viernes, 31 de julio de 2015

No hay bastantes maletas

Una noticia ha estado en las portadas de los diarios españoles durante bastantes días, por uno u otro aspecto relacionado con el caso. Estoy hablando del niño que pasó la frontera de Melilla en una maleta y que, como todos sabemos, posteriormente ha dado pie a una historia en la que primero se han localizado a sus presuntos padres, después se ha analizado el ADN de todos ellos para comprobar el parentesco y finalmente se ha podido ver en las televisiones un final feliz, en el que la madre, –en un lujoso vehículo, por cierto– pasa a recoger al niño tras lo cual parece que vuelven a su domicilio anterior en Canarias, donde seguramente serán ayudados generosamente, pues sería absurdo gastar todo el dinero que se ha invertido en el espectáculo para que padre y madre vuelvan al paro y a residir en una vivienda que al parecer no reunía las condiciones o les iban a desahuciar, ¿coste total de la operación?

Todo muy tierno y ya digo que con un final feliz, si no fuera porque este negrito no es más que uno de los millones que se encuentran en África en situación parecida, aunque sin la ayuda de tanta ONG y tanto buenista porque esos otros no han salido en la tele, no han levantado la compasión de los espectadores que veían el telediario mientras cenaban o reposaban de esa cena, ¿tienen idea del efecto llamada que puede haber supuesto ese alarde de generosidad, desde el Magreb a Costa de Marfil de donde procedía la familia?, ¿a cuántos han empujado hacia el Mediterráneo?

Lo malo es que no son sólo quienes huyen de África para –sin formación alguna– acomodarse en Europa, porque algún amigo que ya está aquí les ha dicho que esto es jauja y que aquí se vive de miedo sin hacer nada. Estuve viendo hace algún tiempo una página web –quizás de Camerún, sólo recuerdo que estaba en francés– donde se aleccionaba a los futuros aspirantes al bienestar europeo sobre cómo abordar el asunto. Desde que convenía llevar un móvil con el que llamar enseguida a los salvamentos marítimos de los países cercanos, rajar con cuchillos la lancha propia –si era neumática, claro– o romper el motor, una vez que tenían al lado al buque de salvamento –así se trataba de una emergenciay el tono de llanto acompañado de cara de pena que debían adoptar al desembarcar porque, se afirmaba, los europeos somos unos “pringaos”.

Olvidemos esas minucias. Supongamos que decidimos ayudar a esta pobre gente, ¿por dónde empezamos?, ¿cuánto dinero estamos dispuestos a dar para acabar con esa situación? Porque no son sólo africanos, tenemos a los asiáticos –filipinos, malayos, paquistaníes, etc.– y a los más cercanos sirios y palestinos. Para hacerse una idea, según UNRWA, sólo para reconstruir lo destruido por los israelíes en Gaza, hacen falta 5.400 millones de euros; para abrir boca. Por cierto que parte de esa destrucción eran infraestructuras financiadas por la UE (aparte, España costeó un aeropuerto ahora desaparecido), habría que acabar antes con la política genocida de los israelíes. Para arreglar el problema de los desplazados sirios, la cantidad de dinero es aún superior, ¿cuál será la aportación económica personal de quien está leyendo esto?

Toda Europa está conmovida por esa gente que en embarcaciones precarias atraviesan el Mediterráneo, pero resulta que Italia lleva recogidas más personas en julio de este año que en todo 2014. Francia ha cerrado su frontera a los negritos que desde Italia tratan de pasar hacia el norte, Hungría está construyendo una verja de 175 km. para protegerse de la llegada de inmigrantes desde el sur y lo mismo va a hacer Turquía, el Reino Unido no quiere ni hablar de que se les cuele gente desde Calais que ni siquiera son de la Commonwealth –y aunque lo fueran–, los países nórdicos siguen siendo exquisitos y sólo aceptan dar asilo tras estudiar caso por caso y Alemania ya tiene suficiente mano de obra barata. Me ha hecho sonreír con sarcasmo la noticia dada por prensa y televisión estos días sobre un barco noruego que ha recogido más de 600 inmigrantes que navegaban por el Mediterráneo... y los ha depositado cuidadosamente en Italia, porque los noruegos también saben hacerse los suecos.

