jueves, 28 de mayo de 2015

Personaliza tu cuerpo

El título de esta entrada no es de mi invención, sino que reproduce el titular de un anuncio publicitario que hace pocos años leí en no recuerdo qué periódico o revista, insertado por un taller de tatuajes que brindaba su trabajo para poner fin a esa preocupante despersonalización personal.

Para mí resumió todo lo que de banal, estúpido e ignorante inunda nuestro entorno, preocupado sólo por lo físico y la posesión de artículos a la última, sea unas zapatillas, sea el móvil que proporciona en cada instante más prestigio a su propietario. Como dinero no tiene el que quiere sino el que puede, hay que esforzarse en incorporarse a la ola de modernidad hasta donde podamos y de ahí que sea posible contemplar, como me sucedió no hace mucho, a quien pide limosna exhibiendo un tatuaje que seguramente le habrá costado bastante dinero, a la vista de su extensión y colorido.

Todo el mundo se afana por personalizar su cuerpo y su aspecto, a costa precisamente de la pérdida de su personalidad. Por contra, se rechaza todo lo que pueda suponer conocimiento, salvo que sea superficial y se lleve, de ahí en parte que haya una afluencia multitudinaria a las exposiciones temporales de los museos, no se trata de conocer a tal o cual artista, de enriquecerse personalmente, sino de haber estado y pavonearse por ello.

Evidentemente estoy relativamente a salvo de tanta memez porque mi edad me inmuniza parcialmente y tendría que estar perturbado para correr a un taller de tatuajes en el que me grabaran en la piel la totalidad de mi ideario, como muchos empeñados en que los demás sepamos que adora a su madre, que el club de fútbol por el que bebe los vientos es tal o cual o que el alfabeto chino mola. Incluso algún jugador de fútbol anda con un tatuaje en élfico, lengua inventada en El Señor de los Anillos, y que según afirman expertos se lo ha hecho con faltas de ortografía. La estupidez llega al extremo de que he podido ver que ese patético espécimen llamado Justin Bieber ha incluido en su cuerpo entre otros muchos motivos, escenas selváticas o textos, el año de nacimiento de su madre –que fue 1975– en números romanos, pero ojo, no ha puesto esa cifra con su equivalente MCMLXXV, sino convirtiendo dígito a dígito I IX VII V, ¡usa un sistema híbrido de numeración! (suerte que no había un cero), y éste es el ídolo de buena parte de la juventud, principalmente femenina. Éste y otros y otras como éste.

En cuanto a los piercings, no hay demasiado que decir. Si hace veinte o treinta años se le hubiera sugerido a un adolescente que se pinchara el cuerpo en lugares delicados y se colocara un colgante metálico, habría llamado a la policía temeroso de encontrarse delante de un maníaco o depravado peligroso. Ahora hay cola para ponerse a la última colocándose uno –o varios– aros o pasadores metálicos en el ombligo, lengua, labio, nariz, pezón, ceja y oreja. Por no hablar de esos que se insertan en partes más íntimas y delicadas y que hasta me causa grima y dolor sólo pensarlo. Besar a alguna mujer que se haya colocado estos accesorios en labios y lengua debe de ser como chupar un llavero.

Antes, que un hombre llevara un pendiente hubiera supuesto bromas sangrientas y encasillamiento en determinada opción sexual. Hoy son legión los portadores y pienso que seguramente sería una exigencia para poder ingresar en ETA.

No todo ese interés de ir con lo que los tiempos exigen se limita al aspecto físico, también en lo superficialmente ideológico se procura estar al día y de ahí la fervorosa adhesión a causas de moderna aparición. La actual izquierda española y la prensa que los apoya se encuentran obsesionados por tres asuntos: homosexualidad, inmigración y feminismo. A ellos dedican estos diarios buena parte de sus portadas y contenidos y a su defensa dedican sus esfuerzos los que intentan estar a la última. No importa que la homosexualidad haya pasado en 25 años de ser definida como una enfermedad por la OMS –y así entendida por la población– a la actual libertad de comportamiento y tolerancia por parte de casi toda la ciudadanía. Eso no basta; envalentonados, atacan al modelo de familia tradicional por el hecho de serlo, y si no vean este reciente titular de prensa: «La Asociación Sehaska, de padres y madres homosexuales, denuncian la concepción social que se tiene de 'modelo ideal familiar' compuesto por progenitores de diferente sexo». Lo bueno es la homosexualidad, lo otro es repudiable y carca.

