domingo, 28 de junio de 2015

La necedad del pirómano

Es probable que quienes me conocen personalmente aprovechen esta ocasión para practicar la psiquiatría –a casi todo el mundo le gusta hacerlo– y aventurar que si trato sobre esto es porque me encuentro marcado por un episodio de mi propia vida. Una pena que sólo se acuerden del asunto para restar importancia a lo que digo.

Ese episodio no viene ahora al caso, la razón de ocuparme del tema es otra, simplemente aquello por lo que pasé me sirvió para tomar conciencia de un hecho que los demás parecen ignorar: el fuego es el gran enemigo de los seres vivos. Que hace siglos fuera normal convivir con ese peligro se debe a que era inevitable, puesto que era la única fuente conocida de luz y calor, pero hoy las cosas han cambiado en ese sentido. No en otros, y leí una vez que al hombre de otros tiempos le hubiese horrorizado convivir con la cantidad de peligros que ahora siempre tenemos cercanos, en nuestras viviendas: gas, electricidad, productos químicos, etc. Cada año son frecuentes las bajas humanas por estos motivos.

Pese a todo, el hombre actual se empeña en convivir o, a veces incluso jugar, con ése que es nuestro enemigo mortal. Hace unos días veía en televisión las fiestas celebradas alrededor del fuego en toda España –¡qué inconsciencia!–, en especial en esa zona donde lo adoran, el levante de la península. La gente reía, saltaba o caminaba sobre él , lo pasaba bien, sin caer en la cuenta de que lo que puede ocurrir –y ocurre– no es una broma sino un peligro cierto y que sus secuelas son de por vida cuando no traen la muerte. Hasta se pudo ver cómo un imbécil, al prender fuego a una hoguera en una playa del País Vasco, prendía fuego a un bidón que contenía gasolina, con las consecuencias lógicas. ¿Saben que en España hay bastantes hospitales que disponen de Centro de Quemados y que habitualmente están ocupados casi al completo?, ¿que el dolor en esos centros es casi infinito?

Hoy viene en la prensa un suceso dramático y paradójico: en Taiwan ha habido un incendio en un parque acuático en el que han resultado con quemaduras más de 500 personas, de ellas 194 graves. Me llama la atención de que los medios se empeñan hace ya tiempo en llamar heridas a las quemaduras y por lo tanto heridos y no quemados a los que sufren las consecuencias. Un error fruto de la ignorancia y el esfuerzo para no mencionar la palabra adecuada. 

Casi todo el mundo juega con ese horror, pese a que todos sabemos las víctimas que cada año producen los incendios y en especial los forestales, provocados por la barbacoa de algún cretino, una colilla, una quema de rastrojos o simplemente un asesino que seguramente ejecuta una venganza –o el encargo de algún interesado– prendiendo fuego intencionadamente al bosque, ¿no les horroriza el daño que causarán y que en el mejor de los casos tardará muchos años en recuperarse? Para estos sicarios del fuego y sus inductores yo implantaría unas penas que no pudieran olvidar.

Es inútil discursear –cuando hablo del tema alguno me mira burlón como si yo fuera uno de esos predicadores evangélicos–, incluso se sabe que el fuego atrae morbosamente al público que inevitablemente está convencido de que eso del fuego es algo que no puede ocurrirle a ÉL y no toman la mínima precaución para que eso sea ciertamente así. Son frecuentes las películas –incluso Bambi, ¿recuerdan?– donde se usa como elemento dramático de gran fuerza, banalizando su importancia real. Apenas si he tenido éxito al recomendar a amigos y familiares dos medidas elementales para alejar el peligro, que son la instalación de alarmas de humo en cada habitación de la casa y hacerse con un par de extintores para uso doméstico, porque la vida no es una película, el fuego de verdad no es bonito, y quema. El precio de las alarmas no suele alcanzar los diez euros por unidad y su instalación no ocupa ni cinco minutos a cualquiera que sea capaz de vestirse sin ayuda. En cuanto a los extintores que recomiendo apenas cuestan 30 euros cada uno. ¿Es dinero lo que nos falta o más bien –insisto– es absurda certidumbre de que a nosotros esas cosas no nos pasan, no nos pueden pasar

Muchos estados de EE.UU. (no sé si todos) obligan por ley a la instalación de esas alarmas, fíjense en las películas, pueden verlo hasta en Los Simpson. Hay países a los que miramos despreciativamente por subdesarrollados que se toman este asunto más en serio que nosotros. Como ejemplo, en Brasil es obligatorio llevan un extintor en el coche y como puede que haya que recargarlos alguna vez, las gasolineras disponen de un servicio que, para evitar esperas, simplemente cambia el nuestro por otro en condiciones. Un extintor tiene una vida útil de unos 20 años.

