su atribución porque lamentablemente la pobreza de lenguaje se va extendiendo en toda la sociedad –nivelando por abajo– y cuesta distinguir por el habla a un pastor de ovejas de un licenciado en periodismo o un arquitecto, el caso es que siguen existiendo algunas pistas que nos apuntan al menos la vulgaridad en el habla y la facilidad para contagiarse de los latiguillos y vicios populares en la persona con la que hablamos.

Por desgracia, el asunto tiene mala solución, porque si hace años una persona que cuidara su habla era respetada, ahora hay un cierto empeño generalizado en vulgarizar el habla y hasta se califica de inmediato como pedante al que es cuidadoso en la expresión oral y se le diría afeminado si eso no fuera actualmente un signo de distinción social.

Tengo todas las papeletas para ser tachado de necio si digo que una pista válida es la frecuencia con que una persona dice eso de ¡venga! –en especial al despedirse– como si nos animaran a sobrellevar con cristiana resignación las contrariedades del día a día. Por supuesto, da una idea bastante cierta de quién habla el que diga «escuchar» (por oír), «punto y final» (por punto final), «mayoría de españoles» (por mayoría de los españoles), «gratis total» (por gratis) y tantos disparates comunes que la televisión se encarga de extender.

Como ha desaparecido el interés por el lenguaje, abundan los libros traducidos de manera infame y aunque la lectura no sea un vicio nacional, también contribuyen a que la forma de hablar sea cada vez más penosa. Todo un círculo muy vicioso o, más que vicioso, perverso.

Sin embargo hay algo en lo que, tengo que admitirlo, juegan un papel importante mis propios escrúpulos lingüísticos. Muchos saben que hay lugares de España –no voy a decir dónde por si me equivoco o se molestan– en los que los hijos llaman a los padres precisamente con esas palabras al dirigirse directamente a ellos, es decir, padre y madre, y no hablo de campesinos sino de personas que son de lo más urbano, conozco varios casos y siempre me pareció curioso porque yo y la mayoría de las personas de mi generación y posteriores siempre dijimos papá y mamá, aunque siempre me resultó algo cómica esa costumbre de algunos países de Hispanoamérica de referirse así a los padres ante terceros cuando quien habla tiene edad para ser abuelo, pero es así y por eso no podemos sorprendernos por oír a alguna persona de 50 años de por allí decir algo parecido a «…pues mi papá…». Todo esto son regionalismos sin importancia, pero lo que me pone los nervios de punta es la moda extendida de manera casi absoluta por toda España de los niños llamando a los padres de papi y mami. Pero vamos a ver, ¿de dónde se han sacado eso?, ¿se creen más modernos –los papás– por permitir que sus hijos los llamen así? La verdad es que suena a algo aprendido de las películas, donde en el doblaje de las procedentes de EE.UU. ponían ese papi y mami para dar el toque guiri a imitación de daddy y mommy y que, puedo asegurarles, cuando lo oigo ahora me hace sentir ganas de soltarles una buena patada en el trasero a esos horteras progenitores.

domingo, 8 de diciembre de 2013

La extremaprecaución

Hombre precavido
Recuerdo haber visto un episodio de los Simpson en el que el director del colegio, me parece que tras un accidente escolar de Bart, llama a la puerta de esa familia con un papel en la mano, cuando le abre la madre –Marge– hace una lectura rápida e intencionadamente ininteligible de algo escrito y cuando ella exclama ¿qué?, él añade leyendo «…si dice "qué" se entiende que acepta todos los riesgos y renuncia a reclamar».

Es un episodio de dibujos animados, pero tengo la sensación de que la realidad, como suele suceder, ha superado cualquier ficción.

Por aquello de mantenerme ocupado y preocupado, uno de mis meniscos ha decidido romperse en mil pedazos y eso ha supuesto la consulta al traumatólogo, las consabidas radiografías y resonancias magnéticas y la visita posterior en la que el especialista, a la vista de las pruebas, me ha dicho que inevitablemente debo operarme del maldito menisco. No estaría mal si yo fuera de esas personas a las que les encanta ir al quirófano aunque sólo sea por tener algo que contar, pero no es mi caso.

Hasta aquí todo normal y poco relevante, pues sin duda la cirugía del menisco no es muy de preocupar, pero sí resultan serlo las condiciones que me han obligado a firmar, en las que se dice que acepto sin más que puedo morir en la intervención y que incluso acepto que, si problemas circulatorios se presentaran, me sea amputada la extremidad. Para morir de risa.

Todos quitamos importancia a estos asuntos, pero lo cierto es que se les deja las manos libres para que cometan cualquier atrocidad, con cualquier resultado –incluso de muerte– sin que se les pueda reclamar por incompetencia o negligencia, pues de antemano ya hemos aceptado todos los riesgos.

Ganas dan de pedir la extremaunción ante tanta extremaprecaución, pues lo cierto es que casi-casi parece que se les descarga de la mínima responsabilidad sea cual sea la fechoría que cometan, y sólo espero que nada que yo haya podido decir en ningún momento molestara al médico, porque podría aprovechar la oportunidad para liquidarme sin tener que ofrecer más explicaciones; ya me gustaría a mí disponer de las mismas posibilidades con algunos que conozco.

¿Qué soy exagerado? Puede, pero resulta que en la actualidad padezco una seria secuela consecuencia de la inoperancia de cierto médico que me atendió tras un grave accidente hace ya más de 25 años, cuando me vi obligado a permanecer hospitalizado por dos meses. Y no es que yo lo valore así, es que otro médico del mismo centro me avisó de que el incidente que produjo la secuela fue provocado por un error del médico responsable. No hace falta que diga que sólo mi estado, poco solvente en aquellos tiempos, impidió que interpusiera la oportuna demanda exigiendo responsabilidades, y bien que me arrepiento ahora.

Pues ya saben, como suele decirse: ¡nos vemos! O no.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Nada como morirse

Ha muerto Mandela y como la proximidad del óbito era cosa cantada, no había periódico que no tuviera preparado un buen artículo con un montón de fotos, ni emisora de radio o televisión que no hubiese previsto  un largo reportaje. Los telediarios nos han aburrido con rutinarias loas a este hombre que mereció más ayuda en vida y menos plañideros al marcharse. Lamentablemente, la noticia de su fallecimiento ha tenido que compartir primera página con el sorteo realizado en Brasil para establecer quiénes serán los que se enfrentarán en los inicios del mundial de fútbol; vamos, lo que de verdad importa a nuestros activos conciudadanos. 

Me resulta desagradable presenciar cómo no hay prácticamente ningún político que le regatee elogios al tiempo que señala con insistencia las coincidencias entre él y el desaparecido. Nuestro Rajoy, líder indiscutido de los mediocres, alababa la lucha de Mandela por la igualdad olvidando quizá que él escribió hace muchos años en El Faro de Vigo un artículo en contra de la igualdad y que su forma de gobernar no parece sujetarse mucho a ese principio que dice respetar. Para que nada falte, Zapatero ha dicho que algunas de sus decisiones de gobierno las tomó pensando precisamente en el líder fallecido; por si nos ayuda a entender esas decisiones, ¿podría contarnos cuáles?

