miércoles, 26 de agosto de 2015

Autoestima. Vale, pero sin pasarse

Tuve una amiga mejicana durante bastantes años, trabajaba como ayudante de un gobernador de aquel país y achacaba su éxito a su elevada autoestima y ésta a su vez a la lectura de diversos libros de autoayuda de los que, pasando de la palabra a la obra, me regaló varios ejemplares que no llegué a abrir salvo uno de ellos, tras leer unas páginas los guardé en un rincón con mucho cuidado junto a los otros, por si me preguntaba por ellos, me parecían escritos por algún aprovechado, destinados a gente bastante simple con unos billetes en el bolsillo para desperdiciarlos en la compra del libro o más probablemente a ciudadanos de los EE.UU. profundos, que viene a ser lo mismo.

Lo cierto es que la mejicana se tenía tanto amor propio que decidió pasar por quirófano para rebanar parte de su masa corporal, que estaba adquiriendo un volumen alarmante. Lamentablemente, el cirujano no fue tan hábil como se esperaba de él –seguramente también se tenía en gran estima–  y la dejó tan averiada que cuando la perdí de vista ya llevaba meses de rehabilitación, con poco éxito por cierto.

No estaba entonces tan de moda como ahora todo ese negocio de la autoestima pero sí los libros de autoayuda. Por mi parte obligaría a pegarles un aviso del daño que pueden producir, porque aparte de inducir a hacer tonterías inimaginables, pretende subir la estima de personas que se valoran en poco, y en muchísimas ocasiones esas personas muestran un gran acierto al valorarse así. Puede incluso que esos libros ni se lean ya, la gente anda tan subida que el más tonto se piensa un ilustrado ya al nacer y conozco a alguno que seguro que cada mañana examina ávidamente la prensa a ver si por fin le han concedido un premio Príncipe de Asturias de literatura o de lo que sea.

Creo que el efecto real de los libros es escaso, aunque tenía cierto familiar –familia política, oiga– que afirmaba que le habían cambiado totalmente (desde mi punto de vista, a peor), y es que lo que de verdad hace efecto es acudir a uno de esos programas –reality show les llaman– en los que los participantes se vienen arriba, derraman quizás unas lágrimas, y salen convencidos de que son tan insignes y valiosos –y valiosas– como Michael Faraday o Cristiano Ronaldo, y cómo no va a ser así, los periódicos publican cada día encuestas preguntando sobre temas que el ciudadano normal ignora. Hace dos días El Mundo preguntaba ¿Debe suprimirse el Tribunal Constitucional? y hoy ¿Cree usted que la crisis bursátil china va a poner freno a la recuperación de España? Eso propicia que cualquier patán crea poseer suficientes conocimientos como para pronunciarse sobre el tema que se le pregunte, no importa cuán extraño, complicado o ajeno sea.

Sea por la causa que sea, lo cierto es que vivimos rodeados de gente que afronta la vida –y el acceso a un puesto de trabajo– como si se tratara de un superdotado al que posiblemente nadie comprende, y es natural que nadie les comprenda porque, de entrada, no saben ni siquiera expresarse oralmente; por escrito, mejor no hacer la prueba. He observado que actualmente cuanto menor sea el vocabulario del individuo mejor se autoconsidera y quizás por eso vamos en el metro rodeados de personas convencidas de su elevada valía, tan elevada como que no pueden esperar a llegar al destino y tienen que comunicarse por el móvil para hacer partícipe a algún ser querido de la buena nueva.

Como me contestó alguien cercano –24 años– al que le reproché que no leía nunca, no lo hacía porque no hay libros que le llamen la atención, claro que pocos días después me ha dicho que no hay nada que le llame la atención en el Museo del Prado; ahí es nada (por descontado que no ha leído El Quijote ni ha mirado un cuadro de Velázquez). Porque eso sí, todas esas personas rebosantes de autoestima deben estar convencidas de mantener contacto directo con el Espíritu Santo o en su defecto con Mariló Montero o con el ex-ministro de Cultura, señor Wert, y lo cierto es que algo de verdad tiene que haber en ese convencimiento, porque de alguna parte tiene que venirles tanta sabiduría como creen poseer. Muchos de ellos gustan de mandar comentarios a los periódicos exponiendo lo que deben imaginar que son brillantes ideas sobre economía, la política nacional o internacional, sobre la inmigración, el independentismo... da igual el tema, aquí cualquiera entiende de todo. Una pena que todos esos pronunciamientos frecuentemente contengan  innumerables faltas de ortografía, lo que da una idea sobre la erudición del brillante pensador.

Hoy mismo, leo en la prensa que tener un blog facilita el acceso a un puesto de trabajo y además, mejora la autoestima. Estoy perdido.

martes, 18 de agosto de 2015

Juventud como estado permanente (1)

Ya lo he dicho por aquí en alguna ocasión, pero sigo lamentando no haber nacido en los años 80 del siglo pasado, en vez del desastroso momento histórico en que vine al mundo. Eran años de guerra en Europa y de posguerra en España, pobreza generalizada por lo tanto –y no sólo económica– y poco lugar para la alegría y la diversión. Cierto que nací en una familia aceptablemente acomodada, pero es que entonces ese entorno sufría más privaciones que la clase media actual.

