jueves, 18 de mayo de 2017

Perseverancia

Creo que han sido dos las veces que he cerrado este blog y otras tantas las que he vuelto a abrirlo, no tanto por las peticiones de lectores horrorizados por tener que prescindir de esta enriquecedora lectura, como porque le he cogido cariño y tras 301 entradas publicadas y cercano a los 8 años de vida siento cierta resistencia a desentenderme de él.

Todo lo que hacemos en la vida lo hacemos esperando una recompensa o gratificación por ello; reconocimiento, agradecimiento, retribución económica, etc. Nada me recompensa por el cuidado de este blog, no hay casi comentarios de lectores −la remuneración del autor de un blog− y los que llegan suelen ser de amigos que se esconden tras el anonimato o pseudónimos vergonzantes e incluso uno, convencido de que no lo identificaré, me ataca más de una vez abroncándome porque he osado retocar alguna frase de alguna entrada después de publicada y su RSS le avisa como si fuera una entrada nueva, obligándole a perder su sagrado tiempo entrando a ver qué hay; vaya por dios. Por cierto, que los comentarios de este desquiciado lector me obligaron a establecer la moderación previa, en vez de publicarlos directamente.

Algunos de los me leían por costumbre −y así les gustaba indicármelo en cada encuentro personal sin que yo se lo pidiera− me han castigado con su desaparición, posiblemente como expresión de desacuerdo con el contenido de mi blog, o porque ya no les gusta cómo digo lo que digo. Puede que yo sea muy susceptible, pero me he dado cuenta de que los más cercanos de quienes me leen casi me exigen una actitud de agradecimiento por tal esfuerzo.

Ningún problema. La lectura del blog es tan libre y voluntaria para los potenciales lectores como su escritura lo es para mí, así que aunque no prometo no volver a activarlo dentro de un tiempo −y espero no hacerlo− lo cierro hasta nuevo aviso.

Mi agradecimiento a los pocos lectores habituales y mis disculpas por premiar así de mal su perseverancia y paciencia, las que yo no tengo.

martes, 9 de mayo de 2017

Algo más de ¡que inventen ellos!

Ya he dicho en una entrada casi reciente lo decepcionante que resulta ver que mientras en Europa la ciencia investigaba, se componía música, se evolucionaba en todos los sentidos, en este país nuestro de uno a otro extremo nos dedicábamos a rezar y a gastarnos el dinero en guerras para obligar a los holandeses a ir a misa. Todos conocemos la airada frase de Unamuno ¡que inventen ellos! a la que se le ha dado todo tipo de interpretaciones, en un sentido y en el contrario, pero que en todo caso es un recordatorio de la pobreza investigadora en que hemos vivido y seguimos viviendo. Si cualquier actividad intelectual significa pasarlo mal, la investigación en España es sufrir desprecio y minusvaloración, porque un investigador no es por lo general un triunfador en lo económico. Y no es este gobierno el que trabaja para que deje de ser así.

Para mí que sin duda esa falta de interés oficial por la investigación es un reflejo de la falta de interés de la población por esa actividad y, salvo raras excepciones, vemos con naturalidad que España sea uno de los mayores productores mundiales de coches... fabricados con patentes extranjeras, porque no existe ninguna marca genuinamente española. Apenas si hay aparatos electrónicos diseñados aquí y hasta los televisores son importados o fabricados con licencia, cuando en los años 60 y 70 había marcas totalmente españolas, ahora recuerdo al menos dos ya desaparecidas: Iberia y Werner.

De todo lo relacionado con la industria de vanguardia, química o farmacéutica más o menos lo mismo, y si alguna había o hay que funcionara con patentes españolas, empresas extranjeras se apresuran a comprarlas o simplemente echarlas del mercado.

Apenas si destacamos en algo y si lo hacemos viene de inmediato el martillo que golpea al que sobresale, últimamente lo relativo a las energías renovables, en lo que avanzábamos de manera señalada hasta el punto de despertar la atención de otros países europeos y de EE.UU., pero no sé si el lobby de las eléctricas o simplemente la ineptitud del gobierno les ha dado un palo del que difícilmente se levantará, porque otros países ya están tomando la delantera.

Aquí se alienta de boquilla a los emprendedores, pero he podido leer que la grandísima mayoría de ellos piden financiación para... poner un bar en alguna de sus variantes y lo gracioso es que pese a todo y a la abundancia de esos establecimientos, tienen más posibilidades de conseguir ayudas que quienes lo solicitan para un proyecto de investigación o fabricación de un nuevo producto. Hasta ahí llegamos.

¿Me estoy refiriendo tan solo a los llamados bienes de consumo? Ni mucho menos; no pasarán muchos años para que hasta el idioma que hablamos tenga que pagar patentes a ese idioma inglés que ojalá conociéramos todos, pero que deberíamos también mantener lo más apartado posible del nuestro, pues el descuido habitual y la estupidez de muchos nos hará terminar como algunos países hispanoamericanos que hablan actualmente una lengua excesivamente mestiza o Brasil que cuidadosamente ha ido cargándose el bello idioma portugués con infiltraciones del inglés que ya han gusaneado totalmente la lengua y poco pueden hacer los portugueses para evitarlo, algo más de 10 millones frente al gigante brasileño con más de 205 millones.

Leo con frecuencia la expresión «entrar en pánico» en la prensa y, peor todavía, el autor de un comentario en una noticia escribía que se sintió «empanicado», para intentar expresar que algo le había producido pánico en algún momento. ¿Pero qué es esto, cualquier memo se inventa el verbo que le viene en gana? Pues sí, coincide el advenimiento de un analfabetismo generalizado −un universitario no es normalmente capaz de escribir dos líneas sin incluir alguna falta de ortografía−, con la creencia de que apoyándose en aquello de que el lenguaje es algo vivo, cualquiera puede intentar matarlo, inventar lo que le parezca. Es más, existe una web −onoma.es− que le anima a inventarse un verbo y le facilita la supuesta conjugación en todos sus tiempos.

El inglés es un idioma en el que casi cualquier sustantivo puede volverse verbo, pero el español no es el inglés. Ellos tienen el verbo panic que podría traducirse por «dejarse llevar por el pánico» o «ser presa del pánico» y, claro, esto es demasiado largo para los impacientes hablantes, así que sin más conocimiento de gramática y quizás suponiéndose tan capacitado como un antiguo monje del monasterio de Yuso suelta lo que se le viene a la cabeza, no en una conversación informal, sino en un comentario en uno de los principales diarios del país o en cualquier medio de comunicación. He podido ver una consulta en Fundeu donde una señorita preguntaba si se debía decir «empanicada» o «apanicada». Una erudita escrupulosa.

Como suelen decir estos ilustres creativos: «lo importante es que se me entienda, ¿no?». Pues no.

jueves, 27 de abril de 2017

Muros y vallas

Con el advenimiento del nuevo presidente de EE.UU., se han puesto más de moda si cabe  los artículos en los medios y las conversaciones sobre el asunto de los muros y las vallas, lo que nos proporciona más argumentos para posicionarnos en contra o a favor y así alimentar esa pasión tan hispana de enfrentarnos unos a otros por lo que sea.

Todo el mundo lo sabe, pero puede que no se hayan detenido a reflexionar sobre ello. Siempre ha habido murallas, vallas y muros y el propósito ha sido siempre el mismo: que no entren los que desde fuera quieren introducirse para apoderarse de nuestros bienes e incluso para acabar físicamente con los del interior.

Eran los de fuera los que intentaban destruir, eliminar el obstáculo que se interponía en sus propósitos y los de dentro formaban una piña a la hora de defenderse y defender lo que les protegía de los invasores. Hay muros bien recientes como el que los israelíes han construido en Cisjordania y en el que si usted asoma la cabeza por encima de él se la vuelan de un tiro sin más aviso, pero ya se sabe que los israelíes pueden hacer lo que les dé la gana sin más repercusión en los medios ni reprimenda internacional, ellos tienen licencia para matar; publiqué hace algún tiempo una entrada sobre el asunto. Muy de actualidad tenemos el muro, ya construido en parte, para separar EE.UU. de Méjico y que ahora Trump quiere terminar para evitar la entrada masiva de inmigrantes procedentes del sur. Como este personaje es pintoresco, pretende que además lo pague Méjico, aunque si usted ha visitado Los Ángeles u otras ciudades del sur de California podrá ver muchos inmigrantes del sur trabajadores y honrados, pero también una delincuencia sangrienta que ha cambiado el paisaje de esa parte de EE.UU. De otro lado, pocos saben que Méjico deporta hacia Guatemala más personas (147.000 en 2016) de las que EE.UU. deporta hacia Méjico (96.000).

Ha tenido que llegar el siglo XXI y con él el desconcierto, ignorancia y desorientación de buena parte de la población para que en España una parte de los nacionales desee eliminar las vallas de Ceuta y Melilla y la que de manera natural supone el Mediterráneo, para dejar que fluya libremente la multitud de africanos que sin huir necesariamente de guerra alguna quieren venirse a Europa para disfrutar lindamente de los ya precarios bienes que disfrutamos gracias al esfuerzo propio y de nuestros antepasados. No olvidemos a los que desean la eliminación de los CIE porque sostienen que los encerrados en ellos no han cometido ningún delito, una absoluta falsedad porque normalmente allí van los que se distinguen por su violencia y afición a lo ajeno. No cabrían todos los que entran ilegalmente en España.