Algo parecido ocurre con la inmigración. Según un estudio del Instituto Gallup, los países que ven con mejores ojos la llegada de inmigrantes son España, Italia e Irlanda. No creo que sea casualidad que en estos tres países el nivel cultural no sea demasiado alto, que en los tres la religión predominante sea la católica y que quienes muestran más entusiasmo sean los empresarios locales. No importa que un análisis de a dónde nos llevará la inmigración descontrolada –en ese mismo estudio– anuncie una catástrofe poblacional para nuestro país y Europa en el caso de abrir fronteras.

Situación similar vive el feminismo. Yo he vivido durante el franquismo unos usos y leyes por los que a las mujeres casadas no se les permitía viajar o abrir una cuenta corriente sin una autorización del marido; la mujer era menos que un menor de edad. Sin mencionar que zurrarles la badana se consideraba natural. Afortunadamente eso desapareció y la mujer consiguió el respeto social y legal que merecía, aunque eso no bastaba, había que legislar incluyendo discriminación positiva hacia ellas y ahora los hombres saben que serán relegados y maltratados en los procesos de divorcio. Saben también que si su mujer decide plantarse en comisaría y denunciar malos tratos no se tomará en cuenta la presunción de inocencia y, por lo pronto, esa noche al menos la pasará en los calabozos. 

Ya saben, personalicen su cuerpo y su mente y déjense llevar plácidamente por la corriente dominante, sin pararse a pensar ni un momento en lo que dicen, hacen y defienden; encontrarse inmerso en la mayoría, relaja. Así vamos.

sábado, 23 de mayo de 2015

Seres supremos

¿Cree alguien de verdad en Batman como ser supremo?, ¿y en el MEV (Monstruo del Espagueti Volador)?

Posiblemente habrá pocos que depositen su fe en el primero aunque hay gente para todo, pero el segundo tiene sus creyentes –pastafaris– en los EE.UU. que es donde se fundó esta religión y posee sus templos en aquel sorprendente país y también en Europa hay alguno en Dinamarca o Alemania, no recuerdo con certeza, pero seguro que es en esos países donde pensamos que puede darse cualquier cosa. La escasez de luz natural y una dieta a base de arenques no es bueno para la estabilidad mental.

Le veo pocas posibilidades al pobre Batman, esa es la verdad, aunque al igual que Superman, Spiderman y otros superhéroes se crearon como moderna y fantasiosa respuesta a la necesidad básica de depositar la propia confianza en un ser superior a nosotros mismos y fiando en que, con su capacidad y poderes, nos sacará de cualquier apuro en que nos podamos encontrar.

Lo del Espagueti Volador es otra cosa, pues tiene adultos seguidores que se toman medio en serio medio en broma lo de rendirle pleitesía. En todo caso da igual, y de manera semejante a los dioses de las grandes religiones es cuestión de cada uno creer en su existencia y adorarle; como Voltaire, soy un convencido de la conveniencia de que quienes no tienen buenos y sólidos principios crean en dios y por encima de todo me parece bien que cada uno se apañe como pueda. Ya saben aquello que afirmó Nieztche: El hombre, en su orgullo, creó a dios a su imagen y semejanza. Pues hágase.

Otra cosa es cuando alguno de estos adscritos muestra su asombro al encontrarse con un no-creyente y se admira de que nos mantengamos al margen de esa red de gente de fe que casi cubre el planeta. Es frecuente que, más o menos amistosamente, inquiera sobre ese descreimiento. Parece que no tienen presente eso que se ha dado en llamar la carga de la pruebaonus probandi– y que debe ser aportada por quien afirma la existencia de algo, sean los OVNIS, sea el yeti, sea la honradez de los franquistas que nos gobiernan.

No soy tan pretencioso y absurdo como para pretender probar la no existencia de uno u otro dios, simplemente me sitúo en el escepticismo dispuesto, por descontado, a apearme de mi descreimiento apenas algún creyente venga a mi lado y me convenza de mi error. Pero ojo, no me pidan fe, fe es creer en algo que no se sustenta en pruebas y no estoy en esas.

Lamentablemente, hasta el momento sólo he podido escuchar vaguedades, argumentos geográficos o frases rotundas basadas en la nada o, lo que viene a ser lo mismo, en las llamadas Sagradas Escrituras o el Corán, que poseen de por sí tanta fiabilidad como Blancanieves o el Poema del Mío Cid.