Hay algo que me parece que los jóvenes ignoran y los mayores parecemos no recordar: nunca en nuestra historia los españoles hemos disfrutado del nivel de bienestar y riqueza que hemos tenido durante casi treinta o cuarenta años hasta que hace unos ocho nos alcanzó de lleno lo que unos llaman crisis y otros llamamos reordenación de la estructura capitalista, de la economía de mercado si prefieren ese eufemismo. A su inicio, dirigentes europeos afirmaron que había que refundar el capitalismo; con esas exactas palabras lo anunció Sarkozy ¡y vaya si lo refundaron! En toda Europa y especialmente en España han aumentado los ricos y han aumentado los pobres. La clase media, simplemente se ha reducido.

Recordemos que el imperio español no supuso riqueza alguna para los españoles, al contrario de otros imperios europeos que, aunque poco, algo mejoraron las condiciones de vida de parte de sus súbditos y sirvieron para crear una burguesía que más tarde iniciaría la revolución social e industrial en esos países.

Cuando yo era niño, todo lo que se producía estaba pensado para los mayores, aunque se nos etiquetase de reyes de la casa, el verdadero rey era el padre, ése a quien correspondía comer huevos, según el dicho. La música, el cine, las boîtes, la diversión en general, estaba orientada a mayores; todavía me acuerdo de la rabia que me daba no poder entrar a ver Siete novias para siete hermanos, que era para mayores de 16 años, claro que eso era por otras razones. Hoy, todo está pensado para los jóvenes y hasta es difícil encontrar una película que merezca ser vista, porque la práctica totalidad está orientada a mentes inmaduras, por no emplear un calificativo más grueso; esta semana, por ejemplo, de 6 películas estrenadas, 5 están clasificadas como apropiadas para jóvenes y una para adultos-jóvenes; ninguna dedicada a los adultos a secas. Se han hecho más películas de animación en lo que va de siglo que en todo el siglo pasado desde que se inventó el cine de animación y respecto al cine de efectos especiales cubren el resto hasta –es una estimación mía– un porcentaje cercano al 90%. ¿Quién podría imaginarse una Casablanca hecha hoy sin esos benditos efectos? El caso es que los jóvenes se sienten el centro del universo y los mayores se infantilizan.

Vi hace un par de días una foto actual de uno de los protagonistas masculinos de la serie Friends e imaginé que debe encontrarse absolutamente desconcertado al descubrir que las canas o los kilos de más no son maldiciones reservadas a los demás. En general, es frecuente encontrar en la prensa declaraciones de actores, españoles o extranjeros, masculinos y femeninos, quejándose de que salvo unas pocas excepciones es imposible encontrar quien los contrate una vez que se acercan a la cincuentena. No comprenden un sistema con el que ellos mismos han colaborado, donde al atributo más valorado –casi el únicoes la juventud y la belleza que le acompaña; cuando superan esa etapa es lógico que estén acabados.

Porque eso es algo que cada vez que lo contemplo me produce asombro: existe entre la mayoría de los jóvenes la convicción de que esa característica etaria está muy por encima de cualquier otra y que además si son jóvenes es gracias a su extraordinaria valía e inteligencia y que les durará siempre, al contrario de los mayores, que lo son por su torpeza e ineptitud. No se me borra de la memoria el joven al que entrevistaban en la televisión –hace tiempo de esto– sobre qué pediría al gobierno y soltaba sin despeinarse que creía que debería subvencionarse la gasolina a los jóvenes, porque tienen una gran gasto por ese concepto, en especial los fines de semana. Tampoco olvido a esos que en comentarios en la prensa digital solicitaban que al cumplir los 60 retiraran el carnet a esos conductores por viejos. Angelitos...

Una confesión: no es cierto que lamente haber nacido cuando lo hice, me espantaría tener ahora 20 ó 30 años, aunque no me disgustaría volver a los 50, (pero no a mis 50, no quiero repetir episodios).

domingo, 9 de agosto de 2015

El respeto que fue

Esta entrada podría considerarse puro plagio, porque se trata de la copia de un recuadro visto en un artículo de un diario de alcance nacional, y que resumía lo expresado por diversos profesores universitarios de Ética, Filosofía y Psicología. Todos ellos lamentaban la desaparición de la asignatura Educación para la Ciudadanía e insistían en que por su parte incluso la hubieran ampliado dedicando más espacio a la cultura cívica y la convivencia. 

Me he permitido eliminar algo así como una quinta parte de los ejemplos, para no hacerlo demasiado extenso y porque se trataba de casos no significativos.

«Hay comportamientos de los otros que nos molestan o agreden. ¿Se ha parado a pensar si también usted es irrespetuoso? Recogemos una pequeña muestra de conductas que delatan a los maleducados del siglo XXI.