Pero no hay que asustarse, ya digo que todos sin excepción aprovechan la muerte del héroe sudafricano para arrimar el ascua a su sardina, objetivo fundamental en todas estas falsas penas. El presidente chino Xi Jinping recuerda el buen entendimiento entre el desaparecido y su país, ese país donde los derechos humanos son ignorados y que ostenta el triste récord de condenados a muerte y ejecutados año tras año. Allí Mandela no habría estado 27 años en la cárcel, porque lo habrían matado enseguida, sin más complicaciones.

El tal Putin, don Vladímir, señala que aquel siempre permaneció fiel a sus ideales de humanismo y de justicia. Y lo dice él, que sabe bien lo que es la carencia de ambas virtudes. 

El hipócrita de Obama, el mismo que atropella las libertades de casi todo el planeta, también considera al sudafricano un ejemplo para toda la humanidad al tiempo que prepara sus maletas para asistir al funeral, aprovechando que él también es negro y podrá apuntarse un tanto adicional por su cercanía racial al muerto.

No podía faltar Angela Merkel, y ya tuvo el gesto teatral de comparecer ante la prensa vestida de negro en señal de luto y reconoce que Mandela siempre estuvo en contra de la opresión, la misma que ella practica sin compasión sobre la Europa que no puede impedirlo y del brazo de quienes de verdad ostentan el poder: los indiscutidos, los del dinero.

En fin, estoy seguro de que hasta Berlusconi habrá tenido palabras de admiración hacia el personaje, porque si no hay vergüenza a la hora de cometer fechorías, cómo la va a tener nadie a la hora de aparentar lo que no siente. Caramba, si hasta he podido ver a Netanyahu pronunciar palabras de dolor por la muerte del luchador fallecido, señalando que éste siempre estuvo en contra del terrorismo (¿como el que Israel practicó y practica desde antes de ser un país?). Parece que un repentino ataque de amnesia le hace olvidar que su país y la Sudáfrica del apartheid fueron uña y carne.

Me pregunto: ¿dónde estaban todos estos admiradores, qué hacían, mientras Mandela se pudría en la cárcel y en Sudáfrica reinaba sin muchos problemas la segregación racial?, ¿cómo es que Isabel II está tan dolida por su muerte y olvida que ese sistema racista fue implantado de manera oficial en 1948, apenas 4 años antes de su coronación, sin que ella moviera nunca un dedo para atenuarlo? 

Pandilla de hipócritas...

lunes, 2 de diciembre de 2013

Ese costoso capricho llamado AVE

Hace bastantes años, si no me equivoco pasan de veinte, comenzó a funcionar en España ese tren de alta velocidad que dieron en llamar AVE y recuerdo dos cosas: una, la satisfacción de saber que podría desplazarme desde Madrid a Sevilla en poco más de dos horas y media; la otra, algunos artículos en prensa que manifestaban la indignación de los barceloneses por no ser ellos los primeros que dispusieran de semejante adelanto. ¡Habrase visto!, un avance en transporte desperdiciado poniéndolo en la línea a Sevilla, dejando a Barcelona con un palmo de narices. Aquello era como plantar tulipanes en el desierto.

La verdad es que no suena muy bien eso de que el entonces presidente del gobierno español, un sevillano, decidiera que fuera su ciudad la primera en disfrutar de un invento tan maravilloso como el AVE, en vez de iniciar este proyecto con la ciudad mimada en tantas cosas, Barcelona, pero quizás no fuera sólo amor a la patria chica lo que hiciera que se tomara esa decisión, sino que precisamente por ser Andalucía una región tradicionalmente apartada de todo progreso se esperaba que ese tren supusiera un empujón para sacar a esa tierra de tanto abandono. Y eso no parece tan disparatado al menos en cuanto a intencionalidad y acierto en la elección.

Por encima de tanta buena voluntad y tanto desacuerdo, lo cierto es que se desató una carrera entre todos los politiquillos para conseguir que el AVE llegara a su ciudad o región, aunque fueran lugares que a nadie interesara para visitar y donde esas prisas por llegar de un lugar a otro están poco arraigadas.

España casi triplica a Alemania en número de aeropuertos, ¿para qué? Casi nadie se paró a pensar en todos los inconvenientes que el tren de alta velocidad arrastraba: con su puesta en marcha se eliminaban los trenes más tradicionales, con la insana intención de empujar a los usuarios a utilizar el ferrocarril maravilloso, por supuesto que pagando muchísimo más de lo que costaban los no tan rápidos. Incluso se daba la paradoja de que trenes modernos como el Talgo eran suprimidos de inmediato, para tratar de hacer del AVE un medio de uso normal. Pero, vamos a ver, ¿cómo va a ser normal pagar un precio tan elevado por llegar algún tiempo antes?, ¿no existía ya el avión?, ¿tanta prisa tenemos que no podemos soportar tardar 5 horas en un viaje Madrid-Sevilla en vez de las 2h35 que se lleva el AVE?, aparte de los ecologistas ¿alguien se ha parado a pensar en la diferencia de consumo de energía y gastos de mantenimiento entre un tren tradicional y el AVE? Sinceramente, cuesta entender cómo se limita la velocidad máxima a los automóviles con la excusa fundamental del aumento del consumo de combustible y nadie pone reparos al consumo de esos trenes, que además necesitan de unos sistemas de seguridad, vigilancia y mantenimiento muy superiores. De ahí que pese a los precios elevados de los billetes, todas las líneas que existen son deficitarias y para entender esto no hay más que comparar sus niveles de ocupación con los de sus similares en Francia, el único país de Europa que también se empeñó en la implantación de la alta velocidad y donde las líneas son rentables por su alta ocupación.
nº de pasajeros en millones

Va siendo penoso contemplar cómo la alta velocidad va quedando reservada a países con bajos niveles de desarrollo mientras que países ricos y desarrollados descartan o paralizan la instalación de nuevas líneas.

¿Cuáles son los que en este momento planean líneas de alta velocidad? Pues fíjense, Arabia Saudí, Brasil, China, Turquía… Como para dar que pensar.

Hay en Internet muchos artículos acerca de la rentabilidad del AVE, por ejemplo éste.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Un día en la vida

Tengo la absurda costumbre al levantarme de hojear la prensa digital, desde Diario.es a El Mundo, pasando por El Periódico de Barcelona o El Correo de Andalucía, y la verdad es que no sé muy bien para qué lo hago. A veces, al encender el ordenador le digo a mi mujer en tono esperanzado voy a ver si se ha acabado el mundo, pero no lo digo en serio, pues es más que evidente que si así fuera no habría ninguna publicación donde leerlo y probablemente yo no estaría para hacer verificaciones, sino muy preocupado y ocupado por todo ese asunto del juicio final.

Digo que es un hábito absurdo porque lo único que consigo es hundirme más en el pesimismo y en el convencimiento de que si antes la cosa tenía poco remedio, cada día más parece que todos se empeñan en acelerar el desastre sin posible vuelta atrás.

Una vez que en cada periódico sorteo las numerosas noticias acerca de las aventuras privadas y avatares amorosos de los futbolistas, que es lo que de verdad le interesa al paisanaje, me sumerjo en lo que esa especie de profesionales llamados periodistas consideran que merece la pena ser lanzado al conocimiento del mundo.

