viernes, 31 de julio de 2015

No hay bastantes maletas

Una noticia ha estado en las portadas de los diarios españoles durante bastantes días, por uno u otro aspecto relacionado con el caso. Estoy hablando del niño que pasó la frontera de Melilla en una maleta y que, como todos sabemos, posteriormente ha dado pie a una historia en la que primero se han localizado a sus presuntos padres, después se ha analizado el ADN de todos ellos para comprobar el parentesco y finalmente se ha podido ver en las televisiones un final feliz, en el que la madre, –en un lujoso vehículo, por cierto– pasa a recoger al niño tras lo cual parece que vuelven a su domicilio anterior en Canarias, donde seguramente serán ayudados generosamente, pues sería absurdo gastar todo el dinero que se ha invertido en el espectáculo para que padre y madre vuelvan al paro y a residir en una vivienda que al parecer no reunía las condiciones o les iban a desahuciar, ¿coste total de la operación?

Todo muy tierno y ya digo que con un final feliz, si no fuera porque este negrito no es más que uno de los millones que se encuentran en África en situación parecida, aunque sin la ayuda de tanta ONG y tanto buenista porque esos otros no han salido en la tele, no han levantado la compasión de los espectadores que veían el telediario mientras cenaban o reposaban de esa cena, ¿tienen idea del efecto llamada que puede haber supuesto ese alarde de generosidad, desde el Magreb a Costa de Marfil de donde procedía la familia?, ¿a cuántos han empujado hacia el Mediterráneo?

Lo malo es que no son sólo quienes huyen de África para –sin formación alguna– acomodarse en Europa, porque algún amigo que ya está aquí les ha dicho que esto es jauja y que aquí se vive de miedo sin hacer nada. Estuve viendo hace algún tiempo una página web –quizás de Camerún, sólo recuerdo que estaba en francés– donde se aleccionaba a los futuros aspirantes al bienestar europeo sobre cómo abordar el asunto. Desde que convenía llevar un móvil con el que llamar enseguida a los salvamentos marítimos de los países cercanos, rajar con cuchillos la lancha propia –si era neumática, claro– o romper el motor, una vez que tenían al lado al buque de salvamento –así se trataba de una emergenciay el tono de llanto acompañado de cara de pena que debían adoptar al desembarcar porque, se afirmaba, los europeos somos unos “pringaos”.

Olvidemos esas minucias. Supongamos que decidimos ayudar a esta pobre gente, ¿por dónde empezamos?, ¿cuánto dinero estamos dispuestos a dar para acabar con esa situación? Porque no son sólo africanos, tenemos a los asiáticos –filipinos, malayos, paquistaníes, etc.– y a los más cercanos sirios y palestinos. Para hacerse una idea, según UNRWA, sólo para reconstruir lo destruido por los israelíes en Gaza, hacen falta 5.400 millones de euros; para abrir boca. Por cierto que parte de esa destrucción eran infraestructuras financiadas por la UE (aparte, España costeó un aeropuerto ahora desaparecido), habría que acabar antes con la política genocida de los israelíes. Para arreglar el problema de los desplazados sirios, la cantidad de dinero es aún superior, ¿cuál será la aportación económica personal de quien está leyendo esto?

Toda Europa está conmovida por esa gente que en embarcaciones precarias atraviesan el Mediterráneo, pero resulta que Italia lleva recogidas más personas en julio de este año que en todo 2014. Francia ha cerrado su frontera a los negritos que desde Italia tratan de pasar hacia el norte, Hungría está construyendo una verja de 175 km. para protegerse de la llegada de inmigrantes desde el sur y lo mismo va a hacer Turquía, el Reino Unido no quiere ni hablar de que se les cuele gente desde Calais que ni siquiera son de la Commonwealth –y aunque lo fueran–, los países nórdicos siguen siendo exquisitos y sólo aceptan dar asilo tras estudiar caso por caso y Alemania ya tiene suficiente mano de obra barata. Me ha hecho sonreír con sarcasmo la noticia dada por prensa y televisión estos días sobre un barco noruego que ha recogido más de 600 inmigrantes que navegaban por el Mediterráneo... y los ha depositado cuidadosamente en Italia, porque los noruegos también saben hacerse los suecos.