Ya lo sabe, por menos de 100 euros usted puede mejorar su tranquilidad y su seguridad frente a un peligro real. Que se considere inmune es problema suyo, mi querido supermán.

martes, 23 de junio de 2015

Miedo me dan

En 1982 fui interventor por el PSOE en las elecciones generales y también en las posteriores municipales. Tuve ocasión de compartir mesa con los interventores del PCE, que me parecieron gente preparada y más que razonable y conocí e incluso intercambié algunas frases con personajes pintorescos, desde Carmen Sevilla que acudió con unas gafas de sol tan grandes –se supone que para pasar desapercibida– que llamaban la atención desde lejos, a la esposa del inventor del Talgo, Alejandro Goicoechea, con la que incluso mantuve una corta conversación. Me preguntó por el partido al que representaba y cuando le contesté identificándome se asombró, exclamando cómo era posible eso, si parecía un buen chico y hasta llevaba corbata y chaqueta. Educada y encantadora, pero situada cincuenta años atrás en el tiempo, algo bastante natural teniendo en cuenta su entorno social y la época que había vivido.

Había un fervor y una ilusión entre las personas progresistas por el triunfo de la izquierda y de Felipe González que no tenía nada que envidiar a los actuales votantes de Podemos y yo diría –no descarto que sea subjetivo– que menos hosco y fanático que lo actual.

Todo sabemos en qué quedó aquello: una reconversión industrial que la derecha no habría osado llevar a cabo, privatización de muchas empresas públicas –tarea que finalizó años más tarde Aznar, con el entusiasmo añadido de colocar a sus amigos como cabezas de esas empresas– y, sin duda, una modernización de España que lamentablemente no llegó hasta donde debería haber llegado y que ni rozó la privilegiada situación de la iglesia católica, desilusionando a muchos de sus votantes, yo entre otros.

Pasó el tiempo con todas sus miserias y seguimos en eso que llaman crisis y que en realidad es un cambio en profundidad de la estructura social asociada al capitalismo y llegó el 15-M al que desde estas mismas páginas vaticiné que nunca llegarían a nada, no está claro que yo me equivocara. A continuación vinieron esos que se denominan partidos emergentes o, mejor dicho, Podemos, porque Ciudadanos no ha sido más que un exitoso intento de la derecha por salvar los muebles, promocionando a este partido que ya llevaba años languideciendo en Cataluña y que sólo ha pasado a mayores fagocitando a UPyD que, ya puestos, me gustaba más, a pesar de doña Rosa. Que ya es pesar.

Sí, es Rosa Díez
Miedo me da esta gente no por todas esas pamplinas de los soviets, sino por su falta de preparación. Miedo me dan los recién llegados y ese invento de las candidaturas de unidad popular, una fabulación de Podemos para entrar en el juego sin dar la cara, y que le aporta la ventaja de que si salía bien, de inmediato reclamarían la paternidad –así lo han hecho– y si hubiera salido mal se habrían ido para otra parte silbando con las manos en los bolsillos, haciéndose los distraidos. Lo de popular me mosquea, lo use Manuel Fraga o lo use Pablo Iglesias. No les ha salido perfecto, pues el candidato de más solvencia de todas esas candidaturas, Manuela Carmena, se ha desgañitado varias veces diciendo que no es de Podemos y que no tiene nada que ver con ellos. Pobre mujer, le han metido en las listas un montón de los típicos componentes de Podemos, es decir, eso que se ha dado en llamar activistas y que fundamentalmente consiste en gente que se reune con los amiguetes a tomar unas birras, o que incluso montan algún número espectacular si son del sexo femenino. Al día siguiente de hacerse cargo doña Manuela se ha encontrado de boca con los tuits del tal Zapata y de Pablo Soto y con el currículum topless y amenazante de Rita Maestre. Sinceramente, no me parecen faltas tan graves –y además, son antiguas– y yo fundamentalmente lo que haría sería sancionarlos por uso excesivo de Twitter y la falta de inteligencia que evidencian quienes se comportan en las redes sociales olvidando que todo el mundo tienen acceso a ellas. Se estrujan las meninges para ser eso de trending topic y después se quedan sorprendidos cuando les cae encima lo dicho, olvidando que si hay algo eterno es lo que se escribe.