Si usted se manifiesta partidario de estas vallas y de su refuerzo mediante vigilancia efectiva, verá cómo hasta algunos de su entorno le tratan como nazi sin corazón sin pararse a reflexionar que la amenazante llegada de 20 millones que esperan a que se abran las puertas haría desaparecer nuestro país, mientras una cifra muy superior se tragaría Europa tal y como la conocemos. Ya escribí una entrada sobre esta invasión (enlace). Resulta desconcertante que los buques de guerra que patrullan el Mediterráneo no estén para evitar la venida, sino para depositar cuidadosamente a esos inmigrantes en suelo europeo. Nosotros mismos tenemos la entidad Salvamento Marítimo, teóricamente para el rescate de náufragos, accidentados y lucha contra la contaminación del mar; en la práctica lo que ocurre es que apenas una lancha con migrantes abandona la costa africana, ellos mismos o la ONG que les respalda avisa a este servicio para que los recoja y los deje a salvo en Europa (no en África). Han quedado casi como una agencia de transporte humano.

Esto de los refugiados e inmigrantes es asunto de gran importancia para unos y otros y por tanto, y contando con que los buenistas son también demócratas −que ya es mucho contar−, deberían promover la realización de un referéndum sobre la materia. Esta gente me recuerda a John Lennon cantando "Imagine no posessions..." mientras él poseía un apartamento de 4 millones en Manhattan. De momento, y según una encuesta realizada hace poco por un medio europeo, un 32% de los españoles está a favor de la acogida y un 41% en contra; en Francia, que ya saben bien lo que es convivir, estas cifras son del 16 y 61% respectivamente. Lo que desde luego no es aceptable es que un grupo muy activo, pero indiscutiblemente minoritario, disponga del país a su antojo, un país que pertenece a todos y que la irresponsabilidad de aquellos puede llevar a una situación sin vuelta atrás. Nos parece justo y natural que quienes viven en Cataluña no puedan disponer en exclusiva del territorio en el que se asientan porque nos pertenece a todos, pero nos parece bien que las ONG que viven de nuestros impuestos vaya llenando poco a poco todo el territorio nacional de quienes simplemente son muchas veces la materia prima con la que comercian.

Resulta sorprendente el escándalo que estas ONG montan por las deportaciones y la realidad de éstas. Por ejemplo, en el pliego oficial de condiciones para la contratación de vuelos donde van a ir los deportados, se exige que el sujeto disfrute de las mismas comodidades que un pasajero de clase turista y el régimen de comidas debe ser como mínimo idéntico con consideración a las limitaciones de la religión de cada uno, ¡viajan mejor que yo! Si a esto le sumamos lo que cuesta la escolta, porque aquí no se permite deportar a los inmigrantes encadenados como se hace en otros países, el resultado es que cada persona deportada nos cuesta una fortuna que pagamos detrayendo ese dinero de otras necesidades del país. Las ONG bien, gracias.

lunes, 17 de abril de 2017

¡Qué fácil es hablar!

Si a cualquier espécimen humano moderno se le contara que hasta no hace demasiados años si usted quería hablar con alguien de, pongamos, Zaragoza tenía que llamar a la central de Telefónica, expresar su ferviente deseo de comunicar y la telefonista le respondía con una frase que producía escalofríos: tiene una demora de 20 minutos, le parecería que estaba exagerando. Y eso es lo que había, tanto si usted tenía que comunicar un fallecimiento, un accidente o una buena nueva. Había incluso la posibilidad de que transcurrido esos minutos prometidos no sonara el teléfono y entonces usted podía llamar de nuevo a la operadora que le daba el diagnóstico fatal: hay congestión en la red, puede que tarde otra media hora. Cuando por fin conseguía la comunicación, siempre había algún familiar cercano que le recordaba «no te entretengas, que es conferencia», es decir, que era caro. No quiero ser mal pensado, pero adivino que la mayor parte de los que no conocieron estos avatares dicen para sí mismos o en voz alta, «pues no haber sido viejo» o alguna lindeza de este orden, como si no fueran Marconi, Antonio Meucci y Graham Bell −entre otros− los viejos que pusieron los cimientos de lo que ahora disfrutamos o padecemos, el verbo es subjetivo.

Esto ocurre porque en contra de lo que vaticinaban los escritores de ciencia-ficción, el avance brutal no ha ido en el sentido de los viajes espaciales, que seguimos igual que estábamos hace cincuenta años o más, sino en el de las comunicaciones y la información en general. No conozco ningún escritor que anticipara la enormidad de que disponemos ahora en cuanto a lo de hablar con otros situados en la casa de al lado, en un apartado barrio de nuestra ciudad o en Alaska. Incluso, para mi asombro, hay quienes prescinden del teléfono de toda la vida, el teléfono fijo, y hasta lo dan de baja porque prefieren usar para comunicarse esa especie de pesada chocolatina llamada smartphone, en la que usted habla o escucha por un pequeño orificio invisible tras aplastar el dispositivo contra la mejilla, los más rompedores empleando solamente el dedo índice para este menester.

No podíamos imaginar que esos aparatitos llamados móviles y que parecían reservados a ejecutivos o personal de emergencias iba a extenderse hasta el punto de que una discusión familiar muy común −me consta− es si al niño de 8 años se le compra o no un móvil (o se le da el viejo de papá o mamá), y que la tenencia de estos aparatos iba a suponer un conflicto para los indefensos profesores en los colegios, que no consiguen que el batallón de descerebrados a los que tienen que formar les presten más atención que a su móvil. No podíamos imaginar que el parloteo infame llegaría al extremo de obligar a establecer vagones silenciosos en trenes y hasta áreas silenciosas en aviones, que ya las hay en algunas líneas aéreas. Porque la cháchara incesante puede molestar más que el humo de los cigarrillos ajenos.

La verborrea no cesa y por la calle usted puede incluso oír lo que dice por el móvil alguien que se encuentra a más de 50 metros, porque con frecuencia elevan el tono de voz como si no estuvieran utilizando un medio electrónico de comunicación, eso sin contar los que pasan a nuestro lado como zombies aparentemente hablando solos y gesticulando y que en realidad mantienen una conversación con auricular.

La pasión por comunicar cualquier memez a todo el planeta se ha hecho casi general y si algo es laborioso es escoger el medio: llamada a secas, SMS (ahora poco), llamada o mensaje por Whatsapp, Facebook, Instagram, etc. Todo el mundo aparenta pensar que el resto de la población está pendiente de si le ha salido un grano en el trasero, si ha sufrido un percance con su pareja, o alguna de los millones de incidencias que son posibles en la vida del más sedentario de los humanos. Nadie parece disfrutar de lo que hace o vive, el verdadero placer está en difundirlo cuanto antes por las redes.  

Puesto que los usuarios han descartado totalmente la privacidad, le sugiero una prueba: cuando alguien que se encuentre cercano esté hablando por el chisme, pegue la oreja, cotillee, le apuesto lo que quiera a que lo que oye es siempre una banalidad que no merecería una llamada. Si no le agrada cotillear, obsérvese a sí mismo cuando haga una llamada; casi seguro que acierto.

jueves, 6 de abril de 2017

Delito de odio. ¿Seguro?

Andan aireándose con frecuencia los que han dado en denominar delitos de odio. Como me sorprende la alegría e ignorancia con que se califican las actitudes y obras de los demás, me he ido al diccionario para saber qué es exactamente el odio. Dice «1. m. Antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea». La RAE persigue eso de que 'lo bueno si breve, dos veces bueno', pero creo que en este caso algo tan poco explícito no sirve de mucho ni es bueno.

Como no se han esmerado demasiado en dar una idea cumplida de la palabra, me voy a consultar el María Moliner; ese es más extenso y define «odio (del lat. «odíum»; «Despertar, Inspirar, Levantar odios, Cobrar, Coger, Tomar, Sentir, Tener; a, por») ¬m. Sentimiento violento de repulsión hacia alguien, acompañado de deseo de causarle o de que le ocurra algún daño. ¤ *Repugnancia violenta hacia una cosa, que hace que no se pueda soportar: ‘El odio a la mentira’. ¤ Se usa también hiperbólicamente: ‘No me explico su odio a este cuadro’» (en todos los casos el subrayado es mío).

Extrañado porque esas definiciones no coinciden con el uso que habitualmente se le da a la expresión, busco la página del Ministerio del Interior donde en un tríptico se afirma «Si una persona se ha mostrado hostil hacia ti por tu raza, orientación e identidad sexual, religión, creencias o discapacidad, ha cometido un delito de odio». Vamos, que la hostilidad activa no justificada es delito; para eso no necesitábamos tanto barullo; no parece ser delito que la Administración tutee al ciudadano en una clara manifestación de abuso de confianza con quien le financia.

Finalmente, encuentro en la Enciclopedia Jurídica Seix (Barcelona, 1920) un párrafo de C.Bernaldo de QUIRÓS, en el que se refiere al odio como «Sentimiento que forma con el amor la par de opuestos contrarios o antagónicos en que se manifiesta la vida emotiva y que se caracteriza principalmente por la tendencia, impulsiva u obsesiva, a destruir la persona o el ser vivo sobre que recae, pues el sentimiento en cuestión no se dirige nunca a las cosas. El odio se distingue en este carácter de la simple aversión, que se limita a evitar la proximidad o el contacto de lo que se aborrece; y aun siendo, como antes se ha dicho, antagónico del amor, puede suceder a éste, en una extraña transmutación de valores».

