viernes, 28 de febrero de 2014

Los deportes como espectáculos

Aprovechando aquello de que ahora mi blog tiene como objetivo exclusivo desahogar lo que me viene a la cabeza, me voy a permitir algunas libertades que en condiciones normales podrían haber despertado la ira de algunos, por atacar los principios en que se basa nuestra sociedad actual: el fútbol y otros espectáculos de semejante estilo.

España no es sólo el país en el que una mayoría vota al PP e incluso vuelve a votarlo haga lo que haga porque se trata de contener a las hordas rojas, sino que también es el país en el que una mayoría consagra su vida y sus devociones a los espectáculos deportivos, sin compartirlo con ninguna otra afición como en otros países europeos se comparte con actividades culturales que, es un hecho demostrado, no hacen daño e incluso mejoran la actitud de sus ciudadanos.

No hay mucha posibilidad de discutir acerca de la capacidad de convocatoria del fútbol, porque es un hecho incuestionablemente universal, pero que llegue a eclipsar totalmente a cualquier otra actividad creo que sólo sucede en España junto con ciertos países a los que todos consideramos subdesarrollados social y culturalmente. Hasta en Brasil están teniendo lugar rebeliones contra la excesiva atención y gasto en el fútbol. Mientras, aquí, los equipos de Barcelona y Real Madrid planean gastar cientos de millones en remozar sus estadios y nadie dice una palabra, ¿quiénes son más atrasados? Porque no lo dude, esos millones salen de los bolsillos de todos, aficionados y no aficionados.

Todavía recuerdo una ocasión durante los mundiales de fútbol de 1978 en que mi mujer y yo salimos una noche y tras cenar en un restaurante nos dirigimos al cine Fantasio –un cine de Madrid ya desaparecido– con la sana intención de disfrutar de la película que allí ponían. Llegamos con algo de anticipación sobre la hora de comienzo y al acercarnos a comprar las entradas nos quedamos de piedra cuando la taquillera nos advierte que debido a que se retransmitía un partido de fútbol la gerencia del cine había decidido suspender la sesión –no había nadie– y cerrar la sala. Ahí me di cuenta de que el fútbol no era algo indiferente para mí, puesto que no sólo me ensordecían sus fans, sino que se me impedía llevar una vida ajena a esa actividad, algo a lo que tengo pleno derecho. Se me ocurrió ir hasta una comisaría a presentar una denuncia –aquella suspensión era ilegal– pero finalmente lo dejé porque me exponía a que la propia policía me tomara el pelo o me considerara un agitador.

Iba a decir que respeto los gustos de los demás, pero mentiría, porque ¿cómo voy a respetar lo que ni siquiera puedo comprender salvo para juzgarlo propio de mentes de tercera? Respeto, eso sí, a quienes dedican parte de su tiempo a practicar cualquier deporte normal, pero la contemplación desde el sofá o desde una tribuna me parece una actitud similar a la de los aficionados a la pornografía: miran cómo otros hacen lo que ellos no pueden.

Casi me da igual de qué deporte se trate, cuesta trabajo admitir que nadie encuentre más divertido ver una carrera ciclista –el supremo tedio–, o de Fórmula1, o de motos, que leer una novela; me desconcierta ver a alguien atento al desarrollo de estas carreras cuando de repente ven pasar algo delante de sus ojos (no digamos si es en vivo) sin apenas unos segundos para contemplarlo y eso les merece el tiempo que dedican y malgastan.

Cómo puede ser que les entretenga más contemplar un partido de tenis o golf que escuchar buena música o montar en bicicleta, por más que no entiendan de música y les sea indiferente poseer una educación musical mínima o no les apetezca de ninguna manera hacer ejercicio, que los hay.

