miércoles, 29 de abril de 2015

Budapest, viaje con escala

Hace pocos días que he vuelto de un corto viaje a la capital de Hungría y aunque escribir sobre viajes no es lo mío, creo que nadie se va a escandalizar si relato algunas de mis experiencias.

Para empezar, debo aclarar que la visita estaba comprometida conmigo mismo –y por supuesto que con mi mujer, buena es ella– desde que hace un par de años decidí acometer el recorrido tan típico de Viena-Praga-Budapest, pero resultó que la antigua compañía aérea de bandera húngara Malév acababa de sucumbir, supongo que como consecuencia de la desaforada y desleal competencia de las malditas low cost, y tuvimos que privarnos del placer de ir al país del gulash, porque no había línea aérea que enlazara con el nuestro.

El caso es que este año decidí no retrasarme más y contraté el viaje, pese a que la única línea que hace el vuelo directo Madrid-Budapest es Ryanair, y como tengo el firme propósito de no jugarme la vida y la dignidad con esa compañía, elegí el vuelo con escalas Madrid-Frankfurt-Budapest mediante Lufthansa. Nos aprendimos cuatro palabras en húngaro y no más, porque es conocida la frase de algún personaje famoso que no recuerdo, que para representar la dificultad de aprender el idioma magiar afirmó que sólo estaba al alcance de los húngaros y de DIOS. Y resultó cierto, aquello sonaba peor que el chino, aunque para mi sorpresa resultaron ser bastante políglotas y eran abundantes los que hablaban inglés y, según me aseguraron, también eran muchos los que dominaban el alemán o el ruso. Asombroso.

De entrada diré que Budapest me pareció una especie de Viena, pero de protección oficial. Mucho imperio, mucho edificio imponente, amplias avenidas, pero ni la mitad de lujos y dorados que Viena y con un mantenimiento de los solemnes edificios que resultaba un tanto escaso, claramente desvencijados como sujetos a recortes, no sé si por la crisis o su pasado soviético. Algo así como el firme de nuestras calles y carreteras actualmente, Rajoy habría disfrutado con todas esas carencias.

Cuando se viaja a una ciudad por primera vez y se dispone de pocos días, está claro que hay que elegir entre ver un par de museos y edificios notables por dentro o callejear todo lo posible y limitar las interioridades al máximo, pues de lo contrario el tiempo se escurre entre los dedos sin dar tiempo a cogerle el aire, así que procuramos andar lo inimaginable y apenas conocer alguna iglesia o construcción importante en su interior.

Durante los dos primeros días sacamos abono de esos autobuses turísticos de dos pisos que hay en todas las capitales y que permiten sacar una impresión general, para tomar nota de aquello que después veremos con más detenimiento. Lo que más me impresionó de este tour fue la exhaustiva lista de cosas que los húngaros habían inventado (según ellos) y que iban siendo enumeradas a través de los auriculares de a bordo: uno ya sabía que eran húngaros el autor del bolígrafo y del famoso cubo Rubik, pero no sospechaba que también habían inventado la bomba atómica, el condensador, la televisión en color, el fax, el teléfono móvil, etc. etc. Teniendo en cuenta que los franceses afirman haber inventado las patatas fritas, uno ya no se asombra de nada.

Lo primero, conseguimos resolver esa incertidumbre sobre cuál lado del río es Buda, cuál Pest (y nos quedamos con las ganas de situar la tercera parte del rompecabezas: Óbuda). Pest es la parte llana como un plato ídem, ideal para pasear a pie o circular en bicicleta, margen izquierda del Danubio. Buda es la parte ideal para reventar subiendo y bajando cuestas. 

Desde luego, llama la atención el enorme tamaño del parlamento que, como otros monumentos, limitamos a un conocimiento exterior por varias razones: había que concertar cita previa para la visita y además al tener un tamaño que aspiraba al de nuestro Escorial (a ojo de buen cubero), él solito habría engullido buena parte de nuestro tiempo de vacaciones. Qué bueno sería poder mezclar tanto gótico pastelero con nuestra seca y triste sobriedad. Eso sí, lo contemplamos muchas veces porque nuestro hotel se encontraba muy cercano y casi para cualquier actividad pasábamos por su cercanía. Además, estaba allí nuestra estación de metro.

Por cierto que, como muchos saben, el edificio se encuentra a orillas del Danubio y no hay que olvidar que si un río es casi siempre un importante elemento embellecedor de cualquier ciudad que disponga de él, tratándose del río más importante de Europa, el efecto es para enmudecer.