Si usted ha llegado hasta aquí en su lectura, permítame que le manifieste mi admiración por soportar semejante tabarra, puede ser que le preocupe como a mí la ligereza con que se califica de delito de odio lo que no supera el simple rechazo o aversión. Una calificación disparatada, igual a la del régimen de Franco, que acusaba de rebelión continuada al que no se sumó a su golpe de estado y se quedó en su casa.

Nadie está obligado a gustar de todo y por lo tanto podría afirmarse en ciertos casos que uno no siente especial cariño o predisposición por algo o por determinadas personas, pero es simplemente fruto de la época buenrollista que padecemos que alguien se atreva a calificar de odio lo que es simplemente distanciamiento o aversión. Por cierto, he descubierto que eso de «discurso o delito de odio» nos viene, cómo no, del inglés hate speech or hate crime. Como ya dije en otras entradas, a mí no me gustan las sardinas asadas, el fútbol o los gitanos, pero al no existir violencia, hostilidad manifiesta o actitud agresiva, el asunto queda simple y exactamente en lo dicho, y nadie tiene derecho a calificarlo de odio; el odio es un sentimiento eminentemente activo y no es ese mi caso ni el de muchos más como yo. Simplemente no me uno al buenismo dominante, a veces explico el porqué y ahí queda todo.

Lo curioso es que la mayoría de las personas siguen dócilmente lo que desde los medios se les va indicando y de ahí que pueda parecer que en esta sociedad el único problema es si niños y niñas vienen equipados con penes y vulvas o viceversa. A nadie le importa, por ejemplo, si una mayoría de la población manifiesta a los cuatro vientos su odio a los ciclistas (¿saben? hay más ciclistas que transexuales*) y su deseo de pasarles por encima con el coche propio. Lo sé porque lo han dicho en mi presencia y puedo leerlo en la prensa casi cada día, cualquiera diría que los ciclistas formamos un colectivo homogéneo de pensamiento único −¿son los automovilistas o los peatones homogéneos?. Por eso y por temor a daños mayores estoy a punto de renunciar a pasear inocentemente en mi bicicleta por los carriles-bici construidos separadamente de las calzadas y aceras porque ellos, muchos peatones, se empeñan en invadirlos y ocuparlos, a veces con los carritos de sus bebés o sus perros, poniendo siempre en peligro a quienes hacemos uso de estas vías para el fin que fueron creadas.

Y tendré muchísimo cuidado en decir cosas como «odio el día de San Valentín», «odio a los desaprensivos» u «odio la papaya», no sea que el peso de la ley caiga sobre mí, sin conmiseración, porque no estoy casado con una infanta ni he presidido un banco.

*Son ciclistas en sus distintas variantes −transporte, ocio o deporte− un 58,2% de los españoles. La transexualidad afecta al 0,005% de la población, es decir, 50 por millón, y conviene recordar que hay más víctimas ciclistas que por violencia machista. A la hora de dar preferencias a problemas conviene saber que en cuanto a la dependencia de personas incapacitadas, de los 1,2 millones de personas que en España tienen un grado reconocido, el 29% no ha recibido ninguna ayuda (datos oficiales de diciembre pasado); esto no parece importar a nadie.

lunes, 27 de marzo de 2017

¿Quo vadis ad primarias?

Se acercan las primarias del PSOE en mayo próximo, de donde saldrá elegido el nuevo secretario general que sustituya a esa ilegal gestora que para mayor congoja está durando demasiado. Este es un acontecimiento que preocupa a unos, deja indiferentes a otros y afectará a todos, porque la importancia de ese partido en España sobrepasa la mayor o menor simpatía que pueda despertar en cada uno. Son tres los candidatos que van a optar, con desiguales apoyos y posibilidades.

En primer lugar tenemos a la esperanza blanca del llamado aparato del partido, Susana Díaz: una mujer de la que suelen decir que es una ganadora nata, pero que casualmente en las últimas elecciones andaluzas apenas si consiguió los votos precisos (del 39,5% de Griñán en 2012 al 35,4% de Díaz en 2015) y el puesto que ocupa lo consiguió más o menos como en su día llegó Ana Botella a la alcaldía de Madrid: de carambola.

Fue, si no la principal promotora del golpe que se dio en Ferraz el 1 de octubre de 2016, sí el estandarte de esa acción que recuerda inevitablemente a aquel coronel Casado de 1939. Y también la jefa de aquel esperpento llamado Verónica no-sé-qué que se desgañitaba gritando en Ferraz que era ella la que mandaba. Fue Susana Díaz la que soltó aquella perla de «No somos ni buenos ni malos, ni de izquierdas ni de derechas» y probablemente lo dijo convencida de lo admirable de su afirmación, porque esta señora representa lo peor de su tierra: la ignorancia más absoluta e irredenta, mezclada con una prepotencia, autosuficiencia y garrulería desagradable. Por suerte −para los otros−, cuenta con el apoyo de todos los que el partido debería arrojar a la cuneta.

En segundo lugar, tenemos a un candidato −Patxi López− al que me confieso absolutamente incapaz de valorar pues es persona de pocas palabras y escasos hechos. Sólo conozco de él su desempeño como lendakari y como presidente temporal del Congreso de Diputados. Ninguna de las dos cosas las hizo mal ni señaladamente bien, así que es una incógnita. Tengo que confesar que no me desagrada como candidato, aunque no es difícil verlo como perdedor en la elección a secretario general.

Tenemos por último a un candidato del que se ignora casi todo excepto sus palabras, que han variado en algunos asuntos pero manteniendo aquella postura sobre el no es no, que supo sostener contra viento y marea −era lo que le había encargado el comité federal− a pesar de que se veía venir el golpe con el que se le apeó de su puesto de secretario general, llevado a cabo por lo peorcito del PSOE, aquellos que lo han llevado al estado de postración en que se encuentra, sin cabeza visible y dirigido por el presidente de la gestora, un hombre mediocre de mediocres ideas y mediocre actitud, ese hombre que dice que el PSOE se ha podemizado por recurrir al voto de los militantes, algo que ya se hacía hasta el final de la Segunda República, aunque él parece ignorarlo o querer ignorarlo. Y conste que pienso que la militancia no debe decidirlo todo.

Hasta donde yo sé, Pedro Sánchez es el único candidato que ha editado un programa −«Somos socialistas», aunque inevitablemente muy de generalidades− que muchos suscribirían casi en el cien por cien. No me imagino a Susana Díaz haciendo algo parecido, ella es más de adhesiones incondicionales, cariño y charlatanería.

Pedro Sánchez destaca para mí porque parece hombre enérgico y valiente y después de lo que se ha ido viviendo en su partido tanto tiempo parece algo recomendable. Pero −siempre hay un pero− inquieta su giro en al menos parte de lo que eran sus posiciones: en sus declaraciones nos sale ahora con aquella falacia de que España es una nación de naciones, un absurdo en el siglo XXI y algo que podrían afirmar con igual o más motivos Italia, Francia, Alemania, Reino Unido y otros, incluida aquella Yugoslavia que ya puso en práctica esa idea y pagó esa práctica con el fin del progreso en que estaba empeñada, con buenos resultados hasta aquel momento. El patriotismo de aldea no es ninguna novedad en Europa.

La otra idea que me resulta inaceptable es la de la alianza con Podemos; es válida una alianza postelectoral, pero antes hay que mantenerse a distancia de ellos. Este partido que tanto ilusionó en sus comienzos ha resultado para mí frustrante y dogmático, tiene todos los vicios que poseen los partidos que llevan tiempo establecidos y carece de la práctica de gobierno y preparación que otros sí tienen. Abundan los coleguis, los bandarras y los nepotistas y son muy aficionados a los «lemas de temporada» como aquel de la casta. Sobra mucha morralla, entre otros ese líder tan creído de sí mismo y ese Rasputín bajito conocido como J.C. Monedero.

Lamentablemente no será candidato alguien que parecía lleno de la sensatez y el equilibrio que el PSOE precisa para su resurgir: hablo de José Antonio Pérez Tapias, que parece poco amigo de las componendas precisas para medrar en un partido y hombre de escasos apoyos dentro y fuera del aparato, quizás precisamente por esos motivos.

Falta hace alguien que finalmente levante el partido a tiempo para las elecciones que pueden echársenos encima apenas Rajoy vea que le conviene, aunque lamentablemente ya se ha perdido a los jóvenes, en parte porque el PSOE carece actualmente de la capacidad de inyectar ilusión y porque la juventud actual, dada a las modas, lo considera un partido de viejos que no le va nada a su moderno estilo de vida. Si su líder no usa pañuelo palestino es un reaccionario que no les parece interesante.

sábado, 18 de marzo de 2017

Hágase influencer

Los de mi generación, cuando éramos niños, solíamos ambicionar ser de mayores policías, soldados del 7º de caballería, indio, bombero o cualquier otra actividad que supusiese heroicidad o al menos asombro y admiración de los demás. Me imagino que otros preferían ser ladrones y por eso de mayores se hicieron incondicionales de ese partido tan popular. Ya en la adolescencia, renunciábamos a esas profesiones para abrazar otras que equivocadamente suponíamos también heroicas, pero mejor remuneradas que la de indio o la de policía, por ejemplo.