Vamos a vivir en paz, que cada uno haga y crea en lo que le apetezca, cuidando de que esos hechos o creencias no molesten a los demás, porque en ese caso lo que se está buscando es la confrontación.

Por poner un ejemplo práctico: en la acera de enfrente de mi casa había un solar de propiedad municipal comprometido por el ayuntamiento para construir centro de juventud, centro cultural y biblioteca pública, tengo copia del documento municipal sobre ese acuerdo (ver noticia de prensa). De repente y sin más aviso previo, el alcalde cede a la iglesia católica ese solar para la construcción de un templo y en ese templo –cuando se construye a toda prisa– se coloca una especie de torreta rematada por una campana en la que por medios eléctricos o electrónicos se hace que sea mecánicamente golpeada noventa veces cada vez que se desea anunciar oficios (quienes me conocen ya me han oído opinar ampliamente sobre el asunto) produciendo un ruido enloquecedor por su potencia, monotonía y persistencia. Cuando las ventanas propias se encuentran a cincuenta metros en línea recta –sin obstáculo intermedio– es difícil olvidar el asunto.

En su momento, asociaciones de vecinos ya intentaron negociar con el párroco reducirlo a diez o doce campanadas, pero el personaje no atiende a razones y cuando lo han interrogado en la televisión, hace años, sobre el cambio de uso del solar entre otros asuntos, ha respondido que una iglesia es el servicio social más importante (ver vídeo). Entonces, el concejal de distrito (del PP, claro) me prometió personal y públicamente que se efectuaría una medición de los decibelios producidos, actuando en consecuencia. Hasta ahora; cambió el concejal, pero no la actitud. Ya saben, perro no come perro.

Hace unos seis o siete años un anónimo héroe de la zona subió a la torreta y se cargó el mecanismo, pero por desgracia alguien lo vio y días después fue detenido y encarcelado; el instrumento de tortura reparado y se colocaron medidas de seguridad que hacen imposible repetir el intento. Una pena.

A eso se le llama actitud hostil y lamentablemente, es la postura habitual de la iglesia católica en España: prepotencia y desprecio a los otros, ahora que no pueden encarcelarlos o quemarlos como sería su deseo. Que nadie se extrañe de que esos comportamientos despierten una profunda y persistente animosidad y fuerte deseo de revancha.

miércoles, 20 de mayo de 2015

El brasileiro que llevamos dentro

batucada... en Cataluña
Según leí, la producción de ruido es algo que el ser humano lleva interiorizado desde hace miles de años, primeramente para espantar a sus enemigos, humanos o irracionales; más tarde para reafirmarse frente a otros. Por eso, todos los pueblos primitivos han dado gritos antes de la lucha y han golpeado todo tipo de tambores, hechos con la piel de los animales cazados, para celebrar lo-que-sea, para bailar e incluso para espantar espíritus. En la práctica, puede que espanten a esos espíritus, pero sobre todo espantan a las personas sensibles al ruido entre los cuales, lo confieso, me encuentro.

Normalmente hemos visto eso de los tambores en las películas cuya acción se desarrollaba en África –de norte a sur–, en Oceanía y  en los territorios de América del Norte cuando el hombre blanco todavía no había tomado posesión de ellos, eliminando a sus legítimos propietarios. No había y no hay ceremonia de cierta importancia en la que los tambores no hagan acto de presencia. Lógicamente, esos instrumentos están también presentes en países en los que la importación de esclavos africanos fue notable y por eso no hay que extrañar su uso en países como EE.UU., Cuba o Brasil, por poner sólo algunos ejemplos. Forman parte de la tradición y además inducen al baile o al contoneo.

Lo que ya es difícil de explicar es su extensión por países como España, en los que no ha habido presencia de instrumentos de parche hasta tiempos bastante recientes, supongo que, si acaso, hace algunos siglos, se usaría moderadamente para poner banda sonora a la quema de herejes en los autos de fe celebrados por la iglesia para complacer a dios.

En nuestro país, el toque tamborilero se manifiesta de tres maneras: 1) Raphael gesticulando de esa forma amanerada tan suya al interpretar en televisión la canción navideña de tal nombre; 2) los golpeadores de tambores que en semana santa manifiestan su profunda fe golpeando desordenadamente todo lo que se parezca a un tambor hasta sangrar por las manos; 3) las manifestaciones reivindicativas en las que es normal la presencia de numerosos participantes en cabecera tocando rítmicamente instrumentos de percusión, pero –ahí está lo más curioso– al ritmo de batucada brasileña.

