jueves, 27 de abril de 2017

Muros y vallas

Con el advenimiento del nuevo presidente de EE.UU., se han puesto más de moda si cabe  los artículos en los medios y las conversaciones sobre el asunto de los muros y las vallas, lo que nos proporciona más argumentos para posicionarnos en contra o a favor y así alimentar esa pasión tan hispana de enfrentarnos unos a otros por lo que sea.

Todo el mundo lo sabe, pero puede que no se hayan detenido a reflexionar sobre ello. Siempre ha habido murallas, vallas y muros y el propósito ha sido siempre el mismo: que no entren los que desde fuera quieren introducirse para apoderarse de nuestros bienes e incluso para acabar físicamente con los del interior.

Eran los de fuera los que intentaban destruir, eliminar el obstáculo que se interponía en sus propósitos y los de dentro formaban una piña a la hora de defenderse y defender lo que les protegía de los invasores. Hay muros bien recientes como el que los israelíes han construido en Cisjordania y en el que si usted asoma la cabeza por encima de él se la vuelan de un tiro sin más aviso, pero ya se sabe que los israelíes pueden hacer lo que les dé la gana sin más repercusión en los medios ni reprimenda internacional, ellos tienen licencia para matar; publiqué hace algún tiempo una entrada sobre el asunto. Muy de actualidad tenemos el muro, ya construido en parte, para separar EE.UU. de Méjico y que ahora Trump quiere terminar para evitar la entrada masiva de inmigrantes procedentes del sur. Como este personaje es pintoresco, pretende que además lo pague Méjico, aunque si usted ha visitado Los Ángeles u otras ciudades del sur de California podrá ver muchos inmigrantes del sur trabajadores y honrados, pero también una delincuencia sangrienta que ha cambiado el paisaje de esa parte de EE.UU. De otro lado, pocos saben que Méjico deporta hacia Guatemala más personas (147.000 en 2016) de las que EE.UU. deporta hacia Méjico (96.000).

Ha tenido que llegar el siglo XXI y con él el desconcierto, ignorancia y desorientación de buena parte de la población para que en España una parte de los nacionales desee eliminar las vallas de Ceuta y Melilla y la que de manera natural supone el Mediterráneo, para dejar que fluya libremente la multitud de africanos que sin huir necesariamente de guerra alguna quieren venirse a Europa para disfrutar lindamente de los ya precarios bienes que disfrutamos gracias al esfuerzo propio y de nuestros antepasados. No olvidemos a los que desean la eliminación de los CIE porque sostienen que los encerrados en ellos no han cometido ningún delito, una absoluta falsedad porque normalmente allí van los que se distinguen por su violencia y afición a lo ajeno. No cabrían todos los que entran ilegalmente en España.

Si usted se manifiesta partidario de estas vallas y de su refuerzo mediante vigilancia efectiva, verá cómo hasta algunos de su entorno le tratan como nazi sin corazón sin pararse a reflexionar que la amenazante llegada de 20 millones que esperan a que se abran las puertas haría desaparecer nuestro país, mientras una cifra muy superior se tragaría Europa tal y como la conocemos. Ya escribí una entrada sobre esta invasión (enlace). Resulta desconcertante que los buques de guerra que patrullan el Mediterráneo no estén para evitar la venida, sino para depositar cuidadosamente a esos inmigrantes en suelo europeo. Nosotros mismos tenemos la entidad Salvamento Marítimo, teóricamente para el rescate de náufragos, accidentados y lucha contra la contaminación del mar; en la práctica lo que ocurre es que apenas una lancha con migrantes abandona la costa africana, ellos mismos o la ONG que les respalda avisa a este servicio para que los recoja y los deje a salvo en Europa (no en África). Han quedado casi como una agencia de transporte humano.