Lo cierto es que cuando llegó la hora de la verdad, nos agarramos a lo que veíamos que podía proporcionarnos el sustento y algo más y así se daban incongruencias casi cómicas entre lo estudiado por muchos y el campo en que más tarde encontraban un puesto de trabajo con una remuneración aceptable. Por ejemplo, sé de un ingeniero aeronáutico que ocupa un puesto directivo en Mercadona y de un ingeniero agrónomo que vendía ordenadores.

Quizás sea porque soy cobarde o muy conservador, siempre me ha horrorizado la posibilidad de trabajar en algo que suponga no ya lo inevitable de levantarse temprano cada mañana y trabajar toda la semana, sino vivir casi cada día con la incertidumbre de si al día siguiente vamos a conseguir un trabajo remunerado. Hablo por ejemplo de los escritores o de todos esos que pertenecen al mundo de la farándula en sus modalidades más o menos nobles y por eso aunque admiré y admiro a personajes como Adolfo Marsillach, Fernando Fernán Gómez los hermanos Gutiérrez Caba o José Luis Gómez, ni prometiéndome el éxito que todos ellos consiguieron o consiguen, aceptaría haberme puesto en su pellejo. Decididamente, a efectos de contrato de trabajo −que no de vacaciones− pertenezco al modelo japonés, donde ya se sabe que al menos hasta hace poco, uno empezaba a trabajar en Toyota y se jubilaba en Toyota. Nada de aventuras ni veleidades.

Vi en los premios Goya quejarse a muchos de la escasez de trabajo −y por tanto de ingresos−, no presté mucha atención a las actrices que exigían más papeles femeninos, supongo que piden algo así como que se ruede de nuevo Los últimos de Filipinas pero solamente con mujeres, parece que tampoco se les ocurre la conveniencia de que haya más mujeres guionistas, directoras o productoras. El colmo de esto pude observarlo no hace mucho en una entrevista en la prensa a un actor de raza negra nacionalizado español, que protestaba enérgicamente de que sólo le dieran papeles de inmigrante o de nativo en películas ambientadas en países tropicales, ¿por qué será? Entiendo que resulta fastidioso, pero por más que hago memoria los únicos negros que recuerdo en el pasado de España son el rey Baltasar, Antonio Machín o aquellos que Lope de Aguirre y otros conquistadores colocaban −se asegura− en primera línea durante los combates para asustar a los pobres indios.

El caso es que no me gustan estos trabajos cuya principal característica es la temporalidad, quizás por eso acompaño de corazón en el sentimiento a tantos jóvenes y menos jóvenes que se ven obligados a aceptar trabajos de una temporalidad a veces extrema, cuando los encuentran, que a veces ni eso; recuerdo también que el otro día un ATS masculino se quejaba en la prensa de que había tenido 567 contratos en 17 años. Se suele decir que las leyes laborales son terminantes: con cierto tiempo trabajado el contrato debe volverse fijo. El problema es que los empresarios −con la Administración a la cabeza− también son terminantes: o aceptas esta porquería de contrato de horas o tomo a otro de la larga cola que está esperando lo-que-sea.

Sin embargo, ha habido jóvenes que han encontrado la manera de disfrutar de saneados ingresos casi sin dar un palo al agua: hablo de los llamados influencers, incluidos esos subproductos suyos llamados youtubers. Algunos se preguntarán, pero ¿qué es eso de un influencer? Bueno, de momento es un trabajo que se nombra en inglés, como lo de CEO, y eso significa pasta. Para no liarla y ahorrarle el trabajo, busco en Internet la definición de esta profesión y se dice «Un influencer es una persona con influencia y repercusión en las comunidades de los medios en los que se expresa, que moviliza a muchos seguidores en las redes sociales». Ahí es nada, las redes sociales, el rey Midas de la era de las comunicaciones en que nos ha tocado vivir. Es decir, un influencer es el que una forma u otra disfruta de cierta fama y le dice a los vicentes dónde va la gente; la que está on, claro.

Ya sabe, no es rico porque no quiere: hágase influencer.

jueves, 9 de marzo de 2017

Lectores

Aprendí casi a leer antes de ir al colegio a los 5 años, pues sentía gran curiosidad por lo que veía escrito por la calle, incluido anuncios, y obligaba a la persona que me acompañaba a leerme eso que veía y a deletrearme las palabras que contenía. No tengo el mínimo recuerdo de cómo me fue en mis inicios escolares en la clase de párvulos −entonces no existía eso que ahora llamamos kindergarten o jardín de infancia− y no tengo ni idea de si fui un lector destacado ni nada de nada sobre mi conducta de aquella época.

Eran decididamente tiempos muy diferentes de los actuales y no recuerdo que ni de broma se nos sugiriese en el colegio la lectura de ninguna novela. Allí se nos enseñaba ortografía y gramática y se nos introducía como antes se hacían las cosas, de manera que ni transcurridos mil años se nos olvidara casi nada. Curiosamente, la primera portada que recuerdo es la del catecismo Ripalda, con tanta insistencia que ahora, transcurrido más de medio siglo de ateo militante −así me definía un amigo compañero de convicciones hace más de 30 años− soy capaz de recitar aquellas oraciones básicas. En formato preconciliar, por supuesto.

Quede claro que en aquellos tiempos faltos de la mínima libertad éramos libres de leer o no; el que quería leía, el que no quería permanecía virgen de esa práctica, como la gran mayoría de los que ahora terminan la enseñanza media que para evitar que las lecturas obligadas les dejen huella, procuran olvidarlo de inmediato como un mal sueño que la universidad no va a restaurar.

Recuerdo vagamente unos pequeñísimos libritos que se compraban en el kiosco, más bien cuadernitos, que costaban nada menos que 10 céntimos de peseta (por un euro nos darían 1.663 libritos) y que eran aquellos famosos cuentos de Calleja desconocidos actualmente salvo quizás por algunos que siguen diciendo lo de tienes más cuento que Calleja, cuando algún amigo/a le confiesa que está impaciente por acoger un refugiado en casa. Sin embargo, los primeros libros que cayeron en mis manos y que, esos sí, me acuerdo que leí con avidez fueron unos que me prestó un pretendiente de una prima mía, un chaval de unos 18 o 19 años, a quien nunca olvidaré porque fue el que me introdujo en los libros de Guillermo, de la escritora Richmal Crompton, un nombre que entonces imaginaba de hombre porque no se me pasaba por la cabeza que una mujer escribiera algo tan ingenioso. Me leí todos sus libros, me reí mil veces de lo que contaban y todavía hoy los leo muy de vez en cuando en su idioma original. Me imagino la sonrisa despectiva de cierto amigo que desprecia esta lectura porque supongo que él debió empezar leyendo la Crítica de la razón pura, aunque he descubierto que los libros de Guillermo también fueron el inicio de Javier Marías, Fernando Savater y otros mucho más sapientes que yo.

Otra persona mayor me sugirió que si me gustaba el humor me pasase al autor Pelham Grenville Wodehouse, P.G.Wodehouse para los amigos, en el que descubrí un filón abundante y que por sí sólo justifica la buena e inmerecida fama del humor inglés. Por supuesto que todo esto fue mezclado con lecturas de Julio Verne, Emilio Salgari, Zane Grey, José Mallorquí y otros muchos que me introdujeron el virus del amor a la lectura.

Viene todo este tostón a cuento de eso que llaman un barómetro (¿por qué no termómetro?) del CIS acerca de la afición de los españoles a la lectura, con cifras que no acabo de creerme. Me sorprende, por optimista, eso de que sólo un 39,4% no ha leído un solo libro en todo el año 2015, que quienes leen por lo menos una vez a la semana llegan al 47,2% y de ellos el 29,3% lee todos los días. Más creíble resulta que el 65% confiesa que lee al menos una vez al trimestre, no se dice qué clase de lectura, porque para mí no vale el Marca ni Facebook. Rajoy, por ejemplo, no puntúa.

Tampoco me resultan creíbles dos noticias aparecidas en El País en primera página: una referida a los finlandeses que dicen leer de promedio 49 libros al año. Comprendo que allí no hay mucho que hacer y que deben aburrirse más que los bosquimanos, pero no me creo ese promedio por mucho amor que le profesen a Mika Waltari. No me imagino a ese leñador volviendo a casa de su tarea diaria, atravesando aquellos grandiosos bosques, tras confraternizar como es natural con los renos con los que se cruce, y diciéndose angustiado ¡vamos deprisa que si me descuido no llego a los 49!

Como no me creo ni de lejos la otra noticia, que venía acompañada de una gran foto, y en la que podía verse a una señora de raza negra y su pequeña Daliyah de 4 años, residentes en Gainesville (Georgia, EE.UU.), afirmándose que la niña, que aprendió a leer con 2 años, se ha leído ya más de 1.000 libros. Si no me fallan los cálculos, eso supone 1,37 libros al día, incluidos domingos, festivos, cumpleaños y los días en que esté enfermita. ¡¡Eso sí que son faroles!!, ¡¡esa señora sí que debe darle la vara a sus compañeros de trabajo con lo de su niña!!

martes, 28 de febrero de 2017

Esa bonita leyenda negra que tanto nos gusta

Somos los españoles −o éramos, ya no sé− una especie de humanos que nos aburriríamos si no pudiéramos hablar mal de nuestro propio país y sólo en especiales circunstancias o cuando estamos en el extranjero podemos sentirnos ofendidos si se ofende a España (con perdón de algunos nacionales periféricos). Disponemos incluso de la modalidad "por partes", en que una zona o región de España resuelve que ellos han sido siempre puros y limpios y que el resto del país es el que está corrompido y lo ha estado siempre desde los iberos y los celtas.

