viernes, 29 de enero de 2016

Soy varón. Mea culpa

Es muy probable que alguno al leer el título lo interprete como una declaración abierta al universo de lo macho que soy. Se equivocó. Soy varón de la manera más modesta que puedan imaginar, sólo repitiendo lo que se dice en mi partida de nacimiento y consciente de que, además, no está el horno para bollos.

Asistimos a una persistente e intensa caza del hombre y vislumbro no muy lejano el momento en que tendremos que tomar medidas para pasar desapercibidos –¿travestidos quizás?–, porque si todos los humanos tenemos la desgracia de nacer con el llamado pecado original –que ya son ganas de culpar– los varones tenemos que cargar con el estigma añadido de serlo.

Tenemos en la actualidad unas leyes que ya obligan a muchos hombres a defenderse de un delito que no han cometido, ponga mucho cuidado en que su pareja femenina no tenga un mal día y le denuncie por agresión. Es casi seguro que esa noche la pase en el calabozo y si ella se mantiene en su actitud, seguramente tenga que salir de su casa y quedarse sin casa y sin hijos menores de edad, si es que los tiene. Hay muchos en esa situación, porque el principio de inocencia no rige cuando se juzga a la mitad masculina de una pareja.

Eso no les basta a los colectivos feministas –con ínfulas de mantis religiosa– que, no acabo de comprender con qué fines, desean la promulgación de unas leyes más severas en las que el hombre sea cazado como si de un peligro social se tratara. Se denomina crimen machista a cualquier acto de violencia en que el agresor sea un varón y la víctima sea una hembra, no importan las circunstancias en que se produzca esa agresión. No hace mucho, un hombre disparó contra su ex pareja y contra la madre de ella que la acompañaba (vaya, todos ellos eran gitanos) con el resultado del fallecimiento de las dos mujeres. De inmediato se ha calificado la muerte de ambas como de crimen machista. ¿Si en vez de acompañarla su madre hubiese sido su padre y resultara muerto, ¿habría sido un crimen machista? Si al perseguir al culpable una agente de la guardia civil hubiera resultado muerta, ¿sería también un crimen machista? Sinceramente, no conozco la respuesta.

Muy recientemente se ha producido un caso que me parece llamativo. En una pareja divorciada ya, ella ha interpuesto 19 denuncias contra el marido por maltrato psicológico de las que él ha sido absuelto en 18 ocasiones. Éste hombre, ha puesto a su vez  4 denuncias contra ella por no cumplir lo dispuesto por el tribunal sobre el régimen de visitas de la hija común de 15 años. En las cuatro ocasiones ella ha sido condenada –la primera cuando la hija tenía 12 años–, y aun así no ha obedecido lo ordenado por la sentencia. Finalmente, ella ha sido indultada de dos de las condenas –las más graves– en consideración a que la hija no desea visitar al padre. Nada se habla de que esa hija ha podido ser aleccionada por la madre, ya que convive con ella. El último indulto ha sido concedido tras producirse incluso manifestaciones populares a las que, ¡cómo no!, acudían hombres.

Creo que partiendo de una situación inaceptable, la de la violencia del hombre hacia la mujer, se está llegando a unas conclusiones que distan mucho de ser equilibradas y justas. Yo diría que debería perseguirse la violencia en cualquier sentido y practicada contra quien quiera que sea siempre que haya pruebas, y la mujer debe dejar de ser permisiva y denunciar la primera agresión que se produzca en la pareja o sencillamente separarse. Esas leyes con discriminación positiva hacia la mujer no deberían existir, la discriminación es siempre injusta y en demasiadas ocasiones criminal. El argumento de que el hombre maltrata a la mujer precisamente por ser mujer me parece surrealista y falaz, un invento de manipuladores que ha conseguido más éxito del que merece. En 2015 han muerto 26 niños a manos de sus padres o parejas de sus madres, ¿los han matado precisamente por ser niños? Al menos 29 hombres –el gobierno no proporciona cifras y hay que contarlo en las noticias de prensa– (ver) han muerto a manos de sus parejas femeninas, ¿cómo lo llamamos?