He jugado algo al tenis y al pádel y lo encontraba divertido –yo era bastante malo, por cierto–, pero ni loco se me ocurre quedarme durante horas sentado en el sofá frente al televisor mirando cómo otros se esfuerzan. ¿Cree que se aprende haciendo eso?: falso, se aprende practicando.   

miércoles, 19 de febrero de 2014

Periódicos digitales

El día que salió el número 1 de El País, creo que allá por el año 1976, me lancé sobre él ávido de saber lo que era un periódico libre e imparcial (conservo ese número 1). Lo compré puntualmente cada día durante más de 25 años e incluso fui durante unos años suscriptor, hasta que me cansé de que me lo robaran del buzón.

Ya hace tiempo que no lo compro y casi no lo leo, aquel periódico que me encandiló en su día por su calidad y al que le encontrábamos cierto tufillo entre izquierdoso y filosóficamente liberal desapareció hace años y ahora no es más que un penoso panfleto –como todos– y aquellos principios de hace tantos años se esfumaron incluso antes de que se hiciera con su propiedad uno de esos fondos de capital que van comprando y corrompiendo todo lo que encuentran.

Brujuleé pasando a comprar en su lugar Público y más tarde La Vanguardia (este último nunca me podría desilusionar, eso se lo reservo a los de mi cuerda), pero me di cuenta de que ningún diario me merecía confianza y que más me valía leer varias versiones digitales, y así lo hago en la actualidad, asegurándome dentro de lo posible de que la diversidad de fuentes me facilite una información equilibrada y casi fiable. Miro por tanto en Internet El País, El Mundo, Público, eldiario.es, Infolibre, La Vanguardia, El Periódico, El Correo de Andalucía y 20minutos y de vez en cuando The Guardian, The New York Times, Le Monde, O Globo o A Folha (de Rio y São Paulo estos dos últimos). Esto me lleva entre dos o tres horas, pero lo bueno de la jubilación es –entre otras cosas– que hay tiempo para estos menesteres (lo malo es que puede compararse con la luz de la reserva en el coche).

El problema es que, con bastante razón, cada periódico llega a la conclusión de que eso de ser leídos por la cara –by the face que dicen los modernos– no les reporta ingresos y que hay que obligar a los lectores a separarse de algo de su dinero y suscribirse al periódico y ahí llega el problema, porque aunque su postura es muy razonable, la manera que muchos tenemos de compaginar la lectura de varias fuentes hace que sea preciso pagar una cifra respetable –de 5 a 10€ mensuales cada uno, no menos de 50€ al mes– para mantener esa diversificación, aparte de que pagar me hace pensar que apoyo al periódico, lo que cuenta y cómo lo cuenta y nada más lejos de mi intención: todos me parecen malos. Además, lo peor de la jubilación es que los dispendios no convienen a una economía de guerra como la que nos obliga a mantener lo mezquino de las pensiones. 

No debo ser el único que se enfrenta a este problema y se me ocurre que la Asociación de la Prensa –o algún organismo de ese tipo– debería encontrar un medio de hacerse cargo del cobro de esas suscripciones y después repartirlas a los medios en función del número de lectores de cada uno. Ya lo sé, es casi utópico pretender que lleguen a un acuerdo que satisfaga a todos y es casi imposible impedir la manipulación en las cifras de lectores. Seguro que hay más pegas que esas que menciono, pero si no implantan algo de ese tipo, yo al menos me niego a comprarme un solo periódico y creerme lo que quiera contarme, porque todos manipulan y la única manera de compensar el sesgo de cada uno es leyendo varios.

En tanto inventan algo parecido, seguiré resignado a tropezar con noticias reservadas a suscriptores a las que no puedo acceder porque evidentemente yo no lo soy ni quiero serlo atándome a uno de manera exclusiva. En realidad es un motivo más para abandonar la costumbre de leer prensa en cualquier formato; cada día me interesan menos y cada día percibo con más fuerza que ninguno da noticias, lo que en realidad hacen es imponer noticias de la forma que les apetece para llevar el agua a su molino o también prestando atención a una noticia que ciertamente no lo es.

domingo, 9 de febrero de 2014

Quiero ser sueco

En realidad esa declaración es falsa, no tengo el menor interés en ser sueco, como no lo tengo en ser español (me pensaría lo de ser francés), pero sí que me gustaría esa despreocupación que los suecos y vecinos que les rodean pueden permitirse al borrar de su mente que existe algo que podría llamarse frontera con los pobres del mundo y dan por sentado que del peligro que supone una invasión de africanos les libraremos los griegos, italianos y españoles, que para eso estamos, para cuidar de su trasero, mientras ellos nos califican de juerguistas y manirrotos.