Pelillos a la mar si hay constancia de que quienes manejaban el comercio de esclavos eran los que ahora acusan a los demás españoles de robarles, justamente los mismos que, más que otros, se beneficiaron económicamente de la explotación de las colonias y en los finales del imperio tenían el monopolio del comercio con Cuba y más recientemente quienes eran los propietarios fácticos de Guinea Ecuatorial.  

Según afirman quienes entienden, la leyenda negra fue iniciada en el siglo XVI, por ingleses y holandeses fundamentalmente, como parte de lo que hoy llamaríamos guerra psicológica. Su éxito en todo el entorno centroeuropeo fue enorme, pero ni comparación con el éxito entre los propios españoles, que por cierto cooperaron en la creación y fomento de esta leyenda, a veces por despecho como ocurrió con Antonio Pérez, cuando dejó de ser secretario de Felipe II.

La realidad es que quienes hablan más y más a gusto de la leyenda negra somos precisamente nosotros; nos encanta autoflagelarnos, despreciarnos, considerarnos escoria frente a la enorme categoría moral de otros europeos o vaya usted a saber de dónde, hasta el punto de hacer exclamar a extranjeros su asombro por la baja valoración que hacemos de nosotros mismos. Eso es precisamente lo que quizás nos hace inferiores.

Aparte de hacer un relato catastrófico de la actuación de aquellos españoles por Europa, esta leyenda se ensañó con la conquista y colonización española de América, donde se afirma que cometimos un genocidio que acabó con los nativos. Y los primeros que se creen este infundio son los propios españoles que olvidan o no saben que en los casos más sonados en suelo europeo no intervino la Inquisición Española: a Miguel Servet lo quemaron los calvinistas en Ginebra, a Giordano Bruno los italianos en Roma y a Juana de Arco los ingleses en Rouen. «La Inquisición sentenció a muerte a 1.300 personas en 140 años. En solo 20 años, Calvino quemó a 500 personas» (El País 27/2/17).

No sé si usted ha viajado alguna vez a Hispanoamérica (un nombre que no les entusiasma, les gusta más el que les puso Napoleón III). Se quedará sorprendido al caminar por las calles porque se cruza constantemente con personas cuyo rostro deja bien a las claras su ascendencia india y no es de extrañar, porque pese a esas supuestas matanzas, desde Tierra de Fuego hasta la frontera con EE.UU. entre el 75 y el 85% de la población es amerindia o mestiza; en realidad basta con que observe a los inmigrantes que aquí han venido desde la América hispana, ¿tienen aspecto europeo? Pase la frontera de EE.UU. y fíjese con cuántos indios se cruza usted: no quedan ni para hacer películas, porque apenas sobrevivieron unos cuantos que hoy malviven mayoritariamente en las reservas y no son muchos los que se aventuran a llevar una vida normal fuera de aquellas. He leído que entre indios y mestizos, desde el Río Bravo hasta Canadá apenas alcanzan el 1,5% de la población, ¿es allí donde la colonización anglosajona fue ejemplar y respetuosa? Así la calificaba una amiga irlandesa al compararla con la española.

Algo parecido ocurre con la explotación de las riquezas, que juzgamos con la misma óptica con que juzgamos la actual explotación del tercer mundo por parte de algunos países entre los que normalmente no se encuentra España. En aquel tiempo, la conquista de nuevos territorios llevaba aparejada la apropiación de las riquezas locales, ¿o es que Inglaterra ocupó tanto territorio en América, Oceanía, África y Asia sólo para extender su iglesia o enseñar inglés? Creo que sería buena idea llevar a quienes nos reprochan algo a visitar las ruinas de Numancia, para que sepan lo que eran matanzas y a Las Médulas para que comprueben que apoderarse del oro de territorios conquistados no es algo que inventamos los españoles. ¿Alguien ha oído alguna vez un reproche dirigido aquí a los conquistadores romanos?

Los anglosajones han sabido hacer las cosas mucho mejor que nosotros y cada acción buena o mala que llevaron a cabo, era de inmediato maquillada si era preciso y difundida por todos los medios disponibles en cada momento. Hay un ejemplo con bastantes similitudes en sus hechos y una diferencia abismal en cuanto a lo que la gente sabe sobre ello en la actualidad, gracias a la habilidad anglosajona en retocar la realidad. ¿Conoce el caso de Pocahontas (Matoaka)? ¿y el de doña Marina (Malinche)? Pues le diré: Pocahontas era hija del jefe de una tribu india asentada en lo que ahora es Virginia (EE.UU.), una mujer que fue expropiada primeramente por John Smith y posteriormente por John Rolfe, y tras casar con ella tuvieron un hijo, ayudando Pocahontas en todo momento a los conquistadores ingleses.

Doña Marina era hija del jefe de una tribu india mejicana, una mujer que fue expropiada primeramente por Alonso Hernández y posteriormente por Hernán Cortés, y tras unirse con ella tuvieron un hijo que fue legitimado posteriormente, ayudando doña Marina en todo momento a los conquistadores españoles.

¿Diferencias? Pues en términos generales pocas, aparte de que doña Marina nació unos 100 años antes. Pocahontas llegó a visitar Inglaterra, lo que le costó la vida a los 21 años al contraer una enfermedad en su viaje de vuelta y doña Marina no vino nunca a España y pudo tener una vida un poco más larga, no hay datos. Sin embargo, Pocahontas es glorificada en su lugar de origen por los colonizadores, ya que indios quedaron pocos. Doña Marina, es tachada de traidora, vilipendiada y menospreciada por sus herederos, los actuales pobladores de Méjico, muchos de los cuales disfrutan injuriando a quienes les quitaron la costumbre de comerse unos a otros. Sobre las dos mujeres se han escrito bastantes libros, pero de lo que realmente cala en la gente, las películas, sólo Pocahontas tiene algunas sobre su vida, en especial la de dibujos animados que es la que de verdad le dio la fama. En España, casi nadie sabe quién fue doña Marina (Malinche). Reivindico por tanto su memoria y, si eso la hace más atractiva, la llamamos Muchahontas.

sábado, 18 de febrero de 2017

Tres cosas hay en la vida

Solución final
Si es usted joven, no conocerá una canción argentina que fue muy popular hace bastantes años y de la que se hicieron bastantes versiones. La canción hacía referencia y tenía por título Salud, dinero y amor y recomendaba cuidar todo ello, porque eran los tres puntales de la vida.

Parece que más o menos podríamos coincidir todos en que, aunque con un reparto de importancia diferente, vienen a ser lo que en esencia nos preocupa a lo largo de nuestra vida. Eso a las personas, porque a los partidos que se autoconsideran de izquierdas ya no les quita el sueño que haya trabajo para todos, que la paga sea suficiente para vivir, que la seguridad social funcione, que las pensiones de jubilación sean decentes, que no haya lo que llamábamos lumpen o, si lo prefieren desposeídos totales, hasta de la dignidad y voluntad de vivir. Hoy las obsesiones de esos partidos son tres bien diferentes, con mayor acento cuanto más pintorescos y enajenados sean sus líderes, y lo peor es que inevitablemente arrastran a las demás fuerzas políticas que no pueden quedarse al margen de esas demandas para no perder votos.

Esas tres cosas a las que me refiero son: feminismo, inmigración y homosexualidad. Muy loable todo, pero en una época en que la juventud anda desorientada como nunca y un manto de buenismo se extiende sobre buena parte de la población, corren el peligro de transformarse en obsesión abandonando lo que deberían ser sus preocupaciones fundamentales.

En todos los sitios hay desquiciados y desde luego el feminismo no es una excepción, más bien yo diría que es un caso que puede iluminar lo que no se debe hacer en otros ámbitos. Tengo la suerte de no conocer a una feminista (o un feministo) radical, porque estoy convencido de que no son tantos y como suele suceder, es una minoría la que arrastra a una gran masa sin criterio a posturas ridículamente radicales. Por poner un ejemplo, ahí tienen a una pandilla de feministas en la Puerta del Sol de Madrid haciendo huelga de hambrecita para exigir no sé qué más, pues ya la ley es lo contrario de lo que debe ser y trata a los varones con discriminación.

Es hasta cómico que en ese congreso/asamblea de Podemos fuese habitual que algún ponente masculino se dirigiera a la TOTALIDAD de los asistentes diciendo nosotras o compañeras como genéricos o esa Universidad de Granada que ha editado un calendario −calendaria− con los nombres de los meses puestos en lo que imaginan que es femenino: enera, febrera, marza, etc. Parecen empeñados en acabar con el idioma español. Creíamos que aquello de miembras era insuperable, pero ya conocen esa frase atribuida a Einstein: «Dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana; y no estoy seguro sobre lo del universo».

Tenemos la cifra de algo menos de 50 mujeres muertas por sus parejas cada año, la menor de Europa en proporción. Es una tragedia, cierto, y hay que perseguir esa violencia con firmeza, pero cuidado con el método elegido, pues para mí que aunque implanten la guillotina «sólo para hombres» el resultado va a ser más o menos el mismo, y la prueba la tienen en que muchos hombres se suicidan tras cometer el crimen, así que no va a ser el miedo al castigo lo que lo remedie.