En la prensa y los telediarios nos machacan día tras día con las bajas provocadas por la mal llamada violencia de género. Me gustaría, aunque sé que nadie me hará caso, que se hicieran dos cosas: una, separar los crímenes cometidos por extranjeros, incluso de origen, porque ya saben que algunos europeos orientales, sudamericanos o magrebíes son a veces demasiado proclives al maltrato, y con eso se comprobará que si de entrada estamos por debajo incluso de los países nórdicos en número de víctimas, con esa exclusión vamos a resultar un ejemplo para la humanidad. Otra cosa que me gustaría es que también se le diera la publicidad paralela a los hombres muertos por sus parejas femeninas, he leído cifras en la prensa y no es cosa de pasar por alto. Tampoco está de más recordar que si históricamente el hombre ha practicado con demasiada frecuencia la violencia física contra la mujer, no es menos cierto que también han sido sus víctimas otros hombres más débiles. Y, para compensar, habitualmente la mujer ha ejercido violencia psicológica contra el hombre y en demasiadas ocasiones ha tratado de humillarlo. Claro que eso no deja moratones.

Más o menos conscientemente, todos perseguimos una situación de privilegio, lo pintoresco es que la mujer lo está consiguiendo, y para que resulte más pintoresco todavía, con la ayuda y asistencia de hombres. En este mismo blog es fácil encontrar entradas donde abogo por la igualdad entre hombres y mujeres, pero consecuentemente no pienso mover un dedo para que la mujer tenga más derechos que el hombre. A finales de los años 80, algunas mujeres deseaban formar parte de las fuerzas armadas –hasta entonces no se les permitía–, pero su lucha era por entrar en la Academia General Militar de Zaragoza para hacerse oficial, y fue muy noticiable el caso de una fémina obsesionada por ser piloto de caza. En poco tiempo abundaron las mujeres que querían abrazar la carrera castrense y reclamaban a gritos igualdad, que consiguieron sin limitaciones a finales de los 90. Entonces existía el servicio militar obligatorio, pero ni una sola mujer reclamó ser reclutada exactamente igual que lo eran los hombres; ni siquiera por solidaridad. Creo que es un buen ejemplo de lo que las feministas entienden por igualdad.

viernes, 22 de enero de 2016

La nueva política

Tras las elecciones de diciembre, hemos tenido que soportar las declaraciones de todos los partidos hablando de negociar y  fijando líneas rojas. El PP insiste en declararse ganador, cuando es simplemente el partido más votado –a poca distancia de otros–, algo increíble después del daño que han causado esta legislatura, si no supiera que muchos de sus votantes son inasequibles al desaliento y claramente masoquistas. El PSOE ha perdido cientos de miles de votos y hace más de 30 años que no obtenían tan bajos resultados y tiene que aceptar compartir mesa y mantel con los recién llegados. Podemos iba a asaltar los cielos y se ha quedado en apenas unas escaramuzas en el purgatorio. Ciudadanos quizás sea el más sorprendido por su escaso éxito, tan escaso como que tienen que conformarse con actuar de complemento. Ha pasado a mejor vida UPyD –de verdad que lo siento– y por último IU, por lamentable que sea, ha pagado estar siempre desunida y ha quedado en simple anécdota.
 
En mi opinión, los nuevos partidos no tienen mucho futuro una vez pasada la euforia inicial y aterrizado en una realidad no tan gratificante como prometían, menos todavía cuando declaran todo eso de que no son de derechas ni de izquierdas –lo que me recuerda al ilustre José Antonio Primo de Rivera– porque, de acuerdo que en la práctica cada político se puede pasar su ideología por donde le parece, pero siquiera tienen una referencia de la que estos chicos carecen. De eso y de una organización seria, cohesionada y eficaz.

Ciudadanos se está dibujando ya como una versión hispana de la derecha europea, es decir, su actuación no produce de momento bochorno como el PP, y Podemos… bueno, sobre Podemos vienen páginas y páginas cada día en la prensa porque, apenas han abandonado el mundo del chachi piruli y han aterrizado en la dura realidad, han empezado los problemas que acompañan a todo lo formado por humanos y ahora desde Pablo Iglesias a Errejón, pasando por Carolina Bescansa, se pasan el tiempo intentando arreglar las promesas irresponsables que hicieron a sus aliados en las elecciones, porque se han dedicado a conceder lo que no estaba en su mano cumplir, ni siquiera en las manos del PSOE si es que llegaran a un acuerdo. También debe suponerles un esfuerzo olvidar todo lo que al principio decían y que muchos recordamos todavía.