De entrada, me tropiezo con que según "El País", la ministra Ana Mato le pide a la Iglesia que retire el libro Cásate y sé sumisa. Para quien no esté enterado, advertiré que se trata de una obra de una escritora italiana editada aquí con el apoyo del arzobispado de Granada y que si bien por su título ya parece una broma, responde a lo que cabe esperar de un arzobispado. La sorpresa es cómo esta ministra se atreve a reclamar la retirada de un libro, si su contenido parece estar en línea con su propia ideología religiosa y ella misma ha sido sumisa cuando por su casa aparecían coches de lujo traídos por su marido sin que ella osara preguntar qué era aquello. La única explicación es que no puede refrenar su instinto de censurar y quemar libros en vez de lo sensato y democrático, que sería mantenerse al margen, pues han de ser los lectores quienes les den la espalda o se lancen ávidos a comprarlo, allá cada uno. Se llama libertad.

“El Periódico” nos informa sobre el viaje de Artur Mas a la India, ilustrando la noticia  con un vídeo en el que puede verse al personaje luciendo una enorme guirnalda colorida del tipo que en las películas colocan a los viajeros por la Polinesia, pero ésta es más grande y al estilo hindú, supongo. No tuve la fortuna de conocer a Viriato-pastor-lusitano, pero parece que cumplió con su misión de salvar a los lusitanos y celtíberos de las garras de Roma. Este otro Artur-pastor-barcelano parece más bien dedicado a inventarse garras castellanas y viajar por Oriente soltando memeces a aquella pobre gente, que bastante tienen encima. Y además se queja de que "en la India no parecen estar muy interesados en el proceso soberanista de Cataluña" (¡no me diga!). En este fructífero viaje –en cuanto a número de memeces por ciudad visitada– ha llegado a establecer paralelismos entre los catalanes y la persecución a la que fueron sometidos los judíos o los esfuerzos de Gandi por obtener la independencia ante la tiranía británica. God save the queen y de camino que también salve a los catalanes de este mentecato.

En “Público” encuentro una noticia bajo el epígrafe de Cultura que es un claro exponente de hasta dónde ha llegado este país en cultura y modos. Se trata de un titular que dice textualmente Extremoduro, sobre la filtración de su último disco: Iros todos a tomar por el culo. No me extraña nada esa frase –falta verbal incluida– en boca de estos caballeros a los que he tenido la suerte de no escuchar jamás –porque me gusta la música–, pero avergüenza que un periódico que pretende no ser un simple panfleto reproduzca ese titular y para más agravio –insisto– en la sección de Cultura. Curiosamente, el disco que publicitan se llama Para todos los públicos, lo que da una idea de lo que ahora se considera adecuado para nuestros niños y adolescentes. Así estamos... 

Por último, “El Mundo” nos habla acerca de la sentencia que absuelve del delito de cohecho al señor Fabra –el del aeropuerto sin aviones–, pero al tiempo nos cuenta que los jueces dicen ignorar el origen de la fortuna de este prócer. ¿Alguien podría dar una pista a los pobres jueces e investigadores para echarles una mano en su diario sufrir?

En fin, no son los únicos titulares descacharrantes, y lo dejo porque no quiero machacar más a quienes tienen la amabilidad de leer estas páginas. Pero amenazo con seguir otro día.

domingo, 24 de noviembre de 2013

La puntualidad: una manía

Desde mi punto de vista, no hay mucho que decir sobre la puntualidad en cuanto a su definición, basta o debería bastar con lo que dice el diccionario: Cuidado y diligencia en llegar a un lugar o partir de él a la hora convenida. Así de corto, así de sencillo, así de claro. Sin embargo debo reconocer que es algo que mis compatriotas no acaban de asimilar y así como –casi– nadie discute la conveniencia y oportunidad de usar desodorante o lavarse los dientes, la idea de puntualidad se les resiste y lo consideran una particularidad sin importancia cuya falta a nadie debe molestar, como la de ser rubio o moreno o elegir Ribera en vez de Rioja y en el peor de los casos una manía, como amenazadoramente me hizo saber en una ocasión alguien muy cercano.

Existe en español una expresión que da una imagen bastante aproximada de lo poco que aquí se considera la medida del tiempo, me refiero a esa disculpa de “se me ha hecho tarde”, como si el control del momento en que hacemos algo escapara totalmente a nuestra voluntad y dependiera solamente del azar o de factores misteriosos. Parece argumentarse que somos víctimas pasivas del hado.

Viene todo esto a cuento de que un profesor de idiomas, un hombre que reside en España desde hace más de 35 años, cuenta hoy que todavía no se ha acostumbrado a la impuntualidad de los españoles y relata su experiencia en citas de comidas de negocios a las que sus interlocutores llegan siempre tarde, razón por la que, ya escarmentado, jamás acude a ellas sin un periódico o revista para ayudarle a soportar el retraso de los otros. Ofrece su fórmula mágica para llegar a tiempo, que yo comparto porque la practico y es infalible: salir a tiempo del lugar desde el que acudimos a una cita. Tan fácil como eso y tan aparentemente difícil de cumplir para algunos como eso.

Cuando quedo con alguien, si se retrasa, suelo esperar hasta cinco minutos después de la hora fijada y pasado ese tiempo me marcho si hemos quedado en la calle o en lugar poco confortable; si es un lugar cerrado puedo esperar hasta diez minutos, no más. No hace mucho me había citado con una agente inmobiliaria que se retrasó más de lo que admito y me marché. Me encontraba ya a considerable distancia del punto de la cita y me llama al móvil anunciándome con euforia que ya estaba allí. Cuando le contesté que no estaba ya interesado en el asunto se sorprendió, alegando que había sido poco más de diez minutos y que había sido –excusa mágica y original– porque se le había hecho tarde. Al advertirle que no pensaba volver y que no quería tratos con ella se quedó balbuceando y sorprendida por lo que consideraba una reacción violenta de mi parte. El que es impuntual ve tan natural que otros le esperen como el propietario de un perro da por sentado que los demás deben soportar las cacas y ladridos de su animalito. 

Todo el mundo ha vivido experiencias parecidas, salvo que por lo general están dispuestos a esperar, puesto que ellos a su vez recuerdan que han hecho esperar a otros y consideran todo esto un bonito juego de toma y daca. No es mi caso, y hay quienes lo toman como tan grave ofensa que cortan conmigo para siempre; me duele a veces, pero si consideran la puntualidad un defecto tan grave, mucho me temo que no tenemos gran cosa que decirnos.

No es por descontado un defecto exclusivo de los españoles, gente informal la hay en todas partes –más en cierta zona geográfica que no quiero nombrar– y todavía recuerdo un incidente con unas familiares de esa parte del mundo de visita por España con las que me cité en la puerta de su hotel para recogerlas y llevarlas a almorzar. Les rogué que fueran puntuales, pues era un lugar muy céntrico y resultaba imposible aparcar o permanecer en doble fila ni siquiera por poco tiempo. Fue inútil, después de diez minutos encomendándome a los dioses para que no pasara la policía y me denunciara, tuve que marcharme y las llamé desde el móvil avisándolas de mi marcha; se ofendieron gravemente y no he vuelto a saber de ellas. Ya saben, puente de plata

lunes, 18 de noviembre de 2013

Javier Marías - La Zona Fantasma

Recomendable, porque es una buena muestra de eso que llamamos sentido común. El enlace está aquí.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Vamos a gustarnos

Hace tiempo ya que el verbo gustarse, precisamente en esta forma reflexiva, es sacado a relucir por la prensa en sus secciones de sociología, psicología y otros apartados igual de pintorescos, para insistir en que todo el mundo debe gustarse enormemente, lo que implica evidentemente que no importa cómo seamos, ni cómo cuidemos nuestro aspecto, debemos entusiasmarnos cuando pensemos en nosotros mismos o nos enfrentemos al espejo, y por descontado en cualquier ocasión en que alguien muestre sus dudas sobre nuestra prestancia o comportamiento. Presten atención porque no se trata de aceptarnos tal cual somos inevitablemente, sino de disfrutar enormemente con lo que hemos decidido y representamos ser.