Confieso que al ver a las victimas de guerras o de catástrofes naturales, sirios y nepalíes entre otros, mi primer impulso es pedir que se les acoja –sólo puedo firmar peticiones pidiendo eso– porque no hay corazón que resista contemplar tanto dolor y abandono, pero hay que ser serio y no dejarse llevar por la compasión fácil e inmediata, lo prudente es en todo caso colaborar económicamente con alguna organización internacional para aliviar, ya sé que poco, las penalidades de esta gente, pero finalmente hay que ser consciente de que no podemos arreglar el mundo, somos más de siete mil millones en el planeta y siempre habrá una parte azotada por las adversidades, así que si usted quiere partir en dos su capa y cederles una mitad, es cosa suya. Pero ojo, debe ser su capa y no la mía.

Me temo que no hay medios, ni espacio, ni salida para esta avalancha que cada día será mayor, tienen que saber que la solución pasa por arreglar su propio país y no por largarse a otro en el norte. Normalmente los europeos tenemos entre uno y dos hijos, porque antes de traer uno al mundo evaluamos nuestros medios económicos y capacidad de atención y cuidado. En África es normal el número de diez hijos o más, de manera que en 50 años muchos países han cuadruplicado o quintuplicado su población –Etiopía ha pasado de 25 millones en 1960 a más de 90 en la actualidady el ritmo aumentará, porque ahora disponen de vacunas y medicinas. Debemos ayudarles allí, aun sabiendo que es casi inútil porque por mucha ayuda que les llegue se diluye en esa superpoblación de crecimiento desbordado, sin estructura social alguna. Mientras, el Vaticano sigue vetando el uso del preservativo, aunque no creo que ya sea un asunto determinante, salvo para frenar el VIH.

He oído en televisión a sesudos tertulianos afirmar que la riqueza (de Europa) siempre atraerá a la pobreza (de África), algo que no tiene discusión. Queda por debatir si estos sesudos aceptarían que el pobre que vive en Orcasitas (Madrid), Trinitat Nova (Barcelona) o las 3.000 viviendas (Sevilla) forzara la puerta de su confortable vivienda y se instalara en ella sin más apuro; apuesto a que llamarían al 091, y harían muy bien. Otra pregunta que me hago es qué salida pueden encontrar en Europa estos fugitivos que no sea ejercer de mantero o gorrilla, teniendo en cuenta que no abundan entre ellos los que poseen estudios y para remate no conocen el idioma español porque proceden de ex colonias francesas y británicas, antiguas metrópolis que serían en última instancia las que deberían hacerse cargo de ellos.

¿Recuerdan el cuento del campesino ruso que mientras huye de los lobos decide arrojar a uno de sus hijos a esos lobos porque sabe que es imposible que se salven todos? Resultará doloroso e inhumano, pero no podemos aceptar que toda África se venga a Europa porque desapareceremos, literalmente engullidos por ellos. No es ya ser generosos o compasivos, se trata de supervivencia. Por algo hay ya quienes consideran estas migraciones masivas una especie de bomba de relojería y por descontado que previamente asistiremos a la aparición o fortalecimiento de poderosos partidos de ultraderecha como ya hay en varios países europeos: Francia, Hungría, Dinamarca, Países Bajos, República Checa, etc. 

La mayoría de las personas no acaban de entender cuál es el núcleo del problema de los migrantes que proceden de Asia y sobre todo de África. La caridad y la compasión pueden ejercitarse cuando hablamos de unas cuántas personas, pero el planteamiento es muy diferente cuando se trata de un traslado poblacional masivo de un continente a otro. Si no se pone fin a esta llegada de personas por los medios que sean, Europa será invadida perdiéndose ese supuesto bienestar que precisamente es lo que vienen buscando. No huyen de una plaga, huyen del país que no han sabido estructurar, huyen de una guerra en la que lucha su hermano, su padre o su hijo, huyen de una superpoblación de la que son responsables ellos mismos y que trasladan allí donde se asientan. 