Hablando de suicidio, en España se suicidan más de 3.500 personas al año, siendo el suicidio como es una alteración grave de la condición humana que persigue por encima de todo la supervivencia, un instinto natural. Sólo en la Guardia Civil se suicidan al año una media de 15 agentes y desde 1982 han sido casi 800 los que se han quitado la vida, ¿eso no importa o es aceptable? ¿no hacemos nada?

Respecto de la inmigración, se ha publicado estos días en El País una encuesta, hecha en toda Europa por una institución británica, para saber los sentimientos de la población acerca de la acogida de inmigrantes, para contrastarlo con la política de Trump. España es la más predispuesta con un 32% de la población a favor, muy lejos de la menos dispuesta que es Polonia con un 9% (hay que contar con la hipocresía y la generosidad de boquilla de nuestros paisanos a los que encanta disparar con pólvora del rey). Siempre resultan ser una minoría, pero eso no importa −pese a sus aspavientos democráticos− a los que insisten en meternos inmigrantes/refugiados por encima de la voluntad de la gente y esto vale para los ayuntamientos deseosos de traerlos −abandonando las tareas para las que fueron elegidos− y para esas entidades que viven de nuestros impuestos, llamadas ONG; esas que celebran que hoy se hayan colado en Ceuta 500 africanos, ¿saben lo que nos van a costar tanto si se quedan como si los deportan?

Habitualmente lo que dice la jerarquía eclesiástica ni me suena, porque sé que son un hatajo de hipócritas que han perdido el contacto con la realidad, algo parecido a lo de muchos de nuestros políticos, pero ahora me pregunto si tras las risas por lo que decía cierto obispo sobre que hay una conspiración para volver homosexual a buena parte de la población no habrá algo menos disparatado de lo que aparenta ser. Raro es el día en que la prensa no trae en primera página una noticia o artículo laudatorio sobre la homosexualidad. Parece que ese porcentaje minoritario de la población importa más que el resto y muchas veces esas noticias parecen más proselitismo que información de un suceso.

La Asamblea de Madrid ha declarado a la ciudad y comunidad autónoma gay friendly (con esa misma ridícula expresión), pero la anécdota de estos días es que el ayuntamiento de San Fernando (Cádiz) ha puesto en los semáforos de peatones, en vez del típico muñeco, una pareja de hombres o de mujeres cogidos de la mano y con un corazón en medio de la pareja. ¿De verdad que eso ayuda a la integración de los homosexuales? ¿no tiene ese ayuntamiento −uno de los de mayor paro de España− problemas más acuciantes de los que ocuparse y en los que gastar el dinero de los ciudadanos? ¿están al día en la ayuda a los dependientes?

Lo siento mucho, pero mientras los partidos de izquierda sigan empeñados en esas tres prioridades que no cuenten conmigo. Cierto que yo soy tan solo uno, pero deberían meditar sobre por qué, contra toda lógica, los partidos de ultraderecha están desplazando a los de izquierda por toda Europa.

viernes, 10 de febrero de 2017

Curiosidades

¿A usted no le resulta curioso que Cristina Cifuentes fuera delegada del gobierno en Madrid y nadie supiera su nombre ni reconociera su cara, y que consiguiera la fama y auparse a la presidencia de la Comunidad por partirse los huesos y casi matarse al hacer un giro sin mirar, en una motocicleta que no tenía pasada la ITV? Ahora, esa trepa se dedica a sembrar la discordia entre españoles («Los madrileños pagan la salud y la educación de los andaluces»), como si no tuviéramos bastante con los independentistas nordestinos.

¿Puede usted entender que haya un tremendo número de españoles que apoyan el uso en cualquier entorno de esos modernos cubrimientos musulmanes −del hiyab al burka sin olvidar el burkini, claro−, siempre en nombre de lo que ellos entienden por libertad, y sin embargo vomitan insultos contra la española que en festividades religiosas tienen la ocurrencia de colocarse una peineta con un velo semitransparente que sólo le tapa el cabello?

Va usted al médico y éste le manda un medicamento cuyas características no le explica, porque cuenta con que usted, tras comprarlo, va a estudiar detalladamente la extensa literatura que lo acompaña en la que quizás le avise de que el producto puede producirle hemorragias, ceguera o alguna otra lindeza. Extrae usted el folleto distraídamente del envase y cuando va a devolverlo a su lugar tras leerlo descubre que parece no caber y es imposible reproducir el plegado original. La pregunta es: ¿a quién se le ha ocurrido esa manera de plegar los prospectos para que el usuario no pueda jamás repetir el proceso?, ¿es acaso una forma de obligarnos a hacer un máster en papiroflexia?, ¿o una venganza por haber leído las contraindicaciones y efectos secundarios?

Posiblemente se ha dado cuenta de que no quedan prácticamente especímenes a los que llamar niños, como hacíamos antes. Si usted se dirige a un preadolescente con la palabra maldita, niño, obtendrá una respuesta cortante y posiblemente agresiva. Antes, no hace tanto tiempo, existía la expresión niño de pecho o niño de cría para referirse a lo que ahora llamamos bebés en un alarde muy actual de cursilería. Por lo tanto, apenas si disponemos de una franja de cuatro o cinco años para usar ese nombre de niños sin meternos en un lío. Y repito, ni se le ocurra llamar niño a un espécimen de 14 o 15 años, porque puede acuchillarle.

Toda la vida ha habido gordos, obesos si prefiere llamarlos así, pero ahora gracias a esa epidemia de buenismo, que se puede resumir en el indiscriminado "porque tú lo vales", hay que superdignificar a esos gordos o, mejor dicho, a esas gordas, porque los hombres quedan fuera del esfuerzo. Me refiero a esa moda de llamar curvy a la mujer descomunalmente gorda, como esa que viene hoy en El Mundo que pesa 186 kilos. Por dios, eso no es una mujer con curvas, eso es una vaca.

Posiblemente usted sepa que en EE.UU. votar en las elecciones no es tan fácil como en Europa, porque hay que estar registrado previamente, pero quizás no sepa que en el impreso de registro generalmente hay que señalar si uno es demócrata, republicano o independiente, ¿no es una maravilla de transparencia? Si uno cambia de bando, ¿hay que avisar?

¿Cuántos de los que leen esto son conscientes de la desaparición o relegación de la palabra «honradez»? Poco a poco, la influencia del inglés (que sólo tiene honest y derivados) unida a la ignorancia de la mayoría, ha ido dejando de lado la palabra honradez sustituyéndola en todos los casos por honestidad, olvidando que de siempre en castellano la palabra honestidad se refería a asuntos de la entrepierna, mientras que honradez era el vocablo utilizado en todo lo relativo a fiabilidad en lo económico, integridad en general, ¿es que no conocen la historia de "José el honesto" que está en el Génesis? Por supuesto, el diccionario de la RAE recoge desde hace un tiempo las dos palabras como sinónimos, manteniendo su política actual de actuar sólo como un notario de usos. Los políticos han acogido con entusiasmo lo de honestidad, porque les suena como más moderno que aquello tan antiguo de honradez.

¿Se han dado cuenta del éxito entre idiotas de la expresión choque de trenes? Apenas hay un conflicto entre partes se echa mano de esa imagen que si bien pudo ser muy gráfica y original una primera vez, su repetición permanente sirve para detectar a los escasos mentales. Ayer vi en la televisión una entrevista a Carolina Bescansa, de Podemos, y en dos minutos la empleó nada menos que cuatro veces, cuatro, para referirse al conflicto entre Errejón e Iglesias, aquellos que llamaban casta a lo que ellos son ahora.

Y para terminar, algo que no me puedo callar. ¿Sabían que la piel del prepucio de Jesús, obtenida tras su circuncisión, está depositada en relicarios en varias iglesias que reivindican que el suyo es el de verdad? Seguramente, si unieran todos los trozos de piel, habría para hacer un tambor. Y luego dicen que la Iglesia no tiene sentido del humor y que es mojigata...

miércoles, 1 de febrero de 2017

Fronteras

Estaba atento a una obra musical que daban por la radio y al terminar el locutor dijo esa frase típica de «han escuchado ustedes…» y nombró una obra de un muy conocido compositor francés. De ahí pasé a pensar que me fastidiaba no poder sentirme compatriota del autor y por tanto partícipe en una mínima fracción de su gloria; ocurría eso, ya pueden imaginarlo, porque yo soy español y pertenezco, para mi desgracia, a un país que casi no ha producido grandes compositores, porque a la iglesia católica nunca le gustó la música, por considerarla un arma del demonio. A punto estuvimos de abandonar ese casticismo que tanto daño nos ha causado, cuando reinó en España José Bonaparte que podía haber traído la cultura y, quién sabe, la unión con Francia, con lo que todos seríamos compatriotas de tantos músico notables y como propina, de Pasteur, del matrimonio Curie, de Gay-Lussac y tantos otros que Francia produjo mientras aquí se empleaba el tiempo en rezar. Nada positivo salió de tanto rezo −lo contrario sí que hubiera sido milagroso−, pero quedamos muy rezagados de esa Europa que componía, estudiaba e investigaba.

