sábado, 28 de enero de 2017

La, la, land: postdata

Estaba claro que el éxito de esta película dependía totalmente de lo que dijeran los llamados influencers. Si estos se inclinaban a favor de la película la suerte de ésta estaba echada, pues vivimos una época en la que la gran mayoría espera a ver qué dicen sus ídolos en las redes sociales sobre un asunto y si es favorable se hacen fanáticos del asunto. La gran campaña publicitaria ha tenido su efecto y, pese a los reparos de muchos, entre los que me encuentro, la película va disparada hacia buena parte de esos 14 Oscar a los que ha sido propuesta. El pobre de Paulo Coelho −un autor que en verdad no me interesa− ha tenido la ocurrencia de decir que la película es un petardo y en todos los países han sido unánimes en injuriarlo e insultarlo, ¡estaría bueno!

Yo me reitero en lo que dije: la película no vale nada. Los demás que piensen lo que quieran, no es casualidad que en español to be/to live in la-la land significa estar en Babia o si lo prefieren, estar en las nubes.

sábado, 21 de enero de 2017

La, la, land (La ciudad de las estrellas)

Desde que empecé a oír hablar de esta película se mezclaron dos sentimientos en mí: de una parte, la alegría por la vuelta −aunque sea puntual, como se dice ahora− del cine musical, que me entusiasma. De otra, cierto miedo porque la realidad no correspondiese a las expectativas despertadas, máximas teniendo en cuenta que las críticas son en general unánimes, se trata casi de una obra maestra, se va a forrar a Oscars, dicen.

No sobra recordar a quien me lee el título de este blog, para que así se entienda que no soy crítico de cine y soy perfectamente consciente de ello. Simplemente he visto la película y doy mi opinión sobre ella, sin pretender que se coloque una lápida que celebre mi ocurrencia.

No entiendo nada de cine, pero sí soy buen aficionado y, en el caso de los musicales, sin duda estoy entre las personas que más disfrutan o han disfrutado con su contemplación, hasta el punto de que procuro tener en uno u otro soporte todas las películas de este género que me han gustado, desde las interpretadas por el inigualable Fred Astaire −anteriores en realidad a mi época− hasta las últimas del género, es decir, las de hace ya bastantes años. De los últimos tiempos, sólo calificaría como musical a Chicago, de 2002.

Por supuesto, el cine musical tuvo su época dorada como muchos sabemos, y a mi parecer duró desde poco después de la aparición del cine sonoro −puesto que lo más señalado que el sonido aportaba era la música− hasta quizás finales de los 50. Después se hicieron algunos filmes que eran más experimentos que otra cosa y que carecían de la frescura y espontaneidad que a mi parecer son casi imprescindibles en este tipo de cine. Típicos ejemplos de esto último son West Side Story de 1961 y Pennies From Heaven (Dinero caído del cielo) de 1981, casi desconocida para una mayoría. Sin olvidar la maravillosa Les parapluies de Cherbourg fuera de toda norma salvo una música perfecta y unos intérpretes bendecidos por el dios de los musicales... especiales.

Pienso que la causa de la desaparición del cine musical no es una sino muchas. Primero, la desaparición del cine de géneros, western (antes llamadas películas del oeste) incluyendo su variante de indios, musicales, suspense, policiaco, comedias y otros. Segundo, lógicamente, el cambio en el gusto del público cada vez más alejado de la música de calidad y más cercano al ruido o al tipo de cine que casi es un género en sí mismo: hablo de Star Wars de lo que van ya nada menos que siete películas, cada vez peores, hasta donde yo sé todas ellas con bandas sonoras de un magnífico compositor como John Williams. Tercero y fundamental, la desaparición de los grandes compositores de música popular, que sin duda vivieron una época estelar y que se extinguieron igual que aparecieron. Hablo de Irving Berlin, George Gershwin, Richard Rodgers, Cole Porter, Jerome Kern, Hoagy Carmichael, Harold Arlen y muchos más. Ojo, no me refiero a compositores de temas o bandas sonoras de películas como El padrino, Indiana Jones, etc., sino a autores de musicales