De carambola conocimos el que debe ser el principal conservatorio de la ciudad. Pregunté a quien guardaba la puerta si podíamos pasar y nos dijo que adelante, noté que no era frecuente la aparición de turistas en aquel punto. El lugar era impresionante y como ya habíamos observado en otras ciudades europeas, mostraba un respeto por la música y su enseñanza que en España ni imaginamos. Somos un pueblo de verdad bárbaro, y ahí tenemos a los mejores –o más caros– equipos de fútbol para quien lo dude.

Una opinión muy subjetiva sobre las tres ciudades centroeuropeas de las que hablaba al principio: si tengo que escoger una de ellas –que prefiero no hacerlo–, me quedo con Praga, quizás porque no es tan grande como las otras y a mí eso me produce una impresión más acogedora. Además, no encontré tanto italiano.

P.D. Me dice mi mujer: no has contado eso. El eso es que el día de inicio del viaje coincidió con el cumpleaños de ella y a mitad del vuelo a Frankfurt se nos acerca la sobrecargo, felicita a mi mujer y nos pregunta si queremos una copa de champán. Por supuesto que dijimos que sí, pero mientras la bebía varias preguntas me daban vueltas en la cabeza: ¿cómo sabía esa mujer que era el cumpleaños de mi esposa?, ¿hasta qué punto se difunden nuestras privacidades, que incluso llegan a conocimiento de una sobrecargo? En todo caso mis felicitaciones a Lufthansa, otras compañías no habrían tenido ese detalle, pero...

domingo, 26 de abril de 2015

Amor al cine

Quede claro, no soy de esos cinéfilos capaces de verse tres veces seguidas “El nacimiento de una nación” en pleno éxtasis. Y conste que los admiro, aunque no es lo mío. Sí me gusta el cine y los mejores momentos de mi infancia están asociados precisamente a las películas, me proporcionaban una felicidad que la vida real no me aportaba ni lejanamente. Además, soy de los que lloró cuando mataban a la madre de Bambi.

Hasta hace cuatro o cinco años iba a cines de verdad, de esos a los que se entraba directamente desde la calle y que no tenían más que una sala y una pantalla, pero por desgracia fueron siendo cerrados atropelladamente uno tras otro. Me veo obligado por lo tanto a asistir a esas multisalas donde se proyectan dieciocho películas en otras tantas salas, la mayoría malas porque la decadencia de las salas de cine ha ido acompañada de la decadencia en la calidad de las películas, o viceversa.

Lo que la gente pide ahora y lo que al parecer Hollywood produce sin más complicarse la vida, son adaptaciones de tebeos –comics que dicen los modernos, ¿es posible que haya tantos tebeos que yo desconozca?– en las que pese al dineral que cobran los intérpretes, los verdaderos protagonistas son los efectos especiales y es eso lo que buscan muchos de quienes dicen disfrutar del cine

Acabo de volver del cine –o de algo parecido ubicado en un centro comercial– después de meses sin acudir a una sala. Era la primera vez que acudía a ver una película en ese centro comercial cercano a mi domicilio y la impresión no ha podido ser peor: las multitudes –que detesto– en todos los lugares, aunque no era fin de semana: taquillas, pasillos, aparcamiento, restaurantes, etc., la sala de cine con asientos en verdad confortables, pero con el suelo que crujía al pisar sobre las palomitas desparramadas por esos espectadores que no conciben ver una película sin estar comiendo algo –principalmente esas palomitas– y esparciéndolas a su alrededor. Es asombroso lo fácil que ha resultado crear un reflejo condicionado en la gente: piensan en una película y empiezan a salivar porque se les viene a la mente un cubo de palomitas y un vaso gigante de cocacola; el bueno de Pavlov...

A mitad de la película suena un móvil detrás de mí y la persona mantiene una conversación sin importarle los demás. Una niña de unos seis o siete años hablaba con sus padres en voz alta cada rato –ricura– y estos no la hacían callar. A nadie parece importar nada de esto y la gente aparenta ser feliz en medio de la gente, asistiendo a la proyección de una película que yo había escogido creyendo que las críticas eran fiables y que en realidad resultó tan insufrible que no me salí del cine por no fastidiar a mi mujer; la historia trataba de un tipo que no se peinaba ni se duchaba y una chica con pinta de taquillera del metro. Todo esto amenizado por el retumbar de disparos o algo así de la película de la sala contigua que se oían a la perfección porque los actuales sistemas de sonido son realmente espléndidos (y ensordecedores) y han ido más allá que los aislamientos acústicos.