No estoy obsesionado con el problema, entre otras razones porque no soy yo ni mi generacion la que va a tener que soportarlo en toda su crudeza, pero hay que ser necio para no dedicarle una reflexión más allá de eso de “es conmovedora la cara de sufrimiento de los que llegan exhaustos a las costas con sus blancos ojos llenos de ilusión…”. Además, pocos negros de verdad han visto de cerca, porque los negros suelen tener el globo ocular enrojecido.

miércoles, 22 de julio de 2015

iDependencia

el inadaptado
Cuando se encuentre en un lugar público mire a su alrededor, ¿qué es lo que está haciendo la mayoría de las personas que le rodean? Desde que aparecieron, sentí rechazo hacia los smartphones y las tabletas y no me arrepiento, porque a la vista está que estos aparatitos han transformado el cerebro –o lo que sea– de multitudes en algo más parecido a un trozo de hamburguesa. Viven por y para estos artilugios, caminan, comen, sueñan con estos chismes y parece que no dan para más, sienten que estos móviles han llenado el gran vacío de sus vidas. Nunca en la historia un accesorio ha llegado a esclavizar al ser humano como los móviles lo hacen ahora, conozco a varias personas que declaran alegremente que no podrían vivir sin el aparatito, nada menos. Será por eso que hace unos meses fui a cenar a un VIP (algo que no recomiendo a nadie) y en una mesa cercana a la mía había un matrimonio con un par de hijos adolescentes; los cuatro se dedicaban a sus smartphone y no cruzaban palabra entre ellos. Iba a hacerles una foto para ponerla aquí, pero el temor a un incidente hizo que me contuviera.

Este año pasado, sin embargo, me hice con una tableta y algo más tarde con un smartphone usado y desechado por mi mujer, durante el veraneo resultaba muy útil para utilizar como módem con un PC de verdad. Eso no implica que me haya entusiasmado con ellos y hay quienes me han manifestado su descontento porque no pertenezco a esa legión de usuarios colgados de los whatsapp.

El teléfono sólo lo enciendo en caso de necesidad –cuando salgo de casa– y la tableta apenas ocupa unos minutos de mi tiempo algunos días, pero declaro solemnemente que no entiendo la tremenda necesidad de que esas app que rellenan los aparatos tengan que ser actualizadas con una frecuencia verdadera llamativa. Me pregunto, ¿es que van a añadir nuevas prestaciones que les darán mucha más utilidad?, ¿es que han descubierto tremendos errores en su programación y tratan de enmendarlos?

Nada de eso parece ser cierto, porque las aplicaciones siguen sirviendo para lo mismo que ya servían y en cuanto a sus errores me parecen que al menos yo no detecto ninguno demasiado señalado, desde luego ninguno que sea reparado, ¿qué es lo que pasa entonces?

Admito que ando con la mosca en la oreja, porque los requerimientos de acceso que esas app plantean cuando usted va a instalarlas en su aparatito no casan con la tarea que teóricamente realizan. ¿Para qué necesita casi ninguna de ellas saber qué contactos tengo, dónde vivo, tener acceso a mis fotos, compras que realizo, música que escucho y a mis archivos en general? Hablo por ejemplo de apps que sirven para dar la previsión meteorológica o proporcionarnos críticas de películas. Adobe –que ya no actualizo– nos exige acceso a nuestras fotos y a las compras que podamos haber hecho a través de Internet. ¿Es que la gente ha renunciado definitivamente a cualquier tipo de privacidad? Yo, desde luego defiendo la mía hasta donde puedo –sin hacerme muchas ilusiones– y ya son varias las veces que cuando voy a instalar una app cancelo esa instalación porque no estoy dispuesto a contarle al autor hasta la talla de mis gayumbos. ¿Cuántas personas se fijan en los requerimientos y rechazan entregar casi su intimidad a empresas informáticas, encandilados por la aparente gratuidad de las app? Hasta el momento sólo conozco una: yo, aunque sé que no soy el único.