Esta bienintencionada consigna sería aceptable si fuera dirigida inicialmente a quienes padeciendo alguna malformación por nacimiento o accidente, sufren al tomar conciencia de que su presencia no responde a la del común, pero como está enunciada de una manera tan general, resulta que cualquiera se la apropia y la hace suya sea cual sea su circunstancia. Cabría pensar en Bárcenas gustándose, a Merkel gustándose (seguro que ya lo hace), a cualquier asesino en serie gustándose, a Rajoy lanzándose a sí mismo un ¡mashote!… un disparate, oiga.

Por ejemplo, piensen en los obesos. Es increíble la tranquilidad y la intensidad con que se gustan esos que estan por encima de los cien kilos de peso y hablo de la gran mayoría de ellos que además se escudan tras una supuesta dolencia para continuar comiendo sin límite, sin preocuparse del problema de sobrepeso que pueden acarrear a una línea aérea cuando se desplacen por ese medio. Ya conté en otra entrada el efecto hipnótico que me produjo observar en el metro cómo una joven de más de cien kilos, que ocupaba dos asientos –y no por capricho–, sacaba de su bolso dos chocolatinas y se las tragaba casi sin respirar, una tras otra. ¿Qué tal disminuir lo que se come y hacer ejercicio?

¿Se imaginan un macarrilla sufriendo un subidón de autosatisfacción tras mirarse al espejo y gustarse de manera apasionada?, ¿se imaginan a las hijas de Zapatero –si es que siguen con el mismo estilista, que cuesta creerlo– dedicadas a gustarse?, ¿o al diputado Martínez Pujalte reventando de satisfacción mientras se contempla al repeinar su mousse de tupé?

Y el caso es que esta consigna consigue éxitos verdaderamente notables. Ahí tenemos a la actriz Rossy de Palma presumiendo de palmito con esa cara que más parece un accidente en vez de, como ella pretende, una pintura picassiana. Aunque ella sí hace bien en gustarse porque la cosa parece inevitable, le resulta rentable, y sólo podría atenuarse invirtiendo una fortuna en cirugía plástica sin mucha garantía de éxito, me temo.

Teniendo en cuenta este desatino del gustarse, ¿cómo nos vamos a extrañar de que Soraya Sáenz de Santamaría se crea una pin-up de Play Boy, Aznar se contemple como el Discóbolo de Mirón y Artur Mas piense que es la encarnación de Clark Kent?

Me temo que en términos generales sirve de poco mantener que lo que debe hacerse es averiguar cómo somos de verdad, tomar nota de todo aquello que puede ser mejorado mediante nuestro esfuerzo, y el resto aceptarlo como inevitable, sin más amargura. Y sin alardes, claro.

domingo, 10 de noviembre de 2013

¿Lo mismo? Ni de lejos

Hay un empeño en el PP por culpar de todo lo que sucede en este u otros planetas al ex presidente
Zapatero, por aquello de que es bueno tener un niño en casa al que echar la culpa de todo lo malo que acontece, pero cuando he leído lo último, eso de que la liberación de presos por el fallo de Estrasburgo contra la doctrina Parot es culpa suya, he pensado que hasta la mentiras del PP deben tener un límite.

Y no son sólo los integrantes de ese partido quienes lo afirman, también sus aledaños –como la trepa Mari Mar Blanco– sostienen sin ruborizarse lo mismo. A base de culparle de todo lo que ocurre en este desventurado país, están consiguiendo forjarle una fama de hombre eficaz que ya le gustaría a él que tuviese fundamento cierto.

A la vista de lo que voy a decir más adelante puede resultar extraño, pero nunca voté a Zapatero, no me parecía un tipo que mereciera mucha confianza, nunca me gustaron aquellas fantasías más que optimistas que le gustaba lanzar de vez en cuando sin mucha base real –¡aquello de que íbamos a superar a Francia o tener pleno empleo!–, no me gustaban muchas de las personas que escogió para formar parte de sus gobiernos, no me gustaba su incumplimiento del programa electoral del PSOE –se prometía poner a la iglesia católica en su sitio–, no me gustaron nada sus hijas cuando las pude conocer a través de su desafortunada foto con Obama y esposa, pues un hombre que no puede controlar a sus hijas menores no puede gobernar un país.

Pero seamos serios, aunque sean legión los que no van a reconocer lo que digo, nunca TVE llegó al grado de calidad, fiabilidad y equilibrio que alcanzó con él –tengo un amigo muy facha que afirma que entonces TVE era radical de izquierdas, ¡ahí queda eso!–, nunca las libertades individuales llegaron tan lejos como con él, nunca los beneficios sociales estuvieron a la altura que alcanzaron con él… pena que en su segunda legislatura cometiera una metedura de pata tras otra.

Aunque tampoco hay que pasarse de dureza a la hora de juzgarlo: cierto que negó la existencia de una crisis que nos estaba alcanzando con la fuerza de un tsunami asiático –no fue el único que no lo vio–, pero vivimos en un país buena parte del cual adora a un pequeño energúmeno maleducado que mirando a la cámara en un primer plano dijo aquello de que le constaba que “Irak tenía armas de destrucción masiva” y en otra ocasión llamó a ETA nada menos que Movimiento Vasco de Liberación. Tenemos en la actualidad un lamentable presidente que cuando era ministro del gobierno de aquel hombrecillo afirmó que el escape brutal del fuel del Prestige no eran más que unos hilillos de plastilina y que para conseguir llegar al puesto que ocupa en la actualidad no tuvo reparo en hacer cuantas promesas se le venían a la cabeza, para de inmediato –tras ganar las elecciones– hacer justamente lo contrario y empobrecer a todo el país, al tiempo que sigue gritando ¡es culpa de Zapatero!, con gran contento de sus palmeros que, cierto, son muchos y le ríen la gracia.

Ya lo he dicho otras veces: el PSOE es un auténtico desastre y no me fio nada de la política que sigue cuando está en el gobierno, pero por favor, si lo comparamos con el PP es como comparar al MIT con una universidad de Somalia. De acuerdo que en los gobiernos del PSOE hubo unos personajes que producían escalofríos, pero prueben a compararlos con los actuales José Ignacio Wert, Ana Mato, Cristóbal Montoro, Fátima Báñez, Alberto Ruiz Gallardón, etc., todo un ejército de incompetentes, ladrones, chulos e integristas.

Tampoco hay que hacerse grandes ilusiones, el problema de la gobernabilidad de España no son los partidos, sino los propios españoles, ¿o es que los partidos están formados por chinos o marcianos? Los partidos se forman con gente de la propia ciudadanía, mejores o peores, pero es de ahí de donde salen y la cosa no da para más, tenemos lo que somos y nos merecemos. En tanto no mejore de forma generalizada nuestra conciencia ética y moral, nada va a cambiar.