Leo las primeras medidas de las alcaldías más sonadas, Barcelona, Madrid y Cádiz, y aunque no soy un experto me asombra tanta simpleza y el comportamiento más propio de sans culottes que de gente preparada como pretenden ser: implantación del tuteo, eliminación de los antidisturbios, concejalía dedicada a los homosexuales e izado de banderas ídem en los ayuntamientos, paralización de los desahucios, salarios misérrimos para los cargos municipales y autonómicos, eliminación de coches oficiales, cierre de los CIE, apertura de comedores infantiles… De todas, sólo me parece acertada –en su inmediatez– la de los comedores, aunque resulte pintoresco fijar el límite de asistencia en los 14 años, lo que parece indicar que los 14 años es una buena edad para empezar a pasar hambre. El asunto de los salarios me parece propio de unos desorientados que no conciben que se dediquen a la política personas solventes de éxito en su actividad profesional anterior; como le oí decir a Guillermo Fernández Vara en la televisión, no comprendía por qué iba a ganar menos como presidente autonómico que como médico privado. Me temo que esto no lo entienden quienes han vivido siempre de bolos, como los alcaldes de Cádiz y Barcelona, entre muchos otros.

No tengo ningún interés en acertar con mis presagios, pero todo esto me trae a la cabeza aquella frase de el desengaño camina sonriendo detrás del entusiasmo. Nos veremos en las generales.

sábado, 20 de junio de 2015

Pleitos tengas.

Creo que no hay nadie que no conozca el dicho –considerado una maldición gitana– «pleitos tengas y los ganes». Para el poco avezado puede resultar chocante que se le desee el mal a otros a base de ganar pleitos, pero es que así resulta ser en la práctica gracias a la eficacia de nuestra justicia –no sé si es universal el problema– e indudablemente a la participación de los abogados, una profesión que cuenta con respetables practicantes, pero donde abundan los pícaros e incompetentes.

Cuento esto porque me encuentro en un estado bastante rencoroso, ya que recientemente –en realidad, todavía– me he visto envuelto en una de estas aventuras legales.

Mi última inmersión en este mundo de la justicia tuvo lugar allá por el otoño de 2012, tras varios meses de apelar a los organismos que supuestamente existen para proteger a los ciudadanos en asuntos económico-bancarios (Banco de España y CNMV), pero que en la práctica resultan ser tan solo un refugio donde el gobierno de turno coloca a sus amiguetes para que lleven una vida relajada y bien remunerada. Y sabe dios que ciertamente se relajan y son bien remunerados. Y nada más.

Acudí a un bufete especializado que al igual que los seductores amorosos me llenó de lindas palabras y de promesas de atención y dedicación permanente. Al igual que esos seductores, después de conseguir que yo les entregara lo que perseguían –el encargo de representarme– se olvidaron de mí hasta el mes de junio de 2014, tras esa oscura espera en la que el asunto permanece literalmente congelado en alguna estantería del juzgado que se le asignó, comunicándome casi un año más tarde de la presentación de la demanda que la vista de mi caso en los tribunales iba a tener lugar el 9 de julio de ese año, justo durante el mes en que me desplazo a disfrutar de vacaciones a casi 700 km., pero eso no era asunto que preocupara a nadie, ni a mis abogados, en un país en el que no veranear en agosto hace de uno un ser extravagante y casi antisocial.

Como estaba previsto, yo estaba de vacaciones y al llegar la víspera de la fecha tomé un avión, vine a Madrid y me personé en el despacho donde me habían citado, para entrevistarme con la abogada que ya tenía asignada desde algún tiempo antes y ensayar mínimamente nuestros roles. Para que la alegría fuera completa, esa ilustre letrada no acudió y tuvieron que buscarme precipitadamente una sustituta que resultó tener más aspecto de habitual de los after hours con resaca que de profesional del derecho. Como su puesta al día y mi entrevista duraron más de cuatro horas, estuve sin probar bocado ni beber más de trece horas, desde que en la mañana salí hacia el aeropuerto hasta que terminó la entrevista más tarde de las 8. La vista del día siguiente fue desagradablemente ineficaz e inútil: nada más empezar, el abogado de la parte contraria comunicó que a su testigo se le había muerto un familiar –ya es mala suerte, pobrecita– y sin que se le exigiera documento que lo acreditase, se levantó la sesión y la juez fijó una nueva vista para el 3 de diciembre, cinco meses de demora de una tacada. Yo me volví a mi veraneo tras perder dos días de descanso, el dinero gastado en la aventura, agotado, y un cabreo descomunal a cuestas.