Nada puede sustituir a aquella placentera experiencia de ir a una sala de verdad, una película en un cine es muy diferente de una película en casa, pero si eliminan lo que me gusta y tengo que escoger un sustituto, prefiero ver una película en la televisión. Empieza cuando yo quiero, nadie mastica o habla a mi lado, no suenan móviles y para remate puedo tomarme un whisky o ir al lavabo cuando me apetece. Tal y como están las cosas, que los empresarios de las salas de cine no cuenten conmigo aunque pongan la entrada a precio de cuando las pesetas. Seguro que esos seres comedores de palomitas les seguirán llenando las salas con tal de que las películas tengan muchos efectos especiales y muchas explosiones.

martes, 21 de abril de 2015

Ciencia infusa

Resulta que de entre todos los amigos y conocidos que tengo, son muy-muy escasos los capaces de escribir un párrafo de cinco líneas sin que aparezca una falta gramatical, aunque sea la tilde de una palabra. Lo confieso, a veces tengo que lanzarme sobre el diccionario porque me entran unas dudas tremendas sobre la ortografía de una palabra, supongo que debido algo a mis lagunas gramaticales, en buena parte a la edad y no poco a mis nociones de portugués, un idioma que tiene la mala costumbre de escribir con “g” lo que en español debemos escribir con “j”, poner con “v” tiempos verbales similares a los españoles en los que nosotros debemos usar la “b” y otro montón de diferencias sorprendentes. Es un idioma «falsamente amigo».

La razón general para aquellas faltas de las que hablaba son las que cabían esperar: falta de hábito de lectura, escaso interés por el lenguaje (personal y social), mala memoria, quizás poca costumbre de escribir y para rematar, el uso habitual de dispositivos electrónicos como móviles y tabletas y su escritura «vale todo»; lo normal. Nadie lo sabe todo, pero me cuesta disculpar la mala ortografía, sobre todo si es consecuencia del nulo interés por hacerlo bien.

Y a propósito de sabiduría, como ya he dicho aquí en alguna ocasión, soy uno de esos estafados por las participaciones de Bankia y pese a las frecuentes noticias periodísticas que van apareciendo día tras día abundando en los procedimientos mafiosos que se pusieron en práctica para colocar estos activos, aún hay quienes piensan y declaran que engañaron sólo a los tontos. Lo consideran un caso similar a lo de Forum Filatélico o los bonos de Ruiz Mateos y peor que haber votado al PP en las últimas generales fiando en su programa. Ese partido cuyo presidente afirmó que la banca devolvería al estado hasta el último euro de los 55.000 millones que se les prestaba –conservo el vídeo– y esta semana declaran tan frescos que no se recuperarán más de 15.000, ¡eso sí que es engañar a tontos! (en esta fecha, el Banco de España declara que sólo se ha recuperado el 4,3%).

Día tras día tengo que batirme para despejar la idea de que esas participaciones fueron colocadas principalmente a gente analfabeta e ignorante, porque –sin entrar a valorar mi propio caso– la realidad es que se colocó entre personas de todas las condiciones y edades, bien es verdad que fundamentalmente a jubilados. No porque éstos sean necesariamente débiles mentales, que abundan, sino porque los bancos sabían con certeza que era entre este colectivo donde abundaban los que, intentando asegurarse una mínima holgura y tranquilidad en la vejez, habían procurado acumular unos ahorros hacia los que se ha dirigido la codicia sin escrúpulos y sin control de los banqueros.

Abundan los listos que se ufanan de que a ellos nunca se la hubieran dado, bien porque poseen unos sólidos conocimientos de economía bancaria, bien porque son dueños de un fino instinto que ningún banco puede sortear.

En mi opinión, la razón de que no hayan sido estafados suele ser que, o bien no tenían ahorros que pudieran serles arrebatados o no tenían relación habitual, cercana y de muchos años con las entidades que han practicado la estafa y por lo tanto no estaban acostumbrados a depositar cierta confianza en su banco.

Todo esto me ha venido a la mente porque hoy he recibido un escrito circular de un banco, donde tengo invertida una modesta cifra en un fondo de inversión, avisando de que el adjunto que incluían es un resumen acerca de la trayectoria de mi fondo en el pasado ejercicio. El tal adjunto tiene 53 páginas y al hojearlo he podido comprobar que, efectivamente, ni mi cultura ni mi paciencia llegan hasta el extremo de asimilar tanto gráfico y tanta expresión en extranjero que ni a tiros conozco, ni falta que me hace a ese precio cuando además, para más señas, detesto esa falsa ciencia llamada economía. Este adjunto no es un caso aislado, raro es el mes en que no recibo otro tocho informándome de las nuevas condiciones de mi contrato telefónico, o eléctrico, o bancario, o de-lo-que-sea que entrará en vigor automáticamente en fecha cercana si antes no cancelo mi cuenta o contrato. Estoy por tanto –de nuevo– a merced de lo que esos bancos o empresas quieran hacer con mi dinero o esperar a que la ciencia infusa me dé armas para entender lo que a mi alrededor se conjura para expoliarme. Qué se le va a hacer, antes presumía que el estado velaba para impedir que el ciudadano fuera estafado por los truhanes que abundan. Ahora sé que eso no es cierto, que ellos mismos son los truhanes y que, incluso algún honorable presidente de comunidad autónoma –ya saben, quien encarnaba a todo un "hecho diferencial"– o algún ministro que ha tenido a su cargo la responsabilidad de la economía nacional –Rato, se llama Rato– han defraudado, han sacado dinero ilegalmente fuera del país y han favorecido a sus amiguetes. Por explicarlo en cuatro palabras: yo, tonto; ellos, listos.    