Mi desconcierto es absoluto, ¿qué tiene que ver la batucada con España y los movimientos sociales? Para quien no esté al tanto, aclararé que se define tal asunto como un grupo de percusionistas y «…tiene como característica principal la acentuación del segundo tiempo en los compases. Se la considera a veces una derivación del samba». También, en su país de origen «ato ou efeito de batucar, de bater com reiteração, de fazer ritmo ou barulho desta maneira» (aclaro que en portugués la “lh” tiene el mismo sonido que nuestra “ll”). Ahí lo tienen.

Observen en directo o a través de la televisión una de esas manifestaciones y comprueben la cara de satisfacción de quienes golpean su instrumento, ¿es porque piensan que se va a conseguir lo que reivindican?, ¿quizás muestran su contento por su aportación a la causa por la que se manifiestan? Ni hablar, es porque han encontrado la excusa perfecta para hacer ruido en la vía pública sin –dentro de lo que cabe– ser perseguidos por las llamadas fuerzas del orden.

He dedicado tiempo a reflexionar sobre esta relación y estoy seguro de haber llegado a la conclusión correcta: en nuestro país, lo importante es hacer ruido y por lo tanto cualquier motivo es válido para producirlo, aunque no venga a cuento. Así que no hay que buscar más nexos.

De despedida una reflexión y un misterio: ¿dónde ensayan estos percusionistas? Lo digo porque estoy convencido de que la que montan cada día mis vecinos de arriba no tiene absolutamente ningún ritmo, así que no se trata de eso.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Hipocresía social

Llevo publicadas varias entradas en las que critico diferentes manifestaciones de actitudes sociales que son mantenidas porque están de moda, se llevan, y como cabía esperar el efecto que causo es nulo, tan sólo consigo réplicas que abundan en lo de siempre, perder lectores y provocar conflictos con amigos o familiares. No estoy muy seguro de que no se esté haciendo una colecta para comprarme un brazalete con la esvástica. Era de esperar: yo, malo; los otros, buenos.

La falta de coherencia de lo que algunos y yo mismo calificamos de buenismo es notable y la única explicación de su aparición y persistencia es una mezcla de despiste, irrealidad y caridad cristiana. Aderezado muchas veces con una cierta cara dura.

Está muy reciente el terremoto de Nepal en el que, cosas de la proximidad de las elecciones, el gobierno español ha hecho un esfuerzo desusado y ha conseguido enviar tropas y equipos al país, algo que al parecer sólo se le ha permitido a EE.UU., Reino Unido, Israel y España (aunque ya les están diciendo a todos que se larguen). Pero eso no ha satisfecho a los padres y familiares de los españoles desaparecidos o simplemente no controlados; según ellos debería haberse hecho más, supongo que deberíamos haber enviado al buque BPE Juan Carlos I (facturado por avión, para que llegue antes) y al comandante de la nave meterle un buen fajo de millones en el bolsillo, para gastos; nuestros excursionistas son lo primero. Cuesta aceptar que mientras los enfermos de Hepatitis C siguen sin recibir el medicamento que puede salvarles la vida o haya cientos de miles de dependientes no atendidos viviendo algo que no puede llamarse vida, se derrochen millones en rescatar a quienes están en Nepal mayoritariamente por:

1) han ido allí a practicar montañismo o senderismo y, según leo, muchos de ellos sin haberse hecho previamente el seguro aconsejado por la más elemental prudencia. Ocuparse de eso es de maricas;
2) se han ido allí a cuidar de los niños y necesitados en general. Parece que ayudar a los marroquíes o saharauis no les parecía suficiente, están demasiado cerca y el lugar no es suficientemente exótico ni posee el aura mística que tiene Nepal. No es lo mismo decir "estoy cuidando unos niños en Katmandú" que "cuido a unos moritos en Bine El Ouidane";
3) turistas en general, a los que es aplicable lo dicho en el punto 1. He leído que turistas franceses han sido rescatados mediante helicópteros contratados por sus compañías aseguradoras. Claro que ya se sabe, los españoles somos muy individualistas;
4) evidentemente, queda un heterogéneo grupo en el que pueden incluirse desde empresarios en viaje de negocios o radicados allí a personas de paso u otras razones minoritarias que desconozco.