Aparecen con insistencia noticias relativas al robo de fotos de celebridades, por cierto que más famosas por sus cuerpos que por sus capacidades artísticas. Confieso que he visto esas fotos en una web que las ofrecía y mi asombro es ya absoluto: ¿cómo se le ocurre a nadie hacerse “esa” clase de fotos –aunque sea para el amante o su pareja– con un trasto que transmite todo y peor todavía, colgarlas en la red, aunque sea en un trocito de almacenamiento en la nube, que teóricamente es nuestro? Traten de usar el cerebro, queridas celebridades y usuarios en general, si hay hackers capaces de penetrar hasta en el sistema de Fort Knox o del Pentágono, ¿cómo no van a entrar en el área donde tienen sus fotos?

Son elucubraciones absurdas, porque para mí está más que claro que ese supuesto robo de privacies por supuesto que estaba buscado, con ello se consiguen portadas en los periódicos de todo el planeta, ¿hay publicidad más barata?

Venía en la prensa estos días el caso de un ex-novio que había colocado en el smartphone de la que fue su pareja una app que le permitía conocer las comunicaciones de la víctima y hasta activar la cámara pudiendo observar en directo lo que ella hacía. A eso hemos llegado, lo de 1984 era simplemente una previsión optimista de la realidad actual. Gran Hermano es ahora un programa televisivo hecho por amorales destinado a gente sin defensas intelectuales, y lo que aquella obra de Orwell anunciaba ha resultado ser la Gran Dependencia, algo aceptado con gran contento, satisfacción y un buen desembolso económico al comprar el móvil. ¡Pagamos por que nos controlen!

martes, 14 de julio de 2015

Otra piada brasileira


Como ya hice un par de veces, reproduzco una piada brasileña que encontré y como en esas ocasiones la reproduzco en su idioma original, que a mi entender ambienta mejor la historia, pero de nuevo añado la traducción hecha por mí.

O tatu


O advogado tava viajando de carro pela BR, um tatu foi atravessar na frente do carro e o motorista parou e pegou o tatu. Colocou no porta malas e seguiu viagem. Lá na frente uma blitz da federal parou ele. Pediram os documentos, pediram pra ele descer do carro e abrir o porta malas.

Lá dentro o policial viu o tatu e falou: cara, vc é louco. Esse animal é selvagem, isso vai te dar cadeia. Se eu chamar a policia ambiental vc tá frito.

O advogado disse: bem capaz, esse tatu é meu. De estimação. Tá comigo desde novinho. Se vc soltar ele no chão eu dou dois assobios e ele volta do meu lado. Ele é treinado.

O policial falou: duvido.

Então solta ele pra vc ver, disse o advogado.

O policial pegou o tatu, soltou no chão e o tatu correu pro mato.

O policial falou pro advogado: agora chama o tatu de volta.

O advogado disse: que tatu?

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El armadillo

Un abogado viajaba en su coche por una carretera del país, cuando un armadillo apareció delante del coche y el conductor paró de inmediato y cogió al armadillo. Lo colocó en el maletero y siguió viaje. De repente, un control de la policía federal le hizo parar. Le pidieron los documentos y también que se bajara del coche y abriera el maletero.

Allí dentro el policía vio el armadillo y dijo: tío, usted está loco. Ése es un animal protegido, eso le va a costar la cárcel. Si llamo a la policía de medio ambiente está usted frito.

El abogado dijo: pero bueno, ese armadillo es mío. Es mi mascota. Lo tengo desde que nació. Si usted lo suelta en el suelo, doy dos silbidos y él vuelve a mi lado. Está entrenado.