A los llamados partidos nuevos o emergentes se les llena la boca de eso que llaman nueva política y que nadie sabe muy bien en qué consiste, pues hace ya tiempo que practican una política tan vieja como el mundo, es decir, cerramiento ante los otros, ataques sucios al contrincante y autoatribuciones de méritos que no se sabe de dónde los sacan. Destaca en este sentido Podemos y su caudillo, el señor Pablo Iglesias, ése que hablaba de asaltar los cielos  –¿recuerdan lo de la casta?– y que ahora lo que quería asaltar es el reglamento del Congreso para conseguir esos cuatro grupos, algo que realmente significa un intento de atropellar las normas sin importar las repercusiones.

La entrada de los podemistas en el Congreso ha sido espectacular en gestos, manifestaciones y aspavientos, incluido el niño de la señora Bescansa que no sé muy bien lo que pintaba en el recinto, aparte del espectáculo y la expectación que ha provocado y de los enfrentamientos entre las distintas visiones de la maternidad en la vida laboral, sin olvidarnos del guanche y su peinado rasta que, con todos mis respetos, soy de los que sostienen –y mira que lamento coincidir con doña Celia– que propicia la escasa higiene porque esos trenzados casi la impiden y para colmo no es apariencia apropiada para el Congreso. Ya puestos, ¿por qué no en chándal o en bañador?

Puedo equivocarme, pero dado el escaso talante de los ya no tan nuevos partidos, creo que vamos irremediablemente a unas nuevas elecciones y no es eso lo peor, sino que visto que según las encuestas se va a repetir el resultado de diciembre, con una ligera subida de Podemos y el PP –de verdad que no lo entiendo– acompañada de una ligera bajada del PSOE y de C’s, y salvo que exista un mecanismo desconocido para mí que remedie la falta de sentido de negociación de los partidos, esto podría transformarse en el cuento de la buena pipa al estilo de lo que ya vivieron los belgas en 2010 y 2011 en que estuvieron nada menos que 541 días sin gobierno. Dando la razón a quienes abominan de los políticos, en ese periodo se produjeron mejoras sustanciales en paro, déficit y hasta en el salario mínimo. Claro que para bien o para mal, nosotros no somos belgas y la situación va a convivir con el raca-raca de los de arriba a la derecha, también conocidos como catalanes.

martes, 12 de enero de 2016

El seny, ¿qué es eso?

Náufragos catalanes en una isla, intentando llamar la atención de los barcos que pasan
Durante años he bregado alabando a los catalanes frente a algunos que los denigraban –no tantos como ellos pretenden– y, pese a que no hablo catalán ni en la intimidad, me acordaba de eso que llaman seny y que me parecía saber lo que significaba. Creo que he metido la pata y me he pasado de listo al atribuir cierto significado a ese vocablo, porque los hechos han venido a demostrar que yo no tenía ni idea al pensar lo que pensaba.

Si andaluces o extremeños dieran el espectáculo que están dando los catalanes, de inmediato se diría –Jordi Pujol Soley a la cabeza– que era lo natural dado el bajo nivel cultural y el encanallamiento ancestral de la gente de esas autonomías, pero resulta que el espectáculo lo están ofreciendo quienes pretendían ser los más cultos, los más sensatos, los más evolucionados, los más… vamos, los que habían inventado la palabreja seny.

Miramos las fotos y vídeos que nos llegan de Corea del Norte y miramos todo eso como contemplaríamos escenas de la vida de los nativos marcianos. Observar cómo gente de todas las edades, con aspecto de poseer cierta formación, adoran a ese personaje bufonesco llamado Kim Jong-un y llevan a cabo demostraciones públicas que dejan pequeñas a aquellas demostraciones sindicales de cuando el franquismo (si usted tiene menos de 45-50 años no sabrá de lo que hablo), produce como poco un gesto de incomprensión y asombro.

Ahora tenemos una reproducción de Corea del Norte a nuestras puertas, aunque aquí no es exactamente igual. Donde los coreanos exhiben desfiles de soldados disciplinados que parecen robots, Cataluña nos muestra unas multitudes enfervorecidas vestidos con banderas y de propina los llamados mossos que tienen como habilidad conocida llevarse a los detenidos a sus comisarías para aplicarles tratamientos de los que aquellos salen magullados o muertos.

La diferencia fundamental es que en Cataluña sólo están afectados algo menos del 50% de la población –es verdad que no nos consta a cuántos afecta de verdad en Corea– y el resto parece contemplar en temeroso silencio a esa mitad enloquecida, bien es cierto que en buena parte se merecen lo que les ocurra, porque parecen pusilánimes y no muy dispuestos a dejar claro que ellos también existen. 