Entre quienes por aquí nos preocupamos, para bien o para mal, de lo que a diario sucede –en las costas de Grecia, en las proximidades de Lampedusa o en las fronteras terrestres de Ceuta y Melilla y la costa sur de España– hay estos días una cierta agitación porque es imposible mantenerse indiferente a los acontecimientos recientes en las zonas que nos afectan más directamente. Esos asaltos multitudinarios a las verjas de Melilla o esos fallecidos al tratar de entrar en Ceuta por mar desde la orilla contigua de Marruecos.

Yo creía tener las cosas muy claras y mi postura era claramente la defensa por los medios precisos de esas fronteras, puesto que parto de dos premisas: acepto como bueno el dato que se maneja de que si Europa abriera sus fronteras y permitiera la entrada sin más requisitos, sólo la primera oleada de africanos alcanzaría los 80 millones de personas. Para qué molestarse en calcular la segunda oleada porque esa primera entrada acarrearía tales desequilibrios humanos y sociales en Europa que las convulsiones que se producirían son impredecibles y este continente dejaría de ser un lugar habitable.

La segunda premisa es que cada país tiene el derecho y el deber de proteger sus fronteras con los medios que sean necesarios para evitar que lleguen a producirse auténticas invasiones, porque nos guste o no nos guste, ese mundo ideal en el que la libre circulación a través de las fronteras sea libre y fluida no existe. Es más, trate de entrar –sin cumplir los requisitos que ellos exigen– en algún país de los que provienen esos africanos: Camerún, Senegal, Gambia, Mali, etc. y tendrá las más vívidas experiencias de cómo le ponen en su sitio sin tantas contemplaciones.

Todo esto estaba muy claro para mí, pero tenía que enfrentarme a los que yo calificaba de buenistas, esos que piensan que el mundo se arregla con caridad y compasión –de ahí tanta ONG– y estoy convencido de que no es ése el camino. El problema es que leo en la prensa artículos escritos por quienes no son únicamente buenas personas, sino que parece gente con suficiente cerebro como para ser conscientes de la que se desencadenaría si sus tesis fueran aceptadas y llevadas a la práctica. Algo se tambalean mis convicciones y no sé qué pensar cuando leo sus palabras que afirman incluso que «el uso de las palabras avalancha, invasión o asalto es un uso perverso del lenguaje» (Público, el 9 de febrero de 2014).

También es cierto que algo de valor pierde lo que esas personas dicen, porque a veces les pido una exposición de lo que harían si ellos fuesen presidente de gobierno o, más concretamente, ministro de Interior, y sus respuestas son inevitablemente patéticas; frases bienintencionadas y vaguedades del tipo «todos somos humanos», «ellos son mis hermanos», «el planeta es de todos», etc. que quedan muy bonitas a la hora de dibujar el mundo utópico que nos gustaría compartir, pero absolutamente alejadas de las disposiciones que habría que publicar en el BOE para ser adoptadas a partir de mañana. Nada que permita una puesta en práctica sin riesgos descomunales, por aquello de que los experimentos, ya se sabe, hay que hacerlos con gaseosa, pero si usted tiene una idea practicable no se prive y expóngala.

Lo que hace el actual ministro del Interior es reprobable por sus modos piadosos y marrulleros, pero al fin es lo mismo que haría cualquier ministro de cualquier partido, de cualquier país, por muy de izquierdas que fuera: no hay otra.

Mientras, los habitantes del centro y norte de Europa viven tan felices sabiendo que es aquí donde cuidamos de que nadie les invada, que ya nos las compondremos para que ellos no tengan que preocuparse y puedan ir concediendo con cuentagotas asilo político a perseguidos en Irán, Somalia, Perú o Mianmar, demostrando con ello una exquisita sensibilidad hacia los problemas de los demás; nada que se parezca a nuestra violencia y zafiedad. Y oiga, es que los problemas si son en fila india y sin empujar son menos problema.