Mientras, aquellos listos a los que nadie engaña, son estafados por las operadoras telefónicas –como todos, por cierto– y dan el conforme al uso de aplicaciones informáticas en el PC, el móvil o la tableta, sin leer la extensa letra pequeña de las condiciones que, a saber a qué compromete. Puede que algún día lo descubran dolorosamente.

jueves, 16 de abril de 2015

Un hombre, un voto (más o menos)


Bueno, y antes de que se subleven, aclaro que una mujer, también un voto, faltaría más, hay que aclararlo ahora que muchas andan revueltas porque no les gusta ni siquiera eso de homo sapiens, ya que les parece ofensivo lo de que aparentemente sólo se mencione al hombre. Aquellas magníficas exposiciones –ahora que me doy cuenta, hace muchísimo tiempo que no sé de ellas– que se llamaban Las edades del hombre iban a plantear actualmente más de un problema.

Pamplinas aparte, pasaré a lo que me ha producido las ganas de escribir una entrada sobre el derecho al voto. Resulta que hace muchos años, tantísimos que ni siquiera voy a decir cuántos, en una charla entre amigos sugerí que deberían inventar un aparato, algo así como ese casco con cables de las historietas, que a la hora de votar averiguase qué coeficiente intelectual tiene el que va a depositar su papeleta y, según eso, aplicase un coeficiente reductor o multiplicador del valor de cada voto, un coeficiente que el votante ignoraría, con lo que seguro que todos saldríamos de la cabina pensando que éramos first class.

Uno de los presentes en la charla –votante impertérrito del partido del OTAN no, pero vale– se indignó y me llamó facha –sabiendo que ese calificativo yo lo consideraría una ofensa de nivel 1– asegurando que era una propuesta propia de tales y que el voto debería tener el mismo valor para todos.

No he vuelto a acordarme de esa idea mía, que según he comprobado después no es ni siquiera original, pero no quiero ni pensar las discusiones que surgirían con los demócratas formales y las complicaciones técnicas que supondría fabricar un aparato como el que yo sugería, asegurándose al tiempo de que de ninguna manera pudiera ser manipulado, ni siquiera por Cospedal.

Hoy he leído un artículo en la prensa que en cierta manera plantea un dilema relacionado. No sé si saben –yo no lo sabía, pero lo he descubierto hoy– que quienes padecen síndrome de Down y son incapacitados por sus familiares responsables, no tienen derecho al voto. Sí aquellos que tienen un grado pequeño de valoración del síndrome, que pueden votar igual que pueden trabajar o casarse.

Pero no contaban con la ceguera de los allegados –seres queridos que dirían los modernos–, y una madre de una de estas personas incapacitadas se ha dedicado a recoger firmas para que el diccionario de la RAE modifique el significado que da a la palabra subnormal y, al tiempo, la asociación que reúne a familiares de estos –digamos– enfermos quiere que se permita el voto incluso de los incapacitados. Cuesta entender cómo si la familia lo incapacita, después pretenden que tengan derecho a votar, parecen considerar que el sufragio no precisa de capacitación alguna. Eso da una idea de la valoración que los españoles dan al sufragio y debería animar a la invención del aparatito del que hablaba al principio.

Resulta muy ilustrativo leer los comentarios que en la prensa digital acompaña a la mayoría de las noticias y en ese caso los había para todos los gustos: desde quienes piden que se les retire el derecho al voto a quienes padezcan Alzheimer o Parkinson a quienes dicen que si se lo dan a aquellos incapacitados deben dárselo también a los niños que hayan hecho ya la primera comunión. Un dilema.