Esto de los refugiados e inmigrantes es asunto de gran importancia para unos y otros y por tanto, y contando con que los buenistas son también demócratas −que ya es mucho contar−, deberían promover la realización de un referéndum sobre la materia. Esta gente me recuerda a John Lennon cantando "Imagine no posessions..." mientras él poseía un apartamento de 4 millones en Manhattan. De momento, y según una encuesta realizada hace poco por un medio europeo, un 32% de los españoles está a favor de la acogida y un 41% en contra; en Francia, que ya saben bien lo que es convivir, estas cifras son del 16 y 61% respectivamente. Lo que desde luego no es aceptable es que un grupo muy activo, pero indiscutiblemente minoritario, disponga del país a su antojo, un país que pertenece a todos y que la irresponsabilidad de aquellos puede llevar a una situación sin vuelta atrás. Nos parece justo y natural que quienes viven en Cataluña no puedan disponer en exclusiva del territorio en el que se asientan porque nos pertenece a todos, pero nos parece bien que las ONG que viven de nuestros impuestos vaya llenando poco a poco todo el territorio nacional de quienes simplemente son muchas veces la materia prima con la que comercian.

Resulta sorprendente el escándalo que estas ONG montan por las deportaciones y la realidad de éstas. Por ejemplo, en el pliego oficial de condiciones para la contratación de vuelos donde van a ir los deportados, se exige que el sujeto disfrute de las mismas comodidades que un pasajero de clase turista y el régimen de comidas debe ser como mínimo idéntico con consideración a las limitaciones de la religión de cada uno, ¡viajan mejor que yo! Si a esto le sumamos lo que cuesta la escolta, porque aquí no se permite deportar a los inmigrantes encadenados como se hace en otros países, el resultado es que cada persona deportada nos cuesta una fortuna que pagamos detrayendo ese dinero de otras necesidades del país. Las ONG bien, gracias.

lunes, 17 de abril de 2017

¡Qué fácil es hablar!

Si a cualquier espécimen humano moderno se le contara que hasta no hace demasiados años si usted quería hablar con alguien de, pongamos, Zaragoza tenía que llamar a la central de Telefónica, expresar su ferviente deseo de comunicar y la telefonista le respondía con una frase que producía escalofríos: tiene una demora de 20 minutos, le parecería que estaba exagerando. Y eso es lo que había, tanto si usted tenía que comunicar un fallecimiento, un accidente o una buena nueva. Había incluso la posibilidad de que transcurrido esos minutos prometidos no sonara el teléfono y entonces usted podía llamar de nuevo a la operadora que le daba el diagnóstico fatal: hay congestión en la red, puede que tarde otra media hora. Cuando por fin conseguía la comunicación, siempre había algún familiar cercano que le recordaba «no te entretengas, que es conferencia», es decir, que era caro. No quiero ser mal pensado, pero adivino que la mayor parte de los que no conocieron estos avatares dicen para sí mismos o en voz alta, «pues no haber sido viejo» o alguna lindeza de este orden, como si no fueran Marconi, Antonio Meucci y Graham Bell −entre otros− los viejos que pusieron los cimientos de lo que ahora disfrutamos o padecemos, el verbo es subjetivo.

Esto ocurre porque en contra de lo que vaticinaban los escritores de ciencia-ficción, el avance brutal no ha ido en el sentido de los viajes espaciales, que seguimos igual que estábamos hace cincuenta años o más, sino en el de las comunicaciones y la información en general. No conozco ningún escritor que anticipara la enormidad de que disponemos ahora en cuanto a lo de hablar con otros situados en la casa de al lado, en un apartado barrio de nuestra ciudad o en Alaska. Incluso, para mi asombro, hay quienes prescinden del teléfono de toda la vida, el teléfono fijo, y hasta lo dan de baja porque prefieren usar para comunicarse esa especie de pesada chocolatina llamada smartphone, en la que usted habla o escucha por un pequeño orificio invisible tras aplastar el dispositivo contra la mejilla, los más rompedores empleando solamente el dedo índice para este menester.

