miércoles, 1 de febrero de 2017

Fronteras

Estaba atento a una obra musical que daban por la radio y al terminar el locutor dijo esa frase típica de «han escuchado ustedes…» y nombró una obra de un muy conocido compositor francés. De ahí pasé a pensar que me fastidiaba no poder sentirme compatriota del autor y por tanto partícipe en una mínima fracción de su gloria; ocurría eso, ya pueden imaginarlo, porque yo soy español y pertenezco, para mi desgracia, a un país que casi no ha producido grandes compositores, porque a la iglesia católica nunca le gustó la música, por considerarla un arma del demonio. A punto estuvimos de abandonar ese casticismo que tanto daño nos ha causado, cuando reinó en España José Bonaparte que podía haber traído la cultura y, quién sabe, la unión con Francia, con lo que todos seríamos compatriotas de tantos músico notables y como propina, de Pasteur, del matrimonio Curie, de Gay-Lussac y tantos otros que Francia produjo mientras aquí se empleaba el tiempo en rezar. Nada positivo salió de tanto rezo −lo contrario sí que hubiera sido milagroso−, pero quedamos muy rezagados de esa Europa que componía, estudiaba e investigaba.

No hay manera, por mucho que no empeñemos en airear a Miguel Servet o Santiago Ramón y Cajal −ya sé que hay alguno más− la realidad es que el saber nunca tuvo aquí excesiva preeminencia y todo lo más se importaba un artista italiano para que hiciera lo que al rey le apetecía (alternativa de ese estilo herreriano austero, sobrio, seco, ¡un horror!). No tenemos afán investigador y al que lo tiene la realidad nacional se ocupa de eliminárselo o de empujarlo al exilio. Hay un personaje al que se trajo de vuelta de EE.UU. para que investigara aquí sobre el cáncer y al que se le ofreció de todo −hablo de Mariano Barbacid− y que ahora anda pidiendo dinero para investigar casi por caridad.

Ya conté en este mismo blog que presencié un episodio que no olvidaré en mi vida porque entonces me produjo escalofríos, en el que el protagonista pasivo fue este investigador. Estaba Barbacid en un corrillo tomando una copa cuando alguien le dijo lo que seguramente consideraba una gracia memorable; le soltó a bocajarro ¡menos investigar y más follar! En fin...

Decía que soy de esos que lamentan profundamente que Napoleón no triunfara en España y que su hermano tuviera que dejar el trono a ese rufián incalificable: Fernando VII. José Bonaparte hubiera supuesto la puesta al día de nuestra intelectualidad y nuestra incorporación a Europa, por más que sepamos que los franceses también trajeron a España ruina, destrucción y miseria, pero eso no fue obra del rey José. Una vez asentado este rey, nuestra mejora habría sido más que probable, el estado y la religión habrían dejado de ser una unidad de destino en lo universal y parafraseando al ineficaz Alfonso Guerra, a España no la habría reconocido ni la madre que la parió.

La realidad es que este país siguió siendo muy reconocible y salvo algunos limitados avances, la cosa siguió exactamente igual, y aquí estamos. Peleando entre nosotros todo el tiempo y esforzándonos por impedir cualquier cambio que no sea meramente cosmético. Eso sí, con un desmontaje de todo lo que suponga idealismo e ideología que nos ha llevado a estar a la cabeza de Europa en el desinterés por el propio país. Somos el país más asqueado de sí mismo y en este momento sólo puede excluirse de ese sentimiento a los catalanes porque han encontrado lo que como buenos españoles es lo único que les galvaniza, que les da fuerzas; un enemigo -aunque sea inventado-: el resto de los españoles. Dentro de algún tiempo se les habrá pasado y volverán a ser como todos.

Pero seamos realistas −que no monárquicos−, quienes triunfaron aquí y aquí siguen fueron los de ¡vivan las caenas!, y los que desprecian el saber porque corromper, especular, robar y rezar les resulta mucho más provechoso y rentable; a ellos. Seguimos viviendo entre fanáticos partidarios de Fernando VII.

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