El musical estándar precisa a mi modesto entender de dos elementos fundamentales además de un buen director: un compositor de la categoría de los que acabo de citar y unos intérpretes que canten o bailen profesionalmente. En general, no me vale ni de lejos coger a una buena actriz como Meryl Streep y ponerla a cantar y bailar. Leí una vez que para que Julia Roberts consiguiera cantar una canción en el film de Woody Allen Everyone Says I Love You −una joya por cierto− pasaron días grabando hasta conseguirlo. No se puede imaginar cómo se me encogió el ombligo el otro día al leer en la prensa que se clasificaba como «cine musical» obras como Moulin Rouge de 2001 y como compositor de cine a Alejandro Amenábar. Va a resultar que Nicole Kidman es la nueva Ginger Rogers.

Ayer fui a ver la película que da nombre a esta entrada y, ya se puede imaginar, me llevé una desilusión, pese al dinero invertido en la producción, por eso no tengo mucho que decir sobre ella. Puede que sea una buena película para algunos, pero no es un buen musical. Para empezar, la música es casi vulgar, incluyendo el tema del film, musiquilla la llamaría pese a los buenos arreglos, al sonido envolvente y una calidad de grabación que antes no podía ni soñarse. Los intérpretes aceptables y no son ni de lejos intérpretes de musical, aunque se hayan aprendido unos cuantos pasitos. Lo que me pareció más acertado era lo que en ella se decía sobre la situación actual del jazz, muerto irremisiblemente −como el musical− y sólo amado en estos días por unos pocos carcamales, pura nostalgia. Da pena escuchar lo que el protagonista dice a su pareja cuando ella le anuncia que va a viajar a París, él le contesta que es una suerte porque allí sí que hay buen jazz. Es como si se dijera que para escuchar buen flamenco hay que ir a Tokio (y es casi verdad).  

jueves, 12 de enero de 2017

El circo extensivo

Como de niño el circo era un espectáculo al que iba al menos un par de veces al año y me gustaba tanto, lamenté su ocaso y me dolió cuando en Madrid hace mil años desapareció el circo Price original que, para remate, estaba en un lugar céntrico al que no suponía una aventura ir. Siempre achaqué su desaparición a la desaparición de la pobreza, porque no me digan que andar en carromatos o camiones de un lado a otro como ocurría con sus artistas, no es una vida poco atractiva para cualquiera, pertenezca o no a ese mundillo y eso que tuve ocasión de visitar unos de esos modernos y lujosos remolques que utilizaba −o utiliza− el Circo Mundial... para sus propietarios. Si a eso le añadimos la prohibición de utilizar animales y la extinción de los payasos −¿saben de alguno de estos que haya sobrevivido a aquella época?− estos espectáculos se hacen prácticamente inviables.

Ayer leía un artículo en la prensa acerca de las películas que van a gustar en 2017 y de repente caí en la cuenta de que el circo, como espectáculo insólito propicio a sobrecoger de miedo o de risa no ha desaparecido, sino que ha cambiado de ubicación y de protagonistas. Ahora se ha diluido en la sociedad y en cualquier momento y lugar podemos disfrutar de un espectáculo circense, aunque sea de escasa calidad.

Esas películas de éxito casi asegurado en el año que nos llega son en su mayor parte auténticos alardes de efectos especiales, de gran aceptación en mentes infantiles o bien secuelas o remakes de películas de éxito previas. Ya no existe un Hitchcock, ni un Billy Wilder y lo que resta de Woody Allen es una sombra de lo que fue. De hecho ya ni se nombran los directores al hacer publicidad de las películas, todo lo más se dice «del director de...» citando un éxito anterior, por si sirve de gancho. El cine es ahora mayoritariamente un circo de efectos digitales y no precisamente de geniales autores.

Han muerto con 24 horas de diferencia Carrie Fisher y su madre Debbie Reynols; la primera conocida por su simpático papel de princesa en Star Wars; dejó buen recuerdo pese a su peinado de fallera mayor; la segunda, intérprete de numerosas películas, pero sobre todo de la maravillosa Cantando bajo la lluvia («Bailando bajo la lluvia» dijeron en un telediario). Sólo esta película vale cien veces toda la filmografía de la otra, pero ha sido la muerte de la primera la que más ha trascendido y se ha sentido, al fin hizo aquellas películas-tebeo con mucho rayo láser y eso es lo que importa y gusta hoy.