Hace pocos días una encuesta aseguraba que en caso de elecciones locales inmediatas, en Madrid volvería a ser el PP el partido más votado, lo que evidencia la urgente necesidad del aparato, aunque seguro que ese partido se opondrá rotundamente. Se confirma que son multitud quienes confunden sus miedos y sus simpatías personales –vaya usted a saber basadas en qué– con el voto que deposita la confianza en alguien/algunos para que nos mandoneen y nos despojen. Pura nostalgia de por el imperio hacia dios.

lunes, 13 de abril de 2015

Un mundo mejor

Lo he dicho varias veces, pero es que no deja de ser chocante que según aumentan los malos modos, la falta de educación entre ciudadanos (vecinos, compañeros de trabajo, clientes en la cola del super, etc.) más aumenta el buenismo de la población y más se llega a babear ante lo primero que se le presenta en los medios de comunicación para sacar a flote la compasión que cada uno parece que guarda en su interior. Uno puede quitarle el hueco de aparcar a otro y amenazarle con partirle la cara si reclama, pero curiosamente se derrite y babea si le ponen delante la foto de un somalí con cara de hambre.

En uno de los artículos que semanalmente escribe y publica Javier Marías, trata acerca de la facilidad con que la gente se traga lo que en una noticia de prensa o televisión se dice, aunque las imágenes muestren todo lo contrario.

No pretendo usar lo que él escribe para dar fuerza a lo que voy a decir, pero estoy asombrado de que en las noticias que a diario aparecen en la prensa sobre los incidentes en la valla de Melilla, los lectores suelten todo tipo de improperios contra la Guardia Civil, simplemente porque el texto de la noticia induce a ello, aunque en las fotos se vea algo que cuando menos debería dar que pensar: el asalto organizado de una multitud de los llamados subsaharianos, que recuerdan aquellas películas de indios –perdón, nativos norteamericanos– tipo Fort Apache. Quizás la diferencia principal era que aquellos apaches pretendían retomar lo que desde tiempos inmemoriales era suyo y se les liquidaba sin contemplaciones al intentarlo, mientras que los africanos de Melilla pretenden entrar a la fuerza, contra toda ley, en un país que no es el suyo y si se les rompe una uña se le ha caído el pelo al guardia civil que tengan enfrente.

No hace tanto, se decía que un africano que fue golpeado por los agentes había perdido un riñón, quedado medio paralizado y que fue dado de alta en el hospital de manera inmediata. No me negarán que cuesta creer que semejantes daños –está claro que perder un riñón no es como perder el bonobús– permitan el alta hospitalaria sin fallecer en la misma puerta del hospital al salir.

De momento lo de siempre: cantidad de comentaristas atacando a la guardia civil por fascista, franquista, violenta, racista y todo lo que quieran. Nadie parece acordarse de esos guardias civiles que mueren o ponen en riesgo sus vidas mientras tratan de rescatar a un montañero o a un espeleólogo, a mujeres que están siendo explotadas sexualmente o incluso a los ocupantes de una patera. No es que me entusiasmen «los civiles», hace tiempo tuvieron la amabilidad de disparar bolas de goma contra el grupo de huelguistas en el que me encontraba, sin mediar provocación o aviso, pero de ahí a condenarles colectivamente sin más, hay un abismo.

Hay que observar las fotos de los asaltos a la valla. Por más que se empeñen en describirlo como unos africanos en busca de una vida mejor, a mí me parece un ataque masivo que desborda a las fuerzas del orden, realizado por gente organizada que se empeña en cometer el delito de burlar las leyes de inmigración de un país. Haga usted la prueba de acercarse a Suiza o Noruega –lugares donde supuestamente reside la civilidad– y cuando llegue al control fronterizo, en vez de enseñar su documentación sáltese la barrera que delimita la frontera. Luego nos cuenta cómo le ha ido (cuando se recupere). Si el experimento le sabe a poco, inténtelo de nuevo al tiempo con un centenar de amiguetes suyos, no se prive. Procure filmarlo y le pasa la grabación a alguna ONG española.

A propósito –y no es de extrañar– Europa Press y varios periódicos desmintieron lo de que el africano hubiera perdido un riñón o quedado paralizado, lo que no era raro teniendo en cuenta que la información y vídeos sobre los daños a africanos son casi siempre suministrados por una ONG llamada Prodein que es lo más parecido a una secta o una organización con parámetros similares a los del Opus Dei. Curioseen por su web y ya me dirán.

Buena parte de las fotos que acompañan a estos reportajes son suministradas por un individuo cuyo interés por desprestigiar a España y a sus actuaciones no es de extrañar, teniendo en cuenta que es un activista independentista catalán. Es sabido y notorio que España oprime a los negros y a los catalanes.