Decididamente no me gustan quienes desde cómodas posturas antisistema –de lo más coolafirman aquello de PSOE y PP la misma m… es. Vamos a dejarnos de chascarrillos, el primero es poco recomendable, pero el segundo es para salir corriendo de espanto, y como sé que no van a ser los del 15M quienes nos saquen del lío en que estamos, yo propondría que no enterremos a un partido en tanto no contemos con un sustituto adecuado, porque el resultado es el que ahora estamos viviendo: sin haber aumentado en 2011 ni un 1% los votos obtenidos con respecto a las elecciones de 2008 –sobre el total de votantes del censo–, el PP ha conseguido una mayoría y un poder que hasta el Franco de los últimos años envidiaría. Todo gracias a la abstención de los despistados.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Javier Marías

Hace tiempo que soy lector de Javier Marías y he leído la mayor parte de sus novelas. Tengo que confesar que unas me han gustado y otras no tanto, pero por decirlo en porcentaje, su producción me satisface en un 75%. Incluyo en esto su colaboración semanal en El País dominical –La Zona Fantasma se llama–, en la que dice cosas que puede que todos sepamos, pero que están condensadas y expresadas con la rotundidad y maestría que se le supone a este escritor. Como nadie es perfecto, cada vez que decide hablar de fútbol o del tabaco desbarra y dice tonterías como cualquiera, pero siempre con un castellano perfecto, que es más de lo que puede decirse de la gran mayoría de los que viven de la pluma, no digamos ya de los periodistas, que suelen ser un saco de ignorancia.

Aunque resulta casi cómico que yo me permita recomendar a este escritor, sé que muchos no conocen estos artículos semanales y quiero hacer mi pequeñísima aportación para que se sepa de estos artículos. Esta semana su columna es especialmente sabrosa.

Estos artículos se publican también en el blog del propio escritor, así que en ambas publicaciones pueden leerse. Dejo más abajo el enlace al de hoy y en adelante procuraré dejarlo sin más explicación cuando a mi entender posea especial interés.

El artículo está aquí.

sábado, 2 de noviembre de 2013

El buenismo que arrasa

Marta y compañía
No sé si siempre ha sido así y simplemente en otros tiempos esa manera de sentir y manifestarse quedaba silenciada porque ningún medio se hacía eco, pero lo cierto es que en la actualidad hay que asistir y soportar continuamente lo que para mí no es más que la manifestación de sentimientos muy primarios extraídos del corazón o los genitales y no del cerebro como cabría desear, órgano cada día más infrautilizado. No se trata de mostrarme como una bestia sin sentimientos, sino que honradamente pienso que es otra la ocasión y otro el lugar de manifestarlos, y que lo adecuado es enfocar adecuadamente los hechos y saber valorarlos ajustadamente.

Abundan los episodios en los que esta actuación se manifiesta y por citar sólo los más cercanos en el tiempo, ahí tenemos tanto homenaje como se le está rindiendo a las fallecidas en el incidente del Madrid Arena. Vivo en la misma zona en que residían dos de estas jóvenes y por tanto me encuentro muy cercano a esa especie de lápida de granito colocada en memoria de las dos víctimas. La cuestión es, ¿exáctamente por qué se les rinde homenaje? Hasta donde yo sé, ellas habían acudido a una macro-fiesta de Halloween con la intención –supongo– de divertirse bebiendo y bailando, algo normal y frecuente, pero muy alejado del servicio a la comunidad que las haría merecedoras de presentarlas como ejemplo para los demás. Sin embargo se las homenajea como si de Cascorro se tratara, hasta colocando su nombre a la plaza donde se encuentra el “granito” conmemorativo. Claro que hay pocas cosas que ciertos políticos no estén dispuestos a hacer por arañar unos votos, y Ana Botella es un ejemplo de manual.

Entiendo que hay que pedir que se depuren todas las responsabilidades de quienes hicieron posible aquella catástrofe; me parece más que justificada toda exigencia de justicia con los culpables, pero no entiendo cuál es el mérito que puede atribuirse a las víctimas, que simplemente estaban allí.

Otro caso no tan reciente, pero sí presente casi cada día en las páginas de los periódicos y noticiarios de televisión es la muerte de la joven sevillana Marta del Castillo. Desde su desaparición, el tiempo y el dinero gastado en la localización de su cuerpo excede con mucho a los empleados en otras situaciones que más lo requerirían. Se entiende perfectamente el deseo de los padres de localizar y disponer de sus restos, pero creo que para todo hay un límite. Ahí tenemos cada día al padre de la criatura menospreciando e insultando a quienes se ocupan de la búsqueda, exigiendo más y más esfuerzo y gasto y que quiten o pongan a tal o cual miembro de la administración o de las fuerzas del orden que cometen el terrible delito de no seguir sus dictados. 

No conocí a esta chica, pero por los medios he podido saber que sus compañías no eran precisamente las que unos padres responsables pueden desear y aceptar para una hija de 17 años, sus amigos son normalmente calificados de chonis y canis –casi un inframundo– y parece que hasta permitían que alguno de los implicados en el crimen pernoctara en su casa antes de los hechos. ¿Hace falta recordar aquello de Quien mal anda…?

Todo esto tiene lugar en un país que actualmente cuenta con más de 3 millones de personas por debajo del umbral de la pobreza, todos conocemos a alguien o algunos que han perdido casi por sorpresa su puesto de trabajo –como los 5.600 de Fagor–, quizás su vivienda, y para quienes levantarse cada mañana es volver a despertar a una realidad horrible y sin aparente solución. Yo diría que estos son los auténticos héroes, estos son los que realmente merecen nuestro aliento y homenaje, y mejor todavía, que todos presionemos para que se trate de encontrar soluciones a este desastre.

Vamos a dejarnos de historias que tienen mejor cabida en esos reality show que tanto gustan a muchos y actuemos sin dejarnos llevar por un buenismo que no conduce a ninguna parte. La vida real no debe ser una especie de Tele5.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Mascotas

Cuando yo era niño, los hombres con profesiones de cuello blanco solían utilizar sombrero y recuerdo que, no sé por qué, el nombre más frecuente que se le daba a esta prenda era mascota, no me pregunten por qué. El caso es que ahora no me interesan éstas, sino esas otras mascotas más actuales, lo que de siempre se llamaron animales de compañía, claro que es difícil calificar como tal a una serpiente pitón u otros bichos que la gente acoge ahora en su casa.

He citado la serpiente pitón porque días pasados la prensa habló bastante de una que se le había escapado a su dueño y a la que después de mucho buscar se le dio muerte, pero por disparatado que parezca tengo que decir que ojalá fuera ése el animal de compañía escogido por la gente en vez del consabido perro, que es el que de lejos aventaja en las preferencias a la hora de elegir animalito. Y conste, yo mismo he tenido perro –animal que por lo demás me encanta–, pero nunca mientras vivía en un piso, que parece un hábitat escasamente adecuado para compartir con animales de cierta envergadura.

Me gusta más la pitón porque es un hecho demostrado que las serpientes no ladran y eso, a alguien que está más que harto de escuchar los ladridos de perros ajenos le parece una auténtica bendición, por más que las pitones no gocen de excesivo prestigio social. Por si fuera poca ventaja, nunca nadie pisó en la acera una caca de pitón, que es algo que, procedente de los perros, forma parte de nuestra vida diaria.