Resulta que quienes acaudillan toda esa involución son fundamentalmente el partido llamado Convergencia –antes conocido como la C de CiU–, ERC, un partido de extrema izquierda nacionalista –incongruencia absoluta– al que no le importa aliarse con el primero, pese a que aquel es de derecha liberal y se encuentra más corrompido si cabe que el PP. Por último tenemos a la gloria de los asamblearios –esos que empatan a 1.515 en sus votaciones–, también conocidos como CUP, que no han hecho ascos a colaborar con los otros dos para investir finalmente a un tipo de aspecto indescriptible, cuyo mayor mérito es ser independentista radical y devoto de Artur Mas, cuando sólo faltaban unas horas para finalizar el plazo de designación del nuevo presidente y según se veía venir, porque estaba claro que lo que la CUP quería era hacer sufrir a los otros y chupar cámara y portadas de diarios, ¡sus días de gloria! Una vez que han conseguido hartarnos a todos los españoles tenían que ceder, porque el objetivo independentista es más fuerte que el anticapitalismo que decían profesar.

La contemplación de todo el proceso desde las últimas elecciones catalanas ha sido espectacular. Todos repitiendo como máquinas los mantras tan conocidos: «España nos roba», «Cataluña no es España», «afuera los invasores», «somos una nación», «bye bye Spain» y tantos otros que serían largo de enumerar. Llevado a cabo por unos extraviados que copian la bandera de Cuba –en juego un par de versiones, ni en eso se ponen de acuerdo– y que generalmente tienen un aspecto casi patibulario, empezando por el dimitido Antonio Baños y continuando por esa promotora de las camisetas serigrafiadas llamada Anna Gabriel, la pancarta viviente. Qué espectáculo tan penoso...

Para rematar todo, las palabras de Mas explicando cómo se ha llegado a la investidura: «Lo que las urnas no nos han dado se ha corregido con la negociación». Pueden estar orgullosos los catalanes, decir Cataluña y seny es un oxímoron, han quedado por debajo de los mozos de El Rocío cuando deciden saltar la verja de su virgen.

Lo que más lamento no es la independencia que puede producirse, sino la intoxicación de tanta gente, en otro tiempo razonables, pues mucho me temo que tardarán años en recuperar el equilibrio. O quizás antes, cuando vayan degustando los placeres reales de su ansiada independencia.

domingo, 10 de enero de 2016

Minorías absolutas

Estábamos hartos de las mayorías absolutas, yo mismo lo declaraba así en una entrada de hace algún tiempo, y nos sentíamos hambrientos por tanto de otro tipo de resultados electorales, en el que quien gobernara no lo hiciera a base de una de esas mayorías que permiten aplastar a los contrarios. A todo esto, las mayorías llamadas absolutas tenían poco de mayorías, en las elecciones de 2011 el PP consiguió la suya con los votos de un 30,27% del censo, es decir,  le habían dado su apoyo apenas 3 de cada 10 posibles votantes. Yo diría que no es una victoria abrumadora, pero bastó para que hicieran y deshicieran a su antojo, porque una mayoría significa para los políticos españoles gobernar sin escuchar mínimamente al resto, por eso el señor Rajoy se permitió «expulsar» a Pedro Sánchez del Congreso en febrero del año pasado cuando no le gustó lo que decía. Caramba, es su Congreso de Diputados y puede hacer lo que se le antoje. 

Suspirábamos por otra manera de gobernar, olvidando que si algo nos caracteriza a los españoles es la incapacidad para el diálogo; aquí si no podemos imponer al otro lo que pensamos cortamos y se acabó, ¡estaría bueno!

Llegaron las elecciones y los resultados nos obsequiaron con lo que soñábamos: un Congreso repartido que daba la oportunidad de practicar aquello de las coaliciones de minorías que tanto nos apetecía. Ya tenemos cuatro partidos grandes y unos cuantos pequeños para empezar a jugar con sus combinaciones y formar un gobierno de los que pensábamos que plasmaban mejor lo que es la democracia, soportando con resignación como música de fondo la cantinela anticonstitucional del PP, puesto que no existe en la Constitución ni en la Ley Electoral un llamado «partido ganador» como a ellos les gusta autotitularse –con la colaboración de TVE–, ni tienen derecho a llamar a las coaliciones que pueden formar gobierno «coalición de perdedores». Deberían ser castigados a escribir 100 veces si hay un ganador es el que puede formar gobierno y si hay un perdedor es el que no lo logra. Todo lo demás son jeremiadas y pataletas.