Siento bochorno y trato de evitar –y no puedo– la paráfrasis de esa frase de la campaña de Clinton tan sobreexplotada: ¡es la realidad, estúpido!

sábado, 1 de febrero de 2014

Los elibros y sus precios

Antes de nada, pedir disculpas por esa palabra «elibro» que ni siquiera está admitida por la RAE, pero es que me cuesta usar el nombre original inglés, por aquello que siempre sostengo de que si no es necesario, hay que evitar los barbarismos.

Hace tres años que compré mi primer lector electrónico, un Kindle, y tengo que reconocer que aunque me sigue gustando más el tacto, el olor, el aspecto, la individualidad de los libros de papel, el libro electrónico me ha ganado y actualmente casi no leo nada en papel. Incluso libros que me han regalado o me compré, los he buscado después en formato digital porque para mí la comodidad que supone el ebook no resiste la comparación, sobre todo para quienes, como yo, tenemos la costumbre de leer también en la cama.

Creo que ha sido a principios del pasado enero cuando Javier Marías publicó en El País Semanal su habitual colaboración tratando sobre la piratería de contenidos y concretamente sobre la que se realiza con libros. Yo, que procuro descargar libros de dominio público y sólo en ocasiones los de edición más reciente, me sentí abrumado por los reproches que hacía en su artículo a quienes practicaban estos simpa y decidí hacer penitencia y propósito de enmienda.

Comentando después con unos amigos todo este asunto, ellos, que me temo que son fervientes partidarios de la descarga sin más, dijeron algo que era una verdad irrefutable y que de nuevo deshizo mis buenos propósitos, al menos de manera parcial. La cuestión es que Javier Marías se quejaba en el artículo de que él invertía gran esfuerzo en escribir un libro y que después, si ese libro se vendía por –digamos– 20 euros a él sólo le suponía una retribución de 2 euros y si la venta era en formato digital y costaba 8 euros él sólo recibiría 0,80 euros, lo que resumiendo significa que sólo percibe un 10% del valor de compra y que con las descargas gratuitas hasta eso se le birlaba. Mis amigos sostenían que si él sólo recibía ese porcentaje, lo primero que debería hacer era rebelarse contra los que se apropian del 90% restante, porque eso sí que es un auténtico atropello, más todavía teniendo en cuenta que el formato digital –como se ha dicho tantas veces– apenas le supone gastos a la editora: ni papel, ni imprenta, ni almacenaje, ni stocks no vendidos, ni nada de nada; cuando alguien hace la compra de un producto digital sólo debe existir un sistema informático que despache el ejemplar y cobre el dinero correspondiente.

Mirándolo así, he decidido que como norma no compraré ningún libro, CD o película en formato digital por el que deba pagar más de 5€, prometo que lo revisaré en el futuro con el IPC (aunque hace dos días cometí el exceso de pagar por uno 8,54€). Lo demás llegará a mis manos mediante el bonito sistema de la descarga ilegal y allá se las compongan creadores e intermediarios. La cultura no es ni debe ser gratis, pero tampoco debe ser un medio para robarnos.

Por supuesto es tarea de esos intermediarios conseguir convencer al gobierno de que a su vez han de convencer a Bruselas de que la aplicación del IVA de estos productos no está en línea con lo que los ciudadanos están dispuestos a aceptar. Mucho me temo que en Bruselas hagan tanto caso de los deseos de los ciudadanos como nuestro propio gobierno, pero eso no va a ser nuestro problema. No estaría de más recordarle también a los listos de Bruselas que las multinacionales –o sea, casi todas las empresas dominantes– deben pagar sus impuestos en el país en que realizan la venta, lo contrario es simplemente competencia desleal y favoritismo con quienes como Luxemburgo, Gibraltar o Irlanda practican el filibusterismo en esto de los impuestos.