Llegó la fecha de la nueva vista y en esta ocasión la abogada asignada era simpática, eficaz y hasta atractiva, en la entrevista del día anterior sintonizamos perfectamente, ella había estudiado mi caso y en el juicio desempeñó bien su papel y yo también el mío. Aunque me auguraban una larga espera, la sentencia se comunicó tan solo una semana después, el 10 de diciembre y era favorable a mí con todos los pronunciamientos: devolución de la cantidad estafada, más intereses y costas; ¿acabó así la aventura?

Pues no, han pasado más de cinco meses desde la fecha tope de ejecución de sentencia el 12 de enero de este año, no he recibido el dinero que debía estar ya en mi poder, mis abogados no parecen tener prisa y sólo recibo respuestas del tipo «no es usted el único cliente y no podemos dedicarle tanta atención» y que solicitarán del juez la ejecución de sentencia. Les pedí que me tuviesen al corriente de cada acontecimiento, aunque fuera mediante correo electrónicos, y contestaron que esa no era la política del bufete. Lo dicho: seducido y abandonado. Y de nuevo eso otro que imaginan.

Continúo llamando por teléfono cada mes y la respuesta es últimamente que hay un trámite que se demora y que debo esperar otros 20 días hábiles más. Para los no iniciados, aclararé que eso en lenguaje legal significa un mes o más, porque los días –para el sistema judicial– resultan ser poco hábiles. En el mejor de los casos, mis abogados muestran ineficiencia; en el peor...

¿Quieren saber el nombre del bufete? Bueno, ahora hasta se anuncian por televisión. Ni se les ocurra ponerse en sus manos, funcionan a base de becarios, supongo que no muy bien pagados. Mejor, contraten un sicario colombiano y su problema se resolverá rápidamente de manera casi legal (es decir, ¡no olviden darlo de alta en la seguridad social!).

sábado, 13 de junio de 2015

Tres casos. Tres repercusiones

Mari Luz Nájera
Una noticia aparecida ayer en la prensa me ha hecho recordar el dicho «más vale caer en gracia que ser gracioso», que se me viene a la cabeza con frecuencia al contemplar la diferencia con que se tratan acontecimientos no en razón de su valor y significado, sino de la oportunidad y el oportunismo de quienes lo realzan o desvanecen a su conveniencia. Pura injusticia, pura arbitrariedad.

El 27 de enero de 1977, una estudiante residente en la Alameda de Osuna, en Madrid, llamada Mari Luz Nájera moría en la Gran Vía como consecuencia del impacto en el rostro de un bote de humo, disparado por la policía en la manifestación a la que asistía para protestar por la muerte el día anterior de otro estudiante, Arturo Ruiz García, a manos de la ultraderecha. Hubo numerosas manifestaciones de dolor por la muerte de esta joven, que no pertenecía a ningún grupo político ni sindical y que simplemente fue asesinada cuando exigía libertades y el castigo a los culpables, junto con sus compañeros de facultad. En el entierro hubo que poner un paño en su cara para ocultar el espanto de los destrozos sufridos por aquel impacto. Por cierto que esa misma noche eran asesinados también un grupo de abogados laboralistas en la calle Atocha, pero poco o mucho es un hecho que casi todos los que tenemos edad suficiente recordamos, o deberíamos recordar. En la España de entonces, los mayores recortes eran en vidas de inocentes y los causantes, los de siempre.

Familiares y una asociación de vecinos trataron de que fueran dedicados a su memoria unos pequeños jardines del barrio, pero no fue hasta 2007, treinta años después, que se consiguió la colocación en el lugar de una pequeña lápida. Es tarde, porque salvo sus allegados, nadie se acuerda ya de ella, de una joven que murió en defensa de las libertades de todos.