El policía dijo: lo dudo mucho.

Entonces suéltelo para que lo vea, dijo el abogado.

El policía cogió el armadillo, lo soltó en el suelo y el armadillo corrió y desapareció en la maleza.

El policía dijo al abogado: ahora llame al armadillo de vuelta.

El abogado respondió: ¿qué armadillo?


Un consejo: nada de bromas con la policía ni en Brasil ni, por descontado, en España, en especial ahora que nuestro gobierno ha dado un paso adelante en el recorte de libertades. Es posible que se libre de una prueba que le incrimina, como hace el protagonista de la piada, pero seguramente le partirán los dientes.

miércoles, 8 de julio de 2015

Fiestas populares (y 2)

Mujer "sufriendo" abusos en sanfermines
Disfrutamos precisamente al inicio de la primavera de las procesiones de Semana Santa, famosas las de distintas ciudades por diferentes méritos, y a pesar de mi carácter no muy dado a manifestaciones religiosas, me parecen de lo más soportable como festejos populares, incluso hay una cofradía en Sevilla que se llama –¡oh maravilla!– precisamente El Silencio. No debería considerarse igual a todas las celebraciones que entran en esta categoría, pues alternativamente las hay austeras y bulliciosas, sangrientas (por sus penitentes) y festivas, aunque en todas ellas puede producir escalofríos el espectáculo de las imágenes del cristo que suele aparecer chorreando sangre o con la corona de espinas que tanto divirtió hace unos años al simpático Josep Lluis Carod Rovira Pérez (el catalanista sin ocho apellidos catalanes). El caso en que en ninguna de ellas –al menos que yo conozca– se colocan altavoces para hacer más ruido, y eso hay que agradecerlo, aunque estremece a veces el fanatismo pseudorreligioso e irracional de algunos, y desagrada la presencia de tropas portando imágenes religiosas, por no hablar del apoderamiento de las calles de una ciudad –que son de todos– por cuenta de los creyentes –que no son ni mucho menos todos–. Mejor no citar los indultos concedidos a iniciativa de alguna cofradía. Cuesta entender este país; yo, al menos, no lo he conseguido. O sí.

En Sevilla se celebran otras fiestas menos de un mes después, la conocida como Feria de Abril, que a veces por imperativo cuaresmal se celebra en mayo. Viene a ser una desintoxicación de tanta religiosidad de la pasada semana santa, para dolor y pena de los capillitas. Conocemos ese dicho de que cada uno habla de la feria según le va en ella y precisamente en este caso el propio festejo produce encontradas opiniones según gustos. A esa feria se va a comer, beber, bailar, pasear, ver y ser visto. A disfrutar con la belleza de las mujeres con sus típicos trajes y arruinarse con los precios de las consumiciones. Es quizás el más narcisista de todos los festejos nacionales. Up to you.

Muchas otras ferias se celebran por toda España y en Andalucía al menos (y en Barcelona) suelen seguirse los modos de la de Sevilla. No todo el mundo sabe que la feria de Sevilla fue celebrada por primera vez a iniciativa de unos residentes vascos y que las famosas sevillanas fueron bautizadas así por los catalanes tras la actuación de un ballet hispalense en un teatro barcelonés, pues hasta entonces (siglo XIX) todo el mundo las había denominado simplemente seguidillas, que tales eran y se denominaban en su origen.

Están muy extendidas por el este-sudeste de la península las fiestas de moros y cristianos, siendo las más conocidas las de Alcoy. A la vista de un profano, vienen a ser una mezcla del carnaval y las procesiones de semana santa. Una oportunidad de disfrazarse y permitirse ciertas licencias históricas, pues en el bando de los moros figuran hasta zulúes, que ya es fantasear sobre las etnias que lucharon contra los locales durante la reconquista o en los ataques de piratas a las poblaciones de la costa. Es preceptivo en muchas de estas fiestas, que al menos el cabecilla de cada bando fume un habano mientras desfila, no acabo de entender la razón.