No hay manera, por mucho que no empeñemos en airear a Miguel Servet o Santiago Ramón y Cajal −ya sé que hay alguno más− la realidad es que el saber nunca tuvo aquí excesiva preeminencia y todo lo más se importaba un artista italiano para que hiciera lo que al rey le apetecía (alternativa de ese estilo herreriano austero, sobrio, seco, ¡un horror!). No tenemos afán investigador y al que lo tiene la realidad nacional se ocupa de eliminárselo o de empujarlo al exilio. Hay un personaje al que se trajo de vuelta de EE.UU. para que investigara aquí sobre el cáncer y al que se le ofreció de todo −hablo de Mariano Barbacid− y que ahora anda pidiendo dinero para investigar casi por caridad.

Ya conté en este mismo blog que presencié un episodio que no olvidaré en mi vida porque entonces me produjo escalofríos, en el que el protagonista pasivo fue este investigador. Estaba Barbacid en un corrillo tomando una copa cuando alguien le dijo lo que seguramente consideraba una gracia memorable; le soltó a bocajarro ¡menos investigar y más follar! En fin...

Decía que soy de esos que lamentan profundamente que Napoleón no triunfara en España y que su hermano tuviera que dejar el trono a ese rufián incalificable: Fernando VII. José Bonaparte hubiera supuesto la puesta al día de nuestra intelectualidad y nuestra incorporación a Europa, por más que sepamos que los franceses también trajeron a España ruina, destrucción y miseria, pero eso no fue obra del rey José. Una vez asentado este rey, nuestra mejora habría sido más que probable, el estado y la religión habrían dejado de ser una unidad de destino en lo universal y parafraseando al ineficaz Alfonso Guerra, a España no la habría reconocido ni la madre que la parió.

La realidad es que este país siguió siendo muy reconocible y salvo algunos limitados avances, la cosa siguió exactamente igual, y aquí estamos. Peleando entre nosotros todo el tiempo y esforzándonos por impedir cualquier cambio que no sea meramente cosmético. Eso sí, con un desmontaje de todo lo que suponga idealismo e ideología que nos ha llevado a estar a la cabeza de Europa en el desinterés por el propio país. Somos el país más asqueado de sí mismo y en este momento sólo puede excluirse de ese sentimiento a los catalanes porque han encontrado lo que como buenos españoles es lo único que les galvaniza, que les da fuerzas; un enemigo -aunque sea inventado-: el resto de los españoles. Dentro de algún tiempo se les habrá pasado y volverán a ser como todos.

Pero seamos realistas −que no monárquicos−, quienes triunfaron aquí y aquí siguen fueron los de ¡vivan las caenas!, y los que desprecian el saber porque corromper, especular, robar y rezar les resulta mucho más provechoso y rentable; a ellos. Seguimos viviendo entre fanáticos partidarios de Fernando VII.

sábado, 28 de enero de 2017

La, la, land: postdata

Estaba claro que el éxito de esta película dependía totalmente de lo que dijeran los llamados influencers. Si estos se inclinaban a favor de la película la suerte de ésta estaba echada, pues vivimos una época en la que la gran mayoría espera a ver qué dicen sus ídolos en las redes sociales sobre un asunto y si es favorable se hacen fanáticos del asunto. La gran campaña publicitaria ha tenido su efecto y, pese a los reparos de muchos, entre los que me encuentro, la película va disparada hacia buena parte de esos 14 Oscar a los que ha sido propuesta. El pobre de Paulo Coelho −un autor que en verdad no me interesa− ha tenido la ocurrencia de decir que la película es un petardo y en todos los países han sido unánimes en injuriarlo e insultarlo, ¡estaría bueno!

Yo me reitero en lo que dije: la película no vale nada. Los demás que piensen lo que quieran, no es casualidad que en español to be/to live in la-la land significa estar en Babia o si lo prefieren, estar en las nubes.

sábado, 21 de enero de 2017

La, la, land (La ciudad de las estrellas)

Desde que empecé a oír hablar de esta película se mezclaron dos sentimientos en mí: de una parte, la alegría por la vuelta −aunque sea puntual, como se dice ahora− del cine musical, que me entusiasma. De otra, cierto miedo porque la realidad no correspondiese a las expectativas despertadas, máximas teniendo en cuenta que las críticas son en general unánimes, se trata casi de una obra maestra, se va a forrar a Oscars, dicen.

No sobra recordar a quien me lee el título de este blog, para que así se entienda que no soy crítico de cine y soy perfectamente consciente de ello. Simplemente he visto la película y doy mi opinión sobre ella, sin pretender que se coloque una lápida que celebre mi ocurrencia.

No entiendo nada de cine, pero sí soy buen aficionado y, en el caso de los musicales, sin duda estoy entre las personas que más disfrutan o han disfrutado con su contemplación, hasta el punto de que procuro tener en uno u otro soporte todas las películas de este género que me han gustado, desde las interpretadas por el inigualable Fred Astaire −anteriores en realidad a mi época− hasta las últimas del género, es decir, las de hace ya bastantes años. De los últimos tiempos, sólo calificaría como musical a Chicago, de 2002.

Por supuesto, el cine musical tuvo su época dorada como muchos sabemos, y a mi parecer duró desde poco después de la aparición del cine sonoro −puesto que lo más señalado que el sonido aportaba era la música− hasta quizás finales de los 50. Después se hicieron algunos filmes que eran más experimentos que otra cosa y que carecían de la frescura y espontaneidad que a mi parecer son casi imprescindibles en este tipo de cine. Típicos ejemplos de esto último son West Side Story de 1961 y Pennies From Heaven (Dinero caído del cielo) de 1981, casi desconocida para una mayoría. Sin olvidar la maravillosa Les parapluies de Cherbourg fuera de toda norma salvo una música perfecta y unos intérpretes bendecidos por el dios de los musicales... especiales.

Pienso que la causa de la desaparición del cine musical no es una sino muchas. Primero, la desaparición del cine de géneros, western (antes llamadas películas del oeste) incluyendo su variante de indios, musicales, suspense, policiaco, comedias y otros. Segundo, lógicamente, el cambio en el gusto del público cada vez más alejado de la música de calidad y más cercano al ruido o al tipo de cine que casi es un género en sí mismo: hablo de Star Wars de lo que van ya nada menos que siete películas, cada vez peores, hasta donde yo sé todas ellas con bandas sonoras de un magnífico compositor como John Williams. Tercero y fundamental, la desaparición de los grandes compositores de música popular, que sin duda vivieron una época estelar y que se extinguieron igual que aparecieron. Hablo de Irving Berlin, George Gershwin, Richard Rodgers, Cole Porter, Jerome Kern, Hoagy Carmichael, Harold Arlen y muchos más. Ojo, no me refiero a compositores de temas o bandas sonoras de películas como El padrino, Indiana Jones, etc., sino a autores de musicales

El musical estándar precisa a mi modesto entender de dos elementos fundamentales además de un buen director: un compositor de la categoría de los que acabo de citar y unos intérpretes que canten o bailen profesionalmente. En general, no me vale ni de lejos coger a una buena actriz como Meryl Streep y ponerla a cantar y bailar. Leí una vez que para que Julia Roberts consiguiera cantar una canción en el film de Woody Allen Everyone Says I Love You −una joya por cierto− pasaron días grabando hasta conseguirlo. No se puede imaginar cómo se me encogió el ombligo el otro día al leer en la prensa que se clasificaba como «cine musical» obras como Moulin Rouge de 2001 y como compositor de cine a Alejandro Amenábar. Va a resultar que Nicole Kidman es la nueva Ginger Rogers.

Ayer fui a ver la película que da nombre a esta entrada y, ya se puede imaginar, me llevé una desilusión, pese al dinero invertido en la producción, por eso no tengo mucho que decir sobre ella. Puede que sea una buena película para algunos, pero no es un buen musical. Para empezar, la música es casi vulgar, incluyendo el tema del film, musiquilla la llamaría pese a los buenos arreglos, al sonido envolvente y una calidad de grabación que antes no podía ni soñarse. Los intérpretes aceptables y no son ni de lejos intérpretes de musical, aunque se hayan aprendido unos cuantos pasitos. Lo que me pareció más acertado era lo que en ella se decía sobre la situación actual del jazz, muerto irremisiblemente −como el musical− y sólo amado en estos días por unos pocos carcamales, pura nostalgia. Da pena escuchar lo que el protagonista dice a su pareja cuando ella le anuncia que va a viajar a París, él le contesta que es una suerte porque allí sí que hay buen jazz. Es como si se dijera que para escuchar buen flamenco hay que ir a Tokio (y es casi verdad).  

jueves, 12 de enero de 2017

El circo extensivo

Como de niño el circo era un espectáculo al que iba al menos un par de veces al año y me gustaba tanto, lamenté su ocaso y me dolió cuando en Madrid hace mil años desapareció el circo Price original que, para remate, estaba en un lugar céntrico al que no suponía una aventura ir. Siempre achaqué su desaparición a la desaparición de la pobreza, porque no me digan que andar en carromatos o camiones de un lado a otro como ocurría con sus artistas, no es una vida poco atractiva para cualquiera, pertenezca o no a ese mundillo y eso que tuve ocasión de visitar unos de esos modernos y lujosos remolques que utilizaba −o utiliza− el Circo Mundial... para sus propietarios. Si a eso le añadimos la prohibición de utilizar animales y la extinción de los payasos −¿saben de alguno de estos que haya sobrevivido a aquella época?− estos espectáculos se hacen prácticamente inviables.