En la madrugada del 1 de noviembre de 2012 se celebraba una fiesta de Halloween en el recinto llamado Madrid Arena y también un botellón en su frente –montado por los que no habían conseguido entrada a la fiesta– en el que entre muchos otros se encontraban dos chicas de 18 años residentes en la Alameda de Osuna. Habían ido a escuchar la "actuación" de un famoso DJ. La policía municipal no hizo nada por evitar aquel desmadre, es notorio que la de Madrid se levanta por la mañana ya cansada y sin ganas de nada.

Como todos saben, se declaró un incendio en el interior del recinto y la desbandada que se produjo acabó con la vida de entre otras más esas dos chicas, llamadas Rocío Oña y Cristina Arce, por aplastamiento. No es difícil entender el dolor de esos padres, será una carga que les oprimirá de por vida, pero para mí es difícil de comprender todos los homenajes públicos que se les rindieron, incluida la nominación de una plaza del barrio con el nombre de ambas y la colocación de un pastelón de granito con los dos nombres, en esa misma plaza. Murieron mientras se divertían, algo a lo que tenían perfecto derecho, y sin duda los culpables deben ser castigados con la dureza que merecen –todavía están mareando el asunto en los tribunales–, pero creo que no es lo mismo morir defendiendo las libertades que morir con el cubata en la mano

Ayer, 11 de junio de 2015, se produjo una tormenta de lluvia en Madrid de las mayores que pueden recordarse en muchísimos años. No exactamente en la Alameda de Osuna pero sí en sus cercanías, una mujer de 28 años trabajaba como empleada doméstica en el garaje de un adosado cuando, según aseguran, una pared del recinto se derrumbó por la presión del agua de lluvia y esta mujer falleció, no está muy claro si golpeada por la pared o ahogada, su cuerpo se descubrió cuando los propietarios volvieron a la vivienda, cinco horas más tarde. No ha habido manera de encontrar en los periódicos de hoy una nota explicando las circunstancias de la muerte y el nombre de la fallecida. Sencillamente fue «una mujer de 28 años» que murió mientras trabajaba.

No se volvió a hablar de ella ni a mencionarla en la prensa, ningún buenista reclamó por ello. Probablemente «ni había caído en gracia ni era graciosa», pero seguro que no estaba allí por gusto.

miércoles, 10 de junio de 2015

El Reino Unido y Europa

Veía el otro día en el telediario una escena en la que una anciana caminaba por una alargada alfombra de cortesía, arrastrando la larga y pesada cola de su propia vestimenta –toda ella terciopelo y armiño–, sostenida parcialmente por dos lacayos, y portando sobre su cabeza un enorme y pesada corona cuajada de piedras preciosas. Al final de la alfombra, había un trono espectacular y cuando la mujer se disponía a sentarse en él, los dos lacayos se apresuraron servilmente a colocar la cola de manera que no estorbara ni molestara a la anciana durante la lectura de su discurso, una de las pocas tareas a realizar a cambio de un salario evidentemente desproporcionado. Todo el largo recorrido de la alfombra estaba flanqueado por bancadas en las que se encontraban personas disfrazadas de manera extravagante y guardadas por otros individuos disfrazados tan ridículamente que necesariamente deben ser tachados de frikis. Todos entusiasmados de pertenecer y representar al único imperio mundial sin imperio.

Para cualquiera que ignorara lo relativo al país en que se desarrollaba el evento, se trataría de un juego de máscaras o una escena de una de esas películas o series de televisión en las que dan rienda suelta a la imaginación a la hora de presentar o vestir personajes. Los que vemos telediarios y estamos en la pomada, sabíamos que se trataba de la apertura de la legislatura en la cámara de los lores¡todavía existe eso!– del parlamento británico y la ridícula anciana era la reina de Inglaterra, la única reina occidental que se atreve a llevar corona, esa señora que se ha pegado con cola al trono y no deja que ningún descendiente la sustituya, pase lo que pase. Esa que ni siquiera se rompe una cadera, como sería su obligación considerando el puesto que ocupa.

Nos hemos acostumbrado con toda naturalidad a la ridiculez de todas las ceremonias británicas, desde la abundancia de pelucas en los tribunales de justicia a los disfraces chocantes y excesivos en aquellas en que interviene su majestad británica. Soy del parecer de que se esfuerzan por mantener ese atrezzo porque le obtienen una buena rentabilidad mediante el turismo, en especial el procedente de sus primos americanos, escasamente monárquicos, pero adoradores de ese tipo de frikismo.   