En fin, sigan creyendo lo que les cuentan en los periódicos y rebosando compasión por esos que asaltan la valla. Desde la península la gente hierve de indignación por el trato dispensado a los asaltantes, ¿se les ha ocurrido preguntar a un habitante de esa ciudad fronteriza cuáles son sus sentimientos?

Dejo para otro día la pregunta de si eso de buscar una vida mejor es admisible cuando consiste en el abandono masivo del propio país, ¿qué habría ocurrido si los franceses en vez de hacer una revolución en 1789 hubieran emigrado casi todos a Inglaterra?, ¿y si los rusos en vez de hacer la suya en 1917 se hubieran marchado a Alemania?, ¿sabe alguien de algún movimiento social en África para mejorar sus propias condiciones de vida? (no hablo de las habituales luchas de una tribu contra otra para masacrarse).

sábado, 11 de abril de 2015

Misterios misteriosos

De mi niñez como creyente fervoroso, recuerdo que se rezaba el rosario con frecuencia y que de eso no se salvaba nadie, todavía me acuerdo de alguna ocasión en la casa rural de mis tíos, donde pasé algunos veranos, y que cuando aparecía la pareja de guardias civiles de patrulla por la zona –con sus mosquetones o naranjeros y esa funda de tela en el tricornio que se prolongaba hasta la nuca para protegerla del sol– y nos pillaban en pleno rosario vespertino, mi tía les imponía silencio y los obligaba a sentarse y rezar con todos. Toda una estampa de la España del franquismo, qué pena no tener alguna fotografía de aquellas sesiones: toda la familia, un par de jornaleros y los dos civiles fingiendo éxtasis religioso.

A la espantosa monotonía del rosario –como mantra budista– se unía que, para colmo, había que saber qué misterios eran los que correspondían al día de la semana en que nos encontrábamos. Como se me ha olvidado el asunto, lo he mirado para evitarles esa molestia y resulta que existen de cuatro clases: gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos, aunque a estas alturas sólo me acuerdo algo de los dolorosos, me suena eso de gozosos y gloriosos y ni idea de los luminosos*, debe ser porque nunca rezaba los jueves, que es el día al que corresponden, o que padezco amnesia jupiterina.

Recuerdo vagamente que aquello del rosario estaba pensado básicamente para acercarnos a la virgen –¿quién inventaría aquel tostón?– y a través de ella a dios, y como las desgracias nunca vienen solas, cuando terminaba el rezo del rosario seguía la letanía, consistente en una larga lista de piropos en latín dirigidos a la virgen –pura adulación– que lanzaba el que dirigía el rosario y había que contestar colectivamente a cada uno poniendo mucho cuidado, porque si bien al principio era muy fácil porque siempre correspondía un mecánico ora pro nobis, se precisaba una mínima atención, porque al llegar a un punto las contestaciones eran diferentes y mucho más complicadas. Yo diría que aquella parte precisaba de cierta profesionalidad en el rezo. El suplicio finalizaba con una serie de jaculatorias a cual más absurda. Para entonces era poco probable que usted estuviera más cerca de dios, pero tenía todas las papeletas para acercarse una barbaridad a Morfeo, aunque debía congelar en su rostro cierta expresión de éxtasis, para evitar que le cayera encima una bronca.

No sé si será así en todas las religiones –el contacto con una ya ha sido demasiado para mí–, pero la iglesia católica está repleta de celebraciones, ceremonias, liturgias, tradiciones, que ni de lejos figuran en el Antiguo o Nuevo Testamento, aunque una cosa me preocupa de manera especial: ¿de dónde se han sacado eso de que los mandamases de la iglesia deban disfrazarse de chamanes egipcios para oficiar actos religiosos solemnes? Vean Sinuhé el Egipcio u otras películas semejantes y verán desfilar por ellas tíos disfrazados de Papa. O viceversa.

Otra cosa que llama la atención es que la Iglesia se apresuró a calificar de apócrifos todos los evangelios que no mantuvieran una unidad de relato con los cuatro magníficos. Sin embargo, no le ha producido empacho adueñarse de hechos que sólo se relatan en esos apócrifos, como eso de que Jesús naciera en un pesebre o que los padre de la virgen María se llamaran Joaquín y Ana.