Ayer leía un artículo en la prensa acerca de las películas que van a gustar en 2017 y de repente caí en la cuenta de que el circo, como espectáculo insólito propicio a sobrecoger de miedo o de risa no ha desaparecido, sino que ha cambiado de ubicación y de protagonistas. Ahora se ha diluido en la sociedad y en cualquier momento y lugar podemos disfrutar de un espectáculo circense, aunque sea de escasa calidad.

Esas películas de éxito casi asegurado en el año que nos llega son en su mayor parte auténticos alardes de efectos especiales, de gran aceptación en mentes infantiles o bien secuelas o remakes de películas de éxito previas. Ya no existe un Hitchcock, ni un Billy Wilder y lo que resta de Woody Allen es una sombra de lo que fue. De hecho ya ni se nombran los directores al hacer publicidad de las películas, todo lo más se dice «del director de...» citando un éxito anterior, por si sirve de gancho. El cine es ahora mayoritariamente un circo de efectos digitales y no precisamente de geniales autores.

Han muerto con 24 horas de diferencia Carrie Fisher y su madre Debbie Reynols; la primera conocida por su simpático papel de princesa en Star Wars; dejó buen recuerdo pese a su peinado de fallera mayor; la segunda, intérprete de numerosas películas, pero sobre todo de la maravillosa Cantando bajo la lluvia («Bailando bajo la lluvia» dijeron en un telediario). Sólo esta película vale cien veces toda la filmografía de la otra, pero ha sido la muerte de la primera la que más ha trascendido y se ha sentido, al fin hizo aquellas películas-tebeo con mucho rayo láser y eso es lo que importa y gusta hoy.

Qué decir de la música. Ya no hay cantantes que canten −entre otras razones porque no hay compositores− y la gente va a verlos a sus mal llamados «conciertos», dispuesta a presenciar un alarde de vatios, rayos láser, luces de todo tipo o, si son intérpretes femeninas, tetas y nalgas... un circo donde lo de menos es el cantante y lo que importa es el derroche de medios técnicos y la fraternización entre todos los asistentes que sienten que forman parte de la misma escogida secta de elevada sensibilidad, esa que además dispone de un montón de euros para pagar la entrada. De eso siguen viviendo abueletes como los Rolling Stones, que dicen que son de lo mejorcito que van quedando como profesionales del circo; nada que ver con la música.

En la televisión, los programas de más éxito siguen siendo los circenses, pues no es otra cosa todo eso de Gran Hermano, Sálvame, MasterChef y demás subentretenimientos, pero como ahora está prohibido utilizar animales para regocijo de los humanos, los protagonistas son esa especie de humanos que se prestan a los juegos y humillaciones que tanto divierten a muchos que son más o menos como ellos.

Un ejemplo de animal de circo es la popular Kim Kardashian, que tiene un programa de televisión en EE.UU. donde exhibe su presencia y la de su familia como hace muchos años en España veíamos a Pompoff y Thedy, Nabuconodosorcito y Zampabollos, abuelos y padres de los que más tarde fueron conocidos aquí como Los payasos de la tele. Claro que estos últimos tenían mucha más gracia que las Kardashian, pero también es cierto que no poseían los atributos carnales de estas últimas y ya sabemos que cualquier espectáculo de éxito actual debe incluir erotismo o no cala. ¡Si hasta las hay que ahorran en tejido para retransmitir las campanadas de fin de año a 0ºC! 

Me llama la atención que casi el único espectáculo que mantiene el nombre de circo en su denominación −Circo del Sol o Cirque du Soleil− sea justamente el que cada día tiene menos de circo y más de espectáculo donde todo está calculado al milímetro; un negocio con inversores, accionistas, franquicias, etc. Grato de ver, pero quizás poco de circo.

Después de publicada esta entrada, leo en la prensa que se cierra el Circo Ringling, el más antiguo del mundo (casi 150 años), por la presión de los animalistas. Son estos a mi parecer una panda de fascistas que usan métodos fascistas para triunfar en sus fines. Es fascista eso de cargarse la función de un pequeño circo como han hecho en España recientemente −ha podido verse hoy en los noticiarios−, es fascista arrojar un bote de pintura a la señora que lleva un abrigo de pieles; es fascista negar la libertad a los demás con métodos violentos o coercitivos. Es admirable defender a los animales, pero no comportándose como animal.

domingo, 1 de enero de 2017

No se evaporan

Leo hoy un artículo en la prensa donde se dan cifras que a mí al menos me producen escalofríos. Resulta que en 2015 −que es el último año del que se tienen cifras concretas− han entrado irregularmente en Europa un millón y pico de los conocidos como refugiados o inmigrantes o invasores, depende del talante con que cada uno quiera contemplarlos. Los llamemos como los llamemos son personas que vienen desde países desestructurados, fallidos, y que viene aquí a aportar su desconocimiento sobre cómo convivir sin guerras y con ese caos social al que están habituados. Conviene recordar que las leyes de asilo a las que algunos aluden −elaboradas cuando las migraciones no tenían estas cifras−, obligan a los países fronterizos de los que se exilian, así que sería recomendable que al menos se dirigieran a países más cercanos a ellos y sobre todo, de cultura parecida a la suya, ¿qué pintan los naturales de Eritrea, Costa de Marfil, Nigeria, Gambia, etc. en Europa? ¿por qué no se dirigen a Arabia Saudí, Indonesia, Irán, Qatar, etc., todos ellos hermanos suyos de religión?

De ese millón y pico, más de la mitad han sido aceptados por Alemania −menos mal− en su gran mayoría y por otros países del norte de Europa. Pese al afán de las progresistas alcaldesas de Barcelona y Madrid, traer para un país que tiene un 20% de parados más indigentes todavía, sólo cabe interpretarlo como que detestan a los españoles y que desean tirar aún más hacia abajo los salarios que sufrimos, para alegría de empresarios en general y de Juan Rosell, presidente de la CEOE, en particular. De verdad que no consigo comprender ese producto híbrido de Pasionaria y Teresa de Calcuta que son Carmena y Colau, esta última con el añadido de una porción de Francesc Maciá.

Se ha dictado orden de expulsión para 530.000 de los llegados, pero los gobiernos confiesan que sólo han conseguido hacer efectivas las expulsiones en un 36% de los casos, es decir, tenemos por Europa el 64% restante −lo que supone 339.200, que se sepa, tan solo de 2015− deambulando indocumentados por aquí y allá, rumiando su indignación y odio por no haber sido aceptados y teniendo que comer cada día como todo el mundo gusta de hacer.

No es para tomárselo a broma, pues esas personas no se han evaporado; trate de imaginar a esos 339.200 inmigrantes irregulares sin medios de vida, aparte de apostarse en la puerta de algún supermercado pidiendo limosna o vender cosas expuestas sobre una manta. Aunque fueran auténticos benditos, las posibilidades de que por necesidad decidan dedicarse al robo son elevadas y de ahí que no sea casual el aumento de la delincuencia y violencia en todos los países de la Unión Europea. 

Hasta parece previsible que muchos de ellos se radicalicen −teniendo en cuenta que la casi totalidad profesan la religión musulmana− y se vayan a luchar con el Daesh o simplemente agarren un camión y lo conduzcan introduciéndolo en una vía concurrida con la sana intención de causar una mortandad entre la multitud, culpables para ellos de su situación de exclusión y pobreza.

Según dicen hay varias razones para que sea tan elevado el número de los deportados que finalmente no lo han sido. Buena parte cuando les comunican que van a ser deportados, simplemente se desvanecen, se pierde su pista. Otros no son aceptados en sus países de origen, porque esos países prefieren tenerlos fuera, ya que aunque pasen miserias, siempre enviarán algo de dinero allí, donde desean divisas con avidez y no tener una boca más que alimentar. Por añadidura, esos países prefieren chantajear económicamente a los europeos a cambio de aceptar el retorno de sus nacionales.

Es aburrida esa insistencia de muchos en que ellos vienen huyendo de la guerra y de las persecuciones, cuando lo que de verdad vienen buscando es una vida resuelta por los que llevamos tantos años para levantar nuestros propios países. Por supuesto que allí hay guerras, pero son las causadas por los que después huyen cuando se cansan, porque no entienden vivir sin matarse entre ellos. De otra parte, hoy se habla elogiosamente en portada de El País de un sirio que cuando lo reclutaron se vino con su familia, ¿acaso antes esos no se llamaban desertores? Ha habido 70.000 en Siria el último año.

Esa es la Europa que estamos dejando a nuestros hijos, gracias a la incompetencia de muchos y al buenismo de bastantes más. Estos buenistas irreflexivos prefieren ignorar que la gran mayoría de la población está en contra de la acogida de extranjeros, no hay más que leer los comentarios tras cualquiera de estas noticias en los diarios digitales, en los que la proporción viene a ser más o menos de un 90-95% en contra. Puedo equivocarme, pero siempre queda el recurso previsto en la Constitución: un referéndum sobre la acogida; son fáciles de organizar y si no, que les pregunten a los catalanes.

Todo menos seguir así: las ONG y los buenistas con cargos políticos metiéndonos de matute los inmigrantes sin importales una higa el sentir general; y Merkel (hija de un pastor protestante) apoyando todo eso.

Como epílogo, la recomendación de que pinche una vez sobre la foto para hacerla más grande y legible. Observe la frase escrita encima de la palabra Welcome. Hay quienes efectivamente disponen del país como si les perteneciera solo a ellos.