No podíamos imaginar que esos aparatitos llamados móviles y que parecían reservados a ejecutivos o personal de emergencias iba a extenderse hasta el punto de que una discusión familiar muy común −me consta− es si al niño de 8 años se le compra o no un móvil (o se le da el viejo de papá o mamá), y que la tenencia de estos aparatos iba a suponer un conflicto para los indefensos profesores en los colegios, que no consiguen que el batallón de descerebrados a los que tienen que formar les presten más atención que a su móvil. No podíamos imaginar que el parloteo infame llegaría al extremo de obligar a establecer vagones silenciosos en trenes y hasta áreas silenciosas en aviones, que ya las hay en algunas líneas aéreas. Porque la cháchara incesante puede molestar más que el humo de los cigarrillos ajenos.

La verborrea no cesa y por la calle usted puede incluso oír lo que dice por el móvil alguien que se encuentra a más de 50 metros, porque con frecuencia elevan el tono de voz como si no estuvieran utilizando un medio electrónico de comunicación, eso sin contar los que pasan a nuestro lado como zombies aparentemente hablando solos y gesticulando y que en realidad mantienen una conversación con auricular.

La pasión por comunicar cualquier memez a todo el planeta se ha hecho casi general y si algo es laborioso es escoger el medio: llamada a secas, SMS (ahora poco), llamada o mensaje por Whatsapp, Facebook, etc. Todo el mundo aparenta pensar que el resto de la población está pendiente de si le ha salido un grano en el trasero, si ha sufrido un percance con su pareja, o alguna de los millones de incidencias que son posibles en la vida del más sedentario de los humanos. Nadie parece disfrutar de lo que hace o vive, el verdadero placer está en difundirlo cuanto antes por las redes.  

Puesto que los usuarios han descartado totalmente la privacidad, le sugiero una prueba: cuando alguien que se encuentre cercano esté hablando por el chisme, pegue la oreja, cotillee, le apuesto lo que quiera a que lo que oye es siempre una banalidad que no merecería una llamada. Si no le agrada cotillear, obsérvese a sí mismo cuando haga una llamada; casi seguro que acierto.

jueves, 6 de abril de 2017

Delito de odio. ¿Seguro?

Andan aireándose con frecuencia los que han dado en denominar delitos de odio. Como me sorprende la alegría e ignorancia con que se califican las actitudes y obras de los demás, me he ido al diccionario para saber qué es exactamente el odio. Dice «1. m. Antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea». La RAE persigue eso de que 'lo bueno si breve, dos veces bueno', pero creo que en este caso algo tan poco explícito no sirve de mucho ni es bueno.

Como no se han esmerado demasiado en dar una idea cumplida de la palabra, me voy a consultar el María Moliner; ese es más extenso y define «odio (del lat. «odíum»; «Despertar, Inspirar, Levantar odios, Cobrar, Coger, Tomar, Sentir, Tener; a, por») ¬m. Sentimiento violento de repulsión hacia alguien, acompañado de deseo de causarle o de que le ocurra algún daño. ¤ *Repugnancia violenta hacia una cosa, que hace que no se pueda soportar: ‘El odio a la mentira’. ¤ Se usa también hiperbólicamente: ‘No me explico su odio a este cuadro’» (en todos los casos el subrayado es mío).

Extrañado porque esas definiciones no coinciden con el uso que habitualmente se le da a la expresión, busco la página del Ministerio del Interior donde en un tríptico se afirma «Si una persona se ha mostrado hostil hacia ti por tu raza, orientación e identidad sexual, religión, creencias o discapacidad, ha cometido un delito de odio». Vamos, que la hostilidad activa no justificada es delito; para eso no necesitábamos tanto barullo; no parece ser delito que la Administración tutee al ciudadano en una clara manifestación de abuso de confianza con quien le financia.