Qué decir de la música. Ya no hay cantantes que canten −entre otras razones porque no hay compositores− y la gente va a verlos a sus mal llamados «conciertos», dispuesta a presenciar un alarde de vatios, rayos láser, luces de todo tipo o, si son intérpretes femeninas, tetas y nalgas... un circo donde lo de menos es el cantante y lo que importa es el derroche de medios técnicos y la fraternización entre todos los asistentes que sienten que forman parte de la misma escogida secta de elevada sensibilidad, esa que además dispone de un montón de euros para pagar la entrada. De eso siguen viviendo abueletes como los Rolling Stones, que dicen que son de lo mejorcito que van quedando como profesionales del circo; nada que ver con la música.

En la televisión, los programas de más éxito siguen siendo los circenses, pues no es otra cosa todo eso de Gran Hermano, Sálvame, MasterChef y demás subentretenimientos, pero como ahora está prohibido utilizar animales para regocijo de los humanos, los protagonistas son esa especie de humanos que se prestan a los juegos y humillaciones que tanto divierten a muchos que son más o menos como ellos.

Un ejemplo de animal de circo es la popular Kim Kardashian, que tiene un programa de televisión en EE.UU. donde exhibe su presencia y la de su familia como hace muchos años en España veíamos a Pompoff y Thedy, Nabuconodosorcito y Zampabollos, abuelos y padres de los que más tarde fueron conocidos aquí como Los payasos de la tele. Claro que estos últimos tenían mucha más gracia que las Kardashian, pero también es cierto que no poseían los atributos carnales de estas últimas y ya sabemos que cualquier espectáculo de éxito actual debe incluir erotismo o no cala. ¡Si hasta las hay que ahorran en tejido para retransmitir las campanadas de fin de año a 0ºC! 

Me llama la atención que casi el único espectáculo que mantiene el nombre de circo en su denominación −Circo del Sol o Cirque du Soleil− sea justamente el que cada día tiene menos de circo y más de espectáculo donde todo está calculado al milímetro; un negocio con inversores, accionistas, franquicias, etc. Grato de ver, pero quizás poco de circo.

Después de publicada esta entrada, leo en la prensa que se cierra el Circo Ringling, el más antiguo del mundo (casi 150 años), por la presión de los animalistas. Son estos a mi parecer una panda de fascistas que usan métodos fascistas para triunfar en sus fines. Es fascista eso de cargarse la función de un pequeño circo como han hecho en España recientemente −ha podido verse hoy en los noticiarios−, es fascista arrojar un bote de pintura a la señora que lleva un abrigo de pieles; es fascista negar la libertad a los demás con métodos violentos o coercitivos. Es admirable defender a los animales, pero no comportándose como animal.

domingo, 1 de enero de 2017

No se evaporan

Leo hoy un artículo en la prensa donde se dan cifras que a mí al menos me producen escalofríos. Resulta que en 2015 −que es el último año del que se tienen cifras concretas− han entrado irregularmente en Europa un millón y pico de los conocidos como refugiados o inmigrantes o invasores, depende del talante con que cada uno quiera contemplarlos. Los llamemos como los llamemos son personas que vienen desde países desestructurados, fallidos, y que viene aquí a aportar su desconocimiento sobre cómo convivir sin guerras y con ese caos social al que están habituados. Conviene recordar que las leyes de asilo a las que algunos aluden −elaboradas cuando las migraciones no tenían estas cifras−, obligan a los países fronterizos de los que se exilian, así que sería recomendable que al menos se dirigieran a países más cercanos a ellos y sobre todo, de cultura parecida a la suya, ¿qué pintan los naturales de Eritrea, Costa de Marfil, Nigeria, Gambia, etc. en Europa? ¿por qué no se dirigen a Arabia Saudí, Indonesia, Irán, Qatar, etc., todos ellos hermanos suyos de religión?