Ha habido de todo, incluido quienes alentaban a ocuparse en exclusiva de los españoles y dejar de lado a los nativos. Y es que, oiga, hasta el buenismo tiene un límite, más o menos cuando hay que pasar de las bonitas palabras a las obras; ¿y los nativos?, no pasa nada, ellos se apañan muy bien. Tampoco parecen recordar que con el dinero empleado en salvar a ciento y pico españoles podría salvarse la vida de miles de esos que atraviesan el Mediterráneo contraviniendo leyes, desafiando temeraria e inconscientemente peligros y negociando con mafias. Y conste que yo doy preferencia a los españoles, pero es que yo soy un nazi y no tengo corazón…

Y es que no es lo mismo decir que dejen libre la llegada de pateras o el paso por Melilla que alegrarse por encontrar el portal de casa ocupado por africanos. No es lo mismo decir que vengan los que quieran, que cogerlos apenas llegan para trabajar en explotaciones agrícolas por salarios miserables y con jornadas extenuantes. O si son mujeres, colocarles un uniforme de sirvientas y ponerlas en casa a trabajar. Tampoco es lo mismo llenarse la boca de solidaridad humana que actuar coherentemente y mandar a los hijos propios a colegios donde el porcentaje de inmigrantes sea elevado (no me refiero al Liceo Francés).

Hoy viene en cierto periódico de izquierdas –que suelen ser los más insistentes con esto de la inmigración ilegal– una encuesta realizada por el Instituto Gallup en 154 países para conocer el deseo de emigrar de sus habitantes si se abrieran las fronteras y el destino de esos potenciales emigrantes según sus preferencias. Estamos de enhorabuena, ¡hemos ganado –por ejemplo– a Francia y Austria! Nos llegarían nada menos que 20 millones de personas; no se me ocurre dónde podríamos colocarlos, pero los españoles hemos sido de siempre buenos improvisadores y ya sabremos ubicarlos. Además, en España sobra el dinero, los pisos son muy grandes y podrían dar acogida a buena parte de este contingente. Con suerte y el buen índice de reproducción que cabe esperar, para finales de este siglo habría en España unos 100 millones de habitantes ¡¡se acabó el problema de las pensiones!! (y las propias pensiones).

Se me ocurre otra solución: mandamos a 20 millones de españoles a Finlandia (allí hay muy buena gente y son acogedores) y con eso se paliaría el problema de la llegada a España del mismo número de personas con alta cualificación profesional. Yo no me iría porque no me sumo a esa buena acogida. Desde hace mucho tiempo vengo sosteniendo que la buena voluntad no basta si no es acompañada de una mirada más allá de lo inmediato y que la generosidad debe ir acompañada de inteligencia y un sano egoísmo previsor.

lunes, 4 de mayo de 2015

Budapest, viaje con escala. Adenda

calle Ignacio Nagy
Hace pocos días publiqué una entrada dedicada a mi viaje a Budapest y hasta me asombró el halago de un amigo que se asombraba de que fuera capaz de encerrar una ciudad como esa en una página, pero la verdad es que cuando lo escribí me pasé de la raya y al ver que superaba el tamaño habitual de una entrada, que calculo que es más o menos lo que un lector normal puede soportar, procedí a una poda de lo escrito que lo dejó del tamaño deseado, pero hecho un bonsai. Posteriormente le añadí un pequeño párrafo, pero siguió siendo un tronco esquilmado, así que hoy realizo una ampliación de lo escrito añadiendo algo, no exactamente lo original eliminado, porque aquello lo borré por las buenas. Lamento esta incontinencia literaria, Angel.

Ni de lejos me voy a poner a describir el parlamento y sus 85 torres (eso aseguran) o la iglesia de Matías en Buda, porque eso ya viene en las guías. Voy a tratar de señalar lo que no viene en esas guías o no se le presta atención. Por ejemplo, lo de que los húngaros escriban primero su apellido y después el nombre. Eso implica que cuando decimos, por ejemplo, Imre Nagy, estamos invirtiendo su orden original Nagy Imre, –sospecho que allí Nagy es como aquí González– como si en vez de escribir Rodrigo Rato lo hiciéramos como Rato Rodrigo ("rato" en portugués y gallego significa "rata"). 