Cuesta admitir esa idea de muchos padres de que el resto del planeta debe soportar los llantos, gritos y hazañas varias de sus angelitos, pero esa pretensión queda en nada comparada con la idea de los propietarios de perros de que todos tienen que aguantar que su chucho ladre o aulle durante horas.

Hace un año, en un vuelo hacia Madrid desde otra capital europea, me tocó en el asiento situado tras el mío una señora que llevaba en brazos un perro de tamaño mediano, sin más jaula o envoltura. Como aquello me pareció una locura pregunté sobre ello a la azafata, que de manera displicente según es costumbre en las de Iberia, me contestó que estaba autorizado tal modo de transporte si el perro pesaba menos de ocho kilos. Me interesé en saber qué ocurría si el chucho hacía sus necesidades, o algún pasajero cercano padeciera alergia. Su respuesta fue que no estaba previsto nada para estos casos. Así que ya saben, si en un avión les toca cerca un perrito y tiene la ocurrencia de hacer sus caquitas, que como ya se sabe es la principal actividad de estos animales, sólo puedo recomendarles cristiana resignación. Cuesta aceptarlo, pero es así: si usted se baja la cremallera del pantalón y hace su pipí desde el asiento, puede apostar que va a tener problemas con los otros pasajeros y la tripulación del avión. Si es un perro el que lleva a cabo la hazaña –está claro que prescindiendo de la bajada de cremallera– no pasa nada, tout le monde content.

Siempre que en películas sobre tiempos pasados o en antiguas casas de campesinos hemos podido observar la alegre promiscuidad entre personas y animales, sin duda hemos agradecido que el avance de la civilización suponga evitarnos ese mal trago. Pues están equivocados, ya saben que esta despreocupada convivencia es perfectamente posible en la actualidad en el interior de las aeronaves, y no sólo en las de Ryanair, donde ya se sabe que el pasajero es tratado como ganado con DNI.

viernes, 25 de octubre de 2013

Español para españoles (25)

El otro día, mientras atendía al telediario de TVE pude oír cómo su corresponsal en Washington, Lorenzo Milá, calificaba a no recuerdo cuál político de abrupto, lo que me extrañó porque no es adjetivo muy utilizado en España, aunque efectivamente la Real Academia admita esa palabra en segunda acepción como referida a personas de carácter áspero, pero en la práctica se reserva para calificar accidentes geográficos. Como a este personaje ya le he visto y oído perpetrar todo tipo de fechorías gramaticales contra el español, lo consulté con un angloparlante que me confirmó que en inglés la palabra abrupt referida a personas es equivalente al español brusco, y así pude refrendarlo en un diccionario. Era evidente que este corresponsal hablaba en modo creativo –lo hace siempre– y estaba y está dispuesto a innovar el idioma que los demás hablamos, sin reparar en gastos.

No poseo ni mucho menos el dominio del inglés, pero sí sé lo suficiente como para detectar las barbaridades que algunos cometen en su afán de ser más modernos que nadie y aplicar ese afán a la traducción disparatada de ese idioma al castellano. Así, no hace mucho leí en la sección de motor de uno de los principales diarios españoles calificar de dramática la línea del capó de un nuevo modelo de automóvil. No hay que aclarar que en español ninguna parte de un automóvil puede adjetivarse así, simplemente el muy cretino había traducido dramatic por esa palabra, en vez de lo correcto que sería espectacular, con lo que de camino evidenciaba que no era autor del artículo –pese a que figuraba como tal– sino el pésimo traductor. 

Parece que muchos periodistas no han oído hablar de los falsos amigos a la hora de traducir vocablos, por eso es normal que cuando se trata de noticias de agencias traducidas apresuradamente por el periodista aficionado de turno, pueda encontrarse a quien entiende que actually significa “actualmente” (en vez de “realmente”), bizarre “bizarro” (en vez de raro), eventually “eventualmente” (en vez de “finalmente”), sensible “sensible” (en vez de “sensato), sympathy “simpatía” (en vez de compasión), y así una lista interminable de la que se nutren buena parte de nuestros ciudadanos cuando se expresan en nuestra lengua, creyendo de buena fe que eso es lo correcto.

El resultado final es que el idioma español está siendo gusaneado por todos estos cretinos y dañándose en su uso diario sin remedio, pues trate usted de convencer a cualquiera de que en español bizarro quiere decir valiente, esforzado y no otra cosa, o que casual en inglés equivale al español informal.

Lo más grave es que mientras muchos se indignan –por ejemplo– por las supuestas dificultades de ser homosexual en Italia –visto en el periódico hace unos días– o la supervivencia del ornitorrinco en Australia, es inútil tratar de despertar el interés por la lengua española (preocupación que no es incompatible con las anteriores), puesto que mantienen muy presente ese principio de tantos que declaran “mientras los demás me entiendan…”, obviando que les entienden porque sus ideas no van muy allá, pero que si tuvieran que transmitir alguna ocurrencia medianamente compleja les resultaría imposible, nadie sabría lo que intentaban expresar empleando su rudimentaria capacidad de comunicación.

Hasta donde yo sé, jamás el conocimiento ha sido tan despreciado como lo es en la actualidad en España y la mayoría de los titulados universitarios serían incapaces de escribir una página sobre un tema cualquiera sin cometer varios errores gramaticales. No hay que extrañarse del lamentable puesto que ocupamos entre los países desarrollados según el informe PISA y otros.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Conocimiento y fe

Hace un par de semanas vino en la prensa un artículo que contaba que una universidad británica había analizado 63 estudios científicos realizados a lo largo de muchos años sobre inteligencia y religiosidad y que habían llegado a la conclusión de que las personas religiosas eran menos inteligentes que los no creyentes. Cierto, es una noticia que me encanta y me produce una sonrisa de satisfacción –tanto como a muchos puede indignarles– pero es que para mí no es una novedad y no porque yo me encuentre en el lado favorecido, sino porque me parece evidente e indiscutible.

Ya lo sé, hay personas muy inteligentes que son religiosas, pero esa inteligencia la poseen a pesar de su faceta religiosa –su lado oscuro–, no gracias a ella y creo que precisamente esa fe puede que les impida o haya impedido llegar a más. Si alguien cree que estoy equivocado puede dejar su comentario, estaré encantado de leer sus argumentos o pruebas de que lo que digo está errado. No se aceptan fanatismos, que conste.

Mi principal testimonio para apoyar lo que digo –y lo que dice esa universidad británica– es precisamente la propia iglesia, que define más o menos la fe como la aceptación de algo que no puede ser demostrado, es decir, se basa en la credulidad y no en el conocimiento o la razón, ¿hace falta más? Fíjense bien, se llaman creyentes y no razonantes. No tengo más remedio que recordar que los creyentes que conozco, alguno bastante inteligente, naufragan penosamente al argumentar o cuando les hablo de los textos sagrados, que en general conozco mejor que ellos (y no pretendo ser ni medio experto, quede claro). Su actitud cuando se les cita algún texto disparatado es siempre argumentar que se trata de una alegoría que no hay que tomar al pie de la letra y más frecuentemente se niegan a escuchar, porque eso haría tambalear su mal cimentada fe.