De ese millón y pico, más de la mitad han sido aceptados por Alemania −menos mal− en su gran mayoría y por otros países del norte de Europa. Pese al afán de las progresistas alcaldesas de Barcelona y Madrid, traer para un país que tiene un 20% de parados más indigentes todavía, sólo cabe interpretarlo como que detestan a los españoles y que desean tirar aún más hacia abajo los salarios que sufrimos, para alegría de empresarios en general y de Juan Rosell, presidente de la CEOE, en particular. De verdad que no consigo comprender ese producto híbrido de Pasionaria y Teresa de Calcuta que son Carmena y Colau, esta última con el añadido de una porción de Francesc Maciá.

Se ha dictado orden de expulsión para 530.000 de los llegados, pero los gobiernos confiesan que sólo han conseguido hacer efectivas las expulsiones en un 36% de los casos, es decir, tenemos por Europa el 64% restante −lo que supone 339.200, que se sepa, tan solo de 2015− deambulando indocumentados por aquí y allá, rumiando su indignación y odio por no haber sido aceptados y teniendo que comer cada día como todo el mundo gusta de hacer.

No es para tomárselo a broma, pues esas personas no se han evaporado; trate de imaginar a esos 339.200 inmigrantes irregulares sin medios de vida, aparte de apostarse en la puerta de algún supermercado pidiendo limosna o vender cosas expuestas sobre una manta. Aunque fueran auténticos benditos, las posibilidades de que por necesidad decidan dedicarse al robo son elevadas y de ahí que no sea casual el aumento de la delincuencia y violencia en todos los países de la Unión Europea. 

Hasta parece previsible que muchos de ellos se radicalicen −teniendo en cuenta que la casi totalidad profesan la religión musulmana− y se vayan a luchar con el Daesh o simplemente agarren un camión y lo conduzcan introduciéndolo en una vía concurrida con la sana intención de causar una mortandad entre la multitud, culpables para ellos de su situación de exclusión y pobreza.

Según dicen hay varias razones para que sea tan elevado el número de los deportados que finalmente no lo han sido. Buena parte cuando les comunican que van a ser deportados, simplemente se desvanecen, se pierde su pista. Otros no son aceptados en sus países de origen, porque esos países prefieren tenerlos fuera, ya que aunque pasen miserias, siempre enviarán algo de dinero allí, donde desean divisas con avidez y no tener una boca más que alimentar. Por añadidura, esos países prefieren chantajear económicamente a los europeos a cambio de aceptar el retorno de sus nacionales.

Es aburrida esa insistencia de muchos en que ellos vienen huyendo de la guerra y de las persecuciones, cuando lo que de verdad vienen buscando es una vida resuelta por los que llevamos tantos años para levantar nuestros propios países. Por supuesto que allí hay guerras, pero son las causadas por los que después huyen cuando se cansan, porque no entienden vivir sin matarse entre ellos. De otra parte, hoy se habla elogiosamente en portada de El País de un sirio que cuando lo reclutaron se vino con su familia, ¿acaso antes esos no se llamaban desertores? Ha habido 70.000 en Siria el último año.

Esa es la Europa que estamos dejando a nuestros hijos, gracias a la incompetencia de muchos y al buenismo de bastantes más. Estos buenistas irreflexivos prefieren ignorar que la gran mayoría de la población está en contra de la acogida de extranjeros, no hay más que leer los comentarios tras cualquiera de estas noticias en los diarios digitales, en los que la proporción viene a ser más o menos de un 90-95% en contra. Puedo equivocarme, pero siempre queda el recurso previsto en la Constitución: un referéndum sobre la acogida; son fáciles de organizar y si no, que les pregunten a los catalanes.

Todo menos seguir así: las ONG y los buenistas con cargos políticos metiéndonos de matute los inmigrantes sin importales una higa el sentir general; y Merkel (hija de un pastor protestante) apoyando todo eso.

Como epílogo, la recomendación de que pinche una vez sobre la foto para hacerla más grande y legible. Observe la frase escrita encima de la palabra Welcome. Hay quienes efectivamente disponen del país como si les perteneciera solo a ellos.