Se trata de ese país llamado Reino Unido, que muchos se han empeñado en considerar europeo, pese a que ni sus usos, ni sus costumbres, ni su forma de vida acaba de encajar en el entorno europeo y a los que les reímos la gracia de aquello tan conocido de el continente está aislado por la niebla o más altivamente por afirmar que se nota dónde uno se encuentra –al desembarcar en el continente– por el olor a ajo, llegando al extremo de que una popular súbdita suya, casada con un famoso y pintarrajeado futbolista afirmara que España olía a ajo. Que ya me gustaría, porque soy un adorador de esa planta y si además aleja a los británicos y a los vampiros, perfecto.

Eso sí, saben venderse bien y los españoles, que sin duda somos bastante idiotas la prueba es que somos quienes más nos creemos la leyenda negra sobre nuestra propia historia consideramos a los británicos modélicos en cuanto a puntualidad, humor, modales y otras virtudes de las que en realidad carecen. En cuanto a sus modales, sería bueno darse una vuelta por Magaluf, Lloret, Salou o Benidorm cuando más británicos las visitan; y sobre su humor, apenas un par de escritores avalan esa idea, el resto es tan deplorable como el humor grosero y cateto de sus famosos Benny Hill o Austin Powers, que no tienen nada que envidiar a Torrente, nuestra racial aportación al infracine. 

Mantiene ese extravagante país una moneda diferente a la que circula en todos los países desarrollados de la UE, conserva un sistema de medidas nostálgicamente llamado “imperial”, se niegan a integrarse en el área Schengen, conducen al contrario que en toda Europa y América –ya sé lo de Suecia...–, procura sistemáticamente oponerse a lo decidido en Bruselas y… en la época de Margaret Thatcher consiguieron el llamado cheque británico equivalente a cerca de cinco millardos de euros –5.000.000.000 de euros– anuales, que en si en algún momento tuvo una cierta justificación por la pobreza del país en aquel entonces, ahora es sólo un ejemplo más de insolidaridad dentro de la UE, porque pese al cambio de la situación, se niegan a su eliminación y por el contrario, está previsto su incremento. Todos en la UE intentan cobrar y no pagar, de manera perpetua, el problema es que el RU lleva buen camino para conseguirlo.

Es más, practicando eso que tanto gusta a los naturales del país, la extorsión, amenazan con salirse de la UE tras un referéndum, salvo que se acceda a otra serie de nuevas condiciones, desconocidas para los ciudadanos europeos hasta ahora pero que podemos imaginar por dónde van, para lo cual su primer ministro está haciendo una ronda por algunos países de la UE para que entiendan lo razonable de su exigencia. Declara el tal Cameron que espera que adopten una actitud constructiva para evitar su salida, lo que en buen castellano quiere decir, que se dobleguen y acepten una desigualdad mayor en el seno de la UE, ¡ellos sí que son diferentes!

Yo fui uno de esos crédulos que se entusiasmaron por la existencia de la UE y nuestra incorporación a ella, pero como ya he dicho en alguna ocasión, no es esto lo que deseaba. Yo quería una Europa unida e igualitaria, no una donde mangoneara Alemania y su lacayo francés y en donde el Reino Unido permaneciera tan solo para poder vender con ventaja sus productos industriales –cerca del 50% de sus exportaciones van a la UE–, al tiempo que España tiene que soportar que algún país extraeuropeo como Marruecos, coloque sus productos agrícolas en la UE en igualdad de condiciones con los productos españoles.

Desde un foro con tan poca resonancia como éste, pese al fervor religioso de algunos por ese europeismo, y sin un resquicio de duda, yo me declaro partidario rotundo de la salida del RU de la UE y que de una vez nos veamos libres de su inevitable y permanente extorsión. Que se queden fuera y tan aislados como el continente cuando hay niebla en el Canal, que se apañen con su EFTA o se integren como un estado más en los EE.UU.

Al tiempo, consigamos que Bruselas deje de ser la capital mundial de la burocracia y un refugio para políticos en decadencia. De verdad que Europa tampoco debe ser eso. Hemos permitido la creación de un monstruo que consume el tiempo y el dinero que debería emplearse en mejorar la vida de los europeos.