Hemingway no visitó ninguna de las fiestas que cito antes, pero sí tuvo la mala ocurrencia de aparecer por los sanfermines, y precisamente por eso son seguramente los festejos más conocidos fuera de nuestras fronteras y hasta he leído que hay celebraciones que los imitan en lugares distantes, incluso en la mismísima Australia y algunos estados de EE.UU. –Texas, Georgia, California, etc.–. Una ciudad que no alcanza los 200.000 habitantes, como Pamplona, recibe una media de un millón de visitantes. Por lo que me han contado, si a usted le gustan las machadas, la bulla, los apretones, los borrachos y sus vómitos, ésa es su fiesta.

Hay fiestas por toda España y si pocas había, han aparecido muchas nuevas que buscan sólo atraer al turista y mostrar el grado de estulticia local y foráneo. Entre las tradicionales son relativamente conocidos los castellers catalanes, tan excitantes y bullangueros como todo el folclore catalán; los bous al carrer o bous a la mar, donde el objetivo principal es torturar a un toro, actividad de gran éxito en general. También esas infamias para necios como la tomatina o similares, donde la diversión consiste en arrojarse tomates, vino o harina unos a otros e incluso en algunas partes añaden huevos; sobre todas éstas prefiero no entrar en detalles, no sea que algún día me designen concejal de Podemos en uno de esos lugares.

Queda tanto por decir… por descontado, omito mil y una fiestas productoras de ruido en abundancia y regocijo del personal, me callo porque me produce horror ese alarde de irracionalidad pseudorreligiosa de la romería del Rocío (sobre el asunto), pero no hay espacio para tanto, al fin es seguro que un día u otro las veremos en televisión, que probablemente son fiestas de interés nacional o quizás  internacional y que algún día las declararán BIC (Bien de Interés Cultural). Esto es en buena parte la cultura en España. Y conste que soy apasionado partidario de las tradiciones, pero es que a veces cuesta ser español…

No cabe duda de que Javier Marías tenía razón. Y se quedó corto.

viernes, 3 de julio de 2015

Fiestas populares (1)

Recuerdo a quienes me leen que lo que en cada entrada cuento no es más que una personal visión del asunto que trato. Simplemente procuro decir lo que hay, según lo veo, sin apasionamientos excesivos; otra cosa es que lo consiga, pero intentarlo, lo intento. Hecho este aviso, si alguien se molesta tiene dos trabajos.

Hace más de un año, incluso puede que dos, leí un artículo de Javier Marías en que soltaba todo tipo de improperios contra las llamadas fiestas populares, y concretamente sobre las de Soria –donde él poseía una casa para descansar y concentrarse para escribir– en las que el ayuntamiento había tenido a bien colocar unos atronadores altavoces cerca de su vivienda durante todo el día –eran las fiestas locales– que no le dejaban ni pensar. Creo que se ha desprendido de esa vivienda.

De inmediato, sentí mi más firme solidaridad con el escritor, un sentimiento que venía de antiguo, tras haberme llamado desde hace tiempo la atención las características de las fiestas más conocidas. Mayoritariamente tienen como común denominador el ruido, el alcohol y alguna virgen o santo local, cuanto más ruido más se divierte la gente y eso lo saben los políticos, que satisfacen ese deseo para complacer al respetable. Del alcohol ya se ocupa cada uno. De que sepamos de esas fiestas, Televisión Española.

Uno de los objetivos perseguidos por las fiestas más ruidosas es conseguir batir un récord que le permita figurar en esa enciclopedia de la estulticia que es el libro Guinness. No todas lo consiguen, pero ahí siguen con ejemplar perseverancia, año tras año, intentando hacer la tortilla de patatas más grande del planeta, reunir el mayor número de personas cantando Asturias, patria querida, o tonterías de igual calibre. Ahora que todo el mundo se empeña en buscar sus raíces para tirarlas a la cabeza del vecino, estas fiestas suelen insistir en que sus primeras manifestaciones están en el medievo (o antes) y después en conseguir ser declaradas Bien de Interés Lo-que-sea y ser publicitadas por las administraciones locales o nacionales, para que vayan cuantos más japoneses, mejor.