Pero… aparecieron las líneas rojas y con ellas la rigidez y la inmovilidad de los partidos. A mi parecer más que condiciones, esas líneas son trincheras en las que los partidos se refugian para no moverse ni un palmo de sus postulados iniciales o para conseguir objetivos no confesados. El más significativo es el caso de Podemos –me caían bien al principio, hasta que vi su condición de arribistas– que como han querido aliarse hasta con el diablo para conseguir unos buenos resultados, se ven obligados a establecer unas condiciones que no son negociables por ninguna de las partes. No hay que olvidar que la suma de PSOE y Podemos no bastaría y habría que añadir a la coalición partidos pequeños entre los que se encuentra precisamente alguno independentista.

De entrada, exigir para negociar que se permita el referéndum de los independentistas catalanes es como exigir que dimita Angela Merkel: no es algo que dependa de ningún partido concreto. La Constitución es taxativa y si bien tiene previsto en sus artículos 92 y 161 la realización de un referéndum para asuntos trascendentes, también menciona que este referéndum consultará a todos los españoles, no es por lo tanto de aplicación para lo que desean los independentistas, sin olvidar que todo está supeditado a los artículos 1 y 2 en donde con total claridad se establece que la Nación es indivisible. No se trata de que guste o no que esté establecido de esta manera, es que es así. Y no hay que escandalizarse, las constituciones de Francia, EE.UU., Alemania y muchos otros países no permiten la segregación de territorios.

Se requeriría por lo tanto una modificación de la Constitución para la que sería preciso el acuerdo del PP y por tanto es estúpido exigirle al PSOE lo que no está en su mano. Estúpido o malicioso como resulta ser la exigencia de algo que el otro no nos puede conceder porque no está a su alcance, salvo que simplemente lo que queramos sea exactamente eso, pedir la luna.

Para que la aceptación de sus exigencias quede definitivamente fuera de alcance, Podemos hace un juego de trileros y exige también constituir cuatro grupos parlamentarios en el Congreso, ¿y por qué no ocho o veinte? Cuantos más sean más dinero recibirán en subvenciones, más burla se hará de las leyes y su espíritu y más oportunidades de hacer del Congreso una jaula de grillos. Estos son los deseos de negociar de Podemos, que en este caso es piedra angular para formar una mayoría de izquierdas que permitiera formar gobierno.

La otra coalición que  propugna el PP, es esa que llama «gran coalición» y que es menos que una utopía por más que citen una y otra vez el ejemplo alemán. Olvidan algunas cosas: a) la experiencia alemana enseña que el partido más débil en el momento de la coalición tiende a desaparecer, porque sus votantes no ven que puedan satisfacer sus expectativas quienes se alían con el contrario; b) en la trastienda del CDU y el SPD no está el recuerdo de una guerra civil en la que uno luchó contra el otro y el heredero del ganador aún no ha denunciado y renunciado a su herencia.   

El único que parece desear nuevas elecciones es Podemos y a mi parecer a ellas vamos. Es un fracaso de eso que tanto nos ilusionaba, los gobiernos de coalición, y quizás repercuta en una subida en votos de los partidos de toda la vida, en especial del PP. Lo cierto es que tengo la desagradable sensación de que a los españoles lo que les gusta no es tanto la mayoría absoluta como la totalidad absoluta: eso que suele llamarse dictadura. Buena parte de los votantes del PP son precisamente nostálgicos de eso y muchos que no son del PP, también.

Cuando esta entrada ya estaba lista para ser publicada, se ha sabido del acuerdo del parlamento catalán para designar un presidente que no es Mas, algo que en realidad se veía venir, pues la independencia está por encima de todo. ¡Pobre Pedro Sánchez!, lo van a presionar al máximo para que acepte la gran coalición: si acepta lo van a crucificar y si no acepta, también.

lunes, 4 de enero de 2016

Siente un pobre a su mesa y después café, copa y puro

Como pueden recordar quienes visitan el blog con alguna frecuencia, tengo la costumbre de leer el artículo que cada domingo publica Javier Marías en un periódico muy conocido. De hecho, es lo primero que leo, antes de ninguna noticia, y al empezar enseguida me pregunto si será de los días en que me gusta lo que escribe o de los días en que me parece un churro, porque ese hombre es un magnífico escritor, pero no todos los días se levanta con el pie derecho.