Finalmente, encuentro en la Enciclopedia Jurídica Seix (Barcelona, 1920) un párrafo de C.Bernaldo de QUIRÓS, el que se refiere al odio como «Sentimiento que forma con el amor la par de opuestos contrarios o antagónicos en que se manifiesta la vida emotiva y que se caracteriza principalmente por la tendencia, impulsiva u obsesiva, a destruir la persona o el ser vivo sobre que recae, pues el sentimiento en cuestión no se dirige nunca a las cosas. El odio se distingue en este carácter de la simple aversión, que se limita a evitar la proximidad o el contacto de lo que se aborrece; y aun siendo, como antes se ha dicho, antagónico del amor, puede suceder a éste, en una extraña transmutación de valores».

Si usted ha llegado hasta aquí en su lectura, permítame que le manifieste mi admiración por soportar semejante tabarra, puede ser que le preocupe como a mí la ligereza con que se califica de delito de odio lo que no supera el simple rechazo o aversión. Una calificación disparatada, igual a la del régimen de Franco, que acusaba de rebelión continuada al que no se sumó a su golpe de estado.

Nadie está obligado a gustar de todo y por lo tanto podría afirmarse en ciertos casos que uno no siente especial cariño o predisposición por algo o por determinadas personas, pero es simplemente fruto de la época buenrollista que padecemos que alguien se atreva a calificar de odio lo que es simplemente distanciamiento o aversión. Por cierto, he descubierto que eso de «discurso o delito de odio» nos viene, cómo no, del inglés hate speech or hate crime. Como ya dije en otras entradas, a mí no me gustan las sardinas asadas, el fútbol o los gitanos, pero al no existir violencia, hostilidad manifiesta o actitud agresiva, el asunto queda simple y exactamente en lo dicho, y nadie tiene derecho a calificarlo de odio; el odio es un sentimiento eminentemente activo y no es ese mi caso ni el de muchos más como yo. Simplemente no me uno al buenismo dominante, a veces explico el porqué y ahí queda todo.

Lo curioso es que la mayoría de las personas siguen dócilmente lo que desde los medios se les va indicando y de ahí que pueda parecer que en esta sociedad el único problema es si niños y niñas vienen equipados con penes y vulvas o viceversa. A nadie le importa, por ejemplo, si una mayoría de la población manifiesta a los cuatro vientos su odio a los ciclistas (¿saben? hay más ciclistas que transexuales*) y su deseo de pasarles por encima con el coche propio. Lo sé porque lo han dicho en mi presencia y puedo leerlo en la prensa casi cada día, cualquiera diría que los ciclistas formamos un colectivo homogéneo de pensamiento único −¿son los automovilistas o los peatones homogéneos?. Por eso y por temor a daños mayores estoy a punto de renunciar a pasear inocentemente en mi bicicleta por los carriles-bici construidos separadamente de las calzadas y aceras porque ellos, muchos peatones, se empeñan en invadirlos y ocuparlos, a veces con los carritos de sus bebés o sus perros, poniendo siempre en peligro a quienes hacemos uso de estas vías para el fin que fueron creadas.

Y tendré muchísimo cuidado en decir cosas como «odio el día de San Valentín», «odio a los desaprensivos» u «odio la papaya», no sea que el peso de la ley caiga sobre mí, sin conmiseración, porque no estoy casado con una infanta ni he presidido un banco.

*Son ciclistas en sus distintas variantes −transporte, ocio o deporte− un 58,2% de los españoles. La transexualidad afecta al 0,005% de la población, es decir, 50 por millón, y conviene recordar que hay más víctimas ciclistas que por violencia machista. A la hora de dar preferencias a problemas conviene saber que en cuanto a la dependencia de personas incapacitadas, de los 1,2 millones de personas que en España tienen un grado reconocido, el 29% no ha recibido ninguna ayuda (datos oficiales de diciembre pasado); esto no parece importar a nadie.