Los carnavales gozan de gran tradición en todo el país, una vez que han ido resucitando tras ser prohibidos durante la dictadura. Los más famosos son los de Cádiz y Santa Cruz de Tenerife. El primero cuenta con sus características chirigotas, grupos que interpretan canciones satíricas propias, que aunque han pasado a otras poblaciones son lo más característico de aquella ciudad andaluza. Hay que estar muy en la onda local para entender la gracia de mucho de lo que cantan.

El carnaval canario, por razones que desconozco, ha ido evolucionando hasta transformarse en un trasunto de los carnavales brasileños, más concretamente del de Río de Janeiro, y por lo tanto pone el acento en el lujo de los disfraces en los desfiles y el ritmo de batucada que no sé muy bien qué tiene que ver con las islas, claro que recordando que en las manifestaciones de protesta contra algo eso de la batucada es requisito imprescindible, pues a qué buscar explicación. Para más pistas, quiero señalar el detalle de que allí llaman fantasía a los disfraces, que es exactamente como se denominan en portugués a los disfraces y que deja a las claras las fuentes en que han bebido. Lo cierto es que los turistas europeos, que no saben distinguir muy bien entre España y Brasil, colaboran al éxito de la fiesta con su presencia y su entusiasmo.

Quizás la fiesta más asociada al inicio de la primavera sea una muy popular en casi toda España, gracias a la insistencia de Televisión Española: las Fallas. No hace falta que le explique a nadie en qué consisten, y el que no lo sepa ahí tiene la Wikipedia. Sinceramente, cuesta comprender que resulte tan divertido montar terribles hogueras y atronar al personal con las toneladas de pólvora que se consumen durante estos festejos, pero es cierto que son muchos los que disfrutan del asunto, así que algo tendrá. El calor de las hogueras es tan intenso que los bomberos tienes que dirigir sus mangueras hacia las fachadas para que no se recalienten en exceso y este año hasta la fallera mayor recibió pavesas que podían haber prendido su pesada vestimenta, el bonito traje típico local, quizás el más kitsch de todos los de España. Previamente y para darle el imprescindible carácter religioso de toda fiesta española, se han llevado toneladas de flores hasta una imagen de la virgen del lugar, flores que se colocan ordenadamente alrededor de la que, por si no lo saben, es Generalísima de los Ejércitos Españoles, porque aquí gusta que lo religioso y lo castrense anden de la mano. Hasta donde yo tengo noticia, no guarda parentesco alguno con el añorado generalísimo (hay quienes de verdad lo añoran y yo conozco alguno).

La Semana Santa no es sólo todo ese alarde barroco que conocemos, hay que hablar de unas fiestas que se caracterizan por superar a veces todo lo conocido en ruido. En buena parte de Aragón –y hasta en lugares alejados de allí, como Murcia– el ruido atronador es fundamental para divertirse y me quedé alucinado cuando vi que el tambor tiene un enorme monumento, que ocupa toda una glorieta, en la ciudad de Alcañiz. Aunque donde el ruido pasa a ser una manifestación religiosa de primera categoría es en Calanda (Teruel), donde el viernes santo a las 12:00 todo el que tiene manos se pone a golpear un bombo o un tambor hasta hacer sangrar esas manos, lo que se considera extremadamente meritorio y piadoso. Se llama La Rompida de la Hora. No quiero ni pensar lo que tiene que ser encontrarse en esa localidad ese día y aborrecer el ruido como yo lo aborrezco. Claro que si usted desea no perderse estas celebraciones y no puede acudir en su momento, siempre le queda el recurso de efectuar el recorrido turístico por la llamada Ruta del Tambor y el Bombo, no olvide que el tambor tiene en España más monumentos dedicados que ningún científico o escritor.