Para que vean lo viejo que soy, hasta mi temprana adolescencia fui obligado bajo amenaza de torturas a asistir a misa portando un libro de misa –¿alguien sabe ahora qué es eso?– especial para tiernos infantes llamado el Mi Jesús; una pesadilla. Recuerdo que aparte de otras recomendaciones piadosas, nos guiaba por las distintas partes de la misa –que era en latín, claro– y aconsejaba la postura que en cada momento debíamos adoptar, así que yo podía ver que cuando todo el mundo estaba de pie, el libro recomendaba de pie y mejor de rodillas. Cuando los fieles se sentaban decía de pie, sentado y mejor de rodillas. El lector avispado ya se imagina que cuando todo el mundo se arrodillaba el libro no daba opciones y dictaba irrevocablemente de rodillas. Yo creo que esa actitud y desprecio hacia las rodillas del devoto juvenil sería calificado hoy como sadismo. Como entonces no teníamos dinero para eso de los piercings

*posteriormente he averiguado que los misterios luminosos fueron introducidos por Juan Pablo II, no existían por tanto en la época de mi relato. 

lunes, 6 de abril de 2015

Música y discapacidad

Venía en la prensa hace unos días un artículo sobre Django Reinhart que no acabó de gustarme porque a mi entender insistía excesivamente en su discapacidad y no tanto en su genialidad. Para quienes no sepan quién era este personaje les diré que se trata de un guitarrista de jazz nacido en Bélgica –no en Francia como piensan muchos por asociarlo con París– que entre otras características reunía ser gitano y sufrir un problema serio en su mano izquierda, consecuencia de un incendio, que le dejó inutilizados los dedos meñique y anular de esa mano. Eso no le impidió ser uno de los mejores guitarristas de la historia del jazz y que hasta Woody Allen le rindiera homenaje con su película Acordes y desacuerdos (Sweet and Lowdown, 1999).

Músicos con diferentes discapacidades ha habido muchos, quizás los más numerosos hayan sido pianistas que padecían ceguera, lo que evidentemente no les impedía tocar el instrumento, aunque sí leer partituras –al menos al interpretar, pues existe el Braille– y eso obligaba entre otras cosas a una memoria prodigiosa –hablo del jazz-blues, los otros no vienen al caso– porque aunque muchos piensen que en este género los músicos tocan más o menos lo que les apetece a cada uno de ellos (juro que me lo han dicho alguna vez), está claro que no es así y por el contrario, hay que aprenderse de memoria buena parte de cada interpretación. Un ejemplo bien conocido de pianista –y cantante, clarinetista, saxofonista, etc.– ciego es el irrepetible Ray Charles, el pionero genio Art Tatum también prácticamente ciego; Michel Petrucciani, pianista, que padecía una grave y dolorosa enfermedad ósea que le impidió crecer más de un metro de estatura y de la que murió finalmente no hace mucho y por último un compatriota que en España y muchos otros países gozó de bastante fama entre los aficionados: el pianista catalán Tete Montoliú, un músico maravilloso de un lirismo seductor, probablemente el mejor pianista español de jazz. El conocido incluso en estos tiempos, Louis Armstrong, padeció durante muchos años un cáncer en los labios, razón por la que casi abandonó su faceta de trompetista dedicándose principalmente a cantar. Por descontado que son una mínima parte del total, he nombrado los primeros que se me venían a la cabeza, la lista es casi interminable.

Artistas de otras ramas con limitaciones físicas son incontables y es también Woody Allen el que trata sobre ellos en una comedia, Broadway Danny Rose, en la que interpreta a un patético representante de peculiares artistas: un bailarín de claqué al que le falta una pierna, un malabarista manco y un ventrílocuo tartamudo entre otros.

Lo que no me gustó de aquel artículo es que parecía más el relato de un impedimento físico que la historia de un hombre que tenía el genio de la música en su interior y al que ni siquiera un accidente pudo arrebatarle manifestarse como tal. Podría interpretarse como que sufrir quemaduras en las manos es un aliciente para dedicarse a la guitarra y no es así, Django ha pasado a la historia por su genialidad y no por su incapacidad, y muchos de los que le conocen y admiran no saben de esa limitación.

Hay quienes se empeñan en afirmar a diario que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos, pero sería patético que yo me empeñara en participar en el Tour o que mi vecina del tercero se presentara a Miss Universo. Todos tenemos los mismos derechos y la obligación de no pretender lo que está fuera de nuestro alcance, algo que desde luego no tiene por qué limitar nuestro derecho a la felicidad (o lo que sea).