Hablar por el móvil en voz alta en un lugar público
Este comportamiento era impensable hace tan sólo unas décadas porque, sencillamente, no existían los móviles. No obstante, levantar la voz en espacios públicos siempre ha sido considerado de mal gusto cuando no una falta de educación. Con los móviles el problema se ha disparado.

Comer en el cine
Quizá durante algunas décadas del siglo pasado, cuando las sesiones de cine eran dobles y las posibilidades de ocio escasas, comer en el cine no estaba tan mal visto o incluso despertaba la envidia del vecino. Pero hoy los aficionados al cine aspiran a disfrutar de la película sin olores ni ruidos ajenos a la misma. Y una cosa son las típicas palomitas y otra muy distinta el surtido de comida para llevar que se empieza a ver (y oler) en muchas salas.

Hablar en el cine
Hace un tiempo, hablar en el cine en voz alta era lo típico que hacía un grupo de adolescentes para divertirse. Ahora en cambio cada vez son más los padres e hijos que hablan en voz alta durante una proyección.

Reclinar el asiento del avión, acaparar el reposabrazos o poner los pies en el asiento delantero
Es un ejemplo claro de la necesidad de reflexionar sobre dónde acaban los derechos propios y empiezan los del vecino. ¿Qué hay de malo en ponerse cómodo para descansar? Nada, o mucho si implica que el vecino no sólo no vaya tan cómodo sino que ni siquiera pueda moverse. La política de las compañías aéreas de rentabilizar al máximo los aviones con más asientos y menos espacio entre ellos tampoco ayuda.

Interrumpir una conversación o una comida para leer los mensajes del móvil
Algunos están tan pendientes de los cambios que aparecen en la pantalla de sus móviles que no se paran a pensar que priorizarlos implica menospreciar a la persona que tienen delante, y que por no posponer la lectura de un mensaje, están postergando a la persona con la que han elegido comer o charlar.

Mantener llamadas telefónicas en medio de una reunión de grupo sin apartarse ni disculparse
Levantar la voz en público, revelar conversaciones privadas, interrumpir a quien habla o crear conversaciones paralelas denota mala educación y son faltas de respeto clásicas, tanto si se hace de viva voz como si es a través del móvil. Incomoda al resto de los reunidos porque obliga a escuchar conversaciones ajenas, a posponer la propia o a gritar para seguir escuchándose.

Llegar tarde a una cita o hacer que otros lleguen tarde
La puntualidad quizá suene a virtud antigua, pero llegar tarde es una falta de respeto para quien espera, una desconsideración hacia el uso de su tiempo y sus obligaciones, más si cabe en una sociedad tan atareada y estresada como la actual.

Dirigirse a las personas mayores o a los clientes con diminutivos o apelativos como guapa, rey, cariño...
Ya no se trata tanto de optar por tutear a todo el mundo o de preservar el usted. Hoy, en algunos ámbitos (y comercios), uno se conformaría con que no le infantilicen, con que le hablen en un tono neutro y se respete una mínima distancia en el trato, que se sepa distinguir entre amigos y desconocidos».


En el artículo se incluía una encuesta sobre si se estimaba que en las últimas décadas habían aumentado las faltas de respeto. Curiosamente, el 94% respondía que sí.

No sé a otros, pero a mí me hace cierta gracia que el autor hable de que antes,
comer en el cine no estaba tan mal visto. Falso; nadie comía antes en el cine salvo en locales de ínfima categoría o en algunos pueblos en los que comer pipas formaba parte del ceremonial.

También se dice La puntualidad quizá suene a virtud antigua con lo que el autor demuestra ser alguien no muy experimentado en la relación con personas respetuosas con los demás. A nadie medianamente educado puede parecerle una virtud antigua; lamentablemente es una falta de respeto muy común, antes y ahora, entre españoles y no digamos los mal llamados latinoamericanos, pero entre europeos no latinos la puntualidad es una característica normal y su no observancia les resulta simplemente incomprensible e insoportable. He tenido la suerte de que alguien cercano me tachara de enfermo por mi empeño en ser puntual, el caso es que no recuerdo haber llegado nunca tarde a una cita, al menos en las últimas décadas.

La relación del artículo no es ni de lejos una relación exhaustiva de las faltas de educación más comunes, pues parece ceñirse en buena parte a las cometidas en el cine o con el móvil. Se me ocurren muchas más faltas que ahora una mayoría comete, pero que para no aburrir podrían resumirse en una: desprecio hacia los demás y autoestima por encima de lo aconsejable, todo ello bañado en ruido e ignorancia.

Ya publiqué alguna entrada lamentando la implantación del tuteo (en España, que no en la Europa culta), para mí raíz de todos estos males, pero no es cuestión de insistir en lo que no tiene remedio. Ayer llamé a un concesionario de automóviles para una gestión y la zafia secretaria de turno me dijo algo así como "te paso con el responsable de comercial y él te resolverá lo que quieres". Seguro que desde que nació ha convivido siempre con el tuteo y tratar de usted a desconocidos le suena tan remoto e inapropiado como aquello de vuesa merced.