Confieso que al ver a las victimas de guerras o de catástrofes naturales, sirios y nepalíes entre otros, mi primer impulso es pedir que se les acoja –sólo puedo firmar peticiones pidiendo eso– porque no hay corazón que resista contemplar tanto dolor y abandono, pero hay que ser serio y no dejarse llevar por la compasión fácil e inmediata, lo prudente es en todo caso colaborar económicamente con alguna organización internacional para aliviar, ya sé que poco, las penalidades de esta gente, pero finalmente hay que ser consciente de que no podemos arreglar el mundo, somos más de siete mil millones en el planeta y siempre habrá una parte azotada por las adversidades, así que si usted quiere partir en dos su capa y cederles una mitad, es cosa suya. Pero ojo, debe ser su capa y no la mía.

Me temo que no hay medios, ni espacio, ni salida para esta avalancha que cada día será mayor, tienen que saber que la solución pasa por arreglar su propio país y no por largarse a otro en el norte. Normalmente los europeos tenemos entre uno y dos hijos, porque antes de traer uno al mundo evaluamos nuestros medios económicos y capacidad de atención y cuidado. En África es normal el número de diez hijos o más, de manera que en 50 años muchos países han cuadruplicado o quintuplicado su población –Etiopía ha pasado de 25 millones en 1960 a más de 90 en la actualidady el ritmo aumentará, porque ahora disponen de vacunas y medicinas. Debemos ayudarles allí, aun sabiendo que es casi inútil porque por mucha ayuda que les llegue se diluye en esa superpoblación de crecimiento desbordado, sin estructura social alguna. Mientras, el Vaticano sigue vetando el uso del preservativo, aunque no creo que ya sea un asunto determinante, salvo para frenar el VIH.

He oído en televisión a sesudos tertulianos afirmar que la riqueza (de Europa) siempre atraerá a la pobreza (de África), algo que no tiene discusión. Queda por debatir si estos sesudos aceptarían que el pobre que vive en Orcasitas (Madrid), Trinitat Nova (Barcelona) o las 3.000 viviendas (Sevilla) forzara la puerta de su confortable vivienda y se instalara en ella sin más apuro; apuesto a que llamarían al 091, y harían muy bien. Otra pregunta que me hago es qué salida pueden encontrar en Europa estos fugitivos que no sea ejercer de mantero o gorrilla, teniendo en cuenta que no abundan entre ellos los que poseen estudios y para remate no conocen el idioma español porque proceden de ex colonias francesas y británicas, antiguas metrópolis que serían en última instancia las que deberían hacerse cargo de ellos.

¿Recuerdan el cuento del campesino ruso que mientras huye de los lobos decide arrojar a uno de sus hijos a esos lobos porque sabe que es imposible que se salven todos? Resultará doloroso e inhumano, pero no podemos aceptar que toda África se venga a Europa porque desapareceremos, literalmente engullidos por ellos. No es ya ser generosos o compasivos, se trata de supervivencia. Por algo hay ya quienes consideran estas migraciones masivas una especie de bomba de relojería y por descontado que previamente asistiremos a la aparición o fortalecimiento de poderosos partidos de ultraderecha como ya hay en varios países europeos: Francia, Hungría, Dinamarca, Países Bajos, República Checa, etc. 

La mayoría de las personas no acaban de entender cuál es el núcleo del problema de los migrantes que proceden de Asia y sobre todo de África. La caridad y la compasión pueden ejercitarse cuando hablamos de unas cuántas personas, pero el planteamiento es muy diferente cuando se trata de un traslado poblacional masivo de un continente a otro. Si no se pone fin a esta llegada de personas por los medios que sean, Europa será invadida perdiéndose ese supuesto bienestar que precisamente es lo que vienen buscando. No huyen de una plaga, huyen del país que no han sabido estructurar, huyen de una guerra en la que lucha su hermano, su padre o su hijo, huyen de una superpoblación de la que son responsables ellos mismos y que trasladan allí donde se asientan. 

No estoy obsesionado con el problema, entre otras razones porque no soy yo ni mi generacion la que va a tener que soportarlo en toda su crudeza, pero hay que ser necio para no dedicarle una reflexión más allá de eso de “es conmovedora la cara de sufrimiento de los que llegan exhaustos a las costas con sus blancos ojos llenos de ilusión…”. Además, pocos negros de verdad han visto de cerca, porque los negros suelen tener el globo ocular enrojecido.

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