Aproximadamente en la misma fecha de publicación de aquel artículo oí algo en televisión que me hizo recordar algunas de las primeras entradas de este blog, las dedicadas a creencias, en las que ya trataba burlonamente sobre las barbaridades e incongruencias que contienen el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Citaban en televisión que a todos nos contaron en el colegio cuando éramos niños aquello de la creación del hombre –Adán– y más tarde de la mujer –Eva– a partir de una costilla del primero. Eso de la costilla es difícil de digerir, pero ya que estamos con fantasías vamos a darlo por bueno. Se dice que después tuvieron cuatro hijos: Caín, Abel, Henoc y Set y resulta que el primero mató al segundo. Perfecto. ¿Alguien conoce algún fragmento del Génesis donde explique cómo se las apañaron los supervivientes para generar descendencia, el origen de la actual humanidad? Como en el Génesis suelta finalmente una frasecita asegurando que Adán tuvo más tarde otros hijos e hijas,  hay que asumir que los varones se lo montaron con las hembras –¿y con su madre también?–, así que por un despiste de quien fraguó esta historia, resulta que también se inventó el incesto, aunque no consigo imaginar cómo sortearon los problemas genéticos de la reproducción entre hermanos. No puedo negarlo, todo muy interesante y educativo.

Más todavía. Todos conocemos aquello de Noé y su arca, que si mal no recuerdo junto con su mujer, sus tres hijos y sus esposas e hijos de estos fueron todo lo que quedó sobre la faz de la tierra para de nuevo generar lo que hoy conocemos como especie humana, ¡qué digo!, los humanos y además todos los seres vivos que la pueblan hoy en día, descendientes de aquellos del arca. Eso supone que los nietos de Noé, primos o hermanos entre sí, tuvieron que fornicar entre ellos para tener descendencia, claro que después de lo de los hijos de Adán y Eva nada sorprende. Un detalle, ¿se imaginan a Noé atrapando moscas para meter una pareja en el arca? Pues ni les cuento para todo lo demás.

viernes, 11 de octubre de 2013

La inmigración africana

¿Es la solución para África que todos los africanos se vengan a vivir a Europa? Yo diría que no. Sin embargo, no parece ser ésa la opinión de muchos atacados por una epidemia de buenismo que arrasa España y, según parece, también Italia.

Asombro me produce leer en la prensa que muchos españoles se consideran corresponsables de la explotación y los abusos que durante siglos Europa ha practicado y practica en el continente negro, pero me pregunto qué sentimiento de paternalista superioridad les hace pensar que tienen parte en ese negocio.

Hasta donde yo sé, los territorios que España poseyó en África fueron: parte del actual Marruecos (el llamado protectorado español), lo que hoy se llama Guinea Ecuatorial, Sahara Occidental e Ifni. España como potencia colonial ha sido siempre poco afortunada, pese a comportarse bastante mejor de lo que lo han hecho las otras –Gran Bretaña, Francia, Holanda, Bélgica, Portugal, Italia y Alemania–, obteniendo menos beneficios en los tiempos coloniales y no dejando una red económica tras las descolonizaciones que asegurara la continuación del dominio y la explotación.

Fuimos tan malvados con Guinea que durante la colonia les comprábamos el cacao a precio superior al del mercado internacional, tenían la renta per cápita más alta del continente y finalmente se les concedió una constitución antes de que España la tuviera, todavía recuerdo la envidia que pasamos quienes vivíamos bajo el franquismo. Cuando accedieron a la independencia –se cumplen ahora 45 años (12 de octubre de 1968)– se instauró una dictadura, se arrojaron de inmediato en brazos de Francia y más tarde en los de EE.UU., que es quien ahora se beneficia de su riqueza petrolífera sin que le importe mucho la falta de derechos humanos y las atrocidades del régimen. Es un país que ya no tiene nada que ver con nosotros.

Ifni nos costó una guerra con Marruecos, que se apropió definitivamente del territorio en 1969, pero previamente tuvimos la oportunidad de verificar la lealtad del aliado americano que no permitió que se emplearan allí las armas que España les había comprado con anterioridad, y eso costó vidas españolas. Era un aperitivo de lo que tiempo más tarde lograría, tras años de hostilidades contra las tropas españolas, al organizar la marcha verde y hacerse con el Sahara español. Todo con la complacencia de EE.UU., que anteponía su aliado marroquí a cualquier consideración hacia España. Me parece justo que apoyemos en la ONU el derecho de los saharauis al referendum prometido (y no realizado por no molestar a Marruecos), me parece humano acoger en verano a sus niños, que no conocen más que el polvo del desierto y la escasez, pero me pone los pelos de punta contemplar que hay quienes casi propugnan que España le declare la guerra a Marruecos en defensa de los saharauis, los mismos que mataron tantos soldados y pescadores de aquí. Una cosa es ser humanitarios y otra ser tontos.

¿Qué tiene que ver la historia de la presencia española en África con la explotación inhumana en el Congo Belga, las crueles guerras de Angola y Argelia, el apartheid en Sudáfrica, etc.? Absolutamente nada y es más, actualmente no hay una sola empresa española de cierta importancia que explote riquezas de aquellos territorios. Todo lo contrario de la infiltración económica que las otras antiguas metrópolis mantienen y que hace que, ellos sí, puedan sentir algún remordimiento por la situación actual de los pueblos de África. Que compartamos ese sentimiento de culpabilidad es simplemente ridículo.

Llevamos años soportando las oleadas de inmigrantes que en embarcaciones de todo tipo y por otros medios tratan de entrar en Europa, procedentes en su casi totalidad de ex-colonias británicas y francesas. Podía hacerse un poco la vista gorda cuando la euforia económica, pero actualmente no están las cosas para ligerezas. Europa, que utiliza a España, Italia y Grecia como guardianes de la frontera sur europea, debe buscar una solución al problema que de ninguna manera pasa porque sean los países sureños quienes carguen mínimamente con el esfuerzo y el coste de rechazar o admitir a quienes llegan, en la mayoría de las ocasiones con la intención de continuar hacia Alemania o Noruega y en algún caso, declaran con toda frescura –lo he visto en televisión– que están mejor aquí como manteros que en sus países de origen.

Ahora, lo ocurrido en las cercanías de Lampedusa ha puesto en primer plano la cuestión y son muchos los que claman para que asumamos parte del esfuerzo y de la culpa. Ni mucho menos debe ser así, no podemos acoger a un continente entero y lo adecuado es que se arreglen las cosas en sus países de origen en vez de trasladarse todos a Europa. No se trata de ser inhumanos ni carecer de solidaridad, pero lo cierto es que me siento mucho más solidario con quienes ya viven aquí pasando penurias –esos 3 millones de pobres– que con quienes, no se olvide, tratan de saltarse las leyes vigentes en materia de inmigración, con la intermediación de mafias.

Por encima de cualquier sentimiento debe imponerse la lógica: no podemos acogerlos a todos y por cada uno que logra quedarse, hay cincuenta que se animan a imitarles. Basta de importar pobres e iletrados, por más que a ciertos empresarios les interese.

viernes, 4 de octubre de 2013

Dos categorías nucleares: listos y tontos

Deben ser millones los que hasta ahora se han hecho la misma pregunta que yo me hago con respecto a eso que me parece que se llama Tratado de No Proliferación Nuclear, y precisamente por eso no creo que deba reprimirme de poner unas palabras acerca del asunto.