Diré que la ciudad dispone de una satisfactoria red de transporte público, al menos en la parte que el turista visita. El metro tiene sólo 4 líneas, pero está bien complementado por abundantes líneas de tranvías –tengo una debilidad infantil por ellos–, trolebuses y autobuses. El problema de estos complementos es que, como es natural, indican su recorrido en húngaro –no conseguimos un mapa en condiciones de la red– y eso dificulta un uso confortable del recurso que, al menos en nuestro caso, hizo que nos ciñéramos principalmente al metro.

Las estaciones de metro por las que pasamos, estaban a una profundidad que en las redes de metro que conozco no he encontrado nunca y consecuentemente sus escaleras automáticas eran de una longitud que a mí me producía vértigo. Para remate, el ángulo de estas escaleras es más empinado que el de aquí, produciendo un efecto óptico consistente en que al bajar por ellas, da la sensación de que el rellano que se alcanza al final está señaladamente inclinado hacia la escalera.

Me llamó la atención que el rotulado de sus calles fuera claro de leer y con información detallada, no tan escondido, difuso y descascarillado como suele ser en España. Como otras ciudades europeas, incluía el nombre del distrito y barrio, pero además los números de las casas que abarcaba la manzana. Muy práctico. 

En esa iglesia de Matías que he mencionado y que era una mezcla de varios estilos, aunque fundamentalmente gótico, me sorprendió que las grandes columnas estuvieran dibujadas y coloreadas al estilo de como nos cuentan que eran los templos egipcios. Además, ya saben que en España solemos alicatar hasta el techo nuestros baños y cocinas. En centroeuropa se mueren por alicatar el tejado de las iglesias y Budapest no es una excepción.

Se me ocurrió hacer un crucero de una hora por el Danubio tras la puesta de sol, porque me habían asegurado que el espectáculo de puentes, iglesias y palacios iluminados por la noche merecía la pena. Tenían razón, aunque el espectáculo desmereció bastante gracias a la presencia de unos cuarenta turistas adolescentes en plena posesión y uso de voces chirriantes, capaces de hacer temblar el barco con sus gritos. En resumidas cuentas, no recomiendo la excursión salvo que se garantice mediante contrato la ausencia de vociferadores. Los adolescentes siempre serán adolescentes, por eso es saludable no compartir espacio con ellos.

Supimos que Budapest es llamada “la ciudad de los baños” y no precisamente por los de las viviendas, sino por los baños públicos en los que usted puede disfrutar de todos tipo de prestaciones a cual más sibarita, desde baños en chocolate a baños en vino tinto, masajes de distintos tipos y de duración de hasta 60 minutos –no me imagino lo que puede ser un masaje de esa duración–, lamento no haber tenido tiempo de experimentarlo, pero había también baños al aire libre –algo así como nuestras piscinas– donde la gente se bañaba alegremente en aguas templadas, cierto, pero al salir del agua la temperatura exterior era –en los días de mi visita– de unos 7 u 8 grados y la verdad, que no cuenten conmigo para experiencias de ese tipo. Me pregunto si esa afición a los baños será algo remoto o es fruto de la dominación de los turcos durante 150 años.

20Resultaba curioso que la llamada corona de San Esteban incluida en el escudo de Hungría tuviese torcida la cruz que la remata en la parte superior. Pensaba al principio que era un descuido en la primera reproducción que vi, pero tras ver que esa cruz torcida estaba en todas las representaciones de la corona, fuera a la entrada de los puentes sobre el Danubio, los monumentos o en los grabados más rancios, decidí preguntar y como nadie lo sabía y no pude hacer una encuesta a escala nacional no llegué a averiguar la razón de esa cruz doblada a la que yo atribuía cierto simbolismo ligado al berrinche de algún rey, con una frase emparejada del tipo “…podrán doblar la cruz de mi corona, pero no la determinación de cumplir mi destino como cristiano”.

Pues no. A mi vuelta busqué incansablemente en Google y encontré la única explicación que ha llegado hasta mí: la corona está torcida porque en el siglo XVII alguien al guardarla no puso cuidado y machacó la cruz al cerrar el cofre. Caray, qué desidia, ¿no era mejor enderezarla y dejarse de pamplinas? 

Para final una alegría: sólo vi una pintada en todo el Puente de las Cadenas, hecha con rotulador negro grueso. Estaba en español.