He leído el otro día en la prensa que Finlandia va a presentar al próximo festival de Eurovisión un grupo formados por afectados por el síndrome de Down. No tiene que asombrar, después de que hace un año otro país fuera representado por una supuesta mujer con abundante barba –y como la gente es así, ganó–, pero creo que todos estos intentos no suponen beneficio alguno para personas con problemas similares y sí la transformación de esa manifestación en un festival de fenómenos, justo lo contrario de lo que se finge desear. Y para remate, el dichoso festival me parece una manifestación detestable muy alejada de la música, pese a titularse Eurovision Song Contest. Ni siquiera es europeo, este año intervienen Israel y Australia.

miércoles, 1 de abril de 2015

Almas iluminadas

Que vivimos tiempos de gran confusión es cosa que muchos saben y si todavía viviera Carlos Gardel lo cantaría en un tango, seguramente compuesto por Discépolo. Lo que muchos no se paran a pensar es que buena parte de esa confusión se produce gracias al efecto multiplicador de Internet que, al fin, es de verdad lo más democrático que existe en el planeta y una triste evidencia de que la democracia no puede ser ilimitada. Que se lo pregunten al gobierno chino.

¿Alguien duda de que si decidiera presentarse por algún partido político ese desecho humano llamado Belén Esteban, el futbolista Messi (el hombre que confiesa haber leído sólo un libro en su vida), Cristiano Ronaldo (que seguramente ha leído un libro menos que Messi) u otros muchos populares, significarían un serio rival para los candidatos habituales? Por si cabe duda, ahí tienen en países más osados la elección de alguna actriz pornográfica, de pintorescos transexuales o payasos para puestos de representación política, no elegidos precisamente por sus ideas y propuestas para el bienestar de la ciudadanía. Simplemente son populares y con eso sobra, la gente no distingue entre personajes que les divierten y personajes capacitados y merecedores de gobernar.

Leí el otro día que se ha puesto de moda que los famosos tengan sus propios blogs, leídos cada día por miles de seguidores, y citaba concretamente el caso de una tal Sara Carbonero cuya última entrada había merecido más de 300 comentarios. Lo he visitado y prefiero no opinar.

¿Pura envidia? Por descontado que también, he dicho varias veces que mantengo este blog no muy convencido de su utilidad y que hay demasiados blogs y demasiados pocos lectores, sobre todo cuando publico una entrada sobre lenguaje, materia que parece no interesar a casi nadie. Claro que de ahí a aceptar complacientemente que merezca la pena seguir el blog de alguna famosa que lo es por ser o haber sido –no estoy muy al tanto– novia de algún famoso o por mostrar con generosidad su cuerpo en la prensa día tras día, hay un abismo.

Cualquiera de los que por aquí se asoma puede ver que recomiendo en el lateral de la página algunos blogs –incluso temporalmente cerrados por soledad– y hay más que recomendaría por ser blogs inteligentes escritos con chispa y humor y que sin duda divierten a quienes lo leen. Puedo asegurar que el mío me parece aceptable, sin locura, pero no estoy dispuesto a aceptar que los de Rihanna –un bombonazo exhibicionista con tatuajes– o la cubana Yoani Sánchez –fea con ganas, pero subvencionada por la CIA y El País– merezcan más la pena que el de este su servidor. Admito, claro que sí, que una foto mía –o de Yoani– no va a despertar la libido de nadie en su sano juicio (¿por qué no se anima la CIA o El País a subvencionarme?).

La verdad es que esto de poseer un blog es algo complicado (y roba tiempo). Además, si uno incluye entradas rompedoras puede que moleste a buena parte de los lectores, alguno de los cuales se va para siempre, pero si el blog es simplemente ñoño aburrirá a muchos que en consecuencia lo abandonarán. La cuestión es, ¿cómo saber qué es lo que mejor sintoniza con los lectores propios? y ¿debe uno ceñirse a lo conveniente o publicar lo que le venga en gana? Yo soy ferviente partidario de esto último, pero percibo a veces que actualmente escribo y publico ligeramente condicionado y por eso redacto entradas que después guardo sin que lleguen a ver la luz. Admito que a veces carezco del tacto que otros exigen, pero consideraría desastroso que eso deviniera en autocensura. 

Soy uno más de esos que reciben casi a diario correos solicitando mi firma para contribuir a tal o cual petición. No digo que siempre acierte, pero aseguro que antes de apoyar lo que sea procuro investigar si la petición está de verdad justificada y si merece un apoyo público masivo. Sé que no es eso lo común y que abundan quienes por sistema borran esos correos porque no les gusta implicarse en actividades que encuentran conspirativas o subversivas –los pusilánimes– y por el contrario quienes, sabiendo que se trata tan solo de dar un click con el ratón, se apuntan a lo que sea sin más reflexión, corriendo seguidamente al espejo (al modo Blancanieves's stepmother), convencidos al mirarse de contemplar a un auténtico bolchevique.

Yo recomendaría que antes de apoyar a un candidato político, a un bloguero de la pamplina o a una petición de lo que sea, valoremos seriamente si son casos y cosas que merezcan nuestro tiempo y nuestro apoyo. Bueno, más que una recomendación es una obviedad.