Hoy trataba sobre el Daesh y de cómo la gente se manifiesta –es raro quien no tiene una opinión sobre el asunto– acerca de cómo solventar el cáncer que a la humanidad le ha sobrevenido con ese llamado estado islámico. En fin, no es cosa de repetir aquí lo que afirmaba, pero no voy a dejar de señalar eso que a él le llamaba la atención como un ejemplo supremo de cretinez. Se trata del aviso lanzado por el presunto estadista Pablo Iglesias a propósito del envío de tropas españolas a Mali como apoyo para combatir el terrorismo islámico: «Ojo, que nuestros soldados podrían volver en cajas de madera». Todo un descubrimiento y un profundo argumento.

Es un magnífico ejemplo de cómo ese político consigue atraer a la mayoría de sus partidarios y de cómo el buenismo ha impregnado el carácter de esta sociedad hasta el punto de hacerle perder de vista la realidad. Por pintoresco o extraño que parezca, el ejército está para luchar en defensa de los intereses nacionales cada vez que lo requieran, y digo intereses nacionales y no los de unos pocos, como aquella desgraciada aventura de Aznar en Irak. El ejército no es sólo la UME –invento de Zapatero, por cierto– y no está solamente para rescatar gente de las inundaciones, apagar incendios o recoger a los ocupantes de pateras que se hunden.

A causa del buenismo, existe en el país un rechazo generalizado al ejército y lo que significa, mayor que el que pudo haber cuando el dictador mantenía al ejército listo para lanzarlo sobre su propio pueblo. Recordemos el escrito enviado por ocho tenientes generales –Varela, Dávila, Orgaz, etc.– a Franco a mediados de 1943 donde se decía «el Ejército unánime sostendrá la decisión de VE presto a reprimir todo conato de disturbio interno u oposición solapada o clara…». Felizmente aquello acabó, pero no sus secuelas.

Ahora, el fin principal de todos los ciudadanos debe ser practicar la compasión y la caridad, no como una virtud voluntaria, sino como una obligación impuesta. Todas las personas y por supuesto los distintos niveles de la administración deben consagrarse a practicar la caridad, hemos pasado de ser un país que aspiraba a la laicidad, cumpliéndose lo establecido en la Constitución, a ser un país que practica una especie de religión laica cuyo primer y único mandamiento es acoger al que se presente en la puerta.

Yo pago todos mis impuestos y tasas municipales, que no son pocos, con la esperanza de que sean aplicados al bienestar de los que en esta ciudad –Madrid– vivimos, empleándolos en todos aquellos capítulos que hasta ahora eran habituales, pero sin meter la mano donde no se debe, como ocurría antes. Por el contrario y para mi sorpresa, hemos pasado de tener una alcaldesa semianalfabeta –tuve ocasión de hablar con ella hace años– designada a dedo, a otra que pretende ocuparse de asuntos que corresponderían al estado. De ahí que nada más hacerse cargo la nueva corporación se apresuraran a colocar una gran pancarta en la fachada del ayuntamiento donde se decía «Welcome refugees» –puro exhibicionismo, porque los sirios hablan árabe, no suelen pasear por Cibeles y la casi totalidad no habla inglés– y se presupuestaran 10 millones, «o lo que haga falta» aclararon, para ayuda a los refugiados, mientras nuestras calles continúan sucias, su asfaltado presenta un grado de abandono que propicia los accidentes (de tráfico y peatonales), los contenedores de cartón y vidrio están a reventar porque no se recogen, los transportes públicos están tan mal como hace un año –que ya es decir– y casi todo sigue igual que cuando estaba la señora Botella.

Hemos pasado de la mesa de cuestación en Cibeles con doña Carmen Polo de Franco al frente, a doña Manuela Carmena organizando en Nochebuena una comida para 220 «sin techo» en el palacio de Cibeles, ¿es así como se arregla la pobreza? Yo diría que no y que no es ése el camino; puro populismo y caridad de parroquia.

Personas capaces de ver agonizar al vecino sin pestañear encuentran natural y apoyan la caridad como actividad pública, y el acogimiento de todo el que quiera traspasar ilegalmente nuestras fronteras; podrían ser hasta 20 millones de personas en un futuro cercano, según una encuesta del Instituto Gallup. Es como una competición para ver quién es más absurda y ciegamente caritativo.

En el programa de fin de año de TVE, el humorista José Mota hacía una parodia de quienes en las redes sociales apoyan todas las iniciativas de acogida y así escenifica que llaman al timbre de la casa de uno de estos solidarios y se le van colando para instalarse allí una desahuciada, 4 refugiados saharauis y no sé cuántos más de distintos pelajes, ante el asombro y rechazo del propietario. Estoy seguro de que más de uno se habrá molestado por el sketch. Nadie se habrá reconocido en ese propietario de piso.