Imaginen una pandilla de violadores que se asocian y deciden presionar al resto de la población para que haga voto perenne de castidad. Pues algo así es ese tratado y lo mire por donde lo mire no acabo de comprender cómo sus patrocinadores, encabezados por los EE.UU., tienen la desfachatez de seguir con esa farsa. Está muy claro que su pretensión es que haya dos tipos de países: los listos (ellos) y los tontos (todos los demás); los que tienen libertad para adoptar cualquier decisión y los de soberanía limitada. Porque no es otra cosa lo que busca ese tratado.

La verdad es que la idea ha tenido bastantes goteras desde el momento inicial en que EE.UU. y la U.R.S.S., con la incorporación posterior y subordinada de Gran Bretaña y Francia, se propusieron acabar con las armas atómicas… de los demás, y hasta donde puede saberse China hizo caso omiso, más tarde la India, Pakistán e Israel (es posible que Sudáfrica en colaboración con este último hiciera alguna prueba nuclear). Los tres primeros con gran disgusto del imperio y el último con su ayuda, satisfacción y alegría, la misma que un padre mafioso puede sentir al comprobar cómo su amado hijo chantajea a los compañeros de colegio en el patio del recreo. Presionaron y presionan para que todos los países del mundo firmen el mágico tratado, salvo Israel, que ya se sabe que dispone de barra libre.

Hoy he visto en el telediario al encantador Benjamín Netanyahu decir con todo aplomo en la Asamblea General de la ONU que la actitud conciliadora de Hasán Rouaní –presidente de Irán– no es más que un engaño, que es un lobo con piel de cordero, y que sólo quiere ganar tiempo para poner a punto sus misiles con cabezas atómicas. Ganas me dieron de tirar algo pesado a la pantalla, porque vamos a ver, ¿si Israel tiene la bomba atómica –es el único país que la tiene y no lo reconoce– con qué derecho se opone a que Irán la tenga? Todo eso suponiendo que efectivamente sea esa la intención de Irán y no simplemente la que declara su presidente: desarrollar el uso pacífico de la energía atómica.

Es más, ¿por qué todos se alían para impedir que la consiga Corea del Norte? Por supuesto, es un país tan peligroso e imprevisible como su ridículo presidente, pero ¿acaso no es peligroso EE.UU.? Parece que de vez en cuando hay que recordar a todo el mundo que el único país que la ha utilizado hasta ahora para eliminar seres humanos, especialmente población civil, ha sido precisamente EE.UU. El único que, según sus propias autoridades, nos ha puesto tres veces al borde de la guerra nuclear. Caramba, hay que ver qué memoria tan domesticada tenemos.

Pues nada, aquí tenemos a todos los países presenciando ese tremendo abuso de poder sin siquiera atreverse a darle un toque a Israel para que no sea tan desvergonzado. Y a los mismos aplaudiendo y jaleando para que se impongan sanciones –o se ataque militarmente– a Corea e Irán. España en primera línea de claque, claro.

Quizás convenga aclarar que no siento mayor simpatía por el régimen de Irán o por el de Corea del Norte, siento tanto asco por un integrista musulmán como por un miembro del Opus Dei, pero los hechos están a la vista. Y quede claro, no deseo la proliferación nuclear, ni siquiera su uso pacífico, y considero que la única solución posible para impedir que la posea hasta Andorra (y Al Qaeda) es la desaparición de todas las armas atómicas existentes. Una utopía, ya lo sé.

Si alguien ignora cómo se las gasta Israel en lo que se refiere a bromas sobre su fuerza nuclear, que busque en Internet la aventura del desdichado Mordechai Vanunu, que fue el primero que reveló detalles sobre el armamento atómico israelí.

martes, 1 de octubre de 2013

Canibalismo entre lenguas

Lo he dicho en otras ocasiones, casi siempre criticando la adopción de un barbarismo cuando no añade expresividad o claridad al castellano, pero el asunto se ha vuelto tan arrollador y generalizado que meditando hoy sobre la cuestión mientras atendía al telediario llegué a la conclusión de que se trata de algo que ya no tiene remedio, pues quienes gritamos por ello no tenemos auditorio y quienes disponen de él son casi siempre indiferentes al fenómeno.

En otros tiempos, podía ser el francés el idioma del que generalmente se tomaban palabras para insertarlas en nuestra propia lengua y se hacía cuando era necesario, pero eso ya pasó como pasó la fortaleza de la lengua francesa y hoy es el inglés el que nos amenaza, o aún peor, no es ese idioma el que nos invade, sino la ignorancia y el entreguismo de los propios hablantes la que está propiciando primero la pérdida de coherencia del español y supongo que en un futuro no tan lejano su conversión en un triste dialecto.

Buena parte de la culpa la tienen las modernas tecnologías de comunicación –junto con un sistema educativo lamentable–, que propician que las nuevas generaciones se comuniquen precipitada y frecuentemente por “escrito” sin preocuparse ni de lejos por cómo se escriben las cosas. Parece un tópico, pero no hay más que ver los SMS, Whatsapp, Facebook, Twitter y otros medios para que si uno es de los que cuida la ortografía sufra un síncope.

Y no es lo peor. Los periódicos que antiguamente servían para pulir la ortografía aprendida a lo largo del bachillerato –aquel que abarcaba desde los 11 a los 16 ó 17 años– son ahora precisamente lo contrario y hasta los de más prestigio llenan sus páginas con disparates que dan una pobre y ajustada idea de los periodistas actuales.

Cada lengua tiene su propia música, eso lo sabe todo el mundo, y se está adoptando la del inglés en el español hablado y escrito. En aquél, es facilísimo percibir cuándo algo es una pregunta o no lo es, casi cualquiera sabe que si escribo am I funny estoy preguntando y no hace falta siquiera poner el signo de interrogación; haga la prueba en cualquier traductor online escribiendo eso y verá cómo es el propio programa el que le coloca el signo de comienzo en su paso al español. Sin embargo, en nuestra lengua si usted escribe soy gracioso no hay manera de saber si está preguntando o afirmando. Pues igual ocurre con la entonación al hablar, en español se cambia la entonación desde el principio de la pregunta, por eso es rechazable que la práctica totalidad de los hablantes omita al escribir el signo de apertura en interrogaciones y exclamaciones, dejando al lector sin saber cómo entonar cuando la pregunta es larga. Parece que hacerlo bien poniendo el garabato al comienzo es un esfuerzo agotador. 

Si a eso le sumamos el uso inadecuado de palabras inglesas al verterlas al castellano, el desastre es seguro. De ahí que me produzcan escalofríos las traducciones apresuradas de colapse, bizarre, casual, dramatic, terrific, sympathy, etc. etc., por colapso, bizarro, casual, dramático, terrorífico, simpatía, en vez de derrumbe o desplome, extraño o raro, informal, espectacular, fenomenal o genial, compasión. Eso sin contar el uso del punto en vez de la coma decimal y la constante confusión entre el billón americano y el europeo, que hace que cada macrocifra que se lee en la prensa obligue a consultar en otra fuente fiable de qué va realmente, pues nuestros periodistas, en su ignorancia, se empeñan en llamar billón a los mil millones. Leí en una ocasión en El País el valor de la producción de la firma Tata de la India, y por aquello del mal uso de los billones, resultaba que ese valor era superior al PIB de los EE.UU., ¡pandilla de iletrados!

Pensándolo bien, he titulado erróneamente la entrada, pues no hay canibalismo entre el inglés y el español, sino que el pez pequeño –el español– se está precipitando a velocidad de vértigo entre las fauces del pez grande, que para más escarnio no tiene mayor interés en devorarlo.