Firmemos también todas las peticiones para rechazar el TTIP –apoyado hasta ahora por el Partido Popular Europeo y el Partido Socialista Europeo (¡qué vergüenza!, ¡y encima con esos!)–, con el que los países como unidades políticas, sobre todo si son débiles y periféricos como el nuestro, dejarán de tener capacidad de decisión y perderán casi del todo su soberanía, entregando más poder aún a los bancos y multinacionales.

martes, 2 de junio de 2015

La ecología que nos alcanza

¿Son capaces de fijar una fecha aproximada a partir de la cual el concepto de ecología y el comportamiento ecológico pasó a formar parte de nuestro panorama diario? Creo que es muy difícil fijar un momento, porque estas cosas van impregnando poco a poco nuestro día a día, apenas percibiéndolo, y sólo cuando nos paramos y miramos para atrás nos damos cuenta de que cambió nuestra actitud. Tampoco es que todos hayamos vivido ese cambio en igual momento o intensidad. No obstante, si me apuran, yo diría que fue al inicio de los noventa cuando la presencia del ecologismo fue cambiando nuestra manera de comportarnos.

Es bastante generalizador, pues me consta que hay a quienes todo el asunto les resulta tan ajeno que leyendo esto llegarían a pensar que estoy perturbado –y puede que sea cierto, pero no por esto–. De hecho, conozco a quienes a estas alturas no acaban de tomar conciencia de la importancia de nuestro comportamiento y si alguna vez se permiten depositar una lata de bebida en el cubo del reciclado casi marcan con una cruz el día en el calendario como si hubieran matado a uno de esos dragones que abundan a nuestro alrededor.

Poco a poco, una parte de la población ha ido tomando conciencia de que nuestro planeta no es una fuente inagotable de recursos, que alguna vez hay que limpiarlo y cuidarlo, y contribuyen a paliarlo en la medida de lo posible. Claro está que otra importante parte de nuestra población pasa de todo este asunto e ignora la existencia del cubo amarillo de la basura y por descontado que de todos esos otros lugares importantes con cuyo uso colaboramos: medicinas antiguas en la farmacia, contenedores de vidrio, de papel, de pilas usadas y el punto limpio donde hay que depositar lo que corresponde, aun a costa de sufrir ligeras incomodidades. Lamentablemente, en ocasiones tengo que llamar a nuestro eficaz ayuntamiento para comunicarle que tal o cual contenedor está rebosante de desechos hasta el punto de que no cabe ya ni un periódico, ni un casco de cerveza. Esto no significa que la idea del reciclado sea mala, lo malo es nuestro ayuntamiento, quienes lo dirigen.

Si salgo de mi casa, caminando cincuenta metros hacia la izquierda, encuentro una pareja de los contenedores habituales en la ciudad en la que vivo, cartón y vidrio. Si en vez de caminar hacia la izquierda lo hago hacia la derecha, tropiezo con otro par a la misma distancia. Increíblemente, hay quienes viviendo en mi propio edificio o enfrente, abandonan sus cajas de cartón en la misma acera sin acercarlas ni un paso hacia su lugar correcto. Bueno, dejan cartón, pero también colchones, sofás, sanitarios, maletas, televisores de tubo… lo que sea, ya lo he dicho antes y ya sabemos acerca del individualismo –quiero decir incivismo desvergonzado– de muchos de nuestros compatriotas.

Comprendo que estos asuntos no son tan elevados como la trascendencia del ser o la alineación de nuestro equipo para el próximo partido, pero procurando olvidarme de ciertas actitudes ajenas, he llegado a hacerme socio de Greenpeace (y emplazo a todos a hacer lo mismo) con una cuota mínima –como mi economía, porque es la única ONG que se dedica a lo verdaderamente irreemplazable: nuestro planeta. Hay científicos que auguran que al ritmo actual el planeta y la humanidad no llegarán al siglo XXII. Creo que no estaré para entonces, así que no pienso preocuparme en exceso.

Eso no quita que en ocasiones discuta con mi mujer acerca de su extremismo reciclador o que me choque un artículo como el que el otro día encontré en un diario de gran difusión donde se estudiaba qué era más ecológico, si limpiarnos con papel al terminar cierta tarea, emplear el agua en el bidé o una combinación de ambos medios. Creo que, de momento, eso sí que es pasarse una pizca. Sobre todo si somos estreñidos.